Última parte!

...

Era por el tiempo que Dean llevaba ignorándolo que le tomó completamente desprevenido la tarde que volvió temprano y entró a su cabaña sin avisar. Para el cazador también pareció ser un auténtico shock pues se encontró a Castiel desnudo y en cuatro sobre la cama, mientras un tipo lo embestía por detrás.

Dean reconoció a aquel sujeto, había llegado al campamento hacía un par de meses y se había integrado muy bien al equipo de búsquedas de provisiones, aunque nunca había tenido ocasión de dirigirle la palabra. Pues bien, de pronto Dean tuvo ganas de decirle unas cuantas cosas y quizá de destrozarle el rostro a golpes para borrar la sonrisa que tenía en la cara.

—Vaya, pero si es nuestro valeroso líder. Que agradable sorpresa. —soltó Castiel, apartando al otro y levantándose de la cama. — ¿A qué se debe el que me concedas el, umh… honor de tu presencia?

— ¿Podemos hablar a solas? — preguntó Dean con una voz gutural, mientras su atención seguía peligrosamente fija en el otro tipo, quien lucía complacido al ver su reacción.

—Claro. Joey, márchate.

Sin dudar ni perder tiempo, Joey se puso los pantalones, tomó su camiseta del piso y salió, no sin antes lanzarle a Dean una mirada que a él le pareció una auténtica provocación.

— ¿Joey? Así que ¿Ese es tu tipo, Cas? ¿Grandes y estúpidos?

—Pues… no tengo un tipo.

—Ya… ¿Quieres ponerte algo de ropa? — soltó cuando notó que el otro seguía desnudo frente a él. Castiel suspiró y tomó sus pantalones de la mesa, enfundándose en ellos.

—Enserio ¿Tienes planeado enrollarte con todo el campamento? ¿Hay alguien que falte en tu lista? ¿Chuck ya pasó por aquí? —siguió Dean, claramente exasperado.

— ¿Por qué suenas tan molesto?

—Porque…— hasta ese momento Dean ni siquiera había sido plenamente consciente de que estaba molesto, ni de que tenía el ceño fruncido, la voz más ronca de lo usual y un gusto amargo en la boca. Cuando lo pensó se dio cuenta de que en realidad no tenía ninguna razón para estar enojado, pero lo estaba. Se sentía furioso. —Porque ¿Qué mierda pasa contigo? Primero te vuelves un jodido yonki ¿Y ahora una puta?

Castiel se rió. Estaba drogado, para variar, lo que le causó un secreto deleite pensando que eso haría enfadar aún más a Dean. Lo cierto era que tener su atención solo para recibir sus regaños le parecía mejor que ser ignorado.

—Sí, bueno, tal vez deberías dejar de intentar definir mi comportamiento. Hago lo que tengo que hacer. Así de simple. No es que sea de tu incumbencia en todo caso.

—Lo es si ocurre dentro del campamento.

—Oh. Entonces ¿Necesito tu permiso para tener sexo?

La respuesta, claramente, debía ser que no, pero deseaba decir que si, por que desde luego le molestaba pensar en Castiel con otras personas. Cuando eran solo chicas, bueno, resultaba interesante en cierta forma. Pero la idea de que Castiel buscara a otros hombres le hacía hervir la sangre, aunque habían pasado meses desde que ellos habían estado juntos y a pesar de que había sido él quien había decidido alejarse y eso le quitaba cualquier derecho que podría haber tenido de reclamarle.

—Olvídalo. —soltó con hastío, recargándose contra el marco de la puerta. Se lamentaba de haber decidido entrar a aquella cabaña, y al mismo tiempo había una pequeña pero auténtica alegría creciendo dentro de él por tener la excusa para hablar con Castiel otra vez luego de haberse privado de ello durante largo tiempo.

Cas meneó la cabeza, fue hasta el trastero en dónde guardaba su reserva personal de alcohol y sirvió un vaso que luego extendió a Dean.

—Bien, si ya terminaste con tu escena de celos ¿Qué puede ser tan importante que tengas que venir tú personalmente a decírmelo?

A Dean no le hizo gracia el comentario de la escena de celos, pero ahogó sus comentarios dándole un trago a la bebida.

—Vino. — dijo, arqueando las cejas con sorpresa, ni siquiera se había dado cuenta de lo que le había servido en el vaso.

—De arándanos. Es lo que hay.

—Vino está bien. — respondió, dando otro sorbo, y luego de buenas a primeras soltó la razón que le había llevado hasta ahí —Ya sé en dónde está el Colt.

La expresión de Castiel fue algo entre la incredulidad y el desencanto. Dean supuso que debía estar harto de escuchar hablar sobre el Colt, y a pesar de eso, el ángel tuvo la amabilidad de fingirse interesado.

—Entonces saldrás en otra fructífera aventura.

—Hoy mismo. Les dije a los hombres que estén preparados para partir en un par de horas. ¿Vienes?

—Ah pasado tiempo desde la última vez que me invitaste a salir. — soltó socarronamente.

— ¿Estás en condiciones de ir?

Castiel asintió.

—Estaré bien para entonces.

—De acuerdo.

Dean le pasó el vaso y se movió hacia la puerta con intenciones de marcharse.

— ¿Quieres quedarte? — Dean se detuvo, y Castiel pudo adivinar la tensión en su espalda y sus hombros.

—Cas…

— ¿Tienes algo más que hacer en estas dos horas? Me refiero a que… hacía mucho tiempo que no hablábamos.

—Bueno, hay una razón para eso. No podemos hablar sin terminar discutiendo sobre las cosas en las que no estamos de acuerdo.

—Bien, puede ser otra cosa entonces, no tenemos que hablar.

La mirada de Dean, verde remolino de salvaje acritud, se entornó en dirección a Castiel.

— Oh, ¿Otra cosa? ¿No tuviste suficiente con Joey? ¿No puedes estar una hora sin tener a alguien entre las piernas?

—Creí que tú lo sabrías. —respondió cínicamente, y Dean resopló, girando los ojos, cansado de aquella actitud descarada que se había vuelto una constante en la personalidad de Castiel, y que bajo otras circunstancias le habría parecido más que divertida, pero no en ese momento, no si iba a usar esa careta para enervarle y sonreír triunfante.

—No, no lo sé, porque ya no te conozco. —soltó con amargura— La verdad a veces no sé si todavía quiero conocerte. A veces me pone enfermo el solo mirarte, esto, todo en lo que te has convertido.

Castiel volvió a sonreír, una sonrisa vacía y dolida, las arrugas en su rostro se marcaron profundamente como si hubiese envejecido años en cuestión de segundos.

—Lo sé. —musitó. —Sé que te disgusta. Es bueno, umh… saber que hay aspectos de mí que no puedes ignorar. Aunque eso te gustaría ¿No es cierto? Poder simplemente ignorar todo lo que hago y pretender que no estoy aquí.

—Sería más fácil.

La mandíbula de Dean se tensó y el corazón en el pecho le latía furioso, porque estaba tan lleno de ira, no contra Castiel, si no con todo lo que estaba pasando, pero era Cas el que se atrevía a provocarlo, el que le incitaba a hablar, a sentir, y por eso terminaba desquitándose con él. Y en cierta forma, Dean lo disfrutaba, a pesar de que al mismo tiempo se estaba rompiendo por dentro al decirle aquello. Era también una forma de liberar la frustración que tenía porque no podía hablarle como lo hacía antes, porque ambos estaban muy lejos de lo que solían ser, estaban rotos, lastimados y resentidos, y Dean sabía que si bajaba la guardia por un momento frente a él se quebraría. Por eso tenía que mostrarle lo peor de sí mismo para que ya no quisiera estar cerca de él "No me ames Cas. Necesito que me ames, pero no lo hagas. Te necesito conmigo pero te quiero lejos porque si no, no podré llegar al final de todo esto. Soy cruel contigo ¿Por qué me miras aún con amor? ¿Cuánto más dolor voy a tener que causarte para que me abandones del todo?"

—He deseado muchas veces que no estuvieras aquí.

—Pero aquí estoy. —masculló débilmente el destruido ángel. Tomó aire, levantó la cabeza y logró pintarse una expresión de orgulloso desafío mientras hablaba — Y nada que digas o hagas puede hacerme desaparecer, por más que lo desees. Puedes pasar el resto de tu vida fingiendo que no me conoces pero eso no cambiará nada de lo que hemos pasado juntos.

La voz de Castiel sonaba tan satisfecha al pronunciar aquellas palabras que Dean se sintió irritado.

—Aunque ahora sólo sientas repulsión por mí, hubo un tiempo en el que me necesitaste y me quisiste a tu lado.

—Cas, cállate.

—No. —respondió con una sonrisa. —Llevo demasiado tiempo callándome. ¿Qué es lo que tanto temes escuchar? —preguntó, dando un paso hacia Dean, mirándolo con la intensa curiosidad con la que le había mirado la primera vez que estuvieron frente a frente. Dean se notó observado y tembló.

—De verdad no tengo ganas de escucharte.

— ¿Qué más podría decirte que no te haya dicho ya? —la voz de Castiel sonaba triste a pesar de su sonrisa. Dean sintió la violenta e imperiosa necesidad de borrar esa sonrisa, de cegar con lágrimas aquellos ojos fijos en él y escuchar gritar aquella voz hasta enronquecerla aún más, hasta que no pudiera pronunciar palabra alguna.

Pero en vez de eso dio un paso hacia la puerta.

—Así que sigues huyendo, como siempre. —dijo Castiel al ver que se marchaba.

— ¡Cállate!— rugió Dean, y de ponto la distancia que había entre ellos desapareció, y estaba tomando el cuello de la camisa de Castiel, jalándolo hasta quedar cara a cara con él.

—Hazme callar.

—No me provoques…—gruñó Dean, una de sus manos se cerrándose sobre el cuello de Cas, primero suavemente, luego agregando más fuerza hasta hacerle resollar. Pero su sonrisa seguía intacta.

— ¿Por qué? — murmuró sin soltarle.

— ¿Por qué? —jadeó Castiel.

— ¿Por qué te quedas a pesar de todo?

—Porque esa fue mi elección desde el principio.

— ¿Por qué?

—Porque mi lugar es contigo. ¿A dónde más podría ir? — algo crepitó en la mirada de Dean al oírle decir eso. No supo qué era, furia, o quizá otra cosa.

— ¿Por qué? —volvió a preguntar Dean, sin estar seguro de qué era lo que esperaba por respuesta.

—Sabes bien porqué, siempre has sabido la razón de todo lo que hago, Dean.

Dean tembló, sabiendo que el momento de retirarse era ese, pero no podía dejar de mirar a Castiel, hacía tanto que no le tenía tan cerca, tanto tiempo sin respirar respiraba su aliento que su cuerpo lo estaba traicionando.

—Siempre es por ti… —susurró con voz ahogada mientras Dean le oprimía la tráquea con los dedos. Castiel no luchó, en vez de eso se quedó quieto y cerró los ojos. Había algo muy placentero en dejar que Dean le presionara de esa forma tan dominante, el permitirle casi ahogarle si tan solo apretaba un poco más y la sensación de poder abandonarse por completo a la voluntad de aquel hombre "Sé que no lo harás, pero te dejaría hacerlo si así lo quisieras."

Lo cierto era que se lo permitiría, matarle ahí mismo, o lentamente cuando el tiempo se les acabara y tuvieran que enfrentar a Lucifer. Su vida estaba en manos de Dean si este así lo deseaba, porque aunque era el mismo Dean quien le había enseñado lo que era la autonomía y la libertad, para Castiel era mucho más importante el vínculo que le ataba a él, la absoluta confianza y entrega que le dedicaba solo a ese hombre y que siempre iba a estar ahí, sin importar que pelearan o se separaran, o intentaran destruirse u olvidarse, lo que de todas formas nunca funcionaría. Hacía mucho tiempo atrás Dean se había convertido en el sentido de la vida de Castiel, y lo era también así de su muerte.

Pero Dean no iba a asfixiarlo, por supuesto. No, lo que ocupaba los pensamientos mientras contemplaba la expresión del ángel mientras cerraba sus dedos sobre su cuello con un poco más de la intensidad debida era la asombrosa capacidad de Castiel de entregarse a él. Porque Castiel era un guerrero, con más o menos poder, seguía siendo una bestia para pelear y tenía la fuerza suficiente para soltarse, pero no lo hacía, en vez de eso estaba ahí, con los ojos cerrados y las manos colocadas suavemente contra el pecho de Dean. Supo que Castiel lo estaba disfrutando, y esa idea le excitaba.

Si aquella era una treta para seducirlo estaba funcionando. No quería dejarse llevar y a momentos todavía pensaba en resistirse y marcharse, sin embargo podía sentir todas sus defensas cayendo rápidamente ante aquella visión. Tanto tiempo resistiéndose, ignorándole, tratando de sacarlo de su mente para volver a caer tan fácil en aquella constante tentación.

— ¿Por mí? —soltó finalmente, con voz arrastrada —¿Te acuestas con otros por mí? ¿Ah?

—Sí. —respondió Castiel tragando, mientras sentía la respiración del cazador en el rostro.

— ¿Si? — Dean soltó una risa áspera. Su mano se movió del cuello hacía su nuca y sus dedos se enredaron en los cabellos oscuros con tanta fuerza que hizo gemir a Cas, aunque quizá el gemido también fue un poco premeditado.

— ¿Cómo se suponía que llenara tu ausencia cuando decidiste que ya no me querías a tu lado?

— ¿Eso intentas hacer? ¿Encontrar a alguien que pueda reemplazarme?

—No reemplazarte. Nunca reemplazarte, Dean.

Dean enterró el rostro en el cuello de Castiel, lamiéndolo de arriba abajo, provocando más de aquellos sugerentes sonidos que el otro no se molestaba en disimular.

—Pero me has estado mirando, me doy cuenta. —susurró en el oído del cazador, poniéndole las manos alrededor de la espalda. —No puedes apartar la mirada cuando me ves con alguien más.

— ¿Así que lo haces para darme celos?

Castiel se rió, y después soltó una exclamación de dolor cuando los dientes del otro se clavaron en uno de sus hombros. Se mordió los labios, dejándose arrastras hacia la cama.

—Sí, en parte…

—Eres un ángel muy malo. —jadeó Dean, trazando con la lengua caminos húmedos sobre su pecho.

—No soy… ah… un ángel.

—Si lo eres.

Castiel suspiró ansioso cuando el otro le desabrochó el pantalón y se lo sacó de un tirón.

Pensó en que Dean se estaba volviendo despiadado, quizá sin darse cuenta o quizá deliberadamente para hacerle sufrir, pues jugaba con aquella palabra: "ángel", como le convenía hacerlo porque sabía lo mucho que todavía significaba para Castiel. Así que Castiel era un ángel o no dependiendo del humor de Dean, dependiendo de si quería herirlo o seducirlo. Cuanto veneno y cuanta dulzura podía supurar una sola palabra. Castiel entornó la mirada en el vacío, entregándose subyugado al poder que aquella palabra tenía sobre él cuando era pronunciada por Dean.

—Siempre vas a ser mi ángel, Cas.

—Siempre… voy a ser tuyo. —gimió, con las manos de Dean en sus caderas desnudas.

—Sin importar cuantos otros te toquen, eres mío.

—Soy tuyo. —respondió mientras sus piernas se levantaban sobre los hombros de Dean.

Dean era maravilloso. A pesar de todo, la persona que era Dean y todo cuanto venía de él le resultaba siempre maravilloso, asombroso y lleno de una fuerza que iba más allá de lo humano. Y porque era así, Dean podía hacerle sentir más vivo y menos estropeado cuando estaba con él y le tocaba, cuando le miraba y le daba la sensación de que existía de nuevo, que no era sólo una sombra reseca de su glorioso pasado, que seguía vivo y todavía podía sentir cosas extraordinarias. Nada de lo que se había acostumbrado a tomar en esos días podía hacerle sentir con la magnitud que el cuerpo de Dean contra el suyo lograba.

Castiel rodó sobre la cama y luego se quedó quieto, mirando el rostro de Dean mientras dormitaba, y sintió como su alma retumbaba con fuerza, como si despertara luego de un largo letargo.

Sus dedos se movieron con cautela hacia la cabeza de Dean, hundiéndose en sus cabellos y trazando surcos entre ellos con suavidad, temeroso de que si el otro abría los ojos ya no le permitiría seguir con lo que hacía.

Pero Dean le permitió continuar, a pesar de que había entreabierto los ojos y sus miradas se habían cruzado por un momento.

— ¿Qué hora es? —preguntó Dean con voz perezosa que terminó convirtiéndose en un bostezo.

—Aún hay tiempo.

Dean volvió a cerrar los ojos, posó su mano sobre la que acariciaba su cabeza y la atrajo hasta sus labios para besarle el dorso.

—Cas… esto no cambia nada.

Castiel suspiró, entrelazando sus dedos con los de Dean.

—Lo sé.

Porque aquella no había sido una reconciliación, porque ninguno de los dos iba a cambiar de opinión. Había sido una tregua temporal para reponerse, porque ambos habían estado desesperadamente necesitados del otro, pero volverían a ser los mismos de siempre cuando salieran de la cama. Dean estuvo consciente de ello cuando se movió hacia Castiel y le comió la boca de nuevo, y Castiel también lo sabía mientras le abrazaba con fuerza antes de tener que dejarle ir cuando se levantaron. El calor del otro todavía les quemaba el cuerpo cuando, después de vestirse, salieron de la cabaña.

Los ejércitos demoníacos de Lucifer claramente sabían lo que hacían. Movían el Colt constantemente y con tal eficiencia que ningún humano común y corriente podría haberlo encontrado. Dean, por supuesto no era como el promedio de los humanos, y aun así para él la búsqueda de aquel maldito revolver se estaba convirtiendo en una pesadilla imposible. Otro largo y difícil viaje hecho en vano, pues cuando llegaron al lugar en dónde se suponía hallarían el Colt, se encontraron con que una vez más habían estado muy cerca, pero el revolver ya había sido trasladado a su siguiente destino.

Ese día no perdieron a ningún compañero, pero tampoco pudieron capturar a algún demonio nuevo, así que todo lo que Dean tenía por el momento era un par de demonios que había estado torturando hasta el cansancio durante las últimas semanas, los cuales ya no poseían más información que les fuera útil. Pero no era información lo que fue a buscar esa noche, cuando después de volver al campamento de su fallida excursión, Dean tomó a un par de acompañantes y volvió a su escondite en la ciudad y entonces pasó horas desquitando su furia en los cuerpos de aquellas criaturas, llevándoles al límite de su resistencia, cortando sus carnes a pedazos, haciéndolos sangrar por litros, poniendo sal y agua bendita en las heridas y dejándoles recuperarse a ratos solo para volver a empezar y repetir todo una y otra vez hasta que en la mente de Dean no quedaba ya ningún pensamiento para sus fracasos o su propio dolor. En cambio todo estaba cubierto por la niebla espesa del éxtasis salvaje de la degradación.

Dean siempre trabajaba en sus torturas a solas, los hombres que le acompañaban esperaban y vigilaban los alrededores del edificio y sabían bien que no debían importunarlo.

Así que si él quería se podía pasar días ahí dentro y nadie le interrumpiría.

Tal afirmación no incluye a Castiel, desde luego.

Castiel bajó directo al sótano, y los que hacían guardia no se molestaron si quiera en intentar disuadirlo de entrar porque algo bien sabido en Chitaqua era que uno no se metía en los problemas personales de Dean y el "ángel".

Castiel empujó la puerta, abriéndose paso entre la sangre y los pedazos de carne amputada que se habían quedado esparcidos en el suelo, fue directo hacia Dean quien no se esperaba el puñetazo que le soltó en el rostro, y aprovechando la confusión del cazador, le arrebató el cuchillo de Ruby y con él dio fin a la miserable existencia de los prisioneros.

— ¡Hijo de la gran puta! ¿Qué crees que estás haciendo? — vociferó Dean cuando se dio cuenta de lo que había pasado, pasándose una mano por los labios rotos que ahora estaban escurriendo su propia sangre.

—Es suficiente, Dean. No obtendrás nada bueno si sigues con esto.

— ¿Quién te crees para venir a decirme qué es suficiente para mí? — gruñó con la mirada nublada de rabia. Tenía los ojos enrojecidos, las facciones descompuestas, las venas en su frente y su cuello a la vista. Lucía como una bestia, casi irreconocible, casi inhumano.

Cualquier otro habría creído que Dean se había infectado del virus croatoan, pero Castiel sabía que no era así, sin embargo un pensamiento igual de terrible inundó su mente, y era que aquella violencia sin control ni límites, sin ninguna otra finalidad que el deleite en la depravación estaba corrompiendo el alma de Dean, tornándola en la vorágine de iniquidad y sed de matanza que había sido en el infierno.

— ¡Soy tu amigo! — respondió, notando como le faltaba la voz al hablar. —Y estoy preocupado por ti.

Puso el cuchillo en manos de Dean y luego de lanzarle una mirada severa se dirigió a la puerta. No esperaba que el cazador lo jalara por el hombro y lo tumbara al piso, pero tampoco le sorprendió cuando lo hizo. Dean se lanzó sobre él y lo golpeó con el puño en el rostro, una, dos, tres veces, con la suficiente fuerza como para aturdirlo e impedir que se levantara de inmediato o se defendiera. Le pegó un par de veces más y se contuvo cuando vio la sangre brotar de la nariz del otro. Castiel sintió la sangre colapsando sus orificios nasales y tuvo que tomar aire por la boca que le sabía a sangre. El dolor era mucho y le hizo perder la noción de lo que veía. Primero había mucha luz, le tomó unos momentos darse cuenta de que tenía la mirada húmeda directo a las lámparas del techo, luego miró el rojo del suelo, y después la espalda de Dean que se marchaba hacia la puerta.

— ¡Que te jodan! —le oyó decir, y Castiel dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, permitiéndole al dolor llenarle por completo nuevamente.

Fue Vern quien un rato después de ver salir a Dean y no a Castiel, decidió bajar a buscarlo.

— ¡Woah! ¿Qué mierda…?—fue su primera reacción al ver el estado de aquel lugar. Si bien se había acostumbrado a cosas desagradables desde que vivía en el campamento el escenario de aquel sótano le resultaba repugnante y pesadillesco.

— ¿Castiel? ¿Qué pasó? —preguntó acercándose hasta él, ayudándole a levantarse. Castiel no respondió a su pregunta, ni a ninguna otra que el chico le hizo esa noche. Volvieron al campamento y Castiel fue a ver al médico (habían tenido la suerte de encontrar uno entre uno de los grupos de refugiados). Chuck también estaba ahí porque era quien repartía el medicamento y Castiel iba a necesitar más anti inflamatorios para la nariz.

—Está bien, muchacho. No está tan mal como parece. —dijo el doctor después de revisarlo. —Sangraste mucho pero no está rota. Los cortes en la mejilla y la frente tampoco son graves, van a cerrarse pronto y quizá ni te queden cicatrices. Eres afortunado.

—Sí, pues no me siento así.

El doctor mojó un trozo de tela en agua y se la puso sobre la nariz, sabiendo que habría sido mejor tener algo de hielo, pero en sus condiciones no podían darse ese lujo y de todas formas la sensación fresca y húmeda del paño mojado le sentó bien a Castiel.

—Vas a tener que mantener esa cabeza inclinada cuando te acuestes para que la acumulación de fluidos se drene mejor. Descansa, bebe muchos líquidos y toma el medicamento dos veces al día ¿Trajiste Ibuprofeno? —preguntó el doctor volviéndose hacia Chuck, quien había esperado en un rincón todo el tiempo, mirando a Castiel con expresión impresionada. Cas pensó que debía verse terrible para que le estuviera mirando de esa manera, aunque ciertamente no era tan difícil asustar a aquel neurótico hombrecillo.

—Ah, s-sí. Aquí está.

Chuck tendió el bote de pastillas a Castiel.

—Bien, eso es todo. Sigue aplicándote comprensas frías para que baje la hinchazón, y si todo va bien en unos días no tendrás más que moretones y algunas costras.

—Gracias. —le dijo antes de que el doctor fuera a su mesa en dónde se puso a escribir alguna cosa en una pequeña libreta.

—Cas, toda esa sangre en tu ropa no es tuya ¿No? — quiso saber Chuck —Es decir, no hay forma en que puedas perder tal cantidad de sangre y seguir en pie.

—No es mía. —respondió sin ánimos para ningún tipo de interrogatorio.

—Oh. Bien, eso es bueno. Es bueno saberlo.

—Tampoco es sangre de croat.

—Sí, lo sé. No estaba preocupado por eso. Hay… ¿Hay algo más en que pueda ayudarte?

— ¿Sabes si Dean volvió?

—Todavía no.

Castiel se levantó de su lugar demasiado rápido y sintió un leve mareo que le hizo tambalearse. Tuvo que detenerse contra la pared un momento para recuperarse.

—Vuelve a sentarte. —dijo el doctor desde el otro lado de la cabaña, pero Castiel lo ignoró y fue hacia la puerta.

—Cas, deberías… tomarlo con calma. —habló Chuck, yendo tras él con sincera preocupación.

—Iré a acostarme a mi cama. —se detuvo un momento antes de bajar las escaleras y miró al otro hombre —Gracias por preocuparte.

Castiel fue directo a su cabaña y se acostó, tratando de mantener la cabeza un poco en alto e inclinada como le había indicado el médico, aunque no resultaba fácil ni cómodo para intentar dormir. Necesitaba dormir, pues estaba exhausto, aunque no sentía que pudiera conciliar el sueño por el dolor, más emocional que físico.

Sacó un par de tabletas del bote de medicamento que acababan de darle y se las tragó en seco, cerrando los ojos y rogando por poder descansar algo.

Esa noche soñó con Dean. Soñó que el cazador irrumpía en su cabaña y se deslizaba dentro de su cama. Soñó que se acomodaba sobre él y pronunciaba su nombre entre jadeos mientras le comía el cuello a besos. En el sueño Castiel podía sentir su cuerpo respondiendo a aquellas atenciones, percibía su entrepierna caliente y endurecida bajo el tacto de la mano de Dean.

—Dean…—gimió —Dean. —volvió a decir, dándose cuenta del malestar que sentía al intentar hablar con el rostro lastimado. Aquel dolor no podía ser parte de su sueño, así como tampoco lo era el olor a alcohol en el aliento de Dean. No era un sueño.

—Dean.

No obtuvo respuesta.

—Dean, estás ebrio.

—Si…— gruñó, abriéndose espacio entre las piernas de Castiel, quien iba a argumentar alguna otra cosa, pero entonces la súbita sensación de su amante entrando en su cuerpo le enmudeció de dolor. Dean estaba siendo brusco, embrutecido por las copiosas cantidades de alcohol que recorrían su sistema y de lo que fuera que pasara por su mente en ese momento, o más bien, por la falta de pensamientos coherentes en su cabeza. Sin embargo Castiel le permitió seguir porque Dean de todas formas no parecía atender a sus quejas, y él estaba muy cansado como para oponer resistencia. Además resultaba que a pesar de todo aquello se sentía bien de una forma anormal. Se sentía bien como era siempre que tenía a Dean así de cerca, aun cuando sus movimientos eran agresivos, pues parecía seguir desquitando su furia con el cuerpo de Cas, arremetiendo contra él con demasiada fuerza, mordiendo y rasguñando sin compasión, hinchando aún más sus lastimados labios a besos. Si, era doloroso, pero se sentía bien. Al menos podía sentir, al menos estaba vivo, al menos estaba con Dean.

A la mañana siguiente aún había mucho dolor, pero Castiel no lo resintió tanto en ese momento pues se sentía contento de poder percibir todavía el calor del cuerpo de Dean bajo las sábanas. Dean se despertó pronto y empezó a vestirse, y Castiel quiso levantarse también pero sólo logró medio incorporarse en la cama cuando notó que la nariz le estaba sangrando de nuevo.

—Cas…—sólo a la luz del día y un poco más sobrio, Dean se dio cuenta del estado en el que estaba Castiel y recordó cómo le había pasado aquello y que él era el responsable. La pesada conciencia de sus acciones le devolvió a la realidad de golpe. —Demonios, Cas, estás sangrando. —buscó alrededor cualquier paño que pudiera utilizar para limpiar la sangre y se acercó a él. Castiel le permitió limpiarle el rostro y presionar ligeramente la tela sobre sus orificios nasales hasta que la hemorragia paró.

—Lo… lo lamento.

Castiel habría querido decirle que no había nada porqué disculparse, pero esas palabras habrían sido una mentira. Dean se veía afligido, y Castiel sabía que en verdad se sentía arrepentido y él no iba a guardarle rencor porque lo había golpeado, pero sentía demasiada tristeza en ese momento como para poder decirle que le perdonaba.

—No sé qué me pasó, no quería lastimarte…

—Pero si querías hacerlo. El Dean de ayer quería lastimarme.

Y tenía razón. El día anterior, el Dean que se había lanzado contra él para golpearlo habría sido capaz de hacerle mucho más daño, una parte de él lo había estado ansiando. No la parte consiente, no la parte que pensaba y que sentía amor por Cas, pero si la otra parte que había estado creciendo porque él lo había permitido, aquella rabiosa y sedienta de muerte y destrucción. Y Dean había podido contenerla, pero aun así le había hecho daño a Castiel, y estaba ahí frente a él viéndole destrozado por su culpa, sintiendo que ni siquiera podía mantenerle la mirada. Si alguna vez había tenido la certeza de que ya había llegado a lo más bajo, en ese momento estaba descubriendo la desagradable sorpresa de que podía seguir cayendo.

—Lo siento…— volvió a decir, sintiéndose completamente estúpido por no tener nada mejor que ofrecer que esas palabras.

—Lo sé. Pero eso tampoco cambia nada ¿No es así?

Castiel se levantó y se puso cara a cara con él.

—Por qué no vas a detenerte, aun cuando ya has visto en lo que te estás convirtiendo.

—No. —contestó Dean, deseando ansiosamente poder llevar sus brazos alrededor de Cas que estaba tan cerca, pero no se atrevió, a pesar de que habían pasado la noche juntos lo que consideraba había sido un acto atroz de su parte, ir a buscarlo para tener sexo luego de haberle dado una paliza. —Lo lamento, pero no. Ese tren partió hace mucho tiempo, ya no puedo arrepentirme. Por eso es mejor que te mantengas lejos de mí.

Dean no le pidió acompañarlo a ninguna otra misión luego de eso, no al menos hasta el día en que logró finalmente hacerse con el Colt y se embarcaron en la última de sus travesías para enfrentar a Lucifer, pero antes de eso, Castiel solía irse con el grupo de provisiones, y otras veces se quedaba a ayudar en el campamento, evitando encontrarse con Dean durante el día si podía hacerlo. Y Dean continuó con su búsqueda. Luego del incidente con Castiel dejó de perseguir demonios por un tiempo, pero al final volvió a sus viejas prácticas para conseguir información. Nadie se daba cuenta cuanto luchaba Dean contra sí mismo para no volver a perder el control. Hacía acopio de toda su fuerza de voluntad para no dejarse llevar por las delicias de la tortura, apegándose cuanto le era posible a la regla de nada por diversión a la hora de los interrogatorios, sólo negocios, sólo conseguir la ubicación del revólver, sólo eso y luego volver al campamento.

Aun así volvía casi todas las noches cubierto de sangre. Y Castiel ya no se quejaba al respecto en aquellas ocasiones en que Dean entraba a su cabaña y se acostaba con él. Algunas veces sólo se tumbaba a su lado sin decir nada y se quedaba dormido, aunque casi siempre tenían sexo de la manera más brusca y desesperada, sin hablar, sin mimos ni consideraciones. Porque aunque le había pedido a Castiel que se alejara, era Dean quien al final siempre volvía a con él. Y Cas sabía que Dean lo buscaba por necesidad, que le usaba para desquitar su frustración en él, y él se lo permitía. A pesar de todo le alegraba cuando le veía aparecer en su puerta después de días o semanas de espera, tiempo en el que sabía Dean pasaba la noche en otras cabañas.

Pero nunca le pedía que volviera, que pasara todas las noches con él. Ese deseo se lo guardaba para sí mismo mientras se dejaba follar como un animal y luego volvía a quedarse solo antes del amanecer.

A veces dolía la forma en que Dean le tocaba, no por la dureza de su trato, sino porque era un tacto completamente distinto al de las primeras veces en que habían compartido intimidad física, aquellas largas sesiones de caricias y besos tiernos, sus miradas tan unidas como sus cuerpos y llamándose dulcemente, con su amor mutuo inundándolo todo de calor y luz. De cualquier manera, era peor aún el sufrimiento de no tener a Dean en ninguna forma, así que simplemente aceptaba lo que quisiera darle.

La brusquedad de Dean cuando le hacía ponerse de rodillas frente a él estaba muy lejos de la delicadeza con que le había tratado en el pasado. Castiel abría la boca para él y lamía y chupaba mientras Dean le marcaba el ritmo con la mano sobre la cabeza de su ángel roto hasta que le parecía que era suficiente y entonces le hacía levantarse sólo para tumbarlo sobre la cama. No siempre era de la misma forma, a veces a Dean le gustaba dar órdenes, unas cuantas palabras que le indicaban a Castiel lo que debía hacer, "Quítate la ropa", "Ponte sobre las manos y las rodillas", "Abre más las piernas." "Quiero verte mientras te tocas", y Castiel obedecía complaciente, siempre dispuesto aun cuando Dean no pedía nada, y lo tomaba y hacía lo que quería por su cuenta, arrancándole la ropa, marcando su piel con dientes y uñas, lamiendo, mordiendo, frotando, esperando oír gritar a Castiel u obligándole a mantenerse en silencio, según fuera su humor de la noche. Otras veces se complacía atándolo y amordazándolo, llevándolo hasta el borde del éxtasis sólo para ordenarle que no se corriera hasta que él le dijera. Y Cas acataba la orden a pesar de que aquella era una especie de tortura y podía ver cuánto eso deleitaba a Dean por el brillo que refulgía en sus pupilas. A veces el tormento se prolongaba demasiado, pero Cas esperaba dócilmente y en ocasiones le suplicaba a Dean porque sabía que eso le gustaba mucho aunque siempre le respondía con algún insulto. Era humillante pero no podía decir que no lo disfrutara. Además, el tiempo en que podía negarse cualquier cosa que Dean pidiera había pasado hacía mucho.

El sexo con él ya no era la experiencia sublime de comunión espiritual en la que podía sentir sus almas fundiéndose como había sido al principio. Sus almas habían quedado separadas por un abismo invisible y aquello se había convertido en puro y abrumador placer terrenal, en el que sólo sus cuerpos físicos podían tocarse. Y eso estaba bien para él, porque se conformaba con sentirle de cualquier manera que fuera posible. Había experimentado tantas veces la amargura de su ausencia y su indiferencia que cualquier tipo de atención que Dean le otorgara era preciosa para él, no por ello menos dolorosa, triste o frustrante sabiendo que la única forma en que le era útil ahora era ofreciéndole su cuerpo.

Le había fallado en todas las formas posibles, porque él tampoco había podido proteger a Sam y ahora no podía salvarle a él, y no podía más que contemplar en silencio como Dean se entregaba a su perdición sin lograr detenerle. No tenía más poderes para luchar por él, y ni siquiera era suficientemente fuerte para lograr mantenerse sobrio porque enfrentar la realidad del día a día se le estaba haciendo cada vez más difícil. Castiel había fallado tan espectacularmente que había permitido que Dean se corrompieran y en el proceso se había corrompido también él. Y todavía así, su deseo de ser útil y ayudarle seguía intacto dentro de su corazón y le mantenía en pie, así que sin poderes, sucio y desvirtuado le seguiría por el camino en el valle de las sombras hasta su muerte, y le dejaría utilizarle en cualquier forma que pudiera hacerlo mientras aún les quedara tiempo.

Al final de cuentas Dean era la medida de su vida, la razón para desear seguir viviendo o para aceptar la fatalidad del inminente final. Dean que era su motivo, su látigo, su medicina y su droga favorita.

...

Al final no he escrito ninguna muerte ni nada muy dramático, ustedes ya saben como termina esta linea temporal de todas formas.

A la persona que me envió el review sobre los colores de la absenta, ¡tienes razón! A pesar de que el color más conocido en el verde, la absenta puede venir en colores como negro y rojo, entre otros. Gracias por tu review.

Gracias a todos los que han dejado reviews, a todos los que han leído hasta aquí. Que tengan días hermosos hasta que llegue octubre y la nueva temporada~