La Forja Del Propio Destino
Capítulo 4:
" Antes de la tormenta"
Kaoru despertó lentamente, con una sensación placentera de relajación y felicidad. Miró a su lado, esperando encontrar a Kenshin dormido junto a ella. Deseaba abrazarle y besarle, y quedarse acostada junto a él durante un rato más, pues era la primera vez que compartían el lecho, como ella tantas veces había deseado aunque se lo hubiese negado una y otra vez por su férrea educación, que le permitía tan sólo entregarse a su esposo.
Pero para ella no había ninguna diferencia, se había dado cuenta de ello la noche anterior, al vibrar entre sus brazos. Kenshin era el hombre elegido para compartir toda su vida, para entregarle su cuerpo, su alma y su corazón. Él era su esposo, no era necesario que ningún juez o sacerdote se lo dijera.
Pero ella era la única tendida en el futón. A su lado tan sólo había una manta cuidadosamente doblada… y una rosa. La cogió con delicadeza y aspiró su aroma, luego la acercó a su corazón. Finalmente, se levantó y se dirigió a su cuarto para asearse y ponerse guapa antes de buscar a Kenshin. Así lo hizo, y una vez terminada su tarea salió del dojo, suponiendo que él se encontraría fuera.
Efectivamente, Kenshin estaba en el exterior, pero no lo encontró solo, sino acompañado de tres personas que ella conocía muy bien, y que en cualquier otro momento habrían sido recibidas cariñosamente, al menos algunas de ellas, pero no ahora, pues sabía perfectamente que venían a llevarse a su amor, sólo Kamisama sabe si a luchar en otra guerra que devastaría de nuevo el ya desangrado Japón por una contienda que creó monstruos como Battousai y Sishio, que dejó huérfanos a muchos niños inocentes, y viudas a numerosas mujeres… Quizá esta vez podría ser ella una de esas desgraciadas.
Se acercó a ellos con semblante serio, y de igual forma los saludó.
Kaoru: Aoshi-san, mucho gusto en volver a verte. Todos bien en el Aoiya, supongo.- El aludido inclinó la cabeza correspondiendo al saludo y asintió.- Soujiro-san, me alegra ver que has rehecho tu vida. Le saludo, Saito-san, aunque siento que siempre sea en circunstancias parecidas. – Finalmente dirigiéndose a Kenshin- Himura Kenshin, aceptaré tu decisión sea cual sea, pero podías haberme preparado antes. Hazme el favor de ofrecerles nuestra hospitalidad, no querrás tenerlos aquí indefinidamente.
Kenshin le ofreció una sonrisa de disculpa, y los hizo pasar dentro, a una de las habitaciones para invitados del dojo.
Una vez se encontraron solos nuevamente, los cuatro hombres se acomodaron en el suelo.
Saito (mostrando una sonrisa mezcla de fastidio y sarcasmo): Se lo has contado, Himura, no podía ser de otro modo. Siempre has sido un calzonazos con esa especie de histérica.
Kenshin (con furia contenida): Kaoru es mi mujer, Saito-san, espero que no se le olvide si piensa trabajar conmigo, y que la trate como a tal.
Saito (asombrado por la seguridad y la rabia con que el otro había pronunciado esas palabras): No te ofendas, no volverá a pasar, te lo aseguro. No es pelea lo que busco contigo, creo que quedó claro.
Excepto Kenshin, todos lo observaron sin comprender, puesto que se refería a su último duelo, al que no asistió, dando por zanjadas sus diferencias. Pero como quedó claro que ninguno de los dos samurais iba a decir ni una palabra más sobre el tema, Soujiro decidió darle un giro a la conversación.
Soujiro: ¿Entonces, va a unirse a nosotros, Himura-san?
Kenshin: En ningún momento he dicho eso. Saito-san, deme una descripción detallada de la situación, y también quiero vuestra opinión.
Saito: No perdamos tiempo, pues, y vamos a por lo que nos ha traído aquí.
Shougo caminaba de lado a lado de la habitación, excitado. Su esposa se esforzaba en comportarse de una forma tranquila y natural, intentando no ponerlo más nervioso todavía. Ella estaba disponiendo la mesa para la comida, y el samurai pensaba que ni siquiera le hacía caso, aunque ella respondía a todas sus preguntas. Pero cuando él no podía darse cuenta, ella lo observaba preocupada.
Shougo (muy alterado): ¡Maldita sea!. ¡Aquí estoy, atado de pies y manos!. ¡No tengo noticias de Shouzo, ni puedo ir en su busca…!. ¡No sé nada desde hace cuatro días!. ¡Me voy a volver loco!. ¡Debo hacer algo!.
Setsuna se acercó a él, y con una sonrisa que intentaba ser apaciguadora, le cogió del brazo suavemente e hizo que los furiosos ojos de su marido se encontraran de frente con los suyos.
Setsuna: Shougo, por favor, cálmate. Sé que la situación es muy delicada, y que es desesperante no tener noticias, pero no vas a conseguir nada caminando y gritando como un poseso.
Shougo (ya fuera de sí): ¿Dices que me calme?. ¿Tú sabes lo que me estás pidiendo?. Además, ¿quién te crees que eres para darme órdenes?. ¡Tú eres sólo…!.
Calló de pronto, dándose cuenta de la magnitud de lo que había estado a punto de decir. Quedó mirándola a los ojos fijamente, sorprendido y asustado como hacía mucho que no recordaba haberlo estado. Quiso decir algo, pero ninguna palabra acudió a su mente, tan bloqueada como su cuerpo. Setsuna mantuvo su mirada, y con toda la dignidad que fue capaz de conservar y voz serena le dijo:
Setsuna: No te preocupes, Shougo, no se me olvida. Yo tan sólo soy una recogida, una joven huérfana con la que te has casado sólo por protección, porque eres tan bueno que no puedes dejar desvalido a ninguno de tus seguidores. Te estaré eternamente agradecida. Ahora, si no deseas nada, estaré en mi cuarto.- Dicho esto, se marchó dejando al hombre consternado.
Shougo sintió que el mundo se derrumbaba sobre él. Un dolor sordo se adueñó de su alma haciéndole sentir pequeño, desvalido. ¿Por qué le dolía tanto que ella le estuviera agradecida?. Quizá era algo muy diferente lo que él deseaba que ella sintiese, aunque se empeñaba en negárselo a sí mismo día tras día, y él mismo fomentaba esa actitud de su esposa con su propio comportamiento, frío y distante.
El ruido de una puerta al abrirse cortó el hilo de sus pensamientos. Giró lentamente la cabeza y se encontró con la cara angelical de Sayo.
Sayo (viendo extrañada la cara de tristeza de su hermano): Niichan, ¿qué sucede?.
Shougo (yendo hacia su hermana y abrazándola): Nada, hermanita. ¿Hay noticias?
Sayo (interpretando que la falta de noticias de Shouzo era la fuente de la actitud de su hermano): Lo siento, todavía nada. ¿Está Setsuna en su cuarto?. Necesito hablar con ella sobre la mudanza a la casa común de las esposas de los desaparecidos.
Shougo: Ssí, ve con ella.
Sayo se separó de su hermano, le acarició el rostro con cariño y marchó en busca de su cuñada, a la que tenía en gran estima y con la que se compenetraba de maravilla, pues ambas tenían prácticamente la misma edad, y habían encontrado en la otra una amiga sincera y un gran apoyo que Shougo no podía ofrecerles por no poder comprender ciertos aspectos de la conducta femenina.
Tocó a la puerta de Setusna, pero nadie le respondió tras ella. Se acercó más a la puerta para llamar de nuevo pero no llegó a hacerlo, pues escuchó débiles sollozos que provenían del otro lado de la puerta. Abrió con cuidado y pasó dentro.
Sayo (preocupada): ¿Setusna?.
Setsuna (levantándose del futón en el que estaba tendida llorando, y abrazándose a la otra): ¡Sayo!.
Sayo: ¿Qué tienes?. ¿Qué pasa?.
Setsuna: No te preocupes, no es nada.
Sayo: ¿Ahora se llora por nada?.
Setusna (levantándose del futón y haciendo ademán de dirigirse hacia fuera): Cerremos la puerta, por favor, no quiero que Shougo me escuche llorar.
Sayo (haciendo que la mire a los ojos): No te habrás peleado con mi hermano, ¿verdad?.- Setsuna no podía parar de llorar, intentando negar con la cabeza, pero su mirada la delataba sin remedio.- ¿O sí?. – Mirándola con mezcla de enfado e incredulidad.- No me estoy equivocando. ¡Vamos, dímelo!. ¡Soy tu amiga y tu cuñada!.
Setsuna: ¿Cuñada?. ¡Vamos, Sayo!. ¡Sabes tan bien como yo que esto es todo una farsa!.
Sayo (muy seria): Para mí no, hermana.
Setsuna (volviendo a llorar de nuevo): Y para mí tampoco, ese es el problema.- Después de hacer una pausa para reunir coraje.- Amo a Shougo, Sayo, desde que era niña.
Setsuna contó a una Sayo completamente sorprendida las palabras de Shougo, a lo que esta reaccionó con enfado.
Sayo: Ahora mismo voy a hablar con él.
Setsuna: ¿Y qué vas a hacer?. ¿Obligarlo a quererme?.
Sayo: ¡Pero él debe saberlo!.
Setsuna (negando con la cabeza): ¿Para qué?. Tan sólo sería un problema más que cargar a sus espaldas. No podemos hacer nada, Sayo. No debí haberme casado con él. Creí que me bastaría su compañía, pero no pensé en lo duro que sería tenerlo cerca y no poder amarlo ni ser amada por él. Además, lo he condenado a vivir sin amor. Una vez se hayan solucionado los problemas de la comunidad, le pediré que me abandone. Aunque sea él quien no me ame, yo no puedo dejarlo, ya que se resentiría el respeto que los demás tienen por él.
Sayo: Recuerda que la doctrina cristiana no permite la separación de un matrimonio. Estaréis pecando si lo hacéis.
Setsuna: Pero esto no es un verdadero matrimonio.
Sayo (dubitativa): Aun así…
Setsuna: ¿Y qué debo hacer entonces?.
Sayo: Mi hermano se casó contigo siendo perfectamente consciente de lo que hacía. En cuanto a ti… no sé qué decirte. Tan sólo se me ocurre que seas sincera con él.
Setsuna: Ahora no es el momento de darle otro quebradero de cabeza. No debo pensar en mí misma en este momento.- Intentando sonreír a Sayo para tranquilizarla.- Ya veremos cuando acabe todo esto. ¿De acuerdo?.
Sayo (tratando de sonreír también): De acuerdo.
En una casa de Kioto, dos personajes estaban conversando en voz baja frente a una cama, ocupada por un hombre aparentemente dormido. Estaba cubierto por una manta hasta la cintura, y unos vendajes realizados de forma profesional cubrían su cuerpo, pero eran incapaces de esconder su complexión atlética y surtidas cicatrices, prueba de numerosas batallas.
Un muchacho de catorce años, el más joven de las dos personas que permanecían de pie, lo observaba con evidente curiosidad.
Muchacho: ¿Quién será, sensei Megumi?.
Megumi: Quién sabe. Quizá un ladrón, a juzgar por el lugar y el estado en que lo encontraste. O quizá un guerrero. Desde luego, no es un simple turista que estaba visitando el bosque por casualidad.
Muchacho (observándolo con mayor curiosidad si cabe): ¿Tú crees?. ¿Se salvará?.
Megumi: No te preocupes, Aoki, que podrás escuchar su historia de sus propios labios. Claro, si te la quiere contar. Salgamos y dejémoslo descansar.
Aoki (saliendo sigilosamente de la habitación, seguido por Megumi): Sí, sensei.
Pero no habían traspasado aún la puerta de la estancia, cuando el enfermo rebulló en la cama y comenzó a gritar en voz alta, en su delirio.
Sujeto: ¡Himura!… ¡Himura!… ¡Debo verlo!.
Megumi quedó pálida, muy seria. Aoki miró asombrado del enfermo a su sensei, sorprendido, pues se había dado cuenta de que las palabras que el sujeto había pronunciado, tenían algún significado para su maestra, pero no osó articular palabra. Megumi le hizo un ademán para que saliera de la habitación, y ambos se retiraron en silencio.
Una figura embozada en una gran capa negra se deslizaba rauda por las calles menos concurridas de Tokyo, con un destino fijo: llegar puntual a la cita con su interlocutor en el bosque adyacente al dojo Kamiya.
Mientras caminaba sigilosamente, por su mente no dejaba de rondar tan sólo una idea. Soñaba con el día en que los patriotas recuperaran el poder que era suyo por derecho, y que estos irreverentes Meijis les habían robado, desechando las antiguas tradiciones como ropa usada, y permitiendo que sucios extranjeros apestaran sus ciudades con su maldito "progreso". Sí, él devolvería a Kioto su antiguo esplendor como magna capital de un imperio fuerte y orgulloso, único y puro en su cultura. Lo haría de nuevo intocable para todos esos profanos egocentristas que pretendían robar su identidad y esclavizar su libertad introduciendo sus bárbaras costumbres donde nadie las necesitaba.
Una mezcla de rabia y euforia recorrió sus venas como una descarga eléctrica, al pensar en su tan deseado triunfo. Se sintió fuerte, poderoso. Pero una negra mancha enturbiaba sus sueños, el maldito Mamoru. Ese condenado loco tenía una gran fortuna, adquirida traficando con esos extranjeros que él tanto odiaba, pero lo más importante era su inteligencia privilegiada, que sería decisiva en su victoria, y que él reconocía a su pesar no poseer.
Una oleada de rabia se adueñó de él y crispó todos los músculos de su cuerpo. Deseó destrozar cualquier cosa que estuviera a su alcance, pero recordó la discreción que requería su encuentro con Mamoru, e hizo todo lo posible por calmarse. Penetró en el bosque y aguzó todos sus sentidos para intentar localizar a su supuesto jefe lo antes posible.
De pronto, sintió una tensión en el aire que lo alertó de inmediato. No vio ni oyó nada, pero sabía que algo extraño estaba pasando. Era seguro que no estaba solo. Adoptó una postura defensiva, pero de nada le sirvió, pues la sorpresa bloqueó cualquier intento de reacción. En un instante, dos inmensas hachas habían pasado rozándole por ambos lados, para acabar clavándose en un árbol tras él.
Sujeto 1 (maldiciendo sorprendido): ¡Kuso!
De entre los árboles surgió un hombre alto. Lo primero que llamaba la atención de él era su cortísimo pelo rubio, cortado a cepillo, que hacía más cuadradas las ya de por sí geométricas facciones de su cara. Una ajustada camisa negra, remangada hasta mostrar sus codos, y unos pantalones de fina y exquisita tela negra, sujetos a su cintura por un cinturón rematado en un broche con cabeza de minotauro, no conseguían sino resaltar su musculado cuerpo. La armonía de su cuerpo hacía pensar en una salvaje belleza, corroborada por una mirada enmarcada en unos atractivos ojos azul celeste, pero tan fríos y distantes como el cielo del que habían tomado su color.
Este sujeto se aproximó al otro, que había adoptado de nuevo una postura defensiva, con una cínica sonrisa. Aparentemente se mostraba desarmado, pero la evidente impaciencia por una cruenta lucha que delataban todos sus movimientos, alertaron aún más a su contrincante, que no lo subestimó ni por un momento.
Sujeto 1 (pensando): Impresionante adversario, extranjero sin duda.- Después de pasarse la lengua por sus resecos labios, saboreando el enfrentamiento inminente.- Sí, señor. Voy a disfrutar matándolo.
Hizo un ademán a su rubio oponente, indicándole que atacara. El otro le sonrió, complacido, se retorció las manos por un instante, y sin pensarlo más se abalanzó a su encuentro con una fuerza y velocidad temerarias. El japonés extrajo su daisho y quedó a la espera.
Sujeto 1 (pensando, presa de un gran desconcierto): ¡Esto es una locura!. ¡Piensa atacarme con sus manos desnudas!. ¡ O es un loco desesperado, cosa que no creo, o un luchador fuera de serie!. ¡Pero aún así, no tendrá ninguna oportunidad!. Se está enfrentando a uno de los samurais más fuertes de Japón.
Todavía seguía pensando esto, cuando el otro, ya muy cerca de él, tomó impulso y dio un salto, aparentemente de varios metros. Él lo intentó ubicar con la mirada, pero al buscarlo en las alturas, quedó cegado por los fuertes rayos del sol primaveral. Algo le atrapó el cuello por detrás, a la vez que cogió con fuerza su brazo derecho y lo llevó hasta su espalda, haciéndole soltar la wakizshi que este sostenía, y amenazando con rompérselo.
No tuvo más remedio que echar a tierra también la katana de su mano izquierda, para intentar agarrar el brazo que le estaba ahogando, lenta pero firmemente. Tiró y tiró hasta que le abandonaron las fuerzas, pero la presión de lo que parecía acero no cedió ni siquiera un centímetro. Sintió un mareo incontrolable, que presagiaba su inminente fin, y se abandonó a la evidencia. Pronto moriría.
Sujeto 3 (surgiendo de entre los árboles): ¡Basta!. ¡Hans, te he dicho que ya es suficiente!.
El rubio coloso miró con rabia hacia el lugar de donde provenía la voz imperativa. Por un momento pareció que iba a desobedecerla y siguió apretando a su víctima, ya prácticamente inmóvil. Hubo un duelo mortal de miradas entre los dos hombres, perfectamente conscientes de que en la victoria de uno de ellos, lo que menos importaba era la vida o la muerte del samurai. En ella se jugaban la hegemonía del mando, el respeto, el poder.
Algo pasó por la mente del extranjero. Quizá el temor a la fulminante mirada de su contrincante, aunque no había miedo en sus ojos, o quizá la conveniencia de una parcial sumisión, fue lo que consiguió que finalmente aflojara la presión sobre el reo, soltándolo justo cuando se agotaban los últimos segundos para que se cumpliese la sentencia de muerte.
El samurai cayó al suelo, asfixiado. Intentó respirar de nuevo, pero al principio tan sólo consiguió toser, lo que pareció empeorar su situación. Poco a poco, cesaron los espasmos y su respiración se fue regularizando, pero las fuerzas tardaron más en regresar a su cuerpo, y únicamente consiguió sentarse.
Mientras tanto, el sujeto surgido de la vegetación se acercó a ellos, visiblemente complacido.
Sujeto 1 (mirando al otro japonés con resentimiento apenas contenido): ¡Maldito bastardo!. ¿Por qué?. ¿Por qué lo has hecho, Mamoru?.
Mamoru se acercó más a él, y lo miró con una sonrisa de compasión que sabía que dolería más al otro que una expresión de ira o rabia.
Mamoru: ¡Oh, pobre, pobre Kuro!.- Ahora mostrando una frialdad alarmante.- ¿Creías que no era consciente de tu gran odio hacia mí?. Estoy seguro de que con el tiempo, ese odio te habría llevado a la traición, y no estoy dispuesto a que mi plan fracase por culpa de un estrecho de miras como tú. – Sonriéndole nuevamente.- Ahora lo pensarás dos veces antes de ejecutar tus planes en mi contra, estoy seguro.
Kuro permaneció en silencio, lo que confirmó las palabras del otro, que sonrió complacido.
Mamoru (haciendo una señal a Hans para que se acercara y dándole una palmada amistosa en la espalda): Este es Hans, representante de Alemania, a quien pienso vender este país cuando caiga en mis manos.
Kuro (asombrado y horrorizado por igual): ¿Vender Japón a Alemania?. ¡Estás loco!.
Mamoru (furioso): ¡Mi paciencia tiene un límite, y estás a punto de traspasarlo!. – Haciendo un esfuerzo para aparecer calmado de nuevo.- No sé si conocerás, aunque no creo, porque los que son como tú desprecian todo lo no japonés, la carrera de los países industrializados europeos por controlar el movimiento imperialista sobre las colonias, única forma de superar la crisis a la que inevitablemente les ha llevado el capitalismo. Pues bien. Esta crisis ha afectado a Alemania con varios años de retraso, ya que su industrialización ha sido más reciente; y cuando ha intentado sumarse a esta actitud imperialista, se ha encontrado con que ya no quedan países en Africa y Asia que valga la pena conquistar, ya que estos países, que podrían proporcionarle mano de obra barata y un nuevo mercado que absorbiera sus excedentes, están en manos de Francia y el Reino Unido, que no están dispuestos a cedérselos, por supuesto. Tan sólo les quedan dos opciones: conquistar el resto de Europa, cosa que inevitablemente desembocaría en una guerra contra estos dos países, pues se verían amenazados en su propia casa; o la solución que yo les ofrezco, Japón, un país que está comenzando ahora su camino hacia el progreso, fuente de grandes oportunidades, en todos los sentidos.
Kuro había escuchado la disertación del otro en absoluto silencio, fruto por una parte de la negativa de todo su ser a creer lo que estaba oyendo, y por otra por el total convencimiento que sentía de la locura de Mamoru, con cada frase que este último iba encadenando. Cuando por fin su jefe hubo terminado, y su mente se tranquilizó lo suficiente como para poder asimilar todos estos desvaríos, se descubrió a sí mismo mostrando un semblante atónito. Seguía mirando al otro de forma estúpida, lo que divertía a sus dos interlocutores.
Kuro (articulando las palabras con dificultad): Pero, ¿por qué?. Tú eres japonés. ¿Por qué todo ese odio a tu patria?.
Mamoru (mirándolo con rabia y escupiendo al suelo): ¡Esto es lo que pienso de Japón!. ¡Yo soy hijo de un hombre bueno, maravilloso, que tuvo como único pecado ser pobre, y aún así querer lo mejor para sus hijos!. ¡La muerte más deshonrosa fue su única recompensa!. ¡La muerte que le dio tu maldito Japón, y el de gente como tú!.
Kuro (confundido): No entiendo.
Mamoru (hablando más para sí mismo que para su subordinado, y remontándose a otro tiempo, lleno de dolor): Hace treinta años, mis padres eran los sirvientes de un poderoso daimío, aquí en Tokyo. Adoraban a su señor, quien aparentemente les trataba con cariño. Tuvieron dos hijos; mi hermana Sakura, la mayor, una muchacha adorable, encantadora, angelical… y yo.- Kuro se sorprendió, pues jamás había oído que el sensei tuviera más parientes que él mismo.- Los dos crecimos en un ambiente arropador, lleno de amor, que nuestros padres se desvivieron por ofrecernos. Cuando fuimos creciendo, pronto todos se dieron cuenta que poseíamos una gran inteligencia, lo que alegró a nuestros padres y dejó indiferente a nuestro señor. El gran sueño de Sakura era llegar a ser profesora, y hacer que la cultura llegara por igual a todas las personas, sin distinción de clases sociales. Me contagió el entusiasmo de aquel sueño maravilloso, y decidimos hablar a nuestros padres para pedir su apoyo. Ellos vieron muy difícil que pudiéramos conseguirlo, pero mi padre nos prometió que hablaría con el señor para rogar por nuestra libertad y así poder dedicarnos por entero a hacerlo realidad. Y así lo hizo, pensando en la bondad que siempre había demostrado este para con nosotros. Pero cual sería su asombro cuando no sólo se lo negó de malos modos, alegando que todos nosotros éramos de su propiedad, como cualquiera de sus perros, y que era ilógico que un perro intentase estudiar, sino que habiéndolo previsto de antemano, observando nuestro comportamiento, a Sakura y a mí nos había preparado un castigo ejemplar, para que a ninguno de sus otros "perros" se le ocurriera importunarlo con semejante locura.
Decidió casar a mi frágil hermana con el más bruto y despiadado de sus sirvientes, y a mí me regalaría a uno de sus amigos, un daimío famoso por su crueldad. Mi padre se retiró horrorizado, y su carácter cambió desde entonces. Lo encontrábamos taciturno, pensativo… pero nos hicimos a la idea de nuestro destino y así se lo hicimos saber. Él calló. Un día- continuando con una mueca de dolor- mi padre nos sacó muy pronto de la cama, diciéndonos que debíamos marchar. Nos acompaño a la ciudad, y seguidamente a la bahía de Tokyo. Nos hizo subir a un barco, y ante nuestras miradas desconcertadas, nos explicó que no estaba dispuesto a permitir que hicieran sufrir a sus hijos, fuera quien fuera el que lo intentara. Nos hizo prometer que le esperaríamos en el barco hasta la noche, en que él y nuestra madre se reunirían con nosotros, para marchar a Europa con todos los ahorros de muchos años de trabajo, donde comenzaríamos una nueva vida, libres para conseguir nuestras metas y ser fieles a nosotros mismos. Nos despedimos, asustados pero ansiosos ante el próximo reencuentro.
Como mi padre había prometido, al caer la noche él y mi madre llegaron al muelle. Nosotros estábamos en la borda del barco, mirándolos emocionados. Pero unas figuras aparecieron tras ellos, y los asesinaron ante nuestros ojos. El señor siempre había estado al corriente de sus planes, no sé cómo pero así era, y tan sólo les permitieron llegar hasta el final para cogerlos con las manos en la masa. A nosotros no pretendían hacernos nada, nos permitirían vivir y se ejecutaría el plan original. Pero el capitán del barco fue más rápido y levó anclas antes de que él y sus esbirros pudieran abordarnos.
Yo permanecía inmóvil, como una estatua de cera, totalmente bloqueado. Pero Sakura comenzó a llorar y a gritar, y sin pensarlo dos veces se lanzó al mar. No sabía nadar. Mi pobre flor de cerezo… ahora tendría veinticinco años. En unos instantes perdí a las únicas personas que he amado en esta vida.- Volviendo a la realidad y recuperando su semblante frío.- Así que no juegues conmigo, Kuro. No tengo piedad, ni escrúpulos, ni quiero a nadie ni a nada, ni siquiera a mí mismo. No dudaré en eliminarte si eso me da algún beneficio… o me evita problemas.
Kuro (aprovechando ese extraño momento en que Mamoru había destapado su alma): Sólo una cosa, sensei. ¿Qué pinta la chica Kamiya en todo esto?. ¿Por qué ese afán de venganza contra ella en particular?.
Mamoru (mirándolo con crueldad): En otro momento te habría matado por tu insolencia… pero hoy voy a complacer tu abyecta curiosidad. Un año antes de la muerte de mi familia, o sea, hace once años, mi padre me llevó a visitar a un conocido suyo, el sensei de la escuela Kamiya Kassin, para pedirle consejo sobre un asunto personal. Mientras ellos dos hablaban, me dejaron en compañía de una muchachita inquieta y descarada, que no paró de observarme. "¿Cómo te llamas"- me preguntó- "Mi nombre es Kaoru, ¿sabes?"- siguió parloteando sin dejar de mirarme con curiosidad – "¿Sabes pelear?"- Y sin dejarme tiempo a contestar, y ante mi total sorpresa, extrajo una shinai de la funda que llevaba atada a su obi y me golpeó con fuerza. Yo caí al suelo, no sé si más atónito que dolorido, pero me sentí tan humillado que salí del dojo a todo correr y no paré hasta llegar a casa. Pero todavía me dio tiempo a escuchar unas últimas palabras: "Pero, ¿qué has hecho, Kaoru?. ¡Es nuestro invitado y no puedes tratarlo así!. Ve en su busca y discúlpate". "Bah, no es más que un flojucho, papá. No vale la pena". "Estarás castigada hasta nueva orden, pequeño terremoto".- Me humilló como nadie jamás lo había hecho, y pagará, al igual que lo ha hecho ya el maldito daimío que mató a mi familia.
Kuro (más asustado por momentos, aunque la curiosidad pudo más que el miedo): ¿Saiko?. ¿Era él?. ¿Pero si vivía en Kioto!.
Mamoru (mostrando una sardónica sonrisa que heló la sangre en el cuerpo del otro): No siempre fue así… - sumiéndose de nuevo en el pasado- no siempre fue así.
"Añorar el pasado
es correr detrás del viento"
Proverbio ruso.
Notas de la autora:
Lo primero. Por favor, enviadme vuestra opiniones y críticas. Vuestra ayuda es muy importante para ir mejorando poco a poco.
Una pregunta que me han hecho, es por qué Kenshin tiene un carácter más fuerte que el que muestra en el anime y en el manga. Lo he creado así por dos razones:
1.- Porque quiero que muestre más madurez, no me gusta que sea tan complaciente con todo, da igual que le guste o que no. Una cosa es bondad y otra muy diferente es no tener carácter. Yo creo que en el anime y el manga no muestra personalidad con Kaoru, le permite hacer lo que quiera y punto. Si van a luchar por una relación de pareja, deben también ser conscientes de su propia personalidad e individualidad.
2.- Porque he reflejado un poquillo el tipo de hombre que me gusta, de grandes valores e idealista, que no oculte sus propios sentimientos, le lleven donde le lleven, y que siga los dictados de su propio corazón y su razón. ¿Lanzarote del Lago quizás?.
He simplificado demasiado el movimiento imperialista europeo del siglo XIX, pero básicamente esta era su mecánica: Los países industrializados (principalmente Francia y UK ,los más adelantados), llegaron a una crisis estructural del capitalismo cuando se encontraron que producían más de lo que podía absorber el mercado, pero no podían dejar de producir porque eso les llevaría a tener grandes pérdidas sobre todo en costes fijos (maquinaria, fábricas…), mayores que las que tenían por acumulación de stocks. Total, que la única manera de vender más era bajando los costes del producto, para que más gente pudiera comprarles, pero eso sólo se conseguía bajando los salarios, y si hacían esto, por un lado se les echaban encima los sindicatos de trabajadores, y por otro como las personas ahora cobraban menos, tampoco podían comprar muchas cosas que antes sí compraban. La solución que se les ocurrió fue conquistar países de Africa y Asia y montar allí sus fábricas. No tenían la presión de los sindicatos, por lo que podían pagar lo que quisieran, y por otro lado, toda esa gente que ahora tenía trabajo y un salario del que antes no disponía, podría comprar parte de sus excedentes, con lo que el problema se reduciría considerablemente. Se hizo así (más o menos en la década de los 60-70 en adelante). Pero el problema de Alemania es real. Se industrializó más tarde, y al llegarle más tarde la crisis también, cuando quiso conquistar territorios en las colonias, le fue prácticamente imposible porque Francia y UK ya se habían apropiado de los países con más posibilidades, con lo que se les ocurrió conquistar países de Europa. Después de muchos problemas, tiras y afloja, esta sería una de las causas que desencadenaron la I Guerra Mundial de 1.914, en la que Francia y UK se aliaron contra todo pronóstico para combatir contra Alemania, que finalmente fue vencida. Pero lo mejor es que, a quien le interese el tema de verdad, consulte un buen libro de historia, que le informará "en profundidad" de esta parte de la historia mundial, que para mí es muy importante para entender mejor la historia contemporánea.
