"La hora de la despedida ha llegado,

y junto al crepúsculo tu humanidad llegara a su fin

con una simple sonrisa robe tu corazón

y hoy … con una simple mordida

robare tu mortalidad"

La noche siguiente en cuanto todos dormían en aquel palacio, los silenciosos pasos de los amantes recorrían con prisa en lugar, cuidaban que nadie les siguiera o sospechara de aquel escape, cuando llegaron al jardín donde fue realizado el primero de sus encuentros, ambos sonrieron, caminaron por un largo camino que llegaba hasta lo mas alejado del castillo y donde ahí les esperaba un hermoso caballo negro como la noche, aquel que les ayudaría a terminar con su escape, y con el, el inicio de su eterna felicidad…

Leila…-susurro el rubio mientras ella abría los ojos con lentitud- mi querida princesa, es hora- ella esbozo una sonrisa mientras se levantaba de la cama y el le seguía con la mirada - no tienes que verte obligada a hacer esto-insistía inútilmente aquel hombre por que la otra cambiase de parecer, mas esta vez estaba seguro que no lograría su cometido, sentado en el balcón de aquella habitación, mientras ella cambiaba su ropa, el simplemente entonaba una canción a la luna de aquella noche

Querida Princesa...

La flor más querida...

Eres parte de mí,

por lo tanto quédate a mi lado

Desde ahora... entre mis brazos.

Confiarás en mí

Así que quédate en mis ojos

Ella sonreía al oírle entonar aquella canción, pero sabia que era como una despedida que su amado le hacia a su humanidad, y una bienvenida a su nueva vida, una bienvenida a la inmortalidad que en pocos minutos iba a adquirir tan solo para estar a su lado amándole como si no hubiese un mañana, se acerco a ella con lentitud y sonrió mientras se fundían en un abrazo lleno de sentimientos encontrados, camino con ella hacia el espejo y la miro por ultima vez antes de realizar su cometido

Esta noche, te volverás una de los míos, con un corazón que nunca volverá a latir, viviendo solo bajo oscuridad y siendo cubierta tan solo por la luz de la luna, -ella sonrío mientras continuaba observándole atravez del espejo- se que no debo preguntarlo nuevamente pero aun así lo haré, por que conservo una vaga esperanza sobre esto, pero estas realmente segura que esto es lo que quieres? volverte una eterna rosa a mi lado? -ella asintió, no importaba cuantas veces el se atreviera a preguntarle aquello, su respuesta siempre seria la misma, su único deseo era estar con aquel hombre al cual tenia a sus espaldas, no importaba su naturaleza, ella le amaba incondicionalmente.

La tenía frente al espejo, con su pulcro vestido blanco, mirándole a través del reflejo, clavando sus ojos azules en aquel verde tan profundo, sonrío escasos segundos antes de volver a formular aquella pregunta

Estas segura? dejaras todo lo que tienes por mi?- ella asintió levemente sin despegar su mirada de aquel rubio que le había hechizado- no importa que nunca puedas volver a mirar la luz del sol? -ella nego esta vez y una sonrisa diminuta se asomo en sus labios mientras entrelazaba las manos de ambos

No importa, usted es mi vida, mi muerte, mi felicidad y mi desdicha, solo quiero estar con usted sin importar el precio, porque ... le amo como a nadie amare si continúa mi vida - él sonrió de nuevo mientras alejaba los cabellos de su amada con delicadeza y los dejaba descansando en su hombro derecho, beso su cuello por última vez para sentir esa calidez que pronto desaparecería

Pase lo que pase no dejes de mirarme, no permitas que me arrepienta de lo que haré esta noche, por favor... -susurro mientras sus ojos se volvían cristalinos y sus colmillos aparecían, - Leila... por favor... arrepiéntete antes de que sea tarde- murmuraba mientras ella negaba y continuaba clavada en su sitio observando esos dos bellos zafiros que el otro tenía por ojos - siendo así respetare esta decisión - una lágrima corrió por la mejilla del rubio antes de clavar sus colmillos en el cuello de la joven, a quien los ojos se volvieron cristalinos por tan agudo dolor, mas sin embargo su rostro era sereno y una sonrisa se instaló en este, las lágrimas recorrían sus rosadas mejillas y se instalaron en la tela de su vestido para terminar su cauce, sin dejar de verse, de decir entre miradas cuanto se amaban, continuaron hasta que su cuerpo terminó con apenas rastro de sangre e inmediatamente el la tomo entre sus brazos y llevó una copa de sangre hasta sus pálidos labios humedeciéndolos con aquel líquido rojo carmín.

Desde aquel día, las cosas cambiaron para los amantes, solo podían salir de noche al basto jardín del castillo, pero les bastaba pues el saber que el otro estaba a su lado les llenaba el corazón de sobremanera, durante las ultimas semanas, Kamijo explico con suma paciencia su forma de vivir, las reglas que conllevaba ser un vampiro, Leila por otro lado escucho pacientemente aquellas explicaciones, entendió muchas cosas, aprendió otras que desconocía y siguió al pie de la letra todas las enseñanzas de su amado.