Bellamy es un capullo integral con todas las letras. Y un tocahuevos y el chico con el corazón más grande que ha existido nunca. O esa esa la descripción que le otorga Octavia a su hermano. Y aunque sabe que Clarke ya ha descubierto la primera parte, podría apostar que falta poco para el resto. Al menos para la parte de "tocahuevos".

Wells ya se ha dado cuenta, porque no puede librarse de la frasecita del demonio que le repite Bell cada vez que tiene ocasión. Eres invisible, sólo le mira a él, a Finn. A Wells le viene dando más o menos igual. Más porque le fastidia encontrarse tan solo, porque Clarke se niega a darle tregua. Menos, porque conociéndola es cuestión de tiempo que averigüe la verdad y todo vuelva a su cauce.

Pero constatar que Bellamy no calla le hace plantearse la idea de pararse en seco y espetarle si no será al propio Bell a quien le molesta que ella no le esté mirando.

Después ven a Jasper y todo lo demás viene demasiado rápido. Un paso en falso, el foso, el grito y la descarga eléctrica que comparten Bell y Clarke mientras la vida de ésta pende de su mano. El auxilio de Clarke es atronador, suena a pánico y a susto. A sorpresa, porque de todas las personas que estaban a su lado, sólo Bellamy ha sido capaz de actuar antes de pensar en quién, cómo, cuándo, dónde y qué pasaba.

Bellamy sólo muerde con fuerza y se aferra al brazo de Clarke como si fuera su hermana quien está ahí. Cuando los demás tiran de él y Clarke se pone en pie a escasos centímetros de él, no sabe qué decir ni qué hacer. Sólo la mira, con el aliento a punto de echar a correr y como si la viera por primera vez.

Pero la mirada de desconfianza de Finn, que se hace cargo de la situación en seguida, le devuelve a su plano de la realidad. Puede que Wells sea invisible, pero al parecer Bellamy no tiene ni derecho a plantearse esa opción.

Hasta que él mismo se encuentra en peligro. Y los disparos, la angustia, el roce suave de los matojos con el aire y con el animal le disparan los nervios y le despiertan el miedo. La adrenalina que le inundó tras salvar a Clarke le estalla en las venas al verse sano, salvado por la última bala de su pistola que Wells ha sabido dirigir al lugar adecuado en el momento preciso.

Se da la vuelta para agradecerle, sin palabras –a Bellamy no le sale un gracias ni aunque eso le salve la vida –, y lo que ve le revela un nuevo escenario. Ahí está Wells, descargando su ansiedad en el gatillo, con la mirada perdida y los ojos de Clarke clavados en él. Bellamy está seguro de haberle oído gritar en su auxilio, pero no se atreve a asegurarlo.

–Ahora es cuando te ve –le dice.

Y Wells está demasiado abatido para coger la pistola y lanzársela a la cabeza para que se calle de una vez. Porque ahora sí que está seguro de que Bell no está hablando de él, sino de sí mismo. Que Bellamy ha conseguido, sin quererlo, que Clarke le mire y le vea dos veces. Y lo que es más importante, que piense en él cuando no quiera. Cuando no quiera recordar quién le ha salvado la vida y por quién ha gritado de angustia.

Y cuando, en el campamento, Octavia ve cómo Clarke aprieta los dientes y rueda los ojos al oir a Bellamy, siente que ya falta poco. Porque Octavia sabe que es entre broma y reto, cuando Bellamy te suelta lo importante: que le importas, que está contigo, que te necesita, y que está dispuesto a ir hasta el fin del mundo sólo para verte sonreír.