Era ya tarde, los últimos rayos del sol iluminaban el lugar, dejando a la vista un hermoso atardecer. Tristana se encontraba en ese mismo instante en el segundo piso de la casa, más precisamente en el tejado. Le gustaba ver el atardecer cuando se sentía triste...
Ella sabía que tarde o temprano, el sol daría paso a la luna y quería ver la ciudad antes de que se oscureciera. Sentada al borde del techo, decidió quedarse un poco más antes de bajar. Ese día lo que veía al frente no era una simple ciudad... Veía a cada uno de los habitantes de Bandle, podía ver que más de una persona necesitaba ayuda, veía las preocupaciones de los mayores, el temor de ser atacados, de perder a los que amaban... De perder todo lo que querían.
Pero, también veía felicidad y amor. Podía apreciar que más de una persona le brindaba apoyo a los necesitados, que compartían su alegría, que trataba de mejorar la situación.
Durante varios minutos observó, quería aprender más obre esa personas, pero ahora mismo sabía que lo mejor sería dejar de preocuparse tanto por ello, no podía hacer nada en esos momentos.
Cuando empezó a darle un poco de frío, decidió que ya era ahora de entrar a casa. De un salto, bajó hacia la terraza y se sacudió un poco antes de entrar a su habitación. Dio un último vistazo hacia afuera antes de cerrar la puerta y recorrer las cortinas. Cuando terminó, se dirigió hacia el armario y sacó un par de prendas. Una camisa azul de cuello y pantalones del mismo color, era lo ropa que usaba al dormir.
Tomó unas cuantas cosas más y entró al baño. Dejando la ropa a un lado, se desvistió y entró a la bañera. Abrió una de las llaves y dejó que el agua recorriera su cuerpo. Estaba triste, ese era él último día que estaría en esa casa, pero lo que de verdad la entristecía era la forma que reaccionó su amigo cuando por fin le había contado todo.
"—¿Te vas?, ¿a qué te refieres?— preguntó confundido el yordle.
Los dos se encontraban sentados en una de las tantas bancas de un pequeño parque de la ciudad. Ya era un poco tarde, pero todavía había muchos yordles por ahí. Algunos niños jugaban alegres, los adultos hablaban entre ellos, algunas pocas parejas se besaban, en fin, lo normal. Pero los chicos no veían eso, ellos estaban observándose el uno al otro, hasta que la chica decidió hablar.
—Mis padres... Decidieron que era mejor irnos de aquí, a una nueva casa— respondió Tristana después de unos segundos, sin dignarse a verlo a los ojos. Con la mirada gacha, temblando un poco, apretó los puños, se sentía terrible, sabía que le afectaría a su amigo, pero confiaba en que él lo comprendería, que entendería que no era su culpa...
—Oh... Está bien... N-No importa— dijo Teemo mientras se levantaba y desviaba la mirada —Siempre supe que eras una chica increíble... Pero... — se detuvo y observó a la chica. Sus ojos mostraban su tristeza —No podía ser real...
—¿Real?, soy real— dijo sin entender la yordle. Ella también se levantó y lo observó preocupada. Definitivamente no esperaba eso de él.
—Eso lo sé...— contestó Teemo sin dudar, dando media vuelta sin querer verla... En ese instante sentía que lo invadía una furia desconocida.
—Entonces, ¿por qué dices eso?— preguntó con duda la chica. No comprendía lo que quería decir.
—Porque, sabía que algún día tendrías que irte, que nuestra amistad no duraría para siempre...
—No digas eso— lo contradijo la chica mientras ponía una de sus manos en el hombro del chico, logrando que este se volteara y la viera directo a los ojos —sé que estaré muy lejos... pero seguiremos siendo amigos, no importa lo que pase. Eso lo prometo.
Luego le brindó una de esas sonrisas radiantes, de esas que expresan su verdadera alegría, que te conmueven y que logran llegar hasta lo más profundo de tu corazón. Era una sonrisa verdadera, llena de confianza y sobre todo, de cariño, de un verdadero aprecio hacia la persona. Pero después de todo, no dejaba de ser una sonrisa de niño... Sincera y única.
Por un momento, el chico sonrió, sólo por unos segundos. Pero, a pesar de todo, sabía que lo más probable era que volvería a estar sólo... Tristana no era una chica común, sabía que sus padres querían lo mejor para ella... Pero, ¿por qué se sentía tan triste?, sentía que si ella se iba, su alegría también. Ella fue la primera niña que le habló con confianza, que jugaba con él, que siempre estaría para ayudarlo. Y eso era demasiado bueno para ser real.
—Lo siento Tristana... Pero no te creo— dijo con pesar antes de retirarse, dejando a la chica sola. Tris no lo detuvo, sabía que no podría. Sin hacer nada, lo vio caminar lejos de ella, sin detenerse en ningún momento.
—Es mi culpa, nunca debí...— pero no terminó su frase. Se sentía fatal. Estaba apunto de decir algo que jamás se atrevería a decir: "Nunca debí conocerlo", palabras que no era ciertas y ella lo sabía. En ese instante sentía que había causado un daño terrible... Y que sería difícil remediarlo."
Esa escena regresó a su mente, provocando que la chica se sintiera muy triste y culpable. Derramó un par de lagrimas antes de incorporarse y salir de la ducha, para luego vestirse. Sin poder controlarse, empezó a llorar. Sabía que ese día llegaría, pero no imaginaba que terminara así, tan doloroso para ambos. Y es que, muy en el fondo de sí, sabía que ella había causado más daño de lo que ya había sufrido el chico, y eso no podía perdonárselo. Lentamente caminó hacia su cama y se tumbó... Quería desahogarse, pero al parecer lo haría ella sola.
A su corta edad, la chica comprendió que toda acción, por minúscula que sea, podría cambiar la vida para siempre. Un sólo "Hola" podría llevar a una amistad, un simple acto, no importa lo insignificante que parezca, puede crear un conflicto. Y un adiós también puede doler mucho. Y eso que aún tenía mucho que vivir.
—Teemo, ¿me odias?— se preguntó mientras veía el techo. Sabía que era lo más probable, pero quería creer que no era así, que a pesar de lo que había ocurrido, seguía siendo amigos, sin importar la distancia que los separaría. Desvió la vista un momento hacia su escritorio. Sobre él estaba una caja envuelta con papel de regalo azul y con un enorme moño rojo. Ver aquel regalo le hizo recordar el motivo por el que ella había estando ahorrando durante muchos días... Y ahora veía que no podría entregárselo a su amigo. Pero sus pensamientos fueron interrumpidos por el grito de su tía.
—¡Tristana!, ¡hora de cenar!
Sus padres regresarían tarde ese día así que había venido su tía Shayla para que no estuviera sola y alguien cuidara de la casa, y de la chica, durante la ausencia de los dos adultos. La yordle se levantó rápido de la cama y salió de su habitación, hacia el piso inferior. Pasó lentamente por los pasillos y bajó las escaleras con calma, igual no tenía prisa. Aún se sentía mal, pero no dejaría que la vieran así, debía ser fuerte. Conocía a su tía y estaba segura de que si la veía así, intentaría ayudarla, apoyarla e incluso le comentaría a sus padres y eso era lo que menos quería.
Una vez que llegó al comedor, se sentó en una de las sillas, sin levantar la mirada. Aún quedaban pocos muebles, los demás ya habían sido trasladados a la otra casa. La mesa que ahora se encontraba allí, era un poco pequeña, pero sería más que suficiente para ella y otra persona más.
Después de unos minutos en silencio, entró al comedor la tía de Tris. Era muy similar a su madre, pero la diferencia era que su pelaje era azul claro. Sus ojos eran casi del mismo color que los de Emma, eran verde claro, pero con una mezcla entre amarillo y azul.
—¿Qué sucede?, ¿por qué esa cara?— preguntó preocupada la yordle mayor mientras le entregaba a la chica un plato con estofado. Shayla era como la segunda madre de Tris, así que no le extrañó que la descubriera a pesar de sus intentos de ocultar sus sentimientos.
Realmente la chica no tenía apetito, pero comenzó a comer un poco.
—Tris... Puedes contarme ¿qué es lo que te preocupa?
La chica guardó silencio. Conocía a la perfección a su tía, no era la primera vez que venía a la casa. Lo pensó durante varios segundos, pero al final decidió decírselo, confiaba en que no pasaría nada malo, pues después de todo Shayla era la yordle más amable que conocía...
—Tía... Si tuvieras un amigo a quien aprecias mucho... Que a sufrido durante mucho tiempo... Y quien a pasado mucho tiempo en solitario...— comenzó a contarle, estaba algo nerviosa, pero era mejor ahora que necesitaba apoyo de un adulto... De un padre —imagina que él encontrara a alguien a quien llamar amigo y confiar en él... Una persona que logró hacerlo sonreír a pesar de la situación...— se detuvo un momento, tarando de buscar las palabras adecuadas — Sí tú fueras esa persona, ¿cómo te sentirías al saber que tendrías que abandonarlo?, qué él volvería a estar sólo, qué no vuelva a sonreír... que... Hayas hecho más daño que bien...— terminó de decir Tris, sentía como las lágrimas comenzaban a brotar... Lo había dicho y no había vuelta atrás.
Shayla parecía sorprendida. Estaba impactada. Su sobrina había dicho algo que realmente no esperaba de un niño... en ese momento entendió que, a pesar de la corta edad de la chica, había aprendido mucho del exterior... se preocupaba por los demás, más que en ella misma... La forma en que había dicho aquello le había hecho sentir triste y también la había confundido, ¿acaso eso es lo que le sucedía a la chica?, sabía que abandonar la ciudad y a sus amigos sería difícil, pero nunca creyó que la chica de verdad llegaría a sentirse tan mal. ¿Qué haría en esa situación? Tratando de buscar una respuesta, la yordle observó a la chica. Veía que en aquellas palabras había expresado un hecho real y eso era lo que la preocupaba...
—Lo que yo haría,— comenzó a decir Shayka —sería tratar de arreglar mi error— contestó a la pregunta después de pensarlo un poco. —Convencer a esa persona que de verdad lo quiero y que no me arrepiento de haber sido su amiga— se detuvo un momento y observó a su sobrina... Luego tomó asiento al lado de ella —Si de verdad fuera mi amigo, entenderá que no quise hacerle daño, que sólo quería que fuera feliz y olvidara sus preocupaciones, que pensara en cosas lindas... Pero sobre todo, le demostraría que siempre sería su amiga, que estaría con él, a pesar de la distancia. Que jamás lo olvidaría...— finalizó brindando una sonrisa a su sobrina, quien escuchó atentamente todo lo que su tía había dicho.
—¿E-Eso harías?— preguntó la chica mientras bajaba la mirada. Había fallado, no había logrado hacer nada de eso.
—Claro que sí pequeña— respondió mientras tomaba una de las manos de Tris —Pero no dejes que eso te afecte...
Esa noche, la chica aprendió que a veces era necesario contar tus preocupaciones a una persona, una persona en la que confíes y que sabes que no te haría daño. Es día, antes de que la chica se fuera a dormir, escribió una nota que integraría a su regalo, pues después de todo, ella se lo entregaría a su amigo, no importa cuando ni cómo, lo haría.
...
A la mañana síguete, Tristana despertó somnolienta, se había dormido un poco tarde, pero ella estaba segura de que era por una buena causa. Dando un leve bostezo, se levantó de la cama y se estiró frente la luz del sol, que apenas había iluminado su habitación. Debía ser muy temprano, pues todavía no veía mucho movimiento en la ciudad.
Parecía que ese día sería muy bonito, pero para ella no sería así. Aún con un poco de sueño, tomó la ropa que usaría ese día y se vistió, dejando sus pijamas a un lado. Había decidido usar una camisa de mangas para cubrirse un poco de frío, así como unos pantalones sencillos, con tal de estar cómoda.
Cepilló su cabello, que no era muy largo, y terminó de prepararse en pocos minutos. Pero a pesar de todo, no permitió que la tristeza la invadiera, lamentar lo que había ocurrido no le ayudaría en nada.
Una vez que terminó con todo y creyó estar lista, bajó de su habitación hacia la sala de estar. Era deprimente ver vacía la casa, saber que abandonaría el lugar donde había pasado toda su vida le hacía sentirse triste. En esa casa siempre habitarían sus recuerdos más preciados, pero al mismo tiempo, recuerdos que se volverían lejanos y que probablemente olvidaría con el tiempo. Dejando a un lado sus pensamientos, siguió su camino hasta la cocina...
Su madre se encontraba ahí, preparando el desayuno. Tristana intentó ignorarla, ya que para ella Emma seguiría siendo la responsable de todo lo que ocurría. Aunque esto no fuera cierto del todo.
—Princesa, ¿por qué no esperas en la mesa?, el desayuno estará listo en un minuto— dijo la yordle una vez que vio a su hija. Tristana no respondió, si no que salió de allí y se fue a otra dirección, con tal de alejarse de ella. Esto hizo que su madre se deprimiera un poco.
—Vamos cariño, sabes que está triste...— dijo el padre de Tris una vez que entró a la cocina —Los niños son muy sensibles cuando se trata de viajes.
—Lo sé... Pero es que...
—No te preocupes tanto... Yo me encargaré de que todo salga a la perfección... y también de que nuestra hija vuelva a ser esa yordle alegre y simpática— dijo con confianza su esposo. Emma se sintió más aliviada, puede que tuviera razón. La yordle le dedicó una sonrisa a su pareja y luego le dio un pequeño beso.
—Y es por eso que me casé contigo— dijo la madre de Tristana mientras recordaba a aquel joven que conquistó su corazón.
Por otro lado, la pequeña Yordle se encontraba en lo que antes era el comedor, sólo sin aquellos muebles que lo caracterizaban. No debía pasar de las ocho de la mañana y ya comenzaba a tener un poco de hambre.
Pronto llegó su madre acompañada de su esposo, y sirvió el desayuno, que consistía principalmente en huevos revueltos, tocino y algo de jugo de naranja. Luego dejó una pequeña cesta con pan para acompañar. Ciertamente no era mucho, pero en esos momentos no podían comer gran cosa, ya que tenían prisa y querían terminar lo antes posible.
Sin dirigirse la palabra, los tres iniciaron con el desayuno en aquella pequeña mesa. Emma podía ver que su hija seguía un poco molesta con ella, pero lo principal que detectó fue su tristeza, lo que la hacía sentirse mal, pero sabía que lo que hacía era lo correcto.
—Tristy, tu padre quería decirte algo— rompió el silencio la yordle mayor mientras dirigía su mirada al padre —¿Verdad?
—Esto.. Sí, claro que sí— dijo el yordle una vez que reaccionó—Tu madre y yo decidimos que saldríamos a visitar a tu abuela, hace mucho tiempo que no hemos ido, ¿que te parece?
—...— Tristana no dijo nada en ese momento. Aunque era cierto que sí llevaban tiempo sin ir de visita, en esos momentos desearía no tener que responder. —Es una gran idea padre— dijo al fin de cuentas. El mayor no respondió enseguida, pues estaba comiendo (algo acelerado por las prisas).
—Claro que tendrías que esperar un poco más, ahora mismo tenemos mucho trabajo que hacer— dijo su padre una vez que había terminado con su desayuno —Muchas gracias— dijo a su esposa mientras se levantaba.
—Buen provecho— dijo en respuesta Emma mientras el yordle salía de la sala.
Un silencio incómodo invadió el lugar una vez que se fue el padre de Tristana. Ninguna de las dos yordles se habló mientras terminaban con su desayuno.
—Madre...
—¿Si, mi princesa?
—No me quiero ir...
—Pero es lo mejor para las dos... Tendrás un gran colegio, se te está ofreciendo una gran oportunidad que pocos han tenido— dijo su madre sabiendo a donde quería llevar la conversación —Recuerda, todo lo que hacemos, lo hacemos por ti... Porque nosotros queremos que tengas un futuro lleno de éxito.
La chica guardó sus comentarios y decidió que era mejor dejar las cosas como ya estaban. Una vez que terminó de comer, se retiró para cepillarse lo dientes, costumbre que sus padres le habían enseñado desde pequeña. Estaba frente al único espejo que quedaba en esa casa. Reflejaba a una yordle aún pequeña, sus ojos no tenían aquel brillo que los caracterizaba, su cabello, que apenas llegaba bajo sus hombros, estaba un poco desordenado. Pero eso no era lo que veía la chica...
—¡Tristana!, ¡apresúrate, tenemos que irnos ya!— Escuchó que la llamaba su madre. Pero ella no tenía intenciones de acelerar su ritmo.
Sin prisa, salió del baño y recogió una pequeña mochila, donde tenía sus objetos más valiosos. Pero no fue lo único que traía consigo, pues también cogió aquella caja con el regalo, que ella sabía que no podría entregar todavía.
Una vez que estuvo preparada, salió de su habitación y bajó rápido hacia el primer piso, se pasó por la sala y luego de unos momentos llegó a la salida de aquella casa. Ya afuera se dirigió a donde se encontraban sus padres, quienes las esperaban acompañados de un par de maletas.
—¿Ya estás lista?— preguntó con calma su padre, a lo que la chica asintió —Entonces, ¡en marcha!
Los tres emprendieron su camino hacia la estación del tren, el único servicio de transporte que podría llevarlos hasta su nuevo hogar. Durante el camino, la chica no prestaba nada de atención a sus padres, ellos hablan maravillas de aquel lugar al que se dirigían... Fuera de la ciudad de Bandle.
—Alegra esa cara princesa, sólo estaremos fuera hasta que termines con tus estudios, luego podrás regresará Bandle, ¡estoy seguro de que será grandioso!— dijo su padre tratando de animarla, pero al parecer no funcionó —Recuerda que siempre podrás escribir cartas...— señaló su padre sabiendo el principal motivo de la tristeza de la chica.
—Lo sé, pero... ¿Cuanto tiempo...? ¿cuánto tiempo estaremos fuera de aquí?— preguntó Tristana sin levantar la mirada.
—Tristy, el tiempo no importa, pasara muy rápido, ¡ya verás que en un abrir y cerrar de ojos estaremos de vuelta a la ciudad!— dijo optimista su padre.
—Serán entre diez a quince años— aportó Emma, logrando que cayeran los pocos ánimos que Tristana había acumulado.
—¡Emma!— dijo molesto el yordle mientras que la chica volvía a ignorar las palabras de sus padres. Durante varios minutos, Tristana escuchaba un poco la discusión de sus padres, mientras observaba a sus alrededores. Habían unas cuantas casas, unos pocos yordles que parecían muy alegres. Escuchaba le alboroto de las aves, los ruidos de la calle, así como pronto llegó a ella el aroma de los diferentes puestos de comida y restaurantes. Lo habitual en la ciudad de Bandle.
Justo cuando ya casi llegaban a la estación de tren, fue que decidió ver para atrás, echar un último vistazo a la ciudad que ella tanto quería. Vio aquella ciudad que estaría presente en su corazón por el resto de su vida.
Apenas y habían yordles esperando la llegada del tren, la mayoría adultos que saldrían por cuestiones de trabajo. La chica no dejó de ver la ciudad durante los minutos que esperaban al ferrocarril.
—Princesa, no estés tan triste...— dijo su padre que se encontraba a su lado —Harás muchos amigos, estoy seguro de eso.
—De que sirve tener cien amigos si él no está...— pensó en voz alta la chica. Su padre suspiró rendido. Esa chica era tan tozuda como Emma. Fue entonces que escucharon el sonido del tren que estaba apunto de llagar a la estación. Por un momento la chica observó aquella máquina enorme que se movía a gran velocidad, pero poco a poco perdió el interés.
—Prepárate Tristy, pronto tenemos que subir— escuchó que le decía su padre. Ella sólo afirmó con la cabeza mientras le daba la vuelta para ver que aquel tren ya casi se detenía. Sus padres al parecer estaba más que decididos a entrar, ya que no separaban la vista de aquella máquina. Suspiró al saber que, una vez dentro, no habría marcha atrás. A pesar de todo, ella, junto a sus padres, entraron al tren y comenzaron a buscar donde sentarse, aunque no habían tantos pasajeros. La chica se sentó cerca de una de las tantas ventanas que habían, para poder apreciar la cuidad antes de partir.
—Será un viaje largo, pero ya verás que valdrá la pena— dijo Emma una vez que todos habían tomado asiento.
Pero la atención de la chica estaba fuera de allí, observando con tristeza la ciudad de los yordles. Sin embargo, lo que le llamó la atención en ese momento fue la aparición de un yordle muy familiar...
—¡¿Teemo?!— se sobresaltó al distinguir a su amigo corriendo hacia su dirección. Sin perder un segundo, la chica tomó su mochila y corrió por el vagón del tren, hasta llegar a la puerta de salida.
—¡Alto Tristana!— escuchó la voz de su madre, quien corría detrás de ella, tratando de detenerla. Pero Tristana la ignoró y aceleró su paso, en dirección a su amigo
—¡Tristana!— gritó su Emma.
—Déjala ir— intervino el padre de la chica —Sólo quieren despedirse.
—Pero... El tren partirá dentro de pocos minutos.
—Cinco minutos serán suficientes para que digan lo que tiene que decir— dijo el padre mientras observaba a sus hija alejarse.
Tristana corría lo más rápido que podía, pues sabía que era una carrera contra el tiempo y tenía que llegar antes de que el tren partiera, pero aunque ella no quería irse de aquella ciudad, tampoco quería quedarse allí sin sus padres, ya que eso causaría problemas después.
—¡Teemo!— dijo casi gritando cuando llegó junto a él. No pudo evitar abrazarlo, había pensado que no lo volvería a ver durante muchos años. Esta vez no se contuvo y lloró, estaba muy sorprendida, pero al mismo tiempo se sentía feliz —¡has venido!
Por otro lado el chico no soltó el agarre de su amiga y correspondió a su abrazo. Había llegado a tiempo.
—Creí... Creí que...— decía entre sollozos la chica. Esa era su oportunidad de arreglar las cosas, antes de tener de irse, antes de que abandonar al yordle. Pronto se separaron, sabiendo que no tendrían mucho tiempo —Creí que no vendrías por lo del otro día— terminó la oración la chica, una vez que se había recuperado de la sorpresa.
—Tristana... Perdóname, no debí decirte eso... He estado pensado mucho y creo que tienes razón...— dijo arrepentido el chico mientras los dos se veían a los ojos. A pesar de que esa sería su despedida, los dos estaban felices, tal vez porque sabían que después de lo que había pasado el día anterior, seguirían siendo amigos. —Tengo tanto que decir... Pero no hay tiempo. Así que escucha bien.— Tristana no apartó la vista de él en ningún instante y estaba cien por cierto concentrada en lo que decía —Tú eres la única yordle que me habló cuando más lo necesitaba. Eres tú quien me apoyó este tiempo cuando me sentía solo. Tú fuiste quien me enseñó la belleza de los pequeños momentos. Fuiste tú quien me brindó su amistad sin que yo lo mereciera. Así que gracias, gracias por todo lo que hiciste por mí— dijo con sinceridad. Tristana sonrió, esas palabras la hacían sentir realmente bien —Y perdóname por haber sido un tonto. Nunca debí desconfiar de ti— terminó de hablar, mientras que se sonrojaba un poco. Lo que le había dicho le había hizo sentirse bien, pero también había dicho más de lo que había querido.
En ese momento la yordle se sentía más que feliz, en pocas palabras él estaba agradecido y no mostraba ni una pizca de odio o rencor.
—Teemo... De verdad me siento muy feliz— dijo pensando un poco en que decirle antes de partir —Yo... también tengo mucho que decir... Pero... Ya tengo que irme— dijo triste al saber que no había tiempo suficiente, pero no se movió todavía, aún tenía que darle ese regalo. —Pero antes, tengo que darte algo— Se descolgó la mochila y empezó a buscar dentro de ella. El chico se veía sorprendido, y también parecía que tenía curiosidad, pues no apartó la vista de la chica en ningún momento.
—Toma... Espero te guste— dijo mientras sonreía y el entregaba la caja envuelta. Su compañero estaba sorprendido, pero no rechazó el obsequio, si no que lo aceptó gustoso —Ábrelo cuando estés de vuelta— dijo la chica una vez que Teemo tomó la caja.
—Tristana... Muchas gracias...— dijo mientras sonreía y observaba el regalo. Aquel simple acto alegró mucho a su compañera. —Estoy seguro de que me encantará.— finalizó.
Los dos se miraron durante un tiempo más hasta que ambos escucharon el silbato del tren, dando señal de que partiría pronto.
—Adiós Teemo— se despidió la yordle mientras se daba la vuelta, pero el chico la detuvo.
—Espera... Yo también tengo algo para ti— dijo mientras buscaba algo entre los bolsillos de su pantalón. Luego sacó un pequeño collar y se lo entregó.
—Pero... Es de tu madre... No puedo aceptarlo— dijo la chica sorprendida al reconocer el objeto. Aún así lo tomó y lo vio detalladamente. Era plateado y poseía unas cuántas piedras preciosas color azul celeste. Tal vez no era el mejor de las joyas, pero era realmente valioso para el chico.
—Acéptalo, estoy seguro de que se te verá muy bien... Y que mi madre querría que tú lo conservaras...
—Teemo... Muchas gracias... Lo cuidaré por siempre— dijo mientras le daba un abrazo nuevamente. Luego trató de ponerse el collar, pero no lo logró, pero su amigo le ayudó.
—¡Tristana!— escucharon el gritó de los padres de la chica, ya que faltaba poco para partir. La mencionada se entristeció un poco y avanzó hacia el tren, donde sus padres la esperaban, no sin antes despedirse de su amigo.
—Nos veremos pronto... Adiós.
—Adiós Tris... Que tengas un buen viaje— dijo el chico mientras la veía subir al ferrocarril. Estaba triste, pero no quería que ella lo viera así ese día.
Apenas y la yordle había pisado el vagón, el tren comenzó a avanzar. Sujetando la barandilla, Tristana observó a su amigo antes de que desapareciera de su vista. Durante esos pocos segundos ninguno de los dos apartó la vista del otro, sabiendo que sería el último día que se verían durante un largo tiempo.
—Cuídate Teemo...— susurró la chica al viento antes de entrar junto a sus padres.
Las despedidas son muy tristes...
Aquí el cuarto capítulo de esta pequeña historia de Teemo. Un capítulo más y creo que termino con la niñez de esos dos (por su forma de hablar no parecen de nueve, ¿verdad?).
¿Creen que falto algo más en este capítulo? Bueno, de todas maneras espero les haya gustado, y desde ahora advierto que tardaré en actualizar, pero intentaré hacerlo más seguido.
Sin más que decir, me despido.
¡Hasta luego!
