CAPITULO IV.-

Los calurosos rayos del sol invadían la habitación cuando Hyoga despertó del profundo sueño de agotamiento. Al principio se sintió desubicado, al verse en un lugar desconocido, de repente el entendimiento lo golpeo brutalmente al hacer memoria de lo ocurrido. Con temor observo la habitación, para asegurarse que su captor no se encontraba ahí y soltó un suspiro de alivio cuando se vio completamente solo.

Se movió un poco y sintió su cuerpo adolorido y cansado, observo con detenimiento como sus muñecas estaban amoratadas, fruto de la fuerza brutal de aquel hombre, que despertaba ese extraño temor en él.

¡Por favor no lo hagas! ¡Te lo suplico!

Recordó sus ruegos y llorosas suplicas y se lleno de vergüenza. Con cuidado se sentó ya que su parte baja, era lo que mas le dolía. Rodeo con sus brazos las rodillas y escondió en ellas su rostro.

-¡Soy un cobarde!-se dijo-¡Creí que yo era valiente, pero solo soy un cobarde! Debí callarme. De seguro le habría gustado menos a él que mis vergonzosas suplicas.

Levanto por fin la cabeza y miro alrededor. La habitación presentaba una curiosa mezcla de lujos, venidos de diferentes lugares del mundo. Se notaba un buen gusto en la decoración y armonía entre los diferentes objetos traídos de distintos países. Por ejemplo, la cama en la que descansaba era de la más fina madera, tallada a mano por algún maestro carpintero. ¡Esa cama! ¡En esa cama lo habían ultrajado! ¡Le habían quitado su virginidad!

Volvió a sollozar, amortiguándolo con los blancos almohadones, tapándose con el cubrecama de seda, lloro hasta que ya no pudo y se dejo envolver nuevamente por el sueño.

Era mediodía cuando despertó. Esta vez no se hallaba solo. Un muchacho pelirrojo con dos puntos en vez de cejas, sentado sobre la alfombra, a su lado, lo miraba con tiernos ojos y profundo interés.

Mientras Hyoga se sentaba con cuidado, él se levanto sonriendo tímidamente, como asustado.

-Soy Kiki, para servirlo-dijo humildemente, mostrándole una bata que Hyoga reconoció con sorpresa como suya.

Miro hacia adelante y vio que sus baúles de su equipaje estaba cerca y abiertos, a medio vaciar. Por lo tanto el barco en el que viajaba debió haber sido capturado. Al menos se le había permitido usar sus propias vestimentas. Un rayo de enojo brillo en sus azules y cansados ojos y se volvió al niño con una agria pregunta, pero para su desconcierto el niño había desaparecido.

Bufo con molestia, se levanto de la cama con cuidado, en verdad le dolía todo el cuerpo, tomo su bata y cubrió su desnudo cuerpo. Cuando iba a dar unos pasos, el pequeño pelirrojo volvió a aparecer, abriendo una puerta que no había notado antes. El niño le indico que se acercara, a lo que Hyoga llevado por la curiosidad hizo, cuando el niño volvió a abrir la puerta y le mostró un cuarto de baño, grande y bien equipado. Y para alegría suya, había una tina llena de agua caliente, seguramente preparada por el niño.

El baño caliente alivio el cansancio de su cuerpo, le devolvió la frescura a sus mejillas y el color a sus labios. Aunque el pequeño Kiki no era conversador, era muy diestro con las manos. Sus torpezas le producían una constante risa infantil y aunque la risa estaba muy lejos del pensamiento de Hyoga, no podía contener una sonrisa, cuando el niño se equivocaba graciosamente. Esto ayudo a que Hyoga rehiciera su orgullo, reprimiendo severamente cualquier sentimiento o emoción que pudieran ser notados por los curiosos ojos fijos en él, tal y como Camus le había enseñado.

Se lavo la cabeza, frotando vigorosamente la dorada cabellera, empeñándose en quitarse el contagio del que parecía estar impregnado, a pesar de que las ropas contra los que estuvo sujeto eran inmaculados y las manos que lo sujetaron perfectamente limpias y hasta de uñas bien cuidadas.

Volvió a la habitación, encontrando a Kiki arrodillado, escudriñando su pequeño pero variado guardarropa con admiración, tomando los trajes de noche con timidez, hasta que finalmente ofreció a Hyoga un fino traje de color azul. Pero Hyoga lo hizo a un lado y señalo un traje de montar que usaba cuando salía de cacería. Ese traje le daba cierta fuerza moral, con él se sentía el mismo otra vez. No el cobarde, sino el joven orgulloso que era.

Vio como Kiki salía de la habitación y con pasos rápidos se iba por la derecha, haciendo visibles sus esfuerzos por no irse por la izquierda. Hyoga sintió un nuevo escalofrío. Quizá el niño no quería irse por ese lado porque allí se encontraba su captor. El extraño temor que le había inspirado le llenaba de rabia y humillación. Pensar en verle otra vez le produjo una vergüenza indescriptible.

Se obligo a calmarse, no se dejaría amedrentar otra vez, su orgullo le ayudaría. Era mejor hacer frente a lo inevitable por su propia voluntad, que ser dominado, por el miedo. Vacilo un momento, pero haciendo uso del valor que había acumulado salio de la habitación y se dirigió hacia la izquierda. A primera vista el lugar se hallaba vacío. Más al cruzar la puerta, su corazón dio un vuelco y latió con violencia, porque advirtió la presencia de un hombre parado en el marco de una puerta abierta, que seguramente daba hacia el exterior.

El hombre estaba de espaldas a él, pero con una rápida ojeada vio que no se trataba de su captor, ya que este era de su estatura, y con el cabello largo y negro. No se parecía al esbelto hombre, de cabello corto, que temía ver. Creyó que sus pasos no serian oídos, pero se equivoco, el hombre se volvió haciendo una leve inclinación. Era un joven chino, de brillantes y oscuros ojos, que mostraba una suave sonrisa que inspiraba tranquilidad. Hyoga se sonrojo ante su mirada, pero él bajo los ojos de inmediato.

-Sin duda, el señor desea almorzar-su voz era baja y agradable. Sus movimientos eran rápidos y en un instante Hyoga se encontró con una comida perfectamente condimentada y servida con esplendidez. El rubio estaba simplemente sacado de onda, así que solo atino a sentarse y ser servido por aquel silencioso criado.

-Mi amo ruega le excuse hasta esta noche. Volverá a la hora de cenar-murmuro mientras le servia el segundo plato.

-¿Su amo?-pregunto Hyoga sin entender

-Si, el Gran Fenix-contesto con un toque de orgullo

Hyoga se sonrojo de rabia y su expresión se volvió dura.

-¡Así que ese maldito ruega que se le excuse!-exclamo con furia

Rechazo el plato que le habían servido, y mientras el criado lo retiraba, apoyo los codos sobre la mesa y reposo su dolorida frente entre las manos. El dolor de cabeza era algo nuevo para él, desde el día anterior. El sufrimiento, en cualquier forma era nuevo para Hyoga, y su odio hacia el hombre causante de ello aumentaba por momentos.

El criado volvió con café y cigarrillos, depositándolos con cuidado en una mesita.

-Mi amo cena a las ocho ¿A que hora tomara el té, señor?

Hyoga no supo como interpretar esto. Los modales pausados y deferentes del criado, que no denotaban ver nada extraordinario en el hecho de la presencia de él en esos dominios, era casi mas difíciles de soportar que cualquier impertinencia.

Le dio una respuesta rápida, sin meditarla nada, viendo como este desaparecía tras otra puerta. Hyoga respiro más libremente ahora que se hallaba solo. Tenia que dominar el temor que lo avergonzaba, así que guiado por su curiosidad comenzó a observar y pasearse por la espaciosa habitación.

También aquí se apreciaba el mismo lujo que en el dormitorio. Las alfombras eran de un gusto exquisito, ricas cortinas adornaban los amplios ventanales. Había muebles bellamente tallados. A parte de todo, lo que le llamo la atención fue un gran diván, lleno de cojines de seda. En verdad que la mezcla de estilos, encajaba perfectamente con los otros muebles.

Vio un gran estante a un costado y se acerco para observar la pequeña biblioteca ¿Qué seria lo que leía ese maldito desgraciado?-se pregunto. Vio con asombro que habían varios volúmenes de cirugía veterinaria, ofreciendo señales de haber sido utilizados con frecuencia, además de varios libros de cultura general y enciclopedias. Muchos de esos libros tenían notas marginales escritas. Uno de los departamentos aparecía repleto de las obras de un escritor, cierto Vizconde Shun de Andrómeda. A excepción de una novela que Hyoga vio apresuradamente, todos eran libros de viajes. Por las palabras escritas en la portada de cada libro, Hyoga supo que todos habían sido mandados por el autor hacia su captor. Uno de ellos estaba dedicado: "A mi gran amigo del alma, que quiero como un hermano, Ikki de Fenix".

Volvió los libros a su lugar con el entrecejo fruncido. Le molesto esa muestra de educación y buen gusto en el hombre a quien pertenecían, porque le sugería la posibilidad de que existía una capa de civilización en ese sujeto cruel y bruto.

Miro el reloj que estaba sujeto a la pared, se dio cuenta que habían pasado algunas horas y un terrible temor se apodero de Hyoga. El tiempo pasaba con rapidez. Pronto él llegaría.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el criado entro con una bandeja llevando una taza de té y galletas. Puso todo sobre una mesa.

-Le traje té, señor ¿Seria tan amable en decirme si esta a su agrado?-dijo ansiosamente, como si toda su vida dependiera de su respuesta.

Hyoga se acerco vacilante y tomo asiento en la silla que el criado le ofrecía. Luego con manos temblorosas levanto la fina taza y bebió su contenido.

-Esta delicioso-contesto Hyoga. Reconocía que los esfuerzos del criado eran sinceros, así que trato de complacerle.

-Gracias señor-agradeció el cumplido con una sonrisa de satisfacción.

-A propósito ¿Cual es tu nombre?-pregunto Hyoga, no sabia porque pero le daba curiosidad saberlo

-Mi nombre es Shyru señor-contesto haciendo una leve inclinación-Y estoy para servirle-diciendo esto el criado desapareció, dejando una vez más al rubio solo.

Bebió lo que el sirviente trajo con calma, tratando de disfrutar y olvidar. Luego que acabase con todo lo comestible, Hyoga tuvo el deseo de aire fresco, así que se dirigió a la puerta abierta.

Su sorpresa fue grande al ver a su alrededor. Tan solo tuvo que dar unos pasos para poder ver claramente una gran aldea. Las casas en su mayoría eran de un solo piso, sin embargo todas eran amplias. Animaban el lugar grupos de hombres y caballos. Habían grupos de hombres ocupados en diferentes trabajos. Los que pasaban cerca de él lo saludaban, pero no demostraban curiosidad alguna. De repente un gran caballo, furioso, relinchando, paso junto a él, dominando a los hombres que trataban de controlarlo. Se paro frente a Hyoga, negándose a moverse. Hyoga tembló, ese era el caballo que montaba su captor, cuando lo hubo secuestrado.

-Su nombre es Guilty, señor-le dijo el criado que saliendo de la casa, que era más grande que cualquier otra en la aldea, y situándose a su lado.

Luego con mucho trabajo lograron llevárselo. Hyoga fijo su vista en otros caballos y los hombres que lo montaban.

-Los caballos son magníficos-dijo como observación

-Son de una raza especial señor-contesto Shyru-Ha echo famosa a la tribu por generaciones-de pronto la vista del criado se fijo al frente.

-¡Mire, ahí esta el amo!-exclamo jubiloso, como si Hyoga se alegraría con la noticia.

El pobre rubio fijo su vista al lugar indicado y vio con horror como el causante de todos sus males se acercaba.