Aquí llega, después de mucho tiempo, el cuarto capítulo. Siento mucho la demora, he estado liada con las clases de alemán y otras cosas. También quiero disculparme por la estructura quizás un poco confusa de este capítulo y sus posibles incoherencias en la historia, ya que lo escribí en varios días y con intervalos de tiempo muy largos. Aun así espero que os guste y si notáis algún error argumental o gramático o algo no queda claro no dudéis en comentármelo por review o MP. Gracias.

- Strangela -


Di marcha atrás y metí mi coche en el garaje mientras el de Emily se alejaba por la carretera en dirección al centro. Apagué el motor y suspiré. En cuanto entrara otra vez en casa sabría por qué Gilbert había querido esperar a que Siegfried se hubiese marchado. Pero ¿quería saberlo realmente?

Volví al salón con paso lento, respirando profundamente e intentando abstenerme de hacer conjeturas apresuradas. No importaba por dónde se mirase, Gilbert era totalmente ajeno a mis sentimientos inmorales. No creía haber sido demasiado obvio, y, de pensar Gilbert que me estaba comportando de forma extraña, la idea de mi torcimiento nunca se le pasaría por la cabeza.

No. Si había esperado a que Siegfried se marchase era probable que fuese él la causa de tan intrigante pregunta. Pero considerando el escaso contacto que había tenido con mi mellizo en los últimos años quizá preguntarme a mí sobre él no era la mejor opción. Sacudí la cabeza para apartar todos esos pensamientos inútiles cuando entré en el salón. Gilbert no estaba. El helado sí.

La cisterna sonó al otro lado del pasillo y me senté en el sofá. Me forcé a mantener la calma y a actuar como si fuese un hermano normal y me permití probar un par de cucharadas del helado de Gilbert mientras él entraba y se sentaba a mi lado. Me quitó la cuchara y cogió otro par de cucharadas. La calma que había conseguido mantener durante esos segundos desapareció cuando fui consciente de que acabábamos de compartir saliva indirectamente, cosa que en cualquier momento anterior de mi vida me habría resultado indiferente. Pero enrojecí y aparté la mirada.

– Ludwig.

Cerré los ojos un momento, volví a abrirlos, apoyé la nuca en el respaldo del sofá y miré al techo antes de responder.

– Qué.

De reojo pude ver que miraba al frente con expresión pensativa, al parecer sin prisa alguna por responder. Se quedó callado un par de minutos, hasta que se me escapó un suspiro.

– Es que es una pregunta un poco incómoda...

– ¿Para mí o para ti? – pregunté con ansiedad sin darme cuenta.

– Puede que para los dos.

No dijo nada más; se hizo de nuevo el silencio. Gilbert se revolvió inquieto en el sofá. El corazón me latía de tal forma que tenía la sensación de que podía empezar a echar humo en cualquier momento.

– Ninguna pregunta puede ser tan incómoda como este silencio – comenté.

– Cierto.

Eso dijo, pero siguió callado otro par de minutos.

– Ludwig, ¿tú... – empezó al fin – estás...? – dejó la pregunta en el aire y negó con la cabeza –. No te lo estoy preguntando bien...

Suspiré.

– Gil, ¿quieres decírmelo ya, por favor?

Tragó saliva. Se puso en pie, dio una vuelta alrededor del sofá y volvió a sentarse.

– ¿Hay... algo... entre tú y Siegfried?

No entendí la pregunta.

–... ¿Qué?

– No me hagas repetirlo.

– Pero...

– Oí vuestra conversación esta mañana, Ludwig.

– Qué conv... – entonces me di cuenta y me sentí mareado – Oh.

[INICIO DEL FLASHBACK]

Siegfried, no es tan fácil.

Él me miró.

¿Cómo que no? Es bien simple...

¡Somos hermanos! ¡Es ahí dónde está el problema!

A ver, Lud, el amor es amor. Somos humanos, las personas nos enamoramos... No elegimos de quién. El amor surge.

Resoplé. No lo entendía.

Puede que para ti sea muy sencillo, pero para mí no. Tú te ganas la vida bailando encima de unos tacones que deberían ser considerados artefactos de tortura; yo jamás podría hacer eso. Que a ti te parezca fácil ir por ahí diciendo que estás enamorado de tu hermano no significa que para mí lo sea.

Ludwig, ¿podrías dejar de mencionar mi trabajo en cada conversación? Y no te estoy pidiendo que vayas por el mundo adelante gritándolo a los cuatro vientos, sólo quiero que dejes de verlo como algo enfermizo y antinatural...

¡Pero es que es algo enfermizo y antinatural!

[FIN DEL FLASHBACK]

Al principio sentí mi cara arder. Luego el calor se fue y tuve ganas de vomitar. Noté una dolorosa opresión en el pecho y respirar empezó a hacérseme difícil.

– Ludwig, estás lívido – sus palabras sonaban muy lejanas en comparación con la palpitación de mis sienes –, ¿te encuentras bien?

El bamboleo de mi cabeza, que de repente pesaba un montón, me obligó a apoyarla en el respaldo del sofá.

– Gilbert – mascullé, sintiéndome capaz de vomitar si seguía hablando –, yo...

Gilbert me cortó antes de que pudiese seguir, me mandó callar y con mucho esfuerzo me puso en pie y me ayudó a llegar hasta el baño. Bastó ponerme de rodillas frente al retrete para que todo lo que había comido hasta ese momento, incluido el helado, fuese regurgitado sobre las blancas paredes del inodoro.

– Creía que ya no tenías ataques de pánico – comentó Gilbert después de un rato.

– Yo también – jadeé con la cabeza aún dentro de la taza del váter.

Ya no me quedaba nada que vomitar, así que, temblando, traté de ponerme en pie. Gilbert me ayudó, poniendo una mano bajo mi brazo y otra en mi cintura. Mi estómago vacío se llenó de mariposas. Gilbert abrió el grifo del lavabo y me enjuagué la boca para intentar deshacerme de aquel horrible sabor mientras él seguía sujetándome.

– No es Siegfried – musité, cerrando el grifo casi sin fuerza.

– ¿Qué?

– No es de Siegfried de quien... estoy enamorado.

Los segundos siguientes se hicieron eternos. Nos quedamos allí inmóviles, a pesar de que yo no podía mantenerme en pie solo y de que mi peso era demasiado para mi hermano. El silencio retumbaba en mis oídos. La tensión de los músculos de Gilbert llegó a mi cuerpo a través de sus manos cuando lo entendió. Hubiese vomitado otra vez de haber podido.

– Vamos a acostarte – dijo.

Me llevó escaleras arriba, en dirección a su habitación, lo cual fue – desconcertantemente – un alivio y un horror al mismo tiempo.

– No quiero que vomites en donde va a dormir Emily – dijo adivinando mis pensamientos mientras me ayudaba a meterme en la cama –. No te muevas, voy a traerte algo de comer.

No le dio tiempo, pues las sábanas olían a él y su olor me nublaba la mente. Me quedé dormido antes de que llegara a las escaleras.


SIEGFRIED

Estábamos a un par de manzanas del club cuando el teléfono de Emily empezó a sonar.

– Siegfried, ¿contestas tú?

Asentí y ella sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y me lo tendió.

– Es Lovino – anuncié antes de descolgar –. ¿Sí?

– Tú no eres Jones. He llamado a Emily Jones, ¿cierto?

– Sí, pero yo soy Siegfried.

– Bueno, da igual. Voy a dar por hecho que ella está contigo. Héderváry dice que no vengáis hoy. Ninguno de los dos.

– … ¿Por qué?

– Tú no sé, pero el novio de Jones está aquí y no de muy buen humor. Héderváry está preocupada.

– No jodas. ¿En serio?

– No, en broma. Avisa a Emily, haz el favor.

– Sí, gracias. Se lo digo ahora – colgué –. Da la vuelta.

Ella tardó un poco en procesar lo que acababa de decir.

– ¿Qué?

– Órdenes de la jefa. Iván está allí. Hoy no tenemos que trabajar, da la vuelta.

Emily obedeció y el teléfono volvió a sonar, aunque esta vez era el mío. Pero no era una llamada, era un whatsapp. De Gilbert: "necesito hablar contigo".

– Hay que joderse – mascullé después de haber leído aquel gran mensaje de tres palabras en voz alta.

Sí que estaban sociables mis hermanos últimamente. ¿Es que acaso era yo la fuente de sabiduría de la familia Beilschmidt? ¿Cada vez que alguien tenía una duda existencial tenía que consultar conmigo para saber qué hacer con su vida? ¿Eso era bueno o malo? Yo que siempre había creído que era el repudiado de la familia, que había tirado su futuro por la ventana para hacerse stripper... ¿Pero por qué quería Gilbert hablar conmigo cuando Ludwig estaba en casa con él? ¿Qué era ese asunto tan importante que Gilbert podía tratar conmigo y no... con... Ludwig?

– Siegfried, ¿estás bien? Estás apretando el puño con mucha fuerza. Mira, tu mano está blanca.

– Emily – me temblaba la voz –. ¿Crees que es posible que Lud se lo haya dicho ya?

No contestó inmediatamente. Vi por el rabillo del ojo cómo me miraba, se mordía el labio y miraba de nuevo al frente una vez tras otra. "No apartes los ojos de la carretera", pensé.

– No lo creo – dijo al fin –. Tu hermano no parece una persona que se abra a los demás con facilidad, y algo como eso le llevaría más tiempo. Sobretodo si está preocupado por la situación en la que está Gilbert ahora.

– Pues yo no lo tengo tan claro.

No sabía con seguridad sobre qué necesitaba hablar Gilbert, pero tenía una ligera idea. El problema era cómo debía reaccionar yo. ¿Estaría bien dejarlo saber que yo estaba al corriente de lo que le pasaba a Lud o debería hacer como que no sabía nada? Acababa de recuperar un poco del antiguo vínculo que tenía con mi mellizo al ser el único conocedor de su oscuro secreto. ¿Y si decidía quitarme el habla otra vez?

Mi casa apareció dentro de mi campo visual y suspiré. "No me metáis en estos berenjenales", era lo que quería gritarles a los dos nada más entrar por la puerta, aunque lógicamente nunca fuera a hacerlo. Emily aparcó el coche delante del garaje y apagó el motor.

– ¿Qué hago yo? – preguntó repantigándose en el asiento.

– ¿Eh?

– Tu hermano quiere hablar contigo, probablemente sobre tu otro hermano. ¿Qué pinto yo? ¿Dónde me meto? ¿Qué hago?

– Esto... eh...

Ella suspiró y medio sonrió fugazmente.

– ¿Quieres que me quede en el coche?

– … No sé si decirte "sí, por favor" o suplicarte que no me dejes enfrentar esta situación yo solo.

– Fuera – abrió la puerta del copiloto.

Hice un puchero y salí del coche, mirándola mal y moviéndome lo más lento que pude. Ni siquiera había llegado a los escalones de la puerta cuando esta se abrió y Gilbert me cogió por un brazo y me forzó a entrar en casa.

– Creía que hoy teníais que trabajar – dijo cerrando la puerta.

– Ya no.


GILBERT

– ¿Y eso? – otro más sin trabajo no, por favor...

– Cosas de la vida... No, no me han echado, tranquilo.

Suspiré – era un alivio – y tiré de su brazo hasta el sofá.

– Gil, ¿qué es lo que pasa?

– ¿Tú sabías... lo de Ludwig?

Siegfried puso cara de dolor, como si acabase de hacerle la pregunta más difícil y comprometida de su vida y el destino del universo dependiese de su respuesta. Lo que significaba que sí, sí lo sabía.

– ¿Es una pregunta con trampa?

– ¿Desde cuándo?

– Gil, si es sobre Ludwig, ¿no es mejor que lo hables con...?

– Está durmiendo. ¿Desde cuándo?

– ¿En tu cama?

– Sí. Ahora contesta a la pregunta.

Suspiró. Clavó la mirada en el suelo y tragó saliva antes de responder.

– Ayer. Pero escucha, ya me he resuelto a apoyarlo en lo que sea que le pase. Él cuenta conmigo, o eso creo, y perderá toda confianza en mí si se entera de que te he estado contando cosas a sus espaldas.

La verdad es que su relación sí parecía haber mejorado desde el día anterior. Esa mañana había creído que era porque ambos habían tenido desde tanto tiempo atrás sentimientos recíprocos que habían intentado ocultar al otro y que por fin se habían decidido a dejar atrás el sentimiento de culpa. O algo así. Pero en realidad el que había estado ocultando sus sentimientos era solo Lud, y había tenido la suficiente confianza en Siegfried como para contárselo.

– ¿Gilbert? ¿Estás bien?

– Estoy confuso. Y cansado, hoy me he llevado un golpe emocional muy fuerte. Me voy a dormir.

Le revolví el pelo perezosamente antes de salir al pasillo en dirección a las escaleras.

– ¿Vas a dormir con Ludwig? – preguntó Siegfried un poco alterado desde el sofá.

– Lo dices como si fuera a violarme.

"Y de todas formas, no sería violación", fue el extraño y fugaz pensamiento que me cruzó la mente mientras abría la puerta de mi habitación. Me quité los vaqueros y me metí en la cama. Ludwig masculló mi nombre en sueños cuando el colchón se hundió a su lado y mi estómago dio un salto. ¿Estaría... mal si yo quisiese poder corresponder sus sentimientos...? No quería que nuestra relación fuera mal, y, al fin y al cabo, estaba aquel asunto de mamá y papá que yo sabía pero mis hermanos quizá no.


LUDWIG

La cabeza de Gilbert estaba una vez más sobre mi pecho cuando desperté, por lo que durante un momento llegué a creer que todo lo que había pasado había sido un sueño y me sentí aliviado al pensar que Gilbert seguía siendo ajeno a todo. Aunque eso significara que no había hecho ningún progreso y que probablemente nunca llegaría a ser sincero con él. Por desgracia y fortuna a la vez, noté el regusto a vómito en mi garganta, la ropa que no me había quitado y el anochecer por la ventana y supe que no, no había sido un sueño.

Aparté con cuidado la cabeza de mi hermano de mi camiseta zarrapastrosa y me levanté de la cama lentamente, intentando comprender por qué Gil estaba durmiendo conmigo después de lo que había pasado. Mi estómago protestó. Me había recuperado y ahora tenía hambre. Ni siquiera me paré a colocar mínimamente las sábanas antes de salir de la habitación en dirección a la cocina.

– ¡Ludwig! – exclamó Siegfried en cuanto entré. Estaba sentado a la mesa con un tazón de cereales. Emily también.

– Hola.

Abrí la puerta de la nevera. Sólo había yogures.

– … ¿Hola? – repitió Siegfried con notable extrañeza mientras me veía abrir un yogur de plátano.

– Sí – cogí una cuchara –. ¿No habíais ido a... "trabajar"?

– Nos hemos tomado el día libre – Emily entró en la conversación –. ¿Y tú? ¿Has hecho algo interesante hoy?

Arqueó una ceja después de preguntar, mirándome con curiosidad. Siegfried resopló y se rascó la nuca, visiblemente incómodo.

– ¿Gilbert ha dicho algo?

– ¿Tú que crees?

Terminé el yogur, lancé la cuchara al fregadero y eché el envase de plástico a la basura. Aparté una silla y me senté junto a ellos.

– ¿Qué te ha dicho? – pregunté a mi mellizo.

– No mucho. Quiso saber si yo estaba al tanto y desde cuándo.

– ¿Se le veía mal?

– Sólo confuso – cogió una cucharada de cereales, los miró un par de segundos y volvió a echarlos en el tazón –. ¿Cómo reaccionó cuando se lo dijiste?

Me encogí de hombros. No recordaba una reacción clara por su parte.

– Estaba demasiado ocupado vomitando como para fijarme.

Siegfried, que acababa de coger otra cucharada, se me quedó mirando con la boca abierta. Se le cayeron los cereales. A Emily se le escapó una carcajada y se tapó la boca para intentar inútilmente reprimir la risa.

– … ¿Vomitaste? – la estupefacción de Siegfried desapareció cuando empezó a darle la risa también.

– Tuve un ataque de pánico cuando Gilbert me soltó la bomba.

– ¿Qué bomba?

Mi boca tembló de indecisión mientras mi cara enrojecía al intentar reprimir una sonrisa. Casi podía ver la cara que pondría cuando le contase lo que acababa de recordar.

– Que había oído nuestra conversación mañanera y que si tú y yo teníamos "algo".

Emily explotó y empezó a reírse a carcajada limpia. Siegfried no cambió la expresión. Llevaba "Cargando..." escrito en la frente. Entonces acabó de procesar la información y se hizo la magia: los ojos se le abrieron de forma exagerada y la boca se le desencajó rompiendo las leyes de la ciencia. Boqueó un par de veces, emitiendo sonidos inconexos e incoherentes, pero desistió al darse cuenta de que no era capaz de formar una triste frase.

– ¿Qué os hace tanta gracia? – dijo Gilbert entrando en la cocina.

– La cara de Siegfried – se apresuró a contestar Emily.

Gilbert lo miró y sonrió. Debía de parecerle una respuesta convincente.

– Ludwig – dijo con un tono de voz inusualmente suave –, ¿te encuentras mejor?

Asentí con la cabeza. Él miró hacia la puerta y luego a mí otra vez.

– ¿Podemos hablar?

Tragué saliva y volví a asentir con la cabeza.