- Todos los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, para su creación "Ranma ½", (a excepción de algunos que son de mi invención, y que se irán incorporando durante el transcurso del relato en una especie de "actores secundarios"). Esta humilde servidora los ha tomado prestados para llevar a cabo un relato de ficción, sin ningún afán de lucro.



****Capítulo dedicado a una queridísima amiga. Para ti Marce. Mi pequeñísimo regalo virtual, algo atrasado pero no pude terminar de escribir este capítulo antes, lo siento por eso, pero igual vale ¿verdad?. Espero que te guste y que lo hayas pasado estupendamente bien el día de tu cumpleaños ^^***

"El salvaje caballo bajo un cielo escarlata"

* * *

"De no estar tú

Demasiado enorme

Sería el bosque".



Capítulo III

"Primer enfrentamiento"

Cinco días han pasado desde que llegamos al castillo de Nerima; cinco días y aún no recibo noticias de Hiroshi, mucho menos de mi hermana.

El día en que ingresé al castillo, el señor Saotome se mostró amable y complaciente conmigo. Me presentó a su chambelán, un viejecito de simpática apariencia aunque un tanto impredecible en sus acciones, ya que no me pasaron desapercibidas sus miradas un tanto indecorosas para conmigo y con mi doncella.

A mi aya no le gustó; desde que lo vio, me ha estado diciendo que el chambelán no le inspira confianza y cree que tiene una poderosa influencia sobre el señor Saotome.

El viejecito tiene la misma estatura que mi aya, usa un diminuto bigote que le hace ver bastante cómico, escasos cabellos rizados y canos rodean su calva cabeza y se ríe con facilidad.

Lo cierto es que también a mí me inspiró desconfianza, pero no quise reconocerlo, no sé por qué pienso que debajo de esa aparente simplicidad, Hapossai esconde toda su sagacidad y conocimiento. Sus pequeños ojos demuestran ser los de una persona sabia, a pesar de su comportamiento atolondrado.

Gran parte de la comitiva volvió a Kyoto, sólo permanecen conmigo algunas doncellas, mi aya, Daisuke y una cincuentena de sus guerreros; suficiente gente para acompañar a la prometida del señor.

Suspiro con pesar y enfoco la mirada en el jardín que se logra ver desde mi posición, sentada sobre mis rodillas sobre el tatami de la habitación que me asignaron, en la planta baja del castillo, mientras Ukyo cepilla mi larga cabellera y Sayuri, la doncella de mano de mi hermana me muestra por octava vez los tres elegantes kimonos que debo usar cuando me despose con Ranma Saotome.

Yo los observo con la certeza de que jamás llegaré a usar esos atuendos, confío en que Kasumi vuelva antes de la ceremonia.

El señor Saotome me comentó que me llevaría a conocer el Templo en donde se celebraría nuestra unión al amanecer del sexto día, es decir, mañana, y yo me siento nerviosa por concurrir allí.

¿Qué sucederá una vez que los monjes me conozcan? ¿Cómo podré engañar también a esos hombres llenos de sabiduría? Nunca vislumbré lo difícil que me sería llevar a cabo este engaño y ahora, después de cinco días de estar aquí, ya no me siento tan segura de haber tomado la mejor decisión.

El estar encerrada y vigilada día y noche tampoco ayuda a calmar mi creciente estado nervioso.

Me siento como un pájaro dentro de una pequeña jaula y al parecer, en eso me he convertido para el señor Saotome, en una extraña ave exótica a la cual pretende mantener prisionera.

Desde que llegamos, apostó a cuatro samuráis a los alrededores de mis aposentos. Dos en el pasillo que da al interior del castillo y dos en la veranda que da al jardín.

Los hombres se turnan para permanecer ahí, día y noche, vigilando, siempre alertas, pero no me dijo por qué.

Los reproches de Ukyo me sacan de mis cavilaciones.

-¡Eres tú la que no sabe cómo guardar un precioso kimono ceremonial! ¡Vas a terminar estropeándolo! –le reclama a Sayuri.

-¡Yo sé perfectamente lo que hago, la señora Kasumi…!

-Sayuri, cierra la contraventana, comienza a refrescar –interrumpí a la chica, mientras le obsequiaba una mirada llena de reprobación.

Sayuri había sido la doncella de mi hermana desde que ella había cumplido la edad para tener una. Era una joven gentil, abnegada y quería mucho a mi hermana mayor, era por eso que yo debía tener un cuidado mayor con ella para que no cometiera una imprudencia como la que había estado a punto de cometer.

La chica se disculpó haciendo una rápida reverencia y se apresuró en cumplir mi orden. Ukyo ató mis cabellos presurosamente con una cinta y se acercó furiosa al lado de Sayuri, la tomó del brazo con poca delicadeza y la zarandeó bruscamente.

-Es la señora Akane la que usará esas ropas Sayuri, que no se te olvide.

-Lo sé, pero es que es todo tan extraño. Yo vi vestir estos kimonos a tu hermana señora Tendo y ahora…

-Y ahora vestirán a la señora Akane –dijo Ukyo con seguridad.

Las disputas entre ambas doncellas se producían cada vez con mayor frecuencia. Yo había encontrado una buena idea el incorporar a Sayuri a mi servicio personal, no podía dejarla sola o degradarla a una labor menor. Tampoco podía enviarla de vuelta a Kyoto, porque lo único que hubiera conseguido sería que mi padre la abandonara a su suerte. Sin una señora a la cual servir y sin ningún familiar que velara por ella, lo único que le quedaría a la joven doncella sería incorporarse al mundo flotante y yo no quería eso para ella.

Al principio me había divertido ver a ambas disputarse por atender mis necesidades, pero ya me estaba cansando de aquella situación, sobre todo porque sabía que los hombres del señor Saotome podían escuchar todo lo que decíamos en voz alta y si una de las dos chicas revelaba algo indebido, tendría que decirle adiós a mi rebuscado plan.

-Ya está bien –dije con seriedad-. Sayuri, terminarás de guardar esas ropas después, ahora quiero que me traigas el té, se han tardado demasiado.

-Sí, mi señora.

La chica salió de la habitación y Ukyo me observó con una sonrisa de triunfo, luego se acercó a las prendas que habían quedado en donde Sayuri las había estado exhibiendo y tomó el kimono rojizo.

-Éste es el que más me gusta. Mi señora, te verás realmente bella, resaltará tu blanca piel y tus cabellos azulados.

-Si es que llego a usarlo –dije en un susurro.

Ukyo me miró con el ceño fruncido, luego suspiró y se acercó, sentándose frente a mí.

-Akane, no puedes seguir dilatando la situación por más tiempo –dijo en un susurro tomando mis manos-. Han pasado cinco días y la dama Kasumi no aparece, mañana emprenderemos el camino al Templo, una vez allí, no habrá vuelta atrás, el señor Saotome se convertirá en tu esposo.

-No si le confieso la verdad.

-¡No puedes! –exclamó mi doncella alarmada.

La puerta se abrió e ingresó mi aya con semblante malhumorado. Nosotras la quedamos observando intrigadas.

-Se escuchan tus gritos –dijo suavemente, frunciendo el entrecejo-. Si yo pude escuchar tu grito criatura, qué me dices de cuatro guerreros entrenados.

-Lo siento, anciana Cologne –se disculpó Ukyo.

-La estrategia de tu señora pende de un hilo, si tú no logras controlar lo que dice tu deslenguada boca, será la perdición de la señora a quien tanto quieres.

Ukyo no contestó, miraba a la anciana con lágrimas contenidas.

-¿Es eso lo que quieres?

-No.

-Ya déjala Cologne –tercié yo-. Ahora mismo remediaré todo esto.

Me puse de pie y avancé hacia la puerta. Cuando iba a abrirla, ingresó Sayuri con los implementos para el té.

-Mi señora.

-Deja todo aquí Sayuri, volveré enseguida.

-¿Dónde vas Akane? –preguntó mi aya a mis espaldas.

-A hacerle una visita al señor del castillo- dije con decisión.

Salí como una ventisca desde la habitación que me habían asignado y comencé a recorrer los pasillos del gran castillo de Nerima, dejando tras de mí a dos sorprendidos servidores de mi señor, quienes no sabían si seguirme o permanecer guardando la puerta de mis aposentos en donde habían quedado mis dos doncellas y mi anciana nodriza. Seguramente no habían recibido órdenes de seguirme porque no noté que lo hicieran, aunque yo iba tan absorta en mis pensamientos que no lo hubiera notado de todas formas.

La tarde caía y el intenso calor comenzaba a remitir, una suave brisa refrescaba el ambiente en el interior del castillo. Los sirvientes habían dejado las contraventanas abiertas para que la brisa de la tarde ingresara y bajara la temperatura, fue por eso que pienso que las largas mangas de mi kimono ondeaban atrás de mi; por eso y porque yo no estaba consiguiendo controlar mi ansiedad, lo que me hizo caminar con rapidez y a grandes zancadas, no como debía hacerlo una señora de mi rango, a cortos y casi imperceptibles pasitos.

Los criados me observaban con asombro y reconocí a una doncella que me habían presentado con el nombre de Yuka entre ellos, la cual me miró con una amable sonrisa en el rostro. La chica parecía tener mi edad y era de mi estatura y contextura física. Me acerqué a ella para hacer la pregunta que no podía contestar por mi misma.

-Yuka.

-Señora Tendo –contestó haciendo una cortes y rápida reverencia.

-Dime, ¿en dónde puedo encontrar al señor Saotome?

-El señor se encuentra en la sala de entrenamientos, señora Tendo. Me temo que deberá esperarlo unos momentos.

-No puedo esperar, llévame hasta allá.

-Señora Tendo, no puedo hacerlo. El señor se molestará y…

-Exijo que me lleves a esa sala o iré por mi cuenta. Si el señor se molesta será conmigo –le dije a la asustada chica.

-Sí, señora. Sígueme, por favor.

La joven avanzó con temor por uno de los pasillos, siendo observada con sorpresa por las demás mujeres que se encontraban en los alrededores. Yo la seguí con total dignidad, aunque me sentía nerviosa, sabía que estaba cometiendo una imprudencia, otra más y no estaba muy segura de la reacción del señor del castillo al saber que una mujer, nada menos que su prometida, se inmiscuía en algo tan masculino como un entrenamiento entre guerreros.

Yuka avanzó hasta una de las puertas que daban al jardín interior del castillo, cogió mis sandalias y me ayudó a calzarlas, luego se calzó las de ella y me indicó que la siguiera por uno de los cuidados caminos de piedrecilla.

Avanzamos unos cuantos metros y pude observar la gran edificación de un solo piso, solemne y esplendida, la sala de armas del castillo de Nerima, lugar de entrenamiento de los guerreros del clan Saotome.

Había una veintena de hombres afuera del recinto, algunos puliendo sus armas, otros practicando con espadas de madera de roble negro, yo sabía el daño que podían provocar aquellas armas aparentemente inofensivas en manos de un samurái experimentado y sin embargo, esos guerreros se enfrentaban con una temeridad, que no parecía que estuvieran en un simple entrenamiento, más bien parecía que se estuvieran enfrentando en batalla.

Los fieros gritos de la lucha parecían aterrorizar a mi acompañante, pero yo experimenté una extraña sensación de regocijo, era como si por fin hubiera encontrado mi lugar.

Uno de los hombres levantó la vista y reconoció a Yuka, iba a decir algo cuando lo vi observarme con perplejidad, luego se inclinó en una profunda reverencia. Los demás se percataron del movimiento de su compañero y todos hicieron el mismo gesto, el silencio fue generándose poco a poco a medida que avanzábamos.

Cuando finalmente llegué a las puertas abiertas del recinto dedicado a las prácticas, mis ojos registraron la imagen de dos jóvenes espadachines batiéndose en duelo… con sables de verdad. Llevé mi mano derecha a mis labios para reprimir el grito de asombro que amenazaba con escapar.

Hibiki y Saotome se estudiaban, con sus sables desenfundados, en un completo trance de batalla y bajo la estricta y severa mirada del único espectador, Hapossai.

Vi al comandante avanzar a gran velocidad con un grito impactante en ataque de mi señor, mi corazón pareció detenerse cundo fui conciente de que él no se movía, le esperaba desafiante, sus ojos azul grisáceos fijos en los movimientos de Hibiki brillaban con intensidad, entonces, cuando Hibiki estaba a punto de lograr herirle, él bloqueó el ataque con su katana, giró sobre sí mismo llevándose el cuerpo de Hibiki, desenfundó el wakizashi y lo puso sobre el cuello de su contrincante a una velocidad impresionante.

Si Hibiki se hubiese movido tan sólo un poco, o si mi señor no se hubiese detenido a tiempo, la cabeza de su comandante hubiera rodado por la impecable madera del gran salón.

Dejé escapar un suspiró ahogado y estoy segura de que una soñadora sonrisa se apoderó de mis labios.

-¡Muy bien muchachos! –escuché que decía Hapossai, mientras aplaudía suavemente-. Se ve que han progresado bastante, pero aún no es suficiente y… ¡Oh!, mi señor, parece que tenemos ilustres visitas.

Me molestó el tono irónico de sus palabras, ahora entendía a Cologne, el anciano tampoco se estaba ganando mi aprecio. Fruncí el ceño para observarlo pero en ese momento me vi capturada por la inquietante mirada de mi señor.

-¿Qué haces aquí Akane?, este no es lugar para una dama –dijo mientras guardaba sus armas en sus correspondientes vainas.

-Quería hablar contigo, mi señor –sentía la necesidad de llamarlo por su nombre, pero me había obligado a dirigirme a él como 'mi señor' o 'señor Saotome' sólo porque creía que así eliminaría uno de los lazos que pudieran atarme a él y me sería más fácil aceptar mi destino una vez que se descubriera mi engaño.

-¿No podías esperar a que regresara al castillo? –dijo con algo de molestia en su tono de voz, podía notarlo.

-Es importante.

-Bien, ¿qué necesita la señora Tendo de su señor? –preguntó, remarcando la palabra señora y no supe por qué, sentí que me estaba reprochando el hecho de que yo me dirigiera a él por su rango y no por su nombre.

-Quiero saber por qué desde que llegué apostaste a cuatro de tus hombres cerca de mis aposentos, mi señor.

-Seguridad –dijo simplemente intercambiando una mirada con Hibiki y Hapossai-. No pensé que te molestaría, es más, pensé que te sentirías agradecida de contar con protección día y noche.

-Es muy gentil de tu parte –dije avanzando al interior del recinto-, pero sé y puedo defenderme sola.

-¿Defenderte sola? –contestó inclinando su rostro a un lado para luego soltar una risita burlesca.

-¡No estoy bromeando! ¡Desde muy pequeña sé defenderme sola! ¡No necesito de guardaespaldas que escuchen todo lo que hablo con mis damas!

-Ése es el verdadero problema, crees que te estamos espiando.

Abrí mucho los ojos y sentí mi rostro arder, tenía razón, lo que había dicho daba para pensar que temía que me espiaran.

-Debo decirte que ninguno de los guerreros Saotome se sentiría halagado de saber que su futura señora piensa que los han designado para espiarla.

-No es eso –me defendí-, es solo que no entiendo para qué me tienes vigilada día y noche. ¡No soy un ave exótica a la que puedan robar y repito que sé defenderme!

Él me dedicó una mirada burlona y sonrió de medio lado. Vi a Hapossai negar con su cabeza y a Hibiki mirarme con tristeza.

Darme cuenta de aquello hizo que mi sangre hirviera en mis venas. ¿Quién creían esos tres hombres que era yo? ¿Una princesita caprichosa? ¿Una mocosa indefensa? Apreté mis puños y fruncí el ceño.

-Eres una niña, Akane.

¡Una niña! Grité en mi interior y una furia que desconocía, podía llegar a sentir, se apoderó de mi espíritu combativo.

-No entiendes lo que significa estar en constante amenaza –siguió diciendo él despreocupadamente, mientras yo me acercaba a Hibiki con decisión-. Puede que en Kyoto, en la Capital Imperial las amenazas no hayan sido tan frecuentes, pero aquí estamos en Edo, la Capital de Shogun y los daimyos no siempre son…

-¡Ponme a prueba ahora! –grité con todas mis fuerzas mientras le arrebataba la katana a un sorprendido Hibiki-. ¡Entrena conmigo y verás que lo que digo es verdad!

-Akane, ¿eres así de terca siempre? –dijo sonriendo.

Fue todo lo que pude soportar, me puse en guardia mientras trataba de recordar todas las enseñanzas de mi antiguo mentor y todas las técnicas que había aprendido de Cologne.

-¡Sí, soy terca y te demostraré que lo que digo es verdad! –estaba a punto de arrojarme a atacarle cuando sentí el agarre de Hibiki sobre la katana.

-Mi señora, no es necesario. El señor Saotome sabe lo que es mejor para ti y…

No pudo seguir hablando porque recibió un fuerte golpe de uno de mis puños en el rostro, lo que hizo que trastabillara a la vez que soltaba el sable.

-¡Defiéndete mi señor! –me arrojé a atacarle. Él parecía no salir de su asombro y cuando por fin lo hizo, comprendió que era demasiado tarde para evitar el enfrentamiento con la que sería su esposa.

Con cara de sorpresa soltó el sable de su cinto con funda y todo en el momento justo para bloquear mi ataque. Retrocedí y lo miré orgullosa, él frunció el ceño e iba a decir algo, pero nuevamente me adelanté en el ataque. Si no quería pelear conmigo, lo obligaría a hacerlo.

Después de tres movimientos en los que él sólo se dedicó a bloquear mis avances, tuvo que desenvainar su katana por obligación, ya que comprendió que yo no me detendría.

No sé cuánto tiempo duró aquel combate, no podría precisarlo porque yo me sentí transportada a un mundo aparte. Era la primera vez que tenía la posibilidad de probar mis habilidades con alguien que no fueran mis maestros, de medirme con un señor de la guerra que a pesar de que se estaba conteniendo y sólo se defendía, me hacía querer derrotarlo en toda regla.

La emoción de mi primer encuentro con Saotome Ranma no se comparaba a lo que estaba sintiendo en aquel momento, cuando parecía que nos encontrábamos practicando una extraña y envolvente danza, sólo existíamos él, yo y el filo de nuestros sables.

El combate terminó de la mejor forma, cuando de un limpio y firme movimiento y luego de que él hiciera una finta hacia un lado, logré anticiparme y golpeé hacia arriba, consiguiendo desarmarlo para finalmente, detener el filo de mi katana a la altura de su cuello.

Él me observó sorprendido, su sable a tres pasos de distancia abandonado en el suelo y yo con mi mirada fija en sus azules ojos, a punto de cercenarle el cuello si así lo quería. Suspiré profundamente.

-Sé defenderme sola mi señor –dije complementando mis palabras con una sonrisa de triunfo, mientras bajaba el acero y lo arrojaba a manos de Hibiki, quien lo recibió sorprendido en el aire-. Ni yo, ni mis damas necesitamos de guardias. Espero que lo entiendas, mi señor.

Después de hacer una reverencia, me alejé de allí hacia la puerta en donde me esperaba una sonriente Yuka.

-Lo entiendo –le escuché decir cuando estaba a punto de salir del lugar-. Pero esta vez sólo fue suerte. Un combate real es distinto Akane.

-Lo sé, pero no creo que dentro del castillo ocurriría algo así.

Él no contestó, sólo escuché el sonido del acero al introducirse en la funda. Salí presurosa de vuelta a mi habitación, quería contarle a mi aya que había derrotado al señor Saotome, sabía que no había sido un duelo justo, él sólo se defendía tratando de controlar sus fuerzas y sus movimientos, pero no dejaba de parecerme algo digno de ser comentado.

La noche comenzaba a caer en Nerima, las primeras estrellas se dejaban ver en el firmamento y yo suspiré profundamente cuando hice ingreso al castillo. Yuka me dejó en el mismo lugar en donde yo la había encontrado y seguí el trayecto sola a la habitación, observé a los guardias con desdén, pronto tendrían que dejar de cuidar mi puerta. Ingresé a la habitación y me desplomé sobre el tatami sin decir una sola palabra, sólo sonreí ampliamente.

Sayuri se apresuró en servirme una taza de té, mientras Ukyo se sentaba a mi lado y Cologne me observaba con rostro interrogante.

-Te vez feliz, mi niña –comentó la anciana.

-Sí, acabo de tener un encuentro en donde pude poner a prueba mis habilidades con la espada y salí victoriosa –dije con orgullo.

-Hum –dijo mi aya con desconfianza-. ¿Quién fue tu oponente?

-Gracias Sayuri –dije recibiendo el cuenco de manos de mi doncella-. El señor Saotome.

-¿El señor Saotome te dejó ganar?

Me indigné al escuchar esa pregunta y a punto estuve de escupir el líquido que contenía dentro de mi boca.

-¡Fue un combate justo y yo gané en regla! ¡Él no me dejó ganar yo…!

Un ruido casi imperceptible que venía del jardín me puso alerta, supuse que los hombres que mi señor había designado como guardias exteriores lo habían emitido y recordé sus palabras.

Seguramente una de sus misiones, aparte de velar por mi seguridad, sí era espiarme. Fruncí el ceño y me puse de pie.

-Quien quiera pude preguntarle al señor Saotome si mis palabras son ciertas, él dirá que sí. ¡Hoy acaba de comprender que su joven prometida es capaz de defenderse sola!

Grité mis últimas palabras para que los hombres que estaban fuera pudieran escucharlas, miré a mi aya y sonreí, pero esa sonrisa se transformó en una mueca de angustia cuando sentí sus pequeños pero fuertes brazos, jalarme hacia ella bruscamente.

-¡Arrójense al suelo niñas! –gritó la anciana, mientras buscaba su bastón y hacía un rápido movimiento para evitar que tres estrellas de metal me alcanzaran. Las pequeñas estrellas se quedaron incrustadas en la parte superior del largo bastón de Cologne-. ¡Ukyo, la contraventana!

-¡Sí! –gritó mi doncella, quien apresuradamente saltó a cerrar las contraventanas.

La puerta que daba al pasillo se abrió de golpe y los dos samuráis ingresaron al interior de la habitación, sables en mano y en guardia.

-¡Somos atacadas por ninjas! –les gritó mi aya.

El samurái de mayor edad observó a mi aya y frunció el ceño. Determinación y coraje pude ver en su mirada.

-¡Taro, da la voz de alarma!

-Sí.

El joven salió a toda velocidad vociferando y alertando a la servidumbre para que corrieran a resguardarse.

-¿Dónde están los guardias exteriores?

-Creo que están muertos, mi señor –dijo Ukyo con total frialdad y seguridad.

El hombre avanzó con su sable en mano, cuando estaba a mitad de la estancia tuvo que esquivar otro ataque con shuriken. Ukyo se acercó al gran arcón que descansaba en un rincón y me observó, yo asentí y eso bastó para que ella lo abriera y sacara del interior mi preciada katana y su larga naginata. Cologne me observó con recelo.

-¡No vas a luchar Akane!

-Sí lo haré, estoy preparada.

-Son ninjas.

-Y yo soy una guerrera criada bajo el antiguo código.

No pudimos seguir discutiendo porque el grito ahogado de nuestro samurái nos alertó. Una de las armas ninjas había ingresado a la habitación y se le había incrustado en mitad del cuello. El hombre se desangraba ante nuestros ojos, arrodillado en el suelo.

En ese instante, tres individuos ingresaron casi al mismo tiempo, vestidos de una forma muy similar a la de cualquier aldeano que habitaba en la zona, la diferencia era que su rostro estaba cubierto por una cogulla que dejaba ver solamente sus ojos, unos ojos despiadados y decididos.

Los tres me observaron directamente, Cologne y Ukyo se adelantaron, cubriéndome con sus cuerpos y armas.

-No será necesario que preguntemos quién es la prometida del caballo, ¿no lo crees Ishi?

Uno de los hombres asintió y comenzó a reír en forma exagerada y burlesca.

-Será mejor que no opongan resistencia. No les haremos nada a tus criadas si accedes a venir con nosotros linda.

-Jamás dejaré que le pongan un dedo encima –declaró mi aya, poniéndose en guardia. Un instante después, atacó. Ukyo la secundó con un feroz grito de guerra y yo salí de mi letargo para ponerme a la altura de ellas.

-¡Permanece atrás de nosotras, mi señora! –gritó Ukyo.

-¡Nunca, lucharé por mi vida!

Todo sucedió muy rápido, ellos sacaron sus armas, tres relucientes ninjatō y se arrojaron en una lucha que a todas luces, sería desigual.

El espacio era reducido, por tanto nos movíamos con torpeza. Entonces me di cuenta que Ukyo y Cologne corrían con una leve ventaja, sus armas eran de largo alcance y bien utilizadas, no dejarían que sus contrincantes se acercaran demasiado, en cambio yo contaba con mi katana, sólo un poco más larga que el ninjatō de mi oponente. No supe por cuánto tiempo luchamos, sólo reaccioné cuando observé por el rabillo del ojo a mi aya y maestra darle un fuerte golpe en la cabeza a su contrincante con su bastón, mientras tomaba la katana del samurái caído y cercenaba limpiamente el cuello del ninja, éste cayó pesadamente al piso.

Instantes después, escuché el gemido de dolor de Ukyo. El maldito demonio había conseguido asestarle un corte en una de sus piernas, al parecer, poco profundo ya que ella seguía en pie.

-¡Ukyo! –grité.

-Estoy bien, Akane –contestó ella mientras se arrojaba nuevamente al ataque. Cologne se abalanzó en pos de mí.

-¡Ayuda a Ukyo, yo estoy bien!

Cologne obedeció, pero enseguida, yo tenía a mi contrincante muy cerca, demasiado para hacer un movimiento de defensa. La misma técnica que había utilizado yo para desarmar al señor Saotome, fue utilizada en mi contra. El grito de ambas mujeres llegó hasta mis oídos.

Creí que sería mi fin, Cologne no podía hacer nada pues el contrincante de Ukyo las tenía acorraladas, lejos de mí.

Vi el destelló del acero, vi la mirada despiadada de mi atacante y sentí mi sangre arder.

-"Si voy a morir, que sea luchando" –me dije con convicción.

Él atacó y yo detuve el golpe con la funda de mi katana, el hombre volvió al ataque y yo cerré mis ojos esperando el desenlace fatal. Lo sabía, el atacante cortaría mi cabeza, era lo más probable.

-Madre… -murmuré, pero el golpe jamás llegó a destino.

Cuando abrí mis ojos, una silueta negra oscurecía mi visión, quedé aturdida por un momento y cuando pude reaccionar, él estaba allí, moviéndose a una velocidad tan rápida que no fui capaz de observar todos sus embistes, desplegando una técnica digna del más grande espadachín, con una limpieza y una agilidad que jamás en mi vida había presenciado, parecía un torbellino.

El atacante de mis compañeras se había unido a su camarada y entre ambos hacían lo imposible por enfrentarse al señor del castillo, pero nada pudo hacer que él disminuyera su velocidad y fiereza, atravesó el cuerpo de uno de los ninjas con su katana, mientras que desenvainaba su wakizashi y cortaba una de las extremidades del otro. Los hombres no gritaron, ni siquiera gimieron. Entonces llegó Ryoga Hibiki y terminó con uno de los dos hombres, el que estaba menos herido.

El señor Saotome retrocedió unos pasos y contempló a su oponente de rodillas en el piso, esperando su ejecución. Hibiki se acercó dispuesto a acabar con él, pero su señor lo detuvo.

-Déjalo, quiero que me diga por qué atacó mi castillo, quiero saber por qué la persona que lo contrató le envió a atacar a mi prometida.

El hombre rió y la sangre comenzó a salir a borbotones de su boca.

-Jamás le diré… algo así al… enemigo de mi señor…

-¡Habla! –exigió mi señor levantándole la cabeza al ninja de forma brusca para mirarle a los ojos.

El ninja lo observó con malicia y luego de exhalar un agónico suspiro, cayó desvanecido.

-Veneno –dijo Hibiki mirando con desprecio el cuerpo del hombre-. Seguramente conservaba una cápsula de veneno en su boca.

-Hum –contestó el señor Saotome, volviéndose para verme-. ¿Estas bien Akane?

Su mirada, que momentos antes había estado turbia y feroz, volvió a adquirir esa serenidad y calma que me cautivaba.

Yo no podía contestar, no sabía cómo hacerlo.

Me encontraba con mi espalda apoyada en la pared, mis brazos caían inertes a ambos lados de mi cuerpo, impresionada por lo que acababa de presenciar. El cuarto que había ocupado durante cinco días se encontraba destrozado, los cuerpos de cuatro hombres muertos yacían en distintos lugares, la sangre cubría gran parte de la habitación, Sayuri se encontraba desecha en llanto en un rincón de la habitación. Cologne intentaba curar la herida que había recibido mi buena amiga Ukyo por defenderme, Hibiki se encontraba con ellas y mi señor junto a su chambelán me observaban con preocupación.

Aunque quería demostrarle que estaba bien, no tenía la fuerza suficiente para declararlo con palabras. Él se acercó a mi lado lentamente y volvió a preguntar.

-¿Te encuentras bien?

-Sí –contesté con un hilo de voz.

Me sonrió amablemente y casi como si temiera hacerlo, acarició una de mis mejillas con la punta de sus dedos. Creí que me desvanecería allí mismo al sentir sus dedos en mi piel.

-Por un momento pensé que te habían cortado la lengua –bromeó, así lo entendí yo.

-Resistimos al ataque –contesté con desdén, tratando de fingir indeferencia.

Quise dar un paso pero mi cuerpo se tambaleó, entonces él me sujetó de uno de mis brazos y ante el estupor de todos los que nos encontrábamos allí, me cargó en sus brazos como si no fuera más que una ligera pluma.

Mi corazón saltó en mi pecho y yo creí que me desmayaría. Nunca pensé llegar a sentir emociones tan fuertes por hombre alguno… pero ese señor me estaba demostrando lo equivocada que estaba.

-Lo hiciste bien Akane, pero ahora estás conmigo, soy responsable por lo que te pase en el castillo y prometo que te protegeré con mi vida de ahora en adelante.

-No tienes que hacerlo –contesté. La primera impresión ya había pasado y volvía a adquirir valor. Si él se estaba saltando todas las reglas de cortesía y protocolo, yo también lo haría. Le rodeé el cuello y pudo ser mi imaginación, pero estoy casi segura de que lo sentí estremecerse.

-Lo sé, pero quiero hacerlo –dijo sonriendo-. Hapossai, que preparen la habitación que se encuentra al lado de la mía para la señora Tendo. Ryoga, encargate de los caídos, sabes qué hacer.

-Sí, mi señor –contestó Hibiki, quien hasta ese momento se había abstraído de todo para concentrarse exclusivamente en ayudar a mi doncella.

-Mi señor, ese cuarto es muy pequeño y…

-Es pequeño pero se encuentra cerca del mío. Además, mañana partiremos al Templo. Recuerda mi boda Hapossai, una simple escaramuza con unos mercenarios no impedirá que me despose con la señora Tendo.

-Mi señor –dije de pronto observando uno de los baúles abiertos. Debía ganar tiempo para Hiroshi; la boda debía detenerse y me pareció una excelente oportunidad lo que había sucedido-. No creo que podamos, con la lucha… los trajes ceremoniales se han estropeado –le indiqué.

Él observó los bellos kimonos salpicados de sangre y volvió a sonreír.

-Entonces, las costureras de Edo tendrán más trabajo y serán recompensadas doblemente –dijo como si se tratase de lo más simple del mundo-. De camino al Templo nos detendremos en la ciudad, seguro encontraremos algo adecuado para ti. Yuka -llamó al ver a la doncella de pie en la puerta, consternada con lo que observaba-. Llevaré a la señora Tendo al cuarto de baño, ayúdala por favor y dile a tus compañeras que hagan lo propio con su aya y sus doncellas. No creo que se encuentren en condiciones de servirla por ahora. Ha sido un día difícil para todos.

-Sí, mi señor.

-También organizarás a las criadas para que limpien este cuarto. Pronto deberá ser purificado –dijo con un tono de voz bastante sombrío, yo me estremecí al escucharle. Hasta ese momento había conseguido olvidar un poco lo que había sucedido.

El señor Saotome me cargó hacia la salida de la habitación y enfiló hacia el cuarto de baño. Se sentía tan bien ser cargada de esa forma tan intima por él, era una sensación de paz, seguridad y protección la que me daba encontrarme cerca de mi señor. Pero tercamente, me obligué a reaccionar.

-Puedo caminar, mi señor. No es necesario que me cargues durante todo el trayecto, además, estas cometiendo una falta al hacerlo, aún no soy tu esposa.

No contestó de inmediato, se limitó a observarme con suspicacia.

-No me caracterizo por seguir las reglas Akane. Debes estar agotada y algo nerviosa. Luchaste bien, pero no creo equivocarme al pensar que ésta fue tu primera batalla verdadera.

-No te equivocas, pero eso no impide que me pueda desenvolver por mis propios medios.

-Ya llegamos –sonrió burlonamente, para dejarme en el suelo con suavidad-. Puedes desenvolverte por tus propios medios.

Fruncí el ceño ofuscada por sus constantes provocaciones, me trataba como a una chiquilla y yo estaba decidida a demostrarle que era toda una mujer. Ya se retiraba, cuando yo le llamé, debía dejar mi malhumor a un lado y preguntar lo que me inquietaba.

-Mi señor –dije con seguridad-. ¿Quién es tu enemigo y por qué nos atacó a mí y a mi servidumbre?

-Lo sabrás cuando podamos conversar tranquilamente y me cuentes cómo es que aprendiste el arte de la guerra.

-Puedo decírtelo ahora mismo.

-Pronto discutiremos sobre ello, Akane. Ahora debes descansar, ya nada malo volverá a sucederte. Confía en mí.

Se retiró sin hacer más comentarios y me dejó sumergida en un mar de incertidumbre. Confiar en él no me era fácil, yo lo estaba engañando pero muy dentro de mi ser, sabía que Ranma Saotome me escondía algo y yo terminaría por averiguar qué era, antes de que se cumpliera mi plazo fatal.


Los acontecimientos que habían sucedido en tan corto tiempo no habían sido para nada comunes.

En cinco días había conocido a mi futura esposa, la había introducido en el castillo, presentado a mi gente y ella se había ganado un lugar rápidamente en mi vida.

No podía decir que estuviera enamorado de la chiquilla que había llegado de Kyoto para desposarse conmigo, pero era indudable que cada día que pasaba me intrigaba más y más, con cada día era mayor mi deseo por conocerla, por saber todo de ella, por compartir mi camino junto a ella.

Sabía que para lograrlo, debía desposarme. Antes de eso, nuestros encuentros se limitarían a reuniones formales y con muchas personas alrededor como testigos y era sabido que en dichas reuniones, no podría conocer los aspectos más íntimos de la personalidad de mi prometida.

Ella debía adecuarse al protocolo y muy a mi pesar, yo también, así es que la Akane que yo veía en publico debía ser muy distinta de la que realmente era. Lo intuía por sus pequeñas demostraciones de un temperamento impulsivo, controlado, pero finalmente impulsivo.

El hecho de que fuera una niña bella tampoco me dejaba en paz. Cuando la había visto por primera vez, había quedado en un estado de aturdimiento del cual había salido gracias a mi facilidad para ocultar mis sentimientos.

Si Ryoga me decía que ella era hermosa, yo decía que no lo era tanto. Si alguna de las criadas me comentaba lo amable y sensible que ella era, yo les decía que debían esperar a conocerla mejor, que seguramente pronto cambiaría su forma de ser.

Pero había alguien a quien no podía engañar, nunca lo había conseguido y ahora tampoco lo haría.

Hapossai se había dado cuenta de inmediato lo confundido que yo me sentía al tener a mi futura esposa tan cerca.

-"Ten cuidado muchacho, sé de muchos guerreros que se dejan cegar por el amor, caen rendidos a los pies de una mujer y luego lo pierden todo por no poner atención a los verdaderos problemas de la vida" –me había comentado mi maestro al día siguiente de conocer a mi prometida.

-"Yo no seré uno de ellos, Hapossai" –contesté yo.

-"Yo no estaría tan seguro, ella tiene todas las condiciones para dominarte por completo"

-"Lo que me preocupa ahora es el clan Kuno" –dije yo para desviar la conversación en esa ocasión.

Sí, me preocupaba lo que pretendía hacer Kuno, las noticias que me había trasmitido Ryoga no eran para nada alentadoras. Si Kuno había contratado a mercenarios, podía estar seguro que sería espiado o atacado en cualquier momento.

Pero lo que más me inquietaba era el proceder de la señora Kuno.

Kodachi, la hermana de mi enemigo era mucho más peligrosa que su hermano. Él era un idiota obsesionado con el honor y la limpieza del linaje familiar, pero ella; ella era una mujer desquiciada que se había aferrado a una ilusión.

Nos habíamos visto en dos oportunidades, cuando yo contaba con diez años y ella con ocho y luego, cuando yo había cumplido quince. La mujer se había empecinado en que yo, señor de Nerima, debía desposarme con ella para limpiar la supuesta deuda de honor que mi familia tenía con la suya debido a la derrota de la batalla de Furinkan.

Yo jamás me desposaría con una mujer semejante. Era cierto que ella poseía una belleza sublime, una delicadeza incomparable y un encanto que se lo quisiera cualquier mujer, pero yo no estaba interesado en unir a mi clan con el clan de los Kuno, menos al saber que habían sido sus guerreros los que habían dado muerte a mi padre y mucho menos ahora que conocía a mi prometida.

Había algo en esa niña que no dejaba de inquietarme, algo que hacia que una y otra vez, terminara pensando en ella. No lograba comprenderlo, pero incluso en sueños comenzaba a visitarme.

El primero lo había tenido el mismo día de conocerla, sólo la veía cabalgando a lomos de su caballo blanco, me sonreía y luego se perdía en la lejanía.

El segundo lo había tenido hacía algunas horas atrás, durante la madrugada de este día, la veía desmontar del caballo, correr hacia mí con lágrimas en los ojos y arrojarse a mis pies en completa sumisión, luego levantaba su rostro y me miraba suplicante, a la vez que con una de sus manos se tomaba sus largos cabellos y los dejaba caer sobre uno de sus hombros para ofrecerme su blanco y delicado cuello con posterioridad. Fue cuando desperté.

El sueño no dejaba de ser inquietante, pero yo no sabía cómo interpretarlo.

Los gritos de los guerreros me devolvieron a la realidad. Había concurrido a la sala de entrenamientos para ver los progresos de los guerreros Saotome, pero también para ponerme a prueba a mí mismo. Algunos años de paz podían haber hecho algún retroceso en mi destreza y ahora era el momento menos oportuno para ello, ya que en cualquier momento podían atacarnos sorpresivamente.

-¿Estás prestando atención muchacho? –preguntó Hapossai, sin quitar los ojos de los guerreros que se batían con espadas de roble negro.

-Sí, han mejorado bastante desde la última vez que les vi luchar.

-El cuerpo de elite del señor Saotome debe ser siempre el mejor.

-Siempre –dije yo satisfecho de lo que veía.

-¿Cuándo le dirás a la niña lo que sucede? –quiso saber mi maestro.

-Cuando no tenga más alternativa. Por el momento se sentirá protegida con los hombres que Ryoga tiene resguardando sus aposentos.

-Es mejor que se lo digas antes de que sea demasiado tarde. Es bueno que se encuentre alerta a lo que pueda suceder. Las mujeres son delicadas y no siempre saben reaccionar ante un ataque. No puedes confiar ciegamente en tus guerreros para defenderla.

-Lo sé, sólo quedan unos días para desposarme, desde ese momento, yo mismo cuidaré de ella.

-Hum.

Los guerreros seguían entrenando y yo volví a sumirme en mis propias cavilaciones. Si Tatewaki atacaba, quería encontrarme lo más preparado posible para enfrentarle, pero era innegable que aquel señor de la guerra también debía estar preparando una estrategia de ataque. ¿Cómo podía yo adelantarme a sus planes? ¿Cómo podía sorprenderle? El contratar a ninjas tal y como él había hecho, siempre sería una opción, pero a pesar de lo transgresor que yo podía llegar a ser, no me parecía correcto utilizar a mercenarios para mis fines, además, mis guerreros no lo permitirían, se sentirían menoscabados si hiciera algo semejante.

Vi a un hombre caer de rodillas al momento en que su oponente le desarmaba y supe que había llegado mi turno. Llamé la atención de todos en la sala, aplaudiendo un para de veces. Todos se detuvieron y observaron a su señor.

-Suficiente por hoy, la tarde está cayendo, pueden retirarse.

-Mi señor, podemos seguir unas horas más –dijo uno de mis guerreros.

-El que quiera seguir, podrá hacerlo afuera. Necesito que me dejen la sala libre.

Noté la mirada alegre y resplandeciente que me dedicaban los hombres y un murmullo generalizado se escuchó en todo el recinto. Ellos sabían que me enfrentaría en combate y querían observar, pero yo no necesitaba público presente, sólo quería darle algo de acción a mi musculatura, así es que dispersé a los hombres con la ayuda de mi fiel compañero de entrenamiento.

-Ya escucharon al señor Saotome –dijo Ryoga con un tono de voz potente y autoritario.

Jóvenes y adultos se retiraron decepcionados del lugar y yo me dispuse a examinar a mi oponente.

-¿Quieres jugar con palitos de madera Ryoga, o prefieres un juego de verdad? –ironicé, mientras avanzaba al centro del recinto.

-¿Por quién me tomas? Las espadas de madera son para aprendices y niños, no hay nada comparado con el filo de un verdadero sable –dijo desenvainado su reluciente acero, mientras tomaba posición en frente mío.

-Será un combate emocionante –escuché decir a Hapossai-. Hace tiempo que no veo luchar a mis dos mejores pupilos.

-No te decepcionaré, maestro –dije con una sonrisa en los labios.

-Ni yo –complementó Ryoga, devolviéndome la sonrisa.

-Bien, entonces comiencen.

Ryoga me estudiaba detenidamente con su katana fuera de la funda, yo le observaba moverse lentamente, como un animal al asecho, de seguro quería asestar un único golpe para vencerme y lograr la admiración del maestro, pero yo no se lo permitiría. Lentamente fui desenvainando mi sable, el templado acero destelló un brillo azulado a la luz del atardecer y me puse en guardia. Mi oponente retrocedió, mala estrategia; Ryoga no debió haber cedido terreno, eso me daba libertad de movimiento.

Mi amigo me miró con una sonrisa de medio lado, había decido atacarme, pude darme cuenta enseguida.

Con un fuerte grito, Ryoga se entregó al ataque. Su katana hizo un movimiento rápido a la altura de mi cabeza y se dejó caer, pero yo era tan rápido como mi oponente, así es que no tuve dificultad al bloquear el golpe y arrojar a mi oponente, dos pasos hacia atrás.

Luego, todo sucedió muy rápido. Una seguidilla de movimientos, avances y bloqueos de ambos que no hacían más que alargar el encuentro.

Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto, el silbido de las espadas cortando el aire y el entrechocar del acero era lo único que se escuchaba en el lugar.

Bajé mi katana y Ryoga retrocedió, ambos nos dedicamos una sonrisa, estábamos disfrutando de aquel encuentro como hacía mucho no lo hacíamos.

Momentos después, Ryoga volvió al ataque dejando escapar un potente grito de batalla, avanzando con rapidez.

Yo lo esperé pacientemente ¿Acaso Hibiki no recordaba una de las primeras lecciones que nos había dado el maestro? ¿Acaso no recordaba que cuando yo había utilizado ese mismo ataque hacía muchos años atrás, Hapossai me había demostrado que no siempre la brutal fuerza era necesaria para conseguir la victoria?

Cuando quiso descargar su golpe, le escuché murmurar.

-Te tengo Saotome.

-No lo creo –respondí yo, deteniendo el golpe con mi katana, mientras giraba ante un desconcertado Ryoga, desenvainaba mi sable corto y lo reducía con él, poniéndoselo al cuello-. ¿Decías?

No pude evitar decir aquello, tampoco pude evitar la sonrisa burlona que se instauró en mi rostro.

-¡Muy bien muchachos! –exclamó mi maestro, observándonos con orgullo. Esa mirada que muchas veces me recordaba a la de padre-. Se ve que han progresado bastante, pero aún no es suficiente y… ¡Oh!, mi señor, parece que tenemos ilustres visitas.

Su tono de voz fue bastante desagradable, me di la vuelta para observar hacia la puerta y comprobar quién era el visitante y me encontré con la cautivante mirada de mi prometida.

Se encontraba de pie, con un bello kimono en tonos pálidos que la hacía lucir hermosa en contraste con los tonos rojizos que dejaban los últimos rayos del sol al atardecer. Tragué con dificultad y me obligué a reaccionar.

-¿Qué haces aquí Akane?, este no es lugar para una dama –dije con un tono autoritario que no había llegado a utilizar con ella. No me parecía adecuado que la vieran allí, mucho menos que saliera del castillo sin protección. Era una distancia pequeña, pero cualquier precaución era poca considerando la situación en la que me encontraba.

-Quería hablar contigo, mi señor.

Otra vez ese modo tan formal de dirigirse a mí, sencillamente no podía entenderlo. Se suponía que ibamos a casarnos, ¿no era conveniente que ya comenzara a llamarme por mi nombre? Yo lo preferiría así, pero no la obligaría a nada, aunque debía reconocer que me molestaba cada vez más esa falta de confianza.

-¿No podías esperar a que regresara al castillo?

-Es importante –contestó con decisión.

-Bien, ¿qué necesita la señora Tendo de su señor?

No pude evitar el tono de reproche al decir aquella frase. ¡Sí que me molestaba eso de 'mi señor, quiero esto', 'mi señor, necesito…' y bla, bla, bla! ¡Era mi prometida, no una desconocida!

-Quiero saber por qué desde que llegué apostaste a cuatro de tus hombres cerca de mis aposentos, mi señor.

-Seguridad –contesté, no podía decirle la verdad todavía, además, ya me estaba empezando a malhumorar-. No pensé que te molestaría, es más, pensé que te sentirías agradecida de contar con protección día y noche.

-Es muy gentil de tu parte, pero sé y puedo defenderme sola.

-¿Defenderte sola? –me sorprendió su respuesta, me pareció de una inocencia tan grande que no pude evitar reír ante el comentario.

-¡No estoy bromeando! ¡Desde muy pequeña sé defenderme sola! ¡No necesito de guardaespaldas que escuchen todo lo que hablo con mis damas!

Con mi risa burlesca desperté a la fierecilla. Era tan menuda, de un aspecto tan delicado y sin embargo, me estaba demostrando ser una criatura indomable y que conseguía lo que quería.

-Ése es el verdadero problema, crees que te estamos espiando –comenté para alejar sus reproches y cuestionamientos, no convenía que entrara en explicaciones todavía-. Debo decirte que ninguno de los guerreros Saotome se sentiría halagado de saber que su futura señora piensa que los han designado para espiarla.

-No es eso –dijo rápidamente-, es solo que no entiendo para qué me tienes vigilada día y noche. ¡No soy un ave exótica a la que puedan robar y repito que sé defenderme!

Tan inocente, tan dulce. ¿Cómo iba a creer que una dama educada en la Capital Imperial, acostumbrada al lujo, a la nobleza y a las comodidades iba a ser una guerrera? Si bastaba verla para comprobar que era una niña mimada.

-Eres una niña, Akane –dije sonriendo-. No entiendes lo que significa estar en constante amenaza. Puede que en Kyoto, en la Capital Imperial las amenazas no hayan sido tan frecuentes, pero aquí estamos en Edo, la Capital de Shogun y los daimyos no siempre son…

-¡Ponme a prueba ahora!

No supe en qué momento se había acercado a Ryoga y le había arrebatado su katana, empuñándola de la manera adecuada, en el ángulo correcto y adquiriendo la verdadera postura de un autentico guerrero.

-¡Entrena conmigo y verás que lo que digo es verdad! –gritó con todas sus fuerzas.

-Akane, ¿eres así de terca siempre?

Traté de hacerle una broma para que se dejara de tonterías y volviera al castillo, pero la testaruda niña no se dio por vencida.

-¡Sí, soy terca y te demostraré que lo que digo es verdad!

La vi decidida a arrojarse al ataque ¿Cómo iba yo a pelear con mi futura esposa?, si resultaba herida, no me lo perdonaría jamás. Afortunadamente, Ryoga vino en mi auxilio.

-Mi señora, no es necesario –dijo sujetando la katana que empuñaba mi prometida-. El señor Saotome sabe lo que es mejor para ti y…

Ante mi estupor y el de Hapossai, la fierecilla golpeó a mi amigo en el rostro, librándose así de su agarre. ¿Así que también sabía artes marciales?

-¡Defiéndete mi señor! –gritó atacándome.

No podía creerlo, ella estaba decidida a enfrentarse conmigo. ¿Qué debía hacer? ¿Cómo evitar ese enfrentamiento?

Cuando estaba muy cerca de mí, comprendí que era totalmente inútil escapar. Saqué mi katana del cinto y bloqueé el ataque de mi futura esposa.

Ella me observaba con ojos brillantes de emoción. Tenía que hacer algo, tenía que detenerla de alguna forma, así es que quise hablarle, pero ella se adelantó nuevamente y me atacó.

Me defendí con la funda de la katana hasta que ya no pude hacerlo más. Ella estaba decidida y tuve que desenvainar el sable.

Comprendí que ella sabía muy bien lo que estaba haciendo y yo comencé a caer en ese trance que sólo me proporcionaba el estar luchando con alguien. Ella trataba de desestabilizarme, yo me defendía y viceversa. Mi joven prometida era toda una guerrera, me lo había demostrado y yo me sentía dichoso, admirado y secretamente atraído por ella.

Sí, era definitivo, la quería para mí, comprendía que era la mujer perfecta para compartir mi camino.

El combate duró bastante más de lo que había pensado, yo lo estaba disfrutando y de pronto, caí en la cuenta de que estábamos interpretando una especie de danza en la cual nos habíamos abstraído del mundo entero. Paso, golpe, defensa, golpe y vuelta a empezar.

Cuando me di cuenta, sus ojos me tenían cautivado nuevamente. Fue mi error, ya que descuidé mi defensa y ella aprovechó su oportunidad.

Golpeó con su arma hacia arriba y me quitó el sable limpiamente. La katana cayó al suelo, lejos de mi alcance y ella detuvo el filo de la suya a escasa distancia de mi cuello.

Nos quedamos en silencio, sólo contemplándonos, sus ojos fijos en los míos y ella empuñando su arma amenazante cerca de mi cuello.

Otra prueba más del hechizo que esa mujer ejercía sobre mí. Nadie había logrado nunca vencerme, excepto mis maestros, mucho menos desarmarme y ella lo había conseguido en tan poco tiempo.

Fue algo demasiado duro de reconocer, estaba comenzando a caer en ese juego que había jurado, jamás experimentar y por primera vez, sentí temor a lo desconocido, temor a mis propios sentimientos.

-Sé defenderme sola mi señor -arrojó el sable a Ryoga y continuó hablando-. Ni yo, ni mis damas necesitamos de guardias. Espero que lo entiendas, mi señor.

Hizo una reverencia y se dirigió a la puerta

-Lo entiendo –dije yo con resignación-. Pero esta vez sólo fue suerte. Un combate real es distinto Akane.

-Lo sé, pero no creo que dentro del castillo ocurriría algo así.

Volví a guardar mi katana en su funda y suspiré cansadamente.

Ryoga y Hapossai me miraban sin poder creer lo que acababan de contemplar, yo tampoco podía creerlo. Había sido derrotado por una mujer, casi una niña, aunque yo sabía que quien me había vencido no había sido la guerrera, sino la mujer, aquella que me tenía cautivado bajo su hechizo.

Akane Tendo, mi dulce prometida se estaba convirtiendo lentamente en mi mayor tormento y mi única debilidad. Si personas indebidas se enteraban, yo estaría perdido, porque seguramente tratarían de arrebatármela.

-A la muchachita la entrenaron bien –dijo Hapossai.

-Eso parece –complementó Ryoga.

-Sólo fue suerte. Me desconcentré y ella lo aprovechó, es todo.

-No, no es todo. Ella sabe luchar, también debe saber artes marciales.

-Aún así, no puede defenderse sola.

-Ranma, muchacho, no debes avergonzarte porque tu futura esposa acaba de derrotarte en un combate justo –ironizó mi maestro.

Yo lo observé furioso y pude ver la sonrisa burlona que se formaba en el rostro de Ryoga.

-¡Me derrotó porque yo se lo permití!. No pondría en riesgo la vida de mi prometida por ningún motivo. Estábamos luchando con espadas, no con simples palos.

-Los palos también son peligrosos si sabes usarlos –dijo Ryoga conteniendo la risa-. Deberías saberlo Ranma.

-¡Ya basta! –exclamé yo ofuscado.

-Muchacho, ella no te derrotó con su técnica, espero que lo sepas –dijo Hapossai, yo lo miré con el entrecejo fruncido.

-No sé a qué te refieres, Hapossai.

-¡Oh, sí lo sabes! ¡Lo sabes muy bien! –rió alegremente-. Estás enamorado Ranma y lo acabas de comprender.

-No es cierto. Sólo me desconcentré es todo. Por qué resulta tan difícil de creer.

-Porque ella es capaz de hechizar hasta al más terco de los guerreros y tú eres ese guerrero.

-¡Basta viejo! No estoy enamorado de esa niña terca, torpe, infantil y mimada. Deberías saber que yo no me dejaré vencer jamás por un sentimiento que lleva a la perdición. Mi matrimonio se efectuará pero será única y exclusivamente con fines políticos –mentí descaradamente y me sentí mal por haberlo hecho, pero debía evitar que los rumores comenzaran a expandirse.

Podía imaginarme lo que provocaría una noticia así en manos de mis enemigos. La desquiciada hermana de Kuno sería capaz de hacerle daño a esa niña terca y torpe que me tenía entre sus manos y yo no estaba dispuesto a permitirlo, así tuviera que mentirle a todo el mundo, inclusive a mi mismo.

-¿Puedo decir algo? –escuché que preguntaba Ryoga, yo asentí-. Nos hemos superado muchísimo Ranma, pero creo que la batalla que se nos viene encima no se ganará solo con nuestros hombres. He visto al destacamento que viajó con la señora Tendo, son hombres fuertes y disciplinados, comandados por un tal señor Daisuke, sería bueno que ya empezáramos a incorporarlos a nuestras filas, ¿no lo crees?

-Puede que tengas razón.

-Sí la tengo, el caso es que para hacerlo, debes decirle a la señora Tendo lo que está sucediendo o lo que puede llegar a ocurrir.

-No todavía Ryoga –dije yo con terquedad.

-El chico tiene razón, mientras antes lo hagas será mucho mejor y…

Mi maestro y chambelán no pudo continuar porque el joven samurái al que reconocí como uno de los guardias que habían sido encomendados para la protección de mi prometida irrumpió corriendo en la habitación y me miró asustado, directo a los ojos, olvidando toda reverencia o norma de protocolo. Algo no andaba bien y mi corazón comenzó a latir con fuerza.

-Mi señor… nos atacan…

-¿Qué?

-Ninjas, mi señor… están atacando la habitación de la señora…

Las palabras se perdieron en la noche que caía sobre el dominio de Nerima, porque al escuchar 'la habitación', yo ya había salido corriendo a gran velocidad, no importándome nada más de lo que el joven tenía que decir.

Ninjas en la habitación de mi prometida, era la combinación que más temía y se había generado por fin. Sólo esperaba que los otros tres guardias lograran resistir el mayor tiempo posible al ataque.

Una angustia que jamás había experimentado se apoderó de todo mí ser. Ella estaba en peligro y yo debía protegerla, con mi propia vida de ser necesario.

Ingresé al castillo y me dirigí directo a la habitación que ocupaba mi futura esposa junto a sus damas y su aya. No creo haberme demorado tanto, para cuando por fin abrí la puerta corrediza, mis temores se confirmaron. Ella estaba acorralada contra la pared, un hombre de elevada estatura con ropas ordinarias y una casulla en su cabeza estaba a punto de acabar con su preciosa vida.

Me interné en la habitación a grandes zancadas y llegué a su lado justo a tiempo para detener el golpe del ninjatō de su contrincante. El hombre me observó sorprendido y luego retrocedió para enfrentarme de una mejor forma.

Jamás en mi vida había sentido tantos deseos de acabar con la vida de mi oponente. Ese sujeto había estado a punto de arrebatarme a la persona que secretamente se estaba ganando toda mi admiración y mi corazón.

Escruté con la mirada mis posibilidades, el espacio era reducido por lo que debía moverme a gran velocidad si quería acabar con mi oponente pronto, así es que lo hice, el enfrentamiento comenzó, sólo sentía cómo mi brazo se extendía hacia mi katana, haciendo que ambos se fusionaran en perfecta armonía.

Golpe arriba, golpe abajo, vuelta, el sonido del acero y golpe nuevamente hasta que me vi sorprendido por el ataque del compañero de mi atacante, seguramente había decidido dejar de jugar con las mujeres para acabar conmigo, pero yo no estaba dispuesto a permitirlo.

Aceleré mis movimientos y la afilada hoja de mi katana penetró limpiamente en el cuerpo de uno de los hombres, saliendo por su espalda. Al mismo tiempo, desenvainé mi espada corta y cercené el brazo del otro atacante, en el momento justo en el que llegaba Ryoga y tomaba parte en el combate, acabando con el ninja en pocos movimientos.

Entonces me detuve, conciente de que a mi oponente le quedaba poco tiempo de vida, tiempo que yo quería aprovechar para interrogarle.

Ryoga se disponía a acabar con él, así es que me vi en la obligación de detenerlo.

-Déjalo, quiero que me diga por qué atacó mi castillo, quiero saber por qué la persona que lo contrató le envió a atacar a mi prometida.

El maldito comenzó a reír con descaro, lo que no hizo más que acrecentar mi repulsión hacia él y su amo.

-Jamás le diré… algo así al… enemigo de mi señor…

-¡Habla!

Me adelanté para tomarlo de la casulla y tirarle la cabeza hacia atrás, me observó por escasos momentos y luego cayó con un golpe seco al piso.

-Veneno. Seguramente conservaba una cápsula de veneno en su boca –comentó Ryoga mientras lo miraba con desdén.

-Hum –de pronto fui conciente de que no sabía si ella había resultado herida, me preocupé por ello y me di vuelta para enfrentarla-. ¿Estas bien Akane?

Parecía un conejillo asustado. De pie en el mismo lugar en donde la había encontrado, miraba desconcertada la escena que se presentaba ante sus ojos.

Seguramente jamás había presenciado la muerte tan de cerca, creía que ahora entendería que una cosa era entrenar hasta convertirse en un buen espadachín y otra muy distinta era enfrentarse a alguien que quiere destruirte y arrebatarle a ese alguien, su vida.

Se veía tan distinta a la chiquilla que me había enfrentado con decisión hacía tan sólo unos momentos, que sentí una infinita ternura envolver mi corazón. Defendería a esa mujer hasta el fin de mis días.

Me acerqué con calma y me detuve a escasa distancia.

-¿Te encuentras bien? –volví a preguntar.

-Sí –su voz se escuchó débil y comprendí que todavía no asimilaba lo que acababa de ocurrir.

Entonces pensé que la mejor manera de hacerle olvidar todo aquello era tratando de bromear un poco con lo sucedido.

Sonriendo, hice algo que hacía cinco días quería hacer y que por distintos motivos, no había hecho. Subí mi mano derecha y acaricié su rostro suavemente.

El contacto con su suave piel fue tan exquisito, que pensé que mis emociones me traicionarían y delatarían todo lo que experimentaba en mi interior por aquella niña.

-Por un momento pensé que te habían cortado la lengua.

-Resistimos al ataque –dijo con seguridad. La niña volvía a ser la misma.

Dio un paso hacia mí y casi pierde el equilibrio. Evité que cayera al piso tomándola de uno de sus brazos, luego y con determinación, me salté otra regla protocolar. Ya había saltado tantas, que una más me pareció que no haría la diferencia.

La cargué en mis brazos como si fuese un bebé.

El tenerla tan cerca obnubilaba mis pensamientos y me hacía sentir en un mundo aparte, donde existíamos solo ella y yo.

-Lo hiciste bien Akane –me obligué a decir-, pero ahora estás conmigo, soy responsable por lo que te pase en el castillo y prometo que te protegeré con mi vida de ahora en adelante.

-No tienes que hacerlo –me dijo rodeando mi cuello con ambos brazos.

Ese solo contacto bastó para que un temblor me recorriera de pies a cabeza y mi corazón comenzara a latir con fuerza. En cualquier momento podía delatarme a mí mismo si continuaba así, por lo que me obligué a concentrarme en la conversación.

-Lo sé, pero quiero hacerlo. Hapossai, que preparen la habitación que se encuentra al lado de la mía para la señora Tendo. Ryoga, encárgate de los caídos, sabes qué hacer.

-Sí, mi señor -hasta ese instante no me había percatado de las reacciones que había manifestado mi amigo para con la doncella de mi futura esposa, sería que Ryoga también se encontraba hechizado.

-Mi señor, ese cuarto es muy pequeño y…

-Es pequeño pero se encuentra cerca del mío –le interrumpí, quería sentirla cerca y segura, la única habitación para ello era una pequeña que se encontraba justo al lado de la mía-. Además, mañana partiremos al Templo. Recuerda mi boda Hapossai, una simple escaramuza con unos mercenarios no impedirá que me despose con la señora Tendo.

Ella me observó y pareció recordar algo de pronto.

-Mi señor, no creo que podamos. Con la lucha… los trajes ceremoniales se han estropeado.

Indicó uno de los baúles en donde se encontraban los tres trajes ceremoniales manchados de sangre. Sonreí. No podría escapar de mí tan fácilmente, si esa era su intención.

-Entonces, las costureras de Edo tendrán más trabajo y serán recompensadas doblemente. De camino al Templo nos detendremos en la ciudad, seguro encontraremos algo adecuado para ti. Yuka. Llevaré a la señora Tendo al cuarto de baño, ayúdala por favor y dile a tus compañeras que hagan lo propio con su aya y sus doncellas. No creo que se encuentren en condiciones de servirla por ahora. Ha sido un día difícil para todos.

-Sí, mi señor.

-También organizarás a las criadas para que limpien este cuarto. Pronto deberá ser purificado –Pensé en mis hombres. Había perdido a tres de mis mejores guerreros en una escaramuza tonta. Kuno no se merecía la sangre de aquellos guerreros.

Sentí que mi prometida se estremecía en mi abrazo y reaccioné, debía sacarla de ese lugar con prontitud.

Salí con ella en mis brazos y me dirigí presuroso al cuarto de baño. Era una sensación extrañamente reconfortante la que sentía al cargar a mi futura esposa, parecía como si siempre hubiera estado preparado para hacerlo, como si formara parte de nosotros el estar así de juntos.

De pronto, ella interrumpió mis pensamientos.

-Puedo caminar, mi señor. No es necesario que me cargues durante todo el trayecto, además, estas cometiendo una falta al hacerlo, aún no soy tu esposa.

La observé por unos instantes. Reglas. ¿Qué tenía de malo saltarse algunas?

-No me caracterizo por seguir las reglas Akane. Debes estar agotada y algo nerviosa. Luchaste bien, pero no creo equivocarme al pensar que ésta fue tu primera batalla verdadera.

-No te equivocas, pero eso no impide que me pueda desenvolver por mis propios medios.

-Ya llegamos. Puedes desenvolverte por tus propios medios –dije con sorna, me estaba gustando mucho hacerla enfadar con comentarios burlescos, se veía especialmente linda con el ceño fruncido y esa mueca de disgusto.

-Mi señor. ¿Quién es tu enemigo y por qué nos atacó a mí y a mi servidumbre?

No me esperaba esa pregunta tan directa, no quería decirle la verdad todavía y no iba a hacerlo, así que inventé una rápida respuesta.

-Lo sabrás cuando podamos conversar tranquilamente y me cuentes cómo es que aprendiste el arte de la guerra.

-Puedo decírtelo ahora mismo –me desafió.

-Pronto discutiremos sobre ello, Akane –dije para evitar el seguir hablando del tema-. Ahora debes descansar, ya nada malo volverá a sucederte. Confía en mí.

Me retiré dejándola con la palabra en la boca. Había sido una actitud cobarde, pero no quería enfrentar ese tema todavía, al menos no mientras nos encontráramos en peligro. Pensaba que una vez llegáramos al Templo, mis amigos monjes nos protegerían y luego, cuando ya se convirtiera en mi esposa, yo lo haría para siempre. La conversación podía esperar unos días más.


Notas finales:

1.-Hola!

Por fin terminé este capítulo. No creía que iba a salir tan extenso, pero así fue. No sé como quedó, pero ya me dirán ustedes (si es que quieren hacerlo, claro) qué les pareció.

2.-Las palabras:

-Mundo flotante: El mundo flotante es el nombre que se le da al sector en donde se ubican las casas de geishas.

-Shuriken: También llamados estrellas ninja, son las armas que mejor se conocen e identifican a un ninja. Hay varios modelos, por decirlo de alguna forma, siendo la estrella de metal de cuatro puntas el más conocido. Las puntas afiladas y los bordes cortantes no eran lo único peligroso de estas armas, ya que generalmente, éstas estaban envenenadas para mejorar así su efectividad.

-Naginata: Es un arma utilizada en el Japón feudal. Consiste en una vara larga coronada por una hoja de metal curva. Era el arma preferida por las mujeres de la época para su defensa y la defensa del castillo. Me pareció una buena idea el reemplazar la gran espátula de Ukyo por un arma más acorde con la época del relato.

-Ninjatō (o ninjaken): Era el sable utilizado por los ninjas. Más corto que una katana, era más parecido al wakizashi, salvo en la curvatura, ya que el sable del ninja era más recto que un sable de samurái normal.

-Como una pequeña acotación, los samurái utilizaban a esta fuerza militar para realizar trabajos que ya fuera por honor o desprestigio para el señor, los samurái no podían ejercer. En su mayoría eran asesinatos, espionaje y otras labores, por esto eran una especie de mercenarios a sueldo.

Ahora bien, la vestimenta con la que usualmente les asociamos, es el típico traje negro, pero por lo que pude investigar, este grupo utilizaba una vestimenta bastante simple, siendo una de sus habilidades el adoptar la apariencia de cualquier persona del entorno para pasar desapercibidos y así, lograr sus objetivos (maestros del disfraz, así conseguian pasar desapercibidos). Me pareció una buena idea el incorporarlos a la historia, ya que durante el periodo sengoku, los ninja alcanzaron su apogeo.

3.-Ahora, mis más sinceros agradecimientos a Viry chan, KohanaSaotome, HitomiRut (Muchísimas gracias por comentar, este cap también salió extenso, espero no terminar aburriéndote ^^), Nia06, Des, Hatoko Nara, mjgsmf (Vaya cambio de nombre amiga, me sorprendiste ^^), monyk (Gracias por el review, qué bueno saber que se notan los matices entre uno y otro personaje. Gracias por el apoyo ^^), Yram (Qué bueno que las cosas empiezan a ir un poco mejor, me alegra mucho saberlo. Muchísimas gracias por el apoyo y cuídate mucho ¿si? Que ese bebé traiga muchas alegrías a tu vida. Gracias por comentar ^^), Sele, Sonia (Nuevo capítulo y espero seguir llenando tus expectativas. Muchísimas gracias por tus palabras. Veremos cómo siguen las cosas para esta pareja de aquí en más. Gracias por el review ^^), roxy_flow (Gracias por tus palabras de apoyo, espero seguir entreteniéndote con lo que escribo. Me alegra mucho que te haya gustado esta historia ^^), Monica Tendo (Oh, aún no tengo decidido qué sucederá con Akane cuando Ranma sepa la verdad, veremos qué sucede aunque ya mis neuronas comienzan a trabajar en algo interesante para el próximo capítulo. Gracias por el apoyo y tus palabras ^^), Sofi, Syndy, Caro, akanneiiro, Saori1f (Bueno, lo he dicho, no soy buena para los títulos T-T. Qué bueno que te gustó la historia, gracias por hacérmelo saber con tu review, me pone muy contenta en verdad ^^), Paola y Marce (Mi Marce linda, espero que te haya gustado el cap. No pude terminarlo a tiempo para tu cumple, pero dos días de retraso no es tanto ¿no? Sabes que por estos días estoy a mil y mi tiempo es escaso, así es que acepta este pequeño obsequio virtual que te hago de todo corazón, espero que te guste ^^), muchísimas gracias por seguir acompañándome en este desafío, no me cansaré de agradecerles por todas y cada una de sus palabras, me hace muy feliz el recibirlas ^^

4.-Ya lo dejo por ahora, será hasta un próximo capítulo. Cuídense mucho, que tengan una linda semana y buena suerte!

Madame De La Fère – Du Vallon.