Lamento muchisimo el haberos hecho esperar. Pero últimamente todo está un poco patas arriba. Espero poder tener por fin continuidad con esta historia.
Muchas gracias a todas por pasaros.
Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
Capitulo 4. El encuentro.
Bella levantó el auricular del teléfono y marcó el número de su hermana, esperó tres tonos, al fin alguien descolgó, era Jasper.
- Jasper, ¿está Alice? – preguntó impaciente mientras se mordía los labios.
- Está durmiendo, estaba muy cansada, ¿Quieres que la diga algo?
- Sí, dile que no podré ir esta noche, que mañana la iré a buscar para desayunar, dale un beso de mi parte. - concluyó.
- Bella ¿Va todo bien?- preguntó Jasper prudente.
- Si, si- se apresuró ella a contestar. Miró el reloj, no tenía tiempo que perder.- Iré por la mañana- prometió.
- Alice se enfadará- añadió él.
- Dile a mi hermana que no soy una niña, por favor. No me lo pongas tu también difícil- pidió- Ahora tengo que dejarte Jasper.
Agradecía la comprensión de Jasper, el jamás la juzgó cómo hacía Alice. Si bien su hermana se preocupaba por ella, no era ninguna niña y sabía bien donde ponía los pies. Al menos eso creía.
Se metió en la ducha y se dejó llevar por sus pensamientos más íntimos y oscuros mientras se preparaba para aquella cita. Dos horas. Tenía dos horas para volver a encontrarse con él. Con aquellos ojos verdes y profundos que la hacían temblar con sólo una mirada.
Flash Back.
- Seis años- respondió de manera automática, y se dio cuenta de la connotación de aquella respuesta. La comisura de su boca se torció en una sonrisa y ella tembló.
- ¿Puedo invitarte a cenar?- fue más una sugerencia que una pregunta. Ella asintió aún confundida por la situación.- A las diez te espero en el Palm- concluyó el. Para entonces se había levantado y se encontraba en la puerta.
- A las diez- murmuró ella antes de salir.
Salió del hospital aún aturdida por la manera absurda en que las cosas habían transcurrido. No era capaz de concebir lo que acababa de suceder. Repasó mentalmente de nuevo la silueta de aquel hombre que acababa de desarmarla en cuestión de minutos. Su cabello castaño con ligeros reflejos rubios que le daban una tonalidad dorada, estaban peinados de forma descuidada, dando un aspecto de rebeldía contenida. Su rostro, de facciones duras, desvelaba unos ojos verdes, de mirada penetrante y profunda que creía capaz de intuir el más intimo de sus secretos. De costitución alta y delgada, se adivinaba una musculatura formada y atlética bajo su ropa, que le daban un aspecto imponente con aquella bata blanca.
Apenas pudo descansar un rato después de comer. Su mente estaba sumergida por completo en lo que aquella velada podría depararle. Aquella fue la primera tarde que por primera vez en mucho tiempo no pensó en Riley. Estaba claramente nerviosa. Que aquel hombre se hubiera cruzado en su camino parecía una burla del destino. Justo ahora, justo cuando comenzaba a superar su relación pasada, venía él, el mismísimo diablo disfrazado de hombre, dispuesto a llevarla al infierno.
Se levantó de la cama y miró el reloj. Las ocho de la noche. Tenía dos horas para prepararse. Buscó en el fondo de armario algún vestido que fuera adecuado para ir a un sitio como era el Palm. Eligió un modelo en tono lila que le pareció la mejor elección para la ocasión.
Comprendía las connotaciones de aquella cena. El trasfondo de la misma. No era más que el primer paso para comenzar el juego o tal vez para finalizarlo antes de haber comenzado siquiera.
Rosalie le había dicho que él parecía interesado en ella, y ella no podía negar que se había estremecido como hacía mucho tiempo no le sucedía. Completó el conjunto con unas sandalias blancas y un pequeño bolso de mano. Dejó su cabello suelto cayendo sobre los hombros y apenas se puso maquillaje. Un poco de gloss labial rojo y sombra de ojos.
Llegó diez minutos antes de la hora al restaurante, su corazón palpitaba con fuerza. Se preguntó si estaba dispuesta a comenzar de nuevo, acababa de conocerle y temía el control que él pudiera llegar a ejercer sobre ella. "Sólo es una cena Bella" se dijo a sí misma, "Siempre estás a tiempo de levantarte e irte" trató de auto convencerse.
- Doctora Swan, es un placer volver a verla por aquí- la saludó el maître. Ella sonrió amablemente. - ¿Tiene usted reserva?- preguntó.
- No sé si mi acompañante a llegado- repuso ella tragando saliva. "Vete Bella", su subconsciente empezaba a resultar molesto.
- ¿Espera a alguien de su familia? ¿A la señorita Alice? – quiso saber el maître.
- Estoy esperando al Doctor Cullen- dijo al fin, tratando de repasar con la mirada las mesas del restaurante.
- Acompáñeme, la está esperando- repuso con una amplia sonrisa.
Con pasos vacilantes siguió al hombre que la precedía hasta el fondo del restaurante, trató de mantener el equilibrio para no montar una escena en aquel lugar. Ya no cabía la posibilidad de dar un paso atrás, supo que iba a enfrentarse cara a cara con su destino. Al final pudo distinguir a Edward sentado en la última mesa del restaurante.
Elegantemente vestido le regaló una sonrisa tranquilizadora cuando la vio acercarse. Su mirada la repaso de arriba abajo, pero ella no se sintió en ningún momento incomoda.
La saludó afectuosamente con un beso en la mejilla y ella se sorprendió cuándo el mismo hizo el trabajo del maître y retiró la silla para que ella se sentara. Se acomodó en su sitio y esperó a que el ocupara su lugar frente a ella. Volvió a perderse en aquellos ojos color esmeralda y presintió que escondían un pasado que los habían enturbiado.
- Gracias por venir.
- Estuve a punto de darme la vuelta- fue franca. Acompasó su respiración.
- ¿Qué te impulso a no hacerlo?- se interesó él.
- Curiosidad, supongo- confesó- Me desarmaste en cuestión de minutos- aceptó y sintió el rubor encender sus mejillas.
- Pidamos la cena- decidió él tendiéndole la carta.
Después de un par de minutos de silencio observando la carta pidieron la cena, un vino tinto para acompañar. Ella parecía haberse relajado, independientemente de su posición o carácter dominante comprobó que era una persona educada y encantadora. No trató de forzar el ritmo de la conversación en ningún momento. Hablaron sobre trabajo, y ella sintió que era sólo una manera que él le ofrecía para vencer esos nervios que podían palparse a kilómetros. Para cuándo retiraron los platos de los entrantes ella se sentía cómoda en su compañía. Se percató del carisma que desprendía en sus palabras, de su forma contundente de hablar, algo que parecía innato en su persona, no le pareció forzado.
- ¿Por qué Atlantic City?- preguntó ella.
- Un lugar como otro cualquiera. Boston es una ciudad asfixiante, necesitaba un cambio de aires- ella dedujo que decía la verdad a medias. Que tras aquella afirmación se escondía algo más. Pero sabía no traspasar los límites de la intimidad. – ¿Eres de aquí?- quiso saber él.
- De Nueva Jersey, pero vinimos aquí a vivir cuándo apenas era una niña. Aquí he hecho mi vida desde que tengo uso de razón- se confesó- Mis amigos, mi familia, mi entorno, todo está aquí.
- Pareces muy disciplinada- observó él. Ella asintió con la cabeza.
- Lo he sido siempre. Era la única manera de vivir una vida como la mía- reconoció. El enarcó la ceja- Con apenas cuatro años mis padres decidieron que hiciera algún deporte, hasta mi adolescencia practiqué gimnasia artística. Después comencé a estudiar medicina. Tenía que tener esa disciplina para poder sobrevivir.
- Comprendo- fue la escueta respuesta de él. - ¿Cuánto hace que lo sabes?- el corazón de ella comenzó a latir de nuevo desaforado, el momento había llegado.
- Exactamente no lo sé- respondió con sinceridad- Quizá cuándo comencé la facultad. Ninguna relación funcionaba, sentía que algo me faltaba. Y en el último curso de carrera conocí a Riley.
- El era dominante- no era una pregunta.
- Así es. Se acababa de trasladar aquí y comenzó a trabajar en el periódico con mi hermana. Comenzamos a salir. Entonces yo no tenía las ideas claras. Pero con él descubrí esas carencias que tenía. Lo que me faltaba en las anteriores relaciones. – dijo con sinceridad.
- ¿Siempre has estado con él?
- Sí, seis años. Hasta hace unos meses. Ahora Riley, es historia- notó la vibración en su voz y trató de que el nudo en la garganta desapareciera. Sintió un ligero escozor en sus ojos producto de un par de lágrimas traicioneras.
El se percató del malestar que ella sentía al hablar de Riley y cambió de tercio. La mirada de ella fue de agradecimiento por el gesto. No, no necesitaba hablar de Riley, la herida aún era reciente y no había cicatrizado.
- ¿Te encuentras bien?- se preocupó él.
- Sí- se escapó en un hilo de voz- Es demasiado reciente- admitió.
- No pretendía abrir la herida- la acarició con su voz mientras la tendía un pañuelo- Si no te sientes preparada, no es necesario forzar la situación- sugirió él.
- No, no- atropelló las palabras y se maldijo por haber mostrado aquella debilidad- Estoy bien- repitió- Sólo ha sido un instante de debilidad.
- ¿Estás segura?- insistió él.
- Totalmente- trató de imprimar fuerza a aquella afirmación pero estaba segura de no haberlo conseguido.
- Cómo bien sabes, la última palabra es tuya. Eres tú quien debes tomar esa decisión- recordó él- Si me disculpas tengo que realizar una llamada- ella asintió mientras él se levantaba y se encaminaba hacia la salida del restaurante.
Ella comprendió que él la estaba ofreciendo una salida, una vía de escape. Con aquella última afirmación y su salida repentina. No era más que darle la oportunidad de tomar esa decisión de la que hablaba. Levantarse e irse, hacer como si aquella cena no hubiera transcurrido jamás o quedarse y enfrentarse a sus miedos e incertidumbres.
Encendió un cigarrillo mientras nerviosa valoraba los pros y los contras de irse o quedarse. Jugó con la cucharilla del café mientras la incertidumbre se abría paso en su cabeza. Notó su respiración que se tornaba pesada y agitada a la vez. Le gustaba Edward Cullen, la atraía de forma irresistible. Su voz parecía envolverla en una especie de nube. Exceptuando el último momento de conversación se había sentido cómoda y desinhibida. Volvía a sentir aquel cosquilleo en el estómago, de emoción y necesidad. Estaba perdida. Aguardó durante más de diez minutos en la mesa, para entonces su respiración se había acelerado y las preguntas volvían a llenar su mente sin darle tregua. Necesitaba dejar de pensar.
- Me alegra comprobar que has decidido quedarte- susurró él en su oído, ella se sobresaltó al no sentirlo llegar. Su voz había cambiado, ahora resultaba eróticamente provocativa. Un dedo recorrió su cuello hasta su hombro y ella se estremeció. El aire se negaba a entrar en sus pulmones.- Veo que ya has terminado el café- observó retomando su sitio en la mesa.
Ella notó como el calor inundaba su cuerpo, aquella voz, aquella manera de moverse y desenvolverse, trataba de asimilar como hasta hace un momento parecía estar cenando con otra persona. Ahora su mirada había cambiado, sus ojos volvían a tener aquel aspecto acerado, frío y sin embargo no podía evitar sentirse atraída de manera absoluta e irrevocable.
- Relájate- pidió él- Tan sólo estamos cenando- sonrió de nuevo con dulzura. – Mañana a primera hora tendré en mi correo electrónico con tus límites. Durante el desayuno discutiremos sobre todo eso- afirmó rotundo. Hemos de pactar normas y límites- prosiguió bajo la atenta y silenciosa mirada de ella.- Pero ahora es momento de celebrar esto- llamó al maître.
Fin del Flash Back
Retornó a la realidad ya de camino en él coche. Su dulce dureza la embriagaba, sus ojos no demostraban odio, cambiaban la expresión según el momento. La tenían hipnotizada, su aspecto nada severo contrastaba con la fuerza que imprimía su mente. No se sentía invadida por un intruso, era entrega, sin pensar en nada. Envolvió su mente con el manto que ella misma había tejido, esa fuerza la arrastraba a él, como si se trataran de miles de olas arrastrándola a lo más profundo del mar. Por mucho que tratará de alejarse sólo conseguía acercarse más y más.
Aparcó frente al edificio de unos 20 pisos y salió del coche, se apresuró al portal, que encontró abierto, entró con airé seguro, subió los peldaños que la llevaban hasta el ascensor y entró en el, apenas cinco pisos la separaban de una entrega total. A partir de ese momento sólo le pertenecería a él.
El ascensor se paró era el 5º, salió de él con decisión y atravesó los pocos metros que la quedaban para encontrarse cara a cara con su sumisión y entrega total, llegó a la puerta, se detuvo unos segundos, respiró profundamente, acarició la madera con las yemas de sus dedos, y al fin tocó el timbre con suavidad.
La respuesta no se hizo esperar, abrió la puerta e inmediatamente después Bella bajo la mirada, consciente de cuál era su lugar, dio las buenas noches:
- Buenas noches Señor- musitó ella.
- Pasa Bella- pidió suavemente, en un susurro- siéntate.
Tuvo oportunidad de perderse un instante en el profundo océano de sus ojos antes de pasar.
Muchisimas gracias por pasaros. Nos leemos el sábado.
