Siento si hay alguna palabra o algo mal escrita, pero lo he terminado un poco rápido ya que no quería demorarme más con este capítulo.

Espero que lo disfrutéis y muchísimas gracias por las reviews, con lectores así estoy encantada!

PD. Como siempre gracias a Lau, porque sin ti no sabría qué escribir ;)


Los dos días en el hospital pasaron despacio. No hablaron mucho entre ellos, excepto lo necesario. Castle seguía dolido con Kate y estaba distante. Comprendía que tenían diferentes formas de pasar por el dolor, pero le dolía lo que ella había estado a punto de hacer. Ni siquiera estaba seguro de poder fiarse de ella, quería confiar en Kate, pero tenía miedo de dejarla sola y que lo volviese a intentar. Por eso cuando se marchó a casa un par de horas para cambiarse de ropa y darse una ducha, mandó a una enfermera que la vigilase.

Y aquello no pasó desapercibido para Kate. La enfermera estuvo entrando y saliendo de la habitación cada cinco minutos, preguntando si se encontraba bien. Kate supo enseguida que Rick le había ordenado vigilarla. Una vez más en aquellos dos días, aquella sensación de culpabilidad se apoderó de ella. Intentar acabar con su vida para acabar con su dolor no solucionaba nada, sobretodo porque eso causaba dolor en el resto de las personas que a ella le importaban, y la solución para acabar con su dolor no era causarle más dolor a Castle.

El escritor les había dicho a su familia y amigos que les diesen un poco de espacio para superar la pérdida de su hijo, así evitaron que se enterasen de qué era lo que realmente había ocurrido.


Cuando entró al loft no pudo evitar mirar hacia las escaleras que daban acceso al segundo piso. El loft entero seguía lleno de su recuerdo, pero todas sus cosas seguían en su dormitorio.

La voz de Castle sonó a sus espaldas, haciendo que enseguida volviese la mirada hacia él.

-Ve a ducharte si quieres y a dejar tus cosas, yo prepararé mientras tanto algo ligero para cenar – dijo, cerrando la puerta de la entrada.

Ella asintió y cruzó el salón hasta su dormitorio. Cuando llegó allí dejó el bolso en el que el escritor le había llevado sus cosas al hospital, y se dejó caer en la cama. Se sentía realmente extraña de estar allí de nuevo. Recordó la noche en que se tomó todas esas pastillas y suspiró, finalmente aquello no le había llevado a nada. Giró la cabeza hacia su mesilla, el bote de pastillas ya no estaba allí. Se preguntó cómo dormiría ahora, estos dos días en el hospital no había necesitado nada para dormir, seguramente los medicamentos para el estómago le habían dejado tan adormilada que no había necesitado nada más, sin embargo ahora… No quería tumbarse en la cama y comenzar a darle vueltas a todo lo que la atormentaba. Una sensación de ahogo se apoderó de ella.

Se incorporó, dispuesta a ir al baño, cuando notó uno de los cajones de su mesilla medio abierto. Aquel cajón es donde solía guardar su pistola, era solo un lugar temporal, ella y Castle habían estado de acuerdo en que no era el mejor sitio para guardar una pistola habiendo niños en casa. Y sin embargo ahora el peligro era ella, o al menos eso habría debido pensar Castle. Su pistola ya no estaba allí, lo único que había en ese cajón era su placa. Cerró el cajón exasperada y entró en el baño, donde rápidamente reparó en que también faltaban algunas cosas. Las cuchillas de afeitar que Castle solía dejar a la vista, ya no estaban; al igual que cualquier objeto puntiagudo o afilado.

Salió inmediatamente del dormitorio, encontrándose a Castle de espaldas, en la cocina, preparando algo en el fuego.

-Devuélveme mi pistola – dijo, enfurecida, acercándose hasta él.

El escritor dejó lo que estaba haciendo y se giró hacia Kate, mirándola con preocupación.

-No la necesitas ahora – contestó él, intentando sonar calmado.

-¿Y qué si no la necesito? Es mía y tú tampoco la necesitas. Devuélvemela – dijo, cruzándose de brazos frente a él.

-No – dijo, tras dar un profundo suspiro.

- Es mía, no tienes derecho – dijo ella, atónita.

-No te la voy a dar Kate, mira…

-No, ya sé lo que pasa. Piensas que me voy a intentar suicidar otra vez – dijo ella, con dureza.

Ninguno de los dos dijo nada, dejando que un incómodo silencio se apoderase de la habitación, hasta que ella dio un suspiro y se llevó las manos a la cabeza. Las lágrimas comenzaron a desbordar sus ojos.

-Kate… - él intentó acercarse a ella.

-No – dijo ella, apartándose - ¿También has escondido los cuchillos de la cocina? ¿O crees que soy capaz de prepararme yo sola la comida? – preguntó, alzando la voz.

-No es eso Kate, cálmate – le pidió él, alzando la voz también.

-¿Que me calme? Devuélveme mi pistola y me calmaré.

-¡Tengo miedo Kate! – Gritó – Miedo de que vuelvas a hacerlo. Ya no sé si te puedo dejar un rato a solas sin que hagas cualquier tontería otra vez, o si puedo dejar cualquier cosa peligrosa a tu alcance. ¡Tengo miedo a perderte y no sé si puedo confiar en ti!

Castle apoyó sus dos manos sobre la encimera, dejando caer su cabeza sobre ellas. En ese momento Kate se dio cuenta de que estaba agotado. No solo por tener que soportar la ausencia de Alexander sino por tener, además, que estar pendiente de que ella no volvía a intentar quitarse la vida.

Se acercó hasta él y pasó una mano por su espalda hasta que él se incorporó, mirándola. Ambos con los ojos aguados.

-Lo siento – dijo Kate.

Castle no tardó ni dos segundos en rodearla con sus brazos, aferrándose a ella. La había echado realmente de menos, tenerla tan cerca y no sentirse capaz de darle un abrazo por miedo a que ella lo apartase, lo estaba matando. Ella también se dio cuenta de cuánto lo había echado de menos y de cuanto lo necesitaba. Este era el primer abrazo que se daban en días.

-No vuelvas a hacerlo, por favor – le pidió él.

-No lo haré – susurró ella, enterrando su cara en el cuello de él.

Aunque sabía que eso no sería suficiente. Haría falta mucho más para que el escritor volviese a confiar en ella, tendría que volver a recuperar su confianza.


Cenaron en silencio, aunque se trataba de un silencio menos incómodo esta vez. Después del abrazo, las tensiones entre ambos habían menguado, como si se hubiesen dicho muchas más cosas de las que se habían dicho con ese gesto.

Después de cenar, Kate se quedó parada de pie, junto a la cocina. Noches que antes estaban llenas de alegría, en la que ambos hacían mil y una tonterías para dormir a Alexander o en las que simplemente se tumbaban con él a jugar sobre una manta en el salón. Noches que ahora estaban vacías. Antes de que esa tristeza la invadiese una vez más decidió poner rumbo a su dormitorio.

-¿Te vas a dormir? – preguntó Castle, detrás suya, mientras dejaba a un lado el trapo con el que había estado limpiando la cocina.

-Sí – dijo ella, girándose hacia él – O al menos a intentarlo.

El escritor comprendió en ese momento el miedo de Kate. Ahora que no tenía las pastillas para dormir quizás no era capaz de conciliar el sueño y comenzaba a darle vueltas a todo lo ocurrido.

-¿Quieres que vaya contigo? – preguntó, acercándose más a ella.

-¿Harías eso? – preguntó ella. Sabía que el escritor había adoptado otro ritual bien distinto al de ella tras la muerte de su hijo. Él se encerraba en su despacho con una o varias botellas de whisky; y aunque eso no le parecía tampoco la mejor manera de sobrellevar el dolor, no sería precisamente ella quien le reprochase nada. Por eso ahora, no quería molestar al escritor, si esa era su manera de llevar el dolor, lo respetaría.

-Haría eso, vamos – asintió él. Tras apagar la luz de la cocina cogió la mano de Kate y se dirigieron juntos al dormitorio.

Kate, que ya estaba descalza y con su pijama, retiró las sábanas de la cama y se tumbó de lado, observando en silencio cómo el escritor se deshacía de sus vaqueros y su camiseta, quedándose con sus bóxers. La Detective no se lo pensó dos veces, necesitaba no pensar en nada y el sexo con Rick era la mayor tentativa para no pensar en nada en esos momentos. Se levantó en la cama, sobre sus rodillas, y se acercó al escritor, que doblaba sus pantalones vaqueros de espaldas a ella. Lo rodeó por la espalda, comenzando a acariciar su torso.

-Kate – el escritor giró su cuello, sorprendido por el comportamiento de Kate.

-Shh – chistó ella, haciéndolo callar. Bajó su mano por el abdomen de Rick, acariciándolo, hasta llegar a la goma elástica de sus bóxers, levantó la goma y metió su mano, acariciando el miembro de Rick, que no tardó en crecer, presionando en su mano.

El escritor dejó escapar un gemido ante el contacto.

-Kate, ¿estás segura de que quieres hacer esto? – preguntó, intentando controlar su propia voz ante los tocamientos de su mujer. No es que no tuviese ganas de hacerlo, pero no quería hacer algo de lo que Kate se arrepintiese luego.

-Por favor – pidió ella – solo quiero hacerlo.

Rick se deshizo de sus bóxers y se giró hacia Kate, tomándola por la cintura y tumbándola sobre la cama. Kate levantó su camiseta y se la sacó por la cabeza, dejando sus pechos expuestos, mientras él se deshacía de sus pantalones y sus braguitas al mismo tiempo. Lo tiró a un lado, fuera de la cama y la agarró por la cintura, abriendo sus piernas. Se inclinó sobre ella y la penetró. No era el momento para preliminares, simplemente querían sentirse el uno al otro. Comenzó a lamer y morder a conciencia su pecho derecho, mientras le daba pequeños pellizcos al otro con la mano, al mismo tiempo que la penetraba con fuerza.

Kate gemía, dejándose llevar por aquel intenso placer, mientras se agarraba del pelo de Rick. Lo rodeó con sus piernas, haciendo presión con su talón en el culo de su escritor, quería sentirlo más. Más dentro y más fuerte.

-Más fuerte – le pidió, gimiendo en su oído.

-Te haré daño – dijo él, sin dejar de moverse en su interior.

-No me importa.

El escritor siguió las instrucciones de su mujer. Posicionó sus dos manos a ambos lados del cuerpo de Kate y comenzó a moverse más rápido y más fuerte en su interior. Sentía las uñas de Kate clavársele en su espalda.

-Sí, así – gritó ella, abriendo sus piernas todavía más para él.

El escritor sentía que estaba a punto de llegar, sin embargo Kate parecía necesitar más. Metió su mano entre los dos cuerpos y comenzó a frotar su clítoris. La conocía bien, sabía exactamente cómo y dónde tocar. Kate comenzó a gemir más fuerte en su oído y, tras unas sacudidas más en su interior, ambos terminaron al mismo tiempo.

Se quedaron un momento en esa misma posición, tratando de recuperar el aliento, hasta que él se hizo a un lado, tumbándose al lado de Kate. Ninguno de los dos dijo nada, dejando que el silencio se apoderase del dormitorio, a excepción del sonido de sus respiraciones tratando de recobrar la normalidad.

Kate giró la cabeza a un lado, quizás arrepentida de lo que acababan de hacer, pensó Rick. Alargó su mano y volvió la cara de ella hacia él, haciendo que le mirase.

-Eh, está bien – le susurró. Ella asintió, antes besarle.


La Detective abrió los ojos cuando la luz de la mañana comenzó a colarse a través de las cortinas. Alzó su cabeza y vio al escritor, abrazado a ella, con una pierna a su alrededor, enredada entre las sábanas. Ambos estaban desnudos.

Recordó rápidamente la noche anterior, las tres veces que lo habían hecho.

Sexo duro como modo de olvidar, quizás no era la mejor terapia, pero no se arrepentiría de ello. Era una manera más de sobrellevar el dolor y al menos lo hacían juntos. Sin embargo, era consciente de que les quedaba mucho camino por recorrer, ninguno de los dos estaba todavía la borde de la recuperación y, quizás, lo de anoche era una muestra de ello.

Se levantó de la cama, con cuidado de no despertar a Rick. Buscó en el suelo su camisa y su pantalón de estar por casa y se los puso, saliendo después del dormitorio. Cuando llegó al salón se inclinó sobre la mesita pequeña, cogiendo de encima su teléfono móvil. Lo miró con detenimiento y abrió la agenda, buscando un número y pulsándole al botón verde de llamada. Sentía que si lo pensaba con más detenimiento no lo haría.

-Consulta del , dígame – una voz femenina al otro lado de la línea.

-Hola, soy Kate, una antigua paciente del , me gustaría poder hablar con él personalmente si es posible, necesito hacerle una consulta.

-¿Cómo ha dicho que se llama? – preguntó la secretaria, al otro lado del teléfono.

-Kate, Katherine Beckett – dijo ella. Estaba comenzando a arrepentirse de haber llamado.

-Espere unos segundos, no cuelgue, ahora mismo la atenderá – dijo amablemente.

Kate asintió, vocalizando un aham. Las inseguridades comenzaban a apoderarse de ella, no le apetecía volver al psicólogo, no se veía con fuerzas de hablar de lo ocurrido. Estaba a punto de colgar cuando una foto sobre el piano le recordó por qué lo estaba haciendo. Desde el marco, Alexander le sonreía, con su pequeña sonrisa y sus ojos iluminados. Una triste sonrisa apareció en el rostro de la Detective, acompañada por una lágrima.

-Kate, soy el Doctor Brucke, Nicole, mi secretaria me ha dicho que querías hablar conmigo – dijo el al otro lado de la línea.

-Sí – dijo ella, tratando de recomponerse, limpiando las lágrimas que habían empezado a escapar de sus ojos – Quería… quería pedir una cita para mí, pero… también quería saber si podrías atender a Castle. Él es…

-Sí, Richard Castle, sé quien es – dijo de manera tranquila. Nunca había tenido el gusto de tratar con Rick, sin embargo Kate ya le había hablado mucho de él cuando la estuvo tratando. Y había oído hablar de sus hazañas en el departamento de la policía. Además, estaba al tanto de la trágica muerte de Alexander, era difícil no haber leído sobre ello en los periódicos a pesar de no ser un fan de las secciones de cotilleo.

-Sé que él no es policía, pero como ha estado años trabajando con nosotros, he pensado que quizás no le importe…

-No me importa, está bien, Kate – le cortó él, con su tono calmado – Te paso con mi secretaria y ella te dará cita para ambos.

-Gracias – dijo ella.

Tras pasarle con su secretaria, ésta le dio cita para ella y para Rick, por separado. El creía que era lo mejor tratarlos por separado, al menos al principio. Era la mejor forma de valorar el estado en el que se encontraba cada uno.

Kate colgó y se quedó con el teléfono en la mano, intentando pensar que estaba haciendo lo correcto.