Capítulo 3

Candy se despertó desorientada. ¿Dónde estaba? Se levantó para ir al baño y, cuando se tropezó con su maleta, se acordó.

Londres. Terry. Si tenía que adaptarse a llamarlo nuevamente como antes, con su diminutivo.

Bueno, tenía que ducharse, cepillarse los dientes e intentar disimular las ojeras que seguro tenía. Sus dos hermanas, Karen y Elizabeth, se despertaban siempre frescas como una rosa, herencia de su abuela materna. Pero lo único que Candy había heredado de su abuela era su afición al chocolate. La genética tiene un extraño sentido del humor. Abrió la maleta y rebuscó entre su ropa hasta encontrar el estuche; agarró lo que necesitaba y se dirigió al baño. Cuando abrió la puerta, se despertó de golpe.

—Buenos días. ¿Has dormido bien?

Terry estaba de pie delante del espejo, afeitándose, recién duchado. Llevaba únicamente una toalla atada a la cintura. Por la mente de Candy empezaron a desfilar imágenes de anuncios de colonias, de 9 semanas y media y de Dirty Dancing. Tenía que contestar algo, pero con aquellas gotas de agua que resbalaban por la espalda de Terry reclamando su atención no tenía ni idea de lo que él le había preguntado. Ante la duda, optó por lo seguro, no contestar nada.

—Buenos días. Iba a ducharme. Volveré más tarde —dijo ella dándose ya media vuelta.

—No te preocupes, yo ya me iba. Pasa. Entra y dúchate tranquila mientras yo preparo el desayuno. ¿De acuerdo?

Terry se echó agua en la cara, cerró el grifo y salió sin esperar a que Candy le contestara.

«Candy, tienes que serenarte —pensó ella para sí misma—. Karen y Elizabeth tienen razón, hace demasiado tiempo que no sales con chicos; basta con que veas a uno medio desnudo para que no sepas ni caminar. Claro está que el espécimen que tienes delante es extraordinario. Menuda espalda, eso debería estar prohibido. En fin, lo mejor que puedes hacer es ducharte.»

Mientras seguía aleccionándose a media voz, se fue desnudando, y sólo calló para abrir el agua. Tenía que hacer un esfuerzo y tratar a Terry como si fuera su hermano. Lo conocía desde pequeña y ahora ya no era una adolescente; era perfectamente capaz de controlar la atracción que sentía por él. Tampoco había para tanto, seguro que durante aquellos meses conocería a alguien y ella y Terry sólo serían amigos.

Terry se vistió, ¿estaba hablando sola? Sonrió. Según Albert, Candy solía hacerlo a menudo. Aún se acordaba de un día de verano en que la oyó sermonearse durante horas por haber comido demasiado helado. Ante el recuerdo, sus labios esbozaron una sonrisa, y se dirigió hacia la cocina. Buscó la tetera, dos tazas y preparó unas tostadas; debería tener naranjas, pero estaba convencido de que en algún lugar había zumo, así que empezó a abrir los armarios de la cocina. Como era sábado y no tenían que trabajar, Terry pensó que podrían aprovechar el día para que Candy conociera un poco la zona o, si ella lo prefería, podían ir a Bath, a visitar a su abuela, y quedarse allí hasta el domingo. Sí, ése era un buen plan, llamaría a Nana en seguida. Se dio la vuelta tan rápido que chocó de frente con su invitada.

—Lo siento, no te había visto.

—No pasa nada. —Aún un poco nerviosa, se puso las manos en los bolsillos—. ¿Has preparado el desayuno?

Ahora que se había vestido, ya se veía capacitada para hablar con él. Se había duchado en un tiempo récord, y se había puesto sus vaqueros favoritos y un jersey ajustado negro, de lana muy fina. Siempre que llevaba ese jersey se sentía muy atractiva, era ceñido donde tenía que serlo y, citando a Archie, su terrible hermano: «Es una de esas prendas que hacen que un hombre se pregunte qué hay debajo». Se había secado el pelo y pintado un poco; si tenía que ir a la guerra, tenía que equiparse, ¿no? Lo único que desestimó antes de salir de la habitación fueron las botas, no quería parecer demasiado arreglada, así que optó por dejarse puestas las zapatillas.

—Terry, ¿quieres que te ayude? —Vio que él se movía por la cocina como si buscara algo.

—Lo siento, estoy buscando mi celular, ¿dónde lo habré dejado? —contestó él levantando los cojines del sofá, desplazando así la búsqueda hacia la sala de estar.

—Está aquí, junto a la tostadora. —Candy lo tomó y se lo entregó ante el asombro de su dueño.

—Gracias, debí dejarlo ahí cuando preparaba el desayuno. —Terry no estaba acostumbrado a olvidar dónde dejaba las cosas, siempre sabía dónde estaba todo y nunca era desordenado.

Pero esa mañana no era él mismo; no había logrado recuperarse de la visita de Candy al cuarto de baño. No sabía si ella se había dado cuenta, pero ver cómo sus ojos le recorrían la espalda le había provocado una reacción más que evidente y, al contar sólo con la protección de una toalla, había decidido salir de allí corriendo.

Candy tenía los ojos verdes. Terry no conocía a nadie más con ese color de ojos. Eran impresionantes, y cada vez que él se topaba con esa mirada, su infrautilizado corazón daba un vuelco; tenía la sensación de que ella podía ver todos sus secretos. Pero si el único problema fueran sus ojos, quizá podría evitar reaccionar ante su presencia. Por desgracia, esa sonrisa tan pícara y esa melena rebelde que se empeñaba en taparle la cara, también le resultaban muy difíciles de resistir. Candy no se parecía en nada a las mujeres que a él solían gustarle. Más bien era todo lo contrario; no muy alta, delgada y con las piernas más increíbles que había visto jamás. Llevaba el pelo a la altura de los hombros y su color, un rubio intenso, distaba mucho del de las mujeres con las que él acostumbraba a salir. Terry no lograba identificar qué era lo que tanto lo atraía de ella, pero sabía que no iba a hacer nada al respecto. Llamaría a Michael, saldrían y así Candy podría conocer a más gente y ya no dependería tanto de él. Con lo simpática que era, seguro que pronto tendría muchos más amigos que él.

—¿Has dormido bien? —le preguntó Terry en un intento de recuperar cierta normalidad—. Eres la primera persona que duerme en esa cama —añadió, antes de dar un mordisco a su tostada.

—Bien, muy bien, la verdad es que estaba muy cansada. Gracias. ¿Y tú?

—Muy bien, gracias. —Bebió un poco de té—. ¿Qué te apetece hacer hoy? —Al ver que ella levantaba las cejas le planteó las dos posibilidades—. ¿Prefieres quedarte aquí o te apetece ir a Bath a conocer a Nana?

Candy se limpió los labios con la servilleta y contestó:

—Me gustaría conocer a Nana, pero si tú ya tienes planes...

—No digas tonterías —la interrumpió Terry—. La verdad es que había pensado que podríamos ir a Bath y pasar allí el fin de semana. Al fin y al cabo, en los próximos seis meses tienes tiempo de sobra para conocer todos los rincones de la ciudad... y a mí me apetece visitar a mi abuela. Así pues, ¿qué te parece?

—Me parece una gran idea, pero ¿seguro que a tu abuela no le molestará?

—Seguro. Cuando conozcas a Nana te darás cuenta de que le encanta tener gente en su casa. Así que toma tu pijama y el cepillo de dientes mientras yo la llamo para avisarla. —Dicho esto, se levantó y tomó el teléfono.

Candy se fue a la habitación a preparar una pequeña bolsa para el fin de semana. Por suerte, había traído una mochila. Una vez la hubo localizado la abrió y guardó en su interior una pijama, un estuche con las cosas básicas, una muda para el domingo y una camisa más atrevida por si esa noche iban a cenar a algún sitio. Cuando salió, Terry la estaba esperando sentado en el sofá.

—He hablado con Nana y está impaciente por conocerte. ¿Estás lista? —preguntó, señalando la mochila.

—Sí. ¿Tú no llevas nada?

—No hace falta. Nana aún conserva mi habitación y yo siempre tengo allí unas cuantas cosas. Me gusta quedarme a dormir en su casa y pasar tiempo con ella —añadió, encogiéndose de hombros.

—Claro.

Llevaban ya casi una hora de viaje cuando sonó el teléfono; Terry respondió con el manos libres del coche.

—¿Sí?

Desde los altavoces, se oyó la voz de Albert.

—¿Terry? Soy Albert, ¿me oyes?

—Sí, claro que te oigo, estás gritando.

—¡Hola, Albert!

—¿pequeña? ¿Qué haces en el teléfono de Terry?

—Es un manos libres, Albert. Tú deberías saberlo —respondió Terry, serio ante el tono amenazante de su «mejor» amigo.

—Claro. ¿Y adonde llevas a mi hermana preferida?

—A conocer a Nana. ¿Te parece bien?

—¡Eh! Pareja de matones, ¿les importaría no hablar de mí como si yo no estuviera presente?

—Lo siento, Candy —respondieron los dos «neandertales» al unísono, y Terry se sonrojó a la vez que Albert carraspeaba.

—Así que llevas a Candy a Bath. ¿Vas a pasar allí todo el fin de semana? ¿Has vuelto a ver a Susana, eh, campeón?

—Albert, ¿te recuerdo lo que significa «manos libres»? —Terry empezaba a ponerse nervioso y Candy miraba el paisaje con el ceño fruncido, sin decir ni una palabra—. En respuesta a tus preguntas, «señor chisme», hace meses que no veo a Susana —añadió, más para que lo oyera su indignada copiloto que Albert.

Al otro lado de la línea, y del mar, Albert respondió enigmático:

—Me alegro. Bueno, los dejo. Procura que Candy no se meta en líos, ¿de acuerdo?

—De acuerdo

—Candy, llámame. Ya sabes que me preocupas.

Entonces Candy, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar, respondió:

—Ya, bueno, no te preocupes. Te llamaré, lo prometo. Y tú cuídate, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Adiós. Dale saludos a Nana de mi parte.

Entonces colgó, y a Candy empezaron a resbalarle las lágrimas que había contenido. «Con un poco de suerte, Terry no se dará cuenta», pensó, pero todavía no había acabado ese pensamiento cuando notó cómo los dedos de Terry recogían esas lágrimas traidoras.

—No llores.

Candy dejó de mirar el paisaje y se volvió. La mano de Terry se deslizó entonces desde su mejilla hasta su cuello, bajó por su brazo, le cogió la mano, se la acercó a los labios y le besó suavemente todos los nudillos. Cuando acabó, devolvió la mano a su estupefacta dueña, y añadió.

—¿Mejor?

Candy carraspeó, se volvió otra vez hacia el paisaje y, cuando encontró su voz, respondió:

—Sí. Mejor.

Y se hizo el silencio.

Terry conducía con la mirada fija en la carretera, totalmente concentrado en la conducción, pues eso era lo único que se le ocurría para controlar las ganas de parar el coche y abrazar a Candy. No podía ver llorar a nadie, pero si encima era alguien con los ojos y la mirada de un ángel, le resultaba realmente insoportable. Además, si era sincero consigo mismo, abrazarla no era lo único que quería hacer. Tenía que distraerse con lo que fuera, porque conducir empezaba a dejar de tener efecto, así que optó por hablar:

—¿Has estado alguna vez en Bath? —No era una pregunta muy original, pero era la primera que se le había ocurrido

—¿Eh? No, nunca. Cuando estuve en Londres estudiando, quise ir, pero ya sabes, el tiempo pasa tan rápido —respondió Candy sin dejar de mirar el paisaje—. ¿Vas a menudo a ver a tu abuela?

—No, la verdad es que no; intento ir siempre que puedo, pero... supongo que no es muy a menudo. Siempre pienso que tendré tiempo más adelante, y eso, por desgracia, casi nunca es así. —Terry se quedó pensativo, como si tuviera miedo de acabar la frase.

—¿Lo dices por tu padre? Albert me contó lo de su muerte. Lo siento. —Candy volvió la cabeza para intentar ver la reacción de Terry.

—Gracias. Hace ya mucho tiempo, no merece la pena que te preocupes por eso. —Terry soltó el aliento—. No, no lo decía por mi padre o, bueno, quizá sí. —Carraspeó incómodo—. Bien, ya estamos llegando. Si miras a tu izquierda, creo que podrás ver la abadía, al lado están las termas romanas. Si Nana nos deja, tal vez podríamos ir a visitarlas por la tarde.

Con esta información turística dio por concluida la conversación, pero durante un segundo, Candy notó que a Terry le dolía hablar sobre su padre... y también se dio cuenta de que quería consolarlo, abrazarlo, hacerlo sonreír. Pero lo peor de todo fue que sintió que el corazón le daba un vuelco y que los búfalos de su estómago volvían a descontrolarse.

—Esta bien. Me gustaría ir, si no es problema.

Candy decidió que si él estaba más cómodo dando por concluido el tema de su padre, ella no iba a forzarlo. Si algo recordaba del Terry de antes era lo cabezón que podía ser.

—Ningún problema, sólo tenemos que convencer a Nana de que nos deje en libertad. Ya estamos, ésta es su casa.

Terry se estacionó, paró el motor y bajó a abrir la puerta de su acompañante.

La casa de Nana era uno de esos cottage de postal, estaba rebosante de flores de temporada, tenía dos pisos y una entrada preciosa, con un pequeño jardín lleno de rosales y de trastos de jardinería, y allí, arrodillada entre las plantas, estaba ella. Nana, Mary Anne Grandchester, era una mujer de unos ochenta años, con una cabellera blanca que se le escapaba del pañuelo más excéntrico que Candy había visto jamás. Era delgada y bajita, pequeña, pero la primera imagen que acudió a la mente de Candy fue que le recordaba a un dragón.

—Malditas tijeras, sabía que tenía que comprar otras. Es la última vez que me dejo engañar por el dependiente; será cretino.

Estas palabras y otras peores empezaron a salir de la boca de la menuda anciana y así Candy confirmó su primera impresión; era un dragón.

—¡Nana! Recuerda que me prometiste dejar de decir palabrotas. —La regañó Terrence a la vez que la abrazaba cariñosamente y la levantaba de entre los rosales.

—¡Terrence! No seas bruto, devuélveme al suelo. Así, mucho mejor. Ahora dame un beso.

—¿Se puede saber qué hacías ahí arrodillada? ¿No recuerdas lo que te dijo el médico sobre tu artrosis? —Terry intentaba intimidar sin éxito a Nana, que se volvió para recoger sus utensilios de jardinería para cortar una rosa—. Y ahora, ¿qué estas haciendo? —Terry empezaba a impacientarse.

—Lo que estoy haciendo ahora, señor maleducado, es cortar una rosa para dársela a tu amiga, a quien todavía no has tenido la delicadeza de presentarme.

Al verse introducida en la conversación Candy se ruborizó por completo en un tiempo récord y se presentó a sí misma:

—Lo siento, señora Grandchester, soy Candice White. Encantada de conocerla, tiene un jardín precioso. —Alargó la mano para saludarla.

Ante este gesto, Nana sonrió y abrazó sin ningún preámbulo a Candy. Cuando la soltó, le dio la rosa y la cogió del brazo, encaminándose con ella hacia la casa.

—No lo sientas, el que debe sentirlo es el bruto de Terrence, que no tiene modales —añadió Nana sonriendo.

—Nana, estoy aquí detrás, puedo oír perfectamente lo que dices —dijo Terry mientras cerraba la puerta del jardín y seguía a las dos mujeres.

Dentro de la casa el ambiente era aún más acogedor que en el jardín, todo estaba lleno de libros, fotografías y flores. Había libros en español, en inglés, de poesía, de ficción, de arte, y las fotos ocupaban los espacios que quedaban libres. En la pared principal del salón había una preciosa de una mujer tumbada en la hierba, con un niño durmiendo a su lado; Candy estaba hipnotizada mirándola cuando notó una mano en su espalda.

—Soy yo. Yo con Nana. —Terry le habló tan cerca que pudo notar cómo su aliento le rozaba la piel del cuello y empezó a temblar. Se dio media vuelta tan rápido que tropezó con el pecho de él.

—Perdón —susurró apartándose. Si quería mantener una conversación coherente, tenía que estar lejos de él—. Es preciosa. ¿Quién la hizo?

Candy volvió a mirar la foto, era muy bonita; se notaba que la mujer y el niño eran felices y estaban tan relajados que daban ganas de entrar en ella.

—Terry, cuéntale a Candy la historia de la fotografía mientras yo preparo un poco de té.

Nana cogió sus lentes que había olvidado junto al libro que estaba leyendo y se dirigió silbando hacia la cocina.

—Esta foto la hizo mi padre. Creo que fue el último verano que mis padres pasaron juntos. Fuimos de viaje a Escocia, allí, mi abuelo, el marido de Nana, tenía una casa, y fue fantástico. Recuerdo las excursiones, las ovejas. Cada tarde, Nana me convencía de que yo era uno de los caballeros de la Mesa Redonda y jugábamos a rescatar doncellas. Sólo tenía siete años. Ese día, después de jugar, nos quedamos los dos dormidos sobre la hierba. Ya está, fin de la historia.

Terry empezó a ordenar los libros de la mesita del salón como si fuera de vital importancia que todos los lomos estuvieran alineados.

—Es una fotografía increíble. Tu abuela está preciosa y tú estás tan dulce que te comería a besos. —Al ver la cara de Terry, Candy se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta—. Quiero decir, que te comería a besos como a un niño pequeño, no que... bueno, ya me entiendes.

Estaba tan avergonzada que Terry sonrió y le respondió:

—Tranquila, lo entiendo. Ya sé que ahora no me comerías a besos.

«Aunque yo a ti sí», pensó él.

—¡Besos! Chicos, los dejo solos unos minutos y los encuentro hablando de besos.

Nana entró en el salón cargada con una bandeja en la que había una tetera, tres tazas y un pastel de limón. Candy la ayudó, y aceptó luego la taza de té que le sirvió la anciana.

—Gracias, señora Grandchester. Tiene usted una casa preciosa.

—De nada, pero llámame Nana. Cuando oigo señora Grandchester, tengo la sensación de que mi suegra va a aparecer en cualquier momento. La vieja bruja... Espero que esté en el cielo, pero a mí me hizo la vida bastante difícil, y me da terror pensar que alguien nos pueda confundir. Así que Nana está bien, ¿de acuerdo?

—De acuerdo, Nana. Gracias.

—Bueno, así que has venido a trabajar a Inglaterra. Y ¿dónde vives? ¿Desde cuándo conoces a mi nieto? ¿Cuánto tiempo vas a quedarte?

—¡Nana!, no seas chismosa, si no, no vendré más —respondió Terry antes de que Candy pudiera abrir la boca.

—Lo siento, pero no deberías enojarte, tesoro, sólo lo pregunto porque me interesa. Es la primera vez que me presentas a una chica normal, y la verdad es que estoy muy intrigada.

Ante la astuta respuesta de Nana, Terry se sonrojó y empezó a recoger las tazas.

—¿Has terminado ya con el té, Candy? —le preguntó a la vez que le cogía la taza y el plato y se levantaba para llevarlo todo a la cocina—. Nana, recojo los trastos y nos vamos. Si quieres acabar con el tercer grado, te quedan cinco minutos. Quiero enseñarle a Candy las termas y luego, si te portas bien, iremos los tres a cenar —dijo, levantando una ceja hacia su abuela, que parecía imperturbable, y se fue.

—Bueno, al fin solas. —Nana sonrió y añadió—: Es la primera vez que veo al témpano de hielo de mi nieto sonrojarse. Si eres capaz de lograr eso en menos de un día, estoy impaciente por ver lo que habrás hecho con él dentro de unos meses.

—Creo que te equivocas, Nana. Si Terry se sonroja es porque tiene ganas de matarme por haberle fastidiado el fin de semana —respondió Candy incómoda.

—Tonterías, nadie puede alterar los planes de mi nieto si él no quiere. Créeme, lo he intentado. Además, eres la primera chica a la que invita a venir a mi casa, y eso será por algo.

—Bueno, supongo que lo hace por Albert, mi hermano.

—Entonces ¡tú eres Candy, la hermana de Albert! Ahora lo entiendo todo. —Sonrió y añadió—: Pequeña, espera y verás.

Con estas enigmáticas palabras y con unos golpecitos en la mano de Candy, Nana se levantó y gritó para que desde la cocina su nieto pudiera oírla.

—¡Podrías haberme dicho que era «ella»!

Se oyó cómo se rompía una pieza de porcelana.

—Creo que eso ha sido una de mis tazas. Será mejor que vaya para allá antes de que me quede sin vajilla. Nos vemos luego para cenar. —La besó en la mejilla y se fue riéndose de un chiste que sólo ella parecía conocer.

Candy seguía sentada cuando apareció Terry y le dijo:

—Si quieres ir a visitar las termas, tenemos que irnos ya.

—¿Las termas? Ah, sí, las aguas termales. De acuerdo, si a ti te parece bien, podemos ir. Terry, ¿qué ha querido decir tu abuela con lo de que yo soy «ella»?

—Nada. No ha querido decir nada, cosas de gente mayor. ¿Quieres ir o no?

Terry parecía tenso. Aquel hombre era capaz de hablarle con dulzura un instante y ponerse a dar órdenes al siguiente. «Y luego dirán que las mujeres somos complicadas», pensó ella.

—Está bien, lo siento, mi general.

Descolgó su abrigo, se despidió cariñosamente de Nana, que parecía ser la única que entendía por qué su nieto se había puesto de mal humor, y se fue de la casa mirando por última vez la fotografía de Terry soñando con los caballeros del rey Arturo.

En el coche ninguno de los dos habló. Afortunadamente, el trayecto no duró mucho; las termas romanas de Bath estaban sólo a diez minutos y, una vez allí, la logística de buscar aparcamiento, comprar las entradas y recoger la guía los tuvo ocupados. Tras pasar la puerta principal, Candy se quedó paralizada. Había leído mucho sobre las termas romanas y estaba harta de ver las reposiciones de Yo, Claudio por televisión, pero el impacto de estar delante de aquellas magníficas ruinas fue muy grande. Como no se movía, Terry le colocó una mano sobre el hombro para empujarla, pero tras lograr que reaccionara, decidió dejar la mano allí. A Candy no parecía importarle, y a él le gustaba caminar con ella tan pegada a su cuerpo.

—Es precioso —balbuceó ella mirando el claustro principal, con la piscina llena de agua. Tan pronto como los dedos de Terry empezaron a acariciar descuidadamente su hombro y, casi sin querer, la parte exterior de su clavícula, sintió cómo se le hacía un nudo en el estómago—. ¿Te das cuenta?, parecen vivas.

—¿Vivas? —preguntó Terry notando cómo una especie de calor le subía por los dedos de la mano hacia el cuello y le anidaba en el pecho. Era como si el muro que había construido en su interior empezara a agrietarse.

—Sí, vivas, las piedras, las columnas, parecen vivas; como si quisieran contarnos algo. Como si fuera importante que siguieran aquí para hablarnos, para escucharnos, como si, no sé. Como si todo tuviera algún sentido. ¿Lo entiendes?

—No, Candy, no lo entiendo, pero no importa.

Terry no apartó la mano, y caminando uno al lado del otro empezaron la visita. Pasaron por los baños secundarios, por el baño del rey, tiraron monedas en la piscina circular y acabaron la visita en la tienda de souvenirs.

—¿Sabes que Bath se llamaba Aquae Sulis en la época de los romanos?

Terry rompió así el silencio que se había instalado entre ellos desde hacía rato. No lo hizo porque fuera un silencio incómodo, sino todo lo contrario, y como eso lo aterrorizaba, intentó volver a la situación inicial. Empezó a contarle la historia romana de Bath y fue apartando la mano despacio. Candy lo escuchó con atención, pero no porque le interesara enormemente lo que estaba diciendo, sino porque intentaba entender cómo hacía ese hombre para alterarla de ese modo. Habían pasado dos horas mágicas. Candy había recorrido casi la mitad de las ruinas con el brazo de él sobre su hombro; y recordaba lo bastante de los hombres como para reconocer cuándo uno se sentía atraído por ella. Y ahora, allí estaba él, contándole la historia de Bath como si fuera un presentador de National Geographic.

—¿Qué te ha parecido? ¿Te ha gustado la visita? —preguntó Terry al final de su clase magistral.

—Sí, mucho. —Aunque lo que más le había gustado a Candy había sido que, durante un rato, Terry había sonreído, recordándole al chico de todos aquellos veranos—. Me gustaría comprarme una postal, ya sabes, no dejo de ser una turista. ¿Te importaría? —Candy le sonrió.

—No, sólo que no tenemos mucho tiempo. Compra la que quieras y luego iremos a recoger a Nana para salir a cenar. ¿Te apetece eso o prefieres quedarte en casa?

—No, no. Lo de la cena suena genial. Así podré sonsacar a tu abuela sobre tus aventuras de adolescente. Seguro que fuiste tan malo como Albert —dijo ella sonriéndole de nuevo.

Su sonrisa era fulminante. Cada vez que Terry la veía, tenía ganas de besarla, y como esa opción estaba descartada, optó por ser seco. Así aprendería a no utilizarla con él.

—Te espero en el coche —le espetó, y salió del museo dejando a Candy aún más estupefacta que antes.

Escogió dos postales, una de la terma principal, con las columnas rodeando el agua a la luz del atardecer, y otra que era una reproducción de la antigua ciudad romana en la que en un mosaico se podía leer «Aquae Sulis», y se dirigió hacia el coche, que ya estaba en marcha.

Llevaban sólo un par de minutos circulando cuando Candy se durmió. Había sido un día largo, y la noche anterior tampoco había dormido mucho; demasiadas emociones. Al verla dormida, Terry se relajó; ya no sabía cómo actuar. A lo largo del día había pasado por diferentes fases, seguro que parecía un lunático. Había momentos en que pensaba que podía tratarla como a una hermana, pero cuando su vista se desviaba hacia sus labios, se le aceleraba el pulso y se moría de ganas de hacer algo al respecto. Luego se acordaba de cómo había mirado esa foto de él con Nana, y pensaba que eso era imposible. Una mujer como Candy se merecía algo mejor. Por no hablar de lo que le haría Albert si le hacía daño a su hermana. El peor momento del día había sido, sin duda alguna, cuando su abuela le había dicho que ella era «ella». Maldita Nana. Se había olvidado de que su abuela tenía una memoria de elefante, y de que hacía años, en un momento de locura, le había contado la fascinación que sentía por la hermana de su mejor amigo. Sin duda, la CIA podría aprender de las técnicas de interrogatorio de Nana. Por suerte, esa fascinación infantil ya no existía, y Candy nunca se había dado cuenta de nada. Ahora, lo único que pasaba era que estaba cansado, tenía demasiado trabajo y necesitaba dormir.

Terry, Candy y Nana fueron a cenar a un bullicioso restaurante situado en un edificio antiguo del casco histórico de la ciudad. La cena fue muy agradable, Nana le contó a Candy un par de travesuras que Terry había cometido de niño y logró que él se relajara y se sonrojara. A cambio, Candy le contó las trastadas que él y su hermano mayor habían hecho durante los veranos que pasaron juntos en Chicago. Terry se sonrojó aún más, pero en un par de ocasiones se rió a carcajadas.

—Hacía tiempo que no te veía tan contento —señaló Nana.

—No exageres —respondió él un poco a la defensiva.

—No exagero. Ya no me acordaba de que cuando sonríes se te marcan hoyuelos. —Su abuela le acarició cariñosa la mejilla.

—Yo nunca podría olvidarlo. —Al darse cuenta de que lo había dicho en voz alta, Candy se puso un poco nerviosa.

—¿Te ha gustado la visita a las termas? —le preguntó Nana a Candy guiñándole el ojo y fingiendo no haber oído ese último comentario.

—Sí, mucho —contestó ella sin mirar a Terry, que parecía un poco confundido—. Es impresionante que los romanos levantaran todo eso hace tantos siglos. Seguro que las construcciones de hoy en día no aguantarían lo que han resistido esas piedras.

—Seguro que no —comentó Terry, que ya se había recuperado.

—Bueno, niños, deberíamos pedir la cuenta e irnos a casa. Yo ya no tengo edad para estos trotes.

Terry hizo un gesto al camarero y, antes de que ninguna de las dos pudiera hablar, pagó la cuenta. Fueron paseando hasta casa de Nana. La noche era muy cálida para ser sólo principios de primavera, y habían decidido ir a pie hasta el restaurante.

—Terry, no sé si te lo había comentado, pero estoy repintando la habitación que da al jardín, así que Candy y tú tendrán que compartir tu habitación.

—¿Qué? —preguntaron al unísono los dos afectados.

—No te preocupes, tu habitación tiene dos camas, y supongo que no les molestará; al fin y al cabo son casi hermanos —añadió Nana con picardía. Estaba convencida de que si no le daba un empujoncito, su nieto nunca acabaría de decidirse.

—No, en absoluto —contestó Candy sin levantar la vista del suelo—. Pero yo puedo dormir en cualquier lado, incluso en el sofá.

—No digas tonterías —le dijo Terry—. Si alguien tiene que dormir en el sofá seré yo. Tú pareces cansada, y necesitas dormir.

—No voy a permitir que duermas en el sofá. ¡Tú mides casi dos metros, y ese sofá apenas tendrá un metro y medio! —Candy levantó la vista, pero no miró a Terry.

—No mido dos metros y si digo que voy a dormir en el sofá, es que voy a dormir en el sofá. —Terry se detuvo en medio de la calle.

—Niños, niños. —Nana intentó disimular la sonrisa que dibujaban sus labios—. No discutan. Los dos pueden dormir en una cama. Lo único que tienen que compartir es la habitación, nada más. Ni que eso los obligara a contraer matrimonio.

—Tienes razón, Nana. Discúlpame, Candy. —Terry se pasó la mano por el pelo—. Supongo que yo también estoy cansado.

—No, perdóname tú —dijo Candy avergonzada—. Supongo que he leído demasiados libros románticos de época —añadió, en un intento de aligerar la situación.

Nana sonrió e intervino de nuevo:

—Bueno, como ya está solucionado, no veo ningún inconveniente para que no continuemos. Tengo ganas de acostarme; yo, a mi edad, necesito mis horas de sueño.

Dicho eso, los tres echaron a andar y, pasados pocos minutos, llegaron a casa. Nana les dio las buenas noches y se fue a su habitación. Candy y Terry se quedaron solos, mirándose el uno al otro sin saber qué decir. Al final, fue Terry quien rompió el silencio:

—Ponte tu pijama y acuéstate, yo aún no tengo sueño. —Pero el bostezo que no pudo controlar lo traicionó—. Me quedaré aquí, leyendo un rato.

—No seas testarudo —dijo Candy—. Me pongo la pijama en el baño y los dos nos acostamos. Vamos, te prometo que tu virtud no corre ningún peligro conmigo.

Le sonrió y se dirigió a la habitación para tomar sus cosas y cambiarse.

—Pero la tuya sí corre peligro conmigo —susurró Terry para sí mismo, y no pudo evitar preguntarse qué le estaba pasando. A él no solían gustarle las chicas dulces, con sonrisas que hacen que tiemblen las piernas y ojos verdes capaces de engullirlo a uno. Terry hizo un esfuerzo por recordar que Candy era la hermana de su mejor amigo, y que Albert era cinturón negro de un montón de artes marciales. Con Candy no se jugaba.

Finalizado su auto sermón, se frotó la cara con las manos y se dirigió al dormitorio.

CONTINUARA...


Hola! Pues aquí les dejo un nuevo capítulo de esta linda historia, se acerca lo mejor...

Saluditos y mil gracias por seguir esta historia.

Gracias por sus reviews.. se los agradezco infinitamente.

besos