los personajes de esta historia no me perteneces son creacion de Rumiko Takahashi, la historia tampoco me pertenece solo la adapto a inuyasha (no hay fines de lucro en esta historia):D


§:§:§:§: Capitulo 3 §:§:§:§:§:

Kagome se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta de seda color ámbar, Armani, ni más ni menos, y se estremeció. Más por aprensión que por el frío de ese día de enero.
¿Qué pensaría su padre de como iba vestida? El tren llegaba tarde. Después de una semana en Londres, la había llamado la noche anterior para que lo fuera a recoger a la estación.

El viaje había sido una pesadilla. Odiaba conducir por la noche y, para empeorar sus nervios, no dejaba de pensar en qué opinaría su padre de su nueva imagen. ¿Lamentable, quizás? ¿O simplemente de risa? No era que la reacción de su padre la preocupara mucho, pero le daría una buena indicación de lo que podría pensar Inuyasha.

¡Y todo por culpa de Sango!
A mitad de la semana había llegado a su casa y había llamado a golpes a la puerta como si alguien la persiguiera.

—Me he tomado unos días libres para ayudarte, Kag. Tenemos que arreglarlo todo. Quedan diez días para la boda y seguro que no has pensado todavía en lo que te vas a poner. ¿Dónde está tu padre?

— En Londres para toda la semana.

— Muy bien. Es allí a donde vamos y, si él está fuera, no tendremos que perder tiempo explicándole lo que estamos haciendo o, conociéndote, pidiéndole permiso para hacerlo. Lo único que tienes que hacer es tomar las tarjetas de crédito y cerrar la puerta.

— ¡Estás loca!

—No. Lo que soy es una especie de hada madrina. Te van a arreglar y seguro que te va a gustar. Y aunque a tí no te guste, seguro que a Inuyasha sí.

—Me ha propuesto matrimonio tal como soy. Ni más ni menos.

—Y todo por jugar bien tus cartas. ¿Recuerdas que te lo dije? —dijo Sango sonriendo — Pero tu transformación será la guinda de la tarta para él. ¿No te he dicho siempre que podrías ser realmente preciosa si quisieras y dejaras de vestirte como tu abuela? Ahora te voy a demostrar que tengo razón.

Los tres días que habían pasado en Londres la habían dejado con una mezcla de emociones. Había vuelto a su casa el día anterior por la tarde, con un montón de ropa, cosméticos, el cabello mucho más corto y un buen agujero en su cuenta corriente.
Entonces había sido cuando empezó a tener serias dudas. Sin el entusiasmo de su amiga estaba empezando a dudar de que hubiera hecho bien.
Era cierto que se sentía mejor con el cabello cortado a la altura de la barbilla. También tenía mejor aspecto. Era más brillante y su color era de un castaño más acentuado.
Pero no estaba nada segura de la ropa que se había visto arrastrada a comprar. Nada en absoluto. No se sentía como ella misma. Inuyasha queria una esposa tranquila y no molesta para las reuniones de negocios, para que las demás mujeres dejaran de tratar de ligar con él, ya que después del fiasco con Kikyo, estaba harto de ellas. ¿Se arrepentiría de haberla propuesto matrimonio cuando la viera así? Se miró los pantalones de cuero color crema, las botas de caña alta con tacón que hacían que sus piernas parecieran más largas y elegantes de lo que eran realmente y se estremeció.

Y si él ya no se quería casar, ¿sería eso tan malo? Posiblemente se había pasado con su reacción a que su padre no le hubiera dicho nada de sus planes para el futuro, pensó. Ella había puesto toda su futura felicidad en juego cuando había accedido a una relación tan estéril con un hombre que nunca podría amarla.
Eso no sería tan malo si ella tampoco lo pudiera amar a él. Pero el caso era que lo amaba.

Cuando el tren llegó por fin, los pasajeros salieron , al ver a su padre, echó atrás los hombros y esperó. Habría pasado a su lado sin reconocerla si no le hubiera tocado el brazo.
Entonces ella le dijo:

—Podías haberme llamado por el teléfono móvil para advertirme de que el tren llevaba una hora de retraso. Y, a no ser que quieras formar parte de las estadísticas de accidentes de carretera, es mejor que conduzcas tú de vuelta a casa.

Ginta la miró con los ojos muy abiertos.
—¿kag? Cielo santo. No te había reconocido. ¿Qué te has hecho? No es propio de ti vestirte con colores así de alegres. ¡Pareces una desconocida! Y no te has comprado esa ropa en una tienda de por aquí...

—Sango y yo nos fuimos de compras a Londres.

Su padre estaba sonriendo ahora. ¿Es que parecía graciosa? Debía ser. Él nunca antes había dicho nada de su ropa.

— Debería haberme dado cuenta de que ella estaba detrás de todo esto. ¿Y tu cabello? Te lo has cortado un poco, ¿no? Luego empezó a caminar.

— Vamos a movernos. Hace frío aquí.

— ¡Eso dímelo a mí!

La tenue confianza en sí misma que le había proporcionado Sango se estaba esfumando a toda prisa. Por suerte, su padre se puso al volante del coche. Él no valoraba mucho su habilidad como conductora, como Inuyasha. Kagome se sentó en el asiento del pasajero y se sumergió en sus oscuros pensamientos.
Irse de compras a Londres había sido un desperdicio de tiempo y dinero. No debería haber permitido que Sango la convenciera de tratar de transformarse en algo que no era. Lo único que podía hacer ahora era poner la ropa que se había comprado en lo más recóndito de su armario y volver a llevar la de siempre, con la que se sentía
cómoda.
Y otra cosa que podía hacer era llamar a Inuyasha. Esa misma noche. Y decirle que se lo había pensado mejor y que ya no quería casarse.
Se dijo a sí misma que era lo único que podía hacer. No se podía imaginar qué era lo que la había hecho aceptar esa proposición.
Pero sí que podía. Por supuesto que podía, pensó mientras esperaba a que su padre metiera el coche en el garaje de la casa. Cuando su padre le había contado a Inuyahsa sus planes de futuro, la había pasado por alto a ella por completo, como si ni siquiera existiera.
Se había sentido abandonada y traicionada, como cuando su madre los dejó. Eso había hecho que casarse con Inuyasha, aunque fuera por conveniencia, le hubiera parecido un paraíso de seguridad. Un paraíso del que no iba a formar parte. Podía mantenerse por sí misma. Podía viajar, dar clases. Con su curriculum podía encontrar trabajo con facilidad como profesora de idiomas. Ella no era la criatura poco práctica que todo el mundo parecía creer que era.

— Creo que tienes algo que decirme — le dijo a su padre cuando estuvieron dentro de la casa.

— ¿Sí?

—Eso creo. Acerca de tu jubilación, de tu intención de dejarme las acciones de la empresa, de comprarte un piso para ti y la señora Kaede. ¿Te refresca eso la memoria?

Ginta pareció sentirse incómodo.

— Ah — dijo— Así que Inuyasha te lo ha dicho. Te lo habría contado yo...

— ¿Cuándo? ¿Cuando vinieran los nuevos dueños y por fin te acordaras de que existo? ¿Cuando te dieras cuenta de que no me podías dejar aquí como un mueble viejo?

Si fuera posible, él pareció más incrédulo que en la estación cuando la vio con su nuevo aspecto. No estaba acostumbrado a que se le enfrentara de esa manera.

— ¡Nada de eso! Mira, vamos a hablar de esto mientras nos tomamos un chocolate caliente. Me gustaría acostarme pronto y, mientras lo tomamos, te lo explicaré todo.

Se dirigieron a la cocina y Kagome tomó una botella de vino blanco que les había sobrado de las navidades. Le apetecía algo más fuerte que la ritual taza de chocolate antes de acostarse.
Ginta levantó una ceja, pero no dijo nada, solo se preparó el chocolate. Cuando lo hubo hecho, vio que su hija lo estaba mirando casi agresivamente.

—Siéntate, Kagome. No quería que te sintieras como si te dejara fuera de mis planes.

—¿Entonces por qué me siento así?

Lucía realmente cansado y, normalmente, ella no era muy dada a esa clase de enfrentamientos.
Se sentó con él a la mesa y añadió:

—¿Has llegado a una decisión firme con respecto a mudarte?

—Sí. Pero solo hace un par de días, cuando encontré el piso ideal. Dado que el médico me ha dicho que me tome, las cosas con más calma... No, no es nada preocupante — dijo él cuando vio la cara de Kagome —.Problemas con la tensión arterial, nada que no se pueda solucionar. Pero eso me hizo pensar. Inuyasha es más que capaz de
llevar la empresa sin mi ayuda. Se la podría vender, pero prefiero que las acciones sean tuyas para que permanezcan en la familia. Naturalmente, hablé con él de esto. Y ya llevamos demasiado tiempo en esta casa tan grande. Se lo comenté a la señora Kaede. Nada definitivo, por supuesto. Un apartamento en Londres le facilitaría
bastante la vida a ella. Cerca de las cosas que hacen la vida más agradable. Kaede y yo compartimos algunos intereses, la ópera, el teatro, visitar museos, los restaurantes italianos, cosas como esas. Y eso significaría también más vida social para ti, pensé. Tú te pasas mucho tiempo sola aquí. Y luego Inuyasha y tú dejasteis caer la bomba de vuestra boda. Lo que hasta entonces habían sido solo vagas ideas, se transformaron en algo más sólido. Así que me he pasado esta semana en Londres buscando un apartamento, y reuniéndome con los abogados de la empresa para pasarte a ti mis acciones y demás. No te había mencionado nada de esto, no porque me hubiera
olvidado de ti, sino porque no había nada definitivo. Tú no eres precisamente la persona más práctica que conozco, sé que eres feliz cuando estás concentrada en tu trabajo. No quería decirte nada que te afectara hasta que realmente estuviera decidido.

—Creías que me pondría histérica o algo así,¿no?

Al parecer, todo el mundo tenía una opinión muy poco halagüeña de ella. Y, si duda, se la había ganado. Bueno, pensó, las cosas iban a cambiar. Ella iba a cambiar.

Terminó su vino y se sirvió otro vaso. Abrió la boca para decirle a su padre que no se iba a casar con Inuyasha, pero no lo hizo porque pensó que tenía que decírselo antes al mismo Inuyasha.

—¿Así que has encontrado un apartamento aceptable para Kaede y tú?

¿Había algo más en todo eso de lo que saltaba a la vista? La señora Kaede llevaba años con ellos, desde que la madre de Kagome se había visto tan afectada tras la muerte de su hijo pequeño. Tenía uno o dos años menos que su padre, era viuda y una mujer muy capaz y aún atractiva, amable y cariñosa. Sería maravilloso si se casaran.
Su padre se merecí feliz después de todos esos años de soledad.

—Sí. Está a unos diez minutos andando de la casa de Inuyasha, así que nos podremos ver muy a menudo cuando te cases. ¿Vistaste a Inuyasha cuando estuviste con Sangoen Londres?

—No.

Lo cierto era que lo único que había sabido de él desde que se marchó fue por sus llamadas para poner al corriente de como iban los preparativos para la boda, que iba a ser civil y sin luna de miel, lo que era comprensible dado que los dos sabían que iba a ser un matrimonio de conveniencia.

— No puedo decir que no me sintiera encantado cuando Inuyasha me dijo que se iban a casar. Supongo que todo padre desea ver casada a su hija con un hombre que tiene toda su confianza. Pero hasta recientemente él estaba comprometido con esa desagradable mujer. Por supuesto, debéis haber hablado de eso. ¿Pero estás segura
de que él te puede hacer feliz?

Podría si la amara, pensó Kagome. Podía hacer de ella la mujer más feliz del mundo. Pero no la amaba y llevar su anillo la podía hacer la mujer más infeliz. Eso lo sabía ella ahora. Pero ya habría tiempo por la mañana de decirle a su padre que no se iba a casar, después de haber hablado con Inuyasha.

—Deja que sea yo la que me preocupe por eso —dijo evasivamente—.¿Por qué no te acuestas? Dijiste que querías hacerlo temprano y ya son las diez.

Y ella necesitaba tiempo para reforzar su decisión de llamar a Inuyasha y decirle que no se podía casar con él, explicarle que sería malo para los dos. A pesar de lo que él le había dicho, era un hombre normal, con todas las necesidades que ello implicaba.
Tarde o temprano, se vería enfrentado a alguna tentación que encontraría imposible de resistir. Conocería a alguna mujer hermosa que lo haría olvidarse de lo que había dicho de que no cedería a esas cosas. Y si sucumbía a la tentación, luego se sentiría culpable con ella por haberle hecho una promesa imposible de cumplir, así que sufriría porque era un hombre honorable. Y ella sufriría también. Insoportable.

Largo rato después de que su padre se hubiera acostado, ella seguía dándole vueltas a la cabeza cuando oyó abrirse la puerta de la calle. El sonido de la voz de Inuyasha la sorprendió enormemente.

—Así que estás aquí. Estaba preocupado. No has respondido a mis llamadas, Kagome.

La voz le falló y Kagome lo miró. Enmarcado en la puerta por la oscuridad de la noche exterior, parecía misterioso, peligroso y estaba tremendamente atractivo.
¿Cómo podía decirle que no se iba a casar con él cuando lo adoraba con todo su ser?
Sí, podía.. Sabía que tenía que hacerlo.
Él la miró de arriba abajo lentamente. Como si no la hubiera visto nunca antes, como si lo que veía lo hubiera embobado. Como si realmente le gustara lo que estaba viendo. ¡Era evidente por su expresión que no encontraba su transformación patética o divertida!
Por primera vez la estaba viendo como una mujer de verdad. ¿Una mujer deseable?. Esa certeza floreció con fuerza en el corazón de Kagome. Sus buenas intenciones desaparecieron repentinamente. No iba a renunciar a él. ¿Cómo podía haber pensado algo tan derrotista? El deslizarse de la mirada de él por su cuerpo era como el contacto físico de un amante.

El interés sexual era algo sólido y esperanzador por donde empezar. Tal vez, con el tiempo, Inuyasha se enamorara de ella. Sin apartar la mirada de ella, Inuyasha cerró la puerta. Kagome, vestida así, sin la ropa sin forma que solía llevar, era una revelación. Metro sesenta de perfección esbelta y curvilínea. Todo mujer y más aún. La ansiedad que lo había llevado hasta allí esa noche se transformó en algo mucho más agudo que la preocupación acerca del bienestar de otro ser humano, algo que no podía nombrar.

—¿Dónde estabas? —le preguntó secamente hasta para él mismo, pero no lo pudo evitar.

Ella no le había devuelto ni una sola de sus llamadas durante los últimos días y, evidentemente, no tenía la gripe ni se había roto una pierna cayendo por las escaleras. Estaba claro que había salido y se había deshecho de su ropa habitual aprovechando que no estaban ni su padre ni el ama de llaves.

¡Sí! Pensó Kagome conteniéndose para no agitar un puño en el aire. Él sonaba como un marido suspicaz. ¡Incluso celoso! Le dedicó una lenta sonrisa y bajó las pestañas. Inuyasha se acercó

—Te he dejado unos mensajes, pero no te has molestado en contestarlos. Cuando esta tarde volví de un viaje a York te volví a llamar y tampoco respondiste. He venido porque estaba preocupado. ¿Dónde has estado?

Esa sonrisa estaba haciendo que le subiera la tensión arterial. Los sutiles tonos bronceados del lápiz de labios expertamente aplicado hacían que sus ya hermosos dientes fueran de un blanco casi imposible y su generosa boca tremendamente lo que él sabía, ella nunca había vestido así.

Kagome pensó que Inuyasha estaba más que sorprendido. ¡Estaba hasta enfadado!. En todo el tiempo que lo conocía él había mostrado ninguna emoción salvo un afecto fraternal hacia ella.

¡Lo estaba consiguiendo!

— Esta tarde has debido llamar cuando había ido a recoger a mi padre a Lewes. Y antes de eso, Sango y yo nos fuimos a Londres de compras.

Y gracias a Dios, había estado tan excitada con esas compras como para no haber oído los mensajes durante las veinticuatro horas que llevaba en casa, ya que si no, lo habría llamado y le habría dicho que no se casaría con él.

—Lamento haberte preocupado, pero como ves, no debiste hacerlo. Ha sido un detalle por tu parte tomarte la molestia de venir a ver si me pasaba algo. Ahora ven a la cocina, te haré algo de cena y luego te podrás acostar. No querrás volver a Londres esta misma noche, ¿verdad?

Algo le estaba corriendo por las venas a ella. Pura excitación, la certeza de que, gracias a lo pesada que se había puesto Sango, Inuyasha la iba a ver como una mujer de carne y hueso por primera vez en su vida. Y eso era algo sobre lo que ella podía construir una relación, si era lo suficientemente paciente o lista. Lo que fuera, por
primera vez en su vida se sentía gloriosamente liberada, invulnerable.

Inuyasha la siguió apretando los dientes, con los ojos fijos en el trasero de Kagome, tan resaltado por esos pantalones de cuero.
¿Cuándo y cómo su vieja amiga kag había sufrido un cambio tan espectacular, de tranquilo ratón de biblioteca a una mujer que podía hacer que cualquier hombre de sangre caliente tuviera esa repentina subida del nivel de testosterona?
El cómo y poco exigente matrimonio de conveniencia que le había propuesto iba a costarle más de lo que se había imaginado. Pero era a eso a lo que ella había accedido, lo que esperaba, y si él no estaba dispuesto a renunciar, entonces era así como iba a tener que ser.
Al tiempo que se tomaba un whisky sentado a la mesa de la cocina y, mientras ella le hacía una tortilla, se dijo a sí mismo que no debería ser demasiado difícil. Dado que había decidido renunciar a todas las mujeres, no debía resultarle difícil en absoluto.
Además, esa amiga de ella seguro que la había obligado a comprarse esa ropa, revelando de paso que Kagome tenía un cuerpo muy bonito, pequeño pero perfectamente proporcionado. Cuando ella estuviera instalada en su casa, y él ya le había dicho que se podía instalar en la habitación que quisiera, volvería a su antiguo ser con seguridad. Sin la presión de Sango, Kagome volvería a enterrar la nariz en su trabajo y se vestiría de nuevo con sus ropas habituales. Así se restauraría la normalidad, y eso él lo podría soportar bien. No había problema.
No había problema en absoluto.