Esta historia pertenece a Linda Howard, al terminar dire su nombre real. Los nombres y descripciones de algunos personajes perteneces a Stephenie Meyer.

El libro contiene desde los primeros caps un alto contenido sexual, por lo que si lo leen, ES BAJO SU PROPIO RIESGO :)

Gracias a Angie Masen por sus correcciones y a las chicas que han leido y dejado RR por esta y la otra de las historias y agregarla como favorita y/o alerta

XOXO

Dhampi


Asesinato

27 de abril, 1996

Un rugido retumbante anunció al vecindario que Seth Clearwater acababa de llegar a casa desde la escuela. Conducía un Chevelle 1966, morosamente restaurado para que consumiera toda la gasolina de sus ocho cilindros de potencia.

La carrocería era de una multitud de colores diferentes, ya que cada parte se había cogido de distintos cadáveres de Chevelle, pero cuando alguien hacía algún comentario sobre el automóvil multicolor, Seth respondía malhumorado que estaba "trabajando en él". La verdad era, que el exterior no le molestaba. Sólo se preocupaba de que el automóvil funcionara igual que cuando era nuevo, cuando algún tipo con suerte, un machote había emocionado a cada chica de los alrededores con su rugido de potencia. Un masculino instinto, turbio y primitivo le hacía estar seguro de que esos caballos de potencia superarían su imagen de empollón, y todas las chicas acudirían a su lado, queriendo pasear en su súper coche. Claro que aún no había sucedido, pero Seth no había perdido la esperanza.

Cuando el retumbar del automóvil se alejó de su casa y dobló la esquina,

Bella Swan dio apresuradamente un último mordisco al estofado que había preparado para la cena.

—Seth está en casa —dijo ella, levantándose de la mesa.

—No me digas —bromeó Mike. Le guiñó un ojo mientras ella cogía la caja que contenía su ordenador portátil y la multitud de papeles que había traducido. Los lados de la caja de cuero flexible abultaban hacia afuera, tan apretados estaban de notas y disquetes. Antes había desconectado el módem, envuelto los cordones alrededor, y lo había puesto en lo alto de la caja. La caja y el módem se balancearon en sus brazos cuando se inclinó para alcanzar la boca de Mike Su beso fue breve, pero cálido.

—Llevará probablemente un par de horas, por lo menos —dijo ella—. Cuando averigüe cuál es el problema, quiere mostrarme unos programas nuevos que tiene.

—Solían ser grabaciones —Murmuró su hermano Jacob—. Ahora son los programas. —Los tres tomaban la mayoría de sus comidas juntos, una conveniencia que a ellos les gustaba. Cuando Jacob y Bella habían heredado la casa de sus padres, ellos la convirtieron en un dúplex; Bella y Mike vivían en un lado, y Jacob en el otro. Ellos tres no sólo trabajaban en la misma fundación arqueológica, sino que Mike y Jacob habían sido los mejores amigos desde el colegio. Jacob había presentado a Mike y Bella, y todavía se daba de bofetadas a sí mismo por el resultado de esa presentación.

—Sólo estás celoso porque tú no puedes piratearlo —dijo Bella con cara de póquer, y Jacob soltó un gemido en broma.

Sus manos estaban ocupadas, así que Mike se levantó a abrirle la puerta de la cocina para que ella pudiera pasar. Se inclinó para volver a besarla.

—No te emociones con los programas de Seth y pierdas la noción del tiempo —le advirtió mandándole un mensaje privado con sus ojos color cielo, que incluso después de ocho años de matrimonio todavía la estremecían.

—No lo haré —le prometió y salió por la puerta sólo para pararse en el primer escalón.

—He olvidado mi bolso.

Mike lo recogió del armario y le pasó la correa por la cabeza.

—¿Para qué necesitas el bolso?

—La chequera está dentro —dijo ella, apartando de sus ojos con un soplido un mechón de pelo. Ella siempre le pagaba a Seth las reparaciones, aunque él lo habría hecho gustosamente, sólo por el placer de piratear el ordenador de otro. Su equipo era caro, y era más hábil que cualquiera que ella hubiera visto en compañías de software o de ordenadores. Merecía que le pagasen.

—Probablemente le compraré una pizza.

—Con lo mucho que come ese chico, debería pesar cuatrocientos kilos —observó Jacob.

—Tiene diecinueve. Por supuesto que come mucho.

—Creo que yo jamás he comido tanto. ¿Qué piensas, Mike? ¿Cuándo estábamos en el colegio, comíamos tanto como Seth?

Mike le dirigió una mirada incrédula.

—¿Tú me preguntas eso? ¿El tipo que una vez se comió trece crepes y medio kilo de salchichas para desayunar?

—¿Yo? —Dijo Jacob frunciendo el ceño—. No lo recuerdo. ¿Y qué me dices de ti? Te he visto comer cuatro Big Macs y cuatro raciones grandes de patatas de una sentada.

—Los dos coméis como si tuvierais la solitaria — dijo Bella, cerrando la discusión mientras bajaba las escaleras. Ella aún escuchaba su rica risa cuando Mike cerró la puerta detrás de ella. El césped grueso y resistente amortiguaba sus pasos mientras atravesaba su patio trasero, luego atajó por el césped crecido en exceso de los Murchisons. Ellos se habían ido un mes de vacaciones a Carolina del Sur, y no volverían hasta el fin de semana. Era una lástima; con el tiempo cálido y primaveral se habían olvidado de su hogar. Había sido un abril extraordinariamente caluroso, y la primavera había estallado en Minneapolis. El césped era verde y frondoso, los árboles echaban sus hojas, las flores estaban saliendo. Aunque el sol se había puesto y sólo quedaban vestigios del crepúsculo, el aire de la tarde era cálido y oloroso. Bella inhaló con profundo placer. Le encantaba la primavera. Le encantaban todas las estaciones, porque cada una de ellas tenía sus encantos. Seth Clearwater estaba parado en la puerta posterior, esperándola.

—¡Hola! —dijo él en un alegre saludo. Siempre se ponía contento con la perspectiva de poner sus manos sobre los portátiles. No había encendido la luz.

Bella entró en el oscuro lavadero, pasando a través de la cocina. Sue Clearwater, la madre de Seth, estaba metiendo una bandeja de rosquillas en el horno. Ella le dirigió una sonrisa.

—Hola, Bella. Tenemos chuletas de cordero esta noche; ¿te gustaría unirte a nosotros?

—Gracias, pero acabo de comer —le gustaba Sue, que era una acomodada cincuentona, con ligero sobrepeso, y la completa comprensión por la obsesión de su hijo con los gigabytes y las placas madres.

Físicamente, Seth era como su padre, Harry: alto, delgado, con el pelo oscuro, ojos cafés miopes, y una prominente nuez que se movía en su garganta.

Seth no podía parecerse más al prototipo de empollón loco por los ordenadores ni aunque hubiera tenido las palabras escritas en la frente.

Recordando su apetito, Bella dijo:

—Seth, esto puede esperar hasta después de que comas.

—Cogeré un plato y me lo llevaré arriba —dijo, cogiendo la caja en sus brazos y acunándola amorosamente—. ¿Te parece bien, verdad mamá?

—Por supuesto. Id y divertíos — Sue dirigió su sonrisa serena a los dos, y Seth inmediatamente corrió fuera de la cocina y subió las escaleras, llevando su premio a su guarida electrónica.

Bella lo siguió en una marcha más lenta, pensando mientras subía las escaleras que realmente necesitaba perder los diez kilos extras que había cogido desde que ella y Mike estaban casados. El problema era, que su trabajo era muy sedentario; una especialista y traductora de idiomas antiguos, se pasaba todo el tiempo sentada, inclinada con una lupa sobre fotos de viejos documentos, y muy ocasionalmente los papeles reales en sí mismos, pero en su mayoría ellos eran demasiado frágiles para ser manipulados. El resto del tiempo trabajaba sobre el ordenador, usando un programa de traducción que ella y Seth habían mejorado.

Era difícil quemar muchas calorías haciendo un trabajo intelectual.

Un poco antes, había estado haciendo justo eso, tratando de acceder a la biblioteca de la universidad a descargar alguna información, pero el ordenador no había obedecido sus comandos. No estaba segura de si era un problema con el portátil en sí mismo, o con el módem. Había pillado a Seth en su casa durante el almuerzo, y se había puesto de acuerdo con él para que echase un vistazo cuando las clases acabaran ese día.

El retraso casi la había vuelto loca de frustración. Estaba fascinada con el lote de documentos que había traducido para su jefe, la Fundación Amaranthine Potere, una enorme fundación arqueológica y de antigüedades. Siempre le había encantado su trabajo, pero esto era especial, tan especial que estaba casi asustada de creer que sus traducciones eran correctas. Se sentía casi... atraída, atrapada en los documentos de una forma que no había sucedido nunca antes. La noche anterior, Mike le había pedido que le dijera que contenían los documentos, y ella le había hablado renuentemente un poco sobre ellos, tan sólo el tema. Normalmente hablaba con Mike con total libertad de su trabajo, pero en este caso era diferente.

Sentía algo tan fuerte por estos extraños y antiguos documentos que era difícil explicarlo con palabras, y por eso había tratado de no darles mucha importancia como si no fueran particularmente interesantes. Sin embargo, eran... especiales, de una manera que todavía no comprendía del todo. Había traducido menos de una décima parte, y el potencial le había vuelto medio loca de anticipación, arremolinándose más allá de la comprensión, como un puzle con sólo el borde hecho. En este caso, aunque, ella no tenía idea del aspecto que tendría una vez acabado, no podría parar hasta que lo supiera. Alcanzó la cima de las escaleras y entró en la habitación de Seth. Era un laberinto de cables y equipos electrónicos, con el espacio suficiente simplemente para su cama. Había cuatro líneas telefónicas distintas, una al lado de un portátil y dos con dos ordenadores de sobremesa que tenía, y en otra en un fax. Dos impresoras compartían las tareas de impresión de los tres ordenadores. Uno de los ordenadores estaba encendido, mostrando un juego de ajedrez en el monitor. Seth lo miró, gruño, y usó el ratón para mover un alfil. Estudió los resultados por un momento, antes de cliquear con el ratón y volver su atención al misterio que tenía entre las manos. Empujó una pila de papeles hacía un lado y puso otro sobre la cama.

—¿Qué pasó? —preguntó cuando abrió la caja y le quitó el portátil.

—Nada —dijo Bella, tomando otra silla y contemplando como él velozmente colocaba los cables de la fuente de alimentación y el módem, y los enchufaba. Lo encendió y el equipo volvió a la vida, la pantalla parpadeando con un pálido azul—. Trate de entrar en la biblioteca de la universidad esta mañana, y no pasó nada. No sé si es el ordenador o el módem.

—Lo averiguaremos ahora mismo. —como conocía la configuración de su equipo tan bien como ella, hizo clic en el icono que quería, lo abrió y volvió a hacer clic sobre el icono del teléfono. Marcó el número de la biblioteca electrónica de la universidad, y diez segundos después estaba en ella—. El módem —anuncio él. Sus dedos prácticamente temblaban mientras ellos revoloteaban sobre las teclas—. ¿Qué deseas?

Ella se inclinó, acercándose más.

—Historia medieval. Las Cruzadas, específicamente.

Él fue bajando por el índice de documentos.

—Ese es —dijo Bella, y él lo seleccionó con el ratón. El índice llenó la pantalla.

Él se alejo.

—Aquí lo tienes, todo tuyo, mientras voy a tratar de averiguar qué es lo que pasa con el módem.

Ella se puso frente al ordenador, y él encendió una lámpara sobre el escritorio, empujando con un gesto mecánico sus gafas hacia arriba sobre su nariz antes de comenzar a desmontar el módem. Había varias referencias a las órdenes religiosas militares de la época, los Caballeros Hospitalarios y los Caballeros Templarios. Eran los Templarios los que la interesaban. Seleccionó el capítulo adecuado, y las líneas de información llenaron la pantalla. Leyó detenidamente, buscando un nombre. No aparecía. El texto era una crónica y análisis de la contribución Templaría en las Cruzadas, pero a excepción de unos pocos Grandes Maestres nadie aparecía mencionado por su nombre.

Se detuvieron brevemente cuando Sue trajo un plato lleno hasta arriba para Seth. Él estaba cerca del módem desmontado y comía feliz mientras trabajaba.

Bella volvió a la lista principal y eligió otro texto.

Algo después se dio cuenta de que Seth ya había terminado de arreglar el módem, pues leía sobre su hombro. Le costó trabajo salir del peligro y la intriga medieval, y volver al moderno mundo de los ordenadores. Parpadeó para orientarse, consciente del extraño y potente encanto de las épocas pasadas.

—¿Lo has arreglado?

—Sí —contestó distraído, todavía leyendo—. Era sólo una conexión floja.

¿Quiénes eran esos templarios?

—Eran una orden religiosa militar en la Edad Media; ¿no conoces su historia? —Él empujó sus gafas sobre el puente de su nariz y le dirigió una impenitente mueca—. La historia comenzó en 1946...

—Había vida antes de los ordenadores.

—Te refieres a la vida analógica. Prehistórico.

—¿Qué tipo de indicadores tienes en ese trasto que llamas coche?

Él la miró mortificado, avergonzado por el conocimiento de que su querido coche era muy anticuado, con indicadores analógicos en vez de digitales.

—Estoy trabajando en ello —masculló, encorvando sus hombros delgados—.

Volviendo a esos Templarios. ¿Si eran tan religiosos, por qué los quemaron en la hoguera como brujos o algo así?

—Herejía —murmuró ella, volviendo su atención a la pantalla—. La quema en la hoguera era el castigo para muchos crímenes, no sólo para la brujería.

—Antes la gente se tomaba muy en serio la religión.

Seth frunció su nariz mirando la cruda imagen electrónica de tres hombres atados a la estaca mientras las llamas llegaban hasta sus rodillas. Los tres estaban vestidos con túnicas blancas adornadas con unas cruces rojas sobre sus pechos.

Sus bocas eran negros agujeros, abiertos en gritos de agonía.

—Todavía muere gente en nombre de la religión —dijo Bella, temblando un poco mientras miraba el pequeño dibujo, imaginando el horror diáfano de ser quemado vivo—. En la Edad Media, la religión era el centro de la vida de la gente, y quien iba contra ella era una amenaza. La religión les dio las reglas de la civilización, pero era más que eso. Había tanto que no sabían, o comprendían; vivían aterrorizados por los eclipses, los cometas, por enfermedades que golpeaban sin advertir, por cosas que nosotros sabemos ahora que son normales pero que ninguno de ellos tenía forma de comprender. Imagina cuan aterrador, y mortífero, debía ser la apendicitis para ellos, o un golpe o ataque al corazón. No sabían qué sucedía, qué lo ocasionó, o cómo prevenirlo. La magia era muy verdadera para ellos, y la religión les dio un tipo de protección contra estas causas desconocidas, fuerzas terroríficas. Incluso si morían, Dios todavía cuidaba de ellos, y los espíritus perversos no ganaban.

Las cejas de él se arquearon mientras trataba de imaginarse viviendo en tal ignorancia. Estaba casi más allá de la imaginación de este hijo de la edad de los ordenadores.

—¿Les daría un ataque si vieran la televisión, no?

—Especialmente si vieran un programa de entrevistas —murmuró ella—. Ahora hay algunos espíritus perversos.

Seth rió, haciendo que sus gafas resbalaran por el puente de su nariz. Las empujó hacia arriba nuevamente y bizqueó mirando la pantalla.

—¿Encontraste lo que querías?

—No. Estoy buscando una mención de un Templario en particular, al menos, creo que era un templario.

—¿Has comprobado cualquier referencia cruzada?

Ella sacudió su cabeza.

—No conozco su apellido.

Edward de Escocia. Había encontrado ya su nombre varias veces en parte de los documentos escritos en Francés Antiguo. ¿Por qué no estaba registrado su apellido, en un tiempo en el que la familia y la herencia eran tan importantes? Por lo que llevaba traducido hasta ahora, había sido un hombre de importancia inmensa para el Temple, un Caballero, lo que quería decir que había nacido noble y no como un siervo. Una parte de los documentos estaba también en gaélico, fortaleciendo el lazo desconocido con Escocia. Había leído sobre la historia de Escocia en su enciclopedia, pero allí no había encontrado ninguna mención de un enigmático Edward, mucho menos uno contemporáneo a la existencia del Temple.

—Un callejón sin salida, entonces —dijo Seth animado, evidentemente decidiendo que habían perdido bastante tiempo por alguien que había muerto antes de la edad de los aparatos analógicos. Sus ojos cafe brillaron cuando acercó su silla un poco más—. ¿Quieres ver el divertido programa de contabilidad en el que he estado trabajando?

—No creo que las palabras divertido y contabilidad puedan ir juntas —observó Bella, manteniendo su expresión impasible.

Escandalizado, Seth la miró. Parpadeó varias veces, haciéndole parecer una grulla miope.

—¿Estás bromeando? —soltó él—. ¡Es lo más divertido! Espera hasta que lo veas, espera. Bromeas. Lo sé.

Los labios de Bella se curvaron mientras tecleaba diestramente saliendo del sistema de biblioteca de universidad.

—¿Oh, sí? ¿Cómo lo sabes?

—Siempre aprietas la boca para esconder una sonrisa —él miró su boca, entonces y rápidamente desvió la mirada, ruborizándose un poco.

Bella sintió que sus propias mejillas se sonrojaban y cuidadosamente fijó sus ojos en la pantalla. Seth sentía un poco de interés por ella, basado sobre todo en el entusiasmo por el caro y potente portátil de ella, pero en unas pocas y raras ocasiones había dicho o hecho algo que significaba que tenía conciencia de ella físicamente.

Eso siempre la desconcertaba; ella tenía treinta años, ¡por Dios!, y ciertamente no era una femme fatale por mucha imaginación que se le echara. Se consideraba a sí misma muy ordinaria, no había nada en ella que pudiera inspirar lujuria en un chico de diecinueve años, aunque Dios sabía que casi cualquier cosa femenina que respirase, podría inspirar lujuria en un muchacho de diecinueve años.

Si Seth era la viva imagen del empollón loco por los ordenadores, ella siempre se vio a sí misma como la típica académica tímida: el pelo castaño oscuro, muy liso, que ella había tratado hacía muchos años de dar volumen con rizos y que ahora llevaba estirado hacia atrás en una sola trenza gruesa; los ojos chocolates luminosos, casi negros, normalmente enmarcados por sus gafas; sin maquillaje, porque nunca había sabido como ponérselo; las ropas sensatas, tendiendo hacia los pantalones de pana y faldas vaqueras. Difícilmente era material para un sueño erótico. Pero Mike siempre había dicho que tenía la boca más besable que había visto nunca, y le aturdió que Seth hubiese mirado tan fijamente sus labios. Para distraerlo, ella dijo:

—Vale, veamos ese programa tan increíble —esperaba que el Chevelle obrara pronto su magia, y atrajera a la orbita de Seth alguna chica que supiera apreciar tanto la potencia de los coches, como los ordenadores multitarea.

Mirándola agradecido por el cambio de tema, abrió una caja de plástico, sacó el disquete, y lo metió en la unidad de disco. Bella se deslizó a un lado, dándole mejor acceso a las teclas. Él usó el ordenador para acceder al disquete en la unidad A, y con un zumbido electrónico, apareció un menú en la pantalla.

—¿Cuál es tu banco?— preguntó Seth, Bella se lo dijo, frunciendo el entrecejo mientras navegaba por el menú. Seth dirigió rápidamente el cursor al artículo que le interesaba, lo seleccionó, y la pantalla cambió nuevamente.

—Bingo —se jactó mientras aparecía un nuevo menú esta vez de servicios bancarios—. ¿Soy bueno, o qué?

—¡Eres ilegal, eso es lo qué eres!

Pasmada, Bella miró como elegía otro artículo, lo seleccionaba, y escribía:

—Swan, Isabella Marie —Instantáneamente un registro de las transacciones de cuenta de cheques aparecieron en la pantalla.

—¡Has entrado en los ordenadores del banco! Sal de ahí antes de meterte en un gran problema. ¡Lo sé, Seth! Eso es un delito. Me dijiste que habías estado trabajando en un programa de contabilidad, no una puerta de entrada a cada banco de la zona.

—¿No quieres saber cómo lo hice? —preguntó él, claramente desilusionado porque ella no compartiera su entusiasmo—. No robo ni hago nada. El programa deja que veas cuánto tiempo se tarda en tramitar cada cheque, así puedes establecer un modelo. Algunos lugares sólo hacen depósitos una vez por semana.

Así puedes conseguir manejar mejor tu dinero, si sabes cuánto tiempo van a tardar en tramitar un cheque en particular. De esa manera, si tienes una cuenta corriente de interés fijo, puedes calcular el momento en el que cargarán tus pagos a la cuenta, para que el balance promedio baje por debajo del mínimo.

Bella se lo quedó mirando, asombrada de lo retorcido e inteligente que era.

Para ella, los asuntos de dinero eran algo sencillo: ganabas X cantidad de dinero, y tenías que guardar una cantidad para los gastos futuros. Simple. Había decidido hacía muchos años que había dos tipos de gente sobre la tierra: la gente de matemáticas, y los que odiaban las matemáticas. Era una mujer inteligente; tenía un doctorado. Pero las complejidades de las matemáticas, no importaba si se trataba de un tema de finanzas o de física cuántica, nunca le habían atraído. Las palabras, sin embargo... se deleitaba en las palabras, se sumergía delirante en los matices de significados, encantada con su magia. Mike estaba incluso menos interesado en las matemáticas que ella, ese era el motivo por el que ella cuidaba la chequera. Jacob lo intentaba; leía la sección financiera del periódico, se suscribía a revistas de inversión —por si algún día tuviera suficiente dinero para invertir— pero nunca comprendía del todo la dinámica. Después de quince minutos de leer con dificultad una de sus revistas de inversión, la dejaba a un lado y cogía lo que fuera, cualquier cosa, sobre la arqueología.

Pero Seth era una persona de matemáticas. Bella no tenía dudas de que sería millonario cuando tuviera treinta años. Crearía algún programa brillante de ordenador, invertiría sabiamente las ganancias, y se retiraría feliz para desarrollar programas más innovadores.

—Estoy segura de que es un realmente beneficioso para los clientes de los bancos —dijo ella secamente—, pero aún así es ilegal. No puedes comercializarlo.

—Oh, no es para uso público, es sólo para juguetear. Pensaba que los bancos tendrían un programa de seguridad mejor, pero no he encontrado aún uno que sea un gran desafío.

Bella apoyo su barbilla en su mano y lo contempló.

—Muchacho, terminaras siendo famoso, o en la cárcel.

Él agachó su cabeza, haciendo una mueca.

—Tengo otra cosa para mostrarte —dijo con entusiasmo, mientras sus dedos se movían rápidamente sobre el teclado para salir de los registros de la cuenta corriente.

Bella miró como la pantalla cambiaba rápidamente, pasando de una pantalla a otra.

—¿No sabrán que has entrado en sus archivos?

—No con este bebé. Mira, lo conseguí mediante una contraseña legítima.

Básicamente, usé una "piel de carnero" electrónica, y ellos nunca sabrán que había un lobo escondido debajo.

—¿Cómo conseguiste la contraseña?

—Curioseando. Por más que se codifique la información, siempre hay una puerta trasera. No es que tu banco tenga una seguridad informática muy buena —dijo él clara desaprobación—. Si yo fuera tú, cambiaría mi cuenta de banco.

—Lo pensaré —le aseguró ella, con una torva mirada que hizo que él sonriera de nuevo abiertamente—. Esto es sólo parte del programa. Éste es el sistema de contabilidad. —sacó otra pantalla e indicó a Bella que se acercara. Ella obedientemente acercó su silla un par de centímetros más o menos, y él se lanzó a una explicación sobre las complejidades de su bebé digital. Bella prestaba atención, porque veía que era un buen sistema, engañosamente sencillo de ejecutar. Lo había programado para comparar la entrada actual contra entradas pasadas en la misma cuenta, para que si cualquiera accidentalmente escribía, digamos, "$115.00" en vez de "$15.00" el programa alertara al usuario que la cantidad no estaba dentro del rango anterior, y avisara de que había un error en la entrada.

—Me gusta —meditó ella. Siempre había pagado sus cuentas y hecho la contabilidad de la manera antigua, a mano y sobre el papel. Sin embargo, se sentía a gusto con los ordenadores, por lo tanto no había ninguna razón por la que no pudiera llevar su contabilidad familiar electrónicamente.

Seth sonrió satisfecho.

—Sabía que te gustaría —sus largos dedos acariciaban las teclas, instalando el programa en su disco duro—. Su nombre es Dame la pasta.

Ella gimió por lo trillado de la broma, convirtiendo el gemido en una risa.

— Hazme un favor. Cuando te atrapen por jugar con los ordenadores del banco, no les digas a los federales que tengo una copia del programa, ¿vale?

—Te lo he dicho, es seguro, por lo menos hasta que los bancos cambien todas sus contraseñas. Entonces simplemente no podrás usarlo. Aunque yo podría volver a hacerlo —presumió él—. La mayoría de la gente no podría. Así que déjame darte una lista de contraseñas.

—No quiero —dijo rápidamente ella, pero Seth la ignoró. Rebuscó en una pila de papeles y sacó tres hojas de material impresas con letra muy pequeña, que clavó en la caja de su ordenador.

—Ya está. Ahora lo tendrás si lo necesitas —él hizo una pausa, mirando en el ordenador la partida de ajedrez que estaba jugando. Su adversario había hecho un movimiento. Él estudió la pantalla, inclinó la cabeza ligeramente a un lado, y se rió ahogadamente—. ¡Ajá! Conozco esa jugada, y no funcionará.

Alegremente movió un caballo e hizo clic con el ratón.

—¿Quién juega contigo?

—No lo sé —dijo absorto—. Se llama a sí mismo Fishman.

Bella parpadeó, mirando la pantalla. No, no podía ser. Seth jugaba con alguien que probablemente había elegido premeditadamente y con malicia su nombre en la Red, para burlarse induciendo a la gente a preguntarse si sería verdad que era él. El verdadero Bobby Fischer no estaría navegando por la Red buscando juegos; podía jugar con cualquiera, en cualquier lugar, y conseguir ganar enormes cantidades de dinero por hacerlo.

—¿Quién gana normalmente?

—Estamos empatados. Él es bueno —aceptó Seth mientras volvía a enchufar su otro ordenador.

Bella abrió su bolso y sacó su chequera.

—¿Quieres una pizza? —preguntó. Su cabeza se irguió mientras él alejaba su mente del ciberespacio para verificar el estado de su estómago.

—Siempre me apetece —declaró él—. Estoy hambriento.

—Entonces llama para pedirla; esta corre de mi cuenta.

—¿Te quedas y te la comes conmigo?

Ella sacudió su cabeza.

—No puedo. Tengo cosas que hacer en casa —apenas controló un sonrojo.

Mike se habría muerto de risa si la hubiera oído. Escribió un cheque de cincuenta dólares, y sacó veinte dólares para pagar la pizza—. Gracias, compañero. Me has salvado la vida.

Seth cogió el cheque y la propina, haciendo una mueca cuando la miró.

—Seré un gran profesional, ¿no crees? —preguntó jactándose.

Bella tuvo que reír.

—Si puedes permanecer fuera de la cárcel —puso el portátil en la caja y equilibró el módem reparado en lo alto de la cremallera abierta del bolso. Seth galantemente le cogió la pesada caja y se la llevó al piso inferior. Ninguno de sus padres estaba a la vista, pero los sonidos de escopetazos y de una persecución de coche llegaban flotando desde el estudio y señalaban dónde estaban; a los dos Clearwather de mayor edad les encantaban las películas de acción del impertérrito Arnold Schwarzenegger.

La galantería de Seth llegó sólo hasta la cocina, donde la proximidad al alimento le recordó la pizza que aún no había pedido. Bella le cogió la funda del ordenador mientras él descolgaba el teléfono de pared.

—Gracias, Seth —dijo ella, y lo dejó en el mismo sitio en el que lo había encontrado, entre la oscura lavandería y la puerta de fuera. Hizo una pausa para dejar que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Durante el tiempo que había estado con Seth, las nubes habían cubierto la mayor parte de la luz de las estrellas, aunque aquí y allá se veía algún retazo del cielo claro. Los grillos chirriaban, y una brisa fresca flota alrededor de ella, trayendo consigo el perfume de la lluvia.

La luz de la ventana de su cocina, cincuenta metros a la derecha, era como una señal. Mike la había dejado encendida, esperándola. La calidez la llenó y sonrió, pensando en él. Comenzó a caminar hacia su hogar, pisando cuidadosamente en la oscuridad para no tropezar con alguna desigualdad del terreno, el mullido césped hacía que sus pasos quedaran en silencio.

Estaba en el patio posterior de los Murchisons cuando brevemente vio a alguien en su cocina, al pasar por delante de la ventana. Bella se detuvo, frunciendo un poco el entrecejo; no se parecía ni a Mike ni Jacob.

Oh, Señor, tenían compañía. Su entrecejo se ahondó. Probablemente era alguien interesado en la arqueología o relacionado con la Fundación. Estudiantes universitarios que estudiaban la carrera de arqueología a veces iban para hablar con los arqueólogos, y a veces era a ella a quién querían ver, si tenían algún problema con términos griegos o Latinos. Le daba igual. Ella no quería hablar de trabajo, quería acostarse con su esposo. No estaba muy dispuesta a entrar, aunque tendría que hacerlo; no podía permanecer allí fuera en la oscuridad, esperando a que quien estuviera dentro se fuera, podía tarda horas en irse. Se dirigió a la derecha, tratando de ver si reconocía el coche del visitante, esperando que perteneciera a uno de los amigos de Jacob. Si fuera así, podría decirle a su hermano que llevara a su amigo a su lado de la casa.

Su Buick familiar estaba aparcado en la cochera, y al lado de estaba el Jeep Cherokee negro de Jacob. El Chevrolet abollado y lleno de arañazos con tracción a las cuatro ruedas de Mike, que usaban para el trabajo de campo, estaba estacionado fuera. Ninguno otro vehículo ocupaba la calzada.

Qué extraño era. Ella sabía que tenían compañía, porque el hombre que había vislumbrado tan brevemente tenía el cabello rubio rojizo, y tanto Mike como Jacob, tenían el cabello más oscuro. Pero a menos que fuera un vecino el que había caminado delante de la ventana, no tenía ni idea de cómo había llegado. Conocía a la mayoría de sus vecinos, y ninguno de ellos se ajustaba a la descripción del hombre que ella había visto.

Bien, no iba a averiguar quién era hasta que entrase. Dio un paso hacia la casa y de repente se paró de nuevo, entrecerrando los ojos en la oscuridad. Algo se había movido entre ella y la casa, algo oscuro y furtivo. Un escalofrío recorrió su espalda. Un escalofrío de alarma trepó por su espina dorsal. Helados cristales de alarma recorrieron sus venas, congelándola en el sitio. Las salvajes posibilidades corrían por su mente: un gorila había escapado de un zoológico... o había un perro enorme en su patio trasero. Entonces se movió nuevamente, espectral y silenciosamente hacia la puerta trasera. Era un hombre. Parpadeó asombrada, preguntándose por qué alguien se escondía en su jardín, entrando por la puerta trasera en vez de por la principal. ¿Un ladrón? Por qué cualquier ladrón con un poco de seso fuerza la entrada en una casa donde las luces están encendidas y cuyos ocupantes obviamente estaban en el interior. Entonces la puerta posterior se abrió, y se dio cuenta de que el hombre debía haber llamado, aunque suavemente, porque ella no había oído nada. Otro hombre estaba de pie en la puerta, un hombre al que reconoció. Tenía una pistola, el cañón largo y curiosamente grueso, en su mano.

—Nada —dijo el primer hombre, en voz baja, aunque el aire de la noche llevó el sonido hasta ella.

—Maldita sea —murmuró el otro hombre, apartándose para dejar entrar al primero—. No podemos detenernos ahora. Tendremos que seguir adelante y hacerlo.

La puerta se cerró detrás de ellos. Bella miró a través del jardín oscuro en la extensión vacía de su puerta trasera. ¿Por qué estaba James Sawyer allí, y por qué tenía una pistola? Él era su jefe, y si hubiera llamado para avisar de que venía, por cualquier razón, Mike la habría llamado para que volviera a casa. Se llevaban bien con James, aunque nunca habían sido amigos; James siempre se movió en los enrarecidos círculos de los más ricos e influyentes, requisitos que la familia de Bella no tenía. "Hacerlo" era lo que había dicho. ¿Hacer qué? ¿Y por qué no podía detenerse? Confundida e intranquila, Bella dejó las sombras del jardín de los Murchisons y atravesó su jardín. No sabía que pasaba, pero definitivamente iba a averiguarlo. Antes, cuando estuvo cocinando, había abierto la ventana de la cocina para poder disfrutar la frescura del día de primavera, y todavía estaba abierta. A través de ella, oyó que Mike decía:

—Maldición, James, ¿qué es todo esto?

La voz de Mike era áspera, enojada, con un tono que ella nunca le había oído usar antes. Bella se detuvo nuevamente con un de pie levantado en el primer escalón.

—¿Dónde está ella? —preguntó James, ignorando la pregunta de Mike. Su voz era indiferente y fría, y el sonido hizo que el vello de su nuca se erizara.

—Te lo dije, en la biblioteca —una mentira. Mike mentía deliberadamente.

Bella no se movió contemplando la ventana abierta y tratando de imaginar lo que pasaba del otro lado de la pared. No podía ver a nadie, pero sabía que había al menos cuatro personas dentro. ¿Dónde estaba Jacob, y el hombre había visto entrar en la cocina?

—No me vengas con esa mierda. Su coche esta aquí.

—Se fue con una amiga.

—¿Cuál es el nombre de ese amigo?

—Serena, Sabrina, o algo así. Esta noche me la presentó, era la primera vez que la veía.

Mike había sido siempre de pensamiento rápido. Los nombres estaban lo bastante fuera de lo ordinario para que la mentira tuviera una pizca de crédito, donde un simple Sally no lo hubiera tenido. No sabía por qué mentía Mike, pero el hecho que lo hiciera era suficiente para Bella. James tenía una pistola, y Mike no quería que supiera donde estaba Bella; algo estaba realmente mal.

—De acuerdo —sonó como si James hablara apretando sus dientes.

—¿A qué hora volverá?

—No lo sabía. Dijo tenían mucho trabajo por hacer.

—Supongo que cuando la biblioteca cierre, ¿no? Y se llevó todos los documentos.

—Estaban en su portátil.

—¿La tal Serena/Sabrina conoce la existencia de los documentos?

—No lo sé.

—No importa. —ahora James sonó un poco aburrido—. No puedo correr el riesgo. De acuerdo, levantaos los dos.

Oyó sillas arrastrándose contra el suelo, y se movió silenciosamente a la derecha para poder ver a través de la ventana. Tuvo cuidado de permanecer oculta, para que si alguien miraba a través de la ventana no la viera enmarcada por la luz de la piscina.

Vio a Jacob, sin camisa, su pelo revuelto; debían de haberlo sacado de la ducha, eso le dijo que James y el otro hombre habían llegado no hacía mucho tiempo. La cara de su hermano estaba pálida, sus ojos curiosamente blancos. Bella dio otro paso, y vio cuatro personas más.

Mike, tan pálido como Jacob, aunque sus ojos resplandecían con una cólera que ella no había visto nunca antes. James, alto y sofisticado, su pelo rubio con un corte caro, estaba parado de espaldas ante la ventana. El hombre que había visto antes estaba al lado de él, y otro hombre estaba dentro del interior de entrada de la cocina. El hombre de la entrada también estaba armado; su pistola, como la de James, tenía silenciador. Bella pensó que el tercer hombre también tendría un arma, ya que los dos primeros la tenían.

No sabía qué era lo que querían, pero estaba segura de una de cosa: necesitaba a la policía. Los llamaría desde la casa de los Clearwather. Retrocedió precavidamente.

—Vosotros dos, id a la habitación —le oyó decir a James—. Y no hagáis nada estúpido, como tratar de saltar sobre uno de nosotros. No puedo deciros cuan doloroso es recibir un tiro, pero me obligaréis a demostrar si no colaboráis.

¿Por qué había hecho que fueran a la habitación? Había oído lo suficiente para saber que era a ella a quien realmente quería, y que parecía estar preocupado por los documentos que ella tenía.

Si James quería los documentos, todo lo que tenía que hacer era decírselo; era su jefe, y ella trabajaba a sus órdenes. Le rompería el corazón entregar los papeles, pero no podría evitar que él los cogiera. ¿Por qué no había llamado simplemente, y le había dicho que devolviera los papeles mañana por la mañana?

¿Por qué había ido a su casa con un revólver en la mano, y había llevado dos criminales armados con él? Nada de esto tenía sentido. Comenzó a caminar rápidamente hacía la casa de los Clearwather, pero un impulso la condujo a doblar la esquina de la casa desde donde podría ver la ventana de su habitación. Esperaba que se encendiera la luz, oír voces en la sala, pero nada sucedía, y abruptamente se dio cuenta de que James los había llevado a la habitación de Jacob, al otro lado de la casa. Dada la configuración de la casa cuando ellos habían la dividieron, la habitación de Jacob quedaba en la parte trasera de la casa junto a la cocina.

James los había llevado por el pasillo de la parte frontal de la casa, y luego mediante la puerta que comunicaba con la parte de la casa de Jacob y a la habitación trasera.

Rápidamente Bella desanduvo sus pasos, con cuidado de permanecer en las sombras más profundas. Una manguera de agua se enrollaba como una serpiente enjuta y larga alrededor del grifo; la rodeó, y también esquivó una plancha grande de madera que uno de los hombres habían dejado apoyada contra la casa. Éste era su hogar; conocía todas sus idiosincrasias, las pequeñas trampas con las que hubiera tropezado si se descuidaba. Conocía donde crujía el suelo, las grietas del techo y los surcos del jardín.

La luz ya brillaba en la ventana de Jacob. Presionó la espalda contra la pared y fue bordeándola hasta que llegó al lado de la ventana. Ella giró la cabeza, lentamente, tratando de moverse lo suficiente para poder ver dentro.

Uno de los hombres caminaba hacia la ventana. Bella echo atrás la cabeza y quedándose rígida, sin atreverse siquiera a respirar. El hombre juntó las cortinas, tapando la ventana y quitando la luz.

La sangre latía en sus oídos, y el terror diáfano la dejó débil. Todavía no podía respirar; se sentía como si tuviera el corazón en la garganta, sofocándola. Si el hombre la hubiera visto la habrían atrapado porque no podría haberse movido.

—Sentaos sobre la cama —oyó decir a James por encima del latido frenético de su corazón. Los pulmones de Bella finalmente comenzaron a trabajar de nuevo.

Inhaló en inspiraciones profundas para calmar sus nervios, y una vez más cambió de posición.

La cortina no estaba totalmente cerrada. Se movió de forma que podía ver a través de la rendija, ver a Mike y Jacob. James serenamente levantó su pistola con silenciador y disparó a la cabeza de Mike, y rápidamente cambió de dirección y disparó a Jacob. Su hermano estaba muerto antes de que el cuerpo de su esposo hubiera caído de lado.

No. ¡No! Se quedo allí, paralizada. De algún modo su cuerpo desaparecía, se desvanecía; no podía sentir nada, no podía pensar. Una neblina oscura inundó su visión y la increíble escena retrocedió hasta que fue como si la viera al final de un túnel largo. Los oyó hablar, sus voces extrañamente deformadas.

—¿No deberías haber esperado?

—Habrá una diferencia de tiempo entre las muertes.

—No importa —dijo James; ella lo reconoció—. En un asesinato suicida, a veces el asesino espera poco tiempo antes de matarse, o a sí misma, en este caso. El trauma, ya sabes. Qué lástima, su esposo y su hermano tienen una relación homosexual bajo sus narices. No es de extrañar que la pobre al descubrirlo se trastorne y se ponga furiosa.

—¿Qué pasa con la amiga?

—Ah, sí. Serena/Sabrina. Mala suerte para ella; tendrá un desafortunado accidente camino a casa. Yo esperaré aquí a Bella, y vosotros dos esperáis en el coche, y seguís a Serena/Sabrina.

Lentamente la neblina fue despejando de la visión de Bella. Deseaba que aquello no hubiera pasado. Deseaba haber muerto allí dentro, deseaba que su corazón hubiera parado. A través de la rendija entre las cortinas podía ver a su esposo tendido de espaldas, con los ojos abiertos y ciegos, su pelo rubio manchado con… con… El sonido se elevó desde su pecho, un lamento casi silencioso que reverberó en su garganta. Era como el aullido distante del viento, oscuro y desalmado. El dolor la desgarró. Trató de contenerlo con sus dientes, pero salió fuera de todas formas, primitivo, salvaje. La cabeza de James giró alrededor. Por una décima de segundo —no más— pensó que sus miradas se encontrarían, que de algún modo podría verla a través de la pequeña rendija en la noche. Él dijo algo, bruscamente, y se abalanzó hacia la ventana.

Bella se zambulló en la noche.