"Los muertos son los únicos que ven el final de la guerra"
Platón
Advertencia: Este capítulo está clasificado K+.
Tregua
Cuando las manos de él están entre sus piernas y en su pecho, y la lengua vapulea esa zona tan sensible de su cuerpo como lo es su cuello, los contornos de la habitación se difuminan. Las cortinas desgastadas que cuelgan de las paredes se desvanecen en color y todo es una mancha borrosa, todo menos el cuerpo de él, encima del suyo, sumergiéndola en un mar de sensaciones tan perfectas que parece irreal. Parece irreal que ellos estén allí, en esa cama de ese cuarto vacío de Grimmauld Place. Desnudos, sin nada que se interponga entre ambos. Ocho meses después de que lucharan a muerte.
Están pegados. Se funden y mezclan, quieren perderse el uno en el otro. La saliva de él deja un sendero luminoso por casi todo su cuerpo. El pelo de ambos se les adhiere a la frente por el sudor, y la seguidilla interminable de gemidos es la música perfecta para el baile en el que están inmersos.
La mano, grande, enorme, un poco áspera, la conmueve con caricias demasiado tiernas en su nuca y entre su pelo; le calienta la sangre cuando pellizca y se desliza por el contorno de su figura, subiendo y bajando, apretando; la vuelve loca hasta llevarla al éxtasis y entonces ni siquiera la cama existe para ella. Lo único real a lo que aferrarse en este mundo se reduce a ese cuerpo de hombre, a esa espalda pecosa y esos mechones pelirrojos que se mezclan con los suyos, castaños, formando un hermoso contraste. La mirada azul la traspasa, excava en su interior como nunca nadie lo ha hecho. No hay más luz que la que emanan esos ojos. No hay más ruidos que sus jadeos y suspiros. Da igual si son magos o muggles, si él es un traidor a la sangre o si ella una sangresucia. Sus mentes están en blanco. Los ecos de los gritos de aquellas noches interminables se apagan, por fin, en sus oídos. Las sombras debajo de sus ojos desaparecen. No recuerdan que a veces no pueden dormir; que no saben si es mejor estar despiertos o dormidos porque los días se vuelven duros al toparse con sus seres queridos rompiéndose en pedazos, en una lenta agonía, y las noches son terribles cuando cuerpos ensangrentados y risas que no se oirán nunca más los asaltan bajo la forma de pesadillas.
Cuando Ronald Weasley la besa, la toca, la invade y empuja para llegar más y más cerca, más adentro, en cuerpo y alma, el mundo se deshace. El tiempo para. El pasado se mezcla con el futuro y desemboca en ese instante. Los vértices de la realidad se esfuman. No hay reglas, no hay obligaciones, se olvidan de la desesperación. No recuerdan que vivir entre los escombros que dejó la guerra es casi tan difícil como tratar de sobrevivir en plena guerra.
Es su momento. Su tregua. Instantes perdidos en el reloj. Momentos preciosos que parecen sacados de un cuento.
Cuando explotan y tiemblan, no se mueven. No hablan. Se quedan así, suspendidos en el tiempo. Ron abrazando a Hermione con su calor. Se miran y sonríen. Entonces, la rutina se pone en marcha nuevamente.
Son sus horas fuera del tiempo lo único que puede evitar que el peso de la realidad los aplaste. Sus treguas, lo que los mantienen con vida en la Posguerra.
