Almuerzo Veraniego

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Arthur tenía la lección aprendida: siempre usar condón.

¿Quién diría que siendo tan joven tendría tantos hijos y, aún más, no encontraría en su alma de pirata la moral para dejarlos a su suerte?

Era el primero en llegar a casa de Bonnefoille y el bullicio que provocaba su prole no era nada comparado con el que harían luego. Los chicos se reconocían entre sí, pues no siempre tenían la oportunidad de ver a los demás hijos de su padre.

François se asomó a la puerta de la cocina y los vio jugar, dichoso. Organizó esa reunión entre sus amigos y conocidos para romper la monotonía del verano.

Siguiendo por el mar a aquel cabezota inglés, encontró en cada puerto un hijo del estúpido –y que al parecer no prestó atención a las clases de planificación familiar- cejotas, dejados a cargo de la madre o, en la mayoría de los casos, del consulado inglés de turno, con la promesa de visitarlos cada vez que le fuese posible. Para su suerte, el derecho de sangre le permitía quedarse con sus hijos huérfanos.

La pequeña Estephanie se acercó a François con una gran preocupación en sus ojos.

- ¿Qué sucede, mon amour?- François se agachó puesto que prefería hablar con los niños mirándolos a los ojos y desde su altura. Acarició la cabeza castaña.

- El oso de Matthew quiere comerse mi pez.-

La morena apuntó con un dedo acusador a su medio hermano, quien estaba enfrente del único –como Arthur rogaba que fuese- hijo asiático del británico. Entre ambos, un oso polar avanzaba precavido hacia el oso panda que el chico de cabello negro sostenía entre sus brazos. En la pecera que sostenía la seycheliana el pececito nadaba tranquilo.

- Hablemos con Mattie y digámosle que se preocupe de que su oso no se coma a tu pececito, ¿ya?-

La niña de coletas abrazó la esfera de vidrio y asintió.

-¡Matthew!- Llamó el francés –Ven aquí, garçon.-

Al oír el llamado, el niño de cabello ondulado recogió a su oso y caminó, torpemente a causa del peso, hacia el adulto.

- Oui, papa?- Bonnefoille no se sorprendió del apelativo. Estaba acostumbrado a que algunos hijos de Arthur lo llamaran así, por la relación reiterada que tenía con ellos.

François le explicó la situación. Mientras escuchaba, Mattie abrazaba con fuerza al cachorrito y lo levantaba cada cierto tanto, remeciendo todo su cuerpo en el intento de que no llegase al suelo al deslizarse de entre sus brazos por los kilos y la gravedad. Cuando el mayor se incorporó, oteó la sala y entró en la cocina. Detrás de él la puerta se tambaleó sobre sus goznes. El infante norteamericano miró las orejitas del animal blanco.

- Ya escuchaste Kumayoshi.-

Corriendo alrededor de la mesa un chico de cabello desordenado e idéntico rostro al de Matthew perseguía a un niño con un parche curita en la nariz. Arthur seguía la escena sentado en una silla de los costados largos de la mesa, con la barbilla apoyada en su mano y su codo en la mesa.

Sonó el timbre. Kirkland se levantó y al abrir se encontró con el rostro tostado de Antonio Fernández, un amigo íntimo y primo de François.

El español traía una cesta de tomates abrazada a la altura de su pecho al mismo tiempo que sostenía un par de bolsas en las que acarreaba pan y bebidas. Detrás suyo, un chico de cabellos castaño oscuro y ojos cafés miraba de reojo la puerta con desconfianza; otro, de cabello negro, sostenía una bolsa de hielo mientras miraba sonriente al inglés y un niño más bajo y con un gorro de lana de colores miraba al suelo al tiempo que se agarraba de su ropa. Al lado del risueño adulto, un rubio sostenía contra su cadera una pelota de fútbol mientras conversaba con un chico moreno, hijo del vecino de Fernández y a quien estaba cuidando.

- ¡Arthur! Tantos años, la última vez que te vi fue en América. Muchachas guapas ¿no?- He allí otro al que los métodos anticonceptivos le fallaron.

Las manos quemadas por el sol estrecharon fuertemente las del inglés que de a poco perdían el color saludable que ganaran por los años pasados en alta mar. En ese apretón de manos el ex corsario sintió el vestigio de la antigua rivalidad que se tenían con el marinero. Pero le había perdonado la vida en más de un atraco, ¿no era esa una razón para que la sonrisa del español tuviese algo de forzada?

Kirkland se hizo a un lado y permitió que entraran Antonio y sus hijos, quienes dejaron su cargamento en la mesa y se unieron a sus congéneres. Antonio se asomó a la puerta antes que el británico la cerrara. El pórtico era techado y un camino de gravilla conducía hasta la calle. En el borde de la vereda y delimitando el jardín, unos arbustos de medio metro servían de valla. En unos segundos escuchó un vozarrón que se acercaba. Desde detrás de las plantas Lovino Vargas, el ahijado de Fernández, pasó corriendo sin siquiera mirar a su tutor y entró a la casa escapando del albino que monologaba mientras se dirigía hacia el camino de grava. Por sobre los setos se desplazaban los hombros y la rubia cabellera del hermano menor del hombre de ojos rojos, quien al ver a su compañero de copas alzó la mano libre, aquella que no sostenía la manita del chiquillo alemán, y saludó moviendo el brazo, con una ancha sonrisa. Adentro, Antonio señaló con la mano extendida al delgado inglés.

- Gilbert, él es Kirkland, ¿lo recuerdas? Arthur Kirkland.-

- Por supuesto, kesesesese~. Estaba unos cuantos cursos por debajo nuestro.- Weillschmidt apretó y sacudió velozmente la mano inglesa.

En la cocina, un hijo de Arthur, el único hijo inglés de Arthur, lavaba las verduras, mientras François alimentaba al panda y al koala acompañado por el chino y el australiano, respectivos dueños de las mascotas. Les preguntó a los chicos si querían ayudarlo a cocinar. El muchacho de Hong Kong tardó en responder ya que no estaba acostumbrado al idioma e intercambió una mirada con el castaño. Al final, ambos asintieron.

En el patio, los niños habían visto el balón y armaron dos equipos para jugar. El menor de los gemelos miró a su hermano.

- Pero Daddy nos retará si manchamos nuestra ropa.- A diferencia de los hijos de Antonio, los jóvenes Kirkland habían sido obligados a vestirse semi formalmente. Alfred, el hermano mayor de Matthew, apenas lo escuchó; ese chico que se presentó como Martín estaba dominando la pelota y Al intentó quitársela. Para defenderla el argentino le hizo un pase al recién llegado italiano. Lovino miró el balón y en un segundo lo alejó del empeñoso chico de habla anglosajona que insistía en arrebatárselo. Su enojo anterior fue desplazado por la emoción del juego. El argentino, el italiano y el boliviano jugaban contra el brasileño y los gemelos norteamericanos. En el arco de los respectivos equipos, el peruano y el chileno.

La pequeña africana acariciaba al canguro a su cargo mientras la gallina de Manuel picoteaba el suelo a su alrededor. Un chico rubio miraba sin ánimos el partido a su lado.

- ¿No juegas? Así los dos podemos entrar.- le dijo la morena al recién llegado de ojos azules.

- No.- el alemán se sonrojó.

- ¿De dónde eres?-

La pelota pasó cerca de la gallina chilena y la espantó.

- CE PALLE!- el italiano gritaba al chileno, quien le acababa de atajar un gol.

- Si hasta mi hermana Rapa juega mejor que voh.- el chileno respondió con suficiencia.

- Me voy.- sin esperar a que la niña captase el mensaje, Ludwig Weillschmidt fue en búsqueda de su bruder. Los adultos preparaban el almuerzo. Su hermano dejaba los platos en la mesa y el adulto rubio, aquel de enormes cejas, los distribuía. El amigo francés de su familiar abría la puerta y en el mesón el español preparaba unas ensaladas ayudado por los hijos del inglés que habían heredado sus cejas.

- West, ayuda con la mesa.-

El joven alemán obedeció. Mientras colocaba los vasos sobre el mantel, al levantar la mirada, una tierna niña de la mano de una mujer castaña que antes no estaba allí apareció en su área visual. El nuevo grupo consistía en el matrimonio Edelstein- Héderváry, su pequeña Feli y la vecina de François, Ema, quien se había ofrecido a ayudar y de paso, verse con ese simpático español amigo del francés.

Kleine Lud no pudo quitar sus orbes de la llorosa niña.

- ¿Qué le pasa?- Le preguntó el prusiano a la húngara en un susurro. El estuvo muchos años enamorado de la mujer, y cuando ésta se casó, su devoción se vio volcada en la hija de ella. Seguramente por eso su hermano… bueno, era algo de familia.

- Un amigo suyo murió hace poco, y para que no lo notase nos mudamos. Lo extraña.- Apretó la mano de su hija con fuerza. Reforzando sus palabras, la chiquita preguntó:

- ¿Cuándo visitaremos a Reich, mamá?-

- Ve a jugar, Feli. – le ordenó su padre, cortante.

- Chí.- Triste por no obtener una respuesta, la italiana se acercó al chico rubio. Su vestido verde y una bandana tapando sus hilos castaños.

- ¿Vamos a jugar? – los ojos llorosos conmovieron la inmutabilidad alemana.

- ¡Cl-claro!- En un arrebato, le tomó la mano.

La niñita sintió en ese tacto a su amigo perdido. Abrió sus ojos y con el color miel de éstos regaló a los azules. Ninguno de los adultos allí presentes a excepción de la madre sospecharon que a futuro esa mirada valdría hasta en la guerra. Y ella lo supo porque su hija dejó de llorar.

En la cancha improvisada, una pelea comenzaba entre el arquero de los norteamericanos y el italiano.

- ¡Weón porfiao! ¡Te dicen que no entró!-

- ¡Qué sí, maldición!-

-¡Si ni pasó el macetero!-

-¡Bastardo!-

-¡¿Y que sabí tú?!- Al chileno le dolió eso de bastardo. A pesar de no tener mucha edad ya lo habían molestado mucho con lo de "huacho". Mientras discutían, los equipos los ignoraban y continuaban el partido con la africana en el lugar del latinoamericano y el australiano en el de Lovino. Un llamado a comer detuvo temporalmente la discusión. Los niños entraron en tropel mientras Antonio les recordaba:

- ¡Lávense las manos y diríjanse a la cocina!- el joven padre intentaba hacerse oír.

Los últimos en entrar fueron Estephanie y Matthew, al tiempo que el inglés llegaba a supervisar. Traía de vuelta al canguro.

- I'm sorry kids. The pets out.-

Los chicos se miraron y dejaron a sus mascotas, ante sus ojos, abandonadas y tristes.

Los niños almorzaron en la cocina y los adultos en el living, por lo que los pillos no tuvieron dificultades en trazar un plan. Dos planes. Por sobre las miradas de odio entre el italiano y el chileno, y la mirada perdida del alemán en el rostro de la italiana con rulito, los pequeños Kirkland se ponían de acuerdo para rescatar a los animales. Realmente eran dignos retratos del británico.

La puerta se abrió y se asomó el ex pirata, provocando un silencio repentino. Les preguntó si les faltaba algo. Los chicos negaron. En otras circunstancias el sexto sentido británico habría detectado el peculiar silencio de su prole, empero en ese momento el rubio inglés estaba demasiado atareado en sus pensamientos para notarlo. Fue a vigilarlos como una excusa para alejarse momentáneamente de François, quien notó la mirada que el inglés le dirigía entre cada tema de conversación y le sonrió coquetamente al menor, a lo que Arthur reaccionó levantándose con la escusa de echarle un vistazo a "esos bandidos en miniatura".

Al irse el adulto, la conversación continuó.

- Pero, ¿y si papa se enoja?- Cuestionó el gemelo de cabello ondulado.

- If DAD piss of.- Le corrigió su hermano recordando que Kirkland era más severo.

- Sólo permitiré que mi papá me corrija. Y mi padre es británico, no francés.- El asiático se cruzó de brazos.

- Los dos son mis papás.- Opinó afligida la morena.

- Creo igual.- La apoyó el menor de los gemelos.

- ¿Alguna vez los has visto besarse? En mi país los papás se besan.- El australiano habló con la boca llena.

- Mi mamá y mi papá se besan cuando creen que no los veo.- Apuntó la italiana.

- ¡¿Significa que la tía Ema y Antonio se casarán?!- El italiano, dejando su odio un momento ante la atención de los latinoamericanos, informó:- Yo los vi besarse…-

- Mmm.- La parejita formada por el chico tímido y la morena dudó un momento. Pues si los padres se besan…

Así surgió el segundo plan.

Terminando de comer y antes que los adultos lo notaran, se dirigieron a abrirle la puerta a los animales. Era algo sencillo si no los descubría el adulto de veintitrés años, el más joven de todos, irónicamente. Matthew y Estephanie se detuvieron.

- Ve tú, yo traeré a tu pececito.-

La mujer se presentó en el living comedor y fingió caerse, bastante bien por lo demás, lo que de algún modo evidenciaba su vínculo con el francés, a pesar que no fuese sanguíneo.

El inglés se levantó de inmediato, seguido por el rubio de cabello largo. Tomó a su hija en brazos y la llevó a la habitación de François, quién rebuscó en un botiquín hasta encontrar un parche curita que colocó en la rodilla supuestamente lastimada de la chiquilla. Lo utilizaba más como un placebo que por utilidad. A pesar de la atención, ella siguió llorando. Arthur, sentado en la cama, se meció con su niña.

François observaba la escena. Amaba la atención del británico hacia sus hijos, la forma en la que los consolaba, la exquisita forma en que cerraba sus ojos.

Amaba el menor desde hacia años, no por nada lo siguió tanto tiempo por mar.

- Sh, sh, ya pasó.-

- Papa, papa!- llamaba la pequeña. François se arrodilló a su lado.

- Oui, mon amour?- Los ojos del francés mostraban su devoción por la pequeña africana. Arthur amaba esos ojos, pero odiaba admitirlo.

Amaba al mayor desde hacia años, no por nada huyó tanto tiempo por mar.

- Beso.- François obedeció a la petición y le besó la mejilla.

- ¿Ya no sientes dolor?-

- No. Un beso de papás.- Kirkland dejó de balancearse.

- ¿Quieres un beso mío?-

- No. Un beso de papás.-

- Eso es imposible, darling.- Los lagrimones de su linda actriz no aceptarían un no.

Arthur miró a François. Siempre deseo besarlo. De hecho, podía culparlo de su promiscuidad y de sus hijos. Pero nunca imaginó esa situación.

-OK. – Dijo, antes de acercar su rostro al de François, aun con la niña en su regazo, y besarle los labios.

Redirigió su atención a la chiquilla mientras Bonnefoille no acababa de creerse lo acontecido.

- Better?-

- Yes.-

- Vaya con los demás.- La morena bajó y salió por la puerta, dejándola abierta. Arthur se levantó.

- Arthur.-

- What do you want, frog?- François lo tomó de la mano y sin autorización le devolvió el favor. Antes de ser vencido, el británico juraría haber visto un rulo brillando más allá del vidrio.

Los gemelos felicitaban a la chica debajo de la ventana.

Para la noche, una serenata de guitarra, acordeón y violín ya había sido concluida, los chismes repartidos, los niños regañados y las habitaciones desordenadas y vueltas a ordenar. El español se despidió prometiendo a la belga llamarla. Sus hijos se despidieron de los demás niños y se fueron. Mientras sus padres se separaban del umbral, la pequeña italiana prometió al alemán volver a verlo mientras su madre se reía.

Ema ya se marchaba al igual que Arthur.

- Espera.- François detuvo a la mujer antes que sus últimos invitados se retirasen.- ¿Cuidarías a los bribones esta noche?- Un guiño de su vecino le bastó a la rubia para aceptar gustosa.

- Mañana los recogeré. No me hagan quedar mal.- El inglés se despidió de sus hijos antes de cerrar la puerta.

Y luego sintió como el francés lo abrazaba desde atrás.


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Traducciones

Oui: Sí.

Mon amour: Mi amor.

Papa: Papá.

Daddy: Papá.

¡Ce palle!: ¡Qué fastidio!

Brüder: Hermano.

Kleine: Pequeño.

Reich: Imperio.

I´m sorry kids. The pets out: Lo siento niños. Las mascotas fuera.

If dad piss of: Si papá se enoja.

Darling: Querida.

Better?: ¿Mejor?

Yes: Sí.

What do you want, frog?: ¿Qué quieres, rana?