DISCLAIMER: Los personajes del manga/anime "Inuyasha" le pertenecen a la creativa cabeza de Rumiko Takahashi; mientras que las canciones citadas son interpretadas y compuestas por Sia Furler.
4
You Have Been Loved
Tú me disparaste, oh
Tú llenaste mi copa, oh
Tú navegaste mi bote
Tú eras mi última esperanza
Tomaste la última de mis esperanzas...
—Sia
Era totalmente distinto a esa época en la que Kikyou se fue de Kioto para estudiar, porque a pesar de todo sabían que ella iba a regresar. Entonces, sólo se encargaban de realizar sus tareas e intentar no discutir tanto entre ellos. Ahora, sin importar que se quedaran sentados esperando como niños buenos, eso jamás sucedería.
Kikyou estaba en otra zona, varias calles abajo de la casa donde había vivido desde siempre. O al menos en lo que se había convertido. Cenizas y huesos, eso era todo. Él los vio, tuvo que hacerlo cuando le dieron junto a Kaede esos palillos con los que debían ponerlos en la urna.
Inuyasha fue tomado como un miembro de la familia estos últimos ocho años, así que se vio con la responsabilidad de participar en los ritos funerarios. Por eso estuvo presente en todo, sin posibilidad de huir de forma corpórea; sólo su conciencia iba y venía, cuando el tiempo se sentía pasar muy rápido o demasiado lento.
Él tuvo que permanecer todo un día en una habitación donde la gente que debería resultarle conocida se transformó en caras borrosa que soltaban palabras indescifrables —todos hablaban, todos soltaban quejidos lastimeros. ¿Por qué no había silencio? ¿Por qué no se iban?—; pero lo más difícil fue el evadir la presencia de la única persona que estaba recostada, con una tela blanca cubriéndole el rostro.
La presión en su pecho aumentaba cada que se descubría viendo hacia su dirección y después sus ojos huían hacia otra esquina o el piso, a algún lugar donde se mantuviera lejos de esas uñas azules, del mismo tono que tenían sus labios la última vez que la vio, cuando la sacaron de su habitación y vieron que todo se había acabado.
Inuyasha se la pasó contemplando sus manos y a veces el techo cuando no deseaba que las personas notaran la debilidad, que se sentía desmoronado y muy distante, como si fuera otro espectador más. No había gran diferencia teniendo en cuenta su inútil participación esos días que duró el encierro de Kikyou. Fueron sus órdenes. No quería que nadie entrara.
—¡Deja de estar jugando! —él le gritó mientras azotaba la puerta—. ¡Voy a tirar la pared! Sabes que soy capaz de hacerlo.
Ante la amenaza, Kikyou sólo permitió que una persona entrara y ese fue una de sus superiores. Tsubaki accedió a venir con desconfianza, pues jamás tuvo una relación muy cordial con su compañera, quien le disgustaba por tener opiniones diferentes a las suyas. Fue esa la razón por la que Kikyou le llamó, pues sabía que nadie más de sus conocidos podría preferir actuar profesionalmente antes que ceder ante el sentimentalismo y obligarle a renunciar a su decisión.
A nadie más le importaría menos el convertirse en el objeto de desprecio de Inuyasha y Kaede cuando les dijera que no la haría salir ni le atendería porque no existía nada más que pudiera hacer.
—¡Es tu trabajo! —él aulló, mientras la tomaba fuertemente del cuello de su uniforme.
Kaede no lo detuvo porque estaba concentrada azotando el puño contra la puerta, rogando por una respuesta: —Hermana, por favor. Por favor… —pronto la piel de la muchacha se desgarró. La sangre brotó lentamente, al igual que sus lágrimas dispares.
—Eres una cobarde —Inuyasha escupió al momento que soltaba a Tsubaki bruscamente. Se sentía asqueado por el simple hecho de tenerla tan cerca de su cara y que ella ni siquiera mostrara pena.
—Llámame como quieras, pero sólo hago lo que debo —la mujer se acomodó la ropa con indiferencia—. La neumonía de Kikyou ya no puede ser curada. Lo único que queda es que la enfermedad no se propague.
Kaede dejó su sitio en el suelo, donde se encontraba desparramada. Nadie se percató de cuándo se levantó. Fue tan rápida y repentina como el sonido de la bofetada.
Tsubaki perdió el equilibrio por el impacto, lo que provocó que chocara contra la pared. Se llevó la mano a la mejilla y con ella se recogió el cabello detrás de la oreja. La marca enrojecida no opacó su belleza de mirada salvaje.
—¡Lárgate! Nosotros nos haremos cargo —Kaede se colocó frente a la enfermera, obstaculizando su paso. Pero la mujer se levantó como si nada y empujó a la muchacha. Inuyasha colocó las manos en sus hombros para evitar que cayera.
—¿Para que entren e infecten a todo el barrio a causa de su estupidez? —Tsubaki tomó una silla y la colocó frente a la puerta. Así demostró sus intenciones cuando se sentó con los brazos cruzados—. No hay forma de que lo permita, y Kikyou me puso a cargo para evitar que eso ocurra, aunque a ninguno de los tres nos parezca.
La primera hora fue tomada como una batalla de orgullos para ver quién se rendía primero, una venganza después del insulto. Pero, cuando Tsubaki pasó toda la noche despierta en esa misma pose, quedó claro que acataría al pie de la letra la petición de Kikyou, la mujer que le desagradaba y astutamente le colocó en una situación donde debía escoger entre su odio o su código como enfermera.
—¿Por qué lo haces? —Inuyasha le preguntó a la madera, y sólo recibió tosidos violentos como respuesta. Estos resonaban por todas partes, acompañando a los lamentos que Kaede soltaba en el pasillo, se le escapaban por más que se cubriera la boca.
—Por «quiénes» —Tsubaki soltó, la amargura sonó más a una exhalación de agotamiento—. A su forma, esa mujer siempre fue una egoísta.
Inuyasha mostró un rostro enfurecido, demostrando qué tanto le desagradaba el que hablara de ella de esa forma, el que usara la palabra «fue» como si ya hubiera muerto —aún no podía sacer esa palabra de su boca—, como si no escuchara qué tanto se estaba esforzando del otro lado.
Lo sabía. Seguramente Tsubaki veía con más facilidad los errores de Kikyou, porque ella se equivocó de tantas formas pensando en lo que ella creía correcto —en ellos—. Pero, ¿cómo podía odiarla por eso? Lo intentó tantas veces y en cada una de ellas se sentía tan incapaz, como si estuviera acusando a un inocente.
Y en su cabeza, él siempre era el culpable.
—¿Vas a comer? —la voz de Kaede puso de nuevo su conciencia en su cuerpo, haciéndole parpadear para recordar el lugar y el momento.
Cierto, estaba en la cocina. Se suponía que bebía algo, pero no recordaba qué. Y ya había pasado una semana, el tiempo adecuado para sumergirte en un limbo, cuando las atenciones cesan y debes adaptarte a la ausencia.
Primero agitó la cabeza y después habló con una voz ronca, tan desconocida: —No —después se levantó. Salió, pero Kaede no le dijo nada por irse. Sólo se quedó viendo hacia al frente, hacia una pared, mientras mezclaba algo en una olla.
La muchacha por fin aceptó que su sabiduría y madurez siempre formaron parte de una fachada que ahora no era constante, que era fácil de ser despedazada cada que escuchaba las palabras de los clientes y vecinos que les visitaban para asegurarse de que se encontraban bien.
Al principio sólo asentía. Luego los labios temblaban cada que se relataban historias del pasado y se hablaba sobre agradecimientos pendientes y el futuro que nunca vendría. Kaede era vencida por el dolor, a pesar de cuánto luchara por impedirlo.
—Soy tan débil —se quejaba entre jadeos que trataba de cubrir con la manga de su kimono—. ¿Por qué no pude ser más fuerte para ella?
Inuyasha también se sentía como un incompetente con una falsa fortaleza y huía por haber hecho una promesa que fue incapaz de mantener. Sólo caminaba, yendo de calle en calle, entre el flujo de gente que seguía sonriendo y llevando una vida normal, como si nada hubiera ocurrido. Él era el único opaco y vacío.
«Está bien, está bien.»
Aquella vez no supo si estaba imaginado esos murmullos que oía tan claramente. Aún lo hacía, por más que quisiera escapar de ellos.
«No te preocupes.»
Por más que corriera, se colaban en su cabeza, al igual que la impotencia y la culpa. El deseo de ser capaz de volver en el tiempo y hacer tantas cosas diferentes. Al menos tener la oportunidad de decir algo. La capacidad de decir palabras que le ayudaran en medio de una desesperación en la que Kikyou debió convencerse a ella misma de que estaba bien el rendirse.
«Eres fuerte.»
Que no sufriría al saber que no volvería a verlos ni crecería a su lado. Sólo desaparecería.
«No duele.»
Inuyasha terminó su caminata de la culpa cuando la mayoría de la gente se encontraba en sus casas, cenando o preparándose para dormir. Él no hizo ninguna de las dos cosas, sólo se sentó frente a la tienda, en el mismo lugar donde una vez vio el amanecer acompañado de una persona que parecía brillar. En cambio, se encontraba solo esta vez, y le pesó tanto con la intensidad de la verdad acumulada.
Estaba maldito. Todo lo que tocaba lo destruía, como si su piel supurara veneno.
—¿Si jamás me hubiera quedado, tú…? —«¿Tú seguirías aquí?» era lo que intentaba decir, pero no pudo, la pregunta se le quedó atorada.
La garganta dolía con tanta intensidad que casi parecía un castigo por suprimir aquello que debía ser natural. El porqué dejó de ser una pregunta para convertirse en una sensación. Se metió en la piel, traspasó tejidos.
Y, al querer deshacerse del nudo, sólo soltó un jadeo que sonó a un «ah» ahogado y, lo que resguardó con tanto recelo, fue liberado. Al menos tuvo la capacidad de modular su voz, siendo el movimiento de sus hombros lo único que podría revelar lo que ocurría, si no estuviera tan oscuro ahí afuera.
No sabía que podía romperse de nuevo.
NOTA:
-El mensaje de «Tú has sido amado» no sólo es por parte de Inuyasha. También es algo que debió haber pensado Kikyou —«Tú has sido amado. Tú serás amado»—. Puede partir de muchas direcciones.
