Capítulo 4.

El aeropuerto de Roma resultó ser una decepción, exactamente igual que cualquier otro aeropuerto con todas esas barras de luces feísimas, los interminables pasillos y los anuncios de teléfonos móviles. Akizuki pasó por el control de pasaportes en piloto automático, recogió su maleta de Wamba de la cinta de equipaje y pasó el control de aduana. Al otro lado del control había un tipo vestido de uniforme que no dejaba de bostezar con un cartel que rezaba «Señores Fraser». Le dio unos golpecitos en el brazo.

—Hola, soy la señora Fraser.

—Buenas tardes. Me llamo Vincenzo. —El hombre miró a su alrededor—. ¿Y...? ¿Y el señor Fraser?

Tragó saliva. Iba a tener que acostumbrarse a esa pregunta.

—Llegará más tarde. Tenía unos problemas de última hora que resolver. Llegará en otro vuelo.

—¿En otro vuelo? Pero es su luna de miel.

—Sí, lo sé. Es una lástima, pero ¡así están las cosas! —Soltó una carcajada—. Tendré que esperarlo.

Vincenzo cogió su maleta de Wamba, la que le pareció tan mona cuando la vio en una tienda de estilo vintage cerca de Brick Lane y que en ese momento hacía que se sintiera ridícula. Lo siguió por las puertas de la terminal. El calor le pegó una bofetada en la cara, como un amante enfadado.

—¡Qué calor hace! —exclamó, una perla de originalidad.

Vincenzo la miró con la expresión que semejante comentario se merecía.

—Es agosto. Demasiado calor para quedarse en Roma. Todo el mundo está de vacaciones.

Su inglés, se percató, era perfecto, con un leve acento de Birmingham.

—Menos tú —señaló mientras lo seguía hacia el aparcamiento.

—No, yo prefiero quedarme.

Esperó a que elaborara un poco más el comentario, pero se limitó a detenerse junto a un enorme Mercedes negro. Gaby le había preguntado si de verdad quería ir a Roma en pleno verano.

—Hará un calor insoportable y la ciudad estará medio vacía —le había dicho— Pero así podré conseguirte un precio mucho más bajo por la suite.

—El hotel tiene aire acondicionado, ¿no? —fue su respuesta—. Y Roma es la ciudad preferida de Doug. Se muere por enseñármela. —Y cuando Gaby asintió con la cabeza, ella exclamó—: ¡Hagámoslo!

Se montó en la parte trasera del coche. Unos minutos después Vincenzo conducía por una autopista rodeada de campos achicharrados y algún que otro complejo de viviendas. Podrían estar en las afueras de Milton Keynes. En la carretera medio desierta no había ni rastro de los conductores suicidas que se había imaginado y la aguja del cuentakilómetros no pasaba de los 130 kilómetros por hora. Lo peor de todo era que el sol, que había ansiado ver, brillaba por su ausencia. El día estaba húmedo y gris, como una camiseta olvidada en el fondo del cesto de la ropa sucia.

—¿Es la primera vez que viene a Roma, signora?

—Sí. Pero no la primera vez que estoy en Italia. —No se la había imaginado de esa manera. Había imaginado cielos azules, locos en Vespas serpenteando por el tráfico, acordeones tocando «That's Amore» y ancianitas junto a la carretera preparando su propia pasta. Claro que también había imaginado estar allí con su marido.

Se acordó del teléfono. Lo había apagado durante el vuelo. Lo sacó del bolso y lo encendió. ¿La habría llamado Doug mientras estaba a veinticinco mil pies de altura? Marcó el número de su buzón de voz y descubrió que tenía siete mensajes nuevos. Pero a medida que los fue escuchando, el diminuto rayito de esperanza se fue apagando hasta morir. Eran mensajes de sus amigos, de sus compañeros de trabajo, de algún pariente lejano, de algún amigo de Doug al que conoció de pasada en un pub, que le preguntaban si estaba bien con evidente compasión y una pizca de malsana curiosidad por la posibilidad de averiguar qué había pasado. También tenía seis mensajes de texto con ese fin.

¡Que les dieran a todos! No iba a decirle ni mu a nadie.

—¿Es de Inglaterra?

—De Londres.

—¿Conoce Nuneaton? Me pasé dos años allí trabajando en un bar.

—No, no sé dónde está, pero eso explica tu excelente inglés.

Vincenzo asintió con la cabeza, satisfecho, cuando dejó la autopista y se internó en lo que parecía una estrecha carretera comarcal flanqueada por árboles. Poco después, la carretera se ensanchó al llegar a lo que debía de ser el extrarradio. De vez en cuando, veía letreros de Pizzeria, Trattoria, Gelateria... No había ni un alma en las aceras. Las calles se ensancharon y fueron ganando en tráfico mientras Vincenzo seguía conduciendo. Pasaron junto a una enorme pirámide de ladrillo.

—La tumba de Cayo Cestio Galo —explicó Vincenzo—. Visitó las pirámides de Egipto y decidió hacerse una para él.

—Claro —asintió. Frente a ellos se encontraba la primera muestra fehaciente de que estaba en Roma, el Coliseo, y era igualito a como lo recordaba de Gladiator.

Il Colosseo —confirmó Vincenzo—. Donde los leones se comían a los cristianos.

—Por supuesto. —Comprendía perfectamente lo que debieron de sentir.

—Y a la izquierda puede ver el Foro.

Volvió la cabeza en la dirección que le indicaba y vio lo que parecía un solar medio derruido a través de los cristales tintados. Poco después vio un edificio mucho más moderno de un blanco nuclear, con una escalinata en el frontal, columnas y un par de cuadrigas en la parte superior conducidas por lo que parecían ángeles.

—El monumento al rey Víctor Manuel. Lo llamamos «la tarta nupcial». —El chófer siguió con la explicación, ajeno a la mueca que esas palabras le provocaron—. Es el único edificio feo de toda Roma.

Enfilaron una calle larga y estrecha repleta de tiendas. A la izquierda vio una amplia plaza con una columna tallada, que dijo que era la plaza del Parlamento; después, giró a la derecha y atravesaron una enorme plaza atestada de gente con una pequeña fuente en el centro.

—La plaza de España. —A la derecha, vio otra escalinata, cubierta de personas, que conducía a una elegante iglesia—. Aquí es donde vienen los jóvenes italianos a rimorchiare. A ligar. Pero a usted no le interesa porque está en su luna de miel. —Prosiguieron el recorrido por otra callejuela estrecha—. Y esta es la vía del Babuino. Ecco! Aquí está su hotel.

El hotel de Russie era un edificio de piedra muy alto que estaba a pie de calle. Un portero ataviado con un elegante uniforme gris y sombrero a juego le abrió la puerta del coche antes de sacar la maleta del maletero. Pasó un momento muy incómodo cuando le dio las gracias a Vincenzo y se dio cuenta de que no podía darle propina, ya que no se había acordado de cambiar la moneda en el aeropuerto.

—Lo siento.

—No se preocupe —le dijo Vincenzo mientras le tendía la mano. Al estrechársela, se dio cuenta con sorpresa de que llevaba hecha la manicura francesa—. Disfrute de su estancia, signora.

Siguió al botones a través de las puertas del hotel y por el vestíbulo. Era de estilo minimalista con suelo de mármol y techos altos. Un joven calvo le sonrió desde el mostrador de recepción.

—Bienvenida, señora Fraser. Es un honor tenerla en el hotel de Russie.

—Preferiría que me llamara doctora Fraser —lo corrigió.

Era de agradecer que su profesión la ayudara a soslayar el tratamiento de «señora» al que no tenía ningún derecho. Se dijo que conservaría lo de Fraser un poco más. Después de haber aguantado toda la vida lo de "niña bien" era lo menos que se merecía. Había deseado tanto tener un apellido de casada que ya había cambiado el nombre en las tarjetas de crédito, en el pasaporte e incluso en la tarjeta del supermercado. Bueno, iba a tener que cambiarlo de nuevo en todos sitios. Otra cosa que añadir a su lista de temas pendientes, junto con el inevitable anuncio en eBay: «Precioso vestido de novia de Vera Wang. Talla 34. A estrenar».

—Vaya, perdone —se disculpó el recepcionista—. Una doctora. Mamma mia! —Así que los italianos decían eso de verdad—. ¡Qué inteligente! ¡Maravilloso! Y... ¿y el señor Fraser?

Era una pesadilla...

—Viene en otro vuelo.

—Entiendo... —dijo el recepcionista sin inmutarse—. Allora, no hay problema. ¿Podría rellenar este impreso y dejarme su pasaporte?

Lo rellenó utilizando su nombre falso. Cuando rebuscó el pasaporte en el bolso, se le cayó un tampón al suelo. Se apresuró a recogerlo justo cuando un hombre con acento de Yorkshire comenzaba a gritar:

—¡Oiga usted!

—Dígame, señor Doubleday —dijo el recepcionista con la misma sonrisa afable.

—No me gusta mi habitación. Quiero que me trasladen a una suite de inmediato.

—Vaya, lo siento muchísimo, señor Doubleday, todas las suites están ocupadas.

Se volvió para mirar al recién llegado. Cincuentón, bajito, con abundante pelo canoso, la boca torcida y una frente tan brillante que parecía que acabara de pulírsela. Llevaba unos chinos y un jersey de golf, y unas cuantas cámaras colgadas del cuello.

—¿No puede hacer nada? —masculló—. Soy un cliente muy importante, que lo sepa.

—Lo siento, señor. Es temporada alta. El miércoles se estrena una película y muchos de los asistentes al evento se hospedan aquí.

—Sé lo del estreno de la película, colega. Estoy aquí para hacer las fotos de la fiesta. —Dicho lo cual dio media vuelta y se largó.

—Menudo imbécil —dijo otra voz con acento inglés, aunque femenina y bastante culta. Volvió a darse la vuelta y vio a una sonriente mujer de mediana edad con un recatado vestido de tirantes azul marino. Detrás había un hombre de aspecto tranquilo con una camiseta y pantalones cortos.

-¿No te parece? Un completo imbécil.

—Ha sido un poco desagradable —reconoció ella.

—¡Un poco desagradable! —repitió la mujer antes de resoplar—. ¡Es un inútil!

—¡Marian! —la reprendió el hombre en voz baja.

—Pero es verdad, Roger. Ya sabes que no tengo pelos en la lengua. —Volvió a sonreírle dejando a la vista una hilera de dientes enormes—. ¿Acabas de llegar? Es un lugar precioso. Te encantará.

—Estoy segura. —Se volvió hacia el mostrador de recepción.

—¿Estás de luna de miel?

Al ver la expresión del recepcionista, respondió:

—Sí.

—Nosotros también —dijo Marian.

—Ah, yo...

—Segunda luna de miel —puntualizó la mujer—. Hace cuarenta años que vinimos aquí por primera vez, ¿te lo imaginas? Ahora que los críos ya son grandecitos, decidimos regresar y revivir la juventud. Verás, es que estamos aquí por la pasta.

—¿Ah, sí? —preguntó, un poco extrañada—. ¿Les gusta la comida italiana?

Marian se tronchó de la risa.

—¡Ay, qué bueno! No, me refiero al dinero. Estamos aquí para gastarnos la herencia de los niños, vamos. Acabamos de librarnos del mayor. Tiene treinta y tres.

—Igual que yo.

—Sí, pero tú eres una respetable mujer casada. Él se pasaba el día fumando porros. Bueno, ¿dónde está tu marido, cariño?

—Marian... —protestó Roger sin ponerle mucho empeño.

—Acaba de subir a la habitación —respondió ella en voz baja, con la esperanza de que el recepcionista no la escuchara.

—Me encantaría conocerlo. A ver si quedamos una noche para tomar algo. Bueno, no te entretenemos más. Vamos a ver la Villa Borghese esta tarde. Ciao, como dicen aquí. —La mujer se marchó tras despedirse con un alegre gesto de la mano, seguida por Roger.

Se volvió una vez más hacia el recepcionista, que le sonreía mientras hacía señas a un botones de rostro arrugado y amable para que se acercara.

—Que tenga una estupenda luna de miel, doctora Fraser. Tommaso la acompañará hasta su suite.