El mundo y los personajes de Digimon no me pertenece. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.


Capítulo IV

De los antiguos dolores y las decisiones futuras


El inicio de las clases estaba demasiado cerca para ignorarlo por más tiempo. Dos semanas, quizás. Unos pocos días más destinados al receso de verano y finalmente, todo tomaría su rumbo. Había perdido la noción del tiempo en algún momento y solo podía guiarse en fugaces instantes, cuando sus ojos se topaban con los números negros del almanaque.

Aunque no quería concentrarse en ello, sus ojos volvían una y otra vez hacia el inicio del mes.

Otro par de semanas habían pasado desde el funeral de su abuela. Tiempo donde pretendía olvidar el vacío que había quedado en su lugar.

Pretensiones inútiles, comenzaba a suponer. Llegado a ese punto, le pareció que no era sano pensar de ese modo. Pero llevaba mucho haciéndolo, como para cambiarlo tan rápido. Las ausencias eran mucho más dolorosas de lo que se solía creer. Podía asegurarlo sin duda alguna.

Y, sin embargo, el tiempo no se detenía. Todo seguía su rumbo. Se encontraban muy, muy cerca del noveno mes y con ello, del fin del verano. Kouichi comenzaba a pensar que esa estación del año estaba destinada a no gustarle jamás.

Regresar a la escuela le habría entusiasmado, en otro tiempo. Vería rostros amistosos, sus compañeros ya regresarían de las vacaciones —no es que fuese un chico excepcionalmente extrovertido y sociable pero solía llevarse bien con la mayoría— y se mantendría ocupado en otras cosas.

Estudios, lecturas y exámenes. Podría dedicarse a las pruebas de aptitud que le habían propuesto para ser adelantado un año en los estudios.

Pensar demasiado comenzaba a afectarle, estaba seguro.

Casi le parecía ver unos ojos en las penumbras de su habitación cuando se quedaba solo por las noches. Ojos rojos y codiciosos que lo vigilaban, insistentes. Como si alguien buscase algo de él, pese a que no tenía idea de lo que podía ser ese 'algo'

Sí... Eso, definitivamente, no era normal.

Era una especie de pesadilla familiar, de alguna manera.

Algo que había sentido antes, o que estaba sintiendo a menudo. Le hacia preguntarse sí alguna vez había tenido miedo de la oscuridad. Después de todo, era de los miedos más comunes que existían. Las tinieblas hechizan, seducen, ocultan...

Curiosa era su relación con la oscuridad.

No le temía exactamente a ella, sino a lo que podía ocultar en sus fauces. Y, aún así, no era el peor de sus miedos. Incluso podía refugiarse en ella, para escapar de los ojos ajenos porque no hay mejor lugar que una habitación oscura para despistar a los curiosos. La oscuridad guarda secretos. Y sólo una pequeña luz bastaba para que la oscuridad no se viese tan terrible.

Ser abandonado, por otra parte...

Los días eran diferentes para unos pocos, la mayoría no era conciente de nada. Sólo aquellos que perdían seres amados, notaban la diferencia.

Tampoco podía culparlos.

Algo triste de pensar, aún estando en multitudes... Las personas estaban destinadas a terminar solas.

—¿Kouichi? —La voz de su madre rompió su ensimismamiento de manera repentina. Ella lo miraba con una extraña inquietud en sus ojos azules.

Le sonrió. Parecía que aprendería a sonreír aún cuando todo se tornaba confuso y molesto. Su abuela decía… Siempre había dicho que el arte de reír de sus propios problemas era lo que le permitía seguir.

Tal vez era algo genético.

Aún antes de que pudiera contestar, ya lo habían interrumpido. —No puedo creer cuanto has crecido, jovencito. Y pensar que te conozco desde que eras un bebé —sonrió la mujer que estaba detrás de su madre, con los brazos en jarras y la sonrisa brillante.

Midori Kaoru-san.

Era una de las enfermeras que trabajaban en el hospital, con Tomoko.

De hecho, era mucho más que eso.

Kouichi sabía que, sí no podía recurrir a su abuela o a su madre, siempre podía pedir ayuda a Kaoru-san. Una especie de tía postiza, sí tenía que llamarla de algún modo particular. Ella iba a ayudarlo en cuanto pudiese, sin dudar. Siempre se lo había dicho, y él era totalmente conciente de su sinceridad. Además, se trataba de la única mujer que podía competir con su madre en terquedad y eso no era poco. Sabía que era mayor que Tomoko por unos cuántos años, que había enviudado y sus dos hijos mayores vivían en Tokio.

Pero eso no le quitaba la alegría de los ojos miel.

Sonrió en respuesta a las palabras de la mujer. No sabía exactamente que decir en un momento así. Es decir, sí, había crecido pero apenas unos centímetros. Nada demasiado diferente a la forma como se veía un par de meses atrás. En el sentido físico, al menos.

Su gorra azul, su chaleco y su camiseta roja. Todo igual. No había cambiado.

—No he crecido tanto —replicó, sencillamente— No me has visto en solo unos meses.

—Pero has crecido —continuó ella y Kouichi asintió, sabiendo que ella buscaba que le diera la razón. Lo examinó con interés —. Sin duda, tu madre tendrá que espantar a tus futuras pretendientes en poco tiempo —Kaoru se rió y él se ruborizó. Los ojos miel no abandonaron nunca su rostro mientras que ella meditaba sobre algo que había visto en el niño — No apostaría, pero pienso que hay algo distinto en ti, Kouichi-kun.

Frunció el ceño, de forma inmediata, preguntándose sí tenía un cartel de neón en la frente o algo así. Negó casi al instante. Tal vez, demasiado rápido, y procuró calmarse antes de volver a retomar su actitud anterior.

La mujer sonrió y alargó la mano, para tomar la suya.

—Todos echamos de menos a Tsubame. Sabes que puedes contarme lo que sea, Kou-kun. Sí necesitas algo... Y puedo ayudarte, lo haré.

Las palabras se le atoraron en la garganta al notar el cariño con el que ella le hablaba y se le atravesaron en las cuerdas vocales todas sus acusaciones. Ecos lejanos y perdidos llenaron sus pensamientos.

¿Podría decirle a Kaoru Midori lo que le preocupaba? ¿Y sí ella se lo decía a su madre? ¿Y sí su madre se enteraba de que él sabía la verdad? ¿Y sí Kaoru-san también sabía de la existencia de Kouji? ¿Y sí sabía donde hallarlo? ¿Y sí...

Sacudió la cabeza ligeramente. Asumió que Kaoru lo entendería como una negativa y se forzó a hablar con ella.

—Mamá me preocupa —confesó. Y era verdad. Aunque no era todo.

Kaoru suspiró —Tomoko es una mujer fuerte. Se repondrá, ¿sabes? Ella está muy preocupada por ti.

¿Por él? Eso lo hizo sentirse mucho peor. Sus ojos bajaron, la culpa subió por cada rincón hasta nublarlo todo.

—Hay secretos que envenenan, por muy inocentes que puedan parecer. En eso te pareces a tus padres… Tu madre suele reservarse sus cosas, como hacia tu padre. Entonces, las cosas estallaban con más fuerza. Uno detrás del otro. Jamás fueron compatibles.

Kouichi levantó la cabeza con violencia inesperada y Kaoru encontró lo que buscaba. Se ruborizó cuando encontró los ojos claros de la mujer que estaba frente a él, por lo sencillo que le resultaba ver a través de sus acciones.

—¿Se trata de tú padre, Kouichi-kun? ¿Es eso lo que te preocupa?

Su padre.

Cuando cerraba los ojos y pensaba en su padre, podía escuchar una voz muy lejana. Siempre le contaba cuentos, o tal vez, todo era causa de sus fantasías. No podía diferenciarlo. Era muy pequeño cuando él se marchó. Había dejado de esperarlo hacia tiempo pero nunca había dejado de hacerle falta.

Porque su padre seguía siendo un vacío muy grande en su corazón. No sabía nada de él, apenas y se había aprendido su nombre.

Kousei.

¿Le interesaba conocer a su padre? Claro que sí. Pero, ¿y luego, qué? ¿Y sí lo rechazaba? ¿Y sí no era lo que él esperaba? ¿Y sí... No lo quería?

¿Y Kouji? ¿Qué es lo que Kouji haría sí lo conociera?

Eran demasiadas preguntas de las que temía la respuesta.

Pero su abuela...

Tsubame le había pedido que encontrase a Kouji. Le había hablado de un hermano.

¿Cómo podía él ignorar ese fragmento de su vida? ¿Cómo podía no ignorarlo?

—Mi padre —vaciló. Su voz se perdió en el aire y Kaoru lo miró con fijeza—... ¿Me hablarías de mi padre si te pregunto, Kaoru-san?

Ella se movió incómoda bajo su mirada. Su respuesta también era evidente en ese simple gesto, casi inconciente. No. Kouichi la esperaba. Había recibido una respuesta así antes.

Su abuela siempre le decía que ella no podía hablarle de ello, que debía ir a buscar a su madre con sus dudas.

—Kou-kun...

—Lo sé. Debería preguntarle a mi madre —suspiró.

Kaoru le acarició el cabello, como si fuese un niño pequeño. No se sentía mucho mayor —Ustedes dos se parecen mucho, como te he dicho. Sí le preguntas, estoy segura de que ella te dirá lo que quieras saber.

Pero la lastimaría en el proceso, discutió él en su fuero interno.

Su madre... Tomoko los había dejado solos cuando se retiró para hacer algunos mandados. Kouichi supuso —demasiado tarde—, que lo había dejado con Kaoru-san para que le dijese a ella lo que le molestaba.

A veces resultaba extraño ser tan similar a su madre en personalidad, porque a los dos les costaba decir en voz alta sus problemas. Siempre era mejor enterrarlos en su corazón. Sí quedaban en lo profundo, ya no serían capaces de dañar. A nadie, o bueno, a nadie más que a uno mismo.

Su abuela siempre había querido cambiar eso, consideró con amargura.

Por más que cierres los ojos y te niegues a verlos, tus miedos, tus dudas seguirán allí hasta que los enfrentes. Seguirán existiendo mientras lo permitas. Eso era lo que siempre decía. Era una mujer muy sabia, en sus palabras siempre relucía la verdad.

O eso había pensado desde pequeño.

Pero su abuela había sido siempre una mujer valiente. Y lo que él carecía era, justamente, de valentía.

Sin embargo, a decir verdad, estaba claro que no sabía en que más creer.

¿Cómo confiaría en alguien que le negó la verdad toda su vida? Le daba miedo preguntar a su madre, desenterrar viejos dolores y marchitar aún más la alegría de sus ojos. ¿Cómo podía juzgarla sí había sido su sostén, el pilar entero de su vida? ¿Cómo podía exigirle la verdad sí ese silencio era lo que ella deseaba?

—Supongo que sí —suspiró. Kaoru lo miró enarcando una ceja. Parecía divertirse, a medias, con su respuesta.

—¿No se lo preguntarás, cierto?

No tenía caso evitar la cuestión. Sencillamente, lo negó —No le mencione a mi madre sobre esto, por favor —pidió, en voz baja, un segundo después— Quiero hablar con ella —prometió— Pero aún... No es el momento.

Kaoru volvió a mostrarle una sonrisa. —No le diré nada sobre esto, si tu lo haces. No es un pecado que quieras saber sobre tu origen, Kou-kun —Sonrió Midori, aunque era una expresión triste— Pero no presiones mucho a tu madre por ahora. Ella no está tan bien como dice que está.

Asintió, silenciosamente. Lo sabía —Es demasiado pronto —musitó.

—Tal vez, sí. Pero quizás nunca encuentres el tiempo ideal de Tomoko. Hay cicatrices que tardan en sanar sino se las cura de vez en cuando… Y ella ha dejado mucha agua correr.

No sabía como interpretar eso, pero lo dejó pasar. Kaoru tampoco insistió en la conversación porque su madre estaba entrando al living cuando él terminó de asimilar sus palabras.

Había demasiadas cosas que no entendía, que no quería comprender, que necesitaba olvidar.

Tal vez buscar a Kouji, a su padre, rebuscar el pasado... No era tan buena idea. ¿Las cosas estaban bien sin ellos, no? Esas heridas tendrían que sanar, tal vez era mejor dedicarse a curar a su familia rota y no preocuparse por aquella que estaba perdida.

La imagen de la fotografía que había hallado pocos días atrás se movió en el baúl cerrado de sus pensamientos.

Sí, quería encontrar a Kouji desesperadamente pero... ¿Y sino valía la pena?

—¿No quieres quedarte a cenar, Kaoru? —cuestionó Tomoko, unas horas más tarde.

El día había cedido por completo al poder de la noche. El cielo oscuro bañado de estrellas lo saludó cuando, junto a su madre, abrió la puerta para despedir a Midori.

—Me encantaría, pero no puedo. Hoy saldré con Motoki-san —rió la mujer, con un deje de diversión. Hizo un pequeño gesto con su mano —Kouichi-kun ven a despedirme. Sabes que no sé cuando volveré a verte, niño testarudo.

A Kouichi solía sorprenderle que Kaoru pareciese tan poco japonesa con su risa y sus ojos chispeantes. Olvidaba, a menudo, que había estado en el extranjero muchos años.

Negó con la cabeza y luego se acercó para recibir un cariñoso apretón en la mejilla.

—Cuídate mucho, Kou-kun —saludó la mujer. Kouichi sonrió suavemente. No entendía del todo porque Kaoru era la única que le llamaba de ese modo —Nos vemos mañana, Tomoko. ¿Estás segura que no quieres tomarte unos días de descanso?

La voz de Tomoko Kimura era firme —Trabajar es salud, Kaoru.

Midori hizo una extraña y graciosa mueca —No en exceso. Ningún exceso es bueno, Tomoko —Sonrió— Pero obviamente, no harás caso a lo que te digo. Tal madre, tal hijo —le guiñó un ojo— A ver sí la convences de que no se exija tanto, Kouichi. Quizás tengas más suerte.

Quiso soltar un suspiro pero sólo esbozó una sonrisa, como respuesta. Lo intentaba, de verdad. La terquedad debía estar en sus venas, también.

No escuchó lo que Tomoko respondía.

Cuando Midori Kaoru se marchó, y la cena se dividió solamente entre ellos dos, Kouichi se dio cuenta de lo solitaria que se veía esa casa, lo solitaria que se sentía. Se preguntó sí su madre era tan conciente de eso como el mismo se sentía. Conversaron un poco pero resultaba evidente que había algo que le preocupaba a la autora de sus días, algo que la distraía y el joven apenas pudo rescatar unas respuestas vagas.

Le tocaba lavar los trastos así que no se quedó mucho tiempo en su lugar una vez que terminó de cenar. Tampoco podría haberlo hecho.

Evidentemente, ese día no era como los demás. No podía dejar de preguntarse porqué. Algo se asomó en el fondo de sus pensamientos, y de pronto, todo encajó. La visita de Kaoru, la actitud melancólica, la tristeza palpable...

—Mamá —llamó antes de retirarse a dormir, un par de horas después. Le había llevado demasiado tiempo decidirse a preguntarle sí había algo malo— ¿Te encuentras bien?

La encontró desamparada cuando regresó la mirada. Sola, sentada en la cama vacía y pulcramente ordenada, con los ojos empañados.

—¿Mamá? —repitió vacilante, dando un paso hacia el interior del dormitorio.

Tomoko lo miró con cariño —Sólo estoy un poco triste, cariño, este día. No es nada.

Pero si era algo. Kouichi lo sabía. Por algo había estado evitando el almanaque desde que había hallado la caja de los secretos, con todos esos documentos que le invadían los pensamientos. Ese día, era el aniversario de la boda de su madre.

Se acercó con torpeza y la rodeó con sus brazos. Se sorprendió aun más cuando ella se hundió en su abrazo y la acarició el cabello, con ternura.

No habló, no preguntó. Se quedó en silencio hasta que el tiempo se consumió. Pero escuchó un suspiro que cambió toda su convicción. Un suspiro que jamás pensó escuchar y notó que Tomoko supuso que él dormía.

Comprendía la tristeza de su madre con tanta claridad que se sintió agotado.

Comprendió cual era el motivo, la causa, y el pesar. Lo envolvió y se dejó arrastrar por ello.

Kouji.

Y sólo por eso, él sabía que encontrar a su hermano valía toda la pena del mundo.

...


N/A: Esta historia no sé que rumbo tomará. Pensé que iba a ser un solo capítulo y parece que va a extenderse mucho más de lo planeado porque van surgiendo ideas al respecto. El próximo capítulo será desde el punto de vista de Tomoko. Sino, el siguiente. ¡Ah! Los ojos rojos e insistentes que se mencionan, aclaro, son los de Cherubimon. Sé que nunca se comenta que haya seguido a Kouichi pero creo que para buscarlo entre todos los niños del planeta, bueno, 'algo' debería haber estado haciendo mientras tanto.

También pronto aparecerán Kouji y Kousei. Porque no estaría completa la historia sin los cuatro puntos de vista.