—¡Já! —Le volvió a lanzar agua Clary a su novio, aprovechándose de los segundos que le había tomado al chico decidirse si le seguía el jueguito o no.

—¿Te crees muy lista, no? —Sonrió de oreja a oreja Jace, juntando sus manos para mantener la mayor cantidad de agua en ellas y luego lanzársela a la pelirroja. —Olvidas quién es el guerrero altamente entrenado aquí. —Se mofó.

Clary intentó cubrirse con ambas manos, lo cual no fue difícil, ya que el mar sólo le llegaba hasta la cintura. Incluso en aquella posición, con Jace más lejos de la orilla que ella por unos cuantos metros, el océano sólo alcanzaba las caderas del chico.

—¿Y tú olvidas quién es la Cazadora en práctica?

—¿Y eso qué? —Le miró confundido su novio. —Por lógica, tu entrenamiento está por debajo del mío.

Si pensó que aquello callaría a Clary, estaba muy equivocado, porque ella rápidamente encontró una respuesta.

—Ah, pero por lógica, mi entrenamiento está más fresco, lo que me da la ventaja. —Refutó triunfalmente.

Jace dejó escapar una sonrisita, al tiempo que negaba con la cabeza.

—Pero aún no has tenido clases de natación. —Comentó, lanzándole un chorro de agua que pillo desprevenida a Clary. —O sea, que eres tan inexperta como cuando casi te ahogas en el Lago Lyn.

—No me estaba ahogando. —Se defendió, sin mucha convicción. —Sólo… tragué un poquito de agua.

Jace lanzó una carcajada, pero decidió no molestar más a su novia. Ya había metido la pata al reaccionar estúpidamente con el tema del traje de baño, además estaba aquel asunto de las runas, no podía permitirse provocar más a Clary.

—Como tú digas. —Se acercó con una sonrisa.

—Ése es mi chico. —Clary intentó colgarse de su cuello, pero al ver que Jace se tensaba con el contacto bajó los brazos, recordando el fuego. Pudo notar la mirada dolida de su novio, así que le dedicó una sonrisa dulce.

—Bueno, aprendí hace poco que aceptar lo que dices es mucho mejor que discutir contigo. —Comentó Jace, envolviendo las manos de Clary con las suyas.

—¿Hace poco? —Preguntó confundida.

—Dejémoslo que fue en el momento en que me atravesaste con una gran espada que me hizo ser una antorcha humana. —Bromeó él, ladeando su sonrisa.

Clary rio alegremente, pero no dijo nada más. Extrañaba aquellos momentos, donde podía abrazar al rubio tan fuerte como su cuerpo se lo permitiese, sin estar día y noche preocupada. Inconscientemente, agarró su mano con más fuerza.

—No sabía que Magnus hacía eso. —La sacó de sus pensamientos un confundido Jace, que miraba a la orilla de la playa, por donde se podía ver a Magnus pavonearse con un objeto de brillantes colores.


Lo observaba por el rabillo de su ojo. Su rostro estaba aparentemente mirando fijamente el ir y venir de las olas a lo lejos, pero Magnus sabía perfectamente hacia dónde estaba dirigida la atención de Alec. Brazos tensados, mandíbula testarudamente cerrada, cabello despreocupadamente cayendo sobre su frente. Incluso en un lugar como la playa, Alec no abandonaba su posición de alerta que tantos años de Cazador de Sombras le habían inculcado, y que culpablemente, tanto le gustaba al brujo.

Si era sincero, disfrutaba ser el centro de atención del chico. Saber que él estaba en su mente, no ese estúpido Robert. ¿Quién era Robert, de todos modos? "Británico, cabello ondulado, muy lindo", había dicho Isabelle. Y Alexander lo había reconocido así. Había conocido muchos británicos lindos de cabello ondulado. Sabía lo encantadores que eran, y era sólo cuestión de tiempo para que uno hiciese algún movimiento con el Nefilim.

No los podía culpar, claro estaba.

Y, aunque él había sido quien había terminado con Alec, no había pensado en los buitres que se le acercarían. Sabía que él mismo hubiese sido uno de esos buitres, de no haber sido él el chico que, y estaba seguro que esos imbéciles le dirían a Alec, "el idiota que lo usó durante un tiempo y luego desechó".

Él no era eso. Quizás en algún momento de su vida se había permitido usar y ser usado, pero jamás con Alec. No con el chico de ojos azules y sonrisa sincera. No, no lo era, pero se sintió tan sucio como aquello cuando Isabelle comenzó de hablar sobre Robert. Joder, tenía miedo de convertirse en un "usado" para Alexander. Su inocente Alexander, con peligro de caer en aquel mundo del cual él mismo había sacado a Magnus.

Así que sí, disfrutaba tenerlo todo aquel día para protegerlo de esos cuervos. Y, de paso, porque le encantaba que se fijase en él. Separados y todo, las miradas del Nefilim seguían siendo su perdición.

—¿Estás pensando en Robert? —Lo asustó una voz situada detrás de él.

Isabelle lanzó una carcajada al notar el pequeño saltito que el brujo había dado. A su lado, Maia intentaba disimular que buscaba a Jordan.

—¿Por qué estaría pensando en el tipo? —Comentó Magnus, escondiendo la cabeza en la parte de atrás del automóvil.

Izzy suspiró dramáticamente y se cruzó de brazos, consciente de que el chico estaba pendiente de cada una de sus palabras.

—Bueno… era bastante guapo.

—Bastante. —Afirmó Maia, aunque jamás había visto a Robert en su vida.

—Joder, si le gustaran las chicas ya le hubiese dado una probada hace mucho. —Sonrió maliciosamente la morena.

Magnus levantó la cabeza bruscamente, dándose con el techo de la camioneta, pero no le respondió nada las chicas. Simplemente le dedicó una mirada cómplice a la hermana de su ex novio y agarró con más fuerza la tabla de surf que tenía en las manos. Maia e Isabelle lo observaron caminar hacia la orilla de la playa.

—¿Estás pensando lo mismo que yo, no? —Sonrió Isabelle.

—Lo dudo. —Tragó en seco su amiga. —No vayas a hacer nada descabellado, ¿vale?

Izzy la miró fijamente unos segundos y luego soltó una expresión dulce.

—Claro que no. —Sonrió. —Sólo vamos a hablar con mi hermano. —Le tomó la mano, arrastrándole en dirección a las toallas donde Alec se encontraba.


El rostro de Jordan pasó por varias transformaciones antes de poder emitir algún sonido. Primero se mostró confundido, luego aterrado, cambió a una mueca burlesca y luego volvió a la confusión.

—¡TE QUEMAS! —Le espetó, sin poder creérselo.

—Lo he notado la primera vez, Jordan, gracias por aquel comentario. —Respondió sarcásticamente Simon.

—¡ERES EL JODIDO VAMPIRO DIURNO, Y TE QUEMAS! —Seguía exclamando, estupefacto.

—Podrías… ¿podrías no anunciárselo a todo el mundo, Jordan?

—¡Simon, te quemas!

—¡Lo sé, idiota! Tienes que ayudarme. —Le miró ansiosamente el vampiro.

—Pero… ¡Simon, …-! —Jordan no alcanzó a terminar la frase, cuando el más pálido se lanzó en picada hacia abajo sólo para ponerle la mano en la boca a su amigo.

—Tienes que ayudarme, ¿vale? En silencio. —Se aseguró que tuviese la boca cerrada. —¿Vas a gritar? —El hombre lobo negó con la cabeza. —Bien, te dejaré ir. —Le quitó la mano de la boca y la sacudió con disgusto. —Eres repugnante, me lamiste la mano.

—¿Y qué esperabas que hiciera? —Se quejó el chico. —Al menos pudiste haberme dado tiempo para reaccionar como una jodida persona normal.

—¡No hay tiempo para eso! —Le susurró nerviosamente.

—¿Y qué quieres que haga? —Preguntó confundido. —¿Que te acompañe todo el día bajo la… la… sombra? — Se distrajo Jordan, observando a Maia e Isabelle caminar apresuradamente hacia el chico Lightwood.

En el rostro de Simon se dibujó una mueca pensativa. Realmente no había pensado en algún plan, se había conformado con esperar a Jordan sin morir en el intento ni que Isabelle se diese cuenta. No escuchaba a su amigo, sin embargo, se dedicó a seguir su vista.

—¡Eso es! —Exclamó triunfante. —Eres un genio. —Golpeó la nuca del hombre lobo.

—¡Ay! —Se quejó, frotándose el cuello. —No voy a acompañarte todo el día, Simon, sería una locura.

El vampiro lo miró confundido unos segundos, para después negar con la cabeza.

—Lo sé. —Le aclaró. —Pero Isabelle tiene protector solar, ¿no?

—¿Y eso? —Alzó una ceja Jordan.

—¡Eso me ayudará! —Sonrió aliviado Simon.

—No lo sé… ¿y si algo sale mal? —Se rascó la cabeza. —Digo, ¿siquiera sabes qué te está pasando?

Simon negó con la cabeza.

—Pero tengo una idea. —Se encogió de hombros. —Sigo siendo un vampiro, ¿no? Y mi piel no se daña por el sol.

—Y esas fueron las noticias de la tarde. —Arrastró las palabras Jordan. —Vamos, dime algo que no sepamos hace meses.

—A eso voy. —Se quejó el subterráneo. —Pues, en la ciudad mi piel no recibe unos rayos tan potentes como estos, por eso se lastima aquí y no allá. —Sonrió. —¿Lo pillas?

—Sí, pero aún no veo cómo el protector solar de tu novia nos va a ayudar.

—No es mi novia. Aún. —Se apresuró a añadir. —¡Pero su bloqueador me ayudará! Logrará que mi piel sea más resistente a este sol.

—¿Y si no funciona?

Simon hizo una mueca.

—Entonces te quedas con una brocheta asada de Simon, o me quedo debajo de estas ramas todo el día.

—Suena bien para mí. —Alzó ambas manos Jordan. —Aunque no pillo cómo quieres que te ayude. —Miró a las chicas sentándose junto a Alec. —¿Acaso quieres que se lo pilla yo a Isabelle o…?

—¡NO! —Soltó ligeramente más alto de lo que le hubiese gustado. Comprobó que nadie los hubiese escuchado. —No quiero que Izzy se entere. Se reiría toda la vida de mí. —Gimió.

—¿Y eso es mi problema porque….? —Se burló el licántropo.

—Porque eres mi Praetor Lupus.

—No soy TU Praetor Lupus, pedazo de imbécil.

—Bueno, eres UN Praetor Lupus, ¿feliz? —Bufó Simon.

—Bastante. —Sonrió satisfecho. —¿Entonces qué haremos?

—¿Haremos? —Rio Simon. —Tú irás a robar el protector solar mientras yo te espero aquí. —Se cruzó de brazos.

—Claro que no.

—Claro que sí, eres un Praetor Lupus y tu deber es ayudar a los subterráneos. Son las reglas.

—Las reglas se pueden cambiar. —Frunció el ceño Jordan.

—No, no se cambian. No se han cambiado desde hace 75 años. —Sonrió el vampiro. —Vamos, anda. —Le dio un empujoncito.

Jordan tomó una bocanada profunda de aire.

—Bien. —Aceptó. —Pero tú te vas conmigo. —Lo jaló con la mano.

—Jordan, el sol. —Dio un gritito Simon.

—Oh, no te preocupes. —Embozó una sonrisa burlona. —Iremos por la sombra.


Alec perdió de vista a Magnus en cuanto logró estar sólo unos cuantos metros de distancia de la camioneta. No giró la cabeza para seguirle el camino, porque eso significaría que le estaba dando demasiada importancia al brujo –la cual sí le estaba dando, de hecho-, y no pensaba entregarle aquella satisfacción.

Se quedó mirando el océano, las grandes olas que parecían concentrarse en medio del mar. Eran hermosas, incluso para una persona como él, que no disfrutaba especialmente de la playa y los exteriores. Por un momento, disfrutó de olvidarse que su novio estaba allí, estaba ignorando magistralmente su relación, y tenía planes de abandonar el país para hacer quién sabe qué con quién sabe quién.

—¡Hermanito! —Lo llamó Isabelle, sentándose a su lado y sacándolo de su estupor.

—¡Alec! —Intentó sonar casual Maia, claramente obligada por su amistad hacia Izzy. Las dos chicas se sentaron a cada uno de sus lados, logrando que Alec se sintiese acosado. —Clary me contó sobre un tal Robert, dijo que era lindo, ¿qué opinas tú?

—¿Eh? —Alzó ambas cejas el chico.

—Oh, obviamente cree que es lindo, ¿cierto, Alec? —Isabelle le picó.

—Bueno… —Intentó rehusar la pregunta.

—¿Crees que yo le vaya a gustar?—Soltó Maia, claramente impresionada por sus propias palabras.

—Tú… ¿tú no eres novia de Jordan? —Comentó escandalizado el Nefilim.

—¡Ah, Jordan! —Suspiró Isabelle. —Tiene los mismos ojos que Robert, ¿a que sí?

—Jordan tiene unos ojos realmente bonitos, ¿crees que Robert tiene ojos realmente bonitos?

—Yo… yo… —Tartamudeó Alec, contrariado. —La verdad es que… —Giró la cabeza hacia todos lados, en busca de Magnus. Lo encontró caminando hacia la orilla de la playa con una tabla de surf bajo su brazo, pero no lo suficientemente cerca como para pedirle ayuda mediante contacto visual.

—Creía que te gustaban los ojos verdes, Alec. —Admitió Izzy, soltando un suspiro dramático. —Después de todo, Magnus tiene ojos verdes.

—¡Jordan también tiene ojos verdes! —Sonrió Maia.

—Sí, pero… —Comenzó el chico, intentando rehusar la mirada de ambas chicas.

—¿Pero? No hay peros. —Negó con la cabeza su hermana. —O te gustan, o no.

—¡No es tan simple! —Alegó Alec. —Son verdes y… bonitos. —Alzó ambas manos hacia Maia, dejando en claro que no insultaba a su novio.

—¿Pero? —Canturreó la Cazadora de Sombras.

—Pero no son del color verde que tienen los de Magnus. —El rubor subió a sus mejillas y apoyó su cabeza sobre sus rodillas. —Los de Magnus tienen motas de amarillo y… —Su voz se extinguió.

Isabelle y Maia, sin embargo, no pudieron seguir extorsionando al chico. Se habían quedado mirando hacia el mismo punto en la orilla del mar, donde el Gran Brujo se despojaba de su camiseta y se disponía para entrar al mar.

—Joder. —Murmuró Maia.

—Lo sé, lo sé. —Asintió con la cabeza Izzy, sin apartar la vista. —Joder, Alec. —Repitió.

Magnus, con los varios pares de ojos puestos en él, reconoció a un rostro encendido que intentaba disimular por todos los medios que estaba observándolo fijamente. Sonriendo de lado y habiendo logrado su objetivo, le guiñó un ojo coquetamente, sin importarle el juego o que hubiesen terminado.

Alec, sentado entre ambas chicas y habiendo visto el guiño perfectamente, tragó en seco antes de observar cómo el brujo se introducía en el mar con la tabla de surf de brillantes colores bajo el brazo.