Capítulo 4: Tres son multitud
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Merlina inspiró profunda y lentamente agarrando el mantel con fuerza, deseando salir corriendo hacia Severus y contarle lo que había presenciado con todos los detalles. Sin embargo, estaba paralizada, con la vista fija en la profesora. Trelawney la miraba con la cabeza ladeada, expresión de desconcierto y el ceño fruncido.
― ¿Te ocurre algo, querida?
Merlina sacudió la cabeza, reaccionando y volviendo a tomar gran cantidad de aire. Abrió la boca, la cerró y a abrió nuevamente, mirando a la mujer a los ojos con intensidad.
― ¿Usted acaba de hacer una profecía? ―preguntó dejando su postura tiesa e inclinándose un poco.
― ¿Disculpa? ―la profesora pareció más confundida.
―Es que recién, usted comenzó a hablar como… ―Merlina vaciló y se puso el pelo que le tocaba la cara detrás de las orejas. ―como si estuviera poseída o algo por el estilo porque…
― ¿Poseída, dices? ¡Oh, no, no, no! No menciones esa palabra. En mi género de adivinadora da mala suerte, así que no lo vuelvas a decir. ¡Profecías! Nunca he realizado una, querida, eso ocurre cuando uno alcanza tal grado de perfección, que puedes tener un conocimiento más profundo del futuro que las simples banalidades diarias que viven los magos y brujas…
―Pero, usted recién estaba hablando sobre algo… bueno, no entendí bien, pero trataba de la guerra y…
― ¡La guerra! ―la interrumpió nuevamente. Merlina sintió una punzada de rabia por no dejarla completar las ideas ― ¿Acaso, el profesor Snape no te ha contado que todo está bajo control? No habrá guerra. No te tienes que preocupar por eso. Y la verdad, es que debo haberme quedado dormida, hay veces que me pasa. No es nada grave, por supuesto. El estar realizando predicciones todo el día a uno la deja agotada.
―Pero…―Merlina pensaba rebatir otra vez, mas era inútil intentarlo, con mayor razón cuando Severus se estaba acercando a ellas con su típica expresión insondable. ¿Qué le iba decir Severus si le contaba? Lo más probable era que no le pudiera contar, poniéndose en el caso de que Trelawney estuviera con ellos durante todo el tiempo. O tal vez, conociéndolo, no la tomaría en cuenta y le diría que son cosas por las que no debería preocuparse. De manera inconsciente mostró los dientes, apretándolos, regañando la situación. Severus, que estaba más pendiente de ella de lo que pensaba, no pasó eso por alto.
Volvió a tomar su asiento y miró hacia la profesora con una sospechosa amabilidad.
― Sybill, ¿desea beber más jerez? Su copa está vacía.
― ¡Oh! Sí, Severus, por favor. Por un momento había olvidado que deseaba beber más jerez. Las cosas descabelladas que estaba comentando Merlina me distrajo por completo.
Severus miró a Merlina con las cejas arqueadas. Merlina hizo una mueca similar a una sonrisa y prefirió mirar su plato a medio comer. El estómago lo sentía como plomo, así que no podía ingerir nada más.
Severus pidió tres botellas de jerez más, y recién con eso consiguió dejar algo mareada a la profesora Trelawney.
―Se… ¡hip!... verus, la cuenta ¡hip! te va a salir… muy, muy cara con todo el… ¡hip! licor que pediste ¡hip! pa… ¡hip! …ra mí.
―No se preocupe Sybill, la vacaciones son para gastar oro ―dijo el profesor con ironía suficiente como para que una persona sobria se diera cuenta. Luego bajando la voz, y dirigiéndose a Merlina, dijo ―la dejaremos en algún lugar seguro, luego escaparemos…
Merlina se puso al lado izquierdo de la profesora para poder sacarla del lugar sin que se tropezara. Merlina no tenía un muy buen equilibrio tampoco, pero no estaba mareada. Estaba sumamente despierta y atenta.
―Así que… aho... ¡hip! …ra vamos a… ¡hip!... las pie…drash.
― Sí. Será un bonito lugar para conocer.
Poder tomar el rumbo fue lo más complicado de todo. Con una persona ebria tambaleándose para todos lados, hablando estupideces y salpicándolos de saliva alcohólica cada vez que abría la boca, no era demasiado agradable. Además, que a ambos los colocaba tensos. Merlina no hallaba la hora de abalanzarse sobre el profesor sin sentirse avergonzada por tener como público a Sybill, y suponía que él debía sentirse similar, ya que no paraba de dirigirle miradas llenas de deseo y desesperación.
Apenas Severus divisó las piedras a lo lejos, se detuvo en seco. Merlina recién allí comprendió que tenía un plan secreto y debía seguirle la corriente.
― Sybill, ¿puso usted atención a las leyendas que nos explicaron en la mañana?
La profesora vaciló y finalmente negó con la cabeza, avergonzada.
―Bien ―continuó Severus ―cada uno debe permanecer solo, a cincuenta metros del otro, durante veinte minutos a la luz de la luna, bebiendo una botella de jerez. Aquí ―hizo aparecer una botella y se la entregó ―tiene la suya.
― ¿Y para qué es esto, exactamente? ―preguntó recelosa.
Al parecer Severus tenía en cuenta esa pregunta, porque sin pensar contestó
― Es para la buena salud. Y no sólo para el año, sino que para toda la vida. Su vista mejorará con ello, créame. Así que, a los veinte minutos, nos reunimos aquí, ¿sí?
―Está bien. Esto es maravilloso, nada más me hace mejor que buena salud para el resto de mis días. Y recuperar la vista, abandonar mis gafas… ―pestañeó con ojos emocionados.
―Sí, y póngase en el pasto, eso… sí. Ahora, nosotros nos pondremos a cincuenta metros de usted. Separados, por supuesto, cada uno… ―y no siguió hablando porque la profesora ya había destapado la botella y comenzado a beber plácidamente.
Cogió a Merlina de la muñeca y se la llevó a paso rápido cuesta abajo. Merlina suspiró, contenta, pero casi se llevó un susto de muerte cuando la profesora llegó corriendo, asustada, detrás de ellos, casi haciendo malabares con la botella.
―Por favor… ¡hip!... no me dejen. Me ha… ¡hip! … dado miedo…
Era imposible saber quién de los dos estaba más enojado. Severus y Merlina tuvieron que soltarse las manos de lo hirviendo que las tenían por la ira. Aunque sí, Severus solía tener más paciencia para estas ocasiones; Merlina, estallaba más rápido. Cuando ya llevaban más de la mitad del camino recorrido, Merlina paró en seco y se dirigió a la profesora.
―Aquí, rápido. Bébase la botella entera de jerez, es su única salvación para tener buena salud toda su vida.
― ¿En serio?
― ¿Acaso duda de lo que dijo el sabio del pueblo? ¡Hágalo rápido!
Sybill destapó la botella y se la bebió en pocos sorbos, y estaba casi llena. Ni siquiera alcanzó a despedirse. Se desplomó simplemente en el suelo. Severus no le reprochó nada. Allí estaría a salvo: el pasto estaba tan crecido que la tapaba. Sencillamente, agarró a Merlina de brazo y continuó el camino corriendo con ella hacia las piedras. Merlina jamás supo de dónde sacó todas las fuerzas para correr tanto sin parar ni una sola vez. El flato del costado era horrible, sumando que apenas podía respirar y tropezaba constantemente con el pasto que se le enredaba en las piernas como lazo del diablo. Corrieron hasta entrar en el círculo de las piedras. Fue un momento especial en el mismo instante en que lo pisaron. Se sintieron mágicos, algo estúpido viniendo de dos magos y en un lugar repleto de magia. Eso era diferente. Miraron cada una de las piedras. Merlina se acordó súbitamente de la profecía hecha por la profesora. Recién allí habló.
― ¿Desde dónde se comienzan a contar las piedras?
―Desde allá. Esa es la primera, y esta… vendría siendo la séptima piedra.
La piel de Merlina se puso de gallina. La Séptima piedra. Si le decía a Severus… ¿se preocuparía? ¿La guerra? ¿Y si la regañaba? Tal vez creyera que estaba desconfiando de él…
―Son tan enormes… ―dijo para ganar tiempo. Debía contarle lo que había escuchado de la boca de la profesora…
No obstante, antes de planear demasiado, Severus la había girado bruscamente hasta él y había plantado los labios en los suyos. Merlina olvidó en un segundo todo lo que pensaba declarar. Se aferró a su cuello con los brazos y Severus intentó de clavar la pelvis en la suya. A la joven le recorrió una descarga de excitación cuando el profesor hizo ese movimiento. Claro, no fue sólo por el movimiento. Pudo notar la urgencia del hombre.
―Vamos… ―susurró Severus contra su boca ―en cualquier momento podrían llegar más turistas… o Sybill, incluso. Vamos. Corramos.
―Severus… ―alcanzó a replicar Merlina, acalorada, antes de salir corriendo otra vez por entre medio de la séptima y sexta piedra, hacia un valle. Se alejaron más de veinte metros. El corazón casi le explotaba. Se sorprendió con el repentino empujón que le pegó Snape en los hombros, para derribarla en las esponjosas hojas de una planta muy tupida color carmesí. Era una planta desconocida, pero no le importó. El profesor se lanzó encima de ella cortándole la respiración, a la vez haciéndole sentir mil cosas en una fracción de segundos cuando se situó entre sus piernas.
―Severus… ―Volvió a farfullar con la voz afectada. Lo rodeó con sus pantorrillas y le tomó la cara. No pensaba decirle nada, sólo sintió la necesidad de pronunciar su nombre y, por el efecto que producía en su semblante cetrino, a él parecía fascinarle.
―No sé porqué… Pero, siento que te deseo más que nunca. Si es que no es culpa de esas piedras, es de Trelawney por no dejarnos estar tranquilos, y en paz…
Merlina hizo un movimiento brusco con la cabeza. Era el momento menos oportuno para andarse con rodeos.
―Déjate de hablar y actúa luego, que me estás volviendo loca.
Severus no vaciló e inició el ritual del amor, como lo hubiera llamado cualquier mago irlandés del pueblo.
A pesar de ambos se sentían ardientes y acelerados por el otro, las caricias y besos fueron profundos, dedicados y generosos. Algo les daba fuerza para que fueran más detallistas y consagrados que nunca. Algo les confería energía para tener fuerzas. Después de correr tanto, hubiera sido lógico que descansaran un cuarto de hora o más, pero no había tiempo para eso. Merlina sabía que quemarse con fuego no era lo mismo, pero sentía que se quemaba, la espalda le ardía con ferocidad y, en realidad, todo el cuerpo. Gemía constantemente y, extrañamente, las sensaciones se multiplicaron al doble, era todo más agudo: el más mínimo roce era la más dulce caricia, y cada una era más suave que la anterior.
El orgasmo era parte esencial de cada unión que tenían. Siempre quedaban satisfechos. Sin embargo, que ocurriera tantas veces, fue un tanto preocupante. Severus estaba más salvaje que nunca. Merlina reconocía que era un hombre que no se cohibía ante nada a la hora que estaba con ella, pero era más sutil y parsimonioso, siempre pendiente de las reacciones que tenía ella. Allí fue diferente, ágil, recio e inagotable. No faltó el te amo al oído, ni el grito del nombre del otro cuando llegaron al clímax.
En una situación diferente, se hubieran tendido frente al otro, para descansar diez minutos antes de comenzar de nuevo. No obstante, esa noche, apenas Merlina dejó de ver estrellas en su mente y Severus abrió los ojos para encontrarse con la mirada de la joven, Merlina se aproximó a sus labios sin ganas de separarse todavía ¿Acaso, tan cierto era, que todo eso de Callanish Stones ayudaba a la sexualidad y a la fertilidad? Podía, incluso, ser una simple superstición que se terminaba convirtiendo en una realidad porque los participantes se creían el cuento. Pero, ¿por qué Merlina se sentía tan caliente? Y en el sentido literal de la palabra, no en el doble significado. Cada brusco movimiento romántico, hacía que se raspase la espalda con las hojas de las planta y, a pesar de que al principio se le hicieron muy suaves, después las comenzó a hallar ásperas por tanto roce. Hasta cierto punto, el dolor fue un combustible. Luego, prefirió de cambiar de posición.
La noción del tiempo se había perdido. Ni el deseo ni la excitación cesaban. Cada vez que acababan, una energía impulsiva les invadía otra vez. Sin embargo, la sensación de estar hirviendo, hizo que hasta Severus se sintiera incómodo. Así que no pudieron completar la octava vez de la unión de sus cuerpos.
―Estás ardiendo ―susurró, jadeando, separándose un poco de su abdomen.
― ¿Cómo quieres que no lo esté si estamos…?
―Me refiero a que estás caliente. Tu piel me quema ―interrumpió Severus y llevó la mano que tenía un su cadera hacia su frente, que la tenía el doble de ardiente. La miró con el entrecejo fruncido ―Estás con fiebre.
― ¿Qué? ¡Pero si me siento bien! ―Protestó Merlina, atónita. Después, sintió cómo la temperatura iba aumentando y, al no prestar atención a la pasión que la embargaba, se le hizo incómodo.
― Vamos, vístete. Ahora hay que cruzar los dedos para que no incendies tu ropa ―Severus se puso de pie y comenzó a coger sus prendas ―. En cualquier momento puede empeorar, o incluso puede ser algo grave y me lo puedes contagiar.
Merlina dio dos respingos seguidos y, algo asustada, se vistió rápidamente y se puso en marcha con Severus hacia el pueblo. Se lamentó al pensar de la noche inolvidable que hubiesen tenido de no ser por la fiebre―se hubieran quedado acostados entre las hojas, abrazados, mirando las estrellas, en silencio. Ella le hubiera hablado de un trillón de cosas, mientras Snape hubiera ignorado lo que decía, llenándola de mimos y besos―. Mientras avanzaban, Merlina se fue sintiendo mejor. Tal vez fue cosa del viento que le llegaba en la cara y los brazos, o por el mismo hecho de haber dejado de hacer tanto ejercicio.
Apenas llegaron al cuarto en el que se hospedaban, Severus obligó a Merlina a que se tendiera en la cama para revisarla.
―Estás exagerando. Te digo que ya me siento bien, no es necesario que estés con toda esta parafernalia de enfermero.
Severus no le hizo caso y fue fácil, ya que con el encantamiento silencius hizo que las protestas de Merlina dejaran de oírse.
Siempre me hace esto porque sabe que no le conviene oírme…
La alta temperatura de su cuerpo había disminuido considerablemente y las manos se le estaban colocando moradas. Lo mismo que los labios. Severus colocó un termómetro en la boca, pero tuvo que quitarlo antes de que se echara a perder. Merlina estaba temblando violentamente. Intentó evitarlo para que él no se preocupara, sin éxito. Severus, con un movimiento de la varita, le quitó el encantamiento silencius. Ella prefirió no hablar.
― ¡Siempre tiene que sucederte algo! ―exclamó Severus furioso. Merlina enterró la cabeza en las rodillas, sintiéndose culpable. Era cierto que siempre le ocurría algo… No había día en que no tuviera algún problema. ¡No era su culpa!
Sintió que algo pesado y caliente se posaba en sus hombros: una frazada.
―Está encantada para que mantenga la temperatura a treinta grados ―dijo Severus casi torturándola con la mirada. Luego sus ojos se cerraron, arrepentidos y, como si no hubiese actuado de mala manera, se sentó a su lado y la rodeó con los brazos y le besó la frene helada.
―Siento haber arruinado las vacaciones. ¡No lo hago a propósito! ¿Crees que me gusta que me sucedan estas cosas? Hay quienes nacemos bajo una mala estrella, punto ―balbuceó Merlina con los ojos llenos de lágrimas, pero luchando por no llorar. Ella no iba a llorar. ¡Hubiese preferido haberse quedado sin lágrimas para siempre! El hecho de tenerlas de vuelta, la hacía ser sensible y llorona. Bueno, eso era lo que era en realidad, pero al menos antes podía ocultarlo.
―No arruinaste nada ―le aclaró abrazándola más fuerte ―. No soporto verte a ti enferma. No soporto la idea de que tuviera que ocurrirte algo por mi culpa. Si algo te sucediera, no me podría perdonar nunca…
― ¡SEVERUS! ―Intervino Merlina, empujándolo con brusquedad ― ¿Por qué dices eso? No digas nada más. No va a pasarme nada ―por suerte las lágrimas se le secaron y su expresión pasó a la de desconcierto y duda ―. Es sólo que tuvimos un cambio demasiado radical de temperatura ―intentó bromear, pero Severus ni siquiera soltó una mueca ―. Mira, ya dejé de temblar.
Severus la observó, no muy convencido, y se sentó a su lado para abrazarla con más facilidad. Merlina arqueó las cejas.
― ¿No me vas a dedicar alguna sonrisa?
― En este instante, no estoy para sonrisas, ni siquiera una irónica. Aunque te cayeras de la cama, no me podría reír.
―Jo, jo, qué gracioso. Y eso lo dudo.
―No era un chiste. Y es preferible que no lo dudes.
Merlina puso los ojos en blanco y se acercó para besarlo con algo más que énfasis. Severus comprendió que la idea de ese beso significaba "continuación". Y al principio le siguió el juego, intensificando el beso. Sin embargo, la rechazó con bastante esfuerzo, agitado y enojado por tener que cortar el acto.
―Es tarde. Son las dos de la mañana, estás cansada…
―No estoy cansada…
―… y tienes que reponer tus energías. No juegues sucio ―añadió al sentir que la mano de la joven avanzaba peligrosamente en su muslo.
―No estoy jugando sucio…
―Si no te callas, te haré el encantamiento silenciador otra vez.
Merlina, a regañadientes, aceptó tenderse abrazada a Severus, en la cama, envuelta en la frazada. Lo conocía lo suficientemente bien como para saber que en realidad hablaba en serio. Y, la verdad, era que no tenía ninguna gana de discutir con él. No tenía sueño… Bueno, sí, tenía un poco… Paulatinamente, sintió que se iba flotando por el cielo y bostezaba una, dos… cinco veces seguidas… La mano de Severus pasó por su cabello y luego por su cara… sus finos labios depositaron un beso suave en los suyos. Luego descendieron a su cuello y suspiraron en él… Por supuesto que estaba muerta de sueño: la cabeza se le ladeó abruptamente y cayó en el sueño profundo. Severus se dio el trabajo de desvestir a Merlina mediante magia, ponerle su camisa de dormir y arroparla nuevamente. Él, antes de hacer lo mismo, se dio una ducha con agua helada. Aún lograba sentir la piel de Merlina en contacto con la suya, y necesitaba aplacar las ganas que tenía de despertarla… ¡Por qué siempre tenía que volverle tan loco! ¿Cuándo iba a ser el día en que pudiera mirarla sin sentirse acalorado? Se sentía como un adolescente. Tal vez, Callanish Stones le había causado demasiado efecto. A ambos, en realidad.
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Los sueños incoherentes y sencillos de Merlina se vieron afectados minutos antes del amanecer. Se comenzó a sentir acalorada y veía, en su mente, un inmenso sol en el cielo, el cual iba aproximándose hacia a ella como un meteorito. Merlina no gritaba, no sentía miedo, ninguna emoción. Tampoco alcanzó a correr. Simplemente el sol la alcanzó, sin cambiar su tamaño. Repentinamente, el sol se convirtió en la cara de la profesora Sybill Trelawney, quien movía la boca, como si estuviera diciendo "…le cederá el poder de la divinidad, y sólo el calor de la explosión le dará poder. La guerra se aproxima…"
Se sentó en la cama como si una fuerza ajena a ella la hubiese levantado. Miró a su derecha y vio a Severus respirar profundamente. Le puso una mano en el hombro y lo sacudió bruscamente.
―Es… muy… temprano… ―balbuceó, dándole la espalda.
― Severus, es importante, tienes que despertar…
― ¿QUÉ? ―vociferó, levantándose a la vigésima sacudida.
―He recordado algo ―musitó Merlina, aproximándose a su cara para verlo mejor. Snape estaba con los ojos entrecerrados y la arruga marcada del ceño.
― ¿Me… has… despertado… porque recordaste algo?
―Es algo importante… Aunque sé que tú no lo vas a hallar importante, pero bueno… ―Severus alzó una ceja y bufó, exasperado ― El punto es que…
Le contó, no de pies a cabeza todo, porque su mente poco detallista se lo impidió. Básicamente, terminó contando el final por el principio y viceversa. No obstante, para haber contado una profecía de cuatro líneas, Severus no pareció molesto o decepcionado. Se notó nuevamente preocupado.
― Dices que hablaba como poseída, ¿no?
―Sí, la voz la tenía ronca, los ojos en blanco, después la vista desenfocada… Luego, me habló como si nada, como si no recordara nada.
Los rayos del sol ya habían penetrado por los poros de las cortinas blancas, dándole un matiz dorado a todo.
― ¿Qué? ¿Ya le había pasado antes eso?
― Siempre, cuando realiza alguna profecía, le da esa especie de… "ataque". Por eso ―repentinamente se envaró y se levantó, encaminándose hacia el lado de Merlina ― hay que encontrarla y enviarla a Hogwarts. Si anoche le sucedió algo, será nuestra culpa, y Dumbledore la cuida como si fuera un hueso santo ―la tironeó del brazo levantándola ―. Tienes quince minutos para bañarte y vestirte.
La joven no supo cómo hizo calzar cada uno de los minutos que le dio Severus. Lavarse la larga mata de pelo que tenía se le complicaba un poco, sobre todo cuando no se le secaba nunca. Además, se distrajo con unas pequeñas manchas rojas que tenía esparcidas por todo el cuerpo, como si un zancudo la hubiese picado. Se puso la remera al revés, y cuando trató de remediarlo, Severus la empujó por la puerta de la cabaña.
―No hay tiempo que perder, Morgan. No te vas a morir por tener la remera puesta al revés.
―Sí, pero quiero que veas… ―Merlina pensaba enseñarle las marcas, pero fue interrumpida, olvidándola de la razón por la que quería explicarle ello.
― Hay que encontrar a Sybill lo antes posible.
―No veo que tenga nada importante, en realidad. No digo que quiera que le suceda algo, pero ¿por qué tanto valor le da Albus? Salvo lo de hacer profecías, y que se hagan realidad…
Se interrumpió repentinamente. Las profecías eran hechos que predecía la gente con el don de la adivinación. Podían o no cumplirse según las decisiones de las personas. ¿Y si se cumplieran? Albus era bondadoso y protegería a cualquiera que lo mereciera, sin embargo, proteger a alguien que era útil de algún modo, era diferente. Si Dumbledore la cuidaba tanto, significaba que…
―Las profecías que ha predicho Trelawney, se han cumplido, ¿no?
Severus le lanzó una mirada fugaz mientras la adelantaba, caminando cuesta abajo por el pueblo. Los magos y brujas turistas ya estaban llenando las calles del pueblo y comprando compulsivamente recuerdos artesanales del lugar para llevar como souvenirs: un parque de Callanish Stones en miniatura que tenía, en vez de las piedras, los gigantes de su mitología. Las pequeñas esculturas talladas en piedra de figuras representativas a la fertilidad, y diferentes hierbas pertenecientes a la misma.
― Eso es lo que no sabemos ―contestó al final con su voz impasible ―, por lo mismo no debemos perderla de vista. Puede ser muy útil.
Hicieron el mismo recorrido del día anterior a zancadas. Ambos habían dormido poco, así que estaban prácticamente molidos. Las energías del día anterior no dejaron resto, pero la súbita inquietud de Severus hizo que Merlina sacara fuerzas sobrenaturales para hacer que sus piernas avanzaran.
Finalmente, hallaron a Sybill dando tumbos por la espesa maleza, medio kilómetro más hacia el norte de donde la habían dejado. En la mano llevaba una botella vacía de jerez, desaliñada, ebria y hablando sola. Cuando los divisó se puso de muy mal humor y comenzó a culparlos de que la habían abandonado, cosa que no era mentira. Por supuesto, se negaron ante tal acusación. La hicieron caminar de un brazo cada uno, tal como la noche anterior. No podían utilizar magia contra ella, por el hecho de que estaba hasta reventar de alcohol, y éste inhibía los hechizos. A veces, si resultaban, provocaba efectos adversos, y estaban tratando de ayudarla y no matarla.
―No les… ¡hip! voy a perdonar… ¡hip! lo gue me hicieron. ¡Hip! Podría haber sido… ¡hip! aplastada por un gigante de… ¡hip! piedra.
―Te perdiste, Sybill, no fue nuestra culpa. Te estuvimos buscando toda la noche ―mintió Severus descaradamente.
― ¡Ah, glaro! Eso… ¡hip! No te lo creo, Sss…Snape. ¿Y ahora, agaso me vas a enviar a… ¡hip! Azgaban?
―No, la enviaremos directamente a Hogwarts ―contestó Merlina.
Antes de que pudiera replicar la profesora, un grito de su nombre se oyó a lo lejos, algo desesperado. A los segundos, una bruja de su edad e igual de estrafalaria que ella, con el mismo pelo voluminoso y claro, pero con la gran diferencia de estar cien por ciento sobria, corrió hasta ellos afirmándose el sombrero para que no se le fuera a caer.
― ¡Por el cuerno del unicornio, Sybill! ¡Oh! ¡Por cuántos días te he buscado! Te dije que fueras a Stonehenge, no a Callanish Stones, querida. ¿Cuándo la encontraron? ―Indagó preguntando a Severus y a Merlina, mirándolos con sus grandes ojos azules, que contrastaban con su piel trigueña. Sus joyas tintineaban al mover las manos.
―Acabamos de hallarla cerca de las piedras ―respondió Severus con una mueca en los labios, reconocida por Merlina como una burlona―, ¿usted es su prima lejana?
―Sí, soy Airell Erlking, yo quedé con… ―echó un vistazo a su prima que estaba pendiente de mirar el movimiento de las nubes y bajó la voz ― el profesor Dumbledore que yo la cuidaría este verano. ¡Pero la pobre se perdió! Y, mírenla, está toda borracha y sucia. ¡Qué me dirá el profesor cuando la vea!
―Lo mejor es que la lleve de inmediato al colegio ―la aconsejó Severus ―. Dumbledore no se pensaba mover este verano del lugar. Yo le mandaré una carta avisándole de su llegada. Pero su prima debe volver de inmediato.
¡Uf! Merlina suspiró para sus adentros. Por fin iban a estar en paz con Severus. Ella sabía que, en el fondo, esa supuesta urgencia con la que la profesora debía de llegar a Hogwarts, era una mentira para que los dejara solos.
― ¡AAH! ―Gritó de pronto la profesora, soltándose del brazo de Merlina y observándola con terror.
― ¿Qué es lo que pasa? ―Preguntaron los otros tres al unísono.
―Ésta muchacha tiene las llagas de Dwarfs, ¡se convertirá en un árbol, se la tragará la tierra!
― ¿Llagas? ―preguntó Severus sin alarmarse.
― ¡Mírele los brazos!
Severus miró los brazos pálidos de Merlina y vio unas marcas rojas del porte de un knut esparcidas por la piel. Merlina se sorprendió, porque no eran tan pequeñas como las había visto hacía un rato.
― Bien, señora Erlking, creo que debemos irnos ―anunció Severus pasando un brazo por la cintura de Merlina, como esperando que se desmayara La señora hizo lo mismo con Sybill.
―Ahora mismo partiré hacia Inglaterra. Muchas gracias por todo.
―De nada. Le haré llegar a Dumbledore una nota para hablarle de lo ocurrido.
Severus hizo avanzar a Merlina por el camino.
―Me siento bien… ―Comenzó a excusarse Merlina al notar con el ímpetu con que la rodeaba y la hacía caminar.
―Ya lo veremos.
Merlina se dejó llevar, suspirando, exasperada. Aquellas marcas podían ser de cualquier cosa. ¿Acaso iban a ir a ver a alguna sanadora que le aplicara todo tipo de encantamientos extraños e infusiones picantes? ¡Si ella se sentía de las mil maravillas!
