Capítulo 4
Secuelas no deseadas de ingerir kawa-kawa
Harry escuchó la puerta abrirse y, después de unos segundos, cerrarse con suavidad.
Abrió los ojos y, en efecto, Malfoy ya no estaba. Harry trató de convencerse de que lo había dejado a solas para que pudiera vestirse y nada más, que estaría afuera esperándolo. Aunque, ahora que lo pensaba, era probable que Malfoy no tuviera ninguna buena razón para ello. Después de todo, el masaje había sido la última actividad en la lista.
Harry se mordió los labios y respiró con profundidad para tranquilizarse. Como si no fuera poco estar lidiando con una frustración sexual que no conocía límites y ver que nada le resultaba para regresar a su cuerpo normal, ahora tenía pánico de haber sido abandonado por la única persona que podía ayudarlo. Se cubrió la cara con las manos y contó hasta cien. Se dijo que él podía con eso y más, que había estado metido en peores situaciones, que si no había respuestas para él ahí en Rotorua, las habría en Inglaterra, en San Mungo, con Hermione y Ron.
Resultó. Poco a poco su corazón volvió a latir a su ritmo habitual. Se destapó la cara y, en lo que reunía ánimos para ponerse de pie, observó el pequeño y pretencioso cubículo. Descubrió, junto a la ropa de mujer que se había comprado esa mañana, otro montoncito de prendas. Se levantó y fue a ver. Eran la sudadera y los jeans que había tenido puestos y que Malfoy había estado cargando en su bolso de piel durante todo ese día. Harry tardó unos segundos en comprender para qué demonios Malfoy le había dejado esa ropa si él continuaba teniendo la figura de una chica.
—Oh —jadeó cuando se percató de que eso sólo podía significar una cosa: que Malfoy sí se había largado a continuar con su perfecta vida mientras que la de Harry era un total desastre.
Se sentó en la cama, sintiéndose desolado. De pronto el hecho de ser mujer fue la menor de todas sus penas.
Demoró muchísimo vistiéndose. Estaba hecho polvo, como si un centauro le hubiese pasado encima. No le sorprendía sentirse así; después de todo, no había sido un día fácil. Ni ése ni el anterior. Sumado a todas las tensiones y problemas sufridos, estaban también las actividades que había realizado con Malfoy: habían bailado, se habían ido de compras (dos veces), habían tomado un relajante baño de lodo y, finalmente, Malfoy le había dado un masaje que, tal como éste le había vaticinado, lo había hecho ver el Cielo. Casi. Por poco. La verdad era que nada jamás en la vida lo había dejado más libidinosamente ansioso que eso.
Todo sin contar las veces que se había tenido que vestir y desvestir, el par de ocasiones en las que había tenido que ducharse y lo poco que había dormido la noche anterior. Apenas eran las seis de la tarde, pero Harry de muy buena gana se habría largado ya a la cama. De hecho, ésa era muy buen idea: se iría directo a su cuarto a dormir. Ya mañana sería otro día y pensaría qué más podría hacer para sobrellevar su situación de feminidad aparentemente permanente.
Estaba tan cansado que no se admiró de su nueva capacidad de ponerse el sujetador con habilidad y rapidez. Tanta práctica rendía frutos, pensó mientras resoplaba con irritación.
Tomó su sudadera y sus jeans doblados y salió del cubículo del spa. Tal como lo había temido, no vio a Malfoy en las instalaciones; sólo estaban las recepcionistas tras el mostrador y un par de personas en la sala de espera. Harry caminó entre ellos sonriéndoles tensamente cuando se fijó en lo que había al otro lado de las ventanas que daban a la calle.
Era Malfoy. Estaba afuera del establecimiento, parado en medio de la acera con las manos embutidas en su bonita chaqueta y con el bolso de piel colgando elegantemente de uno de sus hombros. Con la vista clavaba en el suelo, Malfoy se movía ligeramente de atrás hacia delante y tenía el semblante preocupado, como si algo de verdad lo afligiera. Harry no podía imaginar qué podría ser. Después de todo, si él fuera Malfoy, en ese momento estaría danzando de la felicidad porque, por lo que parecía, Harry se quedaría convertido en "Harriet" para el resto de su existencia.
No obstante su mal humor y pesimismo, Harry no pudo evitar sentirse aliviado de ver al otro afuera esperándolo. Suspiró con anhelo y se tomó unos segundos para admirar a Malfoy a través del cristal de la vitrina: todo en él, desde su modo tan a la moda de vestir como su postura, maneras y peinado, gritaban a los cuatro vientos su homosexualidad. Sin embargo, a pesar de ello, Malfoy también era arrebatadoramente varonil. Y endiabladamente hermoso. Nadie, ni siquiera Harry, podría negarlo.
Suspiró por última vez y salió para encontrarse con él.
Malfoy lo vio venir y trató de recomponer el semblante. Lo miró de arriba abajo, incrédulo.
—¿Sigues…?
—¿Siendo mujer? —completó Harry de mal modo. Miró hacia abajo, a su cuerpo todavía femenino—. Bueno, tengo tetas y demás. Eso parece, ¿no?
Malfoy, había que otorgarle algún crédito, lucía genuinamente desconcertado.
—Pero, ¿por qué?… Yo estaba seguro de que saldrías por esa puerta convertido de nuevo en el macho que has sido durante los últimos veinticuatro años. Incluso conjuré un confundus sobre los muggles de ahí dentro para que no se preguntaran por qué la chica a la que le di el masaje salía convertida en hombre. ¿Ahora qué salió mal? ¿Ya te habían dado un masaje antes?
Harry negó con la cabeza y abrió la boca durante unos segundos, aturdido. Le asombraba que Malfoy pareciera preocupado de verdad. Cerró la boca y luego la abrió de nuevo. Había pensado decirle muchos insultos, desquitarse con él, pero cambió de opinión al darse cuenta de qué era lo que había pasado.
—¿Fue por eso que me dejaste esto? —le preguntó a Malfoy mientras le mostraba la sudadera y los jeans—. ¿Pensaste que me convertiría en hombre? ¿Así nada más?
—¿Así nada más? Pues, ¿qué no estamos cumpliendo con la contramaldición? Hicimos algo que ni tú ni yo habíamos hecho… ¡Debería haber resultado! No entiendo qué falló. ¿Sería porque en un momento dado declaré que tú no serías mi única excepción y que también pensaba darle un masaje a Pansy?
—Mira, Malfoy… yo tampoco sé qué falló. Como dices, hemos hecho de todo y… ¿Sabes qué? Ya estoy harto. Quiero irme a dormir. Te agradezco mucho lo que me has ayudado, pero… no sé, tal vez sea hora de resignarme a esto. Quizá de regreso a Inglaterra pueda conseguir ayuda en San Mungo, no sé…
—¿Y tu curso de verano?
—Lo dejaré, ya no me importa.
Malfoy resopló con incredulidad.
—¿Vas a darte por vencido? ¿En serio? ¿Tú?
La voz de Malfoy era un reto per se. Siempre lo había sido.
¿Miedo, Potter?
Harry se enojó más.
—¡Pues no sé qué más podríamos hacer! ¿No hemos ya intentado todo lo de la lista? ¿O no irás a decirme que realmente quieres asaltar un banco y huir a mi lado lo que resta de tu existencia?
Malfoy abrió mucho los ojos y boqueó durante unos segundos.
—No, claro que no, pero… —Hizo una pausa mientras miraba a su alrededor, como para cerciorarse de que nadie los escuchara—. Se me ocurre algo más, Potter. Hay algo que de verdad yo nunca haría, ni estando loco. Y estoy seguro de que tú tampoco lo has hecho jamás. Podríamos intentarlo. Como último recurso.
Harry no cabía en su asombro.
—Y eso, lo que sea que es, ¿lo harías por mí? —jadeó.
Malfoy arrugó la cara como si le doliera algo.
—¡Que no es por ti, maldita sea! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Es… es porque me chantajeaste y me hiciste prometer que te ayudaría. Yo soy hombre de palabra. Además, no me gusta dejar cosas a medias. Soy un perfeccionista, lo sabes. Es más, ahora decreto que tú volverás a tu estado normal cueste lo que cueste. O no podré vivir sabiendo que he fallado en algo.
Harry frunció el entrecejo. No recordaba que Malfoy le hubiese prometido nada, pero no iba a discutir un detalle que no le convenía ser aclarado. Si Malfoy creía que tenía que ayudarlo a toda costa, no iba a ser él quien se negara.
—De acuerdo —dijo lentamente—. ¿Y de qué se trata eso que ni tú ni yo hemos hecho jamás?
Malfoy suspiró. Por alguna razón, parecía aliviado. Miró hacia el horizonte donde el sol poniente comenzaba a colorear hermosos tintes púrpuras entre las nubes y luego checó su reloj de pulsera.
—Mira, Potter… Es tarde y tengo hambre. Invítame a cenar y ultimaremos los detalles enfrente de una enorme y exquisita hamburguesa de cordero. Las del pub Pig and Whistle son famosísimas y está solo a cinco calles de aquí. Vamos a averiguar si de veras están así de buenas, ¿qué te parece? —propuso y le guiñó un ojo coquetamente. Le arrebató a Harry las dos prendas masculinas que traía en las manos y de nuevo las metió en su bolso de piel.
Harry se encogió de hombros fingiendo que le daba igual, pero la verdad era que cierta esperanza había renacido en él. Era reconfortante tener de nuevo alguien a su lado que pareciera no perder la fe en lo que tenía que hacerse; un papel que Hermione había jugado durante muchos años antes de que sus ocupaciones y vida propia la llevaran por caminos alejados a los de Harry. Éste sonrió levemente al pensar en la ironía que resultaba ser que Hermione y Malfoy se parecieran en el carácter (y en la influencia que ejercían sobre él) y se preguntó que pensaría ella al respecto cuando se lo contara.
Sin decir más, los dos caminaron al restaurante que Malfoy había elegido y el cual, para no perder la costumbre, era uno de los más caros del pueblo.
Harry descubrió, conforme se acercaban a su destino y el apetitoso aroma de los platos que ahí se servían inundaba su sentido del olfato, que no sólo tenía hambre, sino que comenzaba a olvidarse un poco del cansancio y a sentirse animado otra vez.
En lo que llegaron al restaurante, los acompañaron a su mesa y les sirvieron la cena, Draco tuvo tiempo para arrepentirse de seguir insistiendo en ayudar a Potter. Pero no podía ni quería hacerlo.
Había mirado al inepto salir del spa y juraba que le había roto el corazón. Esa cara angelical que ahora se cargaba Potter lucía asombrosamente conmovedora cuando estaba afligido, y Draco podía asegurar que ni siquiera Snape podría haber permanecido estoico ante una Harriet-ojos-de-cachorrito triste. Así que había sido eso. Su incapacidad para negarse a continuar al lado de Potter ahora que podía, más una idea que se le había ocurrido al usar el aceite de kawa-kawa en el masaje, era lo que lo tenía ofreciéndole a Potter una nueva oportunidad para librarse de su maldición.
Tal vez podía resultar o no, pero… Al menos significaba más horas al lado de Harry Potter, y Draco, que un rayo lo partiera, no podía decirle que no a eso.
—¿Probar una poción experimental? —repitió Harry en voz baja—. ¿Es ésa tu gran idea?
Malfoy asintió y tomó una gran porción del mousse de chocolate blanco con frambuesa que había pedido de postre. Harry lo vio meterse la cuchara en la boca y lo escuchó gemir de placer: una imagen tan perturbadora que se obligó a girar la cabeza hacia otro lado antes de que Malfoy se diese cuenta de que tenía los ojos como platos.
—Es una gran idea —dijo Malfoy cuando finalmente terminó de pasarse aquel bocado—. Como te dije antes, yo nunca jamás he hecho algo así: valoro muchísimo mi integridad. Tú, por otra parte, tampoco. Así que ahí tenemos otra oportunidad de acabar con tu maldición, sobre todo porque ahora tenemos la seguridad que ni tú ni yo lo volveríamos a hacer en un futuro. He estado elaborando una poción nueva que es parte de un proyecto escolar. La tengo lista, pero no la he probado.
Harry, tratando de no pensar en lo delicioso que parecía ese mousse al ser comido así por Malfoy, sopesó la alternativa.
—Y, ¿normalmente quiénes prueban las pociones nuevas? —Se le ocurrió algo y completó la pregunta, escandalizado—: ¿Los elfos domésticos?
Malfoy negó con la cabeza.
—Ya no. Así era antes, pero la Ley de Protección para los Elfos ideada por tu Granger, y que se ha vuelto internacional, terminó con esa idílica y sencilla manera. Ahora tenemos que probarlas en magos. Magos y brujas que por lo regular son desempleados desesperados o estudiantes estúpidos que no les importa arriesgarse a lo que sea con tal de ganarse unos galeones.
Harry se acordó de Sortilegios Weasley y de los gemelos reclutando estudiantes de Gryffindor para probar sus inventos. ¡Lo mucho que Hermione se había enojado con eso y ahora resultaba que lo había vuelto regla general! Hablando de ironías. Harry suspiró y meneó la cabeza.
—Entonces, así funciona ahora: tú haces el proyecto escolar y le pagas a un ingenuo para que lo pruebe.
Malfoy volvió a asentir.
—A veces no basta con un voluntario y tengo que pagar varios; y de ingenuos no tienen nada, saben muy bien los riesgos que implica. Cuando todo resulta bien, puedo presentar mi proyecto al profesor.
—Creo que no te preguntaré qué sucede cuando todo no resulta bien —dijo Harry con una sonrisa. La cena y la charla ligera con Malfoy habían obrado maravillas en su ánimo. Se sentía de nuevo optimista y casi alegre.
—No, no preguntes. No quieres saber —dijo Malfoy con una gran sonrisa. Algo malévolo brillaba en sus ojos y Harry se descubrió pensando que ese aire de chico malo le quedaba tremendamente sexy a Malfoy. Volvió a sacudir la cabeza pero esa vez lo hizo para deshacerse de ese pensamiento.
—¿Y por qué no usan criaturas en vez de personas? ¿Clabberts, kappas? ¿Gnomos de jardín?
Malfoy lo miró horrorizado.
—¡Eso sería barbárico, Potter! ¿Qué tipo de engendro eres tú?
—Oh, ¿y no piensas que también es barbárico usar elfos?
—¡Claro que no! Es diferente. Los elfos lo hacen con todo el amor del mundo con tal de complacer a sus amos y son suficientemente poderosos como para sanar en caso de que algo vaya mal. En cambio, cualquier otro tipo de criaturas… No creo que estén de acuerdo en que les metas una poción por el gaznate con resultados imprevistos. Me parece cruel siquiera pensar en ello.
Harry iba a decirle que en el mundo muggle la práctica de experimentar con animales estaba bastante generalizada, pero se lo pensó y no dijo más. De pronto se avergonzó de ello porque sí, ahora que lo veía así, hacer eso era demasiado cruel. No quiso darle a Malfoy más pretextos para detestar a los muggles de los que tenía ya.
—Tienes razón —reconoció—. Mejor sigue pagando voluntarios. Al fin que, como dicen los muggles, sobre aviso no hay engaño.
Malfoy abrió mucho los ojos y sonrió traviesamente.
—Merlín, Potter. Tengo que admitir que me gusta discutir contigo, pero también me gusta que reconozcas la superioridad de mis opiniones. Quién hubiera creído que eras tan… versátil. Y yo contigo.
Harry puso los ojos en blanco, ignorando el calor que le provocaban las palabras de doble sentido de Malfoy. Estaba seguro de que sólo las decía para molestar.
—Mejor háblame de esta poción de la que seremos conejillos de indias.
Malfoy arrugó el entrecejo.
—¿Conejillos de indias? ¿No es eso un roedor? ¿Qué tiene que ver?
—¿La poción, Malfoy? ¿No ibas a hablarme de ella?
—De acuerdo, paga la cuenta y te contaré camino al apartamento donde me hospedo. Ahí tengo muestras de la poción.
Harry llamó la atención del camarero, quien no ocultó su asombro cuando se dio cuenta de que era la mujer de la mesa quien pagaba la cena y no el hombre. Malfoy y él hicieron caso omiso de las miradas altaneras y desagradables que les dirigió y salieron rumbo a su destino. Harry intentaba con todas sus fuerzas dominar su corazón desbocado: por supuesto que ir al apartamento de Malfoy (y estar ahí a solas con él) no lo alteraba en absoluto.
—Estoy trabajando en una alternativa a una poción habitual elaborada con raíz de kawa-kawa —le iba diciendo Malfoy conforme caminaban—, la cual se utiliza como analgésico y tranquilizante. La receta más usada de esta poción da como resultado un brebaje horroroso de sabor amargo y con algunos efectos secundarios muy… peculiares. Mi proyecto intenta mejorar esa receta. Hacerla de sabor agradable y eliminar las secuelas no deseadas.
Harry recordó que él sabía un poco respecto a esa planta. La habían estudiado en una de sus clases.
—¿Kawa-kawa? ¿No es eso con lo que elaboran un tipo de licor que supuestamente te permite embriagarte sin sufrir las consecuencias de una resaca?
Malfoy se rió.
—No debería sorprenderme que un hombre como tú sólo memorice los detalles relacionados con la fiesta y la parranda. Sí, la kawa-kawa tiene montones de usos, y ése es uno. Pero a mí me parecen aún más interesantes las molestias que puedes aliviar con la poción medicinal. Le salva la vida a la gente que padece depresión o dolores crónicos, ¿no es eso más valioso?
—Está bien, ya capté el punto. Necesito repasar mis notas de Herbología, disculpe usted. ¿Entonces?
—Entonces tengo un prototipo ya listo. Creo que está muy bien. Es el que tú y yo vamos a bebernos en pro de reconquistar tu masculinidad.
Harry arrugó el ceño. Eso se había escuchado tan extraño en labios de Malfoy, como si… Miró hacia él y lo encontró con los ojos clavados en la acera.
—Háblame de lo que puede pasarnos al beberla —le pidió—. ¿Qué sería lo peor?
Malfoy pareció respirar de nuevo y levantó la cabeza.
—Bueno, técnicamente no nos hará ningún daño. La kawa-kawa en dosis bajas es bastante inocua. Si abusas de ella puedes freírte el hígado, pero no será nuestro caso. Lo peor que puedes esperar al beber mi poción es que te sepa a mierda (como dije, estoy trabajando en mejorar el sabor) y que te sientas un tanto eufórico primero y relajado después. Podrías sentirte en paz, alegre, confiado, mareado, muy dispuesto a soltar la lengua y hablar de más… Como si estuvieras embriagado pero con la cabeza clara. De hecho, ésos son los efectos secundarios que estoy tratando de quitarle a la poción para que la gente pueda consumirla sin emborracharse cada vez.
—Malfoy, qué amargado de tu parte. Le quitas la diversión a la sanación —se burló Harry dándole un empujón en el hombro a Malfoy.
De pronto recordó la aparente fobia que Malfoy tenía a ser tocado así por él, pero ya era demasiado tarde. Se encogió un poco en espera de su reacción, pero el otro continuó caminando como sin nada. ¿Sería porque Harry tenía cuerpo de chica y Draco sólo reaccionaba negativamente si lo tocaban otros hombres?
—Jódete, Potter, nadie quiere estar fuera de sus cabales con tal de estar sano. Bueno, tú, ebrio incorregible, quién sabe. Pero una persona normal probablemente no —respondió Malfoy y le regresó el empujón a Harry, tal vez con más fuerza de la que era necesaria porque Harry rebotó contra la pared. Una señora que pasaba por la acera junto a ellos, miró a Malfoy con reprobación. Éste se defendió—: Es que usted no tiene idea, señora. ¡Este intento fallido de dama es más fuerte de lo que parece! ¡Todo un mamarracho!
Lo único que consiguió Malfoy fue que la señora se escandalizara más. Huyó a toda prisa mientras Harry y Malfoy se reían con ganas.
—Oh, cierto, y hablando de lenguas… podría ser que la poción nos la ponga morada —dijo Malfoy de repente.
—¿Es esa otra secuela indeseable que intentas corregir?
—Nah, ese es un error mío que no he podido arreglar, más bien. Consecuencia de los extractos de frutas que le pongo para el sabor.
Harry soltó una risita.
—Lengua morada, cuerpo de mujer —dijo mientras movía las manos como si fueran una balanza—. Creo que prefiero lo primero, si no te importa.
Draco sonrió cálidamente y Harry pensó que sería muy fácil acostumbrarse a verlo siempre así.
Harry no se había dado cuenta, pero Draco lo había dirigido prácticamente hasta la orilla del lago. Ahí, en un barrio muy elegante, estaba una gran casona dividida en pequeños apartamentos para alquilarse a turistas; Draco rentaba uno de ellos. Harry se sintió culpable al recordar que él era el responsable de que el otro estuviese hospedado ahí tan lejos de la Academia. Por un momento pensó que si todo resultaba bien y volvía a ser hombre, podría quedarse en Rotorua a terminar el curso e invitar a Draco a regresar al cuarto del campus con él. La idea, por alguna razón, lo hizo acalorarse con emoción hasta que recordó que eso no podría ser porque justamente la única cosa que el otro le había pedido a cambio para ayudarle había sido que Harry le cediera esa habitación.
Sería él quien tendría que buscar un nuevo hospedaje. Solo.
Draco, ajeno a sus pensamientos, lo invitó a pasar. El apartamento constaba sólo de dos habitaciones: una que fungía de sala-comedor-cocina, y otra que era la recámara. Estaba muy limpio y bonito pero era bastante impersonal, amueblado de manera moderna y escasa. Tal vez lo único que lo hacía valer la pena era la tremenda vista al lago que poseía y la cual se podía apreciar a través de las grandes ventanas. Draco caminó hacia la mini cocineta y se paró ante el pequeño refrigerador. Lo abrió y sacó dos botellitas con un líquido de color rojo. Los admiró y suspiró con orgullo.
—Queridos bebés, les presento al idiota de Potter. Potter, estos niños son mi más grande orgullo. La poción de kawa-kawa que te curará todo tipo de dolor, depresión y ansiedad con un sabor delicioso y sin ponerte hasta atrás.
Harry se rió.
—Deberías escribir eso antes de que lo olvides. Es un magnífico slogan publicitario.
—Bien pensado, Potter —dijo Draco con los ojos muy abiertos. Caminó hasta la mesita del comedor donde tenía varios cuadernos y rollos de pergamino. Tomó uno y una pluma y anotó algo, sonriendo ampliamente.
Harry también sonrió. Por todos los dioses, cuando estaba con la guardia baja, Draco era verdaderamente adorable.
Éste terminó de escribir y tomó las botellitas de nuevo. Caminó hasta Harry quien se había quedado en la sala y le ofreció una.
—Bueno. ¿Qué esperamos? A beber.
Harry la tomó y la destapó. Draco hizo lo mismo.
—¿Salud? —dijo Harry.
Draco lo miró intensamente y sonrió. Sus sonrisas eran todas diferentes y la mayoría eran burlescas y odiosas, pero tenía una especial donde parecía saber cosas de Harry que ni él mismo se imaginaba; una que era oscura pero no perversa, sino pasional y atractiva. Y era la manera en que le estaba sonriendo a Harry en ese preciso momento.
—Por tus casi dos días como mujer que están a punto de llegar a su fin —brindó Draco y levantó su botellita.
—Y que no vuelvan a suceder jamás —completó Harry, quien no pudo evitar corresponderle la sonrisa. Se tomaron su poción al mismo tiempo.
Harry terminó de tragar, cerró los ojos y jadeó; le ardían la garganta y el esófago. Había sido como beberse un trago del whisky de fuego más potente. Pero al menos, tal como Draco había prometido, el sabor no había estado mal. En vez de ser amarga, a Harry le había parecido que la poción tenía un ligero toque a menta y a fresas. ¿Fresas? Oh, dios, eso era tan gay. Harry resopló de risa.
—¿Qué? —preguntó Draco con aires de ofendido.
—¡Sabe a fresa! —dijo Harry, y al decirlo se preguntó por qué esa tontería le parecía tan graciosa. La cabeza le daba vueltas y se sentía un poco mareado. Ligero y feliz.
—Bueno, sí —reconoció Draco—. Un poco cursi, ¿verdad? Estaba pensando en hacer toda una gama de sabores para todos los gustos. ¿Tú qué opinas?
—Opino que estoy bien jodido, Malfoy —respondió Harry observándose hacia abajo—. Mira, continúo siendo mujer. ¡Carajo!
—Sí, continúas siendo mujer. ¡Pero la mujer más impertinente que conozco! —contestó Draco, mirando a Harry atentamente—. Deberías hacer algo para mejorar tu lenguaje, Potter. Realmente no…
Se silenció y se sonrojó un poco. Harry, quien repentinamente se sentía muy envalentonado, caminó hacia él hasta quedar a un par de pasos.
—¿Realmente no qué, Malfoy? —presionó.
Draco se obligó a ver a Harry a los ojos. Harry lo vio tragar saliva y humedecerse los labios. Algo feroz, caliente e invasivo, como nunca había sentido, se apoderó del ánimo de Harry. También se relamió.
—Realmente no te queda —completó Draco mirándolo a los ojos—. Eres… eres muy hermosa como para rebajarte a hablar como trol.
—Creo que eso que dices es un tanto sexista, ¿no crees, Malfoy? —susurró Harry—. ¿Acaso sólo los hombres o las chicas menos agraciadas tienen derecho a soltar maldiciones? No es muy justo, ¿o sí?
Draco resopló.
—Oh, miren a Potter, de mujeriego a feminista. ¿Quién lo hubiera creído? —se burló. Pero el tono no tenía nada que ver con las burlas marca Malfoy a las que Harry había estado acostumbrado toda su vida. Había algo oscuro y profundo en la voz de Draco y Harry quería continuar escuchándolo hablar así. Harry simplemente quería más. Aquella sensación caliente continuaba revoloteando en su pecho y estómago, y no comprendía que les estaba sucediendo a él y al otro, pero nunca nada le había importado menos que eso. Que no pudiera recuperar su cuerpo masculino de pronto había dejado de ser vital. Ahora lo único que deseaba era obtener más y más de esas sensaciones de felicidad que le proporcionaba saberse apreciado por Draco. Escucharlo decir que…
Dios. Se la había pasado el día entero diciéndole hermosa. Y no sólo eso. Harry recordó todas las cosas que le había dicho, todo lo que habían hecho. A pesar de la sensación de mareo que sufría, tenía la mente bastante clara y fue entonces que lo entendió.
—Malfoy —jadeó—. ¡Yo te gusto! Te gusto —lo repitió, incrédulo—. A pesar de ser mujer, te gusto. ¿Cierto?
Draco, repentinamente pálido y asustado, negó con la cabeza y dio un par de pasos hacia atrás.
Harry recorrió ese par de pasos para seguir quedando a la misma distancia.
—¡Claro que sí! —insistió—. Ahora lo veo claro. Tus sonrojos durante el masaje, la manera en que me miras. ¡Se te cae la baba! Todas las veces que me has dicho que te parezco guapa. El modo en que me cuidas y te molestas porque otros intentan ligarme. ¡Y hablando del masaje! ¡Estabas excitado! La tenías dura. No puedes negarlo, yo te vi, Malfoy.
—Eso fue… fue —tartamudeó Draco—. ¡Esas son consecuencias naturales de los masajes! Nada tienen que ver.
Harry apretó los labios, comenzando a dudar. Pero algo, muy en lo profundo, le decía que estaba en lo correcto. Draco parecía demasiado nervioso para no ser culpable, así que Harry decidió hacerle caso a sus instintos. Además, si su corazonada era cierta, esa podría ser la oportunidad que estaban buscando para librarse del castigo de la poza. Presionó:
—Malfoy, sólo respóndeme a esto: ¿te gusto sí o no?
Draco volvió a decir que no con la cabeza. Pero…
—Sí —jadeó, contradiciéndose. Horrorizado, se tapó la boca con la mano—. ¿Qué me pasa? ¡Yo quería decir que no! ¡Oh, Dios, la poción! —exclamó mirando la botellita que todavía tenía en la otra mano—. ¡Esto parece un maldito veritaserum!
—Oh, alabados sean los efectos secundarios que aparentemente no pudiste eliminar —se burló Harry al tiempo que daba otro paso hacia Draco.
—¡No te acerques más! —le rogó el otro levantando una mano hacia él.
Harry se detuvo.
—¿Es la primera vez que te gusta una mujer? —le preguntó despiadadamente. Había estado sufriendo por Draco durante todo el día y ahora se lo iba a hacer pagar.
Draco, tragando saliva miserablemente, asintió.
—¿Y nunca… nunca lo has hecho con una? —preguntó Harry, asombrado de su propia osadía.
Draco negó con la cabeza. Tenía los labios apretados y parecía estar sufriendo bastante.
—Oh —dijo Harry—. ¿Y lo harías conmigo?
—¿Qué? —jadeó Draco—. ¡Estás demente, Potter!
—No, no, no. ¡Escúchame! ¡Es una idea genial que se me acaba de ocurrir! Tal vez de esto es de lo que se trata la contramaldición. "Hacer lo que nunca has hecho con quien nunca lo haría al menos que seas tú la excepción"… Todas las demás cosas que hemos intentado han sido sólo estupideces que bien podríamos haber hecho con alguien más. En cambio, esto… Esto es diferente. Es especial. Yo nunca lo he hecho con un hombre, por supuesto, y sé que no lo volvería a hacer. Por otra parte, yo soy tu única excepción. ¿Cierto? No lo harías con una chica jamás, ¿verdad? Pero ahora podrías hacerlo conmigo.
Draco estaba atónito pero, muy a su pesar, asintió de nuevo y dijo en voz baja como quien no quería la cosa:
—Podría, sí. Tal vez. Si me esfuerzo un poco… quizá podría.
Harry sonrió, adorando la manera evasiva y orgullosa del bastardo.
Dios, cómo le gustaba Draco. Ahora lo entendía. Draco Malfoy le gustaba muchísimo. No sólo físicamente, sino en toda la extensión de su persona. Era inteligente, culto, capaz, sarcástico. Complejo, arrogante, seductor y de reacciones inesperadas. Honesto y con moral. Harry jamás había conocido nadie así y ahora que la verdadera personalidad de Draco se le descubría ante los ojos, se daba cuenta de que sencillamente le encantaba. No sabía qué pasaría después o qué haría con todos esos sentimientos al otro día o la siguiente semana, pero en ese momento y por lo pronto lo único que quería era…
Era…
¿Y quería eso para librarse de la maldición o porque realmente deseaba muchísimo a Draco? ¿O por ambas razones?
¿Importaba realmente?
—¿Entonces? —preguntó, anhelante.
Draco parecía mortificado. Se notaba que lo deseaba pero algo lo hacía contenerse.
—¿Estás…? ¿Estás seguro, Potter? ¿Seguro de que esto es lo quieres? —preguntó en voz baja.
Harry asintió con vigor.
—¡Claro que lo quiero! —soltó Harry, pero luego se arrepintió. No estaba seguro si era buena idea demostrarle a Draco que en verdad deseaba tener sexo con él. Mejor dejarlo sólo en el terreno de los negocios y así no habría material para futuros escarnios de parte del otro. Hizo un esfuerzo para dominar los efectos "suelta lenguas" de la poción y así poder torcer la verdad un poquito—. Después de todo, es lo único que me resta por hacer para poder librarme de esto, ¿no? —agregó a toda prisa mientras señalaba su cuerpo femenino.
Por un segundo Draco pareció decepcionado, pero se repuso rápidamente. Se mordió los labios, respiró un par de veces y abrió mucho los ojos; parecía no poder creer en su buena suerte. Finalmente, miró a Harry de arriba abajo y sus ojos se oscurecieron. Volvió a relamerse y Harry sintió una contracción de placer en su vientre.
—Muy bien. Hagámoslo —dijo con voz ronca.
Harry casi se derrite sólo de oír a Draco hablar así.
