Hola gente primero que nada quiero pedirles disculpas por la demora en la actualización pero la verdad es que estoy intentando hacerlo hace ya 15 dias y no me dejaba, es por eso que hoy eh subido tantos capítulos!
Bueno espero que lo disfruten y esperare ansiosa sus Reviews! Besos
Capitulo 3 Una tarde...Una cena...
—Ya casi ha llegado. El puente está a sólo tres kilómetros de aquí.
Y entonces, después de veinte años de vivir una vida estrecha, una vida de conducta rígida y sentimientos ocultos, impuesta por las tradiciones rurales, Serena Chiba se sorprendió a sí misma diciendo:
—Se lo mostraré con mucho gusto, si quiere.
Nunca supo muy bien por qué lo hizo. Eran los sentimientos de una muchacha joven que aparecían como una burbuja en el agua y estallaban, tal vez, después de todos esos años. No era tímida, pero tampoco muy directa. Lo único que podía pensar era que Seiya Kou la había atraído intensamente, después de sólo unos segundos de mirado.
Era obvio que él se había sorprendido un poco con el ofrecimiento. Pero se recuperó pronto, y con expresión seria le dijo que se lo agradecería. Serena cogió de los escalones de atrás las botas de vaquero que usaba para trabajar en la granja, fue hasta el camión y se detuvo junto al asiento del acompañante.
—Espera, te haré sitio; hay un montón de material y otras cosas ahí. —Hablaba mientras iba ordenando, principalmente para sí, y ella advertía que estaba un poco confundido y un poco azorado por esa situación.
Trasladó bolsos de lona y trípodes, un termo, y bolsas de papel a la parte trasera de la camioneta, donde una vieja maleta marrón y un estuche de guitarra polvoriento y deteriorado permanecían atados a una rueda de repuesto con una cuerda de tender ropa.
La puerta de la furgoneta se cerró, golpeándolo por detrás, mientras él murmuraba, juntaba y metía vasitos de plástico para café y cáscaras de plátano en una bolsa de papel. Arrojó la bolsa a la caja de los residuos. Finalmente quitó del asiento delantero la nevera y la puso también detrás. En la puerta verde del camión, unas letras rojas descoloridas rezaban: «Kou, Fotografía, Bellingham, Washington».
—Bien, creo que ahora puedes meterte ahí. – Sostuvo la puerta, la cerró tras ella, luego fue al asiento del conductor y con una peculiar gracia animal se sentó frente al volante. Le echó una sola mirada rápida a Francesca, sonrió apenas y dijo:
—¿Hacia dónde voy?
—Hacia la derecha. —Le indicó con la mano. Él giró la llave, y se oyeron los gruñidos desafinados del motor. Recorrieron el sendero hacia el camino dando brincos. Las largas piernas de Seiya se movían automáticamente al cambiar de velocidades; los viejos Levi's cubrían las botas de cuero con cordones que habían visto pasar muchos kilómetros a pie.
Se inclinó y buscó en la guantera, rozando accidentalmente con el antebrazo la parte inferior del muslo de Serena. Con un ojo en el camino y otro en la guantera, sacó una tarjeta de visita y se la entregó. «Seiya Kou, Autor-Fotógrafo.» Luego venían su dirección y su número de teléfono.
—Me envía aquí el National Geographic —dijo—. ¿Conoces la revista?
—Sí —respondió Serena, y pensó: ¿Acaso no la conoce todo el mundo?
—Están haciendo un reportaje sobre puentes cubiertos, y parece que Madison County tiene algunos interesantes. He localizado seis, pero creo que hay por lo menos uno más, y tiene que estar en esta dirección.
—Se llama Roseman Bridge —informó ella en medio del ruido del viento, de los neumáticos y del motor.
Su voz sonaba rara, como si perteneciera a otra persona, a una adolescente asomada a una ventana, en Nápoles, viendo a lo lejos calles de ciudades, trenes y puertos, mientras soñaba con sus lejanos y futuros amantes. Mientras hablaba miraba los músculos de su antebrazo, que se movían cuando él cambiaba de velocidad.
Junto a ella había dos mochilas. Una estaba cerrada, pero la solapa de la otra, doblada hacia atrás, dejaba ver la parte superior plateada y la posterior negra de una cámara. En la parte posterior, tenía la etiqueta de un carrete, que decía «Kodachrome II 25. 36 fotos»..
Serena tenía dos trípodes entre los pies. Estaban muy rayados, pero en uno se podía leer la gastada etiqueta: «Gitzo». Cuando él abrió la guantera, ella vio que estaba abarrotada de cuadernos, mapas, lápices, cajas de película vacías, monedas y cigarrillos Camel.
—Dobla a la derecha en la próxima curva —dijo. Eso le dio una excusa para mirar el perfil de Seiya. La piel tostada y suave brillaba con la transpiración. Sus labios eran bonitos; por alguna razón, Serena lo había notado de inmediato.
había algo en ese hombre. Algo muy antiguo, algo ligeramente deteriorado por los años; no en su apariencia, sino en sus ojos.
En la muñeca izquierda llevaba un reloj de aspecto complicado, con una correa de cuero marrón manchada por el sudor. En la derecha tenía una pulsera de plata con arabescos. Le vendría bien una limpieza con limpiametales, pensó Serena, y enseguida se condenó por haber caído en la trivialidad de la vida pueblerina, contra la que se rebelaba en silencio desde hacía años.
Seiya sacó un paquete de Camel del bolsillo de la camisa y le ofreció uno. ella aceptó el cigarrillo y, por segunda vez en cinco minutos, se sorprendió a sí misma. ¿Qué estoy haciendo?, pensó. Hacía años que había dejado de fumar, debido a la presión constante de la crítica de Darien. Seiya se puso el cigarrillo entre los labios y encendió el de Serena con un Zippo de oro, sin dejar de mirar la carretera.
Ella ahuecó las manos a ambos lados de la llama para protegerla del viento, y tocó su mano para que no la sacudieran los saltos de la camioneta. Sólo le llevó un instante encender el cigarrillo, pero fue suficiente para sentir el calor de la mano de é. Volvió a apoyarse en el respaldo y él acercó el encendedor a su propio cigarrillo, defendiéndolo del viento con mano experta y retirando sólo un segundo las manos del volante.
Serena Chiba, esposa de granjero, apoyada en el asiento polvoriento de la camioneta, fumando un cigarrillo, señaló:
—Es allí, al doblar la curva.
El viejo puente rojo, descascarillado, ligeramente inclinado por los años, cruzaba un arroyo.
Entonces Seiya sonrió. La miró rápidamente y dijo:
—Fantástico. Una foto del crepúsculo.
Se detuvo a cien metros del puente y bajó, llevándose la mochila abierta.
—Voy a hacer un pequeño reconocimiento, ¿no te molesta?
Ella le devolvió la sonrisa.
Lo observó mientras él caminaba por el sendero de campo, mientras sacaba la cámara de la mochila y luego se echaba el bolso sobre el hombro izquierdo. Ese movimiento exacto lo había hecho miles de veces. Ella se dio cuenta por la fluidez con que lo hizo. Mientras caminaba, su cabeza no dejaba de moverse, mirando de un lado a otro, el puente, y los árboles detrás del puente. Se volvió una vez y fijó la vista en ella, con el rostro serio.
En contraste con la gente del lugar, que se alimentaba de salsas, patatas y carnes rojas, Seiya daba la impresión de no comer otra cosa que fruta, nueces y vegetales. Duro, pensó Serena. Parece físicamente duro. Reparó en lo pequeño que era su trasero dentro de los tejanos ajustados; veía el contorno de la billetera en el bolsillo izquierdo y el del pañuelo en el derecho. Él parecía andar por el terreno sin un solo movimiento innecesario.
Seiya se detuvo justo antes de llegar al puente. Se quedó un momento allí, luego se puso en cuclillas y escudriñó a través de la cámara. Fue hasta el otro lado del camino e hizo lo mismo. Luego se paró en el puente y estudió las vigas y las planchas del suelo, y contempló la corriente por un agujero que había en un lado.
Ella apagó el cigarrillo en el cenicero, abrió la puerta y apoyó las botas en la grava. Echó una mirada alrededor para asegurarse de que no venía el coche de un vecino, y caminó hasta el puente. El sol era como un martillazo al final de la tarde, y el interior del puente parecía estar más fresco.
Serena espió por una grieta de las dos planchas laterales hacia el arroyo adonde había ido Seiya. Estaba de pie sobre una roca en medio del riachuelo, mirando hacia el puente, y ella se sobresaltó al ver que él la saludaba con la mano. Él saltó otra vez a la orilla, moviéndose con soltura por el terreno inclinado. Serena siguió mirando el agua hasta que sintió las botas de él en el suelo del puente.
—Se está muy bien aquí, es muy agradable —dijo él, y su voz resonó dentro del puente cubierto.
Ella asintió.
—Sí. A estos puentes nosotros no les prestamos ninguna atención, no pensamos que sean gran cosa.
Él fue hacia ella con un ramillete de flores silvestres.
—Gracias por hacer de guía —le dijo, sonriendo con dulzura—. Uno de estos días vendré al amanecer a hacer fotos.
Una vez más, ella sintió algo por dentro, Flores. Nadie le regalaba flores, ni siquiera en ocasiones especiales.
—No conozco tu nombre —dijo Seiya. Entonces ella se dio cuenta de que no se lo había dicho, y se sintió como una tonta. Cuando se lo dijo, él hizo un gesto afirmativo y respondió:
— como este lugar, tranquilo, apacible….Serena…hermoso nombre.
Volvieron a subirse a la camioneta verde y volvieron a recorrer los caminos de grava mientras bajaba el sol. Se cruzaron con dos coches, pero no era nadie que ella conociera. En los cuatro minutos que tardaron en llegar a la granja dejó vagar los pensamientos, sintiéndose liberada y extraña. Quería más de Seiya Kou, autor y fotógrafo. Quería saber más y apretaba el ramillete que llevaba en la falda, con las flores hacia arriba, como una colegiala que vuelve de un paseo.
Estaba ruborizada. Lo sentía. No había hecho ni dicho nada, pero sentía como si algo hubiera sucedido.
La furgoneta entró en el sendero.
—¿Darien es tu marido? —Había visto el nombre en el buzón.
—Sí —respondió ella, ligeramente agitada. Una vez que pronunció esa palabra, pudo seguir hablando—. Hace mucho calor. ¿Te apetece un té helado?
Él la miró.
—Si no es molestia, ya lo creo que sí.
—No es molestia —dijo ella.
Le indicó sin revelar ansiedad, o al menos eso esperaba, que estacionara la camioneta detrás de la casa. No deseaba que, al volver Darien, uno de los vecinos le dijera: «Ah, Darien, ¿estan en obras? La semana pasada vi una furgoneta verde en tu casa. Sabía que Sere estaba allí, de manera que no me preocupé por controlar».
Subieron por los escalones rotos hasta la puerta del porche trasero. Seiya sostuvo la puerta para que ella pasara; llevaba consigo las bolsas con las cámaras.
—Hace demasiado calor para dejar el equipo en el coche —había dicho al retirarlos.
En la cocina se estaba un poco más fresco, pero de todos modos hacía mucho calor. El collie husmeó las botas de Kou, luego salió al porche y se echó pesadamente, mientras Serena sacaba cubitos de hielo y vertía el té en una enorme jarra. Seiya se había sentado a la mesa de la cocina, y se alisaba el pelo con las dos manos; y ella sabía que él la observaba.
—¿Limón?
—Sí, por favor.
—¿Azúcar?
—No, gracias.
El jugo de limón goteó lentamente por la pared del vaso, y él notó eso también. Seiya no se perdía ningún detalle.
Ella colocó un vaso frente a él y el otro al otro lado de la mesa de formica. Puso las flores en agua, en un viejo frasco de jalea con dibujos del pato Donald. Apoyada en la repisa, levantó una pierna y se quitó la bota.
Luego se apoyó en el pie descalzo y se quitó la otra.
Él bebió un sorbito de té y la miró. Ella medía menos de un metro cincuenta o sesenta y andaba por los cuarenta o poco más, tenía una linda cara y un cuerpo hermoso, cálido. Pero dondequiera que fuera encontraba mujeres bonitas. El aspecto físico podía tener cierta importancia, pero, para Seiya, lo que realmente contaba era la inteligencia y la pasión de vivir, la capacidad de conmover y de conmoverse con sutilezas de la mente y del espíritu. Por eso, siendo indiferente a una belleza exterior, no encontraba atractivas a la mayoría de las mujeres jóvenes. No habían vivido ni sufrido lo suficiente para poseer esas cualidades que le interesaban.
Pero había algo en Serena Chiba que realmente le atraía. Había inteligencia; él lo sentía. Y había pasión, aunque no sabía hacia qué iba dirigida esa pasión, si es que iba dirigida a algo.
Más tarde él le dijo que, de alguna manera indefinible, verla quitarse las botas esa tarde había sido uno de los momentos más sensuales que recordaba, No importaba por qué. Él no se acercaba a la vida con porqués.
Ella estaba sentada a la mesa con una pierna doblada bajo su cuerpo, y apartaba los mechones de cabello dorado que le caían sobre la cara sujetándolos nuevamente con la peineta de carey. Luego recordó algo, se levantó y se acercó al aparador; cogió un cenicero y lo puso en la mesa al alcance de la mano de Seiya.
Con ese permiso tácito, él sacó un paquete de Camel y se lo ofreció. Serena agarro un cigarrillo. Repitieron los mismos movimientos que en el coche. Él encendió el Zippo, ella le tocó la mano para que no la moviera, sintió su piel con las yemas de los dedos y se apoyó en el respaldo de la silla. El sabor del cigarrillo era maravilloso. Ella sonrió.
—¿Qué haces, exactamente? Me refiero a la fotografía.
Seiya observó su cigarrillo y contestó con calma:
—Bueno, trabajo para... soy un fotógrafo del National Geographic. Esto ocupa parte de mi tiempo. Vendo ideas a la revista y tomo las fotos. O ellos me llaman cuando quieren hacer algo. No hay mucho espacio para la expresión artística; es una publicación muy conservadora. No es extraordinaria, pero sí decente y segura. El resto del tiempo, escribo y fotografío por mi cuenta y mando material a otras revistas. A veces, escribo poesía para mí mismo. Vivo al norte de Seattle y trabajo bastante en esa zona. El trabajo para el Geographic a veces me retiene en el mismo lugar un par de meses, especialmente cuando es algo de envergadura, por ejemplo una parte del Amazonas o el desierto de África del Norte. Suelo viajar en avión para esos trabajos y alquilar después un coche. Pero tenía ganas de visitar en coche algunos lugares y explorados para reportajes futuros. ¿Y tú?
Ella no esperaba que se lo preguntara. Tartamudeó unos instantes.
—Ah, por Dios, nada parecido a lo tuyo., Me gradué en literatura comparada. Cuando llegué a Winterset, había problemas para encontrar profesores. De manera que obtuve un certificado de enseñanza y enseñé literatura inglesa unos años en la escuela secundaria. Pero a Darien no le gustaba que yo trabajase. Decía que él podía mantenemos, que no era necesario, sobre todo cuando nuestros hijos eran pequeños, así que lo dejé y dediqué mi jornada completa a ser esposa de granjero. Eso es todo.
Advirtió que Seiya había terminado el té helado y le sirvió más de la jarra.
—Gracias. ¿Te gusta vivir en Iowa?
La situación le permitía ser sincera. Serena lo sintió. La respuesta estereotipada era: «Mucho. Es muy tranquilo. La gente es muy buena».
No contestó de inmediato.
—¿Me das otro cigarrillo?
Otra vez el paquete de Camel, otra vez el encendedor, otra vez el ligero contacto de las manos. Serena, por primera vez, lo miró a los ojos.
—Tengo que responder: «Me gusta. Es muy tranquilo. La gente es muy buena». En general, todo eso es cierto. Es tranquilo. La gente es buena, en cierto sentido. Todos nos ayudamos. Pero —vaciló, echó miró a Seiya sentado frente a ella—, no es lo que yo soñaba de jovencita.
La confesión, por fin. Hacía años que las palabras estaban ahí, y nunca las había pronunciado. Ahora se las había dicho a un hombre que venía en una camioneta verde.
Durante unos momentos, él guardó silencio. Luego, dijo:
—El otro día anoté algo en mi cuaderno para usado algún día. Dice así: «Los viejos sueños eran sueños buenos; no se realizaron, pero me alegro de haberlos tenido». No estoy seguro de lo que significa, pero lo usaré en alguna parte. De manera que creo que entiendo lo que sientes.
Serena le sonrió entonces, por primera vez, con una sonrisa cálida y profunda. Y el instinto del jugador se impuso en ella.
—¿Quieres quedarte a cenar? Mi familia está fuera, de modo que no tengo mucho en casa, pero algo inventaré.
—Desde luego, estoy cansado de los supermercados y de los restaurantes. Así que si no es mucha molestia, me encantaría.
—¿Te gustan las chuletas de cerdo? Puedo servirlas con verduras de la huerta.
—Prefiero las verduras solas. No como carne. Hace años que ya no la como. No es por ninguna razón en especial, simplemente me siento mejor así.
Ella volvió a sonreír.
—Aquí tu punto de vista no sería muy popular. Darien y sus amigos dirían que estás tratando de destruir su medio de subsistencia. Yo misma no como mucha carne; no sé muy bien por qué, sencillamente no me gusta. Pero cada vez que intento hacer una cena sin carne para mi familia hay gritos de rebelión, de manera que he abandonado el intento. Será agradable de pensar en algo diferente para variar.
—Bueno, pero no te tomes muchas molestias por mí. Escucha, tengo película en la nevera. Necesito tirar el agua del hielo derretido y ordenar un poco las cosas. Me llevará un rato. —Se levantó y bebió lo que quedaba del té.
Ella lo vio salir por la puerta de la cocina, cruzar el porche y salir al patio. No dejó golpear la puerta de alambre tejido como hacían todos, sino que la cerró suavemente. Justo antes de salir se agachó para palmear al collie, que le agradeció la atención con varias buenas lamidas en los brazos. Serena fue a las habitaciones de arriba, se dio un rápido baño y, mientras se secaba, miró por encima de la cortina que cubría la mitad inferior de la ventana. La maleta de Seiya estaba abierta, y él se estaba lavando con la vieja bomba de mano. ella pensó que debería haberle dicho que podía ducharse en la casa si lo deseaba. Lo había pensado antes, pero la había retenido la familiaridad que eso implicaba, y luego, flotando en su propia confusión, se había olvidado y no había dicho nada.
Pero Seiya se había desnudado hasta la cintura y usaba la camisa sucia como una combinación de esponja y toalla. Una toalla, se reprochó ella; al menos podría haberle dado una toalla.
La navaja de afeitar reflejaba el sol; ella lo vio enjabonarse la cara y afeitarse. Era —otra vez esa palabra, pensó Serena—, era duro. No era corpulento, medía un poco más de uno ochenta y era más bien delgado. Pero tenía la musculatura de los hombros grande, y el abdomen detalladamente marcado. No representaba la edad que tenía y no se parecía a los hombres del lugar, que comían demasiados dulces en el desayuno.
La última vez que había ido a Des Moines, Serena se había comprado un perfume nuevo: Miracle de Lancome, y ahora lo usó con moderación. ¿Qué se pondría? No le pareció bien arreglarse demasiado, puesto que él seguía con su ropa de trabajo. Camisa blanca de manga larga, unos tejanos limpios, sandalias. Los aretes que, según Darien, le daban aspecto de gitana, y una pulsera de oro. El cabello recogido con una hebilla en la nuca, caído sobre la espalda. Así estaría bien.
Cuando volvió a la cocina, Seiya estaba sentado ahí con sus mochilas y su nevera; se había puesto una camisa caqui limpia con los mismos tirantes naranja de antes. En la mesa había tres cámaras, dos lentes cortos, dos medianos y uno largo, y un nuevo paquete de Camel. Las cámaras y los lentes eran de la marca Nikon. El equipo estaba rayado, en algunas partes abollado. Pero él lo manejaba cuidadosamente, aunque sin obsesionarse. Pulía, cepillaba, soplaba.
Volvió la mirada; ella estaba seria otra vez, tímida,
—Tengo cerveza en la nevera. ¿Quieres una?
—No estaría mal. —Sacó dos botellas de Budweiser. Cuando levantó la tapa de la nevera, ella vio cajas de plástico transparente con película apiladas en el interior. Quedaban otras cuatro botellas de cerveza.
Serena abrió un cajón para coger un abridor, pero él dijo: «Yo tengo». Sacó de su vaina el cortaplumas múltiple que llevaba en el cinturón, extendió una de sus hojas y la usó con pericia.
Le entregó una botella a ella y alzó la suya en una especie de brindis:
—A los puentes cubiertos en el atardecer, o, mejor aún, en las mañanas cálidas, rojas. —Sonrió.
Ella no dijo nada, pero sonrió con suavidad y levantó un poco su botella con gesto vacilante, incómodo. Un extraño desconocido, las flores, el perfume, la cerveza y un brindis un caluroso lunes del final del verano. Era más de lo que podía resistir.
—Voy un minuto al jardín. Ahora vuelvo.
Seiya levantó los ojos.
—¿Necesitas ayuda?
Ella hizo un gesto negativo y pasó junto él, sintiendo su mirada en las caderas, preguntándose si la seguiría mirando mientras cruzaba el porche, adivinando que sí lo haría.
No se equivocaba. Él la observaba. Movió la cabeza y volvió a mirarla. Observó su cuerpo, pensó en la inteligencia que él sabía que poseía, se preguntó qué otras cosas percibía de ella. Se sentía atraído y luchaba contra esa atracción.
Cuando volvió a la cocina, Seiya estaba colocando nuevamente el equipo en las bolsas. Con cuidado y precisión. Evidentemente, había un lugar para cada cosa y cada cosa estaba en su lugar. Él había terminado su cerveza y había abierto dos más, aunque Serena aún no había terminado la suya. Entonces, ella echó la cabeza hacia atrás, vació la botella y se la entregó.
—¿Puedo hacer algo? —preguntó él.
—Puedes traer el melón del porche y unas patatas de ese balde que está allí.
Él se movió con tanta agilidad que a Serena le asombró el poquísimo tiempo que tardó en ir al porche y volver, con el melón bajo el brazo y cuatro patatas en las manos.
—¿Bastarán?
Asintió, pensando que él tenía algo fantasmal. Dejó las patatas y el melón junto al fregadero donde ella limpiaba las verduras y volvió a su silla, encendiendo un Carne! mientras se sentaba.
—¿Cuánto tiempo estarás por aquí? —preguntó Serena, mirando las verduras que limpiaba.
—No estoy seguro. No tengo mucha prisa, no debo entregar las fotos de los puentes hasta dentro de tres semanas. Me quedaré hasta que acabe el trabajo, supongo. Probablemente será una semana.
—¿Dónde te alojas? ¿En la ciudad?
—Sí, en un pequeño lugar con cabañas. «Motor Court» no sé qué más. He llegado esta mañana. Ni siquiera he sacado todavía mis cosas del coche.
—Es el único hotel que hay, excepto el de la señora Carison, que aloja pensionistas. Los restaurantes no te gustarán, especialmente por tu forma de comer.
—Lo sé. Pero he aprendido a arreglármelas. En esta época del año no es tan difícil; encuentro productos frescos en tiendas y en puestos por el camino. Pan y otras cosas, y más o menos me arreglo. Pero es bueno que a uno lo inviten como tú lo haces ahora. Yo lo agradezco mucho.
Ella extendió la mano sobre la repisa y encendió la radio.
«Siéntate a mi lado, tan cerca como el aire», cantó una voz, acompañada del rasgueo de las guitarras. Serena dejó la radio a bajo volumen.
—Soy bastante bueno para picar verduras —ofreció él.
—Bueno, ahí está la tabla de madera; debajo, en el cajón, hay un cuchillo. Voy a hacer un guiso, de manera que tienes que cortarlas en cubos.
Él estaba a medio metro de ella, mirando hacia abajo, cortando las zanahorias y los nabos, el apio y las cebollas. Ella pelaba patatas en el fregadero, consciente de estar muy cerca de un hombre extraño. Nunca se le había ocurrido que pelar patatas podía provocar esas pequeñas sensaciones extrañas.
—¿Tocas la guitarra? He visto el estuche en tu camión.
—Un poquito. Me hace compañía, no es más que eso. Mi esposa fue una cantante, mucho antes de que esa música se hiciera popular, y me enseñó algo.
Serena se había puesto un poco rígida al oír la palabra «esposa», no sabía bien por qué. Tenía derecho a estar casado, pero de alguna manera eso no encajaba con él. Ella no quería que estuviese casado.
—Mi esposa no soportaba mis viajes, ni que yo pasara meses fuera. No la critico. Me dejó hace nueve años. No tuvimos hijos, así que no fue complicado. Se llevó una guitarra y me dejó otra a mí.
—¿La has vuelto a ver?
—No, nunca. —Eso fue todo lo que dijo.
Ella no insistió. Pero se sintió mejor, egoístamente, y otra vez se preguntó por qué le importaba el asunto, ya fuese de una u otra manera.
—He estado dos veces en Italia —dijo Seiya—. ¿Dónde naciste tú?
—En Nápoles.
—No he ido nunca a Nápoles. Estuve una vez en el norte, fotografiando el río Po. Y, otra vez, para otro trabajo, en Sicilia.
Las nubes se habían acumulado en el oeste dividiendo el sol en rayos que se extendían en varias direcciones. Seiya miró por la ventana que estaba encima del fregadero y dijo:
—La luz de Dios. A las fábricas de calendarios les encanta. Y a las revistas religiosas.
—Tu trabajo parece interesante —dijo ella. Sentía la necesidad de mantener la conversación en un terreno neutro.
—Lo es. Me gusta muchísimo. Me gusta el camino y me gusta hacer fotos.
Ella advirtió que decía «hacer» fotos.
—¿Tú «haces» fotos, no las tomas?
—Así es. Al menos así es como me gusta pensado. Ésa es la diferencia entre los que sacan instantáneas los domingos y los fotógrafos profesionales. Cuando haya terminado con el puente que vimos hoy, no tendrá el aspecto que tú piensas. Lo habré convertido en algo mío, por la elección de la lente, o el ángulo de la cámara, o la composición general, o probable mente por la combinación de todo eso. Trato de encontrar la poesía en la imagen.
«Un día, escribiré un ensayo titulado Las virtudes del amateurismo, para todos aquellos que desean ganarse la vida con el arte. El mercado mata más pasión artística que cualquier otra cosa. Para la mayoría de la gente representa la seguridad. Quieren seguridad; las revistas y los fabricantes les dan seguridad, les dan homogeneidad, les dan lo conocido y lo cómodo, no los desafían.
Serena se rió suavemente, pensando en la seguridad y en la comodidad.
—Pero me quejo demasiado. Como te dije, viajar es agradable, y a mí me gusta jugar con las cámaras y estar al aire libre. La realidad no es exactamente lo que prometía la canción, pero la canción no es mala.
Ella suponía que, para Seiya, eso era una charla sobre temas cotidianos. Para ella era un tema literario. La gente de Madison County no hablaba así, ni de esas cosas. Ellos hablaban del tiempo y de los precios de los productos de la granja, de los recién nacidos y de los funerales, de los programas del gobierno y de los equipos de deporte. No del arte y los sueños. No de las realidades que hacían cesar la música y encerraban los ideales en una caja.
Él terminó de cortar las verduras.
—¿Algo más que pueda hacer?
Ella dijo que no con la cabeza.
—No. Está todo bajo control.
Él volvió a sentarse a la mesa. Fumaba y tomaba un trago de cerveza de vez en cuando. Ella cocinaba y bebía entre una tarea y otra. Sentía los efectos del alcohol a pesar de que no había bebido casi nada. La víspera de año nuevo, en la Legion Hall, ella y Darien bebían unas copas. Pero no solía beber, y casi nunca había bebidas alcohólicas en casa. Sin embargo, hacía algún tiempo, Serena había comprado una botella de coñac con la esperanza de resucitar el amor en sus vidas campesinas. La botella todavía estaba sin abrir.
Mientras las verduras se cocían ell volvió a sentarse frente a él. En la cocina se respiraba una cierta intimidad, que de alguna manera se producía por estar guisando. Preparar la cena para un desconocido, que había estado cortando nabos junto a ella, borraba en parte el sentimiento de extrañeza. Y, al no estar cohibidos, había un espacio para la intimidad. Seiya le acercó los Camel con el encendedor sobre el paquete. Ella sacó uno, manipuló el encendedor, se sintió torpe. No lograba encenderlo. Él sonrió un poco, agarro cuidadosamente el encendedor de la mano de ella y movió dos veces la ruedecita hasta que surgió la llama. Lo sostuvo para que ella encendiera el cigarrillo.
Por la radio daban las noticias de las siete y un resumen de la bolsa. Y Serena miraba, por encima de la formica amarilla, a Seiya, que había llegado desde tan lejos a su cocina. Un largo camino que no se contaba sólo en kilómetros.
—Ya huele bien —dijo Seiya, señalando la olla—. Es un olor tranquilo. —La miró.
—¿Tranquilo? ¿Existe un olor tranquilo? Pensaba en la frase, intentaba contestarse.
Él tenía razón. Después de las chuletas de cerdo y los asados que cocinaba para su familia, eso era un guiso tranquilo. No había violencia en ningún punto de la cadena alimenticia, excepto en el hecho de arrancar los vegetales. El guiso se preparaba lentamente y olía a tranquilidad. Se estaba tranquilo ahí, en la cocina.
—Si no te molesta háblame un poco de tu vida en Italia.
Estaba estirado en la silla, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda a la altura de los tobillos.
A Serena le inquietaba el silencio cuando estaba con él, de manera que habló. Le habló de cuando era niña, de la escuela primaria, de las monjas, de su padre, que era gerente de un banco, de su madre, que era ama de casa. Le contó que cuando era adolescente iba al malecón a ver los barcos de todo el mundo. De cómo conoció a Darien, en un café donde estaba con unas amigas.
Él escuchaba en silencio, indicando de vez en cuando con un gesto de la cabeza que entendía, que comprendía. Cuando por fin ella hizo una pausa, dijo;
—¿Y me dices que tienes hijos?
—Sí. Mamoru, de diecisiete, y Rini de dieciséis. Los dos van al colegio en Winterset. Están en el instituto de formación profesional agraria; pero se han ido a la feria estatal de Illinois a exhibir el novillo de Darien. Nunca he podido llegar a entender, a adaptarme a la forma en que prodigan amor y cuidados a los animales que luego venden para sacrificar. Pero no me atrevo a decir nada. Darien y sus a amigos caerían sobre mí como rayos. Creo que es contradictorio, que hay algo frío e insensible en ello.
Se sintió culpable al mencionar el nombre de Darien. No había hecho nada, nada en absoluto. Sin embargo se sentía culpable por la lejana posibilidad de que ocurriera algo. Y se preguntó cómo lo llevaría el resto de la noche y si no se habría metido en algo que no podría controlar. Tal vez Seiya se iría. Parecía muy tranquilo, bastante simpático.
Mientras hablaban el anochecer tomó un tono azul, con una ligera niebla sobre la hierba de la pradera. Seiya abrió otras dos cervezas mientras el guiso de Serena se cocinaba, lentamente. Ella se levantó, dejó caer las bolas de masa en agua hirviendo, se volvió y se apoyó en el fregadero, sintiéndose conmovida por Seiya Kou, de Bellingham. Esperaba que no se fuera demasiado temprano.
Él se sirvió dos veces, con buenos modales, y le dijo dos veces que estaba excelente. El melón estaba perfecto; la cerveza muy fría. La noche azul y Serena Chiba con cuarenta y cinco años se encontraba en la cocina de su casa escuchando canciones románticas con un perfecto desconocido.
