(*) Editado el 22 de marzo de 2015

4. Conversaciones en la biblioteca y capas invisibles

«Best, you've got to be the best, you've got to change the world and use this chance to be heard.

Your time is now. Don't let yourself down and don't let yourself go, your last chance has arrived».

Butterflies and hurricanes, MUSE

No sé cómo lograron encontrar el camino hacia su clase los de primero del resto de Casas, pero, a juzgar por lo que tardaron en llegar al Gran Comedor a la mañana siguiente, deduje que sus prefectos no les dieron mapas básicos del castillo.

La primera tarde, de camino al aula de Transformaciones —en la que la joven McGonagall nos demostraría lo útil que nos podía resultarnos en el futuro convertir cerillas en agujas—, Malfoy miraba el horario y se quejaba. Para variar.

—¿Para qué queremos defendernos de las Artes Oscuras? Es una pérdida de tiempo.

—Es cierto —coincidió Parkinson, haciéndole la pelota. Después soltó sin pensar—: Deberían limitarse a enseñar Artes Oscuras, son mucho más prácticas e interesantes.

En realidad ninguno de los dos tenía ni idea de en qué consistían las Artes Oscuras. Malfoy había estimado que era lo propio quejarse de la defensa de las mismas, quizá porque el que impartía la asignatura no era Snape —era un secreto a voces que quería el puesto y un secreto en voz más baja su pasado como mortífago—, quizá porque creía que era lo que su padre habría dicho. La otra se limitó a darle la razón, ansiosa por recibir la aprobación del chico.

—Oh, sí, por supuesto —añadió Zabini, con sorna—. Deberíamos ir directamente al despacho de Dumbledore para exigir nuestro derecho a aprender a hacer cosas dolorosas y prohibidas.

Tras una amenazante mirada de advertencia por parte de Crabbe y Goyle, que seguramente ya hacían por costumbre a cualquiera que provocara que Malfoy frunciera sus rubias cejas, entramos en la clase. Clase que, por cierto, compartíamos con los de Ravenclaw.

Dejé que todos se situaran antes de escoger un sitio; el número jugaba a mi favor y pensé que, con suerte, conseguiría sentarme solo. Por desgracia los asientos estaban justos si se contaba a los Ravenclaw, así que a los pocos segundos alguien se situó a mi derecha. Un alguien con nombre y apellido: Lisa Turpin.

—Hola —me saludó con una sonrisa, aparentemente sin importarle que yo me esforzara por no prestarle atención—. En el tren no te pude decir mi nombre, soy Lisa.

Sus ojos redondos y pardos me taladraban, esperando algún tipo de reacción por mi parte. Yo seguí revolviendo en el interior de mi mochila.

—¿Cuál es el tuyo? —insistió, apoyando su cabeza en una mano para observarme mejor.

¿Que por qué contesté? La verdad es que no estoy seguro. Puede que para que se callara, puede que porque me agradara que estuviera tan pendiente de mí. Lo que sí sé es que de no haberlo hecho las cosas hubieran sido distintas para Lisa. Monótonas y mediocres, sí, pero también menos agónicas.

Claro que fue ella la que insistió. Recordadlo. Ella nunca tuvo por qué formar parte de esto, por mucho que Él tratara de convencerme de lo contrario.

—Nott —murmuré mientras hojeaba el libro de la asignatura.

—Te he preguntado el nombre, no el apellido. —A pesar del apunte parecía satisfecha con el intercambio de palabras que había logrado.

Dicha satisfacción no duró más: no volví a hablar con ella en esa clase.


—¿Quién es la Ravenclaw que se ha sentado contigo en Transformaciones?

Eran las nueve de la noche. Habíamos acabado de cenar hacía poco y estábamos matando el tiempo en la sala común hasta que nos apeteciera ir a dormir. Ya no solo es que fuéramos alumnos de primero, es que llevábamos un día en el colegio y poco teníamos que hacer además de dar vueltas, perdernos, jugar y hablar. Sobre todo hablar. «No entiendo cómo no les duele la lengua después de llevar horas cotorreando», me dije ese día más de una decena de veces. Y es que, al margen de que no me apeteciera formar parte de un grupo, la idea de llenar el silencio con verborrea únicamente para que existiera un sonido de fondo siempre me ha puesto los nervios de punta. Uno habla cuando tiene un motivo —sea este el que sea—, no porque sí.

Aparté momentáneamente la vista de mi libro y miré a Greengrass —la que me había preguntado aquello— con una ceja alzada. Pretendía transmitirle que esa conversación me importaba lo mismo que tener la capacidad de transformar cerillas en agujas, pero no sé si es que no me salió bien el gesto o, simplemente, a ella le importó una mierda. Teniendo en cuenta cómo es Daphne Greengrass, probablemente fuera lo segundo.

—¿La conocías de algo? —insistió, dándome un toquecito en el brazo para reclamar mi atención.

Zabini nos miró alternativamente, sonrió y se frotó las manos preparándose para la diversión.

—Se llama Lisa Turpin. —Volví a leer, intentando que captara el mensaje y me dejara al margen de sus dudas existenciales. No lo hizo.

Greengrass chasqueó la lengua y frunció levemente el ceño.

—¿Y qué te decía?

Malfoy, que había estado alardeando con Parkinson del papelón que seguro haría en la primera clase de Pociones, centró su atención en mí. Seis pares de ojos me observaron a la espera de una respuesta. Denigrante es un eufemismo para describir aquello.

—Su nombre —respondí con hastío, provocando las carcajadas de Zabini.

—Pues no sé qué pretendía —comentó ella con desdén, peinando su larga melena castaña—, ¿de qué te sirve saber el nombre de alguien si está claro que no vas a tener la necesidad de usarlo?

Parkinson afirmó con la cabeza, corroborando sus palabras.

¿Que si estaba enamorada de mí? Todavía es pronto para hablar de ello: dudo que a estas alturas de la historia seáis capaces de entender cómo funcionan los sentimientos de alguien como Daphne Greengrass. Mucho menos los míos. Así que dejémoslo en que ella sentía que yo era de su propiedad, que ella era a quien yo debía mirar, aquella con la que debía tener la necesidad de hablar. Deseaba que la considerara como a una igual, que la admirara igual que ella me admiraba.

—Seguramente esa tal Turpin sí que quiera ser llamada —dejó caer Malfoy, sonriendo como un tiburón en miniatura al entrar en su tema favorito: el sexo opuesto en general y el sexo en particular. Su segundo tema favorito, por cierto, era Potter.

Crabbe y Goyle rieron, dándose codazos el uno al otro mientras silbaban e inventaban cancioncillas que contenían las palabras «Turpin», «Nott», «besitos» y «se van a casar». Algo que era inmaduro y ridículo hasta para niños de once años. Zabini y Malfoy se les unieron al cabo del medio minuto, como no podía ser de otro modo.

Greengrass, ignorando el comentario y la tonadilla, se inspeccionó las uñas con aparente aburrimiento. Si algo tengo que reconocerle es la elegancia. Siempre ha sabido mantener la compostura. Al menos estando sobria, cuando se deja llevar por el alcohol y las pociones ilegales es bastante más efusiva.


El viernes, de camino a Pociones, Parkinson hizo alarde de su diarrea verbal, como hace siempre que está histérica, ansiosa o ambas:

—Dicen los mayores que Snape favorece a los alumnos de su Casa; es decir, a nosotros. —No, no sé qué hubiéramos hecho sin esa aclaración. La chica se repeinó la corta melena negra con nerviosismo—. Pero a mí Pociones me parece muy difícil, ¡no entendía nada del libro cuando lo abrí!

—No te preocupes, Snape es amigo de mi padre —tranquilizó Malfoy, no sin cierto tono socarrón. De todos modos, amigo no me pareció el calificativo más apropiado para la relación que tuvo, y tendría, Severus Snape con todos nuestros padres—. Además, ya veréis cómo se porta con los asquerosos Gryffindor.

Sonrió de manera desagradable. Seguramente aún no se había recuperado del desplante de Potter en el tren. Por suerte, y aunque muchos afirmen lo contrario, la obsesión con El-niño-que-jodió le duró un par de cursos, y solo afloró más adelante en contadas ocasiones —como cuando ese Gryffindor miope sentía el irremediable afán de ser el protagonista en todo—. Pero no juzguéis a Malfoy tan a la ligera, pensad que no fue el único, ni dentro ni fuera de Slytherin, que deseó que la vida le fuera mal. Yo solía encogerme de hombros ante ese tipo de cosas, «todos merecemos vivir para ser infelices».

Entramos en la clase y nos fuimos colocando lo más lejos que pudimos de los Gryffindor, dejando patentes desde el principio nuestras ganas de hacer nuevos y rojos amigos. Greengrass se sentó a mi lado, Malfoy y Crabbe justo delante.

Los mayores a los que Parkinson se había referido momentos antes tuvieron razón. Viva la parcialidad, pensamos todos aquellos cuyas corbatas tenían una combinación de colores aceptable.

—¿Has visto la cara de imbécil que se le ha quedado a Potter cuando Snape lo ha regañado? —me susurró Greengrass desde su pupitre con malicia—. ¿Y quién demonios es la pesada que no para de levantar el brazo? Por Merlín, qué poco estilo.

Tenía razón, Granger demostró desde el primer momento que se merecía la etiqueta de «insufrible sabelotodo». Merecía otras tantas, como la de «sangresucia» y aquella invención de Malfoy que causó furor en nuestra sala común: «pelo de escoba».


—¿Os habéis fijado en cómo ha tratado Snape a Potter? —preguntó Malfoy, esperé que retóricamente, durante la comida—. Qué asco, todo el mundo girándose por los pasillos para ver bien su cabeza rajada… —Acto seguido comenzó a masticar la comida con más fuerza, supongo que deseando que el pollo fuera, en realidad, una extremidad del Gryffindor.

—Tienes razón, Draco, ¿y esa tal Hermione con la mano levantada constantemente? —Pansy frunció el ceño con un más que evidente desagrado. Parecía que estuviera hablando de cucarachas gigantes en vez de una compañera de curso—. Por favor, ¿habéis visto cómo tiene el pelo?

—No —contestó Greengrass, añadiendo perversamente—: estaba muy ocupada fijándome en que sus dientes no arañaran el suelo.

Parkinson emitió ese sonido desagradable y chirriante que los demás conocían como su risa y que yo asociaba a la tortura acústica. Para mí, habituado a hablar en voz baja y de manera monocorde, el timbre de la morena se me antojaba similar al sonido de una pizarra arañada por un gato. Nunca he soportado a la gente escandalosa, me levanta dolor de cabeza, y Pansy Parkinson habla de manera demasiado rápida y aguda para mi oído, en especial en sus primeros años en el colegio. Con el paso del tiempo y de las decepciones, sus cuerdas vocales se relajaron.

—Yo siempre creí que Hufflepuff era la peor casa de todas, pero me equivoqué. —Malfoy, muy serio, removió las verduras de su plato sin ninguna intención de hacer más que eso con ellas—. En Gryffindor están reunidos todos los que dan pena: Weasley, que no tiene dinero; Potter, que lo único que tiene es una deformidad en la cabeza; Longbottom, que no tiene cerebro…

Todos se rieron del comentario del rubio, incluido el propio comentarista. Todos menos yo, que estaba muy ocupado dedicándome plenamente a la fascinante labor de contar guisantes.

—¿Qué vamos a hacer estar tarde? —preguntó Crabbe.

—Podemos ir al lago —sugirió Zabini, con interés—, he oído de uno de tercero que hay calamares gigantes.

Todos asintieron, Goyle con demasiada energía, dando golpes sobre el tablero de la mesa. «Probablemente», pensé, «esté entusiasmado ante la idea de que esos calamares sean comestibles».

Yo me levanté y, tras recoger mis cosas en silencio, me dispuse a caminar hacia la salida.

—Theodore, ¿no vienes con nosotros? —invitó Greengrass.

—No.

—¿Qué vas a hacer? —Malfoy me miró con suspicacia.

—Ir a la biblioteca.

Se rieron. Quizá pensaron que sería una broma. No me molesté en sacarlos de su error mientras me cargaba la mochila al hombro y salía del Gran Comedor.

La biblioteca, que hasta ese momento sólo había visitado una vez, era una de las pocas zonas de Hogwarts que podía decir, sin ironía alguna, que me gustaba. Olía como todas deberían oler, a secretos sellados a fuerza de pluma, enterrados bajo el polvo y olvidados en las interminables filas de estanterías.

Escogí una de las mesas de la sección de Pociones, saqué el libro que Snape nos había mandado, «Mil hierbas y hongos mágicos», y me dispuse a releerlo. La paz reinante apenas duró media hora: alguien decidió sentarse en frente, suspirando con hastío.

—Hola, Como-Te-Llames-Nott —saludó Turpin.

Hice un gesto de cabeza, instándola a que interpretara lo que le diera la gana con él. Pareció satisfecha.

—Tus amigos parecen muy alegres.

Entonces sí que la miré, completamente descolocado.

—¿Perdón?

—Os he visto a todos durante la comida riéndoos un montón —comentó jovialmente—. Bueno, a ti no, claro.

Claro. Pasé una página del libro con parsimonia, dando la conversación por zanjada.

—Se lo he comentado a Terry —se obstinó—, Terry Boot, de Ravenclaw, y me ha dicho que los Slytherin no sois de fiar, que seguro que os estabais metiendo con alguien.

Levanté de nuevo la vista de mi lectura y me encontré con que dos ojos enormes me escrutaban con curiosidad. No entendía el porqué de su molesta cháchara y de su interés en hablar conmigo cuando estaban más que claras mis pretensiones de ignorarla por completo. No entendía por qué no se enfadaba ante mi muda indiferencia. No entendía por qué de todos los asientos libres de la biblioteca, algunos ocupados por gente de Ravenclaw, ella tenía que venir a sentarse conmigo, un desconocido y, para más inri, Slytherin.

—¿Os estabais riendo de alguien? —insistió.

Suspiré, preparado para lo que supuse sería el golpe de gracia de esas extrañas charlas, y murmuré con indiferencia:

—Sí.

Ella asintió, como si solo constatara un hecho. Sacó su libro de pociones, tinta, pluma y pergamino, y comenzó a garabatear.

Al cabo de aproximadamente media hora de agradable silencio, me preguntó si sabía en qué página se encontraba la información sobre la receta para curar los forúnculos que nos había enseñado Snape a preparar en la clase de aquel día.

No contesté.

Cuando terminé de leer los capítulos dedicados a venenos potencialmente mortales y sus posibles curas recogí mis cosas, me levanté y comencé a andar hacia la puerta de la biblioteca.

—Pero tú no te reías —murmuró Turpin, más para sí misma que para mí, mientras mordisqueaba su pluma.

Observé de reojo cómo seguía inclinada hacia su pergamino, demasiado cerca de él como para no pensar que acabaría con problemas de vista. No parecía esperar una respuesta a sus palabras y, pese a ello, respondí tras un suspiro a la pregunta que me había hecho hacía rato:

—Lo que buscas está en la página veintitrés.


Me senté en la sala común a leer un periódico que había sido olvidado en una de las mesas. El Profeta, desgraciadamente. Siempre me ha parecido nefasta la capacidad periodística de los redactores de ese diario, aun así no deja de asombrarme su don para la tergiversación de cada uno de los acontecimientos que tratan.

En ese número hubo un suceso que me llamó especialmente la atención.

—Te has perdido a unos calamares gigantes estupendos, Theodore. —Zabini, muy sonriente, se sentó a mi lado y al poco lo siguieron los demás. Al parecer acababan de volver de su extremadamente fascinante excursión a la charca.

—Ajá —asentí sin hacerle mucho caso. Estaba concentrado en esa noticia tan extraña.

—Bah, eran un pestiño. —No necesité levantar la vista para reconocer esa voz que arrastraba las palabras—. Lo único emocionante que ha pasado ha sido que Crabbe ha tropezado y casi se cae al agua.

—¿Dice algo interesante El Profeta? —se interesó Greengrass, que se había acomodado en mi sillón con las piernas recogidas sobre él.

Fruncí el ceño. No tenía ninguna lógica.

—Pues sí: ha habido un atraco en Gringotts.

—Bueno, no es el primer intento de… —comenzó Malfoy.

—Se desconoce quién ha sido y, el que haya sido, ha logrado salir sin problemas de allí —atajé.

Todos se miraron asombrados.

—Eso no tiene sentido, nadie logra entrar y salir de Gringotts —expuso el rubio—. ¿Qué se han llevado?

—Nada. La cámara había sido vaciada ese mismo día.

Zabini, que ojeaba el periódico por encima de mi hombro, leyó en voz alta:

«Se cree que se debe al trabajo de oscuros magos y brujas desconocidos»… ¿Qué opináis?

Parkinson se mordió el labio inferior, meditabunda, y comentó:

—No creo que tenga que ver con nuestros padres, un asalto como ese necesitaría mucha planificación y nos hubieran dicho algo…

—¿Por qué iban a hacerlo? —espetó Crabbe—. A mí nunca me hablan de ese tipo de cosas.

—… O nos hubiéramos dado cuenta de que se comportaban de otro modo, que se reunirían más de lo habitual o algo así —concluyó la morena, encogiéndose de hombros—. Mis padres han estado como siempre.

—Y los míos —coincidió Malfoy. Crabbe y Goyle asintieron a su vez.

—¿Creéis que entraron a por oro? —preguntó Greengrass.

—Lo dudo —Malfoy apoyó los pies encima de una mesa y procedió a explicarse—: si hubieran entrado a por oro habrían abierto cualquiera de las otras cámaras al ver que esa estaba vacía. Si es gente tan poderosa como para pasearse por allí sin dificultad, no creo que tuvieran problema. ¿Qué opinas, tú, Theodore?

Tiré el periódico al suelo porque no hablaba de ninguna otra cosa interesante.

—No creo que fuera oro lo que buscaban —concedí—. Y más teniendo en cuenta que los gnomos declararon que no pensaban revelar qué era lo que había en la cámara que abrieron.

—Bueno, ya nos enteraremos de más. —Zabini se desperezó en uno de los sofás y se quitó los zapatos con los pies, que cayeron al suelo de cualquier manera.

Malfoy observó su gesto con desagrado. Había sido educado siguiendo unas estrictas normas sociales, y estaba seguro de que no entraba dentro de ellas descalzarse en una zona común —por mucho que él aún tuviera los pies encima de la mesa—. Lo cierto es que esos aires de señorito pomposo le duraron poco: a partir de los trece años, probablemente debido a la pubertad y a la convivencia con otros cuatro chicos, se volvió bastante más laxo con respecto al protocolo. A pesar de seguir siendo un estirado de puertas para fuera, de puertas para dentro era una oda al desorden y a los malos modales.

—Este jueves tenemos al fin lecciones de vuelo —dijo, cuando dejó de fulminar a Zabini con la mirada—. Aunque creo que es una tontería, ¿quién no sabe volar a estas alturas?

—Los sangresucia, Draco. —Parkinson o no supo o no quiso entender la idea de pregunta retórica.

—A ellos no deberían dejarlos dar clase, qué estupidez —bufó, con la nariz apuntando al techo como si fuera un miembro de la realeza. Uno tremendamente despótico—, ¿para qué quieren en su estúpido mundo muggle una escoba si no es para barrer?

Crabbe y Goyle se carcajearon por la pulla, mirando al rubio a la espera de que siguiera hablando.

Malfoy no se hizo de rogar. Con el pecho henchido a causa de la atención que había despertado, continuó:

—Yo me he pasado toda la vida volando, prácticamente aprendí a volar antes que a andar…

—Sí, salió en El Profeta tu caso —apuntó Zabini, esforzándose por sonar solemne—: «Asombroso niño que sale del vientre de su madre volando en una escoba».

—También saldrá en el futuro el tuyo: «Estúpido bocazas que es empalado por una Nimbus 2000 en Hogwarts» —siseó Malfoy con odio—. De todos modos deberían dividir la clase entre los que ya saben volar y los que no. Aunque me gustaría estar presente cuando Potter se abra la cabeza contra el suelo. Dos cicatrices mejor que una.

Todos rieron, incluso yo encontré ligeramente sagaz su comentario y sonreí de medio lado.

—Bueno, yo no he volado mucho, aunque sé lo básico —nos contó Greengrass, con aparente desinterés—. Mi padre me compró hace dos años una escoba.

—No es difícil siempre y cuando ordenes con determinación que se levante —explicó Zabini girándose hacia ella para empezar a darle directrices básicas.

Me incorporé con cara de fastidio y, sin dar más explicaciones, me fui derecho al dormitorio. Hablar de escobas me parecía ridículo. El quidditch era absurdo. Volar sobre un palo también. ¿Quién necesitaba ese tipo de cosas?

Malfoy me observó detenidamente y no supe hasta la noche del miércoles el porqué.


Esa noche, la anterior a aquel fatídico jueves, me encontraba pasadas las dos de la madrugada en la vacía sala común pensando en cosas mucho más interesantes que en la absurda clase de vuelo que tendríamos a la mañana siguiente —obviamente—, cuando Malfoy bajó desde los dormitorios. Al principio creí que me molestaría por un problema de insomnio, pero no tenía sentido: el rubio bajaba vestido con ropa de calle en vez de con el pijama verde que acostumbraba a usar.

—Theodore, ¿por qué no jugabas con nosotros al quidditch durante el verano? —tanteó con tranquilidad cuando llegó a mi altura, con las manos metidas en los bolsillos.

Alcé una ceja.

—Porque prefiero quemar calorías haciendo algo más interesante, como darme de cabezazos contra una pared.

—Cinismos aparte —respondió, sentándose en un sofá cercano—. No sabes volar, ¿no?

Si tuviera que valorar una de las cualidades de Malfoy sería su don para ser conciso y tajante. Además de su capacidad de observación. Y esto, pese a que pueda parecer una ironía, no lo es. No odio a Malfoy. No odio a casi nadie, en realidad, es demasiado complejo, demasiado agotador.

El rubio en cuestión ni me caía ni me cae mal, siempre lo he considerado muy inteligente y un miembro digno de Slytherin. Cosa que no implica que pensara y piense que a veces es gilipollas. Tiende a hablar más de la cuenta, alardear continuamente, indignarse por cosas que debieran resbalarle y es un caprichoso. Por ese motivo, además de por el orgullo y la autosuficiencia, no lo seguía por los pasillos ni me emocionaba cuando me hablaba, como Parkinson, Crabbe o Goyle. Quizá por eso al principio me respetara más que a ellos, al margen de mi árbol genealógico mágico o mis ideales.

—Claro que sé volar. Voy volando al cuarto de baño. Vuelo mientras hago el pino. Con la nariz —contesté, denotando más fastidio del deseado y pareciendo claramente a la defensiva. Eso fue lo que me delató.

Malfoy sacó una capa invisible del bolsillo del pantalón.

—Me la compró mi padre hace un mes, es bastante buena: de tres a cuatro años de efectividad completa —explicó, sin obviar el tono de autosuficiencia que utilizaba siempre que hablaba de los regalos caros que sus padres se podían permitir hacerle—. Y ahora, sígueme.

No creeríais que la capa de Potter era la única con invisibles propiedades en el colegio, ¿verdad? Por favor, qué desfachatez. Era cierto que había muy pocas capas invisibles —buenas— en el mercado, y que estas eran muchísimo más caras de lo que la mayoría se podría permitir, pero existían. Y los padres de Malfoy habían decidido que quizá su hijo necesitara de una para vagar por donde quisiera sin ser visto.

Casi pude verlo gruñendo y tironeando del vestido de su madre hasta que accedieron a comprársela.

—Vamos —se impacientó al ver que no me levantaba.

—¿Adónde se supone que pretendes que te acompañe?

—A evitar que hagas el ridículo mañana. —Me miró con indiferencia y prosiguió—: ningún Slytherin debería hacer el ridículo montado en una escoba, no quiero sentir vergüenza ajena de alguien de mi propia Casa.

Antes de seguir con la historia me permitiré un par de apuntes. Por un lado, si Malfoy hubiera dicho eso en serio, como mínimo lo habría intentado maldecir. En realidad el que se hubiera quedado despierto para dárselas de entendido con un estúpido palo con poderes mágicos no tenía nada que ver con no querer avergonzarse de alguien de su Casa. Era su modo de prestarme ayuda sin rebajarse ni rebajarme a mostrar abiertamente su compasión por mi ineptitud en algo tan absurdo como volar. Era la forma de actuar entre nosotros: aparentando indiferencia no obligábamos al otro a mostrarse agradecido. Por otro lado, si yo me levanté y me metí bajo esa capa fue porque, aunque me resultara estúpido saber volar en una escoba, mi orgullo y afán de superioridad natural vencieron a mi indiferencia habitual: no iba a tirarme al suelo un asqueroso instrumento de limpieza.


No tuvimos ningún problema para llegar al campo de quidditch. A excepción de nuestro encontronazo con la gata de Filch a la que Malfoy decidió, con una sonrisa cruel como testigo, encerrar en un armario.

Mi compañero en nuestra emocionante aventura nocturna abrió con un simple alohomora el armario en el que se guardaban las escobas. Se giró e, impregnando todo el doble sentido que pudo en sus palabras, siseó:

—A ver si eres capaz de levantar algo más que tu… varita.