Advertisement: La última vez que revise los derechos de Naruto mi nombre no estaba en la lista. Lo único que medio poseo son mis OC's, y son algo mañosos para seguirme la corriente.
— 18+: Este capítulo tiene contenido sexual explícito.
Capítulo 3
Detalles del matrimonio.
Su mente estaba llena de cosas, últimamente no podía calmarse. De pie, frente al ventanal de su habitación, respiró hondo y miró de reojo a la cama. Sabía que estaba ahí, aunque no lo viera, sus bajos ronquidos no lo dejaban pasar desapercibido. Aún le causaba risa. Siempre detestó ese sonido de las personas, pero ya se había acostumbrado y los días que no llegaba escucharlo quedaba mucho silencio.
Con el tiempo habían dejado de seguirla cuando salía a pasear por la aldea, hasta que ya no lo hacían más. Su joven cuñado la acompañaba cuando no estaba en "misión", iban al karaoke o comían en algún loca. Aunque técnicamente ella era una misión, por su condición de forastera, Bee disfrutaba estar con ella. Las borracheras ocasionales estaban incluidas, así como algo de entrenamiento, sólo para no perder la costumbre.
Poco más de un año pasó desde que cruzara por la puerta principal. Aún era una extraña, sobre todo para los más viejos, pero poco a poco se fue acostumbrado a la vida de esa aldea, todo el aspecto militar que reinaba y la forma en que la trataban cuando se enteraban de quién era ella. No le gustaba decirlo, todos cambiaban y se comportaban con tanto respeto que parecía un insulto.
Corrió las cortinas para quedar a oscuras, la luz de la luna era agradable pero cuando llegaba la mañana el sol entraba en todo su esplendor y ella despertaba de muy mal humor. Caminó hasta la cama y, como era costumbre, se pegó en el pie con la esquina de la base.
—Maldita cosa... —. Se subió a la cama y siguió quejándose en susurros. Permaneció quieta, en el silencio de la habitación, hasta que se atrevió a preguntar lo que ya bien sabía —¿Estás dormido? —.
—No —.
Pasaba más seguido de lo que creía. Contenía la respiración cada vez que una mano ajena se paseaba por su cuerpo con tanta costumbre y libertad, probablemente la había tocado más a ella de lo que ella misma lo hizo en toda su vida.
No se quejaba, pero aceptó a un marido más demandante de lo que esperaba. La intimidad era el único lenguaje entre ellos, que los meses les habían enseñado a entender. Shizuka sabía cuando eran días malos por la forma en que llegaba a ella, y los días buenos también tenían su distintivo.
Sus manos la guiaron hasta acomodarla con el vientre encima de la cama. Las caderas elevadas, apoyándose sobre su cuerpo, mientras los ásperos dedos jugaban sobre la sensible piel entre sus muslos, dejando correr su humedad y avisando de la bienvenida que le daban al miembro duro recargado sobre sus glúteos.
A veces razonaba tanto que cada momento de intimidad perdía el sentido, y no entendía cómo era posible, cómo había cedido con tanta facilidad a un codicioso y exigente hombre. Pero los pensamientos se iban así como llegaban, devastando su raciocinio.
Siempre se sentía tan vulnerable en esa posición. Sobre todo cuando él se cernía sobre ella y parecía aún más gigantesco. Podría matarla ahí mismo y no lo notaría. Le costaba mucho respirar cuando jugaba con ella de esa manera, no suplicaba porque su dignidad se lo impedía pero terminaba por levantar más sus caderas y rozarlo lentamente, eso siempre funcionaba. Él la agarraba con fuerza y empezaba a penetrarla sin duda alguna. La tierna carne era una adición para su miembro, se extasiaba de escuchar los gemidos que salían de sus labios, los temblores en su cuerpo le servían como dirección y rumbo.
Shizuka lo sentía por completo y lo escuchaba gruñir, en esa posición podía apretar su interior para apremiarlo a moverse. Los sonidos del contacto húmedo y las maldiciones eran común, hasta que los embistes se volvían erráticos, conociendo el resultado de eso. Terminaba con la extraña sensación del semen en su interior, una inexplicable forma de estar llena y luego vacía al mismo tiempo. Parecía una eternidad lo que duraban sin moverse luego de sobrevivir al orgasmo, escuchando sus propios resuellos.
A caía rendido a su lado, probablemente mucho menos que ella pero igualmente satisfecho. Las noches como esta eran lentas y agobiantes, mañana estaría cansada, aunque de buen humor.
Era frecuente que despertara con un pesado brazo sobre ella, aún era algo fastidioso. No quería molestarlo para levantarse pero tampoco quería quedarse ahí hasta que él despertara, sobre todo si al levantarse él tenía otra erección, y la situación volvía a ser como antes. Trabajaba a diario en negarse, se esforzaba en dejar que el sentimiento de desagrado la llenara para decirle que estaba "indispuesta", pero no había funcionado bien. De ese matrimonio el sexo era lo mejor que pudo conseguir hasta ahora, de ahí en más, podrían estar en la misma habitación y A ni siquiera la miraría. Desconcertante, abrumador y, aparentemente, merecido. Que imaginara lograr ser amiga de su esposo le había resultado una buena idea en un principio, hasta que descubrió que ni siquiera sabía que era zurdo, le tomó dos meses poder descubrirlo. En su pensar, A debía pedirle algunos consejos a su hermano menor sobre interacción social, no es que fuera fanática de estar rodeada de gente y conversar sobre mil cosas, pero solo hablar y dar indicaciones sobre el lugar donde había nacido se estaba volviendo aburrido. A no la dejaba participar en las misiones de intrusión, aunque ella fuera capaz de llevarlas a cabo.
De hecho, su marido no la dejaba hacer ningún tipo de misión. Se quedó mirando el techo, recordando ese patético incidente. Se presentó ante él para solicitar que la dejarán realizar misiones, no tenían que ser peligrosas sólo quería algo que hacer aparte de nada, recorrer tiendas y comprar cosas que no necesitaba. Pero A casi la había fulminado con la mirada cuando le respondió la cantidad de misiones que había realizado como shinobi.
—¿Contando todas? —.
—Si, ¿cuántas han sido? —. Él estaba firmando unos papeles mientras escuchaba.
—Veinte —respondió. Lo vio levantar la mirada y verla fijamente.
—¿Rango A? —levantó una de sus cejas.
—Dijiste que contara todas —. Le sostuvo la mirada, consiente de que Ayanami había dejado de pasar papeles y estaba absorta en su respuesta.—¿Qué? —.
Aún estaba molesta, muy molesta. Que sólo hubiera realizado veinte misiones no le quitaba capacidad como ninja, en realidad tenía el nivel de un jōnin, no uno muy habilidoso pero si un jōnin. Sin embargo, nunca tuvo la oportunidad de tomar algún examen antes de irse a una misión tan larga. Él realmente creía que se podría morir en cualquier momento, que podría pasar pero al menos opondría resistencia, o terminaría ella misma con su vida para evitar ser capturada y revelar algo de la aldea sin querer, lo cual seguramente era lo que preocupaba al Raikage.
Sintió como A se movía, ella también se levantó y se sentó en la cama. Se estiró con pereza y bostezó. A salió de la cama y la miró antes de caminar en dirección al baño.
—Motoi regresará hoy con noticias. Habrá una reunión a las seis en punto, no faltes —.
—¿Bee estará ahí?—alzó la voz al preguntar. Sacó de su cajón una cinta para su cabello, lo recogió en un holgado moño y lo alcanzó en el baño, mientras él abría las llaves de la regadera y dejaba que el agua tibia lo mojara. Se recargó en el muro próximo mirándolo distraídamente.
—Si. Permanecerá en la aldea durante un tiempo, hasta que se le asigne otra misión —. Se lavó el cuerpo despreocupado de la forma en que su esposa fruncía el ceño y lo veía fijamente.
—Yo bien podría... —.
—No —dijo, le devolvió la mirada y salió del agua para dejarle paso a ella.—No está a discusión. Punto —.
—Claro. ¿Por qué querría hacer misiones cuando puedo quedarme aquí a ver las montañas crecer? —.
—Puedes hacer lo que quieras, mientras no sean misiones ni dejar la aldea. Como pases tu tiempo es tu decisión —.
Se quedó helada, apretando los dientes. Soltó su cabello y comenzó a lavarlo con movimientos bruscos.
—No faltes a la reunión —le dijo. Salió secándose el cuerpo con una gran toalla negra, se vistió rápido y partió.
Shizuka se quedó bajo el agua, enfadada.—No faltes a la reunión. No puedes hacer misiones. No patees cuando duermas. No dejes la estufa prendida porque se quema la casa —habló con voz chillona, fingiendo en burla a su marido, mientras movía las manos bruscamente.
—No remedes a las demás personas cuando crees que ya no están —.
Se quedó quieta. Giró y se encontró con A en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y una gesto molesto.—Y tú no deberías espiar a las personas —. Le dio la espalda y siguió soltando improperios.
—No reniegues —.
Enfureció. Pero no alcanzó a dejar escuchar algo más que un grito cuando recibió una fuerte palmada en el trasero.
—¡¿Qué diablos está mal contigo?! —gritó, pero A se había esfumado tan rápido como había aparecido. En verdad le había dolido. No entendía porque rayos la había golpeado pero estaba segura de que no volvería a pasar, de alguna forma se las arreglaría. De todos los momentos en que pudo azotarla tenía que ser cuando estuviera mojada y el dolor se hiciera más intenso.
Desde que se convirtiera en esposa del Raikage sus días eran bastante estúpidos. Lo más activo que había hecho fue marcar en un mapa lugares que conocía de Shimogakure, puntos estratégicos que serían útiles en una batalla o invasión. Su propia casa también tuvo que ser señalada, e igual que antes se guardó algunas cosas.
Más de un año, y todavía se planeaba la forma de enfrentar al imbécil que tenía por primo. Las cosas habían empeorado mucho según los informes. Shimogakure era un caos completo. Nadie estaba seguro en su aldea de lo que sucedía pero de pronto tenían un líder, uno que manejaba todo con mano de hierro. Ciertamente no era querido por las personas, pero los ladinos shinobis que apoyaban su reclamo hacían que las personas voltearan el rostro y siguieran con sus cosas, lentamente fueron aprendiendo a ser indiferentes. Las ejecuciones públicas ayudaron mucho con eso.
Arakawa Seito comenzó un reinado de terror en la pequeña aldea. Y esa noticia se extendió rápido. No creía lo que escuchaba, Motoi debía estar metiéndoles a todos. Sentada junto a A no lograba reaccionar, estaba ausente en esa habitación. Escuchando todo, sin entender nada.
—No podemos dejar que su control siga avanzando, si bien no representa una amenaza militar podría convertirse en un problema si se alía con alguna de las otras grandes aldeas, tener un enemigo tan cerca... —.
—Nos limitaremos a observar por ahora, esperaremos a que los eventos continúen. Ese hombre va a colapsar pronto y entonces atacaremos a quien mueve los hilos en su espalda —. A había estado atendiendo todos los informes, prácticamente pasaron la tarde debatiendo las acciones del oscuro señor de Shimogakure.
La luna salió hacía horas y aún estaban en la sala de juntas que recién comenzaba a vaciarse, finalmente sólo quedaron Ayanami, su esposa y él. Tanto sosiego no duró mucho, un vistazo a sus manos apretadas le decía más que cualquier palabra. La observaba mucho.
—Todo saldrá bien. El momento de moverse está más cercano de lo que crees —se giró hacía ella y movió su mano buscando tocarla pero ella se retiró rápido.
—Y dime, esposo, ¿qué papel jugaré en esta artimaña tuya? —puso las manos sobre el escritorio y acercó su rostro.—Ya sé, esperar en la cama dispuesta para cuando regreses triunfal de instalar tu colonia en mi casa —lo miró, sonrió y caminó a la puerta.
Esa noche no hubo interacción alguna entre ellos, de ningún tipo. Ella estaba en silencio, sumida en sus propias ideas mientras que A trataba de adivinar o leer alguna expresión. No entendía este repentino enojo, pensó que estaban bien, dentro de la extraña relación que llevaban.
Para A la boda no significó problema alguno, aunque tolerar los comentarios de su hermano fueron todo un reto e intentó no golpearlo demasiado para evitar asustar a su mujer. Los dilemas llegaron después del enlace. Tratar de mantener su relación al límite le estaba costando. Su "esposa" era el receptáculo de innumerables manías. La mayoría de las veces se limitaba a respirar profundo, dejarlo pasar y esperar lo mejor de cada situación.
Ella se mostró indiferente desde el comienzo, tanto así que, con él en la habitación, se desvestía para cambiar de ropa o salía del baño sin cubrirse. Esa mujer no tenía consideración por él o deliberadamente lo estaba torturando. Como Raikage, el matrimonio suponía una oportunidad, pero como hombre, que trataba de mantener distancia, era terriblemente incomodo tener que acomodarse el miembro luego de verla desfilar de aquí para allá. Siempre caía en ese apetecible cuerpo suyo. No podía evitar pensar que de alguna manera se aprovechaba de su matrimonio, pero le era imposible resistirse.
No quería una esposa infeliz. Deseaba que ella estuviera satisfecha con su matrimonio como él, pero en días lo hacía tan complicado que temía volver a su casa y tener que enfrentarse con la realidad de que ella lo estaba pasando mal. Trató de hacerle comprender porque no podía salir en misiones o abandonar la aldea, no pondría en riesgo a buenos shinobis sólo para que ella pudiera pasear. Primero debían retomar el control de Shimogakure, luego ya verían como seguir. Pero ella no estaba cooperando mucho, poniendo a prueba cada paso que tomaba. Dentro de su plan consideró también que en caso de no ser una relación provechosa podría optar por la separación, la instalaría a ella y a una escuadra en Shimogakure como representantes suyos, y él podría volver a su vida normal. Tendría compañía cuando la necesitara y podría entrenar todo el día si así lo quería.
Dos días después Bee llegó a la aldea por su petición, y ella parecía divertirse mucho. Ambos eran descuidados y tan resueltos a causarle problemas. ¿No podían simplemente quedarse en un lugar donde no tuviera que vigilarlos tanto para poder hacer su trabajo como era debido? Le impedían hacer lo que debía.
Al llegar a su casa fue recibido por uno de los mayordomos, el hombre abrió la puerta para él. El desastre completo estaba en su propia sala.
En un grotesco espectáculo, su hermano estaba de pie sobre la pequeña mesa cafe al centro de la habitación, movía sus manos con vigor y soltaba rimas sin sentido, algo sobre lo magnifico que era, tenía un micrófono en la mano mientras una horrible música estruendosa sonaba de fondo. Un tic nervioso saltaba en su ojo izquierdo. Bee terminó la rima, tiró el micrófono y tomó una pose de victoria. La risa de Shizuka se dejó escuchar fuerte al mismo tiempo que aplaudía con ganas, Mitsuki se cubría la boca para tratar de disimular, sin embargo, el rubor en las mejillas de los tres no los dejaba ocultar el estado alcoholizado que tenían en ese momento.
—¡Yeah... bab...! ¡Brother! —.
—Bee... —.
Todos quedaron en silencio. Podían escuchar el aire resoplar por fuera de los muros y el tic tac del reloj en la pared.
—Bienvenido Raikage-sama —Mistuki intentó ponerse de pie, pero tropezó y se levantó deprisa.—Yo me retiro, disculpe —tan veloz como su estado lo permitía, salió de la habitación dando un portazo detrás.
—¡Brother ez un guzto verte, pero... debo irme, en tu caza debez quedarte! —. Los hermanos se miraron un momento y un segundo después Bee corrió a toda velocidad pero le fue imposible superar al enojado Raikage que lo tomó y lo golpeó para dejarlo tirado al piso.
—¡¿Cómo te atreves a tener una fiesta en mi casa?! —gritó. Su pie estaba sobre la espalda de su hermano menor.
—¡Fue mi idea! —tan pronto como había hablado se arrepintió. Los oscuros ojos de A se posaron sobre ella con el efecto de hacerla perder centímetros de altura, ahora que estaba en la mira entendió su error.—Er... yo... mmm penzé que podríamos zelebrar un poco... —. Tuvo que poner la mano sobre el respaldo del asiento para no irse de bruces al suelo, ojalá A no se moviera tanto como lo veía hacerlo. Ojalá toda la habitación no se moviera.
—Y creíste adecuado invitar a mi hermano a una fiesta... —.
—En realidad no era una "fiesta", era máz bien un pequeño... "convivio". Fuimos por un poco de barbacoa y luego venimoz aquí... nada muy... azí —. Carecía completamente del sentido de supervivencia. Su marido había fruncido tanto el ceño, no era inteligente quedarse ahí más tiempo, A comenzó a gruñir con los dientes apretados. El momento de huir.—Bueno, ya que terminó... voy a descansar. Hazta mañana —. Corrió a la habitación y se encerró en el baño, había escondido sus manos hasta el momento pero si tenía que ir a dormir con él inevitablemente notaría las palabras "raikage" e "idiota" que tenía escritas en las palmas y usaran para un juego antes de la hora del karaoke. Estaba tallando la tinta cuando escuchó el grito de A, tenía la fuerte sospecha que había leído lo que decía en las manos de su hermano menor.—Ya no se ve... —.
—¿Qué es lo que no se ve? —. Si era posible que fuera más pálida, lo consiguió.
—Nada —. Lo vio acercarse y temió lo peor.—Nozotroz no... era un juego... —. Caminó hacía atrás hasta que topó con el lavabo, el baño parecía tan pequeño. Debía estar demasiado ebria, porque no podía procesar lo ensombrecido que los ojos de A se habían vuelto, talves se habían excedido con el karaoke o encontró los fuegos artificiales. Casi logró disculparse por eso cuando sus labios le rozaron el oído.
—No más fiestas... —susurró. Y sin advertencia comenzó a besar su cuello, olía a sake, pero eso no tenía importancia. Apretó su trasero, pegando sus caderas, dejándole sentir la erección que ya se levantaba entre ellos. Desató los cordones del vestido y lo sacó por encima de su cabeza, se veía completamente aturdida y el rojo de su cara iba aumentando de tono. La vio negar en silencio mientras las manos le temblaban.
En verdad no lo había planeado así, pero decidió tomar el camino del beneficio. Además, no le estaba oponiendo resistencia. La levantó en peso para sentarla en el mueble, el estaba sacándose su capa blanca y los pantalones mientras ella se deshacía de sus pantaletas, comenzó a quitarse las medias altas que llevaba pero él la detuvo.—Déjalas… —.
No preguntó. Si quería podía dejarlas, no importaba. La temperatura de su cuerpo estaba descontrolada y si le sumaba la cantidad de sake que tenía en el sistema estaba completamente desarmada de razón, por lo que cuando lo sintió entrar dejó ir su cabeza hacía atrás, golpeando fuertemente el espejo.—Demonioz... —. Llevó su mano derecha a su nuca, no había sangre pero sí le dolía, el más lastimado fue el espejo, que se cuarteó en ese punto.
—¿Estás bien? —. La sostuvo con una mano y con la otra le revisó el golpe.—No hay sangre, ¿puedes enfocar? —.
—No, pero ya estaba mareada antes de que llegaras —. Colocó ambas manos en los hombros de A, se acomodó para quedar en el borde lo más posible y más cerca de él. Sin advertencia asaltaron su boca, aún le dolía la cabeza pero lo ignoró, y cuando A volvió moverse se recargó contra él en lugar de ir hacía atrás. Lo rodeó con sus piernas y bajó sus manos hasta sus nalgas, estimulándolo a seguir.
En la mañana A estaba decidido a invitar más seguido a su hermano a la aldea, eso mejoraba el humor de su mujer y mataba dos pájaros de un tiro: los podía vigilar y ellos no se aburrían juntos, por lo tanto no daban más problemas de los normales.
Pero los buenos tiempos no duraron. Otro informe urgente llegó esa noche. Shizuka fue llamada a la oficina de su esposo, se sorprendió de no ver a nadie más que Bee y Ayanami, A estaba muy serio y no actuaba normal.
—Siéntate... —.
Desde ese momento supo que nada iría bien. A le contó todo, como Seito había declarado traidores a sus antiguos compañeros de equipo para ejecutarlos a sangre fría; el bar donde había trabajado también fue destruido y Osamu-san colgado junto a los escombros. Finalmente le habló de su casa, la mansión Arakawa ardió en llamas, todos los sirvientes fueron encerrados en un viejo granero antes de que le prendieran fuego a todo.
A no mencionó muchos detalles, no era necesario, pero le consternó la falta de expresión que había en su rostro, como si nada pasara.
—¿Para qué me lo dices? —se puso de pie.—¿Qué puedo hacer yo, desde aquí? —. Fijo su vista en él. –Es más cruel contármelo mientras me obligas a estar encerrada. La próxima vez que suceda algo, guárdatelo... —.
—Shizuka-chan... —.
—Bee, no —. Volvió a ver a su marido, tenía el ceño fruncido y parecía querer decirle algo que nunca pronunció.—Si me disculpan, ya es tarde —.
Próximo capítulo
Cuestión de enfoques
El ataque fue impresionante. Como adicto al fuego, Seito había quemado las laderas del bosque y las faldas de las montañas circundantes, estaba haciendo un escándalo para sacar al tigre de su jaula, y lo consiguió. El Raikage enfurecido iba a toda velocidad por su presa, y tan enfocado estaba en acabar con ese problema que hizo lo único que debió evitar: darle "espacio" a su mujer.
N/A: No hay forma humana de que esos dos mantengas sus partes lejos uno del otro, supongo que así es. Las peleas maritales son tan incomodas, cuando presencien una finjan estar muertos, eso salvará muchas vidas.
