Hola se que me tarde pero como ya casi estamos en finales pues entenderán que tengo mucho trabajo así que les dejo el capitulo de esta historia que a mi me encanta.
recuerden que los personajes son de tite kubo y que la historia es de un libro que ami me encanta.
Capítulo 4
— ¿Qué demonios estás haciendo? —Rukia apartó la mano, violentamente consciente de su sonrojo.
—Sellar formalmente nuestro compromiso matrimonial. Eso es todo.
—Gracias. Pero, de ahora en adelante, será mejor prescindir de las formalidades. Él sonrió traviesamente.
—Por supuesto, como tú digas.
—Sí, así es —en cierto modo. Rukia sabía que era absurdo darle tanta importancia a algo tan insignificante— Kurosaki... ¿es un apellido griego?
—Pareces sorprendida.
—No —respondió ella rápidamente— Bueno, lo que me sorprende es que hables inglés tan bien.
—Mi madre era inglesa y, de pequeño, pasé mucho tiempo en este país. También estudié aquí.
—Ah, entiendo.
—No lo creo, pero es natural —Ichigo hizo una pausa—. Bueno, ¿cuándo piensas hablar con tu abuelo de esto?
—Voy a ir este fin de semana y hablaré con él. Él asintió reflexivamente.
— ¿Y qué le vas a contar sobre mí? No creo que yo sea la clase de yerno que él espera que le presentes.
—No —dijo Rukia—, sino todo lo contrario, cosa que me encanta.
—Quizá a ti te encante, pero déjame que te dé un consejo: no cantes victoria antes de tiempo. A los hombres no les gusta que una mujer les tome el pelo.
—Mala suerte para los hombres —respondió ella—. Pero no se puede decir que sea eso porque lo que yo voy a hacer es justo lo que mi abuelo quiere. ¿Cómo puede quejarse de que interprete a mi manera sus órdenes?
—La experiencia me sugiere que puede que se queje y mucho. ¿Tu cariño por esos ladrillos justifica tantos problemas?
Rukia bajó la mirada y la clavó en la mesa.
—No me mal intérpretes. Quiero mucho a mi abuelo. Pero él no comprende que yo quiera ser una mujer independiente, nunca lo ha comprendido. Sin embargo, debe aceptarlo.
— ¿Y tus padres? ¿Qué van a decir de todo esto?
—No sé nada de mis padres.
—Lo siento.
—No lo sientas. Yo, con los años, ya me he acostumbrado.
—Tienes suerte. Mi madre murió hace casi tres años y todavía pienso en ella constantemente —él se recostó en el respaldo del asiento—. Esa casa a la que tanto quieres, si no te casaras... ¿quién la heredará a tu muerte?
—Siempre podría adoptar a un niño —respondió ella a la defensiva.
— ¿Una mujer soltera? —Ichigo arqueó las cejas— ¿Lo permite la ley?
— ¿Por qué no? Al fin y al cabo, no soy pobre y el dinero abre muchas puertas.
—Sí, ya lo veo —respondió él con una irónica sonrisa—. ¿No crees que algún día te enamorarás de un hombre y querrás tener hijos con él?
—No —respondió Rukia en tono cortante—. Y ahora, si no te importa, ¿podríamos dejar de lado mi vida personal y centrarnos en lo que interesa? Como ya te he dicho, habrá que firmar papeles y cosas así. Mi abogado se pondrá en contacto contigo.
Rukia hizo una pausa antes de añadir:
—Respecto a la fecha de la boda... ¿hay algún día de la semana que te resultaría inconveniente?
—No.
—En ese caso, le diré al señor Slevin que vaya a tu estudio —dijo ella—. Espero que vaya todo bien. Podría ayudarte mucho en tu carrera.
Tras esas palabras, Rukia rebuscó en su bolso, sacó unos billetes de dinero y los dejó encima de la mesa.
—Esto será más que suficiente para pagar lo que hemos tomado —le dedicó una sonrisa vacía—. Si quieres tomar algo más, hazlo, por favor.
Durante un instante, se hizo un extraño silencio, un silencio tenso. Entonces, Ichigo bajó la cabeza a modo de cortés agradecimiento.
Rukia se despidió y, al salir a la calle, descubrió que le costaba respirar.
¿Por qué?, se preguntó. Sin contestar a su propia pregunta, paró un taxi. Aún tenía que hablar con su abuelo.
La semana siguiente Rukia estuvo muy ocupada con su trabajo, que la había llevado a hacer un corto viaje a Karakura. No obstante, le resultaba más difícil que de costumbre concentrarse y, para colmo, no lograba dormir bien.
Sus nervios debían de ser a causa de la inminente reunión con su abuelo.
Cuando regresó a Londres el viernes al mediodía, la atmósfera en la oficina era festiva. Riruka, que trabajaba en el departamento de contabilidad, estaba celebrando su cumpleaños con sus compañeros. Después del trabajo, todos iban a tomar una copa. O todos menos una...
—Creíamos que no ibas a estar de vuelta. Pero, si quieres, ven con nosotros a tomar algo —le dijo Riruka a Rukia mirando su severo atuendo con desagrado.
—Gracias —respondió Rukia con la misma falta de sinceridad—, pero no puedo. Me voy al campo esta tarde.
De vuelta en su piso, Rukia se duchó apresuradamente y se lavó la cabeza. Tenía intención de recogerse el cabello en un moño; pero como se le estaba haciendo tarde, se lo dejó suelto.
Su abuelo mostró verdadera alegría cuando lo llamó por teléfono para decirle que iba.
Mientras hacía el equipaje para pasar el fin de semana con su abuelo, oyó los mensajes telefónicos: un grupo de inversores ofreciéndole un préstamo; una invitación de su amiga Inoue a cenar; y su abogada, Isane Kotetsu, para decirle que el contrato prematrimonial ya estaba preparado y listo para que se firmara, aunque quería hablar con ella antes.
«En otras palabras, quiere quitarme de la cabeza la idea de casarme», pensó Rukia sonriendo burlonamente. No le sorprendía.
Le desilusionó que no hubiera un mensaje de Desmond Slevin, a pesar de haberle dicho que iba a ir al estudio de Ichigo mientras ella estaba de viaje en Karakura. Sin embargo, el dueño de la galería era un hombre muy ocupado y quizá no había tenido ocasión de ir todavía. Era demasiado pronto para perder la esperanza.
Un par de horas más tarde, cuando llegó al pueblo, Rukia estaba presa de un ataque de nervios. Su triunfalismo la había abandonado. Simplemente, estaba haciendo lo que podía por salvaguardar su herencia.
Cuando llegó a Gracemead, aparcó el coche en la parte posterior de la casa, cerca del viejo establo, y entró por la puerta de la cocina. Inmediatamente, olió el inconfundible aroma de un pato asado, a menos que estuviera muy equivocada.
La señora Wade, algo más entrada en carnes y con más canas, estaba batiendo crema para acompañar a la mousse de chocolate, una de sus especialidades. La señora Wade la saludó con afecto y le dijo que el señor Ginrei estaba en el cuarto de estar.
—Está con una visita, señorita Rukia —añadió.
Cosa que a Rukia no le hizo ilusión. Había esperado tener a su abuelo dedicado exclusivamente a ella con el fin de poder anunciar su boda lo antes posible. En fin, quizá la visita se fuera pronto.
Rukia dejó la maleta en el vestíbulo, fue al cuarto de estar y lo encontró vacío. Pero las puertas dobles que daban a la terraza estaban abiertas y, al instante, oyó la voz de su abuelo.
Tras respirar profundamente, Rukia salió para saludarlo.
Ginrei Kuchiki estaba delante de la balaustrada, indicando con la mano puntos de interés de los jardines, uno de sus temas de conversación preferidos.
Aunque sólo podía ver la espalda de la visita de su abuelo, Rukia se dio cuenta de que no era alguien del pueblo, sino alguien a quien no conocía: alto y con traje sobrio, una oscura silueta bajo el sol.
Un completo desconocido. ¿O...?
De repente, Rukia miró fijamente los anchos hombros, las estrechas caderas y el traje de buen corte. Y se le secó la boca mientras trataba de negar la evidencia. No era posible...
Él se volvió despacio y la miró.
—Agapi mu —dijo Ichigo Kurosaki sonriendo.
Entonces, se acercó a ella.
Rukia logró pronunciar una sola palabra:
— ¿Qué...?
Antes de que pudiera reaccionar, los brazos de Ichigo la rodearon, estrechándola contra su pecho en un apasionado abrazo. Luego, acercando los labios a los suyos, le susurró:
—Sonríe, Rukia. Finge que te alegras de verme.
Entonces, le hizo darse la vuelta para que juntos, él con una mano en la cadera de ella, se enfrentaran a su abuelo.
—Vaya, querida —dijo Ginrei Kuchiki en tono suave, pero su mirada vigilante—. Por lo que este joven me ha contado, creo que os tengo que desear que seáis felices. Confieso que no sospechaba nada y esta visita me ha tomado por sorpresa.
«Y a mí», pensó Rukia con una serenidad en la expresión que no sentía.
—Espero que haya sido una sorpresa agradable, abuelo.
—Yo también lo espero —dijo su abuelo burlonamente—. Le he dicho a tu prometido que no es lo que esperaba para ti, pero él me ha asegurado que tiene buenas expectativas profesionales y, en fin, debo dar crédito a sus palabras.
—Rukia ha estado fuera y, por lo tanto, no está enterada de que Desmond Slevin ha accedido a exhibir mi trabajo en la galería Parsifal —dijo Ichigo con voz serena—. Me lo ha dicho hoy.
—Ah —Rukia tragó saliva—. Bueno, es una noticia estupenda. Me alegro mucho por ti... querido.
La sonrisa de Ichigo no alcanzó a sus ojos.
—Y te debo a ti este golpe de suerte —entonces, Ichigo se volvió hacia Ginrei —. Señor, espero que dé su consentimiento a nuestro matrimonio.
—Sí, claro —había una cierta aprensión en la sonrisa de Ginrei Kuchiki—. En cualquier caso, no creo que mi opinión cambiara nada.
Ginrei Kuchiki se miró el reloj y añadió:
—La cena estará lista en cuarenta minutos. ¿Por qué no le enseñas al señor Kurosaki el jardín, querida? Supongo que tendréis mucho de qué hablar.
Ichigo la agarró del brazo mientras descendían los escalones que daban a una zona de césped.
—Si quieres atacarme, querida Rukia, te sugiero que esperes —le dijo él—. Y no te separes de mí porque tu abuelo aún nos vigila.
— ¿Cómo te has atrevido? —murmuró ella furiosa—. ¿Cómo te has atrevido a invadir así esta casa?
—No he necesitado invadir nada, he llamado al timbre y me han permitido entrar —respondió él con calma.
— ¿Y cómo has encontrado la casa?
—No me ha resultado difícil. Conocía el nombre de tu abuelo y el de la casa. Ha sido suficiente con preguntar.
—Te has vuelto completamente loco —Rukia sacudió la cabeza— ¿Por qué has venido a pedirle permiso a mi abuelo para casarte conmigo? Esto es como una telenovela.
—Por lo que me dijiste, me dio la impresión de que tu abuelo era bastante conservador —dijo él despacio—. Pensé que le gustaría más que yo tuviera el detalle de venir a pedirle permiso para casarme contigo a que tú, sin más, le anunciaras tu decisión, cosa que podría haberse tomado como una provocación por tu parte.
—Ah, sí, claro, tú sabes mucho de estas cosas —Rukia se soltó del brazo de él como si ya no le importara que los vigilaran.
Ichigo se encogió de hombros.
—No es la primera vez que tengo que tratar con un autócrata y el enfrentamiento abierto no es la mejor táctica —Ichigo le sonrió—. El elemento sorpresa suele tener más éxito.
«Sí, ya me he dado cuenta», pensó Rukia echando humo.
— ¿Y no se te ha ocurrido consultarme primero? —dijo ella.
—No estabas en Londres, Rukia mou —observó él— Además, habrías dicho que no.
—En eso tienes toda la razón —dijo ella furiosa.
Rukia guardó silencio y, al mismo tiempo, se fijó en él con atención.
No le extrañaba no haberlo reconocido de inmediato. No había rastro de los vaqueros ni de manchas de pintura. El traje gris marengo no era nuevo, pero sí elegante. La camisa era blanca y buena, la corbata era de seda y los zapatos brillaban. Incluso llevaba calcetines.
Aún llevaba el pelo demasiado largo para el gusto de Ginrei Kuchiki, pero se había cortado las puntas y estaba recién afeitado. Y durante esos desagradables segundos que se había encontrado en sus brazos, había olido a colonia cara.
Fue entonces cuando Rukia se dio cuenta de que él también la estaba observando, sonriendo como si supiera lo que ella estaba pensando.
—Dime, ¿de dónde has sacado esa ropa? ¿De una tienda de segunda mano?
—Pensé que te gustaría verme correctamente vestido para representar mi papel, Rukia mou —respondió él burlonamente—. Y tú, por una vez, pareces haber decidido abandonar tu disfraz y vestirte como una mujer, con un vestido y el pelo suelto.
—Deja que te recuerde que nuestro trato es estrictamente de negocios y que no me gustan los comentarios machistas —dijo ella con frialdad.
— ¿Te parece que sigamos dando una vuelta por el jardín? —Preguntó Ichigo con voz suave, ignorando el comentario—. Es muy bonito.
— ¿Es a eso a lo que has venido? ¿A examinar la propiedad con el fin de ver qué más puedes sacar de nuestro acuerdo? Porque si es así, te vas a llevar una gran desilusión. Para ti no hay nada más que una exposición y algo de dinero, eso es todo. El contrato que vamos a firmar no te concede más privilegios.
—Estoy deseando leer ese fascinante documento —contestó él sin perturbarse— No obstante, debo decirte que mi visita ha sido motivada por la simple curiosidad, querida Rukia. Quería ver con mis propios ojos este lugar que tanto te importa, este lugar que, al parecer, es lo único que te hace feliz.
—No lo comprenderías —dijo ella en tono desafiante—. Además, no es asunto tuyo.
—Lo es, ya que por esto es por lo que me has pedido que me case contigo.
—En eso no estamos de acuerdo —dijo Rukia fríamente—. Y, por cierto, ¿cuánto tiempo piensas quedarte aquí?
—Me marcharé mañana por la mañana. Tengo que trabajar preparando la exposición —Ichigo hizo una pausa—. ¿Te parece bien?
—No —contestó ella—. En ese caso, dejemos una cosa clara: ésta es la primera y la última visita que vas a hacer a esta casa. Después de irte mañana, no quiero que vuelvas nunca, bajo ningún concepto.
—Creo que esa decisión le corresponde a tu abuelo —dijo el ojimiel con la misma frialdad que ella— Todavía no es tu propiedad, Rukia. Creo que deberías recordarlo. Y ahora, si no te importa, preferiría seguir el paseo yo solo. Tu compañía no favorece a la belleza del paisaje.
Y El pelinaranja se alejó, dejándola boquiabierta.
Rukia no regresó de inmediato a la casa. Necesitaba recuperar la compostura antes de reunirse con su abuelo y someterse a una inevitable inquisición.
Pasó unos minutos dando un rodeo de camino a la casa y, por fin, se reunió con su abuelo, que estaba sirviéndose un jerez en el cuarto de estar. Su abuelo se volvió hacia ella y arqueó las cejas con gesto interrogante.
— ¿Estás sola?
—Sí, Ichigo está dando un paseo a solas, no soy muy buena como guía turística —respondió ella con una fingida sonrisa.
Su abuelo le dio un vaso de su fino preferido y le indicó que tomara asiento en el sofá, enfrente del sillón de él.
—Espero que no hayáis discutido.
—No, claro que no —respondió ella rápidamente.
—La verdad es que me ha parecido que te ha sorprendido verlo aquí —dijo Ginrei Kuchiki— Espero no ser la causa de una desavenencia entre los dos.
Rukia se encogió de hombros.
—No se te escapa nada, abuelo.
—Eso es lo que intento, querida.
—Bueno, si quieres que te sea sincera, me ha sorprendido que se me adelantara —dijo Rukia— Quería ser yo quien te diera la noticia de nuestro compromiso matrimonial.
—Sí, no me cabe duda de ello —comentó su abuelo con cierta sorna en la voz, que a ella tampoco se le escapó.
—Aunque, por supuesto, no tiene importancia —añadió la pelinegra precipitadamente—. Siempre y cuando estés de acuerdo con mi elección.
—Digamos que me parece un joven sumamente interesante —el señor Kuchiki hizo una pausa— Me ha dicho que os conocisteis a través de su trabajo.
—Sí, así es. Me causó una impresión inolvidable.
—Ya lo veo —su abuelo se recostó en el respaldo del sillón—. Entonces, ¿crees de verdad que tiene talento?
—Sí —al menos, esa respuesta sí era honesta—. Sí, lo creo de verdad. Utiliza el color de forma increíble y sus cuadros están llenos de... emoción.
— ¿Y ganará lo suficiente para mantener a su esposa... y a una familia?
—Eso creo —respondió ojivileta con el pulso acelerado—. Además, no voy a dejar el trabajo.
—Ah, ya. Pero... ¿se te ha ocurrido pensar en la posibilidad de que tu futuro marido tenga otras ideas al respecto?
¿Qué le había estado contando él a su abuelo?, se preguntó Rukia. Sin embargo, respondió en tono ligero:
—Aunque sea así, tenemos que ser prácticos.
—Sí, Rukia, tú siempre has sido práctica —con gesto pensativo, Ginrei se quedó mirando su copa de jerez—. Siempre buscando solución a los problemas que se te presentan, siempre luchando por estar prevenida. Admirable. Por eso, me resulta sorprendente que lo que te haya atraído de los cuadros de Kurosaki sea precisamente la emoción, en vez del aspecto comercial. Por una vez, el corazón por delante del cerebro. Te felicito.
Su abuelo alzó la copa de jerez.
—Por tu felicidad, querida nieta. Sin embargo, al mismo tiempo, no puedo dejar de preguntarme si realmente sabes lo que estás haciendo.
Rukia aún estaba digiriendo las palabras de su abuelo cuando Ichigo se les unió y sonrió con sinceridad mientras halagaba los jardines. Además, por lo que dijo, parecía saber de lo que estaba hablando.
Pero toda la conversación no podía versar sobre la jardinería y, durante la cena, Rukia se sintió nerviosa, a la espera de que su abuelo preguntara algo que la hiciera traicionarse a sí misma.
Pero pronto descubrió que Ichigo estaba manipulando la conversación tranquila y habilidosamente, alejándose de tópicos que pudieran mostrar peligrosamente la ignorancia de ella y llevándola al terreno de los temas generales.
Y en esas condiciones él fue dándole información, diciéndole disimuladamente cosas que ella debería saber respecto al hombre con el que se iba a casar.
Por ejemplo, mencionó que su padre aún vivía, en Grecia, añadiendo sin darle importancia que sus padres se separaron cuando él era pequeño, pero sin entrar en más detalles.
Sin embargo, cuando mencionó que su madre, ya fallecida, era Masaki Ishida, la famosa artista de miniaturas, Rukia tuvo que hacer un gran esfuerzo para no quedarse con la boca abierta.
Ginrei Kuchiki se vio igualmente sorprendido, pero dijo:
—Eso explica el talento artístico que mi nieta tanto admira en ti.
Pero ¿era verdad?, se preguntó Rukia preocupada. Porque no le extrañaría que su abuelo lo comprobara. Igual que podía intentar averiguar si era cierto lo que Ichigo había dicho respecto a haber estudiado en un famoso colegio inglés.
Cuando la cena llegó a su fin, Rukia sintió alivio al oír a Ichigo aceptar jugar una partida de ajedrez con su abuelo. Un juego maravilloso, pensó ella, se jugaba en silencio. Porque no sabía si su sistema nervioso podría soportar más revelaciones.
Esperó a que ambos estuvieran sentados con sus copas de coñac para fingir un bostezo.
—Me temo que el trabajo de esta semana ha acabado conmigo. Si no os importa, creo que me voy a acostar.
Sopló un beso en dirección a los dos y salió del cuarto de estar deseosa de alcanzar la segundad de su habitación.
Sin embargo, al llegar al pie de las escaleras, oyó a Ichigo pronunciar su nombre. Se dio media vuelta y, alarmada, lo vio cerrando las puertas del cuarto de estar antes de echarse a caminar hacia ella.
— ¿Qué quieres? —preguntó Rukia a la defensiva.
—Sólo estoy obedeciendo órdenes, enana mou. Tu abuelo me ha hecho salir para que te dé las buenas noches de modo romántico mientras él piensa en su siguiente movimiento.
—Bien, pues dalo por hecho —respondió ella secamente— Y espero que te acuerdes de todas las mentiras que le has estado contando durante la cena porque mi abuelo tiene una memoria de elefante. ¿Por qué te has inventado tantas barbaridades?
—Porque me ha parecido que era lo que tu abuelo quería oír, querida Rukia. Algo que lo tranquilice, que no le haga pensar que te estás lanzando a los brazos de un don nadie.
—Sólo de un mentiroso —dijo ella socarronamente—. Pero quizá sea una ventaja. Al menos, no se opondrá a que me divorcie cuando le cuente, con los ojos llenos de lágrimas, que me has traicionado y que me has mentido. En definitiva, que nos has tomado el pelo a los dos.
Él se la quedó mirando unos segundos con expresión reflexiva.
— ¿No te parece algo duro portarte así con una persona que, en realidad, sólo quiere tu felicidad?
—El problema es que mi abuelo y yo no estamos de acuerdo en lo que me hace feliz. Y deja que te recuerde que te he pagado para que me sigas el juego, no para que me des tu opinión.
—Quizá seas tú quien deba recordar, Rukia mou —dijo él suavemente.
Y sin más, Ichigo le puso las manos sobre los hombros y tiró de ella hacia sí.
Antes de que Rukia pudiera protestar, la boca de Ichigo se apoderó de la suya con un duro y arrogante beso.
Rukia intentó zafarse de él, pero los brazos del pelinaranja eran demasiado fuertes. Casi no podía respirar, y mucho menos pensar.
Comenzó a sentirse mareada mientras la presión de los labios de él aumentaba, llevándola a un espacio oscuro y vertiginoso.
Entonces, con la misma brusquedad con la que había empezado, todo se acabó. Ichigo se echó hacia atrás y la miró sin sonreír.
Ella intentó decir algo, pero ninguna palabra escapó de sus labios.
—Y ahora, vete a la cama —dijo Ichigo— Te deseo dulces sueños.
Ichigo se volvió, cruzó el amplio vestíbulo y entró en el cuarto de estar, dejándola mareada y temblorosa. Consciente sólo de que, en cierta forma, se sentía más sola que nunca antes en su vida.
*Que les pareció a mi me encanto el final cuando ichigo la besa pero nose a ustedes que les parecio espero sus comentarios y prometo que la proxima semana traere para ustedes el final de error imperdonable.
att:Naoko tendo.
