Parte IV
Der Morgen Danach I
"... Y sabré disfrutar
El valor de tus caricias..."
Rata Blanca
El día amaneció frío, gris, nublado... la recamara de Cornelia lucía como zona de guerra, ropa regada por todos lados, marcas de humedad en la alfombra, la guitarra de Will tirada en el suelo, así y todo, el rostro de las dos chicas que estaban recostadas en la cama era un semblante de paz y tranquilidad, por primera vez en muchos años Will durmió tranquila y profundamente.
Cornelia sonreía en sueños, se acercaba mas al cuerpo de Will hasta sentirlo, calido, fuerte y protector.
Las seis menos quince de la mañana.
Un par de ojos azules se abrieron, la claridad nublada del día la deslumbraron por un instante.
Miró a su lado, su dulce amor seguía ahí... recostada a su lado, durmiendo placidamente, sonriendo, soñando quizás con un mundo diferente...
Si... con un mundo donde ellas nunca se habían separado... donde Susan aun vivía, un mundo perfecto... un mundo feliz...
–Despierta... ranita... –murmuró Cornelia al oído de Will.
–No, mamá... un ratito mas...
Cornelia la miró entristecida... cierto... ranita... así era como Susan llamaba a Will. La había escuchado una vez cuando platicaba por teléfono con Will, discutiendo a ver quien colgaba primero por cierto... hasta que de fondo escuchó un: "ranita, la comida ya está lista..."
Cómo la enterneció ese apodo, le quedaba, Will amaba el agua, era juguetona, sonriente... y amaba a esos anfibios... aunque nunca había visto uno real claro estaba, pero así y todo le encantó.
Will respondió un "Ya voy", Cornelia supuso que Will habría pensado que ella no había escuchado, cómo la sorprendió al día siguiente a la hora de la comida, en el almuerzo que le preparó iba una nota agregada: "Un almuerzo nutritivo y hecho con amor... Para mi Ranita..."
Y cómo se había enrojecido Will... la vergüenza, la pena, todo... y la sonrisa de Cornelia se fue borrando poco a poco al recordar el resto... ese día por ese motivo habían peleado... otra vez... al principio Cornelia pensaba que todo iba en plan de broma, pero poco a poco notó que todo iba en serio... se disculpó de mil y un maneras... pero Will estaba furiosa... no quería escucharla... solo eso... el detalle, todo... todo se arruinó ese día solo por una frase dicha con buena intención tomada a la mala, y como era de esperarse, Cornelia terminó llorando, no frente a Will, no esa ocasión... se retiró... se encerró en un baño y ahí, sola, dejó que las lagrimas salieran de sus ojos y los sollozos de su boca, ¿Por qué?
Una pregunta al parecer eterna...
–Ah... ¿Corny? –murmuró Will abriendo los ojos.
–Ah... buenos días, Will... –dijo Cornelia limpiándose los ojos.
–¿Ocurre algo?
–No... Solo soy muy feliz por verte a mi lado... por descubrir que no lo había soñado todo...
Will miró comprensivamente a Cornelia y la abrazó.
–Acostúmbrate...
–Supongo... vamos a vivir juntas... ¿No?
–Si...
–Bien... ¿Quieres que vayamos por tus cosas hoy?
–Pero... ¿No tienes que ir a trabajar?
–Me temo que tienes razón... bueno... iremos mañana...
–Mejor el fin de semana... digo, si no es que también trabajas.
–No... Esos dos días los tengo libres.
–Bueno... ¿Qué te parece alguno de esos dos días?
–Me perece perfecto, tú di cuando quieres que vayamos por tus cosas e iremos...
Will se ruborizó.
–Pues... si no te parece mal pues... quisiera ir yo a recogerlas... puedo ir a traer algunas cosas hoy y pues... si acabo antes del fin de semana pues qué mejor, ¿No?
–¿Por qué dices eso?
–Pues es obvio... si termino de mudarme antes del fin de semana lo podremos pasar como mejor te parezca... podemos ir al cine... o al parque... o de compras... o donde quieras...
–¿Segura que está bien?
–Todo está bien... –dijo Will abrazándola y sonriéndole.
–Pues... si tu lo dices... pero, ¿No quieres que te mande si quiera una camioneta de mudanza? Podría serte útil.
–Eso si te lo agradecería mucho... –dijo Will sonriendo.
–Bueno... me voy a bañar, vaya, es temprano... –murmuró Cornelia.
–Claro que sí... anoche nos dormimos... según creo quince minutos antes de las diez...
Cornelia palideció.
–¿Ocurre algo?
–E-espero que los vecinos no hayan oído nada...
–Estoy segura que no oyeron nada...
–¿Por qué?
–Bueno... ¿Tú los has oído?
–Pues... no...
–¿Lo ves?
Cornelia se dio por vencida.
–Bueno, me voy a bañar... ¿Vienes?
Will sonrió.
Las siete menos veinte de la mañana en punto, Cornelia terminaba de cocinar un desayuno bastante atrayente por el olor, vestía en bata de baño, sonreía, estaba feliz... muy feliz... tener alguien para quien cocinar había sido su sueño desde pequeña... y le alegraba que ese alguien fuera Will.
Ésta última por su parte batallaba con la secadora de cabello, nunca había sido su fuerte, y por alguna extraña razón nunca había podido, por fin se dio por vencida, el olor flotando en el aire la atrajo, dios... olía exquisito... ¿Huevos? Si... un par de huevos fritos con un poco de tocino y mantequilla...
–Vaya... ¿terminaste de usar la secadora? –preguntó Cornelia.
Will solo se había puesto su falda y sostén, llegó junto a Cornelia y la abrazó por la espalda.
–Vaya, vaya... ¿Cuál es el menú del día, chef?
Cornelia rió divertida
–Son Huevos con tocino y mantequilla, no te emociones... si te apetece también hay cereal... jugo... y puedo hacerte unos hot cakes o unos wafl...
Will tomó el rostro de Cornelia y sin dejarla terminar la besó con dulzura, Cornelia cerró sus ojos y se abrazó de Will.
–¿Es posible esto? –pensó Cornelia.
Hasta que el sonido de la mantequilla las sacó de su nube...
–Waaah, se van a quemar... –dijo Cornelia moviéndolos rápido.
–L-lo siento... –dijo Will apenada.
Cornelia le sonrió.
–Niña traviesa... pero da igual... gracias...
–¿Por qué?
–Por quedarte a mi lado aunque recién nos reencontramos... te juro que te haré muy feliz.
–No hace falta, ya soy muy feliz...
–Bueno, entonces trataré de que esa felicidad se prolongue lo más posible...
–Gracias a ti... Corny... tú... en serio no sabes cuanto he cambiado... y así y todo... me abres tu corazón y tu casa... gracias...
–De nada...
Las dos se quedaron en silencio, Cornelia volvió lentamente hacia la sartén sonriendo más ampliamente que antes.
–¿Por qué no pones la mesa, niña traviesa?
–Si...
El desayuno transcurrió entre conversaciones amenas, Will halagó la manera de cocinar de Cornelia, ésta le dijo que no era para tanto, y, bueno, para no alargarme demasiado (¿Mas?) he de decir que transcurrió en una nube ese desayuno, en una nube dulce.
A las siete menos cuarto, Prudence, la ayudante de Cornelia apareció tocando la puerta, Will al escuchar los toquidos corrió hacia la habitación, buscó su blusa y se la puso de rápido.
Cuando volvió, Cornelia las presentó, Prudence haciendo gala de su nombre, no hizo observaciones de ningún tipo, había recibido las cartas de Cornelia, ésta por su parte nunca las leyó, solo las lanzaba junto con la demás correspondencia "innecesaria", la mujer a pesar de su prudencia era bastante curiosa, pensó al principio que no serian nada, además gustaba de leer anuncios de "oportunidad de oro", así que pensando que de ese tipo iban las cartas de Will las había abierto, suponía muchas cosas, todas ellas verdad, sabia que Cornelia y Will no eran simples amigas, pero, como dije antes, era muy prudente, no hizo ninguna observación de ningún tipo, además, veía el rostro de Cornelia esa mañana, estaba feliz, deslumbrante, el estrés, todo, había sido disipado rápido, y se alegró, se alegró por ello, solo esperaba que Will fuera la medicina de Cornelia, una medicina contra el tedio... una medicina que la ayudara a vivir otra vez, que le mostrara lo hermoso que era vivir... así seria, pensó, aquella muchachita vestida de falda color púrpura y camisa de manga blanca se veía... "interesante", además de que, por lo que había leído, deducía que era una chica muy sensible... en fin, sonrió al ver a Cornelia feliz.
A las siete cuarenta, Cornelia terminaba de arreglarse, vestía un traje color azul obscuro, bastante sobrio, falda larga, blusa blanca de manga larga con puños abiertos, zapatos de medio tacón también azules y corbata negra.
–Bueno, Will, te dejo mis llaves... supongo que estarás aquí cuando yo regrese...
–Espero que sí... ¿A que hora llegas?
–¿Prudence?
–Cena en la casa de sus padres a las nueve treinta... junta a las siete... buffete a las cinco... –dijo la mujer con precisión casi de computadora.
Cornelia se mordió el labio.
–Como a las once... quizás... ¿No te importa?
Will negó con la cabeza.
–No... Además me da tiempo para traer más de mis cachivaches a tu casa...
–Cierto... Prudence... a partir de hoy... Will va a vivir conmigo, trátala como si fuera yo misma... ayúdala en todo lo que puedas... ah, y ¿Podrías sacar una copia de mis llaves?
–Tengo la replica de seguridad...
–Bueno, pues déjasela... así no dejo mis llaves... luego sacaremos una copia.
–Está bien, señorita...
Y Cornelia salió de su casa para irse a ganar otro día... en fin, trabajo es trabajo, además... tenia un plan maquiavélico en mente... ya quería ver la cara de su padre cuando se lo dijera.
Will se quedó en silencio mirando a la mujer, el silencio se iba haciendo tenso... la verdad no sabia ni qué decirle...
–Mucho gusto, señorita Vandom... mi nombre es Prudence Dickinson.
–Bueno... em... Hola... mi nombre es Willhelmina Vandom...
–Bueno, con su permiso, voy a comenzar mis labores...
–¿Labores?
–Si, tengo que arreglar la recamara de la señorita Hale.
Will abrió los ojos, había un tiradero, ¿Cómo era posible que Cornelia dejara a aquella mujer así como así con todo el desastre que había en la recamara?
Ropa tirada, obviamente la ropa de Cornelia, lo peor de todo... su ropa interior... bueno, solo esperaba que la mujer no fuera mal pensada.
Suspiró.
–Bueno... Ehm... ¿Tiene mucho de conocer a Cornelia? –preguntó Will.
–Casi cinco años... lo que lleva trabajando en el banco...
–¿Y que hace Cornelia para divertirse o a donde va o que?
–La señorita Hale tiene pocos pasatiempos... el mayor de ellos es escuchar música clásica en el reproductor de CDs. A parte de que lee mucho, cuando puede obviamente, cuida su jardín y practica yoga...
–Que aburrida debe estar con esa vida. –pensó Will.
–A propósito... ¿Ya vio usted el jardín de la señorita Hale?
–No... ¿En serio tiene uno en este penthouse.
–Bueno, es cierto que es pequeño, pero, bueno, acompáñeme...
Prudence llevó a Will hasta una antigua terraza que ahora fungía como jardín, asombroso, pensó Will, muchas flores de varios tipos, enredaderas y otras cosas creciendo con esplendor y hermosura, simplemente asombroso.
Había una silla en medio de todo, al lado, una mesa y sobre la mesa un libro.
Will tomó el libro, leyó la cubierta: Así Hablaba Zaratustra, de un tal Friedrich Nietzsche.
–Así que esto hace Corny para pasar el rato...
–Hermoso, ¿Verdad?
–Asombroso, Cornelia siempre tuvo mano con las plantas, es bueno ver que aun no la pierde...
Esa tarde, Will fue a recoger algunas de sus cosas, llegó al departamento que rentaba, lo abrió y miró a su alrededor, después de haber estado en el penthouse de Cornelia, su modesto cuarto le pareció lo mas asqueroso que jamás había visto, y no notó cuánto había caído sino hasta ese mismo instante, latas de cerveza por doquier y porquería y media tirada en el piso, difícil era la decisión de qué llevarse, pero bueno, había que empacar.
Ropa, obviamente toda, dos pantalones de cuero, uno de plastipiel, tres de mezclilla, ¿faldas? La que llevaba puesta y nada más... tres blusas negras (obviamente de botones), cuatro playeras con logos de grupos y tres blusas sin mangas, una negra, una color vino y otra púrpura.
Mas cinco pares de calcetines, cuatro sostenes (¿Para que mas?) tres pantys y cinco boxers... vaya, era todo su contingente.
En dos maletas lo acomodó todo, pero había mas cosas, todos sus libros, cuadernos de dibujos y otros tantos en los que escribía desde letras de canciones, poemas y breves historias, y un solo cuaderno pautado en el que marcaba las notas de las canciones que su mente iba pariendo.
Sus muebles, por un momento quiso llevárselos, pero después pensó que no... Las termitas podrían saltar a los lujosos muebles de Cornelia, y ella no quería eso.
En fin, así y todo volvió al apartamento de Cornelia, el apartamento donde ahora vivía...
En cierta manera se sentía como un parasito... su niña le había abierto la puerta sin pedirle nada más que su promesa de quedarse a su lado para siempre... en cuanto pudiera se pondría a trabajar para pagarle mínimo lo que se comía al día...
Con esos pensamientos, Will se dispuso a abrir la puerta de su nuevo hogar.
Cuando llegó, Prudence había salido, entró en la recamara, la encontró impecablemente limpia, despejada y con sábanas limpias...
Will se ruborizó, ¿Habría podido pensar algo aquella mujer?
Esa noche, en la residencia de los Hale, Harold, Elizabeth y Cornelia cenaban en silencio, Cornelia llevaba fija una idea en la mente, y su padre tenia que escucharla.
–Papá... –habló Cornelia luego de que la cena hubiera concluido.
–¿Dime, hija?
–Puedo hablar contigo...
–Creo que ya lo estamos haciendo, ¿No?
–En tu despacho... tengo algo que quiero decirte...
Harold la miró, si, había intuido bien, desde que Cornelia llegó a casa le había parecido que se comportaba algo rara, y esto le había demostrado que no se equivocaba.
–Bueno...
En el despacho, Harold se sentó en su sillón y Cornelia frente a su imponente escritorio, pensó por un momento ¿Cuántas personas habrían temblado ante ese escritorio? ¿Ante su padre? Ella lo veía tan afable, tan humano... ¿Habría algo así? ¿Algo de qué temerle?
–Bueno, papá... quería pedirte vacaciones...
Harold sonrió.
–Claro... no has tenido desde que comenzaste a trabajar hace cinco años... bueno... son diez días de vacaciones los primeros seis años, luego son doce... o sea que tienes cincuenta días de vacaciones... ¿No irás a disponer de todos, verdad? Estaría perdido sin tu ayuda, hija... –dijo Harold sonriendo.
Cornelia no pudo evitar sentirse mal consigo misma, pero luego un pensamiento la volvió a su idea primaria. Ella no había hecho nada malo, así que no tenia por qué sentirse mal...
–No... Unos veinte cuando más...
–Bien, ¿A dónde irás?
–Bueno... quería ver si podrías prestarme la casa de playa, digo, si no es molestia...
–Claro que no... Pero... ¿Vas acompañada?
Cornelia dudó.
–Si...
–Grandioso, ¿Una amiga? ¿O quizás algún chico?
–Pues... un poco de ambos...
–¿?
–Ahhh... –suspiro. –papá... tengo algo que confesarte.
–Lo sabia, estás saliendo con alguien... –dijo Harold sonriendo.
–Si y no...
–¿?
–Bueno, deja de suponer y deja que te cuente... ¿Te acuerdas de Will? Estudiábamos en la preparatoria en el mismo salón.
Harold le dio vueltas al nombre, no, no recordaba a ningún Will de ningún lado.
–No... No recuerdo que hubiera ningún William en tu salón en preparatoria.
Cornelia se mordió el labio.
–Es que no es William... sino... Willhelmina... Will Vandom...
A la velocidad de la luz vino a la mente de Harold la cara de Will.
–Si... pero... no entiendo...
–Will... y yo... estamos viviendo juntas en mi penthouse... Will... Will es mi pareja... mi... mi novia... y yo... quería ir con ella de vacaciones...
Harold se quedó helado... sintió como si su alma se hubiera quedado sola dentro de un congelador durante todo el invierno... inmóvil como una estatua solo podía mirar el rostro de Cornelia el cual lentamente se iba difuminando hasta hacerse borroso.
–¿QUEEEE?
–Ya oíste... es mi novia... y... desde ayer vivimos juntas.
Harold se levantó de golpe del sillón, le dio la espalda a Cornelia y comenzó a frotarse las sienes.
–Ah, es que no entendía muy bien, siento haberte gritado... ¿Y desde hace cuanto son... em... pareja?
–Desde hace cosa de diez años...
–¿Y por qué me entero hasta ahora?
–Porque si te lo decía cuando tenia... digamos dieciséis ibas a pensar que con terapeutas, psicólogos y sabrá dios qué mas podrías lograr que me olvidara de ella... seamos realistas, ibas a pensar que lo nuestro, o era una niñería o que ibas a poder romperlo con facilidad... y no... Ahora tengo veinticinco años... soy una mujer hecha... y creo que como tal puedo estar con Will... con tu permiso o sin él... no pienses que soy grosera... es sólo que quería que lo supieras... y quería saber si podías entenderme... te quiero papá... y quería que fueras participe de mi felicidad...
–¿Y cual es esa felicidad?
–Estar con Will...
–¿Y esa chica te ama? Em... es decir... ¿A ti?
–No entiendo...
–No hablaré más... tráela mañana... quiero hablar con ella...
–Papá no dejaré que le digas o hagas nada...
–Cornelia... sabes bien que igual te hubiera pedido que la trajeras aunque hubiese sido un chico... quiero... quiero saber qué intereses tiene... ya sabes... cosas que un padre debe hacer...
Cornelia entendió.
–Ok, papá... ¿A que hora?
–A las cinco treinta... me aseguraré de que no esté tu madre...
–¿Por qué?
–Quiero hacer esto por mí mismo... después se lo podré decir... no quiero ni imaginar como se va a poner...
Cornelia se entristeció, cierto... ¿Qué iba a pensar mamá?
Esa noche Cornelia llegó al apartamento. Pálida, muda y triste, introdujo las llaves, giró la perilla, algunas cajas estaban por aquí y por allá...
Con suavidad se quitó el saco, se quitó los zapatos, y entró en el dormitorio, todo estaba iluminado por una tenue media luz...
Sonrió, vaya... después de un largo día, la recompensa en casa... ahh... que bello era estar viva... pensó.
Sobre la cama, Will estaba recostada, estaba semidesnuda, a no ser sólo por unos boxers negros con bordes rosas y un sostén negro. Leía algo, una revista... una revista al parecer de música.
–Ya llegué, cariño, ¿Qué lees?
–Nada... una revista...
–¿De?
–Ah, una que compré hace unos años...
–Que bien, ¿Qué tal tu día?
–Mmm, logré pasar casi todas mis cosas... solo deje unos cuantos muebles...
–Cierto, la camioneta... mañana por la mañana llamaré a una agencia de mudanza...
–No hace falta... decidí que mis muebles no valen la pena de ser traídos aquí... están viejos y tienen termitas... si los traigo probablemente se coman tus muebles... y no... Mejor allá que se queden...
–¿Entonces qué trajiste?
–A Susan, mi ropa, mis CDs, mis cuadernos, lápices, libros, revistas... una grabadora, unos pósters, películas... y pues... creo que ya...
Cornelia la miró.
–Cariño...
–¿Dime?
–Fue duro para ti, ¿Verdad?
–¿Eh?
–Quedarte solita...
Will la miró en silencio buscando palabras.
–No te diré que no, porque sí lo fue... mucho... pero... venga... sobreviví, ¿No? Además ahora ya no estoy sola... ahora estoy contigo...
Cornelia la abrazó.
–Apropósito... ¿Dijiste Susan?
–Si... ah, perdón... es que...
Will se levantó de la cama y volvió con una fina funda para guitarra.
–Mira...
Cornelia abrió la funda, una maravillosa guitarra negra estaba en su interior, desconocía casi en su totalidad el mundo de las guitarras, pero la marca GIBSON con letras doradas en la maquinaria obviamente era de cierto renombre, a leguas se veía que era muy fina, pastillas dobles relucientes, cuerdas metálicas en dorado y plateado, clavijas y maquinaria relucientes, y... en fin... toda una belleza.
–¿Por qué Susan?
–¿No te acuerdas?
A la memoria de Cornelia vinieron algunas escenas difuminadas... si... fue el día del cumpleaños de Will, ese día fue a visitarla para darle su regalo y por supuesto un fuerte abrazo de felicitaciones.
Y Will emocionadísima le abrió.
–Corny... tienes que verla... tienes que verla...! –decía Will.
–¿Qué?
–Mamá... mamá me la compró... para mi!
Y Will le presumió la misma guitarra que ahora, casi ocho años después tenia ante sus ojos, la guitarra del recuerdo y la que estaba mirando eran, por demás, exactamente iguales (no porque fueran la misma, sino porque se veía que Will no la tocaba nunca o muy contadas veces y que cada imperfección que le encontraba se la restauraba sin escatimar nada).
–Vaya... está... como nueva...
–Sigue siendo nueva... nunca quise usarla... no hasta no dominar bien la acústica...
–¿Qué no tocas la eléctrica?
–Si, pero como base tenia que aprender a tocar la acústica, aprendí el método clásico... la guitarra clásica me encantó, pero lo mío es la eléctrica... en cuanto pude compré una eléctrica de uso... y pues... creo que la despedacé anteayer... por lo demás a Susan nunca la he tocado en ningún escenario... no es que no la toque nunca, de vez en cuando la toco... pero después la guardo...
–¿Por qué Susan?
–Porque mi mamá me la dio... y en su honor quise llamarla así... mira...
Will abrió más la funda y Cornelia notó la fotografía de Susan que Will siempre cargaba junto a la guitarra, sus dos más valiosas posesiones.
Cornelia notó la mirada triste de Will al mirar la fotografía, suavemente le puso la mano sobre el hombro, la pelirroja se giró y notó la sonrisa de apoyo de su amada.
–Will... voy a cuidar de ti...
–Y yo de ti... Corny.
Ambas se besaron y sus cuerpos se abrazaron en la penumbra.
Will puso a un lado de la cama la funda tras cerrarla.
Luego, sobre la funda cayó la blusa de Cornelia... luego su falda... después la ropa interior de Will, luego la de Cornelia.
Y bajo las sabanas otra vez se volvieron a encontrar en ese vals dulce e intimo del amor...
Cornelia lo hizo con desesperación, aferrándose con fuerzas a las espaldas de Will, su orgasmo fue agónico, deseado... y liberador.
Cuando su fuego se apagó, se quedó mirando al techo, abrazó a Will y la pegó más contra su pecho.
–Bueno, ahora o nunca... –pensó Cornelia. –Will...
–¿Mmm? –ronroneó Will.
–Te amo...
–Y yo a ti...
–Sabes que yo haría por ti lo que tú quisieras, ¿verdad?
–Sip...
–Y... sabes que si tú quisieras yo le gritaría al mundo que te amo... que eres mi chica y que yo soy la tuya... ¿verdad?
–Ajá...
–Y que si tu mamá viviera y tú decidieras contarle que... somos pareja y tu mamá quisiera hablar conmigo yo iría encantada, ¿verdad?
–OK, ¿Por qué tantas preguntas?
Cornelia se mordió el labio.
–Papá quiere hablar contigo...
Will palideció como un muerto al escucharla.
–¿P-por qué el señor Hale quiere hablar conmigo?
Cornelia abrazó a Will amorosamente.
–Le dije... que tú y yo éramos pareja... que te amo... y que tu a mi...
–¿Por qué?
–Porque es mi padre... tiene que saberlo...
Will se quedó en silencio un rato pensando.
–OK... ¿Qué le digo?
–La verdad no lo sé... estoy segura de que no te dirá nada impropio... sabe que no se lo perdonaría nunca... solo vamos... y sé tu misma...
Will movió la cabeza casi por inercia al escuchar a Cornelia decir eso.
–Bien, Corny... pues... si tu padre quiere hablar con Willhelmina Vandom, Willhelmina Vandom se pondrá al servicio de tu padre...
–Gracias, Will...
–No tienes por qué agradecer... sirve que así podremos estar sin ocultarnos de nadie.
–Tu lo has dicho... no quiero esconderme más... quiero que mis papás lo sepan...
Will se entristeció.
–Mami... hubiera querido tanto contártelo... pero bueno... ahora lo sabes... amo a Cornelia Hale... la amo... y voy a hacerla muy feliz... si puedes... échame una mano desde allá arriba, ya sabes lo tonta que soy... y cuídala, y perdóname por nunca habértelo dicho... –pensó Will.
–Lo lamento... me olvidé que tu mamá... –dijo Cornelia.
Will movió la cabeza, sonrió y se abrazó a Cornelia.
–Está bien, no te preocupes... estoy segura que, donde quiera que esté... mamá lo sabe y te quiere... si no, no hubiera permitido que nos reencontráramos... y que estuviéramos así...
–Si... tu mamá debió de haber influido de algún modo para reencontrarnos...
Will abrazó a Cornelia con fuerza.
–Bueno, amor, buenas noches... debemos descansar... –dijo Will al oído de Cornelia. –Mañana será un día largo... –y pensó después con miedo y pesar. –Muuuuy largo...
