Aquella noche estaban todos reunidos alrededor del fuego en la zona de intendencia, asando lo que iba a ser su cena en un espetón.
-¡Menuda suerte tienes Li!- le dijo uno de sus compañeros dándole una palmada amistosa en la espalda.
-Sí- Sokka intentó reír entre dientes, pero sin conseguirlo realmente. Definitivamente la suerte no estaba de su lado, a menos que meterse de cabeza en la madriguera del lobo contase como tal. Si ése era el caso, entonces era el hombre más suertudo del mundo.
A pesar de hallarse entre soldados pertenecientes a la Nación del Fuego, Sokka había empezado a sentir cierta empatía y tener algo parecido al compañerismo con ellos. Muchos de ellos llevaban años lejos de su hogar y sus familias, y deseaban poder volver junto a ellos. Después de todo, ambos bandos habían sido mermados por la misma guerra.
No sería la primera vez que Sokka había hecho la vista gorda con algunas de las normas del ejército, permitiéndole a algún soldado enviar correspondencia para que sus parientes supieran que estaba bien. Entre las filas había padres de familia, muchachos jóvenes que apenas habían dejado atrás la adolescencia, y algún que otro carcamal al que tal vez fuera mejor jubilar.
-¿Por qué esa cara tan larga?- le inquirió un hombre de mediana edad llamado Cheng.-Cualquiera de nosotros daría su brazo derecho por trabajar para ella. Tienes mucha suerte chico.
"Sí, tendré suerte si vuestra princesa no me devora para desayunar mañana."
Algo que Sokka no comprendía era la adoraciónque los soldados de la Nación del Fuego profesaban hacia Azula, pese a la reputación de tirana megalómana que la precedía.
Hablase con quien hablase en el campamento todos la reverenciaban como si se tratara de una preciada flor, por su belleza y carisma. Cuatro meses en aquel campamento habían sido suficientes para que a Sokka no le quedase ninguna duda de que aquellos hombres la seguirían ciegamente siempre.
Años atrás había llegado incluso a oír que estaba prohibido mirarla, pero de ser así la propia Azula no parecía muy estricta al respecto.
-Supongo que sí- afirmó sin mucha confianza.
-¿Supones?- Cheng soltó una escandalosa carcajada. -Oh vamos muchacho, un poco de licor de arroz te hará ver las cosas de otra manera- sin esperar respuesta escanció la bebida en el vaso de Sokka.
-Deja al chico- arguyó Qian al tiempo que cogía una costilla. -Es muy guapa, pero a mi me echa para atrás su mal genio… Digamos que prefiero admirarla en la distancia.-Se giró entonces hacia Sokka con una risita- Procura no hacerla enfadar.
-Bueno, ella es muy perfeccionista- admitió Cheng, mesándose los bigotes.
-Demasiado perfeccionista- aclaró el que comía costillas. -¿Recuerdas lo que le pasó al pobre Tang cuando accidentalmente arrugó la carta que teníamos que enviar a Pohuai? El pobre sigue con las botas chamuscadas.
Sokka tragó saliva. Temía que si cometía un error con Azula, el hecho de que sus botas acabasen chamuscadas sería la última de sus preocupaciones.
-Es verdad que se toma las cosas a la tremenda- Cheng seguía defendiéndola. -Pero es que no puede hacer otra cosa si quiere que el negocio tenga éxito.
-La verdad, no sé que hace aquí en las fronteras. Supongo que el Señor del Fuego tendrá un especial interés en estas tierras y la habrá enviado a ella para que lleve a cabo su conquista, porque pese a ser mujer es de los mandatarios más eficientes que hay- aventuró Qiang.
Yeung, un oficial de bajo rango interrumpió su conversación.
-Ella no está aquí por eso.
Todos levantaron la vista para mirarle, sorprendidos por tal afirmación.
-¿Entonces por qué iba a estar aquí?- inquirió Cheng.
-Dudo que al Señor del Fuego le guste tener a su hija tan lejos de su hogar y en un sitio como este, sobretodo siendo la única heredera que le queda- Qian mordisqueaba la costilla distraídamente.
Sokka agudizó los oídos ante el comentario de Qian y la risita de suficiencia que soltó el oficial. A veces, cuando el licor de arroz fluía libremente entre las huestes contribuía a tirarles de la lengua; los soldados se desinhibían y daban rienda suelta a cotilleos relevantes para sus intereses.
-Yo estuve allí el día que el Señor del Fuego Ozai la deportó a las fronteras- el viejo oficial miraba abstraído el crepitar de las llamas.
-¿Deportar?- inquirió Sokka arqueando ambas cejas. ¿Azula deportada por su propio padre? El joven guerrero sabía que ese era el destino reservado a los traidores, pero le resultaba increíble que Ozai hubiese hecho eso con ella, quién, según le contó Zuko hace años, era su hija preferida. El relato de ése oficial algo alcoholizado prometía.
¿Qué hiciste para enojar así a tu padre, Princesa?
-Yeung, creo que el alcohol se te ha subido a la cabeza- bromeó Cheng. -¡Eso no es más que una falacia! Es imposible que el Señor del Fuego haya deportado a la Princesa Azula.
El mentado dio un largo trago del botellín que tenía en mano, y se aclaró la garganta antes de continuar.
-Le mintió al Señor del Fuego para facilitar que el traidor de su hermano pudiese regresar a casa. Si se ofende al soberano se pagan las consecuencias, y la ella no iba a ser una excepción.
Todos sus contertulios quedaron boquiabiertos.
-¿Pero qué dices?- preguntó Qian, mirando a Yeung mirando a Yeung con los ojos muy abiertos y dejando olvidada su querida costilla.
-Lo que habéis oído. Seguro que todos vosotros recordáis el incidente del día del Sol Negro.
-La Invasión- recordó Cheng.
Sokka miró hacia otro lado, fingiendo mostrar ignorancia respecto al día del eclipse. El día en que sus compañeros y él casi conquistan la capital de la Nación del Fuego.
-Sí, así es. Ese día, yo estaba de servicio. Después del éxito del plan de contraataque de la Princesa, el Señor del Fuego la convocó a la sala del trono. Todos los allí presentes pensamos que la recompensaría y alabaría por su eficiencia. Pero estábamos equivocados.
-¿Qué pasó?- preguntó Cheng con mucha curiosidad.
-La abofeteó ante todos nosotros. Le dio un golpe tan fuerte que se cayó de bruces al suelo.
Se hizo un silencio sepulcral entre todos los allí reunidos.
-Nos quedamos estupefactos. Al parecer, la Princesa Azula le había mentido sobre lo ocurrido en Ba Sing Se. El Avatar estaba vivo y fue ella y no su hermano quién falló en su intento de acabar con él. Por lo tanto su fracaso no podía quedar impune- el oficial narraba los hechos pausadamente, sin mantener contacto visual con ninguno de ellos.
Sokka recordaba muy bien el día en el que cayó Ba Sing Se, cuando Aang casi muere a manos de Azula. Si no llega a ser por su hermana, su esperanza, la de sus amigos y del mundo entero, habría muerto con él.
-El Señor del Fuego estaba iracundo, su hijo el traidor había optado por rebelarse contra él aquél mismo día. La Princesa fue la que le trajo de vuelta a casa hecho todo un héroe de guerra, ocultando a su padre que él no hizo ninguna de las hazañas por las que se le condecoraba… Así que descargó toda su ira y frustración con su hija pequeña, que al fin y al cabo, fue la responsable del regreso del traidor.
-Joder. No me lo puedo creer…-susurró Cheng.
Yeung cogió aire antes de proseguir:
-Ella se ocupó de que nadie de los allí presentes lo mencionara, so pena de un castigo ejemplar- le aclaró al preocupado Cheng.
-No me extraña- apuntó Qiang.
-Después de que su padre la golpeara, se incorporó temblorosa, y soportó una dura reprimenda.
-¿Pasó algo después?- inquirió uno de los contertulios.
-El Señor del Fuego nos ordenó a todos salir de la sala. Semanas más tarde, recibimos la noticia de que el traidor fue capturado en la Roca Hirviente. La Princesa se apresuró a acudir allí, pero aquél maldito cabrón escurridizo escapó de nuevo. Después de varios intentos fallidos para capturarle, la paciencia del Señor Ozai se agotó y la Princesa fue deportada a las fronteras. Hubo un tiempo en que la captura de su hermano traidor la obsesionó mucho más que destruir al Avatar o seguir con la guerra… pero al final tuvo que resignarse- concluyó Yeung.
-¿Dónde está el traidor ahora?- preguntó Sokka con fingido interés.
-Nadie lo sabe- respondió Yeung encogiéndose de hombros. -Hace años que está en paradero desconocido.
-Seguramente ande conspirando con el desgraciado de su tío Iroh, siempre ha sido su marioneta- comentó Qian con un deje de ira, arrojando al fuego el hueso de la costilla que se estaba comiendo. -Malditos sean.
-¿Así que ella sólo tiene que capturar a su hermano traidor para poder regresar?- Cheng hizo la pregunta con una marcada nota de entusiasmo en su voz.
-No creo que sea tan fácil… El Señor Ozai no es alguien que perdone los errores tan a la ligera. Hasta que la Princesa Azula no recupere su valía ante él, no creo que pueda regresar a nuestro país. Y este largo asedio no es que le beneficie mucho- sentenció el oficial con voz seria.
Ninguno de ellos volvió a abrir la boca tras la lapidaria frase que Yeung pronunció. Sus compañeros parecían melancólicamente abatidos al conocer la historia. No les hacía mucha gracia saber que las perspectivas de volver a casa eran prácticamente nulas.
Sokka se sentía entre sorprendido y contrariado. Azula al parecer no gozaba del favor de su padre debido a los errores que cometió. Pero también fue castigada por traer de vuelta a su hermano a casa. Durante las veces que Zuko les persiguió siendo unos críos, siempre le había oído decir que deseaba volver a casa y recuperar su honor. No sabía que fue Azula la que hizo posible su regreso.
Ambos hermanos se odiaban con todo su ser antes incluso de que sucediese el incidente del Día del Sol Negro. ¿Por qué iba Azula a traer de vuelta a Zuko y arriesgarse así a sufrir la ira de su padre? No tenía ningún sentido.
A menos que fuese porque le echase de menos. Sokka habría hecho cualquier cosa por su hermana si ella lo necesitase, de la misma manera que Katara lo hubiera hecho por él. Y ahora que, por primera vez en su vida, llevaba tanto tiempo lejos de ella, no dejaba de recordarla con tristeza.
Pero Azula no era de esa clase de personas… Era inimaginable que Azula hubiera hecho eso porque quisiese tener a su hermano a su lado, eso implicaría que bajo aquella apariencia de zorra implacable de la que Azula hacía gala hubiese un rescoldo de humanidad.
Ahora más que nunca, la Princesa Azula representaba un misterio que su curiosidad natural se moría por desentrañar. Quizás ahora que tendría la ocasión de observarla más de cerca, descubriría lo que Azula ocultaba al mundo tras aquella perfecta fachada de mujer fría y desalmada.
La curiosidad mató al gato-murciélago. Era un refrán que su abuela solía decirle en las muchas ocasiones en las que su desmesurada y a menudo estúpida curiosidad le había metido en problemas. Sokka tenía la desagradable sensación de que su incursión en el ejército de Azula no iba a tener un buen final.
Antes de que el sol asomara por el horizonte, la llanura en la que se situaba el campamento estaba cubierta por una neblina espesa. El rocío de la noche perlaba la hierba, y le mojaba las botas. A pesar de que el verano se acercaba, las mañanas en esa zona del Reino eran muy frías, demasiado para su gusto.
Envuelta en una gruesa capa roja, esperaba pacientemente la llegada del Almirante Zhou rodeada por sus más distinguidos oficiales; quería recibir a él y al resto de los dirigentes que le acompañaban con todos los honores.
Zhou y su séquito no tardaron en hacer acto de presencia. Recorrieron la llanura montados en sus lagartos acorazados, hasta llegar a donde ella les esperaba. El almirante desmontó, y se dirigió con paso firme a presentarle sus respetos. Se cuadró ante ella y le dedicó una profunda reverencia, a la que ella correspondió.
Pero cuando alzaron la vista, ambos se miraron con complicidad y dejaron el férreo protocolo militar de lado por un momento.
-Un poco lejos del mar, ¿no cree Almirante?- comentó la princesa.
Él se rió de buena gana. Siempre le había parecido que aquella muchacha tenía un don especial a la hora de hacer ése tipo de comentarios.
-Habéis cambiado desde la última vez que os vi, Princesa- dijo con suavidad.
-Eso fue hace mucho tiempo…- ella le dedicó una sonrisa. -¿Habéis tenido buen viaje?
-Demasiado largo para mi gusto, ya no soy tan joven- respondió Zhou haciendo una mueca.
Azula hizo un gesto invitándole a seguirla.
-Venga conmigo, tenemos mucho de que hablar.
El almirante siguió a la princesa hasta el campamento. Al mirarla, se sorprendió de cuánto había crecido. Caminaba con un porte altivo y orgulloso, su capa roja ondeando tras ella. Zhou la conocía desde que era una chiquilla inquieta y problemática cuyo pasatiempo favorito era espiar tras los grandes cortinajes de palacio. Ahora era una mujer responsable de un ejército entero y sostenía sobre sus jóvenes hombros el peso de la nación más poderosa del mundo.
Observó con atención la organización del campamento de guerra; los soldados formaban bajo la estricta supervisión de sus capitanes, algunos de ellos practicaban las artes de lucha en pequeños grupos, mientras otros atendían a los animales. Una compañía de lanceros pasó trotando cerca de ellos, cargando con sus pesadas lanzas. Pese a su veteranía, el almirante sintió un escalofrío. Aquella conocida sensación de inquietud que se producía al saber que una batalla decisiva se acercaba le invadió por completo. En el campamento se respiraba ambiente de guerra.
La princesa Azula se detuvo delante de su tienda, y abrió la tela que cubría la entrada, ofreciéndole paso al almirante.
-¿Han llegado ya todos los demás?- inquirió Zhou mientras se sentaba en una de las sillas que había en la estancia.
-Aún no- respondió Azula, despojándose de su capa con un movimiento fluido.
-Vaya, creí que Shinu y yo seríamos los últimos- dijo Zhou alzando las cejas.
Azula se sentó ante él e inició los preparativos para servir el té. En la Nación del Fuego, el ritual del té era una cuestión que estaba rodeada de costumbres y protocolos. Cumplía una importantísima función social a la hora de comunicarse con otras personas. Los jóvenes ofrecían té aromático a sus mayores en señal de respeto, pero se utilizaba también para pedir disculpas o celebrar un reencuentro, como era el caso.
Calentó la tetera de arcilla con sus propias manos hasta que el agua alcanzó la temperatura adecuada. Posteriormente se ayudó de unos palillos para poner las hojas secas de té en un pequeño recipiente de cerámica que llenó con el agua que previamente había calentado y lo tapó para dejarlo reposar.
Pasados unos minutos, Azula desechó el agua del recipiente y lo volvió a llenar de nuevo, tal y como marcaba la ceremonia. Finalmente escanció con elegancia el contenido en la pequeña taza que Zhou tenía delante, llenándola hasta la mitad. La tradición en su país marcaba que el resto de la taza se llenaba con la amistad y el afecto de quién servía el té.
Zhou sabía que era uno de los pocos privilegiados que habían visto a la princesa escanciarles el té en un vaso.
-Los generales Sen y Zhuang aún no han llegado, y el almirante Chan me escribió una carta de disculpa por su forzada ausencia- comentó Azula con un deje de desprecio en su voz, mientras se servía una taza de té para ella.
Zhou rió.
-Veo que sigue sin caeros bien.
-Desapruebo su descarado nepotismo con su hijo- dijo Azula con una mueca. -Es un incompetente.
En realidad, el favoritismo entre altos cargos del ejército era algo frecuente, pero el caso de la familia Chan irritaba a Azula por motivos personales. Conoció al hijo del almirante Chan en persona cuando eran adolescentes, y su impresión de él era bastante mala.
Poco después de estar destinada en las fronteras, averiguó que Chan hijo había iniciado su carrera militar, y ascendido notablemente rápido en ella en los años siguientes. La influencia de su padre en su meteórica carrera era más que evidente. Sobretodo teniendo en cuenta que Chan no sabía discernir entre un barco imperial de batalla y uno de pescadores.
La última noticia que tenía era que Chan ya era Coronel. Azula agradecía no tener que lidiar ni con él ni con su padre en ese consejo.
La princesa suspiró largamente.
-Y de todas maneras, no es que las decisiones a tomar sobre esta parte del mundo le conciernan- añadió, dando el asunto del almirante Chan por zanjado.
Zhou asintió y dio un largo sorbo a su vaso de té. Delicioso. Para él, saborear el té era uno de los placeres sencillos de la vida, aun cuando se degustaba en medio de una ajetreada campaña militar. Eso incluso le daba mejor sabor.
-¿Qué opina de la situación?- inquirió Azula seriamente y sin dar rodeo alguno.
El veterano sonrió.
-¿Sabéis princesa? Siempre me ha gustado esa cualidad vuestra; vais directamente al grano.
-Me viene de familia.
-Sin duda alguna- Zhou apuró el último trago de té antes de seguir. -¿La situación? Contáis con un ejército de hombres leales y bien preparados. Lo extraño es que aún no hayáis sometido la ciudad.
-La ciudad caerá- siseó ella. -Eso ni lo dude.
-No albergo la más mínima duda de que así será- afirmó el almirante. -Pero, no es el asedio lo que más os preocupa, ¿verdad?
Azula sostuvo la inquisitiva mirada del veterano durante unos momentos, antes de responder.
-El Consejo es lo que más me preocupa, si es a eso a lo que se refiere, Almirante. Ya sabe lo difíciles que son los altos mandatarios.- Azula se colocó un mechón de pelo rebelde tras la oreja. -Aunque ahora no son más una panda de vagos que no ven más allá de sus propias narices y sólo buscan la mejor manera de llenarse los bolsillos. Han olvidado lo que significa servir a nuestra nación.
Zhou pudo apreciar cuán profundo era el enojo de la muchacha con los generales del ejército. Azula siempre había sido muy comedida a la hora de expresar su opinión sobre algo que podría resultar conflictivo. Llevaba asistiendo a los consejos de guerra de su padre desde que era una cría y siempre había medido sus palabras. Conocía muy bien el precio a pagar por no hacerlo.
Eso era lo que siempre la había diferenciado de su hermano. Para bien o para mal, ella había nacido con la astucia necesaria para sobrevivir en el mundo traicionero y peligroso de la corte de su nación.
-No es prudente hablar de este tema con semejante desaire por vuestra parte, Princesa. Sabéis muy bien quién les ha mantenido en el poder- comentó con seriedad.
Azula cerró los ojos y bebió un trago de té. La mención implícita a su padre que había hecho el Almirante la hizo suspirar de nuevo.
-Lo sé.
El tener que hacerles frente a ellos y a esta campaña militar era el precio a pagar por los errores que cometió hace años, su padre lo sabía cuando la mandó allí. Como cuando mandó a Zuko a una gesta imposible. Pensar en su hermano hizo que el trago de té le supiese a rayos.
Afortunadamente, Zhou interrumpió su hilo de pensamiento.
-Supongo que si vais a encontraros con ellos tendréis muy bien pensado el plan de ataque a seguir. Con nuestros enemigos, quiero decir.
Azula le dedicó una sonrisa de suficiencia y se levantó, dirigiéndose a su mesa de trabajo, sobre la que yacía un plano de Qin. Zhou la siguió hasta situarse a su lado. Azula señaló una de las puertas de la muralla, que recibía el nombre de Xiangyang según el mapa.
-Hasta ahora hemos logrado frustrar todos sus intentos de traer tropas de refuerzo o abastecimiento, pero hemos llegado a un punto muerto. Atacamos sus puertas, pero una guarnición quedó atrapada entre los muros de esta puerta y nos repelieron. Los maestros tierra frustran todos nuestros ataques a los muros y no quiero malgastar las vidas de mis soldados en ataques frontales que no sirven de nada.
Zhou escuchaba atentamente mientras observaba el plano con ojo crítico.
-¿Qué hay de esta puerta de aquí?
Azula negó con la cabeza.
-Intentamos abrirnos paso pero no resultó. Los maestros tierra han cubierto las puertas de piedra y los muros siguen siendo muy fuertes. Pero fíjese en este lado de aquí.
Zhou siguió con la mirada el dedo de la princesa, que apuntaba al lado este de Qin, el más cercano al río.
-Los muros aquí son mucho más débiles- afirmó la princesa con entusiasmo. -Si logramos que los zapadores abran una brecha allí podremos entrar a la ciudad.
Zhou arqueó una ceja, dubitativo.
-¿Cómo pensáis conseguir que los zapadores sean capaces de socavar las defensas del muro?
Azula sonrió satisfecha.
-Ya lo han hecho. Hay más de cien bombas de carcasa de hierro depositadas allí, lo suficiente como para volar el muro. Durante el ataque, desviaremos la atención del enemigo hacia la puerta del sur, que bombardearemos con los trabuquetes. Una vez hayamos entrado en la ciudad no les quedará más remedio que rendirla de una vez.
-Es arriesgado, pero podría funcionar- dijo Zhou pensativo.
-Sufrimos numerosas bajas en los túneles bajo la ciudadela para poder llevar ese cargamento de explosivos allí- informó ella.
Bajo Qin existía un entramado de túneles subterráneos que se entrecruzaban de un modo laberíntico en las entrañas de la tierra. La gran mayoría de galerías fueron condenadas por los maestros tierra de Qin cuando empezó el asedio, pero el ejército de la Nación del Fuego logró hacerse con el control de una parte, a pesar de pagar un alto precio. Ahora ese control que tanto les había costado ganar podría conducirles a la victoria si el plan daba resultado.
-No creo que el resto de generales os den mucha guerra al respecto en el Consejo- comentó Zhou con la vista fija en el plano.
Azula bufó ante la expectativa.
-Me sorprendería gratamente que no lo hicieran. Está claro que mi padre les ha convocado porque cree que no sé hacer bien mi trabajo.
-No creo que sea realmente por eso...-empezó a decir el almirante, pero Azula le interrumpió.
-Por supuesto que es por eso- dijo ella cruzándose de brazos. -Nadie está más harto que yo de este maldito atolladero, Almirante, ni siquiera él.
-No os ofusquéis, Alteza. Pasad por este trance administrativo con calma y no dejéis que la frustración domine vuestros actos. Debéis centraros en someter la ciudadela.
Azula sabía que Zhou tenía razón. Cogió el ala de halcón disecada que reposaba en su escritorio junto al plano de la fortaleza. Los altos oficiales solían usar este tipo de bastón de mando para denotar su estatus y dirigir a sus tropas. Pero a ella le hacía pensar en algo que poco tenía que ver con la función que ese objeto desempeñaba.
Sokka seguía siendo otro de los problemas que la inquietaban hasta el punto de perturbar su día a día más de lo que ella estaba dispuesta a admitir ante sí misma. Tenerle bajo su supervisión no la tranquilizaba e implicaba verle a diario. Y no sabía cómo ni por qué, pero el halconero espía se hacía un hueco cada vez más grande en sus pensamientos.
Acarició suavemente las plumas con las yemas de sus dedos, pensando en él. "Me encargaré de tí luego."
-Alteza, me quedaré con mi guarnición hasta que sometamos la ciudad, si os parece bien- aventuró Zhou, rompiendo de nuevo su hilo de pensamiento.
Ella alzó la vista y le sonrió con sinceridad.
-Nada me complacería más, Almirante- dijo, a servirse otra taza de té y Azula se permitió relajarse ante la presencia del almirante, recordando viejas gestas y anécdotas. Aunque sabía que eso sólo era la calma aparente que precedía a la tormenta que se desarrollaría mañana durante el Consejo.
Zhou aguardó ante la entrada de la tienda que el ejército había habilitado para albergar el Consejo. El general Shinu, que estaba de pie junto a él, bostezó.
-¿Aburrido ya? Si ni siquiera hemos empezado a discutir- bromeó el almirante.
Shinu soltó una carcajada sarcástica.
-Te aseguro que precisamente en este Consejo no me voy a aburrir. Según he oído el general Zhuang viene calentito y dispuesto aprovechar la oportunidad de humillar las tácticas de combate de la Princesa Azula ante todos. Alardea de que él habría sido capaz de quebrar los muros de la ciudad en menos de cinco días.
Zhou arqueó las cejas, sorprendido.
-Bueno, que lo haga. Ella sabe que este Consejo se ha convocado con ese preciso objetivo. Quién sabe, a lo mejor la experiencia de Zhuang custodiando la fortaleza de Garsai desde que Azulon la conquistó le aportará una nueva perspectiva que ella desconocía- dijo Zhou con un tono descreído.
Shinu volvió a reír.
-La Princesa sigue siendo tu ojito derecho, ¿verdad Almirante?
El almirante bajó la vista y sonrió.
-Considero que es alguien que sabe lo que hace. Tiene el fervor de la juventud y la experiencia de un veterano- arguyó Zhou en su defensa, aunque sabía que Shinu tenía razón. Él nunca se ha molestado en ocultar su preferencia por Azula, y lo seguiría haciendo, pues ella gozaba de su admiración y lealtad incondicionales.
-Era de esperar de la conquistadora de Ba Sing Se- asintió el general. -Pero ya sabes lo poco que les cuesta a algunos olvidar sus grandes gestas en detrimento a una maniobra que no le ha salido según sus cálculos.
En ese momento llegó Azula, flanqueada por su guardia personal de maestros tierra, y los dos militares le brindaron una respetuosa reverencia.
-¿Empezamos, caballeros?- inquirió.
La princesa apartó los cortinajes con rabia contenida, sintiendo como sus manos se crispaban alrededor de la tela y lamentando no poder usarlas para estrangular al malnacido de Zhuang. Ése maldito viejo borracho y pretencioso se había atrevido a usar el motivo por el que su padre la desterró a las fronteras para desprestigiarla y humillarla ante todos los altos cargos.
Había aguantado estoicamente durante toda la reunión pese a las continuas interrupciones a las que le había sometido el viejo general cuando ella presentó su plan de ataque. Estaba segura de que la mitad de la sala había oído el rechinar de sus propios dientes cada vez que Zhuang intervenía para recriminarle algo. Obviamente, había estado tentando a la suerte para provocarla, y ella había caído en su trampa como una imbécil.
Tras beber un largo trago de su vaso, aquél vejestorio había escupido al suelo, indignado.
-¿Qué diablos es esto?- le había preguntado, visiblemente ofendido.
-Es agua- le contestó ella. -¿Tanto tiempo hace que no prueba el agua que ya es incapaz de recordar su sabor, General?- inquirió ella de manera inocente.
Ahora sólo deseaba haberse mordido la lengua y no haber cedido ante su provocación. La mayoría de los presentes se asombraron ante la mordacidad de la que había hecho gala Azula, algunos incluso rieron por lo bajo. Como era lógico, aquello enfureció al general Zhuang, que no dudó en contraatacar con aquello que más le irritaba: su hermano Zuko.
Era cierto que algunas heridas nunca se acaban de curar, y una sola palabra era suficiente para hacerlas sangrar de nuevo.
Había aguantado el temple hasta el final de la reunión, pero ahora ya no podía más. Azula sabía con certeza que estaba castigada en las fronteras para aguantar y discutir con personajes como aquél viejo general. Ése y no otro era el motivo por el que su padre la mandó allí, para que todos aquellos imbéciles la ninguneasen siempre que quisieran.
"Esto era lo que querías, ¿verdad, Padre?"
Verla humillada por la caterva de inútiles funcionales a los que no podía replicar porque sabían tan bien como ella que ya no contaba con el favor del Señor del Fuego. Igual que hizo con con la frustración que toda esta situación le producía la sacaba de sus casillas. Luchaba con todas sus fuerzas para mantener el tipo, pero el nerviosismo con el que los soldados se apartaban de su camino le hicieron saber que había fracasado incluso en lo que creía que se le daba mejor.
Solía reírse de los berrinches que Zuko cogía cuando todo le salía mal, ignorando que años después y por su maldita culpa ella se vería en esa misma situación y sufriría las mismas rabietas. Si su hermano pudiese verla ahora, sería Zuko el que se reiría de ella. Ahora era una miserable fracasada como él. Aquél pensamiento sólo logró enfurecerla aún más. Azula juró que mataría a su hermano si el destino le brindaba la oportunidad de que sus caminos volvieran a cruzarse. Le mataría sin remordimiento alguno, aunque fuese lo último que hiciera en este mundo.
Su furibunda caminata la había llevado hasta la halconera. Quizás, de manera inconsciente, buscase el lugar más tranquilo y alejado del campamento base hasta que se le pasara el mal humor y el enfado. O quizás porque pagar su ira y su frustración con el halconero espía le parecían la mejor manera de apaciguar sus instintos asesinos hacia aquél general.
"Si encima supiesen que tengo un espía infiltrado en mi campamento sería mi perdición" pensó con amargura. Los espías siempre habían sido algo común en la guerra. A veces incluso, localizar agentes enemigos en tu ejército podría representar una gran ventaja; si sabías sobornarlos e inducirlos a pasarse a tu lado resultaban unos magníficos agentes dobles. Pero Azula sabía que con alguien como él, esa táctica nunca daría resultado.
Quería castigar a Sokka. Quería sentir que aún seguía teniendo verdadero control sobre su vida. Necesitaba castigarle por atreverse a desafiarla así, por alterar el orden y la rutina que siempre había creído tener en su campamento, (y en su vida.)
Le buscó con la mirada por los alrededores. Siempre estaba atendiendo a los pájaros cuando no tenía nada que hacer, y ella no le había requerido en todo el día. Había que poner fin a su ocio de la manera más desagradable posible, así que Azula entró en la halconera. Sokka estaba allí, sentado ante un halcón que llevaba los ojos tapados por una caperuza, y al que acariciaba suavemente en el pecho con una pluma. Al oírle entrar, el joven se levantó para recibirla.
-Buenas tardes, Alteza.- susurró.
-¿Por qué susurras?- le espetó ella.
Él se limitó a señalar al halcón, inmóvil en su alcándara, y después a pedirle con un gesto que guardase silencio. Azula frunció el ceño ante su atrevimiento.
-¿Cómo osas decirme que me calle?- le reprendió ella con un susurro enojado.
No sabía qué la enervaba más, si que él se tomase esas confianzas o que ella inconscientemente le hubiese hecho caso. Siempre era igual con él. Él debió apreciar su enfado, porque la instó silenciosamente a salir del recinto.
-La estoy amansando- explicó Sokka con amabilidad.
Azula arqueó las cejas y se rió, descreída como sólo ella sabía ser.
-¿Ahora también eres domador de fieras, halconero?
-Bueno, nunca me habían llamado así- dijo encogiéndose de hombros. -Sólo me limito a hacer mi trabajo.
"Sí, sólo estás aquí para espiarme." Azula cruzó los brazos sobre su pecho y le miró ceñuda. Hasta ahora, le había tenido relativamente controlado y bajo su supervisión, sabiendo que no tiene acceso a nada que pueda comprometer a su ejército frente al enemigo. Él lo disimulaba muy bien, pero Azula estaba segura de que esa situación le frustraba. Sobretodo teniendo en cuenta el sinfín de tareas estúpidas que ella le había estado mandando para divertirse a su costa, que para su decepción, él siempre había cumplido sin rechistar.
-Pero ahora trabajas para mí, y por si se te había olvidado, necesito que vayas a cavar letrinas.- Azula le miró expectante, deseando en su fuero interno que él se mostrase rebelde y le replicase. Y por un instante, le pareció que él iba a hacerlo. -Y como te atrevas a decir algo las cavarás con las manos- sentenció.
Ante tal amenaza, Sokka sólo pudo asentir.
N. del A. : Este capítulo ha sido, literalmente, el parto de una burra. Lo he mirado y remirado tantísimo durante estos meses, que puede haber un HOYGAN como una casa ahí escrito y yo no haberlo notado. Así que pido disculpas si hay algo muy terrible por ahí entre los matorrales. Tenía otro final más bonito pensado, pero después de entablar varios argumentos circulares conmigo misma decidí descartarlo :( Aún así, espero que te guste, querido lector.
Una vez más, mil gracias a mis abnegadas betas, Elena, Benko, Adarae, Kiwi y especialmente a ReinaDeLosGatos, que le dio un gran lavado de cara y me propinó la patada en el trasero que necesitaba para publicarlo.
PS: Por ahí hay colada una frase de GRRM, que usé shamelessly porque le venía perfectamente a la situación que quería describir. Como nota curiosa, lo que está haciendo Sokka con el pájaro al final del capítulo es una técnica ancestral que tiene su origen en las tradiciones de los cetreros mongoles.
