Hola,
aquí les dejo el cuarto capítulo. Últimamente he tenido problemas con el PC (tengo un virus) y he batallado bastante para subir este capi xD
Agradezco enormemente a las chicas que me han comentado y espero ver un poco más de interés por el fic, y está demás decir lo importante que son sus comentarios para mi, ya que ellos me motivan a seguir escribiendo este fic para ustedes.
Espero que les guste y perdonen si hay algún error por ahí (juro que le ganaré al virus ¬¬)
Blind man: Capítulo IV
El sonoro ruido de la campana anunció el fin de las clases para todo el sector de primaria y secundaria, produciendo que a los pocos minutos, los cientos de niños de la escuela cogieran sus bolsos y corrieran felices a sus casas.
Cierto rubio, salió de una sala de clases aún con el alma revolucionada y abatida, suspirando apesadumbrado, agradeciendo el hecho de que por fin se había terminado su jornada laboral. Deseaba tanto volver a su hogar que si hubiese sido por él, se habría ido hace rato alegando alguna enfermedad o problema personal, pero ya que sus niños eran tan importantes para él, decidió terminar con su labor.
Así, Eiri cogió sus cosas y abandonó el establecimiento educacional, procurando ir raudamente para no toparse con ningún alumno ni colega. Quería llegar a su departamento lo más pronto posible, pero ese apuro no tenía nada que ver con cierto muchacho de ojos violetas. Sólo quería llegar, estirarse en su cama y lamentarse por su situación.
A penas llegó al edificio en que vivía, se adentró sin siquiera saludar al conserje, yendo directamente al ascensor. Con paso lento, caminó hasta la puerta de su "dulce hogar", ingresando de forma cautelosa como si fuese un ladrón.
Azrael salió a su encuentro maullando felizmente, restregándose en sus piernas pidiéndole atención. Eiri se detuvo a contemplar a su mascota, suspirando levemente ante la enorme soledad que invadía a aquel lugar. El minino se paró en dos patas apoyando las delanteras en las rodillas del rubio, pidiéndole que le tomara en brazos.
—No molestes—le dijo con frialdad continuando con su camino, siendo seguido por el gato.
Eiri no estaba con ánimos para atenderlo, de hecho, aún estaba enfadado por lo de su amado sillón, así que más bien, tenía ganas de patearlo o de aventarlo por el balcón, pero no lo haría sólo porque Azrael era su única compañía. Herir a su pequeño y adorable minino era el peor crimen que podría cometer, uno mucho mayor que las decenas de asesinatos que había cometido. Bueno, esos no eran crímenes para Eiri.
Dejó sus cosas en la habitación y tras dejar comida en el plato del gato, fue a estirarse en la cama con el sólo objetivo de descansar, más bien, pensar, meditar sobre él y su triste y aproblemada vida… Y todo por culpa de la inocente pregunta que le había hecho el hombre del kiosco.
"¿Cómo puede haber gente tan mala?, esa simple pregunta aún retumba en cada rincón de mi cabeza como un doloroso martilleo que no me deja pensar con tranquilidad. Estoy turbado, todo me da vueltas, y por primera vez veo amenazada mi existencia. Más bien, tengo una horrible sensación de desprotección, me siento desnudo ante el mundo, como si todos pudieran ver dentro de mí.
No puedo evitar pensar en las palabras de aquel hombre y, no logro entender cómo es que me afectaron tanto. Han provocado en mí algo que jamás había experimentado: duda y culpa. ¡Así es!, me siento culpable—en algún grado—por lo que he hecho, estoy comenzando a dudar de mi actuar e, inevitablemente, empiezo a realizar una introspección sobre mí mismo. Me autocuestiono si acaso soy malo, pero por más que lo pienso, no lo creo así.
Yo no soy malo, estoy seguro de eso. El hombre del kiosco está equivocado, ¿verdad? ¿Será que todos me consideran malo sólo por acabar con esos seres inmundos? ¡Qué ridiculez! Deberían agradecerme por librar al mundo de esas escorias. Porque esa gente que sin pudor vende sus cuerpos al mejor postor, son simplemente escoria. No merecen vivir… Y yo tengo que matarlos. Tengo que extirparlos de mi mundo, porque de lo contrario, me volveré loco. Es un sentimiento que no puedo contener.
Cada vez que los mato, mi corazón se acelera y siento que un calor incontenible me invade. Pareciera que me da taquicardia, pero sé que es sólo mi cuerpo que se prepara para arrancar en caso de que mi vida corra peligro o algo así. La adrenalina que libero en aquel momento es tan adictiva, que con el tiempo matar se ha vuelto un vicio, por muy macabro que eso suene.
No me considero malo… Está bien lo que hago, sino otro lo hará, porque—después de todo—la "profesión" indecorosa de esos seres es tan repugnante como para que pase inadvertida. Más de alguna persona estará de acuerdo en que deben desaparecer de la faz de la tierra, no sólo las putas, sino que también sus proxenetas… Ambos me dan asco… Ambos deben morir. Por esas porquerías de seres humanos, no siento más que repudio. No me dan lástima y tampoco me arrepiento de matarlos. Se lo tienen merecido… Más que merecido.
No sé porqué pero últimamente he estado demasiado sensible. Tal vez sea por la aparición de ese muchacho que sabe mi secreto. Creo que eso me tiene intranquilo. Me siento perseguido y temo que Shuichi me pueda delatar. Quizás la mejor opción que tengo es matarlo, pero si es verdad que existe alguien más aparte de él que sabe de mí, no me conviene hacerlo. Debo contenerme, pero ahora que lo pienso, hay algo más que me impide deshacerme de él… Es este extraño sentimiento que me invade cada vez que contemplo su rostro y sus hermosos ojos. ¿Será que me he enamorado de él?"
Sin darse cuenta, el sueño le venció y durmió unas horas, esperando viajar en sus sueños a un mundo colorido y lleno de alegría, un lugar en dónde él no tuviera que cargar con esa pesada cruz de ser un asesino.
En otro lado de la ciudad, un incómodo silencio se había formado en aquella andrajosa habitación del Sweet Pleasure, tras las determinantes palabras de Shuichi. La atmósfera se volvió fría y pesada y, de pronto, el agente encubierto se volvió mudo. Klaude había quedado petrificado ante la confesión de Shuichi y, aunque se trataba de algo que ya se había representado como posible, jamás espero que fuese verdad. Estaba realmente sorprendido.
—¿Lo dices en serio?—preguntó Klaude, un tanto incrédulo por la revelación del muchacho, quien sólo atinó a asentir—. ¿Me dirías quién es?
—Si lo hago llamarás a la policía o le contarás a Tohma; y yo me prometí que guardaría su secreto—respondió, desviando la mirada.
—Te dije que Tohma no se enteraría de esto, pero si sabes quién es tienes que denunciarlo a la policía, sino te estarías convirtiendo en su encubridor—le advirtió.
—Lo sé, sé que puedo ir a la cárcel por eso, pero… No puedo hacerlo… No me importaría con tal de protegerle—dijo con determinación.
—Shuichi, ese hombre es un asesino en serie. Ha matado a muchos hombres y mujeres por el sólo hecho de prostituirse―informó esperando hacerlo entrar en razón.
—Lo sé, Klaude, pero él no es malo, yo lo sé…—susurró—. Por eso quiero ayudarle, quiero que él me ayude. Quiero escapar de esta estúpida vida y él es el único que puede hacerlo…
—Yo también puedo ayudarte, sólo necesito que me des tiempo—le dijo, cuestionándose si estaría bien o no confiarle su secreto—. Sólo necesito que me digas quién es Blind man, confía en mí.
—Te lo diré sólo si me prometes que no lo denunciarás a la policía—pidió aún inseguro. Tenía miedo de lo que pudiera pasar si decía la verdad, aunque con ello se volviese realidad aquel chantaje con el que había logrado mantener dócil al peligroso asesino.
—No puedo prometerte eso, pero quizás pueda intervenir para que no le apliquen la pena de muerte o para que su pena sea más baja—explicó con voz suave.
—Entonces, no te lo diré—suspiró—; no quiero que lo metan preso, porque yo sé que él no es malo, sólo…
—¿Te enamoraste de él? ¿Por eso no quieres denunciarle? ¿O es que temes por tu vida?—preguntó como si intuyera los móviles por los cuales Shuichi estaba dispuesto a encubrir al asesino más buscado de los Estados Unidos. El menor no respondió, pues la verdad, ni siquiera él estaba del todo seguro sobre sus sentimientos respecto al rubio profesor.
—Yo no le tengo miedo a la muerte, prefiero eso antes que seguir viviendo en esta inmundicia—dijo con desprecio observando su alrededor―. Él me gusta, no sé si estoy enamorado, pero él me atrae.
—¿Y que hay de él? ¿También le gustas o te rechazó por vivir en un burdel?— preguntó, imaginando que Blind man estaría dispuesto a matar a Shuichi si así fuese necesario, claro, a menos que él también se hubiese enamorado del chico, ¿o no?
—No quiero seguir hablando del tema, además, tengo que salir y ya se me hace tarde—dijo apresurado, dispuesto a rehuir de esa incómoda situación, pero Klaude lo retuvo sujetando su brazo.
—¿Irás a encontrarte con Blind man?—inquirió.
—Eso no es de tu incumbencia. —Con fuerza, se soltó del agarre del rubio y así, salió rápidamente de su habitación pensando que esa conversación jamás debió ocurrir. De seguro, Klaude estaría vigilándolo todo el día y en todos lados; y pronto, muy pronto, se sabría la verdad sobre el asesino apodado "el ciego". Ahora se arrepentía enormemente de haber hablado, mejor habría sido mantenerse calladito.
Con paso ágil, salió de los callejones del barrio rojo caminando hacia la intersección para tomar un taxi. La conversación con Klaude se había alargado demasiado y hasta había olvidado que debía encontrarse con Eiri en su departamento. No tardó mucho en llegar al edificio, cosa que agradeció, pues inexplicablemente comenzaba a sentirse ansioso por ver al rubio. Saludó al conserje con entusiasmo y asimismo se dirigió al ascensor.
El dulce y plácido sueño del rubio fue interrumpido por el timbre de la puerta y por los incesantes golpeteos que en ella se hacían. Shuichi esperaba afuera desde rato a que le abrieran y ya estaba a punto de romper la puerta. Sus golpes y gritos llamando al rubio, produjeron que éste saliera de su habitación de mala gana, con intenciones de abofetear al muchacho por ser tan molesto. ¿Por qué la vida era tan cruel con él? ¡Justo estaba teniendo un sueño maravilloso y el condenado mocoso lo despertaba!
—¡Hasta que por fin te dignas a abrirme, Eiri!—se quejó enojado, entrando rápidamente, sin pedir permiso.
—¿A qué rayos viniste?—inquirió tras cerrar la puerta, mientras veía que el más joven se adentraba en el departamento con plena confianza como si fuese su propio hogar.
—No seas tan apático, al fin y al cabo vengo a hacerte un poco de compañía.
—No necesito tu estúpida compañía—le restregó.
—No me digas eso—rezongó—, yo sólo estoy tratando de llevarme bien contigo y, en cambio tú, siempre andas a la defensiva. ¿No deberías tratar de ser un poco más amable? Además, fuiste tú el que me dijo que viniera. —Eiri suspiró apesadumbrado tratando de calmar sus nervios, pues las ansias por deshacerse del muchacho le comían las entrañas.
—¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz?—preguntó comenzando a resignarse.
—Nada. Sólo déjame ayudarte. —Shuichi se acercó al rubio con movimientos semi seductores, contorneándose suavemente como si él fuese un gato preparándose para atrapar a su presa. Eiri se quedó inmóvil y expectante—. Vine a devolverte tu dinero, porque pensé que lo que me diste era lo único que tenías… Yo no busco dinero de ti; espero que te quede claro—le dijo, haciéndole entrega del fajo de billetes.
—Entonces, ¿qué rayos es lo que quieres?—le preguntó exasperado, recibiendo con indiferencia su dinero, a tal punto, que apenas lo tuvo en sus manos, lo arrojó al suelo.
—Eso ya te lo dije, no voy a repetírtelo—respondió omitiendo el actuar del rubio.
Eiri suspiró cansado, llevándose una mano a la frente con la intención de calmar el dolor de cabeza que comenzaba a sentir. Algo en su interior, le obligó a rendirse ante los desplantes del pequeño y, debido a la fuerte jaqueca, caminó de regreso a su habitación. Al parecer tendría que aceptar que el muchacho lo tenía en sus manos y dejar que entrara en su vida. Tendría que rechazar de plano la posibilidad de matarlo, pero aún tenía tantas dudas y se encontraba tan conmovido por aquellos pensamientos que hace unos instantes le atormentaban, que en realidad nada era seguro respecto a sus decisiones. Tal vez, en algún momento, cuando el chico no se lo esperara, le clavaría el puñal por la espalda.
—¡Qué lindo! Así que tú eres Azrael—le habló al minino que recién había hecho su aparición en la sala, exhibiendo pomposamente su nuevo collar—. Te ves muy guapo con tu collar de pececito—le halagó tomándolo en brazos para acariciarlo, mientras Eiri le observaba desde lejos. Azrael ronroneó feliz al saberse en brazos del muchacho, haciéndole ver a Shuichi que le simpatizaba.
—Qué raro, Azrael no suele ser cariñoso con los extraños. Parece que le agradas, porque normalmente se esconde cuando viene gente—comentó.
—¿En serio?—preguntó sorprendido—. Entonces, soy especial.
Shuichi sonrió ampliamente, dejando que su cabeza se posara en la del gato. Desde niño, siempre quiso tener una mascota, pero su madre era alérgica a los pelos de los gatos y no le gustaban los perros; después, tras la muerte de la mujer, se fue a vivir al burdel de su hermanastro, en donde claramente, no podía tener un animal. Aquella sensación de tener en sus brazos a un gatito tan adorable y cariñoso como Azrael, era una experiencia completamente nueva para Shuichi.
—Con que especial, ¿eh?—susurró con ironía, ya que él había pensado lo mismo hace unos instantes.
—Eiri—le llamó—, esta mañana me enteré de que ayer mataste a una prostituta. —Eiri se encogió de hombros como si no le importara, continuando con su camino hacia el dormitorio, más que nada para evitar la conversación "incómoda". Shuichi al percatarse de que el rubio le había ignorado, dejó al minino en el suelo y le siguió—. No lo hagas ver como si hubieses aplastado a una cucaracha—exclamó con cierto enojo y frustración—. ¿Por qué lo hiciste?
—Ese no es asunto tuyo, yo hago lo que quiero—respondió sin emoción alguna, sentándose en la orilla de su cama—. Y no vengas a darme sermones, no los necesito.
—Sólo quiero saber porqué matas a gente inocente. ¿Qué te han hecho para que seas así? ¿Por qué eres un asesino? ¿Por qué?—preguntó—. Llevas una vida tan tranquila, tienes una profesión, un trabajo, un lugar en dónde vivir… ¿Por qué manchaste esta vida perfecta con esos crímenes? —No recibió respuesta alguna, sólo contempló cómo el rubio quedaba cabizbajo y pensativo.
—No lo sé…Yo sólo lo hago, es una necesidad que siento, que carcome mis entrañas al punto de que pienso que moriré de la abstinencia—susurró como si estuviese reflexionando, hablando consigo mismo.
—Yo sé que eres una persona buena, no eres malo; pero no entiendo tus razones… Puedo ver tu sufrimiento… Si fueses ese asesino cruel y sin sentimientos del que hablan en las noticias, tus ojos no se verían tan apagados y tristes, tan sumidos en el profundo abismo de dolor que guardas en tu corazón—dijo mientras se acercaba sigilosamente—. Eso es lo que pienso cada vez que te veo, eso es lo que me transmites…
—¿Una buena persona?—preguntó—. ¿Mato gente y soy una buena persona?
—Yo no he dicho que matar sea bueno, sólo creo que no eres malo… Si lo fueras, no sufrirías de esta manera…, no te retorcerías en ese mar de remordimientos.
—¿Y qué te hace pensar que sufro, que tengo remordimientos?—preguntó con suavidad, sin levantar la mirada. Sus ojos dorados estaban en fijos contemplando sus pies.
—Puedo verlo en tus ojos…—susurró, cogiendo el mentón del rubio para alzarlo lentamente y así contemplar sus joyas ambarinas.
Sin proponérselo, sin pensarlo si quiera, Shuichi se sintió tentado por los delgados y pálidos labios del rubio, que con una muda invitación le incitaban a besarlos. Eiri contemplaba a Shuichi como si estuviese mirando la nada, perdido en el mar de sus pensamientos más profundos y desconocidos, dejándose llevar por una serie de contradicciones que se apoderaban de su ser. ¿Era malo o era bueno? Eso era algo que aún no podía dilucidar, pero ¡qué importaba!, ya había matado a mucha gente y eso no cambiaría.
—Eres extraño…—susurró, adentrándose lentamente en la profundidad de aquellos ojos violáceos—. Sabes mi secreto, no me has denunciado a la policía, no me tienes miedo… y además dices que soy bueno…
—No te atormentes tanto, Eiri. Así, sólo consigues autodestruirte más… Te estás matando lentamente y, tarde o temprano, llegará el momento en que ya no puedas resistir tanta culpa acumulada… Déjame liberarte de tu dolor… —Aprovechando que el rubio se encontraba en un raro estado de letargo, Shuichi no pudo aguantar más las ganas de besarle y, así, unió sus labios a los del profesor.
Sin ser del todo conciente de sus actos, Eiri correspondió el beso de forma intensa y apasionada, profundizándolo rápidamente, metiendo su lengua en la húmeda cavidad del menor. Shuichi se sentó sobre las piernas del rubio y sus brazos le rodearon el cuello, mientras sus cuerpos se tumbaban en la cama con lentitud hasta quedar totalmente recostados. Sus bocas se separaron por unos momentos para acomodarse mejor en la cama y, luego retomaron el beso con más intensidad. Sin embargo, cuando el menor tomó la iniciativa y comenzó a desvestir al rubio, éste último se aterró.
—¡¿Qué crees que haces?—exclamó enojado y asustado, empujando al muchacho lejos de sí—. Esto es tan asqueroso—se quejó pasándose el dorso de la mano por la boca para limpiarla de los rastros de saliva.
—¿Asqueroso? ¿Correspondes mi beso y dices que es asqueroso?—preguntó en tono neutro sintiéndose algo dolido, aunque en parte poco lo importaba lo que el rubio le dijera—. ¿Es porque soy un hombre?—preguntó tratando de descubrir por sí mismo las razones que habían llevado al rubio a darle tal denominación a aquello.
—No es eso, idiota. ¡Eres una puta! No quiero ni imaginar con cuantos has estado antes—le encaró entre asqueado y enojado, aunque por dentro pareciera morirse de los celos. Porque sí, inexplicablemente estaba celoso de todos aquellos que hubieron puesto sus manos sobre Shuichi, aunque jamás lograría aceptar aquel sentimiento. No podía reconocer que se había enamorado de él. Shuichi era uno más de esos mugrosos entes que vendían sus cuerpos: esa era razón suficiente para considerarlo repulsivo.
—No es cierto, ¿qué clase de persona crees que soy? ¿Crees que soy una puta sólo porque vivo en un burdel? ¡No sabes nada de mí ni de mi vida, no tienes derecho a decir algo que no soy!—espetó dolido y furioso.
—¿No eres…?—trató de decir para confirmar sus sospechas.
—¡Claro que no! Yo… soy virgen—dijo apenado quedándose cabizbajo para que su acompañante no viese lo avergonzado que estaba—. Ese burdel es mi hogar, yo sólo me dedico a dar masajes y a veces, cuando mi hermano me obliga, hago de desnudista, pero jamás dejaría que alguien me tocara por dinero—se apresuró a explicar esperando que con ello desapareciera la mala imagen que el rubio tenía de él.
—Debiste decirlo antes—dijo un tanto aliviado, como si le hubiesen sacado un peso de encima—, yo pensé que eras igual que todos esos insectos a los que asesino. —Su voz seria denotaba una frialdad sobrecogedora.
—No digas eso…—susurró conmovido—. No lo digas como si fuera tan simple. Ellos no te han hecho nada, son personas igual que nosotros. ¿Crees que ellos se prostituyen por gusto? ¿Jamás has pensado que tal vez los obligan? ¡Ellos tienen sentimientos!
Eiri se quedó en silencio contemplando el afligido rostro del menor, sumiéndose en la profundidad de aquellos ojos violetas que parecían penetrar en lo profundo de su alma. ¿Por qué, de repente, deseaba ser devorado por esos ojos? ¿Por qué anhelaba que ellos jamás se cerraran? ¿Por qué rogaba para que sólo le miraran a él?
Sin darse cuenta se encontró perdido en ese abismo amatista, pensando inconscientemente que aquellas palabras del menor tenían algo de razón, aunque él nunca llegaría a considerarse de la misma calaña que una puta. Jamás habría pensado que esos seres repugnantes tuviesen sentimientos, pero tampoco se le había pasado por la cabeza que tal vez no les gustaba lo que hacían. Quizás, debió dedicarse a matar proxenetas desde el principio. ¿Sería muy tarde si empezase a hacerlo ahora?
—Yo jamás pensé eso…—susurró como en trance, sin quitarle la vista a los ojos de Shuichi.
—¿Ves? Por eso digo que no eres malo, Eiri. Sólo perdiste el rumbo de tus actos y, cuando te diste cuenta, ya era demasiado tarde—le dijo al notarle algo indefenso y desmoralizado, sintiendo ganas de regresar el tiempo para borrar todo el dolor que afloraba de esos hermosos ojos dorados que se hundían en una desesperación angustiante—. Tú no has matado a nadie… Sólo te estás autodestruyendo…
—No soy malo…—se dijo a sí mismo, bajando la mirada. Algo en su mente estaba empezando a funcionar de manera distinta, haciéndole sentir confuso. Por primera vez en años, quería llorar.
—No lo eres, pequeño—le consoló, pasando su mano por las hebras rubias—. Yo sé que no lo eres y, aún estas a tiempo de remediar tus actos.
—Te equivocas. Ya estoy hundido en lo más profundo del abismo, no podré salir de ahí aunque me lo proponga. Ya es demasiado tarde, no hay nada que pueda borrar lo que hice—dijo compungido, aterrado y frágil, dejando que algunas lágrimas escaparan de sus ojos. No sabía por qué ni tampoco era capaz de entenderlo, pero en ese momento se sentía con la confianza suficiente como para llorar frente a alguien. Shuichi le ofrecía algo que jamás había tenido… Eiri sentía que con él podía mostrarse tal cual era en realidad, a él podía contarle todos y cada uno de sus secretos sin temor a ser juzgado…
"Aquellos ojos violáceos gozan de una profundidad infinita que me invita mudamente a hundirme en ellos. Cada vez que los miro, cada vez que su mirada se posa en la mía, siento que me roba el aliento, siento que ellos me absorben por completo.
Ésta es la primera vez en la que me considero capaz de estar toda una vida contemplando aquellas amatistas. No me importaría morir en este momento, si esos ojos fuesen lo último que yo pudiera ver.
Desde aquel incidente que cargo sobre mis espaldas desde hace años y que atormenta mi día a día, no puedo evitar odiar los ojos de las personas. Los detesto, porque tengo la sensación de que cada vez que me miran es como si me arrancaran un pedazo del alma. Me aterra que la gente me vea, que me escudriñen de pies a cabeza, que me observen detenidamente como si trataran de descifrar todos mis secretos. Aborrezco la sensación de saberme descubierto, de pensar que con esos ojos pueden ver dentro de mí como si fuese un libro abierto.
¿Por qué la gente tiene que ver? ¿Por qué no todos son ciegos? ¿No se dan cuenta que me molesta que me miren? ¡Desearía poder arrancarles los ojos a todos!
Tal vez mis pensamientos les parezcan extraños, pero en realidad no lo son. Todo tiene una explicación… Todo comenzó cuando era niño… Todo partió aquel día en que mi niñez se fue a la basura, cuando ella, aquella mujer que me dio la vida, me abandonó…
Yo fui un niño no deseado… Un niño al que nadie quiso…"
—No es cierto, Eiri—dijo el menor cogiendo el rostro del rubio—. Aún estás a tiempo de arrepentirte, de comenzar desde cero… Ya no estás solo, yo estoy aquí contigo y no voy a dejarte… Te lo prometo…
Inexplicablemente, Shuichi se sintió mal al ver a aquel hombre tan abatido. Recordó que supuestamente era un asesino en serie, frío y calculador, pero no. En aquel momento, no era nada de eso. Y así, se dio cuenta que tenía razón, sus conclusiones eran ciertas, no estaba equivocado al pensar que Eiri no era malo. ¿Qué hacer para ayudarle y sacarlo de aquel abismo?
No sabiendo bien qué hacer, el muchacho simplemente acarició los cabellos rubios con una suavidad reconfortante, invitando al rubio a apoyar su cabeza en su pecho. Se quedaron abrazados por unos momentos, disfrutando del calor y la compañía del otro, sin ser del todo concientes de los sutiles sentimientos que empezaban a sentir.
Eiri se hallaba en las nubes, rodeado de un calor cuya fuente no supo descifrar y de un sentimiento que jamás había experimentado en su vida. Shuichi, por su parte, sólo intentaba consolarle, buscando hacer desaparecer todo el dolor que el rubio sentía. Quería gritarle que jamás volvería a estar solo, deseaba estar ahí con él por el resto de su vida. Esto le había llevado a entender sus sentimientos hacia el profesor… Se había enamorado y ni siquiera se había percatado de ello hasta ahora… Pero, ¿qué más importaba?
Antes de que se dieran cuenta, ya se estaban besando con una pasión desenfrenada, con la cual intentaban olvidarse del horrible mundo que los rodeaba.
La ropa que cubría sus cuerpos desapareció en unos segundos y luego, sólo eran dos cuerpos desnudos que se acariciaban como si no hubiese mañana, como si aquel día fuese la única oportunidad que tenían para ser felices… Tal vez ésa sería la primera y única vez en la que sus cuerpos se unieran…
Shuichi se dejó llevar por las expertas caricias del rubio, olvidándose por completo de su alrededor. En ese momento sólo quería sentirse amado, sólo quería entregarse a aquel hombre y pertenecerle sólo a él. El mundo podía estar acabándose en ese instante, pero a ellos no les importaba… Tan sólo querían amarse hasta que ya no pudieran más, hasta que sus corazones dejaran de latir.
—No me mentiste cuando dijiste que eras virgen…—susurró el rubio sobre los labios del menor, quien arqueó la espalda suavemente al sentirse invadido por un travieso dedo que se había escabullido en su interior.
Se besaron nuevamente mientras Eiri continuaba preparando la entrada del menor con suma paciencia y cuidado. No quería lastimarle, sobre todo considerando que se trataba de su primera vez.
Una vez listos, se acomodó entre las piernas de Shuichi y dirigió su miembro hacia el diminuto orificio, empujando lenta y angustiosamente, para ir adentrándose en aquella húmeda y caliente cavidad. El menor no pudo evitar que un sonoro gemido escapara de sus labios ante la invasión. Aquello que por primera vez sentía, le generaba una extraña pero placentera sensación que subía desde su vientre y le recorría por completo. Dolía, pero era un dolor pasajero y soportable que pronto se convirtió en una sensación embriagante, que le nubló los sentidos y lo llevó al éxtasis.
—Yo… Te mataré…—susurró el rubio después del largo silencio que le siguió al orgasmo.
—¿Por qué? ¿Temes que te delate?—le preguntó sin inmutarse, acurrucándose entre los brazos del profesor.
—No puedo dejar que vivas después de todo lo que ha pasado… —Acarició el cabello del menor con cierto dejo de ternura, mientras su mirada dorada se perdía entre el doblez de las sábanas.
—Entonces, hazlo. Mátame… Libérame de este asqueroso mundo. —Shuichi se incorporó para encarar al asesino. Quería hacerle ver que no le temía ni a él ni a la muerte. De hecho, una de las razones por las que se había acercado al rubio, aún sabiendo que podría tratarse del cruento asesino, era que deseaba ser liberado por éste. Deseaba morir y así abandonar ese horrible estilo de vida que le tocó…
—Tú… ¿No me temes? ¿No temes que te mate? —Shuichi negó—. Eres realmente extraño. —Eiri posó sus ojos en los del menor buscando, a través de ellos, entender su comportamiento.
—No puedo temerte, Eiri, porque estoy perdidamente enamorado de ti… —le dijo en un susurro lo suficientemente audible, sintiéndose algo apenado por aquella declaración. Eiri le miró con espanto—. Puedes hacer lo que quieras conmigo… Mátame si quieres, déjame vivo, haz lo que se te dé la gana; porque ahora, sólo te pertenezco a ti… Mátame y luego, cómeme… hasta que no quede nada de mí para que tú y yo seamos uno solo para siempre…
—Estás loco…—dijo aún consternado. Jamás esperó una confesión de ese tipo, pero en cierto modo, se sentía feliz. Alguien le amaba y, lo mejor de todo, es que era recíproco. Eiri también se había enamorado de Shuichi, aunque no lo aceptara del todo.
—No más que tú, mi amado Blind man…
Se besaron por enésima vez, pero en esta ocasión no se trataba de un beso apasionado ni desenfrenado, sino que de uno tierno y lleno de amor.
En la habitación de aquel departamento, se amaban dos almas perdidas, cuyos destinos estaban lejos de ser felices, pero que al menos pudieron conocer a su otra mitad y descubrir, que entre la oscuridad de ese mundo había una pequeña luz que les brindaba la oportunidad de surgir de entre las cenizas como el fénix.
Ojalá y el mundo se hubiese detenido en aquel momento…
Continuará…
HiiMeKo AnGeL: Me alegra mucho que te esté gustando la historia ^^ No sólo son los nervios de Yuki, sino que su pasado juega un rol importante en su vida de actual asesino, y como se vio en este capi, es una persona muy sensible. Respecto a Shuichi, veo dificil que lo traicione, pero ya veremos jeje K es un caso aparte, pero tiene su cartita bajo la manga jaja Gracias por leer! Saludos! =)
Mariuki-chan: Hola, Mari-chan! jaja Creo que soy bruja =3 Comprendo… piensas exactamente igual que Yuki jaja y hasta pareces algo psicópata o.o Ya me das miedo xD jaja cómo crees? Claro que conozco los pitufos, si los veía cuando era niña jaja Respecto a los flaites, es algo difícil de explicar jaja pero en términos simples son generalmente ladrones, que se visten a lo Daddy Yankee y que hablan bastante mal, peor bueno… Kyaaa! Debe ser genial tener una boa, pero a mi me encantan los gatos =3 Yap, gracias por leer! Saludines!
Mandy: Jajaja con razón siempre que escucho a alguien decir que fue al psicólogo, dicen que éste está más loco que el paciente jaja No, claro que no, no es una historia policial. Al menos yo no veo que lo sea jaja nos estamos leyendo! Gracias por leer y saluditos! =)
