Disclaimer:Los personajes son de S.M, la historia es mía, y cualquier parecido con otra es mera coincidencia. Esta historia está registrada en SaveCreative, absténganse de plagios.
Summary: Antes de saltar el acantilado, Jake aparece, y Alice nunca tuvo la visión de Bella saltando. Una semana después, ella despierta de sus pesadillas y decide ir al prado de Edward, sola. Allí, Isabella Swan encuentra la muerte. Pero también encuentra otra cosa que creía perdida: una verdadera familia. AU. Vampiros. Posibles Futuros Lemmons.
Capítulo 4.
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Waking up I see that everything is OK
The first time in my life and now it's so great
Slowing down I look around and I am so amazed
I think about the little things that make life great
I wouldn't change a thing about it
This is the best feeling
oOo
Los copos de nieve caían suavemente del cielo para acabar posándose en la húmeda tierra, cubriéndolo todo con su blanco manto. El viento mecía las copas de los árboles, los pocos animales que eran lo suficientemente valientes para salir de sus madrigueras en busca de alimento se movían en silencio por el bosque, pero no lo suficiente para que yo no pudiese escucharlos.
Suspiré. Me encontraba sentada en las escaleras que daban acceso a la cabaña de madera de Victoria. Tenía las piernas recogidas contra el pecho y un brazo a su alrededor. Mi cabeza reposaba en la barandilla, y mi mirada estaba... perdida en el pasado.
Intenté recordar a los Cullen. Hacía tiempo que no me paraba a pensar en ellos detenidamente, aunque no pasaba ni un solo día en que no les dedicase uno de mis muchos pensamientos. Mis recuerdos humanos estaban borrosos, como si estuviese mirándolo todo con barro en los ojos, pero a pesar de que no podía enfocar bien sus rostros, un intenso dolor me recorrió, atravesándome, cuando pensé en él -me había prohibido volver a pronunciar su nombre. Dejé de respirar y los ojos me escocieron, como si quisiese llorar, aunque eso ahora era imposible.
Me rendí. Sabía que no iba a poder recordarles sin sentir dolor, por lo que mi mecanismo de defensa era inmediato. Mis pensamientos se dispersaron, y dejé a los Cullen en una esquina muy profunda de mi mente, dónde guardé celosamente su nombre bajo llave para que nada me recordara a ellos.
Seguí sin moverme y sin respirar. ¿Para qué? No necesitaba hacer ninguna de las dos cosas.
Aquí, en la ladera de una montaña de Canadá, en lo más crudo del invierno, no hacía falta aparentar ser normal. Ningún humano en su sano juicio estaría a estas temperaturas fuera de la cabaña. Sin embargo, yo me encontraba perfectamente con mis shorts vaqueros y mi camiseta de tirantes. Ni siquiera llevaba zapatos.
Escuché unos pasos veloces a lo lejos, que sin duda se dirigían hacia aquí, pero no me moví. Sabía de sobra quién era. El viento me trajo su aroma, y las aletas de mi nariz se abrieron, olisqueando el aire en contra de mi voluntad. El instinto era mucho más fuerte que mi mente.
En solo unos segundos, esa figura felina que tan bien conocía apareció de entre los árboles y entró en el claro con elegancia.
-¿Todavía ahí? -me preguntó con un deje de burla en su voz. Cuando se había ido hacía más de cuatro horas ya estaba sentada en las escaleras. A ella no le parecía normal -ni siquiera para un vampiro- que pasara tanto tiempo sin moverme. Decía que era malo para la salud.
Torcí el gesto, pero simplemente pareció que cambiaba la postura de la mandíbula por aburrimiento.
-Eres increíble -se rió, agitando su larga melena rojiza. Pasó rápidamente por mi lado y entró en la cabaña.
Escuché como comenzaba a revolver el armario y supuse que había empezado a hacer la maleta. Suspiré, ella sí que era increíble.
-No resoples -me riñó desde su habitación, y no pude evitar sonreír ante el tono maternal que utilizaba sin darse cuenta. Porque eso es lo que Victoria era para mí ahora, una madre, una amiga, una hermana. Ella lo era todo.
En estos últimos noventa años habían cambiado muchas cosas. Victoria, por ejemplo. Habíamos aprendido mucho la una de la otra, yo le había inculcado a ella la humanidad que creía perdida y ella a mí su sabiduría como vampiro. Antes, si le hubieses dicho que en vez de alimentarse de sangre humana lo iba a hacer de sangre de animales, no lo creería posible. Pero sí.
Nuestra dieta se basaba únicamente en los pocos ciervos que había a los alrededores de Seattle -ciudad dónde vivíamos-, conejos y pájaros. Resultaba muy triste, a veces incluso casi insoportable, pero después de tantos años las dos nos habíamos acabado acostumbrado a estar realmente sedientas y a pasear tranquilamente alrededor de los humanos. Algo increíble para nuestro autocontrol.
Teníamos un apartamento casi en el centro de Seattle y estábamos las dos matriculadas en el instituto. Normalmente, Victoria se hacía pasar por mi madre y entraba de profesora, mientras que yo interpretaba un papel más juvenil. Así conseguíamos dinero y, de paso, nos encontrábamos lo suficientemente cerca por si alguna se descontrolaba y la otra tuviese que ayudar a destruir las evidencias. Sin embargo, esta vez Vicky se negó. Decía que estaba harta de los adolescentes y de sus tonterías, y que no quería enseñarles nada. También había dicho aquello veinte años antes, así que no la tomaba muy en serio. Ahora estábamos las dos en el último curso e íbamos camino de matricularnos otra vez.
Sí, las cosas habían cambiado mucho, no sólo Victoria se había convertido en una maravillosa persona, sino que yo también me había transformado. Aparte de con mi familia, rara vez me relacionaba con nadie. Había perdido totalmente el interés en el mundo que me rodeaba, y en sus absurdos problemas. Y me había vuelto un poco más irritable.
El constante ruido de las perchas y la ropa moviéndose me molestaba. Gruñí para que Victoria parase, pero me ignoró, como siempre.
-Ha llamado Bree -anunció de repente, captando toda mi atención.
Ése era mi punto débil: Bree. Ella era una chica menuda, con el pelo castaño claro hasta los hombros y una sonrisa que podía iluminar la habitación. Bree era mi bebé. La había convertido cuando ella tenía quince años, una edad muy temprana pero no había tenido otra opción. Bree tuvo un accidente con el coche de su madre, el cual había cogido sin permiso, y se estaba desangrando. La salvé, y ahora, sesenta y cuatro años después, seguía siendo a mis ojos la neófita que era cuando la convertí. Tenía un don realmente increíble; ella sabía qué tiempo iba a hacer, sin error alguno.
Bree era el único vampiro que había convertido, y la amaba tanto como si fuese mi propia hija, que, de alguna manera, lo era.
Ahora se encontraba en París con su marido, Riley. Riley era un chico que aparentaba apenas diecinueve años, pelo rubio, bastante musculoso y una especie de hermano menor que nunca tuve. Victoria lo había convertido poco antes de Bree. Nada más verse se enamoraron, no sé muy bien como ocurrió, pero a los pocas décadas ya estaban casados y se mudaron para tener intimidad.
Puede que si yo no les hubiera inculcado desde pequeños el respeto a la humanidad necesaria, ahora mismo serían dos vampiros completamente salvajes y sin piedad por la vida humana. Pero ellos también se regían por nuestra dieta a base de animales, y estaba muy orgullosa. Para mí eran como dos hijos, dos hermanos pequeños a los que le había enseñado a vivir y a comportarse, y me encantaba ver que todos mis esfuerzos habían dado sus frutos y que ahora eran dos personas maravillosas. Al igual que había ocurrido con Victoria.
Tic, tic, tic. Más perchas colgándose bruscamente contra la barra de metal. Entrecerré los ojos.
-Dentro de dos semanas hará sol durante tres días -informó Victoria-. Podemos ir a Forks en unas pequeñas vacaciones -añadió con tono irónico..
No le contesté, pero ella sabía que le estaba prestando atención. Para mostrarme de acuerdo con su idea suspiré.
Tic, tic, tic... ¡Irritante!
Gruñí, esta vez más fuerte, y entonces paró. Sonreí levemente ante el silencio que reinó en el claro. Mi felicidad no duró más de tres segundos, tiempo que tuvo Victoria para cerrar la maleta y sentarse a mi lado en la escalera.
Sabía lo que venía ahora. La miré de reojo y vi como fruncía el ceño, concentrada en lo que estaba a punto de decir. Victoria llamaba a esto "charlas de madre a hija", aunque a mí no me hacían mucha gracia, ya que cuando se ponía sentimental podía estar horas hablando. Pero era mi madre y tenía que admitir que me gustaba que se preocupase por mí. Nadie más podía hacerlo de ese modo. Renée había muerto hacía años y no me quedaba más familia que Victoria y la manada.
Ella suspiró y giró la cabeza en mi dirección.
-Bella -comenzó-. ¿Quieres que llame a Jake? -me preguntó con dulzura.
-No hace falta -repliqué, mi voz sonó ronca después de pasar horas sin hablar, aunque seguía siendo como el replique de las campanas.
Victoria suspiró ante mi testarudez, pues esta situación ya había sucedido dos veces en la última década y lo único que conseguía ayudarme era pasar tiempo con Jacob. Ella sabía perfectamente lo que me pasaba, y lo que hacía falta para remediarlo. Ella me conocía incluso mejor que yo misma.
Alzó una mano y agarró un mechón de mi pelo para luego colocarlo dónde debía estar, en mi coleta.
-No te estás perdiendo, Bells. Sigues siendo tú, sigues siendo la misma persona humanamente insoportable que eras cuando te conocí -dijo ella, con tono cariñoso. Los primeros años que pasamos juntas yo no paraba de irritarla a ella, ya que era demasiado buena con los humanos. Ahora era al revés, Victoria era la buena y yo la que se irritaba con frecuencia.
Suspiré y me moví por fin, rompiendo la postura en la que me encontraba. Me giré hacia mi amiga y dos ojos dorados, cargados de paciencia y comprensión, me devolvieron la mirada. Los ojos de una madre que observa a su hija. Supe que yo miraba de igual manera a Bree, aunque no fuese consciente de eso.
Por un instante, me vi reflejada en sus pupilas. Había cambiado físicamente; mi piel, antes casi translúcida, ahora era fría y blanca como la tiza; mis ojos chocolate habían desparecido, sustituidos por unos de color negro ya que hacía dos semanas que no salía de caza; mi pelo color caoba, ahora completamente negro gracias al tinte, estaba recogido en una coleta. No podía encontrar ningún parecido entre el rostro que me devolvía el reflejo de las pupilas de Victoria con el que un día fue el rostro de la humana Isabella Swan.
-Me encuentro perdida, Vicky -confesé en un susurro, con voz monótona-. Siento que mis instintos depredadores, la ponzoña y todos mis recuerdos siendo vampiro me van a aplastar, que voy a olvidar quién era, que voy... a olvidarles.
Victoria entendió perfectamente a quién me refería.
-Cielo, vas a seguir siendo tú, pase lo que pase.
-Tengo miedo de convertirme en un vampiro. Tengo miedo de que este lado oscuro de mi naturaleza me domine por completo y que no recuerde lo que se sentía siendo humana, porque si olvido eso todo en lo que se basa la manera en que vivimos desaparecerá y me volveré, me volveré una asesina -susurré. Miré a Victoria, dejando que mis ojos hablasen por encima de la fachada fría que intentaba mostrar, y ella estaba allí para decirme lo que más necesitaba oír en aquel momento.
-Bella, sabes que siempre estaré a tu lado, te conviertas en lo que te conviertas -me dijo con dulzura, sonriendo como sólo ella sabía hacer-. No te abandonaré, nunca -me prometió.
Y la creí, porque sabía que era verdad.
Me lancé contra ella de repente y rodeé su cuello con mis brazos, apretándola fuerte. Victoria me devolvió el abrazo instantáneamente y me dio un beso en la mejilla.
-Gracias -susurré contra su cuello.
-De nada, cielo.
-No hace falta llamar a Jake -aseguré. Se separó un poco de mí para poder mirarme a los ojos, intentando averiguar mis emociones.
-¿Segura? -inquirió.
-Sí -asentí con la cabeza para darle más énfasis-. Tú ya me has ayudado.
Victoria sonrió y me pellizcó la nariz.
-Sabes que aquí estoy para todo, ¿no?
-Gracias, mamá -una brillante sonrisa se extendió por su rostro. Comenzó a reírse, pero en el fondo sabía que le encantaba que la llamase así.
-De nada, cielo -repitió en un susurro.
Nos quedamos en silencio, abrazadas, mirando como los copos caían. Entonces Victoria suspiró y se incorporó.
-Tenemos que ir de caza -exclamó-. Volvemos mañana por la mañana a Seattle y tú todavía con esos ojos -sacudió la cabeza con disgusto, comportándose como una madre más de lo que a ella le gustaría.
-No tengo sed -mentí.
Victoria rodó los ojos y bufó, dejando clara su postura. Me reí, por primera vez en días, y comenzamos a bajar la ladera de la montaña en busca de algún animal. Cuando el olor de una manada de ciervos se cruzó en mi camino, las aletas de mi nariz se abrieron de golpe, mi mente racional se desconectó y me entregué de lleno a la caza.
Corrí siguiendo el olor hasta dar con los animales, que se encontraban demasiado tranquilos y no vieron venir mi ataque. Me lancé a por el más grande, derrumbándolo y clavando mis dientes en su cuello. Se retorció durante unos segundos entre mis brazos de acero, pero me encontraba tan sedienta que a los pocos minutos ya había bebido hasta la última gota de su sangre.
Me separé del ciervo muerto y busqué a Victoria. Estaba sentada en la rama de un árbol, con sus ojos amarillos puestos en mí. Le saqué la lengua de forma no muy madura y olisqueé el aire en busca de otro ciervo. Un soplo de aire me trajo lo que necesitaba y comencé a correr rastreando a mi presa.
La divisé unos metros más adelante. El ciervo levantó la cabeza y me vio, asustado, comenzó a huir. De dos zancadas ya me encontraba casi a su lado, clavé las puntas de los pies en la tierra para darme más impulso y salté. Describí un arco perfecto en el aire, justo para caer sobre mi presa. Pero nunca llegué a hacerlo.
En medio de mi trayectoria, un animal enorme, peludo, de color gris y con cuatro patas se me echó encima. Caímos las dos rodando por la tierra hasta chocar contra el tronco de un árbol, que crujió ante el impacto, mientras que el ciervo escapaba victorioso -y vivo.
Algo viscoso y húmedo recorrió mi rostro.
-¡Qué asco, Leah! -chillé, alejando su enorme cabeza de lobo de mi cara. Ella soltó un aullido, que bien podía ser una risa, y me miró con la lengua -que segundos antes se había paseado tranquilamente por mi rostro - colgando a un lado. Si estuviese en su forma humana se estaría mofando de mí.
Victoria llegó a nuestro lado. Nada más verme a mí en el suelo, y con Leah encima, estalló en sonoras carcajadas, asustando a los pájaros de los alrededores. Gruñí, dejando claro que no estaba para bromas, y Leah se separó por fin.
Me levanté de un salto y la miré con cara de pocos amigos. Ella se convulsionó y se transformó, quedando con forma humana delante de nosotras. Ni se dignó a vestirse, no le gustaba tener que andar sacándose el vestido una y otra vez, y a lo largo de los años la había visto tantas veces desnuda que ya no notaba la diferencia de cuándo llevaba ropa y cuando no.
-Hola, chicas -exclamó con una brillante sonrisa. Leah también había cambiado mucho, puede que no físicamente -seguía teniendo el mismo pelo corto, castaño y sin peinar, los mismos ojos negros y la misma piel bronceada que caracterizaba a los quileute-, pero en la actitud era una persona completamente distinta. Antes se comportaba de forma brusca y hostil porque se encontraba dolida por Sam, pero desde que él se fue de la manada ahora era amable, simpática y comprensiva. Una verdadera amiga.
-Hola -saludé con un gruñido, que sólo hizo que Victoria se riese más fuerte-. ¿Qué haces aquí?
-He venido a visitaros -respondió ella-. Hacía tiempo que no se os veía. Paul no para de insinuar que tenéis una relación amorosa secreta y por eso pasáis tanto tiempo solas en esa cabaña.
Victoria y yo resoplamos al mismo tiempo. Estúpido Paul.
-Sólo han pasado dos semanas, Leah -señalé.
Ella se encogió de hombros.
-Estar todo el día en la cabeza de un par de licántropos idiotas no es muy divertido -replicó-. Echaba de menos compañía femenina. Casi llego a creer a Paul hace unos días.
-Pobrecita -me burlé.
-No insultes de tus hermanos -la regañó Victoria por otro lado.
-Da igual, ya lo saben -contestó ella, encogiéndose de hombros-. Se lo repito a menudo.
Ahora me tocó a mí reírme.
-Eso no está bien -replicó Victoria, frunciendo los labios y mirándola con gesto de desaprobación.
-Deja la niña tranquila, mamá -me reí, pasando un brazo por los hombros de Leah. Ambas arrugamos la nariz ante nuestros olores, pero aguantamos dignamente.
-Lo siento, Vicky -dijo Leah, sin embargo, y luego añadió-. Aunque siendo sincera, también he venido porque tengo que contaros algo.
-¿Qué ocurre, cielo? -inquirió Victoria, y yo me separé de ella para poder mirarla bien. Pareció acobardarse ante nuestras miradas. Raro, porque Leah nunca se acobarda ante nadie.
-Bueno... -comenzó a decir, nerviosa-. Esto... yo... que yo... -no daba continuado, se había quedado trabada en esa frase. Y se retorcía las manos, nerviosa .
-Estás empezando a asustarnos, Leah -confesé, intercambiando una mirada extrañada con Victoria.
Leah abrió al fin la boca, cuando un aullido a lo lejos la interrumpió.
-Debe de ser Jake -farfulló entre dientes-. Tengo que irme -parecía aliviada por la interrupción. Vicky y yo volvimos a intercambiar una mirada, pero no dijimos nada.
Nos acercamos para despedirnos. Le di un fuerte abrazo a mi amiga, aunque sabía que la vería el próximo fin de semana. Cuando Leah se disponía a abrazar también a Victoria, ella la detuvo.
-¿Has regado mis plantas? -cuestionó con los ojos muy abiertos. Estallé en carcajadas, aunque me ignoraron las dos. Llevábamos dos semanas en la cabaña de madera -eran las vacaciones de Navidad-, por lo que nuestro piso en Seattle había quedado vacío. Vicky tenía un montón de plantas que se esmeraba en cuidar y le había pedido a Leah que las regase en su ausencia. Al parecer, no se había acordado de ese detalle hasta ahora.
La interpelada torció el gesto.
-En realidad, sólo he ido el primer día -admitió. Antes de que Victoria pudiese replicar, se apresuró a explicarse-. Seth, Colin y Brian me acompañaron y se quedaron en vuestra casa al ver que teníais una tele de pantalla plana. Llevan allí metidos toda la semana, por eso les dije a ellos que regaran las plantas.
El bosque se quedó en silencio durante unos segundos, hasta que las dos pensamos en los tres licántropos más pequeños, incompetentes, irresponsables e incapaces de cuidar de otro ser vivo.
-Los mato -rugió Victoria, curvando el labio y enseñando los dientes.
-Hasta luego -se despidió Leah, transformándose y corriendo en dirección a Forks. Cobarde, pensé aunque sabía que no podía escucharme.
Una Victoria enfadada era algo que era mejor evitar. Si se ponía furiosa, lo mejor era dejar tierra de por medio y no ser el blanco de su ira.
-Tranquila, Vicky, seguro que se han acordado -dije sin mucha convicción.
-Más les vale -siseó ella, y sus ojos negros se entrecerraron.
Comenzamos a correr de vuelta a la cabaña, ella farfullando insultos dirigidos sobre todo a los licántropos, y yo olisqueando por si me cruzaba con algún animal. Tuve suerte, me encontré con un zorro que maté al instante. Cuando terminé de alimentarme estaba llena, no me entraba nada más en el cuerpo. Para mi satisfacción, Vicky me dijo que ya volvía a tener los ojos dorados y no me obligó a cazar otra vez.
Llegamos a casa y empecé a hacer mi maleta, metiendo en ella toda la ropa que tenía guardada en el armario. Victoria encendió la televisión, todavía de mal humor, y puso las noticias.
-... y la oleada de asesinatos sigue extendiéndose, lo que empezó con unas desapariciones en Vancouver va dejando rastro. Después de los asesinatos por la pérdida de sangre en Coquitlam y Abbotsford, el terror comienza a crecer en Seattle, temiendo ser la próxima ciudad afectada...
Paré de recoger al oír a la reportera, y tampoco escuchaba ningún sonido procedente del salón. Metí de cualquier manera en la maleta los pantalones que tenía en las manos y en un segundo me encontraba detrás del sofá, dónde una paralizada Victoria seguía mirando la televisión a pesar de que estaba con los anuncios.
-Se acercan -susurré-. Y rápido.
-Lo sé -musitó ella-. Están siendo demasiado descuidados, los Vulturis no tardaran en aparecer.
Un escalofrío me recorrió al pensar en la realeza de los vampiros. Nunca había conocido a Aro, Cayo o Marco, pero sus discípulos, Jane, Alec, Félix y Demetri, nos habían hecho una visita cuando le habíamos hecho creer a todo el mundo de Forks que había muerto ahogada en la playa. Incluso tenía una tumba, vacía, por supuesto, al lado de la de Charlie. Mi don les había llamado mucho la atención, e incluso me ofrecieron un puesto en su guardia, pero lo rechacé. Sabía que Demetri era un verdadero rastreador, capaz de localizar a alguien estuviese dónde estuviese, pero, por suerte, su don no funcionaba conmigo ni con ningún otro que estuviera bajo mi protección. Así era cómo habíamos logrado huir de las garras de Aro estos últimos noventa años.
-Vamos a tener que parar esto nosotras -declaró Victoria con el rostro serio.
-Temo que así sea -suspiré. No me gustaba luchar. Mi don funcionaba como escudo ante ataques mentales, pero no era una barrera física. Y aunque Vicky me había enseñado a pelear y sabía defenderme perfectamente, no deseaba arriesgarme. Si la perdía ahora, me volvería loca.
Ella pudo notar la preocupación en mis ojos, por lo que se levantó a abrazarme.
-No nos va a ocurrir nada -me tranquilizó.
-No temo que me ocurra nada a mí, sino a ti -expliqué al separarnos. Ella frunció el ceño, ofendida.
-Yo te he enseñado todo lo que sabes de lucha, así que si crees que podrían vencerme, tú caerías conmigo.
Rodé los ojos ante su tono de reproche, pero no contesté.
-De todas maneras, no quiero luchar -repliqué.
-Pero sabes que si atacan Seattle tenemos que defendernos -susurró ella.
-Lo sé.
-Podemos pedirle ayuda a Jake y a la manada -mencionó. No me gustaba involucrar a los licántropos en esto, no quería que luchasen contra vampiros que pudiesen matarlos de verdad, y no como en las peleas que hacíamos entre nosotros. Paul siempre se cabreaba si le ganaba.
-No pueden, su territorio se limita a La Push -contesté.
-Entonces les tenderemos una trampa -pensó Victoria en voz alta-. Podemos conducirlos desde Seattle hasta Forks, dónde les esperará la manada. A los chicos les encantará la idea.
-Ese es el problema -farfullé entre dientes. Ella se rió. Sí, a los licántropos les gustaría de más la idea-. Pero, ¿y si no funciona? -inquirí con preocupación.
Su rostro se ensombreció.
-Si no funciona vendrán los Vulturis, y no quiero que se acerquen a un kilómetro a la redonda de ti -gruñó. No le gustaba nada que Aro quisiese arrastrarme a su ejército y alejarme de su lado, como a mí tampoco me gustaría si fuese al revés. Por suerte, mi madre no tenía ningún don al que Aro quisiese aspirar a conseguir.
-Está bien -accedí a regañadientes-. Les tenderemos una trampa, pero si no funciona lo dejamos a cargo de los Vulturis. Prefiero que vengan ellos a que alguien de la manada caiga y... -no terminé la frase, pero leyó lo que quería decir en mis ojos. Y muera. Ni siquiera quería expresar ese pensamiento en voz alta.
-De acuerdo. Pero si vienen los Vulturis, tú y yo estaremos como mínimo un estado lejos de ellos -me advirtió Victoria-. Nos iremos a México, aunque tengamos que permanecer escondidas durante el día. No quiero que te encuentren -esta última frase la dijo en un susurro, pero pude escucharla igual.
-No lo harán -le aseguré.
Nos quedamos en silencio, lo único que se escuchaba era la televisión que estaba dando el parte meteorológico y auguraba mal tiempo durante toda la semana. Victoria se sentó en el sofá y cambió de canal, poniendo un curso de cocina.
Volví a mi habitación y terminé de hacer la maleta. Aburrida -y preocupada-, cogí un libro para despejar la mente y desconectar. En aquel instante lo que mejor me vendría sería una buena siesta y así despertaría con las ideas más claras. Pero, por supuesto, eso no era posible. Hacía más de noventa años que no lograba dormir. Me sumergí en las páginas de Cumbres Borrascosas, a pesar de saber donde iba cada punto y cada letra.
Antes de darme cuenta ya estaba amaneciendo. En dos segundos guardé Cumbres Borrascosas en mi mochila y cogí mis maletas. Victoria ya estaba esperándome. Procuramos no dejar ningún objeto en la cabaña y corrimos montaña abajo. No nos molestamos en cerrar con llave, pues no nos preocupaban las personas a las que les pudiese frenar una puerta. Al llegar a la carretera, entre la maleza, escondido, se encontraba nuestro Mercedes negro con los cristales tintados. Me había empeñado en tener uno, a pesar de que Vicky había insistido en que sería malo para mí tener algo que me recordase a ellos. De todas formas, siempre lo hacía, por lo que terminamos comprándolo.
Metimos las maletas en el coche y me senté en el asiento del conductor mientras Victoria arrancaba el motor. Después de conducir unos cuantos metros sobre la hierba, nos incorporamos a la carretera.
Nada más sentir asfalto bajo las ruedas, Victoria pisó a fondo el acelerador y nos lanzamos camino a Seattle.
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Hoooola. Hoy se me dio por actualizar todas mis historias :D Ya estoy de vacaciones, así que soy libre y espero actualizar más a menudo. Disculpen esta tardanza de tantos meses (estoy realmente avergonzada, culpa de los exámenes)
Muchas gracias a las personas que me dejaron review, y también a todas las que dan alerta y fav.
Sin más, me despido.
Besos,
JC.
