IV. DETINETUR
(Enredo)
.
.
.
—¿Hasta dónde pretendes llegar…?
—Hasta el final, estimado Strategos…
—Supongo que debo creerme eso, se te dan bien los finales, de todo —soltó suspirando el lemuriano Shion, antiguo patriarca.
Saga por toda respuesta simplemente asintió y se llevó la mano al pecho, le dolía lo indecible, le carcomía, y algunas pocas veces se preguntaba si le dolía sólo físicamente o es que internamente, estaba tan devastado que su malestar psíquico había encontrado a bien manifestarse de esa manera.
—¿Te molesta…?
—Un poco, tal vez es que no estoy muy acostumbrado a que me saquen el corazón para analizar puntillosamente que tanto de bueno o malo hice a lo largo de mi vida —trató de bromear.
Ante aquella tontería Shion no pudo evitar sonreír, amargamente, pero estaba sonriendo.
—A veces a mí también me molesta, pero esto terminará pronto —colocó una mano sobre el pecho de Saga, incendiando ligeramente su cosmos y procurándole un poco de calor para aminorar el dolor.
—Lo sé…
—¿Camus y Shura…?
—Se encuentran haciendo un conteo minucioso del número de espectros, no creo que encontremos problema alguno, al menos no mientras lleguemos a tiempo hasta Atenea, antes de las doce horas, una vez que estemos en la superficie… he hablado ya con Camus, específicamente de la situación en los doce recintos sagrados…
Obvió decir que más que hablar, tuvieron un encuentro… intenso… en el cuál se arrojaron las verdades al rostro, las verdades y la mierda de sus respectivas personas, aderezadas con una que otra caricia pornográfica y urdieron planes para resquebrajar la orden desde adentro… eso no lo dijo, de todos modos no había necesidad de hacerlo, Shion era lo suficientemente hábil para saber o imaginarse que las cosas no eran sencillas y que si ya habían perdido el orgullo como guerreros de Atenea, no importaba perder un poco más.
Shion asintió y le observó marcharse, en su andar solitario, pensativo. Estaba completamente seguro de que Saga tenía algo más entre manos, no sabía exactamente qué, pero algo le mantenía en constante vigilia… aparte de Camus.
Saga por su parte, pensaba que ya no había nada más que perder, alguien como él, ya no tenía nada de que lamentarse en esa guerra, bien lo había dicho Radamanthys en su momento… y a veces… la venganza podía resultar también un acto de piedad…
—¿Nervioso…? ¿Cómo una linda corista antes de salir a dar el espectáculo? —fueron las sardónicas palabras del feroés mientras se hundía de nueva cuenta en el cuerpo del arcadio, sin miramientos, sin nada más en la mente que el hecho de copular.
Saga, de espaldas a él, estaba pensativo, gimiendo de vez en cuando, en especial cuando sentía los labios asesinos del Juez contra su piel, siseando, acariciando con brusquedad.
—¿Te gusta no…?
—¿Qué?
—Ese sujeto… los humanos son algunas veces tan predecibles…
—No sé de qué me hablas, ¿sabes?, me parece extraña tu costumbre de estar hablando mientras follas, ¿por qué no simplemente te callas y te concentras en la polla que…? —el arcadio no terminó de lanzar aquella obscenidad, el ritmo violento de cuerpo que tenía tras de sí fue su única respuesta.
—A Aiacos le gustó, francamente no comprendo por qué, yo lo encuentro… más bien simple… —comentó, abrazado a la cadera del griego, alcanzando el éxtasis, sintiendo como su sexo palpitaba entre las paredes calientes que le ahorcaban dentro del cuerpo de aquel hombre que a veces parecía ni siquiera inmutarse.
Correrse… correrse como el depravado que era…
—Quizás en eso estriba la belleza… en su fragilidad.
—Estás de broma, ese hombre de entre todos, me parece el menos frágil…
—Bueno, si has terminado me voy, no me interesa intercambiar opiniones acerca de lo que te parece o no de Camus. —Dicho lo cual, lo empujó haciendo que saliera del interior de su cuerpo en un sonido húmedo, casi untuoso.
Reacomodó la ropa mientras las pupilas ambarinas le desnudaban nuevamente como hace años, como cuando él sólo era un niño.
—Te esfuerzas en defenderlo, en protegerlo, así que debo de imaginar que te gusta de alguna manera… da lo mismo, muy pronto, en unos días, de ustedes no quedará más que el recuerdo…
—¿Y Kanon…? —inquirió impasible el heleno.
—Está con Atenea, está bien… vamos, ¿no confías en mí?
—No, no confío, ni en ti ni en nadie, no te lo tomes personal —se burló, intrépidamente atrapó su cuello entre los dedos, apretándolo.
—¿Qué vas a hacer…? ¿Abrirte la cremallera?
—No, eso sería… ser como tú… y de follarte a ti a hacerme una paja, prefiero lo segundo.
—O que te la haga tu hermano… o el francés… ¿No?
Saga lo soltó tan intempestivamente como lo había atrapado, Radamanthys dio un paso atrás por el impulso, y tuvo que admitir que por un instante pensó en que el griego se le iría encima y acabaría abriéndole las piernas… lo cual, en honor a la verdad, le habría dado curiosidad más que rabia…
Se llevó las manos al cuello, a donde aquel maldito estratega de mierda había apretado haciéndole sentir dominado, aunque sólo fuesen unos segundos…
—Interesante… estás hecho de una madera especial… Saga Stefanes.
—De una o de otra forma te haré cumplir tu palabra.
—¿Tú?... Suena a una chabacanería de tu parte…
—Puedes contar con ello —. Las palabras del arcadio habían sonado con tal seguridad que hicieron dudar al Juez, pensó en que definitivamente no los iba a dejar estar solos mucho rato en la superficie, los mantendría vigilados.
Tiempo atrás ya había fraguado la manera de deshacerse de esos dos, de Saga y de Kanon, lamentablemente se habían pospuesto sus planes por algunos pequeños errores de cálculo… mismos que Aiacos no paraba de recordarle y de burlarse constantemente, ni cuando estaban en la cama, esa costumbre de estar hablando entre las sábanas se la había heredado él…
