Buenas a todos.
Sé que hacía meses que no actualizaba mis historias, pero mi alejamiento ha sido por motivos personales.
He recibido numerosos mensajes preguntando por mi, e incluso mostrándome su apoyo. ¡Muchísimas gracias, de verdad!
Ya he vuelto y procuraré actualizar con mayor prontitud estas historias abiertas.
Espero que os guste este nuevo capítulo de las aventuras de Saga, Kanon y Radamanthys.
¡Un abrazo!
3. La segunda misión
—Esto es una auténtica mierda…
La queja provenía de la cama plegable de Saga, quien se revolvió con un quejido al haber dormido directamente sobre la tabla de madera que hacía las veces de somier.
El crujido de sus articulaciones se sumó a su estómago pidiendo comida.
Aquel movimiento despertó a su hermano, quien comenzó a bostezar sonoramente por sueño y por hambre.
El único que parecía dormir era el Wyvern, quien daba la espalda desde su tabla a los gemelos.
—Saga— susurró su hermano—, ¿crees que está dormido?
—Ni idea— respondió el mayor—, pero espero que sí para que hoy nos deje tranquilos un poco…que entre los golpes que nos arreó anoche, el haber dormido sobre una maldita tabla y no haber comido estoy hecho trizas.
La luz del sol comenzó a colarse entre los barrotes, iluminando la celda. Kanon se incorporó de su tabla y se dirigió hacia la puerta a intentar mover los barrotes, inútilmente, suspirando por la imposibilidad de salir de aquel lugar.
Su hermano mayor se sentó a su lado y ambos comenzaron a contarse los moratones y otras dolencias que habían brotado en sus pieles durante la noche.
—Y encima no puedo ducharme— gimoteó Saga—. Esto es una injusticia…
Nada más decir esto, las aguas frente a la cárcel se agitaron y de ellas surgió Tethys, quien se acercó sigilosamente sujetando el casco bajo el brazo. Al ver a los dos gemelos pegados a la puerta, echó un vistazo rápido a ambos lados. Por último giró sobre sí misma antes de alcanzar la celda.
—Vaya caras tenéis— susurró la muchacha con cierta preocupación—. Tomad, pero no digáis nada de esto a nadie, ¿de acuerdo?
Rápidamente, la nereida ofreció su casco a los dos guerreros, donde había varias piezas de fruta. Las manos de Kanon apañaron con avidez la comida, pasándosela a su hermano.
—¿Qué le pasa a Radamanthys?— preguntó la danesa, al percatarse de que el inglés seguía durmiendo—. ¿Se encuentra bien?
—No sé— respondió Kanon engullendo una manzana—. Es raro que no esté despierto.
La nereida se colocó el casco de nuevo y sacó la llave que abría la puerta de la celda, entrando dentro.
Los dos gemelos observaban a la joven rubia y al verla acercarse al lecho del Wyvern, Kanon musitó un "no lo hagas…"
—¿Señor Radamanthys?— susurró la muchacha, moviendo el cuerpo del inglés suavemente—. ¿Le ocurre algo?
Para su sorpresa, el inglés abrió los ojos lentamente, parpadeando con suavidad.
—Estoy muy cansado— musitó él, permaneciendo quieto.
—Pues hoy os tocará trabajar con Io de Escila— informó la joven—; os he traído fruta para desayunar, aunque las órdenes eran no daros nada hasta que regresaseis de la misión…así que será mejor que se apure para comerla, porque si Io se entera de que os he dado comida…
El juez del Inframundo giró la cabeza y contempló a la joven que tenía al lado.
Saga y Kanon observaron la escena y se prepararon para lanzarse encima del Wyvern, en el caso de que le diera por descargar su furia sobre ella.
La tensión se mascaba en el ambiente, hasta que el inglés despegó los labios.
—¿Fruta? Yo necesito whiskey para empezar el día.
La nereida se quedó helada en el sitio, sin saber qué hacer. Lanzó una mirada interrogativa a los gemelos, quienes se hallaban en estado de shock por aquellas palabras.
Al final fue Kanon quien arrojando los restos de la manzana, se incorporó del suelo y se dirigió al Wyvern, sentándose sobre él.
—Vamos a ver si te enteras, porque parece que no captas lo que está sucediendo. No estás en un resort cinco estrellas y Tethys no es una camarera. Ella se ha arriesgado a traernos fruta para desayunar a sabiendas de que no podíamos comer nada hasta que terminásemos la misión de hoy. Así que— dijo golpeándole con el índice—, vas a comerte la fruta y el alcohol lo dejas para cuando estés en tu asqueroso templo, ¿me has entendido o te lo repito de nuevo?
Los ojos ambarinos del Wyvern se tornaron rojizos y enseguida se montó un follón entre ambos guerreros. Saga cogió en volandas a la muchacha que se hallaba en medio y la retiró a un lado.
—El hambre les altera— se excusó ante la joven, quien en esos momentos se sentía alterada—. No te preocupes, un par de golpes…— Radamanthys mantenía cogido a Kanon por el cuello—…un par de golpes, como te decía y ya verás cómo se amansan las fieras.
—Creí que Baian exageraba con lo de las peleas— dijo socarronamente una voz a sus espaldas—, pero ahora compruebo que no.
El caballero de Escila surgió completamente de las aguas y se acercó a la celda, entrando dentro.
—Salid de aquí—ordenó el general a Saga y a Tethys—. ¡Constricción de serpiente!
El ataque provocó que dos serpientes se enroscaran alrededor de los cuerpos de Kanon y Radamanthys, impidiéndoles seguir peleándose.
Cuanto más intentaban zafarse de las serpientes, más constreñían éstas a sus víctimas.
—¡Io, basta ya, que los vas a matar!— gritó la nereida, al ver cómo los rostros de ambos guerreros se empezaban a tornar azulados.
El chileno miró de reojo a la joven y con un suspiro y un chasquido de dedos, los ofidios desaparecieron, haciendo que los dos hombres se precipitaran al suelo.
—Que conste que sólo lo he hecho porque te aprecio— siseó el general, dándole una patada a los restos de fruta esparcidos—, pero no deberías consentirles tanto…
La danesa agachó la cabeza y asintió con la cabeza, sacando la cuerda para atar a los tres guerreros y acompañar a los cuatro hombres de vuelta al reino de Poseidón.
Una vez en aquel lugar, el general marino sujetó la muñeca de la muchacha.
—¿Síndrome de Estocolmo pero a la inversa? — y dejó marchar a la joven—. Vosotros, seguidme.
Io comenzó a andar seguido por unos agotados guerreros, salvo Saga, cuya única preocupación era no haberse podido duchar.
—Deja de quejarte— gruñó Radamanthys desde atrás—, que al menos tú has podido comer algo.
—Disculpa— respondió Saga, que iba delante de él—, pero anoche me propinaste unos golpes que han impedido mi descanso, así que tengo derecho a quejarme no sólo de no ducharme.
—Yo no he descansado, no he desayunado y encima una serpiente casi me asfixia— cortó tajante el Wyvern.
—No has desayunado porque no te ha salido del nabo, pedazo de cretino— respondió esta vez Kanon, quien iba a la cabeza de la comitiva.
—¿Qué me has llamado?— preguntó el aludido, enfureciéndose.
—Cretino— dijo Saga.
—¡Silencio!— gritó el general, visiblemente irritado por la jarana que estaban montando los tres—. ¿Será posible que no podáis callaros ni debajo del agua, literalmente?— dijo apuntando el dedo hacia el techo acuático.
Al llegar al pilar del Pacífico Sur, el general desató a los tres desgraciados. Miró a cada uno y sacudió la cabeza.
—Sólo han pasado un par de días y estáis hechos trizas, dudo de que estéis en condiciones de realizar la misión que me ha encargado mi dios…— dijo en voz baja, observando las diversas magulladuras repartidas por los cuerpos de los tres.
Saga y Kanon se miraron y por un momento la esperanza resurgió en ellos. Radamanthys permanecía cabizbajo, sin apenas mover un solo músculo.
—Sin embargo— declaró el general—, las órdenes hay que cumplirlas. Por lo tanto, iremos a un caladero de atunes. Tengo órdenes de entorpecer las actividades pesqueras en ese caladero, ya que la sobreexplotación de esos túnidos está acabando con algunas especies, concretamente de atún de aleta azul. De la protección del atún rojo se encarga Sorrento, pero estamos coordinados para evitar la sobrepesca. ¿Alguna pregunta?
Kanon alzó la mano.
—Los atunes son muy veloces, ¿qué pretende Poseidón que hagamos?
—Os lo explicaré cuando lleguemos allí…—respondió misteriosamente el general—, ahora pongámonos en marcha.
Dicho y hecho, los cuatro guerreros se dirigieron rápidamente hacia el océano Pacífico, en busca del caladero de atunes.
Los cuatro emergieron a la vez sobre las aguas.
—Mirad allí— indicó el general.
Al girar las cabezas, los tres hombres pudieron contemplaron una gran flota de buques pesqueros faenando sin tregua.
Los gritos de los pescadores dando órdenes y lanzando las inmensas redes al mar contrastaban con la aparente calma de las aguas.
Io se sumergió de nuevo y buceó alrededor, tomando nota de todo lo que estaba sucediendo por debajo.
Una enorme malla verde se extendía por debajo de los buques y en ella podía ver a los atunes nadando a gran velocidad, desconcertados. Además, otras especies de peces se enredaban inevitablemente y el general pudo acercarse lo suficiente para ver los primeros cadáveres enganchados a la red.
Regresó junto a los hermanos y el Wyvern.
—Esto funciona igual de mal que la pesca de arrastre…— musitó indignado el chileno—. En lugar de pescar los atunes, se están llevando otras especies.
—Ya, eso está muy bien pero, ¿qué se supone que tenemos que hacer?— insistió Saga.
El general se mesó la barbilla.
—De momento, cortaremos las redes para liberar a los animales atrapados en ellas.
—¿Y con qué vamos a cortarlas?— preguntó Kanon—. Oh, siento no llevar conmigo unas tijeras. Qué lástima…
—¿Le das tú?— respondió el Wyvern, dirigiéndose a Escila—. No tengo fuerzas para pegarle.
El general marino se quedó consternado y resopló una maldición.
—Será que no tienes fuerzas para desgarrarlas con tus manos— respondió el chileno—. ¡Y déjate de monsergas, tenemos que ir a liberar a los peces antes de que sean arrastrados a la borda!
Rápidamente los cuatro hombres comenzaron a nadar en dirección a los buques.
—Tomad esto— dijo Escila, entregándoles unas piedras de color ambarino irisado—, si lo lleváis con vosotros, podréis aguantar la respiración bajo el agua durante más tiempo.
El Wyvern tomó una de las piedras y la observó atentamente.
—Oricalco…hacía siglos que no lo veía…
—Efectivamente, es el material principal con el que están realizadas nuestras escamas marinas— afirmó el general—; procurad no perderlas. No tenemos mucha cantidad, por lo que estos pedazos os alcanzarán para aguantar una hora sin tener que tomar aire. Guardadlas bien y no las perdáis bajo ningún concepto. Este material es más codiciado que el ámbar gris y Poseidón no toleraría que cayera en las equivocadas manos.
Al ver que Saga y Kanon observaban con una sonrisa siniestra aquellas piedras, Io frunció el ceño.
—Aunque creo que ya es demasiado tarde…
Dando la orden de guardar apropiadamente los pedazos de oricalco, los cuatro se sumergieron rápidamente.
Al llegar a las redes, pudieron comprobar que algunos pesqueros comenzaban a ascender las redes, por lo que rápidamente cada guerrero se dirigió a una red para comenzar a desgarrarlas y liberar así a los animales atrapados.
En la cubierta de uno de los buques, un pescador se rascaba la cabeza al ver que la máquina remolcadora de la red parecía ir más rápido de lo habitual.
—Capitán, algo raro sucede. O no estamos pescando atunes o hay algún problema con la red.
El capitán, un hombre recio de piel curtida por el sol, se asomó y observó los pocos pececillos que empezaban a emerger.
—¿Habéis extendido bien la red?— preguntó a uno de sus subordinados, quien asintió recogiendo un cangrejo enredado—. No me explico esto entonces…
Solo cuando comenzaba a asomar el último trozo de red, se percataron del desgarro de la misma.
—¡Santo dios!— exclamó el capitán—¿¡Pero qué narices ha pasado con la red de pesca!?¡Rápido, subidla a bordo!
Una vez remolcada y con apenas una decena de peces que no habían podido desenredarse confirmaron sus peores temores.
—Esto no ha podido hacerlo un animal…— musitó el jefe de la embarcación, quien rápidamente se dirigió al puesto de mando y habilitó la radio para contactar con los otros buques.
—Aquí el capitán del Pitcairn Sunset, ¿me recibe alguien? Corto.
Unos segundos después, se escuchó un tremor en la radio y una voz algo distorsionada se presentó.
—Le recibo, Pitcairn Sunset. Aquí el Timaru Queen. ¿Qué sucede? Corto.
—¿Qué le habéis hecho a mis redes? Corto— respondió el capitán, visiblemente molesto.
—¿Tus redes? Querrás decir las mías, que están desgarradas completamente— replicó el capitán del Timaru Queen.
De repente los gritos de la tripulación del Pitcairn Sunset obligaron al capitán a salir a cubierta, dejando la comunicación abierta.
—¡Capitán!— gritó su segundo de a bordo, sujetando unos prismáticos—. ¡Mire al resto de buques, también están izando redes rotas!
Arrebatándole los binoculares, el capitán miró en dirección a los otros tres barcos, donde la algarabía y el caos reinaban en cubierta y se escuchaban insultos y gritos en diferentes idiomas, probablemente insultándose mutuamente.
Bajo el mar, los cuatro guerreros habían destrozado las redes y los animales habían huido sin mirar atrás, alejándose de aquella trampa mortal.
Io indicó a sus compañeros de trabajo que se alejaran del lugar para poder emerger en un lugar seguro, lejos de las miradas de los tripulantes.
—Ya está— dijo el general, con esto tienen bastante. Ya no pueden faenar más por aquí, deben regresar a tierra para poder remendar las redes. Gra…
No pudo terminar de agradecer a los guerreros cuando escucharon una detonación cerca de ellos.
—¡¿Qué ha sido eso?!— gritó Kanon mirando alrededor.
Un asegunda detonación más cerca les confirmó sus sospechas.
—¡Nos están disparando!— exclamó Saga señalando a un barco, en cuya cubierta podían divisar a un hombre armado con una escopeta, mientras el barco comenzaba a poner rumbo hacia ellos y otros tripulantes se unían a la caza de aquellos cuatro seres causantes de aquel revuelo.
Para su desgracia, el capitán del Pitcairn Sunset había divisado a aquellas cuatro cabecitas flotando sobre el agua, cuando barría las inmediaciones con los binoculares.
—Por las barbas de Neptuno...— gruñó contrariado—. ¿Son sirenas eso que veo?
Su segundo de a bordo recogió los prismáticos.
—No mi capitán…son cuatro hombres…¿pero quiénes son?
Mesándose la barba, el capitán respondió.
—No lo sé, pero estoy seguro de que han sido ellos los que han roto las redes. Alcánceme la escopeta.
Sin tiempo que perder y viendo que sus vidas peligraban, los cuatro guerreros se zambulleron en el agua y nadaron a otro lugar.
—Tenemos que irnos de aquí inmediatamente— sugirió Kanon—, regresemos a la Atlántida.
—No— contestó tajante el Wyvern—. Nos han atacado y debemos responder a ese ataque.
—¿Estás loco?— contestó el gemelo menor—. ¿Qué pretendes hacer?
Radamanthys sonrió de medio lado y se zambulló de nuevo, buceando a toda prisa hacia uno de los buques.
Un par de minutos después se escuchó un estruendo, y a continuación el barco comenzó a hundirse rápidamente. Los pescadores saltaban a las barcas huyendo del naufragio.
—¡Voy a mandarle a Lune más trabajo!— exclamó el Wyvern con una carcajada siniestra, listo para hundir otro de los barcos.
—¡Excelente decisión!— apoyó Io—. Me voy a cobrar la vida de estos pescadores, un sacrificio digno para mi señor.
Antes de que Saga pudiera retenerle, el general se sumergió de nuevo y atacó otro de los barcos.
—¿Qué hacemos?— preguntó Kanon confuso a su hermano gemelo.
—Tenemos que pararles o morirán inocentes. A pesar de que nos han disparado, tenemos que protegerles, es nuestro deber.
Sin pensárselo dos veces los gemelos unieron fuerzas para crear Otra Dimensión y enviar el resto de barcos y sus tripulantes lejos de aquellas aguas.
Io se quedó perplejo al ver como el segundo barco que iba a atacar desaparecía delante de sus ojos. Radamanthys emergió a la superficie contrariado al ver que sucedía lo mismo con el barco al que acababa de abrir un boquete.
—¿Pero qué coño hacéis?— rugió iracundo el juez del Inframundo—. ¡Aquellas almas pertenecen a Hades!
—¡De eso nada! ¡Son gente que no merece morir!—respondió Kanon—. ¡No hemos venido a matar gente sino a salvar a los animales!
—¡Pero han intentado matarnos, merecían ser castigados!— gritó de vuelta el Wyvern, lanzándose a por el gemelo menor.
El general marino se pasó la mano por el rostro indignado, interponiéndose entre ambos.
—Regresemos a la Atlántida. Ya veréis la que os espera por parte de Poseidón.
Sin decir nada más, Io y los tres guerreros regresaron de nuevo al reino submarino, donde ya les esperaba el dios sentado en su trono.
Mientras Escila les ataba las muñecas, Tethys contemplaba la escena a lo lejos, preocupada por los acontecimientos que se desarrollarían. Tomó la tablilla donde apuntaría lo que había sucedido y se dirigió al interior del templo de Poseidón, colocándose a su vera.
—¿Qué ha pasado esta vez?— preguntó el dios, paseando la vista entre los cuatro hombres arrodillados frente a él.
Un silencio espeso se instauró hasta que el general marino se decidió a hablar.
—La misión ha sido concluida con éxito. Liberamos a la gran mayoría de criaturas atrapadas en las redes, tal y como se me exigió.
El dios tamborileó los dedos sobre el reposabrazos de su trono, mientras cruzaba las piernas.
—¿Y qué más?
Kanon le pegó un codazo a su hermano para que hablara.
—Mi señor, los pescadores que faenaban en aquellas aguas trataron de matarnos con armas de fuego.
Este hecho sorprendió al dios de los mares, quien alzó una ceja contrariado.
—¿Os vieron?— preguntó a su general—. ¿Cómo habéis podido permitir que os localizaran? Se supone que estas acciones deben ser realizadas en el más estricto anonimato.
—¿En serio?— preguntó el gemelo mayor—, pues aquí el Unicejo junto a tu general decidieron por su cuenta atacar a los pescadores. Destruyeron tres de los cuatro barcos y da gracias que mi hermano y yo enviamos a la gente y sus barcos a otro lugar.
Io sonrió abiertamente esperando recibir las congratulaciones de Poseidón. Sin embargo, la mirada acuática del dios se congeló y golpeó su tridente contra el suelo. Los presentes se agitaron nerviosos, hasta el lapicero que sujetaba Tethys se escurrió entre sus manos.
—¡Insensatos!— rugió contrariado—. ¡Mis órdenes fueron liberar a los animales, no matar humanos! ¿Tenéis idea de lo que esto supone?
La sonrisa en el general marino se esfumó rápidamente.
—Pero mi señor— carraspeó el chileno—, usted desde tiempos mitológicos se ha cobrado vidas humanas…pensé que eso le agradaría.
—¡Silencio Escila!— golpeó de nuevo con el tridente el suelo y se incorporó del trono—. Mi deber ahora mismo es garantizar las buenas relaciones con mi sobrina y con mi hermano. Cobrarme una vida humana sólo beneficia a Hades y me enemistaría con Atenea. ¡Me habéis puesto en un compromiso difícil de solventar!
Radamanthys decidió intervenir, alzando la mano.
—Con el debido respeto, mi señor, creemos que nadie ha fallecido, debido a que los Repetidos enviaron a los hombres a otro lugar.
Poseidón se quedó unos segundos observando al juez del Inframundo y después a Saga y Kanon.
—Vosotros, acercaos— pidió con una orden.
Ambos hermanos se acercaron al dios y se arrodillaron de nuevo. Poseidón apuntó con su tridente a Kanon.
—Por una vez, y sin que sirva de precedente, debo felicitarte. A ti y a tu hermano— dijo moviendo el tridente hacia Saga—. Gracias por actuar en consecuencia. Sin embargo, no puedo obviar lo que Radanabis ha hecho.
—Se llama Radamanthys, señor— susurró Tethys con una sonrisa en la cara.
—Como se llame— solventó el dios—. El caso es que debo castigaros porque no habéis trabajado en equipo, y el que inició todo este problema fue el siervo de mi hermano. Así que mi sentencia de hoy supone que mañana pasaréis la jornada limpiando todo mi reino. Os dejaría sin cenar, pero no puedo mataros de hambre. Eso sí, frugal. Pan y agua. Esto es todo por ahora.
Y dando otro golpe en el suelo, mandó a Tethys para que acompañara a los tres guerreros, mientras ordenaba a Io quedarse dentro del templo.
—Pues vaya— musitó Saga—, para una vez que hacemos las cosas bien, van y nos castigan.
—Y la culpa es del Unicejo este apestoso— gruñó Kanon, tirando de la cuerda para hacer que el juez tropezara—. ¡Tú y tu instinto asesino!
Radamanthys gruñó una maldición y cuando llegaron a la celda, se fue directo a su tabla para echarse.
—Estoy hasta los cojones de estar aquí.
Los dos gemelos se miraron contrariados pero se limitaron a mordisquear el pan que les había entregado la nereida antes de desaparecer.
— Me pagarás esto Unicejo— amenazó Kanon—. Esto no va a quedar así.
—Que te den por culo— respondió el juez, sin darse media vuelta, herido en su orgullo.
Y así se inició otra nueva discusión entre los tres, encerrados en esa cueva, sin más compañía que ellos mismos.
No lejos de allí, Tethys contemplaba las figuras de los tres hombres discutiendo acaloradamente. Una sonrisa se dibujó en sus labios, mientras recogía las piernas y seguía atentamente las vicisitudes de aquellos tres, dejando escapar alguna risa cuando escuchaba los improperios que se dedicaban unos a otros.
Sin ser consciente de ello, alguien observaba en la oscuridad a la joven danesa. Alguien quien esbozó una sonrisa maquiavélica al percatarse del interés de la muchacha.
