Disclaimer: Todo pertenece a Nickelodeon y a Dan Schnneider.
Celos
Cuando Brad llega con su deliciosa comida no puedes evitar ser atraída por la misma y por su creador. Saborear las delicias que sólo ese chico sabe hacer logra la felicidad eterna en tu paladar.
Te sientes en el mismísimo paraíso, aunque, admitámoslo, jamás has sido muy creyente de esas cosas.
Y una efímera parte de ti siente que está olvidando un detalle, pero la comida a tu disposición es más importante para ti en ese momento. Halagas al maravilloso chef y su sonrisa derretiría a cualquiera, menos a ti, pero aun así le sonríes de vuelta.
— ¿Se están divirtiendo?— y la pregunta resuena en tus oídos varias veces. No sabes si es gracias a que la comida te está haciendo delirar o es el increíble tono irritado que él ha utilizado.
Volteas y no puedes estar más sorprendida con lo que ves, te sentarías en el suelo a reírte con ganas, pero al parecer a él no le haría gracia.
¡A un demonio! ¿Y por qué tienes que aguantarte las ganas de reír? Lo haces, reír digo, dejas la comida momentáneamente en la mesa, prometiéndole que pronto volverías por ella, agarras tu estomago y te ríes a carcajadas, mientras lentamente te deslizas hacia el suelo.
Brad te observa extrañado. Y Freddie frunce el seño aún más.
— Si, Benson, estamos divirtiéndonos. ¿No es así, Brad?—la idea de hacerlo rabiar es algo que estás dispuesta a lograr, costase lo que costase.
El maravilloso chef los observa a ambos, alternativamente, y no sabe exactamente por qué, pero decide asentir ante las palabras dichas por ti. Y entonces la logras tu objetivo, porque Freddie observa a Brad con ganas de asesinarlo, pero parece pensárselo mejor y tomar otra decisión.
Sus pasos se dirigen indudablemente a la puerta y no puedes evitar levantarte instantáneamente.
— Bien, entonces los dejo solos, Puckett.— y justo antes de que logre abrir la puerta posas una mano sobre la suya.
Estás sorprendida de tu rapidez, debes recordarte que tu dieta de jamón, tocino y demás calorías han hecho maravillas en tu organismo.
— ¿Acaso tienes celos, Benson?— le cuestionas aún en esa extraña posición.
Freddie bufa.
— No te creas tanto, Puckett.— te responde, enojado.
Entonces sonríes. Y también bufas.
— Eres un imbécil, Freddie.— sueltas algo exasperada.
— Y tú eres insoportable, Sam.— él se voltea y simplemente te besa.
Le correspondes. No puedes evitar hacerlo, todo el pequeño teatro que ha montado él te ha parecido divertido. Es, quizás, la primera vez que lo observas sentir celos de algún chico que se haya acercado a ti.
Y es extraño, pero también te gusta.
End.
