Capítulo 4

Las espuelas de sus botas golpeaban con fuerza el pasillo de mármol con cada uno de sus pasos, mientras las faldas de ella crujían a su lado al intentar seguirle. Killian sintió cómo le miraba y le devolvió la mirada con una expresión seca e interrogadora.

— ¿Por qué siempre pareces tan serio?

Killian emitió un suspiro de impaciencia y trató de ignorarla, pero Emma no iba a permitirlo.

—Entonces, coronel. Sobre esos espías, ¿qué va a pasar ahora?

La miró de reojo y después dijo en voz baja:

—Su padre y yo elegiremos a un pequeño grupo de hombres bien entrenados para protegerla. Ellos la sacaran del palacio y la esconderán en un lugar seguro hasta que yo pueda atrapar a los miembros que quedan de la organización de el Hatter.

— ¿A dónde me llevarán? —preguntó, con los ojos muy abiertos.

—A una villa fortificada.

— ¿Qué es eso? —exclamó.

Él se acercó y le pellizcó la mejilla, divertido por su expresión de alarma.

—Ah, es una pequeña casa de campo con algunas ingeniosas fortificaciones. Estará perfectamente segura allí. Piense en ello como en unas vacaciones rurales —sugirió.

—Rurales. —Arrugó la nariz—. ¿Pueden venir mis amigas?

—No. Tendrá que arreglárselas sin su cortejo por un tiempo —dijo, no sin sarcasmo—. Tendrá también que limitar mucho el servicio. Y nada de animales.

Emma frunció el ceño.

—No creo que me guste.

—No es opcional.

—Me aburriré como una ostra. —De repente, se volvió hacia él—. ¿Vendrás conmigo, Killian?

Él se encogió de hombros.

—Ehm, no.

Le miró fijamente de esa forma tan inteligente que nada tenía que ver con su imagen de cortesana frívola.

—Deberías. Podría tomárselo como unas vacaciones.

—Tengo espías que atrapar, milady.

—Mmm —dijo, mirándole con desconfianza.

Al llegar a sus aposentos, encontraron a August que esperaba fuera de la puerta.

—Por Dios, coronel, ¿qué le ha pasado? —El oficial gritó al ver la sangre de su camisa.

—Ah, lo normal —gruñó.

Envió a August a buscar unos cuantos hombres de la Guardia Real para que fueran al laberinto y se ocuparan de los cadáveres. Después ordenó que pidiese audiencia con el rey de inmediato. August le dirigió una marcial reverencia como contestación, y Killian sonrió divertido al ver que su subordinado robaba una mirada enamorada a la Joya del Reino.

Ella le respondió con una inspiración altanera, la nariz al aire. El teniente se apresuró a retirarse.

—Es inofensivo —rió Killian mientras quitaba el cerrojo de la puerta.

—Pues, dile que puede guardarse sus ojos, gracias —dijo orgullosamente.

Killian se rió aún más. Como si no le gustase que todos los hombres fueran sus esclavos, pensó con Ironía.

—Quédate aquí. Volveré en un momento. Grita si alguien se acerca.

Abrió la puerta lentamente y entró en su habitación, con el arma desenfundada. Killian era siempre un objetivo, por lo que existía la posibilidad de que hubiesen entrado en su habitación. Se tomó un momento para escuchar y oler el aire, y recorrió sigilosamente a continuación cada una de las habitaciones, hasta que estuvo seguro de que no había peligro. Volvió a la entrada, y condujo a la princesa al interior, cerrando la puerta tras ella.

No era muy apropiado llevarla a su habitación, pero tampoco estaba dispuesto a dejarla sola en estos momentos. Su majestad no esperaría menos de él. Además, sólo sería un momento, lo suficiente para coger algo de ropa limpia de sus baúles de viaje, traídos a su habitación hacía sólo unas horas desde el barco.

La habitación estaba a oscuras. Pensó que si encendía alguna vela, la luz podría ser vista a través de la ventana, así que no se molestó en alumbrar nada. Se acercó a uno de los cofres dejados en mitad del suelo y lo abrió mientras oía los pasos ligeros y danzarines de Emma, que exploraba a placer por sus dominios privados.

Desde luego, ella se sentía como en su casa, pensó Killian con sorna. Para alguien que era objetivo de un secuestro, no parecía demasiado preocupada.

«Porque se siente segura conmigo.» El pensamiento revoloteó por su mente. Trató de ignorar el dolor que esta revelación le producía, y sacó una camisa almidonada de linón y un pañuelo limpio. Se los puso con rapidez y abrió después otro baúl para sacar de él un chaleco y una chaqueta; negra, por supuesto.

Se divertía desempeñando el papel de siniestro sicario del rey, algo que mantenía a los cortesanos alejados. Se tratase de envidia o de simple prejuicio contra su sangre gitana, lo único que él sabía era que ni valían la pena, ni debía confiar en ellos. Le consideraban un aventurero calculador y se decían unos a otros que algún día se convertiría en. el sucesor del rey. Siempre que volvía a casa, le probaban para ver lo lejos que podían presionarle. Sabían que nunca infringiría la nueva ley del rey en contra de los duelos, y él se negaba a pelear bajo el techo de David.

Se abotonó el chaleco en la oscuridad y entró en la habitación donde se encontraba Emma, bañada por la luz de luna, junto a su cama. Miraba fijamente la guitarra. Cuando tocó las cuerdas, la fina guitarra dejó escapar un triste sonido.

— ¿Qué hace? —preguntó en voz muy baja.

Ella retiró la mano.

—Nada.

Killian se acercó y cerró la funda, entrecerrando los ojos mientras la miraba.

—Vamos.

Dio media vuelta y caminó en silencio fuera del dormitorio. Ella le siguió. Justo en el momento en que cogía la chaqueta del respaldo de una silla, oyeron unos arañazos en la puerta.

De dos zancadas, se puso al lado de Emma. Sin esfuerzo, la colocó junto a la pared detrás de la puerta y le hizo una señal para que guardara silencio. Ella asintió, con unos ojos muy abiertos que brillaban en la oscuridad como pedazos de cuarzo verde.

En silencio, Killian se acercó a la puerta y puso la mano sobre el tirador. Volvió a oírse otro arañazo.

Desenfundó su daga.

Con el corazón en un puño, Emma esperó, el cuerpo tenso. Pero cuando Killian abrió la puerta, encontró un peligro completamente diferente al que había esperado.

— ¡Cariño! —dijo una voz dicharachera.

Los ojos de Emma se entrecerraron furiosos.

Killian emitió una pequeña risa, fría e incómoda.

—Tamara, ¡qué sorpresa!

En la franja de luz que cruzó el suelo, Emma vio que la sombra de lady Tamara se arrojaba en los brazos de Killian y le besaba apasionadamente.

Emma podía espiarles a través de una rendija de la puerta. Con una mano, la voluptuosa morena vestida de rojo trataba de desvestir a su amante. Con la otra, Tamara sujetaba la parte de atrás de su cabeza, y la hundía a medida que profundizaba en el beso que le estaba dando.

« ¡Qué asco!, no puedo ver esto.» Emma se volvió disgustada. Cruzó los brazos y miró en dirección a la parte oscura de la habitación. Ya era bastante desagradable el tener que oírlos.

— ¡Ay, Hook. Me muero por ti! —Gimió la mujer entre beso y beso—. Déjame entrar.

Emma miró de nuevo por la rendija para observar la reacción de Killian.

Bueno, pensó, tenía que confiar en él. Él lo intentaba. Por supuesto, sabía que ella estaría espiándole, y por eso se comportaba. Estaba actuando de una forma sorprendentemente educada con Tamara, pero la popular seductora parecía creer que él no estaba sino jugando. Insistió con la ropa, al tiempo que se reía de sus protestas.

—Podemos hacerlo en el vestíbulo si quieres, cariño, pero yo preferiría tu cama. Así podrás volver a atarme —añadió con picardía.

Las cejas de Emma se alzaron.

Killian se aclaró con violencia la garganta.

—Eh, ahora no es un buen momento —empezó cauteloso.

— ¿Por qué no, cariño?

—No insistas, tengo que ir a ver al rey.

—Hazle esperar. Yo te necesito primero. Mucho. Desesperadamente. —Tamara jadeó, le agarró por la cintura y le atrajo contra su cuerpo. Pero cuando Tamara empujó a Killian contra el marco de la puerta y se apoyó en su hombro herido, Serafina no pudo soportarlo más.

« ¡Me parece que me toca rescatarlo!», pensó, ignorando la reacción que provocaría en Killian si decidía interferir en el asunto. No le importaba. La Divine Tamara no podría tenerlo esta noche. Eso era algo definitivo.

— ¿Me has echado de menos, amor? Yo sí. Ya sabes que estoy loca por ti. —Tamara gimió, mientras le acariciaba el pelo con sus dedos enjoyados.

— ¿Tú marido está fuera de la ciudad otra vez? —preguntó, aunque empezaba a parecer irritado.

—Está muerto, cariño, ¿no lo has oído? ¡Por fin me he librado de esa vieja cabra!

—Ah, ya veo que te rompe el corazón. Mis condolencias.

Tamara se rió.

— ¡Bribón, delicioso! ¡Me presentas tus condolencias por la pérdida de un hombre al que pusiste los cuernos! Quédate tranquilo, yo siempre caigo de pie. ¡Ahora, déjame pasar! Brindaremos para que se pudra bien.

—Tamara, de verdad, estoy en medio de algo…

Ella le rodeó otra vez con sus brazos, besándole el cuello a pesar de sus protestas.

—Ah, estás muy ocupado, lo sé, cariño. Cuéntamelo todo —murmuró con una sonrisa.

Emma se apartó un poco para esconderse mejor, mientras Killian trataba de bloquear la entrada a la mujer y se deshacía en excusas, galanterías y lo imposible para alejarla. Sin darse cuenta de que Emma se acercaba en silencio a su dormitorio.

Una vez allí, se mantuvo en la oscuridad donde no pudieran verla. Ahogó una risa malévola:

—Killian… —fingió con voz adormilada y mimosa—, vuelve a la cama, amor. ¡Te necesito!

En la puerta, tanto los mimos de Tamara, como los amables rechazos de Killian se interrumpieron abruptamente.

Por fin, Tamara gritó como si se la llevasen los mil demonios.

— ¡Eres un bastardo! ¿Quién es ella?

—Yo…

Killian no dijo nada más. El gran amante se había quedado sin palabras, al parecer.

Emma tuvo que morderse la lengua para no soltar una gran carcajada. Ah, la venganza era una cosa maravillosa, pensó, recordando el día en que se había encontrado a la pareja en la sala de música. Había estado llorando durante toda una semana después de aquello.

—Espero que te diviertas, cerdo desagradecido. ¡Úsala bien! —Tamara gruñó en voz baja—. Y cuando ninguna de tus muñecas esté dispuesta a aceptar tus perversiones, puedes volver arrastrándote a mí.

«Mmm, ¿perversiones, uhm?», se preguntó Emma.

—Pero te prometo una cosa: averiguaré quién es ella, ¡y la destruiré!

— ¿No te parece que estás exagerando, querida? —Preguntó con amabilidad fingida—. Yo nunca te prometí nada.

Emma oyó el bofetón.

Por un momento, se quedó allí, atónita, los ojos muy abiertos en la oscuridad.

«Tamara había abofeteado a Killian.»

Abofeteado a su valiente, noble y herido caballero.

Furiosa, salió de su escondite y caminó con violencia hasta la puerta, dispuesta a vengarse. Pero Killian acababa de cerrarla. Trató de rodearle, pero él la sujetó por la cintura.

—Ah, no. No lo harás, pequeña gatita salvaje.

Luchó por alcanzar el tirador.

— ¡Déjame que ir! ¡Déja que la persiga! ¿Cómo se atreve a pegarte! ¡Te hizo daño en el hombro! La vi…

—Eso, Alteza, fue totalmente impropio —gruñó—. Ha hecho que mi vida sea oficialmente un infierno. No tenía que haber interferido así en mis…

— ¿Perversiones?

Ella le oyó respirar sobresaltado.

— ¿De verdad la ataste?

— ¡Emma!

— ¿Es divertido? Ah, te he dejado atónito. —Se rió con ganas.

Killian le soltó la cintura y se enderezó. En la oscuridad, adivinó su perfil mientras emitía un suspiro. Se ajustó la ropa y se peinó el pelo con los dedos.

—Su padre debe estar esperándonos, Alteza.

A Emma le divirtió su disgusto.

—Está muy satisfecha con su manera de proceder, ¿no es cierto? —musitó, y sacó del bolsillo un pañuelo. Con él se limpió los restos de maquillaje que Julia había dejado en su cara.

—Sí. Espera, queda un poco. —Emma le arrebató el pañuelo y le limpió una mancha roja que aún le quedaba en la comisura de los labios—. Y en cuanto a usted, coronel, me sorprende que vaya por ahí seduciendo a mujeres casadas. —Le devolvió el pañuelo—. Para su información, Tamara, es una mala idea. De verdad, debería tener mejor gusto.

Killian se retiró el flequillo de los ojos con un arrogante movimiento de cabeza.

—Sin embargo, tiene buen cuerpo y siempre está dispuesta a probar nuevas cosas.

Los ojos de Emma se abrieron asombrados.

— ¡No me digas esas cosas, Killian! —resolló, acalorada.

—Fue usted quien empezó —murmuró—. De todas formas, ocurre que Tamara ha, digámoslo así, intimado con todos los cortesanos. Algo que resulta bastante útil.

—Ah, así que le concede favores sexuales a cambio de información. ¡Tal para cual! Pensé que estabas enamorado de ella.

Killian se burló.

—Obviamente, ella está enamorada de ti —apuntó ella.

—Las mujeres como Tamara no se enamoran, princesa.

Emma negó con la cabeza.

—No estés tan seguro. Yo tendría cuidado con ella si fuese tu. He visto cómo trata a sus enemigos.

—Bueno, enhorabuena. Usted es la única a la que quiere destrozar ahora —dijo irónicamente.

—Estoy temblando —dijo, siguiéndole la broma.

Killian la cogió por la muñeca y la condujo no muy gentilmente fuera de la habitación.

—Vamos, pequeño diablillo. ¿Qué iba a hacerle, darle un puñetazo en la cara?

—Quizás. —Ella se soltó y se adelantó unos pasos mientras bajaban por el vestíbulo. En ese momento decidió, con toda la obstinación de la que era capaz, que si necesitaba un protector durante las siguientes semanas, tendría el mejor. Por algo era la princesa heredera.

Sólo el gran Killian Jones podía protegerla.

Estaba segura de que podría convencer a su padre de la conveniencia de su decisión.

Bastante segura.

Sí, pensó decidida, su padre encargaría el trabajo sucio a otro para variar. Killian estaba cansado, herido y exhausto. Nunca cuidaría de él mismo a menos que le obligaran a hacerlo. Con una herida como ésa, no tenía sentido que fuese a cazar espías. Alguien tenía que cuidar de él, de otro modo, acabaría por autodestruirse. Había tomado una decisión. Aunque tuviese que torcer un dedo a su padre, Killian se iría con ella.

De alguna forma, sintió que era una cuestión de supervivencia para los dos.

Tamara temblaba aún al cruzar la esquina del pequeño vestíbulo de mármol cercano a la habitación de Hook. Apoyando la cabeza contra el muro, cerró los ojos y trató de calmarse. Su corazón latía furioso.

Conocía muy bien esa lujosa e irritante voz.

Ahora que había descubierto quién estaba en la habitación con él, Tamara se debatía entre el alivio y la alarma. Llamar a Killian para que volviese a la cama era justo el tipo de broma con la que la pequeña princesa ramera disfrutaba, sólo para hacerle perder los nervios. Pero Tamara sabía muy bien que Hook nunca pondría una mano en la preciosa niñita del rey.

Algo pasaba, decidió. A primera vista, podía pensar en un sinfín de problemas palaciegos suficientes para hacer que Killian hubiese vuelto. ¿Jefferson? ¿Maurice? Ella los conocía bien.

Bueno, pensó, le reconfortaba saber que no era sino una cuestión de deber: el de proteger a Su Alteza, como siempre. Aunque este pensamiento le recordó uno menos agradable. ¿Por qué nunca nadie la protegía a ella?

En los últimos siete años, Tamara había reclamado la propiedad de la mano derecha del rey, el bello y oscuro Hook. La corte entera creía que si había alguien capaz de atraparlo, esa era ella, la Divine Tamara.

A ella no le importaba que sus amigas le persiguieran para escarceos ocasionales, porque en verdad, una noche en sus brazos era el sueño de cualquier ramera. Saber lo buen amante que era no hacía sino realzar su victoria. Aunque la mayoría había disfrutado de él, todos sabían que ella era la única a su altura en inteligencia y trucos: artimaña por artimaña.

Sólo con el tiempo, conforme se había ido acercando a él —si es que alguien se había acercado alguna vez a Killian Jones—, Tamara había descubierto lo que ninguna otra sabía, una situación que se ajustaba perfectamente a sus planes de conquista. Él estaba locamente enamorado —pobre desgraciado y estúpido— de esa mocosa malcriada: la hija del rey.

Dios, cómo despreciaba a la princesa. ¿Por qué todo el mundo actuaba como si esa pequeña salvaje de pies descalzos fuera un regalo de Dios para el mundo?

Todavía enfadada, Tamara hizo una mueca de dolor al cerrar los dedos. Abrió el puño y se miró la mano, aún colorada por el bofetón.

Esto no había sido muy inteligente, pensó divertida mientras jugueteaba con la sortija de su mano. No podía permitirse avergonzarle; literalmente, no podía permitírselo. Su rostro se endureció al recordar por enésima vez la tediosa carga de su precaria situación financiera.

Su marido había muerto sin dejarle nada más que deudas de sus estúpidas inversiones. Sin embargo, Tamara se había jurado a sí misma que tan pronto como pusiera el lazo a Hook, se acabarían sus preocupaciones.

Que Killian era rico era algo que no mucha gente sabía, dada su naturaleza poco ostentosa. Además de ser el asesor del rey y de otros muchos personajes internacionales, sus maniobras políticas y una compañía naviera propia le habían servido para amasar una gran fortuna a lo largo de los años. Lo que aún era menos conocido era que, con la muerte de su padre, se había convertido en el conde Killian Jones, heredero de vastas propiedades y viñedos en Camelot.

Ni siquiera el rey David sabía esto. La única cosa que Tamara había sido incapaz de saber era por qué Killian no había reclamado el título.

Lo que sí sabía era que cuando fuera su marido, ella se encargaría de hacer que lo reclamase. De otro modo, bueno, ¿qué diría la gente? ¿La Divine Tamara casada con un plebeyo?

Un sonido en el vestíbulo llamó su atención. Desde su posición, abrió bien los ojos para ver cómo se abría la puerta de la habitación y Killian asomaba la cabeza por ella. Tamara se echó hacia atrás, escondida para ver cómo miraba a un lado y luego al otro, con unos movimientos tan silenciosos como los de una pantera. Tamara se escondió aún más y observó.

Incluso desde la distancia a la que se encontraba, podía sentir su magnetismo. Su pelo negro brillaba con el reflejo de los candelabros de pared. La mirada de Tamara se posó hambrienta sobre él.

Dios, le echaba de menos en su cama. Como amante, tenía las manos de un guitarrista y el alma de un poeta. Ella había podido conocer cada parte de su fantástico cuerpo, pero su actitud hacia ella había cambiado perceptiblemente el día en que la princesa real les había visto hacer el amor aquel día en la sala de música. Desde entonces, sus galanterías parecían ser forzadas, pensó Tamara con un deje de ansiedad. Algunas veces, incluso parecía evitarla.

Killian salió al vestíbulo y dejó pasar a Emma.

Al instante, el deseo en el estómago de Tamara se convirtió en un nudo de rencor. Apretó la mandíbula al ver que bromeaban juntos, que la radiante belleza de Emma resplandecía con su mirada, sus frescas mejillas sonrojadas, a pesar de lo fría y altanera que se mostraba con el resto de los hombres.

Tamara apretó el puño una vez más, al notar que los ojos azules y aterciopelados de su amante seguían cada movimiento de la joven princesa.

Nauseabundo.

Disfrutaban sin disimulo de su mutua compañía, y la sangre de Tamara hervía de envidia. Con amargura, pensó que era un milagro que hubiesen salido de la habitación.

¡Pero no, no! La señorita perfecta en su trono de cristal era tan pura como la nieve.

Graham querría comprobarlo, pensó con ironía.

La impresionante pareja se alejó por la intersección del vestíbulo, como dos caballos emparejados, al mismo nivel de belleza. En silencio, Tamara los vio marcharse. Una vez estuvieron lejos de su campo de visión, se despegó de la pared, cruzada de brazos. Sabía que mientras la «Princesa Perfecta» estuviese cerca, no podría competir por la atención de Killian. Diablos, aunque estuviera en la cama con ella, ella sabría que todos sus pensamientos serían para la otra. Le había ocurrido antes. No tenía otra opción que aguardar a que volviese Graham y se llevase a Emma.

De forma inconsciente, los labios rojos de Tamara dibujaron una fría sonrisa al pensar en el príncipe cazador. ¡Qué divertido era todo! El famoso héroe de guerra había recorrido un largo camino desde su lejano Reino para cortejar a la princesa, y se había mantenido firme hasta el momento en el que se había sellado el compromiso, momento en el que Tamara había podido comprobar que el novio era tan vulnerable como el resto de los hombres.

Merodeó todavía un rato por el vestíbulo, recordando con placer su pequeña venganza. Como en el campo de batalla, Graham, el grande, bruto y dorado Graham, había sido todo un conquistador en la cama.

Killian abrió la puerta a Emma, y le cedió el paso a la cámara de consejo privada del rey. Se encontraron los dos en una habitación cuyas paredes estaban forradas de madera de roble. Al parecer, su padre no había llegado todavía.

Emma se balanceó despreocupadamente en uno de los dos sillones de piel que había junto al escritorio. Hizo plaf sobre él y dejó caer las piernas a un lado, para que colgaran. Killian cerró la puerta y se volvió hacia ella, con las manos en los bolsillos.

— ¿Su Alteza?

Emma examinaba las puntas de su cabellera buscando las más abiertas, mientras perfilaba la estrategia que utilizaría con su padre para que le asignase a Killian en su viaje al campo.

— ¿Te importaría dejar de llamarme así? ¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza que yo pueda odiar ser princesa? —Preguntó como ausente—. ¿Qué pasa?

—Sólo quería decir…

Ella levantó los ojos hacia él sorprendida por la incomodidad de su tono.

Killian la miró, en silencio, sus ojos llenos de impenetrable emoción.

— ¿Sí?

Se encogió ligeramente de hombros y bajó la cabeza.

—Gracias por los puntos.

Lentamente, ella sonrió.

—De nada, Killian.

— ¿No tenga miedo de esos espías, me oye? Yo me ocuparé de todo. —Su tono era tan sincero que tocó el centro de su corazón.

— ¿Y quién cuidará de ti?

Él se tocó el pecho.

—Desde luego, tú mismo —añadió fríamente la princesa, bajando la mirada. Killian frunció el seño.

—No, llevo la medalla, ¿recuerda? —preguntó de una manera suave—. La Virgen.

Ella levantó de nuevo la mirada, asustada. Killian le ofreció una tímida media sonrisa, y durante un momento que pareció eterno, ella se limitó a mirarle, contemplando lo que quizás era el mayor misterio alrededor suyo: «¿Cómo puede ser un hombre tan duro, al mismo tiempo, tan… puro?».

Se quedó callado y después caminó despacio hacia ella, midiendo cada uno de sus pasos.

Había una mirada en sus ojos oscuros que la hizo temblar de emoción. Ella le vio colocarse a la espalda de su silla y quedarse allí de pie. Entonces, se inclinó y desató el lazo de color blanco con el que se sujetaba el pelo.

—Le robaré esto —susurró.

Emma dejó caer la cabeza hacia atrás con una sonrisa de placer.

—Podéis coger lo que queráis de mí.

—No debería dar a los hombres ese tipo de libertades —le dijo con una sonrisa oscura.

—No se las doy a cualquier hombre —respondió ella.

Él evitó su mirada mientras consideraba sus palabras en silencio y peinaba con sus dedos el cabello de Emma.

—Mmm —respiró. Con los ojos cerrados sintió que su corazón empezaba a latir con fuerza conforme los dedos de él se deslizaban entre sus rizos. Él nunca la había tocado así antes. La cabeza le daba vueltas.

—Me gusta cuando lleva suelto el cabello —murmuró, examinándolo entre sus manos.

—Entonces, lo llevaré siempre suelto —suspiró.

Killian no dijo nada, pero extendió cuidadosamente el pelo por sus hombros y se lo alisó mientras jugaba con él. Entonces cogió un mechón rizado y empezó a alisarlo poco a poco a lo largo de su pecho hasta detenerse en la línea de su cuello. Cuando por fin lo soltó, el rizo volvió alegremente a su postura inicial. Sus dedos, en cambio, se mantuvieron donde estaban.

Emma cerró los ojos y se dejó hacer, incapaz de resistirse al placer de sus caricias. Podía sentir cómo miraba sus pechos porque sus pezones se endurecían por la proximidad de sus manos y el calor en su piel. Fue sólo un pensamiento perverso, pero una parte de ella se alegró de lo que Jefferson había hecho, se alegró de que hubiese forzado a Killian a mirarla. Estaba bien que él fuera el primer hombre en ver su cuerpo, antes incluso que Graham. Contuvo el aliento mientras él exploraba con caricias tiernas su pecho y sus hombros, mientras recorría con sus manos las clavículas y el pequeño hueco olvidado entre ellas.

Todo su cuerpo se hizo pesado, aletargado por un sentimiento sobrecogedor de dulzura. Killian recorría ahora con los dedos la curva de su garganta, y con un toque experto continuaba por detrás de las orejas, jugando una vez más con su pelo.

—Su es pelo tan hermoso —susurró—. Quiero memorizar todos y cada uno de estos traviesos rizos.

—Le diré, Killian… ¿es que usted se está proponiendo? —preguntó con voz soñadora.

— ¿Qué?, no, criatura —murmuró—. Eso iría contra las normas.

En ese momento, los dos escucharon los pasos de su padre en el pasillo, que se acercaba como una alegre tormenta, dando órdenes aquí y allá a su sirviente.

Ella abrió los ojos con rapidez y levantó la mirada para encontrar los atormentados e impetuosos ojos de Killian. Enrolló el lazo en sus dedos, lo introdujo en el bolsillo y dio unos pasos para alejarse de ella. Después se volvió para mirarla, apoyado elegantemente sobre la librería, con las manos en los bolsillos.

Su mirada era intensa.

—Fue un placer verla de nuevo.

—Suena como una despedida.

—Lo es —susurró, el alma en sus ojos, iluminados entre las sombras.

— ¿Ah, sí? ¿Y adónde vas? —Esperó con impaciencia su respuesta.

Pero él no dio ninguna.

—Por supuesto, es secreto, como siempre. —Hizo una mueca de disgusto—. ¿Sabe? Es el hipócrita más encantador que conozco, Hook.

Sus amplios hombros se endurecieron. Sus ojos azules se entrecerraron.

— ¿Por qué me dice eso?

—Crees que vas a deshacerte de mí. Es la única razón por la que me has tocado.

Él absorbió la acusación, sin negarla, aunque sin disculparse tampoco por la licencia que se había permitido. Con las manos en los bolsillos, se limitó a mirarla por un momento, y después bajó la cabeza.

«Estúpido», pensó, con adoración. Era el ladronzuelo que había en él, supuso. El que pensaba que nada podía dársele de forma gratuita, que todo tenía que robarlo.

—Olvídalo —musitó—. Fue un error. Sólo… recuérdame. Y se feliz. Es todo lo que pido.

— ¿Cómo, Killian? —le preguntó con una sonrisa fingida—. Dime cómo ser feliz y le aseguro que lo intentaré. Aún mejor, muéstremelo. Tendrá usted la oportunidad de hacerlo cuando estemos en el campo.

Él la miró asustado.

Ella le sonrió, serena.

Era mejor advertirle, pensó, porque si no, no la perdonaría nunca por empujarle a ir con ella. Para Killian no era un problema mentirle un poco, pero si era él, el que se veía engañado, entonces podía volverse peligroso.

De un salto, se separó de la estantería.

— ¿Qué está planeando? —susurró, mirando a la puerta primero y después a ella, con los ojos encendidos.

—Voy a premiar su lealtad le guste o no —le dijo con obstinación—. Necesitas un descanso, Killian. Tu herida es muy profunda.

—De eso nada, ¡y esto es definitivo!

—No es definitivo —dijo con una carcajada de protesta—. Esto será divertido.

Los dos miraron la puerta al oír la voz del rey solicitando al mayordomo real, todavía al final del pasillo. Escucharon la voz afectada del viejo hombre que entretenía a Su Majestad.

Ellos le ignoraron.

— ¡No es posible! Tengo grandes responsabilidades que atender, Emma…

—Ah, el peso del mundo, pobre mío.

— ¡No dejaré que te interpongas en mis obligaciones!

—Alguien tiene que cuidar de ti, si no lo haces tú mismo. Es culpa mía que te hirieran, de todas formas. Me siento responsable.

—No tiene sentido, yo sólo estaba haciendo mi trabajo.

—Bueno, tal vez sea mi trabajo cuidar de usted.

Killian la miró desconcertado, y después miró hacia la puerta.

—No puedo ir contigo. ¡No tienes ni idea de lo que está en juego! —susurró enfadado.

—Sé perfectamente bien lo que está en juego —dijo indignada—. Soy la única que va a pagar el precio, ¿no es cierto? Pero aún me queda un poco de tiempo libre, y me gustaría pasarlo con quien yo quiera, con quien yo elija. —Se cruzó de brazos y le hizo un puchero—. Soy la princesa heredera y no puede decirme qué debo hacer y qué no.

—Emma… —la cortó.

Le observó con interés al ver que se acercaba a ella.

—No vas a interferir. ¿Entiendes? Se me necesita en otro sitio. Hay una crisis…

—Ah, sí, siempre hay una crisis —dijo aburrida—. Algún otro tendrá que solucionarlo esta vez. ¿Es que tiene siempre tienes que ser tu el que acapare la gloria? Dé a otro la oportunidad.

— ¡No busco la gloria! —Se burló, deteniéndose en medio con una mirada ofendida—. ¡Lo único que quiero es que el trabajo se haga bien!

—Se hará, querido —le gritó—. Ya que se niega a cuidar de usted mismo, seré yo quien lo haga. ¿Tanto odia la idea de pasar algún tiempo conmigo? —Suspiró, sin querer verdaderamente conocer la respuesta—. Es por vuestro bien.

Entornó los ojos.

—Es por Tamara, ¿verdad? Está celosa. Usted no es mi dueña —dijo con rabia—. No tiene ningún derecho sobre mí.

Ella le miró, y después bajó la cabeza, incapaz de responder. Podía patalear, rebelarse, y comportarse tan mal como quisiese. Pero ella no estaba dispuesta a ceder.

Él debió darse cuenta de que la había herido, porque se acercó a ella, junto al escritorio.

—No me hagas esto —le dijo suavemente—. ¿No ves que es imposible?

—No entiendo por qué se opone.

— ¿Usted y yo? —susurró con furia, inclinándose para mirarla—. ¿Encerrados juntos en mitad de la nada? ¿Tienes idea de lo que podría… —se detuvo y tragó fuerte.

— ¿Qué podría pasar? —terminó por él—. Nada, supongo. Quizás volvamos a ser amigos. O quizás nos matemos el uno al otro, no lo sé. Entonces, quizás, si soy afortunada, decidirás atarme. —Le dirigió una sonrisa malévola y burlona.

Él la miró alarmado, y la amenazó con su mirada más oscura, severa e intimidante. Aunque sabía que, si tenía al rey de su lado, no tenía nada que temer de ella.

—No lo conseguirá —le juró.

—Ah, sí, claro que sí.

Killian la miró como si nadie le hubiese desafiado antes. Desde luego, tenía que admitir que era su habilidad para manejar a su padre lo que le daba cierta ventaja.

—Es por tu propio bien —dijo, como para concluir con el asunto.

Killian la maldijo por lo bajo, desesperado, y se alejó de ella.

—La respuesta es no, y eso es definitivo. No admitiré travesuras. Se lo advierto.

—Mi padre se acerca, Hook. No me obligue a chantajearle —dijo dulcemente—. ¿No es verdad que aún tiene mi lazo en su bolsillo?

Sus ojos se abrieron, para a continuación entrecerrarse como dos llamas ardiendo.

— ¡Mocosa traidora!

—Usted me enseñó todo lo que sé. —Le guiño el ojo y luego le dirigió una mirada angelical, jugando una y otra vez con uno de sus rizos.