Declaración: Draco no es mío. Pertenece a Rowling, igual que Harry y los demás. Y aquí va el nuevo capítulo... espero que lo disfruten. CAPÍTULO 3: "LA DAGA DE DORIAN"

"...Cayó en el abismo sin fondo de la perdición,

para permanecer allí... en el fuego que castiga;

Su sentencia, sin embargo, le tenía reservado mayor despecho,

porque el doble pensamiento de la felicidad perdida

y de un dolor perpetuo le atormentaba sin tregua".

John Milton, Paraíso Perdido

Draco dio un par de pasos y recorrió el solitario entorno con la mirada. Era una calle estrecha y oscura con un par de focos alumbrando el piso de piedra. Las construcciones parecían edificios abandonados. A través de sus ventanas de cristales rotos y luces apagadas, nada daba señales de vida. Al final de la calle se distinguía algo similar a un puente y si aguzaba bien su oído, alcanzaba a oír el ruido de agua corriendo cerca de ahí. No podía tratarse más que de algún suburbio muggle.

El frío, como un cuchillo, le cortaba las orejas, le enrojecía la nariz y le nublaba los ojos. Sentía sus manos temblar descontroladamente dentro de los bolsillos de su capa. ¿Sería a causa del frío de aquella noche oscura? ¿O sería más bien miedo?... Miedo... "Si... es Miedo...", concluyó. Un miedo aterrador a lo que podía pasar de un momento a otro. Porque, ¿para qué le habían llevado hasta allá? ¿A matar algún muggle? ¿Qué sentido tendría?. Los ojos negros de Rodolphus Lestrange a su lado le hacían pensar en un mar de posibilidades, y ninguna ayudaba a apaciguar su turbación.

- ¿Qué estamos esperando?- se atrevió a preguntar, aparentando más tranquilidad de la que tenía. El hombre siguió con su mirada fija en el rostro de Draco, imperturbable. Sus ojos eran inexpresivos y la boca estaba plegada en una sonrisa estereotipada.

- ¡Ya verás, Draco! Es una sorpresa.- respondió, lanzando el resto de su cigarrillo contra el piso, y dando una ojeada en torno a ellos, nuevamente, para comprobar que seguían solos.

Por un momento, el muchacho sintió el impulso de hacer o decir algo para arrancar a ese hombre de aquel enajenante estoicismo, pero fue interrumpido por una figura que se materializaba frente a ellos, en la que Draco reconoció con horror, los cristalinos ojos de su madre.

-HP-

Harry se despertó envuelto en un sudor helado. Los ronquidos de Neville desde la colchoneta que compartía con Ron a los pies de su cama, le llegaban íntegramente audibles. La habitación, carente de ventanas, yacía en la más absoluta oscuridad y él sentía que su cabeza estallaría de un momento a otro. Llevó una mano a su frente en forma instintiva, pero, a diferencia de otras ocasiones, esta vez la causa del dolor no era su cicatriz. Sentado en su cama, mientras calmaba su respiración y se secaba el sudor, intentó recordar lo que había soñado: perseguía algo... o a alguien, no lo sabía con certeza. A su mente acudía la imagen de él mismo, caminando a través de un pasillo oscuro. En un momento había sentido que la "aparición" lo contemplaba desde el fondo del pasadizo envuelto en tinieblas, pero cada vez que él levantaba la varita para iluminarla, esta desaparecía. Y luego no recordaba nada más.

En ese mismo instante, una tenue luz penetró por las rendijas de la puerta. Era una claridad movible proveniente del pasillo. Harry podía sentir el ruido de pisadas del otro lado de la pared. La luz entró, creció, y fue disminuyendo luego hasta extinguirse. Inconscientemente, se puso de pie, hurgando en la oscuridad hasta encontrar sus zapatos, y sin abrocharles siquiera, caminó hasta abrir la puerta de la habitación dispuesto a sorprender al caminante nocturno.

Un vestigio de luz desaparecía al final del pasillo, y Harry apresuró el paso intentando darle alcance. Pero la luz volvió a disiparse. Caminó silencioso a través del salón. Sintió el ruido de una puerta abrirse, proveniente de un lugar donde no debían haberlas. Escudado en la oscuridad, se acercó a ella. El murmullo de voces proveniente del interior de aquella habitación aparecida de la nada revestía un misterio que él quería revelar. Dio otro paso, y entonces, sintió una cálida mano cubrir su boca, mientras los ojos de Hermione le pedían guardar silencio. Y él obedeció.

Las voces acudían a sus oídos cada vez con mayor claridad hasta que les fue posible reconocer a sus dueños y entender sus palabras.

-HP-

La larga sombra proyectada sobre la madera del suelo en la habitación, provenía de Severus Snape, de pie junto a la chimenea. El que una vez había tenido la dicha de recibir el cargo de Profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, expresaba con su rostro una preocupación profunda, dirigida al anciano frente a él.

Albus Dumbledore, sentado en un cómodo sillón, al otro lado del estrecho cuarto, atusaba su barba. Aunque su mirada mantenía la serenidad que le había caracterizado siempre, el resto de su rostro dejaba traslucir claramente su intranquilidad.

- Me parece una decisión demasiado apresurada por parte del Ministerio...- Dijo el anciano.- Aunque admito que Scrimgeour tenía sus razones para deshacerse de Lucius, me temo que la orden de su muerte tiene otro origen... Pero no creo que fuera Tom. No le convenía hacerlo...

- Me temo que Rodolphus Lestrange ha tomado la justicia en sus manos.- Snape bajó la mirada a las llamas en este punto.- Él cree que Narcisa ha traicionado al Señor Oscuro...

- ¿Lo hizo?- fue la pregunta de Dumbledore. Snape guardó silencio un largo rato antes de volver a clavar sus ojos negros en los azules del anciano y responder.

- Es una posibilidad.

- De modo que se ha condenado...- suspiró Albus. Snape guardó silencio.- Y a su esposo e hijo con ella.- los apretados puños de Severus revelaban una dolorosa sensación de impotencia.- ¿Sabes dónde está Narcisa ahora?

- La he visto esta tarde hablar con Bellatrix. Había un cierto secretismo entre ambas y Bella no parecía muy conforme.

- ¿Y Draco?

- Llevo días sin saber de él. Y nada he podido averiguar sin despertar sospechas.

Hubo una nueva pausa, esta vez más larga que las anteriores. El rostro macilento alumbrado por el fuego de la chimenea, dejaba traslucir a través de su máscara adusta una inquietud profunda, y en la mirada compadecida del anciano se advertía un gesto de comprensión.

- Debo regresar. Me es difícil explicar ausencias largas ahora que no tengo por excusa mi participación en la Orden.- dijo sarcástico.

- ¿Sigues culpando a Harry?

- Fueron sus detalladas declaraciones las que me han relegado al puesto de un vil fugitivo. Creo tener razones para no guardarle gran estima. Adiós, Profesor Dumbledore.

- Severus.- respondió el anciano a modo de despido, viendo partir al hombre a través de la puerta.

-HP-

Harry y Hermione apenas alcanzaron a ocultarse por detrás de unas cortinas polvorientas que caían de los ventanales, cuando vieron a Snape atravesar el salón y finalmente perderse en la chimenea sin uso frente a ellos.

En un abrir y cerrar de ojos, la puerta que daba al escondite de Albus Dumbledore había desaparecido, y pudiera haberse considerado lo ocurrido como producto de un sueño, de no ser porque se trataba de una visión compartida.

- ¿Cómo sabías que estaban aquí?- preguntó el muchacho a Hermione, aún susurrando, cuando ya habían alcanzado el pasillo.

- No podía dormir y he salido a caminar fuera para no molestar a Ginny.- respondía ella, en forma metódica, aún examinando la pared donde había desaparecido la puerta imaginaria.- después sentí voces y me he acercado...-En este punto se volteó a mirarlo.- Y tú... ¿Cómo has llegado?

- Me ha llamado la atención sentir luz en el pasillo, y seguí el ruido de tus pasos.

- ¿Luz?- En este punto, la joven dejó de examinar la muralla y se volteó a mirarlo, primero intrigada, después con horror.- Yo no he encendido ninguna luz...

- Pero... ¿Y entonces?- Hermione se volteó a mirar a todos lados, preocupada. Algo había de extraño en el ambiente. Podía sentirlo. Harry contemplaba el rostro de la muchacha dibujarse en la penumbra y descubrió, con cierta admiración, que ya no era el perfil de una niña. ¿En qué momento había cambiado? ¿Cuándo había sido el instante exacto en que habían dejado de ser niños? Era extraño que recién entonces evidenciara ese cambio en ella.- Hermione...

- ¿Qué ocurre?

- Oíste lo que yo oí, ¿verdad?- Ella olvidó por un momento lo que había estado buscando y volteó a mirarlo. Comprendiendo la seriedad de la pregunta, asintió.

- Lucius Malfoy está muerto...- dijo ella en un susurro. No es que la muerte misma de un mortífago despertara en ambos un sentimiento de conmiseración o pena. Era más bien que la muerte de uno de los malos, posiblemente provocada por los de su propio bando, evidenciaba la irracionalidad de la situación. Y eso sí que era motivo de intranquilidad.

- ¿Crees que Malfoy...?- Harry no terminó de hacer la pregunta. Pero Hermione comprendió su preocupación, pues la compartía. Incomprensiblemente, temía por la vida de su antiguo enemigo de Hogwarts.

- No lo sé, Harry... No lo sé.

Y a solo dos metros de ellos, una figura envuelta en la oscuridad los observaba, como mudo testigo de sus preocupaciones. Detrás de su velo, podía adivinarse una mordaz sonrisa.

-HP-

Todo había pasado demasiado rápido para Narcisa Malfoy. Sabía que Rodolphus sospechaba de ella. Snape se lo había advertido. Por eso, enterarse aquella tarde de la muerte de su esposo, no hizo más que comprobar sus dudas y obligarla a actuar. Grande era su dolor por la muerte de Lucius. Pero más grande aún era el horror que la había invadido al comprender que su hijo sería el próximo. Estaba consciente de que nada obtendría en recurrir al Señor Oscuro por misericordia, pues, aunque Bellatrix no quisiera aceptarlo, sus muertes resultaban en extremo convenientes para el innombrable. ¿Por qué si no había sido el mismo Pettigrew quien le entregara aquel sobre funesto indicándole dónde encontrar a Draco? Todo parecía tan maquiavélicamente planeado, que Narcisa, de pie frente a Rodolphus, se sentía víctima de un juego monstruoso que estaba destinada a perder.

"Tarde o temprano, tendremos que pagar por todo esto, Cissa", había vaticinado Snape dieciséis años atrás, en lo que ella había considerado una de las tantas jugarretas de la conciencia de su trágico amigo. ¡Cuán dolorosas resultaban esas palabras ahora, y cuán reales!

- Tarde o temprano... – sonrío con tristeza para sí, manteniendo su mirada azul en los negros ojos de su cuñado.

- ¿De qué hablas?- preguntó el hombre, con la insolencia de quien se sabe en poder de la vida de su contrincante.

- Tarde o temprano todos tendremos que pagar por lo que hemos hecho... Por todas las atrocidades que hicimos y que seguimos haciendo...

- Supongo que la muerte de Lucius te ha trastornado por completo...- Sonrió socarrón el hombre. La mirada de Narcisa se volvió a los aterrados ojos de su hijo.- ¡Oh! Veo que el "pequeño" Draco no lo sabía...

En su actual estado de expectación y miedo, el muchacho dirigió a su madre una muda pregunta. Ella no dijo nada, pero en sus ojos desesperanzados, Draco encontró la respuesta. Algo había oído aquella tarde. Un aire funesto se había colado por las rendijas de su cuarto, portando un indicio de aquella verdad horrible. Pero él no lo había creído. En el último tiempo, en más de una ocasión había culpado a Lucius por su desastrosa situación, y había llegado incluso a odiarlo por las tribulaciones que él debía sufrir a causa de las funestas alianzas y desastrosas equivocaciones de su padre. Pero ahora que la palabra "muerte", le caía como un balde frío sobre el rostro, sintió que todo el odio y reproches acumulado contra Lucius durante su encierro, se esfumaba en el olvido, siendo reemplazado por un sentimiento indescriptible que le atormentó en un instante eterno. De un momento a otro, los sucesos comenzaban a tomar forma... La inestabilidad de su situación se hacía cada vez más palpable... más trágica, más real.

- Mi marido y yo debíamos pagar... Es lo justo. Tarde o temprano llegará también tu hora, Rodolphus...- la voz de Narcisa sonaba con una fortaleza desesperada.- Pero deja ir a Draco. Él nada tiene que ver en esto.

- Debiste pensar en tu hijo antes de traicionar al Señor Oscuro...

- Déjalo ir, Rodolphus... Si no es por piedad, hazlo por tratarse de tu sobrino...

- ¿Sobrino?- se mofó el hombre. Draco seguía demasiado aturdido para percatarse de nada- ¿Desde cuándo te importan los lazos familiares? Hasta donde yo recuerdo, Lucius y tú hicieron tranquilamente su vida, mientras nosotros nos pudríamos en Azkaban... ¿Recordaron entonces algún lazo familiar? ¡No!- sus últimas palabras adquirieron una tonalidad brutal, enajenada. – Sin embargo, no seré yo quien acabe con él, Cissa. La vida de tu hijo estará única y exclusivamente en tus manos...- la mirada de ella fue de terror; él sonreía deleitado.- ¿Recuerdas esto?- murmuró extendiendo a ella una pequeña daga con empuñadura de marfil y hoja de acero.- Debieras, pues era uno de los juguetes favoritos de Lucius...

Narcisa no respondió, pero la recordaba bien: "La daga de Dorian". Y entonces comprendió. Vio como Rodolphus, en un movimiento brusco, la encajaba en el vientre de un sorprendido Draco. El muchacho cayó de rodillas, pero ella no se movió...

" ...La singularidad de esta daga, Cissa", retumbaba en su mente las palabras que su marido le dirigiera en otro tiempo, en una época ahora muy, muy lejana, " es que la muerte no está en la hoja, sino en la empuñadura. Si la daga es quitada a tiempo, no dejará en su víctima más que una cicatriz imborrable. Pero...", aquí los ojos de Lucius habían relampagueado con deleite, lo recordaba bien, "quien la retire, tendrá una muerte segura..."

Y esa era la intención de Rodolphus. Que ella muriera por amor a su hijo, víctima del juguete favorito de su esposo. Todo resultaba tan graciosamente irónico que, de no ser ella la víctima, lo habría celebrado.

- Queda poco tiempo, Cissa...- murmuró Lestrange.- ¿No dejarás que tu único hijo muera, verdad?

Pero Narcisa no le oía. Estaba demasiado concentrada buscando un modo de salir de aquella angustiante pesadilla, de escapar a lo inevitable. De salvar a su hijo. Debía asegurarse que aunque ella muriera, Draco pudiera huir. ¡Si tan solo Bellatrix le hubiese creído! Odiaba que en aquel momento su única esperanza fuera una hermana que idolatraba a Lord Voldemort por sobre todas las cosas.

El muchacho seguía de rodillas en el piso, sorprendido, aturdido... Era presa del efecto anestesiaste de la magia de esa daga macabra. Narcisa sabía que no sentía ningún dolor. Pero también sabía que si dejaba pasar mucho tiempo, moriría irremediablemente. Resignada, se inclinó junto a su hijo, bajo la sádica mirada de Rodolphus y el peso de sus culpas. Dando una última mirada a los ojos grises de Draco, rogó por un milagro que lo salvara Al mismo tiempo, retiraba la daga de su cuerpo, y sentía una punzada clavarse en su propio corazón. Un instante después, ya no había culpa, ni dolor, ni miedo. Todo era oscuridad.

-HP-

Severus Snape despertó de golpe, alzando la cabeza del escritorio donde había caído dormido presa de la preocupación y el cansancio. Aunque hacía meses que sufría con aquellos despertares abruptos, en esta ocasión era diferente. Tenía la certeza de que algo grave había pasado. Algo que lo afectaba en forma directa.

La vieja ventana se abrió de golpe, dejando entrar una corriente de aire frío. Él se apresuró a cerrarla, y entonces la luz de la única vela encendida en aquel mugroso espacio se apagó.

- Narcisa...- el nombre escapó de sus labios en forma inconsciente, y mientras el humo de la mecha sin luz se disolvía en la oscuridad del cuarto, una punzada dolorosa en alguna parte de su corazón le recordó el engaño... Una culpa por la cual ya nunca podría pedir perdón.

-HP-

- Hay algo que no entiendo...-dijo Harry de pronto, mientras él y Hermione acababan una tasa de chocolate junto al fuego de la cocina, para matar el insomnio.- Snape estaba bajo el voto inquebrantable... ¿No se supone que, al no matar a... –la mirada adusta de Hermione le hizo bajar a voz- al no hacer lo que debía hacer, no se supone que él debía morir?

- ¿El voto inquebrantable?- preguntó Hermione, envolviendo con sus manos la cálida tasa mientras perdía la mirada en un paisaje inexistente, como era su costumbre cada vez que quería recordar algún dato importante.- Hasta donde sé, Harry, ese conjuro no es del todo invulnerable. Al igual que las maldiciones imperdonables, puedes utilizar las palabras correctas, pero eso no implica que el hechizo tenga efecto. Depende de muchas variables...

- ¿Es decir que pudo haberlo realizado mal intencionalmente?

- Sería una solución práctica. Bastaría conque cambiara un par de palabras del hechizo, o utilizara como testigo a un ser impuro...- Llevó la tasa de chocolate a sus labios mientras contemplaba el rostro pensativo de Harry.

- ¿Un testigo impuro?

- Un asesino, por ejemplo. Para hacer un Voto de ese tipo, debes tener por testigo a un ser que pueda dar fe de tu compromiso. Alguien que transgrede ciertas normas morales no puede exigir cumplimiento a cambio... Son reglas básicas...

La mente de Harry casi podía evocar la escena: Snape haciendo creer a Narcisa Malfoy que ponía su vida como prenda, cuando en realidad bien sabía que no lo podría cumplir. Aunque con ello demostraba, en parte, su lealtad a Dumbledore, Harry no pudo dejar de sentir repulsión hacia un hombre que había engañado la confianza de uno de los propios. ¿Cómo podía el antiguo director fiarse tan ciegamente en un ser así? Y es que el odio engendrado en todos esos años, no podía dejar a Harry ver más que mezquindad y vileza en las acciones de Severus Snape.

Al volver de sus pensamientos, notó los ojos de la joven clavados en él, como una compañera silenciosa que le brindaba su apoyo sin pedir nada a cambio. Aunque Harry nada había dicho, estaba consciente del sacrificio que hacía Hermione para quedarse ahí, con él.

- ¿Qué ocurre?- preguntó ella, notando el cambio en la expresión del joven. La mano de Harry se posesionó de una de las suyas sobre la mesa. Sus ojos verdes transmitían una conmovida gratitud.

- Gracias.- Ella le dirigió una mirada dubitativa.- Gracias por estar aquí, conmigo.

Sin hallar palabras con qué responder al inesperado reconocimiento, Hermione se encontró a sí misma, inexplicablemente, envolviendo a Harry en un abrazo. La cálida mejilla del muchacho contactaba la suya y plasmar un beso ahí fue inevitable.

Un segundo después, el abrazo se había roto y la muchacha le sonreía radiante, como si el reconocimiento de su amistad le provocara un inusitado placer. Harry sonrió con nerviosismo y bajando la mirada se concentró en terminar su tasa de bebida caliente.

-HP-

Todo había pasado demasiado rápido. Draco recordaba cómo la mano de Narcisa le había obligado a envolver entre las suyas la varita mientras ella retiraba la daga de su cuerpo. Los ojos de su madre le habían transmitido muchas cosas a través de su vida, pero aquella desesperación silenciosa conque le suplicaba que huyera, que se salvara, justo antes de caer muerta frente a él, era un lenguaje completamente nuevo, tan fatídico como imborrable.

Rodolphus había hecho un comentario cuyas palabras él no recordaba. Luego algo había dicho de "esperar". Draco seguía paralizado aún cuando una figura encapuchada apareció en la distancia y caminó hacia ellos. Hubo entre ambos magos frente a él, un intercambio de palabras: un descuido que duró un segundo, y luego... su mano aferrada a la varita y sus labios conjurando un hechizo en forma instintiva. Rodolphus fue a dar contra un muro de piedra. El recién llegado hizo un movimiento para protegerse y retrocedió con cobardía. Aturdido, el único sobreviviente de la familia Malfoy echó a correr entre la atmósfera de tinieblas nocturnas de aquellos callejones desconocidos. De un momento a otro, el mundo le parecía un inmenso montón de ruinas donde su alma solitaria vagaba como un exiliado, por entre columnas derribadas.

Correr, correr... Salvarse. El aire no llegaba a sus pulmones, sus piernas exigían un descanso, y la risa de Lestrange se oía cerca, muy cerca. Desorientado, se detuvo junto a una baranda que daba al río. El ruido de pisadas, el miedo apoderándose de él, y luego, en un movimiento maquinal, se lanzó al agua oscura.

Su rodilla golpeó contra una roca, la corriente le arrebató la varita; la desesperación le impedía salir a la superficie y le faltaba el aire. Se aferró a un pilar de piedra y logró respirar ávidamente. El sonido del agua se hizo constante, y luego el eco de unos pasos cada vez más cerca. Escondiéndose en las sombras del maltrecho puente, aguardó. El corazón le latía descontroladamente. Los pasos se acercaban. Más pasos.

- ¿Dónde habrá ido a dar?- La voz de Lestrange le llegaba clara, desde algún lugar sobre el puente muggle.

- Debemos encontrarlo...- era una voz masculina, un tanto aguda, que denotaba una terrible preocupación. Draco podía asegurar que no se trataba de ningún mortífago que él conociera, y, sin embargo, le resultaba extrañamente familiar.

- Lo mas probable es que ya esté muerto...- masculló Lestrange con cierta decepción en el tono usado.

- Pues ese no era el trato...- seguía la voz. Draco casi podía asociar aquel tono agudo a un rostro, pero cuando creía conseguirlo, la imagen se esfumaba; el agotamiento le impedía recordar.- Dijiste que me entregarías a Draco Malfoy... Yo me encargué de Lucius como querías, ¡Debes cumplir tu parte!- gritó en tono histérico. La respuesta de Lestrange tardó en llegar.

- Si hubieras utilizado la varita en cambio de dejarlo escapar, no tendríamos este problema...- Dijo en forma hostil, incluso amenazante. Los pasos se volvieron a sentir.- ¿Dónde vas?

- Seguiré buscando... Debe estar en algún lugar.- respondió con enojo. Y el ruido de sus pisadas se perdieron en el vacío.

Draco vio una tenue luz reflejarse en el agua en movimiento, mientras Rodolphus encendía su cigarrillo. El frío del remolino negro había entumecido las piernas del muchacho. Le era imposible sentir gran parte de su cuerpo, excepto la punzante sensación que aquejaba su rodilla y el dolor quemante del lugar donde había entrado la hoja de acero. Los oídos le zumbaban horriblemente. Permaneció ahí, aferrado al pilar de piedra un tiempo indefinible hasta llegar a un punto en que el dolor y el cansancio eran tales que su mayor deseo era dejarse llevar por la corriente y acabar con todo. Pero no podía. Algo intrínseco en su naturaleza se lo impedía. Deslizándose trabajosamente por los bordes de piedras, alcanzó la orilla. El agua aún cubría sus pies cuando se dejó caer, exhausto y desesperanzado sobre el lecho lodoso. Intentó incorporarse sobre sus brazos pero estos no respondían. Ninguna parte de su cuerpo quería moverse. Trabajosamente, alzó la cabeza, encontrando, para su sorpresa y horror, una borrosa figura encapuchada frente a él.

Por primera vez en su vida, Draco llegó a pensar en la muerte como una verdad inevitable. A su mente acudió el irónico pensamiento de que él, el mimado heredero de los Malfoy, moriría entre los malolientes desperdicios muggles que se pudrían en aquel riachuelo. Lo último que verían sus ojos sería el rostro del mortífago frente a él: inmóvil, monótono y blanco, como un reloj destinado a marcar la hora de su muerte.

La figura dio un par de pasos acercándose, pero el muchacho ya no lo sentía. Había caído presa de la absoluta oscuridad de la inconsciencia.

Bellatrix Lestrange se percató de ello. Sabía que el muchacho que yacía a sus pies envuelto en lodo moriría si ella no hacía nada. Moriría, como había muerto su hermana, y entonces, el sacrificio de Narcisa sería en vano. Dejando de lado muchos de los pensamientos que atormentaban su mente, se inclinó junto al joven y abriendo la fría mano empuñada de este, le obligó a apretar la piedra roja que Cissa le entregara aquella tarde. Retrocedió un par de pasos, y utilizando su varita, abrió el portal. Segundos después, su sobrino había desaparecido.

-HP-

Ninphadora Tonks discutía con su madre en la cocina del hogar paterno, intentando inútilmente convencer a Andrómeda respecto a la importancia de su presencia en la ceremonia de su boda.

- Madre, ¡no me parece razonable!- gritó. A estas alturas de la discusión, su voz denotaba histeria.- Los padres deben estar en la ceremonia...

- No apruebo ese matrimonio, y tú lo sabes.- repuso la mujer mientras acomodaba los platos en la alacena.- No quiero estar presente cuando cometas el peor error de tu vida.

- ¿Por qué?- preguntó gritando. El ruido del televisor encendido en el comedor, donde su padre avivaba un partido de su equipo favorito, le imponía hablar a un volumen anormalmente alto para ser escuchada.- ¡Tú escogiste con quién casarte aunque mis abuelos no querían, y siempre les has guardado rencor por oponerse a tu voluntad! ¿Es que quieres que yo te guarde el mismo resentimiento?

- Precisamente por eso, Ninphadora...- respondió la mujer en tono nostálgico, dirigiendo una mirada de odio al hombre obeso que sin camisa, devoraba una hamburguesa en el sofá de la sala.- No quiero que cometas el mismo error que yo cometí. Remus Lupin no es para ti.

- ¿Por qué?

- ¡Es mitad lobo!

- Te casaste con un "sangre sucia", no me vengas con prejuicios ahora...

- ¡Por lo mismo! ¿Sabes cuántas veces me he arrepentido por no oír a mi madre?

- ¿De qué están hablando ahí?- preguntó el hombre desde el sofá.

- ¡Nada que te importe!- respondieron las dos mujeres al unísono. Ted abrió la boca para replicar algo, pero por el rabillo del ojo distinguió una buena movida por parte de su jugador favorito y retomó su monólogo con el televisor, dirigiendo el partido desde su asiento. Los alentaba y criticaba como si estuviera convencido de que, del otro lado del televisor, alguien en verdad oía sus consejos.

- Pero esto es distinto, madre...- siguió reclamando ella. Andrómeda tomó aire para responder, pero una luz proveniente de la sala, y unas cuantas maldiciones proferidas por su esposo, le hicieron enmudecer. Ambas corrieron hasta el lugar donde, de la nada, había aparecido la maltrecha figura de un muchacho inconsciente.

- Pero si es... Es...- Tartamudeó Tonks con asombro, pero una amenazante mirada por parte de su madre le obligó a guardar silencio.

- ¿Quién es?- preguntó el hombre desorientado, y algo molesto por ver interrumpida su tranquila entretención.

Andrómeda se inclinó junto a la figura comprobando su respiración con cierto escepticismo. La piedra roja sostenida entre los dedos del muchacho acabó por confirmar sus dudas.

- Cissa...- de sus labios no salió otro sonido, pero Tonks comprendió. Aquel traslador fue entregado por la propia Andrómeda a su hermana la noche en que esta última, desesperada, había acudido a ella en busca de ayuda. – Nunca creí que...

- Un momento... ¿Que ese chico no es el hijo de tu hermana? ¿El que dicen que mató a Albus Dumbledore?

- Se ve mal herido. Debemos llevarlo a San Mungo.- propuso Andrómeda, ignorando nuevamente el descubrimiento de su marido.

- ¿A San Mungo? ¡Ante la Ley! ¡Ahí es donde debemos llevar a ese asesino!

- Si lo llevamos a San Mungo, sería como entregárselo a Scrimgeour -siguió Tonks.

- ¡Y eso es lo que hay que hacer!- gritó Ted- Antes de que despierte y nos mate a todos...

- Está herido, ¿es que no puedes sentir piedad por una vez en tu vida?- gritó a su padre.

- ¿Y qué quieres? ¿Que le dejemos aquí? Aunque en verdad no nos mate, ¿cuánto tiempo crees que pasará antes que otros mortífagos vengan por él?- siguió Ted. Madre e hija compartieron una mirada preocupada y luego los ojos de Tonks se volvieron hacia el muchacho.

Draco Malfoy. Su primo. Tonks nunca imaginó que llegaría el día en que recordara el lazo familiar que la unía a él. Se inclinó para tomar su pulso. Era débil. Una mancha purpúrea comenzó a correr por la alfombra. Asustada, dio la vuelta al cuerpo inmóvil. Todos, incluso Ted, retrocedieron espantados al advertir la sangre que salía de una herida extraña de bordes netos. La sangre no era mucha, pero sin duda ayudaba a dar al joven aquel aspecto de extrema palidez. De un momento a otro, Tonks dejó de ver en Malfoy al petulante Slytherin que Ron y los demás habían descrito como un monstruo serpentino. En ese momento, ni siquiera era su primo. No. Era una criatura indefensa que necesitaba ayuda.

No podía entregarlo a Scrimgeour, pues eso era una condena segura, y tampoco podía dejarlo ahí, donde probablemente los demás mortífagos irían a buscarle. El joven tendido sobre la alfombra, apareció a sus ojos como una víctima más de los horrores de Lord Voldemort, tan necesitada de ayuda como cualquier criatura indefensa a la que la Orden debía proteger. La diferencia era que, esta vez... ¡Ella podía hacer algo!

Un relámpago iluminó la estancia un momento, seguido de un atronador ruido, y después la lluvia, golpeteando los cristales. "¡Lo que faltaba!", exclamó Tonks para si, enfadada porque el clima pusiera su cuota aumentando la intensidad dramática de la escena.

Dirigiendo la mirada al reloj puesto sobre la estufa, comprobó la hora: tres de la madrugada. Probablemente todos en Grimmauld Place estarían dormidos. No es que fuera una buena solución llevar a un mortífago, incluso a uno fugitivo, al cuartel general de la Orden; más de alguno de sus compañeros le recriminaría esta acción, pero... ¿Qué más podía hacer?. Además, aprovechando que los demás dormían, quizá lograría llegar con el muchacho en silencio, pedir ayuda a Lupin, recurrir a Dumbledore. No lo sabía realmente, pero algo debía hacer.

- ¿Qué haces?- preguntó su madre, al ver a Ted abotonando su camisa con decisión.

- Iré a buscar a Scrimgeaour... Esto es algo que él debe resolver... No pondré en riesgo mi hogar y mi vida sólo por un mortífago asesino...

- No harás tal cosa... – dijo Tonks. – Me lo llevaré de aquí ahora mismo.

- ¿Dónde irás?- preguntó su madre en voz baja, Ted seguía terminando de vestirse.

- No puedo decírtelo, pero cuidaré de él...- Su madre asintió.- ¿Podrías...?- preguntó dirigiendo la mirada a su padre. Andrómeda comprendió.

- Yo me encargaré de él.- dijo simplemente. Tonks envolvió con sus brazos el cuerpo del muchacho y abrió el portal. Segundos después, se habían ido.

- ¿Dónde están? ¿Dónde se han ido?- preguntó Ted. Andrómeda sacó su varita lentamente, como lo había hecho cada vez que su marido se enteraba de algo que no debía, y, sin que este siquiera lo notara, el recuerdo había sido borrado de su mente.

-HP-

"Un beso... fue sólo un beso...", se repetía Harry a sí mismo sin comprender cómo un suceso tan trivial, que sin duda había ocurrido muchas veces antes, sin que él lo notara, era ahora motivo de una intranquilidad extraña. Hacía pocos minutos que él y Hermione habían regresado a sus cuartos para intentar dormir en lo que quedaba de la noche, pero Harry temía que no podría conciliar el sueño, no mientras el enigma de aquella sensación confusa que le quemó el estómago cuando la joven besó su mejilla, permaneciera sin resolverse.

En el acto en sí, no había gran misterio: era el beso de una amiga a un amigo. Estaba seguro. Sin embargo, la sensación que provocó en él era... Difícil de explicar. ¿Sería que anhelaba en algún modo aquellas noches solitarias en que compartía confidencias con Ginny en la sala común de Griffindor? ¿La extrañaría a ella? Agitó su cabeza, ansiando alejar tales pensamientos, y acomodó la almohada para intentar dormir.

Fue entonces cuando el silencio de la noche dio paso al ruido de murmullos provenientes del primer piso. Incorporándose en la oscuridad, buscó sus zapatos. Un grito de la señora Weasley le hizo correr hasta la puerta. Ron y Neville saltaron de entre sus mantas y los tres salieron del cuarto, chocando en el pasillo con Hermione y Ginny.

- ¡Vuélvanse a dormir!- les gritó Tonks, apareciendo en la escalera y corriendo en dirección contraria a ellos. El hecho de que su ropa estuviera cubierta en sangre no fue precisamente tranquilizador. De golpe, los cinco jóvenes caminaron hasta la baranda del pasillo, desde donde tenían una visión de lo que ocurría en el primer piso. La señora Black gritaba desde su retrato alguna maldición referente a la hora y al no poder dormir en su propia casa, mientras la Señora Weasley en su pijama, junto a Remus Lupin, se inclinaban en torno a una figura tendida en el piso, restregándose las manos con nerviosismo. Las palabras llegaban incoherentes y preocupantes a los oídos de los jóvenes.

- Dile a Dobby que necesitaremos su ayuda...- dijo Lupin. Molly corrió hacia la cocina presurosa y, al hacerlo, dejó al descubierto gran parte de la figura del muchacho de cabellos platinados y piel pálida, con la ropa cubierta en sangre y lodo.

- Es...- Ginny se cubrió los labios antes de pronunciar el nombre, como si el hacerlo, diera mayor realidad a la increíble escena.

Un "Imposible...", salió de los labios de Ron, en cuyos ojos azules, todo vestigio de somnolencia fue reemplazado de golpe por la incredulidad.

- Esto no puede ser bueno...- se oyó murmurar a Neville.

Harry, maquinalmente, dirigió sus ojos a Hermione, buscando su complicidad. La joven no lo miraba a él, sino a la figura sobre la alfombra, y sus labios temblaban como si pretendiera formular una explicación pero las palabras no acudieran a sus labios.

- Es...- volvió a decir Ginny, pero al instante enmudeció.

- Draco Malfoy.- completó Harry, y para asombro de todos, a excepción de Hermione, en su voz no había vestigio alguno de rabia, indignación o desprecio, sino más bien un sentimiento muy distinto: compasión.

- Fin del Capítulo 3-

Mis agradecimientos a mis lectores de siempre, y también a los nuevos... Se que más de alguno me preguntará si es necesario dar tanto protagonismo a Draco, pero la respuesta es "Si"... En primer lugar, porque es un personaje clave, y además... simple y sencillamente porque ME ENCANTA!. Pero no se preocupen, que las cosas entre Hermione y Harry irán adquiriendo intensidad poco a poco y desplazando a los demás... Un beso enorme, y cuídense mucho.

Alex.

Próximo Capítulo: MAGIA ANTIGUA