Brillo Escarlata
Por: Tiff
Shaoran Tsukishiro, avalado oficialmente por una identificación con fotografía, un pasaporte, y un boleto de regreso a Inglaterra con una fecha de expiración de tres meses, pero que dudaba usaría al cabo de ese tiempo, se sentó en una cómoda butaca de primera clase de una aerolínea europea, junto a la ventanilla. A su lado, Tamaki Suoh estiró sus piernas y brazos, agradecido por el gran espacio que tenía para él solo y bostezó ruidosamente, molestando a una señora gorda que viajaba al otro lado del pasillo. El rubio le sonrió a manera de disculpa, y volteó a ver a su compañero, que estaba entretenido encendiendo una laptop que pocas veces había usado en casa, arrumbada siempre en un polvoriento escritorio en el estudio del ojiazul.
-Mejor apúrate, falta poco para despegar y esa azafata gorda de allá se le ve cara de mal humor. Mírala, se le derramó el café mientras desayunaba y las prisas por salir de casa y el niño malcriado que adora pero ya no soporta, le impidieron cambiarse de blusa.-
Eriol ignoró su comentario, pero pensó que los observaciones de su amigo eran más una afirmación que una especulación.
-Si vas a estar metido en ese aparato, deberías de dejarme la ventanilla. Las películas que ponen en los aviones son muy aburridas para mi gusto y sin nada que hacer suelo marearme con facilidad. No querrás que termine vomitando enfrente de ti ¿o si? -
El ojiazul insertó su tarjeta de Internet inalámbrico en su computadora, ingresó rápidamente a una página extranjera, y tecleó un montón de números en la misma, transfiriendo sin mucho problema una enorme cantidad de dinero de esa cuenta a la que siempre utilizaba en Inglaterra.
-¿No tienes hambre?- continuó Tamaki, desinteresado completamente de las operaciones que llevaba acabo su compañero. -¿Sabes? Nunca he viajado a Japón, y aunque he comido mucha comida japonesa, nunca lo he hecho en esa ciudad. ¿Crees que sabe diferente por el hecho de estar allá? Y nunca he sido bueno con los palillos¿Me verán raro si acaso pido un tenedor?-
Sin escucharle del todo, y terminando con la transferencia, Eriol buscó en las páginas de los diarios japoneses que conocía, noticias nuevas concernientes al caso del "Cómplice del Inglés", sin poner mucho cuidado del rubio a su lado. Después de todo, y a pesar de la obsesión que éste sentía por la cultura oriental, no sabía ni una pizca del idioma nipón. ¿A qué quería ir entonces con él? Seguramente se la pasaría traduciendo todo el tiempo.
-¿Y donde está el botón para llamar a otra azafata que no sea la gorda? Necesito una buena almohada y una cobija¡el viaje es tan largo! y no podré acomodarme así nada más. Y espero que no te moleste pero a veces suelo babear un poco al dormir y me han dicho que ronco otro tanto pero…-
Eriol giró los ojos, llamó a la misma azafata de la que el rubio se había estado quejando pulsando un botón repetidamente, y pidió un montón de botanas y refresco con brusquedad, lo que le ganó una mirada asesina departe de la empleada para él y su compañero, pero con la cual por fin pudo hacer que éste mantuviera la boca cerrada.
Este hombre va a sacarme de quicio antes de llegar a Japón…
La gruesa azafata llegó con todo lo pedido en una pequeña caja de servicio y la colocó en la mesita plegable sin mucho cuidado, lanzando una mirada austera a ambos hombres, retándolos a pedir algo más. Eriol siguió en la computadora, sin ponerle mucha atención, y Tamaki le sonrió nerviosamente. –Vamos, no tiene porque tener esa cara malhumorada.- le comentó tentando a su suerte. –Seguro que su hijo está arrepentido por haberle hecho llegar tarde al trabajo.- y ella, sorprendida por un comentario tan acertado sin siquiera conocer al joven, le sonrió condescendientemente y se marchó a su asiento al frente del avión, con una expresión más relajada en el rostro, sentándose en un pequeño asiento que apenas se ajustaba a su talla.
Ah, maldito Tamaki… De entre todos los amigos que podías encontrar¿Tenías que escoger a uno que tuviera tal habilidad?
¿Yo que iba a saber? Se veía bastante idiota cuando lo conocí…
Y, antes de que pudiera continuar con su búsqueda por nuevas y recientes noticias del caso que le interesaba, ignorando los ruidosos mordiscos del rubio a su lado, la puerta del avión se cerró herméticamente y todo se preparó para el despegue. Eriol apagó su computadora y la guardó en un pequeño portafolios que colocó debajo de su asiento, después de abrocharse el cinturón. Tamaki tomó sus frituras y su coca, y las sujetó como si su vida dependiera de ello.
Habían tomado el avión de las 13:45 del 21 de Diciembre, ya un día después de que el ojiazul se enterara de la noticia que iniciaría el viaje. Los papeles que habían necesitado se habían conseguido prontamente y sin muchas trabas, debido a los contactos con los que contaba Tamaki y la fuerte suma de dinero que se les había ofrecido a los altos funcionarios. La cuenta que Eriol tenía para solventar sus gastos en Inglaterra se había vaciado por completo, pero la que tenía en Suiza aún contaba con varios millones que le servirían en el futuro para otras emergencias. Era un hombre muy rico¡No había trabajado para esa empresa tanto tiempo por nada! Lo único que le había preocupado un poco era la naturaleza curiosa de su compañero. ¿Cómo le explicaría la procedencia de todo ese dinero en su cuenta? Y ya viéndola vacía¿Qué le diría cuando la volviera a utilizar, rebosante de fondos nuevamente? En la mente del ojiazul empezaba a crecer una pequeña preocupación que se iba agrandando poco a poco, mientras proseguía el viaje a su lado… Si acaso, en algún momento del camino, resultara inevitable el destape de la realidad… ¿Le contaría la historia que tanto había estado guardando para sí?. ¿Esa que había intentado desesperadamente mantener en el anonimato? Iba con una perspectiva de viaje peligrosa, que podría incluso terminar con su vida… ¿Arriesgaría la de su compañero también? Ya había perdido una vez a un amigo fiel bajo una lluvia de balas que estaba dirigida sólo a él, un estadounidense rubio de grandes habilidades que, para ser sinceros, se parecía bastante al nuevo joven que iba en ese momento a su lado, disfrutando de las botanas que le había comprado, con singular alegría…
Demonios Eriol, todos estos años en el exilio te han ablandado…
El ojiazul suspiró. Claro que lo habían ablandado. El instinto asesino seguía en su lugar, y seguro había adquirido una mayor fortaleza con el tiempo, siendo sólo desplazado a otras actividades (como el sexo y el deporte) pero… de alguna manera, su exilio voluntario también había aumentado su humanidad. La brecha que Ella había logrado abrir por casualidad, se había ensanchado con el paso de los años, en lugar de cubrirse con esa espesa capa helada de soberbia y vanidad. De no ser así ¿Estaría yendo hasta Japón, poniendo en riesgo su integridad, sólo para ayudar a un amigo del pasado?. ¿Se estaría preocupando por la persona que le acompañaba, ante la perspectiva de su vida puesta en peligro? Pero sobre todo eso, algo aún más escabroso… ¿Porqué se sentía indefenso y nervioso de, si se daba la oportunidad, volver a ver a esa mujer?
Al sentir que las ruedas del avión dejaban el suelo debajo de sí, abandonando la acostumbrada seguridad que le brindaba Inglaterra, Eriol apreció en toda su magnitud la sensación que el regreso a Japón significaba para él. No era sólo retornar a un pasado lleno de nostalgia y plagado de recuerdos tenebrosos a los cuales no se quería enfrentar, sino también a un presente desconocido pero muchas veces imaginado, que seguramente sería mucho peor que los antiguos horrores que había experimentado. ¿Cómo sería su regreso a Japón, sabiendo que todo lo que alguna vez había construido en ese lugar, se había destruido con su supuesta muerte? No podía siquiera llegar a ese departamento que alguna vez había sido su hogar, ni visitar a los viejos amigos que había tenido… y mucho menos podría llegar al lado de Ella, esperando que estuviera sola y dispuesta a recibirlo, después de tanto tiempo de ausencia. Si tenía que ser sincero, ese era uno de sus mayores temores. La vista de Ella, hermosa y sonriente como siempre, parada sobre unos cimientos estructurados e impenetrables que habría construido con otra persona en el transcurso de los años. Una fortaleza tan estable y segura, que ya no cabría la posibilidad de la entrada de él en su vida. ¿Qué haría cuando le viera caminando de la mano, o besando cálidamente los labios expectantes de otro hombre?. ¿Sería capaz de controlar esa furia asesina que de seguro se despertaría en él, anhelante por el olor a sangre de ese desconocido?
Siempre he conseguido lo que querido desde que me convertí en asesino. ¿Por qué no podría conseguirlo ahora?
Claro, Ella no tendría que saber nada del asunto. Si acaso llegara a matar a la persona que en ese momento le arrebataba la felicidad a su lado, haciéndolo parecer un desafortunado accidente… la tendría de nuevo para él. Sí, las pesadillas y la carga de conciencia se harían casi insoportables, y tendría que empezar a tomar ese antisicótico que había despreciado tantas veces, pero… ¿Acaso Ella no lo valía?
Ahora que, pensándolo desde una perspectiva completamente distinta… ¿No sería regresar a sus antiguos pasos?. ¿No estaría despojando nuevamente a la mujer a la que decía amar con tanta locura, de todas las personas que significaban algo para ella? Repetiría la misma historia del pasado, y le haría revivir los momentos más angustiantes de la vida misma, y todos los sentimientos dolorosos y de pesar que ellos conllevan… ¿No la amaba lo suficiente como para no hacerle pasar ese sufrimiento otra vez?
-Shaoran.- Eriol levantó la vista del suelo, en donde había estado clavada sin que se diera cuenta, y dirigió su atención al compañero que tenía a su lado, notando que tenía las comisuras de la boca llenas de pequeños granos de sal, debido a los cacahuates españoles que le habían conseguido.
-¿Qué?- le dijo calmadamente, acostumbrado a la visión del rubio lleno de las migajas de cualquier cosa que se echara a la boca.
Tamaki no lo observó, y se echó otro puñado de cacahuates, acompañando a los que intentaba masticar -¿Ya me vas a contar porque la prisa de llegar a Japón?- y le miró de reojo, de una manera fija y calculadora, esa que mostraba siempre que empezaba a analizar alguna situación.
Sabiendo que no había forma de que se librara de esa, se decidió a decir las cosas lo más apegado a la realidad que se pudiera…
-Voy a ayudar a un amigo que se encuentra en problemas.-
-¿Ah si?. ¿Qué tipo de problemas?- preguntó el otro, poniendo la sonrisa más inocente que su perspicacia le permitió.
-Problemas legales.- contestó el asesino, recargando la barbilla en una de sus manos y mirando fuera, sin poner mucha atención a la conversación.
-Pero tú no eres abogado Shaoran.-
-Lo sé. Es más bien para brindar apoyo moral.-
-Oh, ya veo. Y ¿Cómo se llama tu amigo?-
-Sha…- y se detuvo bruscamente, sorprendido ante su descuido. ¿Qué había estado a punto de decir? –Li, se llama Li.-
-Ah… Sha-li… que curioso.- comentó el rubio para sí, y se sumió en su asiento con los brazos en la cabeza, sabiendo que el ojiazul mentía. ¿Había sido su imaginación o Shaoran había estado a punto de mencionarse a sí mismo, pero desplazándose a una persona diferente, una que estaba encerrada en una cárcel de Japón? Claro que sabía que Shaoran no era su verdadero nombre y, a pesar de que nunca se había puesto a investigar seriamente, estaba seguro de que el pasado de ese hombre carecía de algo llamado "respeto a la ley". Ah, pero Tamaki Suoh no era tonto, y averiguaría toda la vida de su mejor amigo en ese viaje, le gustara o no. ¿Qué más daba si acaso resultaba ser alguien empeñado en huir de la justicia? Él mismo jamás se atrevería a regresar a su ciudad de origen por la misma razón, y admiraba que su amigo, al escuchar que alguien de su pasado estaba en aprietos, regresara a un sitio donde era buscado, para ayudarle. Eso sí que era valentía.
…
La tarde ya había empezado a caer, cuando Eriol despertó de una pequeña siesta, producto del cansancio que sentía sobre sus hombros al no dormir nada la noche anterior. Cuando abrió los ojos y se tocó la frente para intentar calmar un ligero dolor de cabeza, descubrió sin mucha sorpresa que estaba cubierta por una delgada capa de sudor casi imperceptible, ocasionada por una ligera pesadilla que había tenido y que ya no lograba recordar. Era casi siempre del mismo modo. Dormir, despertar sin recordar el sueño en el que había estado involucrado, seguro de que se había tratado de una pesadilla, y tener que lidiar con un pequeño dolor en las sienes cada vez. Sin explicación, así nada más. Ya se había acostumbrado. Ya no cargaba ni siquiera las pastillas que le habían servido al principio de su pequeño 'padecimiento' para olvidarse rápidamente de la molestia que le ocasionaba esa punzada constante. Desaparecía después de un rato de todos modos.
-Ah, por fin despertaste.- Tamaki lo miró sonriente, quitándose unos audífonos que llevaba en los oídos, distrayendo su atención de una pequeña pantalla frente a él que había estado mirando sin mucho interés. -¿Quién iba a decir que dormías como un bebe Shaoran¡Ni un solo ruido en todo el trayecto!-
Eriol giró los ojos, sin responderle, y alcanzó rápidamente un portafolio que había estado olvidado bajo su asiento, para sacar la computadora acomodada pulcramente dentro de él.
-¿Sabes Shaoran? Mientras dormías, estaba pensando en lo que haremos al llegar a Japón.-
-Cualquier plan que tengas en tu desquiciada mente, no me interesa. Además, ya te dije que no voy en este viaje como recreación.-
-Lo sé, lo sé, pero se me ocurrió una idea que quizás sea conveniente para ambos.-
El ojiazul le volteó a ver, levantando una ceja dubitativamente.
-¡Hay que visitar a Tomoyo!- exclamó con singular alegría, pero con un brillo travieso en sus ojos ámbar.
Si Eriol hubiera estado comiendo algo en ese momento, se hubiera atragantado con seguridad.
-¿Estás enfermo?- le contestó casi gritando, perdiendo por un momento la usual compostura que le caracterizaba.
-No, sabes que cuido mucho de mi salud.- Amplió su sonrisa. –Bueno, es que pensé que si nos tomábamos la molestia de ir hasta Japón, no estaría de más que visitaras a tus antiguos amigos ¿no? Para recordar viejos tiempos.-
-No necesito recordar viejos tiempos. Y menos con ella.-
-Vamos Shaoran no seas amargado. ¡Imagina lo que dirá cuando vea que estás de regreso!-
-No Tamaki, eso es imposible… ella piensa que estoy muerto.-
-¿Muerto?. ¿Y eso a que se debe?-
-Necesitaba alejarme de Japón por un tiempo y no podía llevarla a ella conmigo, y mucho menos que me buscara de acaso saber que estaba vivo. Sería peligroso para ambos.-
-Shaoran, no había querido decirlo pero… creo que tendrás que contarme tarde o temprano lo que pasó cuando viviste en Japón. No es que esté deseoso de saberlo (aunque pongas esa cara, créeme que no lo estoy) pero si voy a ayudarte necesitamos cooperar el uno con el otro.-
-¿Quién dijo que necesitaba tu ayuda? Además¿Por qué iba yo a contarte mi pasado, cuando tu lo escondes perfectamente detrás de esa sonrisa idiota?- y le miró significativamente, esperando alguna reacción típica de él, una sonrisa, un comentario sarcástico, un puchero igual al de un niño… pero en lugar de cualquiera de esas cosas se encontró con un rostro serio, grave, sin pizca de la infantil picardía que le caracterizaba.
-No creo que quieras saberlo Shaoran.-
-Bueno, talvez entonces quieras decirme tu verdadero nombre.- dijo el ojiazul, recargándose en su asiento cómodamente, tratando de aparentar indiferencia, cosa que no le salió del todo.
El rubio se rió genuinamente por fin. –Tamaki Suoh es mi nombre Shaoran, créelo o no. Mi madre tenía descendencia japonesa, y su abuelo se llamó Tamaki, así que nombró a su único hijo en honor a él. Suoh es el apellido que heredé de un padre desobligado y bebedor, originario de uno de los barrios bajos de Paris. Cuando los dos se separaron y mi madre emigró a Estados Unidos y me llevó con ella, muchas veces me escondieron el almuerzo debido a mi extraño nombre y apellido, pero nunca me sentí avergonzado de ninguno.-
Eriol se sonrió a sí mismo. Al menos, por fuera, parecía que decía la verdad. ¿Quién diría que había estado siendo honesto con él desde el principio? En esa parte claro.
-Y bueno, ya que estamos siendo honestos¿Qué me dices de ti "Shaoran"?. ¿No pensarás que me he creído todo este tiempo que ese es tu nombre, siendo yo así de brillante?-
-No, en verdad no lo creí.- se sinceró, pero no le respondió de inmediato. Su caso había sido uno muy sonado en Japón, y talvez había trascendido al extranjero. Su verdadero nombre debía de ser famoso, sobre todo entre psiquiatras, criminólogos, y una que otra secta satánica que ya le veneraba. Algunos sitios de Internet tenían su fotografía y, aunque ya era noticia vieja, seguía figurando en las páginas de "los peores asesinos de la historia", o "los famosos asesinos seriales", claro, con su respectiva fecha de defunción y ubicación de su lápida. ¿Quién diría que recibiría visitas cada año por uno que otro demente que parecía adorarlo e intentaba imitarle al menos en su forma de vestir? Esperaba de verdad que, a pesar de la enorme publicidad extendida por todos los medios de comunicación, Tamaki permaneciera ingenuo acerca de su identidad, siquiera por unos cuantos días mas. Tenía que encontrar la manera de sincerarse con él.
-Bueno, supongo que no tiene caso ocultarlo más ¿no? Estando en Japón, con las personas que conocí, tarde o temprano lo hubieras descubierto, y supongo que es mejor ahora que entonces.- Tamaki permaneció callado, expectante. El inglés le miró largamente y suspiró con resignación. –Mi nombre es Eriol Hiragizawa.-
El rubio soltó el aire que había estado guardando lentamente, y se hundió en su asiento, sonriendo sinceramente. –Vaya, creo que es un nombre que te va bien. Si me lo preguntas, Shaoran Tsukishiro se escuchaba muy forzado.- Eriol sonrió.
No reconoció mi nombre. Aún queda un rato más de tranquilidad…
…
Son las nueve menos cuarto del 22 de Diciembre. El majestuoso mar que había estado adornando mi ventana con sus destellos cegadores, ha cedido su lugar para dar paso a una hermosa y tranquila costa blanca. El avión ha empezado a perder altitud. Pronto el piloto anuncia, a través de una voz encajonada, que pronto llegaremos a nuestro destino. Japón… mi estómago se revuelve de la emoción y el miedo de sólo pensar en poner los pies ahí nuevamente. Recorrer los caminos que pensé jamás volvería a cruzar, encontrándome con infinidad de recuerdos, podría causarme un colapso irreversible. Escuché una vez acerca de un hombre que perdió la cordura por enterarse que iba a ser padre, y otro después de tirarse en paracaídas…cualquier cosa puede desencadenar la psicosis, y supongo que cualquier cosa podría desatarla en mí, cualquier estímulo, cualquier pequeño impacto. No quisiera pisar Azkaban otra vez…El aviso luminoso para abrocharse el cinturón se iluminó prontamente, y las azafatas se fueron a sentar lentamente a la parte delantera del avión. Tamaki está roncando ruidosamente a mi lado, y no tengo más remedio que pegarle un codazo para que empiece a enderezar su asiento. Él me mira somnoliento pronunciando unas palabras incoherentes, y se abrocha el cinturón sin muchos ánimos, bostezando con descaro. Tokio aparece ante mí en toda su gloria. La torre roja y blanca sobresale reluciente de entre toda la masa gris de edificios y calles asfaltadas. Alcanzo a ver el tren bala, que recorre a toda velocidad sus vías con asombrosa gracilidad, dejando atrás un paisaje fugaz lleno de rostros preocupados, somnolientos, felices, angustiados…un mar de sentimientos conjugados en el que a veces no me quisiera inmiscuir.
El avión ha tocado tierra. El capitán anuncia la temperatura del lugar y la hora, agradeciendo sin mucho entusiasmo a todos los usuarios, invitándonos a utilizar nuevamente sus servicios. Tamaki me sonríe emocionado como un niño pequeño, desabrochándose el cinturón con impaciencia antes de que fuera apropiado. Le comprendo. Nunca ha estado en este país a pesar de ser su obsesión. Seguramente se la pasará metido en restaurantes típicos, en concurridos centros de novedosos videojuegos, anime y manga, visitando museos y monumentos, o probando el kotatsu, del que tanto había hablado siempre y que nunca había tenido la oportunidad de comprar.
Ambos bajamos del avión en medio de un pequeño tumulto de gente. La banda de equipaje pronto nos trae nuestras pocas pertenencias y somos de los primeros en salir a la sala principal del aeropuerto internacional. La mañana está en su apogeo, y muchos viajeros nipones y extranjeros aguardan hasta el tiempo de abordaje o revisan las pantallas con la información de los arribos. Yo me detengo en un teléfono público y realizo varias llamadas. Primero, a la estación del tren. Me informo de los horarios y me doy cuenta de que podemos llegar al que parte a las once en punto; después llamo a algunos hoteles famosos en Osaka, reservando una habitación doble en uno de ellos, unida por una puerta privada. Al colgar el teléfono, me doy cuenta de que mi compañero, emocionado por recorrer un lugar en Japón, botó su maleta a mi lado, confiado de que la cuidaría por él, y salió huyendo a quien sabe que lugar.
Lo bueno que tengo mucha paciencia, y tenemos tiempo de sobra incluso para desayunar. Antes de buscar asiento, me dirijo a una casa de cambio, donde adquiero, después de deshacerme de varios miles de euros, varios millones de yenes, que servirán para sobrevivir un tiempo en esta ciudad, un tiempo relativamente corto, considerando la glotonería de mi compañero de viaje.
Después de guardar el dinero cuidadosamente, me instalo en una mesa de un pequeño café abierto las 24 horas, y la camarera pronto trae mi pedido: un expreso, para mantenerme despierto y sin bostezar, y unos pastelillos de fresa, para deleite personal. Paso un rato en la soledad, lo cual agradezco, después de un viaje de avión concurrido y largo, hasta que, después de media hora, hace su aparición Tamaki con un montón de bolsas en las manos.
-¡Vaya Sh… Eriol!. ¡Venden tantas cosas bonitas en este país que no podía decidirme por que comprar¿Y sabes algo¡Fue fácil porque todas las dependientas hablan inglés!-
-Por si no lo has notado, acabamos de llegar. No deberías comprar tantas cosas el primer día de viaje.-
El rubio me sonríe infantilmente, chasqueando la lengua. –Ah, pero compré algunas cosas necesarias. ¡El estilo sobre todo¿No crees?- y antes de que pueda responderle, saca un paquete de una de sus bolsas, entregándomelo sin mucho cuidado. Lo abro de igual manera, escudriñado siempre por la mirada de mi compañero, y me encuentro con una agradable sorpresa: una gabardina negra de cuero parecida a la que llevo en este momento, sólo que con corte a la altura de los tobillos. Quitándome a mi vieja compañera, me pruebo la nueva prenda, y descubro con sorpresa que mi rubio amigo tiene buen gusto después de todo, algo que no le diría sin antes arrancarme la lengua.
-¿También voy a tener que pagar por esta?- bromeo, sin poner mucha atención a una gabardina negra mas corta que ya reposaba sobre los hombros de Tamaki.
-Creo que es el único regalo que recibirás de mí en este país. ¡Lo demás corre por tu cuenta!-
Sin decir palabra, guardo a mi vieja compañera ceremoniosamente, pago la cuenta, y ambos salimos del aeropuerto, dispuestos a tomar el tren bala que nos llevará a Osaka… Mi antiguo hogar.
…
El viaje a Osaka resultó ser placentero y relajante, ambos acomodados en un compartimiento privado, alejado de los niños y el bullicio. Su viaje pasó en silencio, exceptuando algunas exclamaciones de deleite por parte de Tamaki, que nunca se separó de la ventanilla, observando con curiosidad y alegría la escena natural que se imponía continuamente ante él. Ya en la ciudad, tomaron un taxi en la estación, que los llevó a un lujoso hotel a pocas cuadras de la torre Tsuuten. Se instalaron rápidamente en sus habitaciones, ya que la reservación ya había sido hecha, y bajaron a la ciudad con la intención de comer algo.
Eriol, que nunca antes había servido como guía turístico, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contestar la lluvia de preguntas que le lanzaba Tamaki, con respecto de cada lugar que iban pasando y que le parecía interesante. Caminando despacio, llegaron calmadamente al pie de la torre Tsuuten, y se acomodaron en una mesita de un discreto restaurante japonés en un segundo piso, al lado de una ventana que daba a la calle, desde donde podían observar el ajetreado andar de las personas y los automóviles que trataban de ganarse el paso el uno al otro. El rubio, emocionado por probar por fin la comida japonesa hecha en Japón, mencionó Onigirí varias veces a la camarera, que lo veía extrañada, señalando un colorido dibujo de las mencionadas bolas de arroz con bambú, y un plato de unagi que nunca antes había probado, pero que le había parecido sabroso en la fotografía. Eriol, en cambio, se limitó a pedir un plato de Tempura, que si bien no le satisfaría el hambre y no era que tuviera mucha, sí serviría para mantenerle con energías para los siguientes días exhaustivos corporal y mentalmente.
El inglés, no muy deseoso de pensar en los motivos que le habían llevado de regreso a ese país, sabiendo de todas formas que se tendría que preocupar por ellos luego, se había entretenido observando a su compañero comiendo. Lo hacía de una manera tan despreocupada y suculenta, que le hubiera gustado encontrarse en su lugar en esos momentos, disfrutando solamente de un viaje de esparcimiento, y no en uno en que la perspectiva a la que se enfrentaba le resultaba sombría y descorazonadora. Suspirando derrotadamente, y casi sin haber tocado su comida, el ojiazul volteó la mirada a la ventana, fijándola en un pequeño restaurante al otro lado de la calle, uno que ya casi había olvidado, pero que reconoció gracias a un enorme anuncio luminoso con una torre Eiffel como escudo, anunciando típica comida francesa. Ahí, en ese lugar, se había topado con Ella una vez, la primera que habían salido a pasear, después de dejar a sus dos amigos tórtolos acaramelados en su cita inaugural. Ese mismo día en que su vida había cambiado al ofrecerle inocentemente su casa para quedarse un tiempo, después de un saqueo desprovisto de sentido en su hogar. ¡Que tiempos aquellos! Cuando no podía esbozar siquiera una pequeña mueca asemejada a una sonrisa por temor a derrumbar las murallas que había construido con tanto trabajo, pero que ella había logrado profanar en tan poco tiempo, en tan pocos días, desestabilizando la vida que había creído perfecta hasta entonces. ¿Quién diría que esa persona fría y distante al principio, era la misma sentada ahora en ese restaurante japonés, sonriendo de una manera discreta al invadirle los recuerdos?. ¡Cuántas personas de su pasado se burlarían de él!
Y sin pensarlo, casi por instinto, por intuición, por un impulso repentino que no se molestó en reprimir, volteó la mirada hacia ese punto antes observado, en donde se alzaban los cristales inmaculados del restaurante francés, y se quedó sin aliento. Se levantó de la mesa abruptamente tirándole la limonada encima a Tamaki, que protestó con rudeza, y se irguió ante el balcón, apoyándose en el barandal en busca de un soporte, tanto físico como imaginario, que le sirviera para contener su impulso de saltar del segundo piso. Su corazón se atoró en su garganta dolorosamente y sus ojos se nublaron por un breve instante, obligándole a quitarse las gafas azuladas para enfocar su vista de mejor manera. Era casi la misma reacción que había tenido aquella vez en Inglaterra, cuando había confundido a esa mujer con otra que aún estaba en Japón. Sólo que esta vez, su corazón no tuvo duda, sólo certezas acuñadas que le dispararon una euforia y alegría inusitadas. Algo que llevaba varios años sin experimentar.
¡Bendita visión!. ¡Tenía que ser el destino, no había más explicación! Sólo de esa forma se podría dar esa maravillosa oportunidad. ¿Como demonios entender entonces un encuentro así de afortunado, sin planearse, sin pensarse, en una ciudad con millones de habitantes, con millones de lugares a donde ir?
No podía creerlo. Ahí, de la nada y de repente, había aparecido Ella. ¡Ella¡Tomoyo Daidouji en persona! Y no había equivocaciones esta vez. Su rostro, su cuerpo, su caminar, eran los mismos de siempre. Su tez pálida acentuada por las sombras a su alrededor, y su largo cabello azabache descansando sobre su espalda. Su porte altivo y carismático a la vez, atrayendo miradas curiosas y lujuriosas a la vez. Se encontraba ahí, delante de ese restaurante, observando con una mirada extraviada los interiores del establecimiento. Había detenido su atractiva caminata sólo para cumplir ese objetivo, que parecía ya un hábito en su andar. Como el inglés se había imaginado muchas veces allá en el condado de Sussex, llevaba un bonito traje sastre color gris que se ceñía a su delgada cintura, y un portafolios negro, que parecía bastante caro, colgando pesadamente de una de sus delicadas manos. Eriol se deleitó con su vista, sin moverse, sin respirar. Pensó por un momento que su pecho estallaría de la emoción, brindándole una muerte feliz y pacífica. Pero no. Debía verla de cerca nuevamente. Tenía que comprobar que todo en ella seguía igual, como la última vez que la vio. Con esa inocencia, con esa calidez y ternura, mezcladas con esa fortaleza y autosuficiencia que tanto había llegado a amar; y también para cerciorarse de que no se estaba enfrentando a una nueva triquiñuela de su mente e imaginación. Pero¿Cómo acercarse a ella?
Tomoyo, observando su reloj de pulsera con detenimiento, y mirando una vez más el interior del restaurante con algo de nostalgia, se echó a andar nuevamente por la calle, sin voltear atrás. Eriol, que no podía pensar bien del todo, aventó un pequeño fajo de billetes a la mesa, más que suficiente para pagar ambas comidas, y salió del restaurante casi corriendo, dejando atrás a un Tamaki sorprendido y confundido, aún con un bocado de onigirí en la boca.
-Te veo en el hotel.- fue lo que alcanzó a pronunciar coherentemente, haciendo un esfuerzo titánico por pasarse ese nudo que sentía en la garganta, antes de correr escaleras abajo, casi tirando a una pareja de ancianos que subía con mucho esfuerzo.
No tardó en alcanzarla, poniéndose siempre a una distancia prudente que no le levantara sospechas. Se puso los lentes nuevamente y caminó entre la multitud, intentando perderse entre los miles de transeúntes sin lograrlo del todo. La miró caminar despreocupadamente, ingenua de las miradas que le propinaban al pasar, dirigiéndose segura a alguna dirección para él desconocida. El ojiazul mantenía los puños apretados dentro de los bolsillos de la gabardina, tratando de contener el impulso de acercarse a la mujer. Tenía sentimientos encontrados sobre su proceder. ¿Acercarse a ella, fingiendo que nada había pasado, o mantenerse recatado a observar un poco más la situación?
No seas tonto Eriol, no puedes abordarla de una manera tan precipitada en medio de la calle. No después de tantos años, y mucho menos después de aparentar tu muerte. ¿Qué demonios le vas a decir? "Te engañé durante todos estos años linda, haciéndote creer que estaba muerto¡pero ya regresé!". ¡Es absurdo sólo mencionarlo!
¿Qué hago entonces? No puedo dejarla ir ahora que la he vuelto a ver. Sé que dije que no venía hasta Japón para verla, pero ahora que el destino me ha traído a ella… no puedo dejar que se vaya así como así.
Y la única idea coherente que se le ocurrió, dentro de lo cabido en ese remolino de sentimientos e impulsos, para no dejarse ver en ese preciso momento y para no perderla esta vez, fue seguirla, seguirla secretamente escondido entre la gente. La seguiría por la ciudad entera si era necesario para averiguar donde era su nuevo hogar, tenerla ubicada para saciar siquiera su mirada con su delicada silueta en la ventana de vez en cuando. Claro, ahora que la había visto y había descubierto que todos esos sentimientos que había intentado guardar bajo llave, seguían ahí y con la misma fortaleza de la primera vez, averiguar su ubicación actual y visitarla secretamente era sólo el primer paso. Ya pensaría después como sería su primer encuentro… después de seis años. De seis largos y dolorosos años. Ya no podía esperar más.
Continuará…
Ujuu! Otro capítulo hecho! Digo, ya llevaba un rato sin publicar, pero no saben cuantas veces reviso cada capítulo para cerciorarme de que es de mi agrado y para tener siempre los menores errores posibles… es cansado a veces, pero gratificante al terminar. Espero que les haya gustado este capítulo que, aunque al principio empezó lento, pues tuvo un final esperado. El primer encuentro. Claro, de él XD no dije que sería de ambos ¿o si? Ja ja. Gracias por todos los reviews, mails y animo por msn que me han brindado todos, espero no haberlos decepcionado, y espero también una nueva opinión si es que les sobra tiempo por ahí. Espero no tardar mucho el próximo capítulo, que prometo tendrá algo nuevo. No dejen de leer!!
Pd. Oye NN ya casi esta el personaje eh? Talvez en el próximo capítulo. Espéralo! XD
Pd2. Por cierto, alguien me dijo por ahí que Eriol no parecía el mismo, que en el pasado no estaba obsesionado de tal forma con el sexo, y espero que se haya resuelto la duda en este cap. Claro que es distinto. Imagina a un asesino, acostumbrado a la adrenalina, a la emoción, sumido en un pueblito aburrido y monótono, sin nada que hacer. Vamos, sino quería despertar nuevamente la sed, tenía que desplazar toda esa emoción de los años pasados a la que tanto estaba acostumbrado a otra parte, y la manera de hacerlo, conjuntamente con el deseo de estar con una sola mujer, lo indujeron al vicio del sexo, y algo de deporte jaja. Por eso lo vez tan cambiado. ¿Imaginalo sin asesinar y estando con Tomoyo? XD
Creo que es todo, gracias a todos, nos vemos después!!
Tiff
