Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no es mío.

Capitulo cuatro: Tentaciones.

—¡Edward tira del estribo!—El caballo saltaba como un condenado, tiraba de las cuerdas que habíamos atado a las riendas, con tanta fuerza que los dos que estábamos sujetándolo nos veíamos lanzados hacía la verja de contención.

Jasper corrió detrás de la bestia, mientras que Jacob y Jared trataban de entretenerlo a mi derecha.

Por un escaso segundo pensé que lo conseguiríamos. El caballo permaneció quieto, resoplando y tirando con poca fuerza de los amarres. Nos acercamos poco a poco, por el extremo de mi ojo pude ver las sonrisas nerviosas de Jared y Jacob. Entonces, justo cuando estábamos a punto de domar a la fiera, el caballo coceó y arrancó una de las sogas que lo contenían. Después, entre saltos, bufidos y embestidas volvió a su posición al otro lado de la verja.

—¡Mierda!—Bramó Jasper fulminando al pura sangre con la mirada.

Un caballo de raza y casta pura, mas imposible de domar. Era un espíritu libre.

Limpiándome las manos en mi pantalón vaquero, dejé a los muchachos que siguieran con su trabajo y entré a la casa. La señora Cope había terminado de podar sus adorados rosales el día anterior, por lo que ahora estaba en la cocina, revisando con afán las humeantes ollas de lo que sería el almuerzo.

—¿Despertó ya?—Inquirí señalando las escaleras que daban a los dormitorios. Hacía unos minutos que el reloj de la iglesia entonó las doce campanadas del medio día. Y mi huésped no bienvenida seguía sin dar señales de vida.

—No—La señora Cope chasqueó la lengua. Si a alguien en la casa le molestaba más la visita que a mí, era a ella—Si me pregunta a mi, le diré que así son las niñas de ciudad—Soltó un puñado de verduras en una de las ollas y se giró a mirarme—¡Son todas unas flojas! Vamos a tener que tirarle un barreño de agua para que se despegue de la cama—Habría sonreído de no ser porque ella lo decía completamente en serio.

Observé la escalera dubitativo. ¿Estaría bien subir a ver qué había pasado con ella?

No. No estaría bien. ¿Qué tal si dormía desnuda o algo así? No gracias, prefería seguir conservando mis aparatos reproductores. Además qué pensaría de mí si irrumpiera en su habitación como si nada.

Jodete Masen. Me dije enfadándome de verdad. ¿Qué más me daba a mí lo que pudiera pensar ella?

Yo ya sabía cómo eran esas niñitas de ciudad. Sobre todo las que a James le gustaban. Despampanantes, delicadas y forradas en oro desde la maldita cuna. Llenas de vanidad, frías como el hielo, sin sentimientos sanos. Sin metas. Acostumbradas a obtener todo lo que quisieran con un par de movimientos de sus largas y espesas pestañas. Bañadas en perfumes caros e inútiles, porque el hedor de su egocentrismo terminaría por camuflar todo ese aroma que sólo el dinero podía pagar.

Yo no necesitaba que nadie me dijera cómo eran. Lo sabía muy bien. Y por eso mismo, me dirigí hacía las escaleras y subí de dos en dos con las manos empuñadas.

Mis pasos sordos por las botas de plástico grueso, resonaron por todo el pasillo. Me planté delante de la puerta donde la tal Isabella dormía y golpeé la madera con fuerza.

Dentro no se escuchó nada. Seguramente la chiquilla aún dormía profundamente, ajena a que era lo suficientemente tarde como para que en vez de desayunar, pasara directamente al almuerzo.

Volví a tocar, esta vez con más fuerzas y dentro sí se escuchó algo.

Como el maullido de un gatito quejumbroso.

—Es tarde, tienes que irte. Tu tren pasará en un par de horas—Bramé, lo suficientemente fuerte para que hasta la señora Cope se enterara.

Bajé de nuevo a la cocina, donde mi ama de llaves lucía una sonrisita satisfecha.

—¡Edward!—La voz de Jacob me llegó desde el hall. Metí un trozo de pan en mi boca y salí a su encuentro.

—¿Qué pasa?—Pregunté.

—Nada malo, ya llegó el pedido que hiciste la semana pasada—Asentí y lo seguí hacía la entrada de la casa.

Apoyado en un camión de tamaño mediano esperaba McCarty con el pedido. Lo saludé y me dispuse a sacar todos los bultos de la parte trasera. Jasper y Jared ya habían empezado y los dos caminaban hacía los establos con sacos de heno en los hombros.

Tardamos una hora completa en dejar el camión limpio. Emmett aprovechó para seducir a la señora Cope hasta que ésta le regaló una de sus famosas empanadas.

—Es que mi Rosalie las adora—Se disculpó mientras arrancaba el vehiculo.

Cuando el reloj dio la una de la tarde y me di cuenta de que mi invitada seguía sin hacer caso de mis llamadas de atención, terminé por estallar.

Ésta vez no llamé si quiera. Salté de dos en dos las escaleras y entré sin más.

La habitación que le había asignado a Isabella la noche anterior, permanecía oscura, con las cortinas cerradas completamente.

Me acerqué pisando fuerte y las abrí de par en par. Entonces escuché nuevamente ese extraño gemido. La muchacha estaba tapada hasta el cuello y su cara lucía demasiado roja para ser normal. Tenía la frente empapada de sudor y se removía inquieta.

Despacio me agaché a su lado con el entrecejo fruncido.

—Despierta—Dije en voz baja—¡Ey! Despierta…—Volví a intentar. Pero ella no despertaba, es más, tenía la fuerte sospecha de que ni siquiera podía escucharme.

Puse una mano en su frente y su piel ardía bajo mi palma. Tenía fiebre, mucha fiebre. Y me puse nervioso. No estaba acostumbrado a este tipo de situaciones. Noté cómo se estremecía por el tacto de mi piel fría contra la suya. Pasé una mano por mi cabello y respiré por la boca, tratando de tranquilizarme.

—Mm…—La muchacha se removió más fuerte entre las sabanas arrugadas, pude ver que seguía vestida. Suspiré aliviado—Me, me…duele, yo…—Un coro de toses secas siguió a sus escasas palabras.

—Shh—Siseé tratando de que se calmara. Su tos no sonó nada bien. Pensé en la noche anterior, cuando había ido a buscarla y la encontré empapada de los pies a la cabeza, temblando y con los labios azules. En ese momento había sentido un retortijón nada agradable en el estomago, comúnmente llamado culpa. Cuando la había visto en la escalera de mi casa, tan pequeña y delicada, con esa piel blanca que lucía agradablemente suave y esos ojos tan profundos y oscuros, debo reconocer que me sentí desarmado.

Entonces ella abrió la boca y su altanería me recordó tanto a la de mi propio hermano…

Su acento de ciudad trajo recuerdos no deseados y por eso la ignoré y cerré mi puerta en su bonito rostro.

Y sí, reconocía que me había portado como un capullo integral. No sólo ignorándola, sino que con el pretexto de bajarle los humos, le había insinuado que era poco agraciada. Una mentira tan grande como la copa de un pino. Porque seguramente sería egocéntrica, floja y con inteligencia limitada, pero fea no. En realidad era la cosa más bonita que había visto en mucho, mucho tiempo.

Y claro, ahora la bendita culpa afloraba más que nunca. Por mi culpa se había puesto enferma. Salí de la habitación y bajé las escaleras rápidamente, la señora Cope me esperaba abajo. Al ver que no traía a la muchacha conmigo, frunció el ceño.

—Está ardiendo en fiebre—Su ceño se suavizó—¿Puedes llamar al doctor?—Asintió y partió al salón dejándome sólo con mis asquerosas sensaciones. Hacía mucho que no me afectaba así nadie. Y tenía que venir esta niña a hacerme sentir culpable y mal conmigo mismo.

Un cuarto de hora después, Carlisle Cullen, el único medico del pueblo apareció. Lo guié hacía la habitación y dejé que hiciera su trabajo a gusto.

Mientras tanto me dediqué a pasear por el pasillo como un león enjaulado, tirándome del cabello con las dos manos y resoplando como un toro herido.

Si la hubiera dejado pasar…Si la hubiera dejado explicarme. Si yo no la hubiera echado así…

Me repetía. Pero como todos saben, el hubiera no existe y ahora el daño estaba hecho. Tendría que al menos pedirle disculpas. Aunque dudaba que eso fuera suficiente. Y además ¿A quién quería engañar? Yo no era un hombre de "pedir perdón", era más de fruncir el ceño y asentir con la cabeza.

La señora Cope subió con varias toallas limpias y un barreño de agua, esta vez para ponérselo en la frente, no para sacarla de la cama, y después me arrastró con ella a la cocina para que almorzara.

La verdad es que no tenía mucha hambre, pero bajo el escrutinio de mi ama de llaves y su cuchara de palo, no podía decir tal cosa, así que engullí la sopa con afán mientras observaba el reloj cada dos segundos.

Estaba sirviéndome el segundo plato cuando entró Carlisle por la puerta. Le indiqué que se sentara con un gesto de cabeza.

—¿Y bien?—Inquirí algo desesperado por su silencio. La señora Cope me lanzó una mirada extraña.

—Tiene gripe—Asentí, lo mismo había pensado yo—Y está ardiendo en fiebre—Volví a asentir. Carlisle sacó un par de hojas de papel de su maletín de cuero negro—Sobre la mesita dejé dos cajas de antibiótico y algo de mentol—Me entregó los papeles, con varias anotaciones sobre lo que tendría que hacer—Estará enferma cerca de una semana y tendrá que tomar mucho liquido. Si le sube más la fiebre, avísame Edward—Quise pagarle sus servicios, pero como siempre, no aceptó.

Le di las gracias y se marchó.

La señora Cope nunca aceptaría que se había ablandado un poco. Pero sí lo hizo, vaya que lo hizo. Después de almorzar subió a ayudar a la chica a cambiarse de ropa, le dio los medicamentos e incluso puso un paño de agua helada sobre su frente. Claro que antes de irse murmuró falsamente enfadada:

—No me pagas lo suficiente. Esa niña no entra en mi contrato—Sonreí de lado, eso sí, evitando que ella me viera y arrojara algo sobre mi cabeza—Oblígala a tomar las medicinas, es muy terca—Y se marchó.

Esa era mi señora Cope de toda la vida. Una mujer dura, reacia a las muestras de cariño y con un corazón tan grande que no le cabía en el pecho.

A la hora de cenar, llené una bandeja con sopa, pescado y patatas cocidas y la subí escaleras arriba hasta la habitación de la chica.

Ella se sentía como un ente extraño en mi casa. ¡Qué demonios, ella era, algo extraño…!

Empujé la puerta y pasé pisando con cautela para no interrumpir su sueño.

Dejé la bandeja en la mesita y me senté a su lado en una silla, sintiéndome absolutamente incomodo.

De pronto ella se removió y se giró hacía mí con los ojos completamente abiertos, como si estuviera asustada.

—¿Dónde estoy?—Susurró. El aire escapando entre sus labios secos y rojizos, toda su cara roja y seguramente caliente. Haciendo caso omiso a su pregunta y dejando que ella sola atara cabos, metí el paño en el agua fría, lo estrujé y con cuidado lo puse sobre su frente.

Al rozar la piel de su rostro con mis manos, sentí como el vello de mis brazos se erizaba. Mi estomago se llenó de un peso calido. Fruncí el ceño. Esto era tan malditamente extraño…

—Me siento muy mal—Volvió a decir ella, que hasta enferma como estaba tenía que seguir rompiendo el silencio con palabras obvias. Apreté los labios y asentí.

—Tienes gripe, estás enferma—Dije—Te traje un poco de comida—Señalé la bandeja. Ella arrugó su pequeña nariz. Una mueca inocente que me hizo sentir ganas de reírme. Pero no lo hice. Me sentía demasiado confuso como para hacerlo.

—Si como algo, vomitaré—Asentí, ella trató de darse la vuelta pero gimió de dolor y se quedó muy quieta—Siento como si me hubieran atropellado—Mordió su labio inferior mientras trataba de incorporarse. La detuve poniendo mis manos sobre sus hombros. Aún con la tela de su pijama de por medio, su piel ardía contra mis manos. Ella se sonrojó más de lo que ya estaba—Quiero ir al baño—Musitó, la solté como si quemara-aunque en realidad sí que quemaba un poquito-y volví a sentarme en la silla.

Con mucho cuidado la muchacha se levantó sobre sus inestables y descalzos pies y avanzó tambaleándose hacía el baño.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, me di cuenta de que había estado conteniendo el aire en mis pulmones. Lo dejé salir lentamente y jugueteé un poco con la botella de zumo que había traído para ella. Isabella finalmente salió y volvió a meterse en la cama. Se recostó sobre las almohadas y se estiró como un gatito.

Sólo entonces, fui conciente de tres cosas. Una. Ella no tenía sujetador y sus pezones se erizaban juguetones contra la tela suave de su pijama. Como llamándome. Dos. Mis manos picaban, como si clamaran por acariciarla. Y tres. Ella era una tentación. Una muy peligrosa, frágil y enferma tentación. Y yo no podría contenerme por mucho tiempo. Ella sólo llevaba una noche en mi casa y yo ya quería saltar sobre su cuerpo.

Oh dios Masen. Me dije. Contrólate.

Y yo quería controlarme, pero mi cuerpo no estaba por la labor.

Así que sin poder aguantarlo más, murmuré una estúpida excusa y salí de esa habitación como alma que lleva el diablo.

N/A: ¡Hola! Bueno aquí el cuarto chap. Espero que les guste, es el primer pov de Ed, así que bueno supongo que es especial, ya pudieron ver cómo es él un poco más.

Muchas gracias por su apoyo, son todas geniales y las adoro.

Bueno, también les quería contar que ayer mi amiga Ise me informó de que me estaban plagiando. "El Pacto" fue subido en una pagina llamada "Luna Nueva Meyer" por una tal "Cecii_xD", la chica se atribuía todo el merito por el "copia y pega" que hizo de mi historia. Le mande un mensajito y lo borró, ahora les quería pedir que si ven mis fics en otra pagina que no sea ésta, me avisen. Porque yo jamás di permiso a nadie de subir mis historias en otro lugar.

Y lo peor es que no sólo a mí me pasó, a Chapis Cullen (Su perfil en el mío) le copiaron su idea, cambiaron un poco los escenarios y listo. Estoy muy indignada…Así que obviamente esto no quedará así.

Un beso a todas y gracias por su apoyo.