Aquí traigo el cap de la semana, espero que os guste.


—Te digo que deberías planteártelo, en serio. Isabelle vino diciendo que iba a ganar dos mil, y a saber cuánto ganará Orfeo.

La luz de media tarde entraba por la pequeña ventana del dormitorio de Annelise, una habitación no muy grande, con una cama y un escritorio donde descansaban tanto su ordenador como sus libretas de apuntes. La joven se encontraba sentada en la silla del mismo, observando con gesto serio a Anthea, que se encontraba sentada encima de la cama con las piernas cruzadas, abrazando un cojín contra su pecho. Tenía el rostro preocupado y no era para menos, pues le había llegado un nuevo aviso por parte de la universidad diciendo que, si no pagaba en medio mes la cuota de matriculación que debía, la expulsarían por impago.

Annelise se percató del estado de la chica, motivo por el cual le pidió que fuera a su dormitorio, donde la encontró sentada ante su ordenador con la ya famosa página de citas abierta en su navegador. Parecía que ella también había estado mirando aquella web, aunque por lo que Anthea había podido ver en la pantalla cuando cerró la puerta a sus espaldas aún no se había registrado. Daba la impresión de que necesitaba un impulso extra para dar el mismo salto que Isabelle y Orfeo habían dado ya.

Debía admitir que Annelise no se había ido por las ramas una vez que tomó asiento. Por el tono de sus palabras y por el hecho de que la página seguía abierta en el ordenador a pesar de que ella de momento no le estaba echando cuenta, Anthea tenía claro que su amiga seguramente acabaría dándose de alta en la misma.

—Isabelle dijo que no pensaba tener sexo y eso bien podemos aplicárnoslo nosotras —Annelise volvió a la carga viendo que Anthea no parecía por la labor de hablar —Creo que el problema que podemos tener se debe más a que nos han educado haciéndonos creer que debemos ser castas y puras hasta el matrimonio.

Que ella hablara así no le supuso ninguna sorpresa a Anthea. Conocía a la chica lo suficiente como para saber que era pragmática como ella sola, motivo por el que sus palabras sonaban casi como cuchillos. Annelise era de esas que no se callaba nunca nada y que meditaba las cosas hasta la saciedad. Seguramente llevaría bastante tiempo rumiando el tema de entrar o no en aquel peculiar mundillo y ahora que la veía en su peor momento intentaba tirar de ella para que entrase también; no en el mal sentido, claro estaba. En cierto modo Anthea opinaba que aquel piso era como un barco, donde si una se hundía, las demás caían con ella.

—Sea como sea, no me veo capaz de hacer eso —respondió con voz queda. Desde que se había dado a conocer aquella opción las chicas hablaban entre ellas en voz baja, como temiendo ser escuchadas y juzgadas por sus palabras —Admito que la suma de dinero que ofrecen es considerable y que me vendría de perlas para saldar mis pagos atrasados con la universidad, pero...

—¿Pero? —Annelise se aproximó a ella con el ceño fruncido —Se te está acabando el tiempo, igual que a mi. Tienes pagos atrasados de otros años y, si no empiezas a soltar dinero, te van a expulsar, ¡y a la mierda tu carrera! No podrías retomarla hasta que saldaras la deuda que tienes con la universidad, además de que van a exigir que pagues los cursos que ya has hecho. ¿Qué trabajo a media jornada vas a encontrar que te permita reunir la suma que necesitas?

Anthea guardó silencio, observando a su amiga, que parecía a punto de subirse por las paredes. Sabía que no era la única con la soga al cuello, que Annelise también se encontraba en números rojos y que, seguramente, esa misma tarde se uniría a las chicas que se ofrecían por dinero.

—Sólo sería acompañar a hombres mayores y darles conversación —dijo la joven con un tono más amable —Como las geishas, ¿recuerdas lo que dijo Orfeo? Pon tu mejor sonrisa, crea una máscara bajo la que ocultar tus sentimientos y háblales del último libro que has leído; al día siguiente tendrás dinero para ir saldando tus deudas y te sobrará tiempo para no descuidar tus estudios.

La aludida asintió en silencio, cavilando sobre las palabras de Annelise. Tal y como ella lo había expuesto no sonaba tan mal, además de que la dejaría libre de deudas, tanto a ella como a su familia, pues era consciente de que sus padres no podían enviarle más dinero, además de que siempre se sentía culpable cuando les llamaba rogando por un pequeño préstamo para seguir subsistiendo. La universidad, por mucho que dijeran que era pública, costaba dinero y se estaba convirtiendo casi en una opción relegada a aquellos o con capacidad económica o tan brillantes que eran merecedores de una beca.

—Está bien —dijo con una seguridad que no sentía —Lo haré. ¿Y tú?

—Decidí hacerlo esta misma mañana —fue la respuesta antes de que la joven se volviera hacia el ordenador y comenzara el registro.


El aroma del tabaco se mezclaba con el té recién hecho mientras que Castiel observaba por la ventana con el ceño fruncido, sosteniendo un cigarrillo desdeñosamente entre los dedos. Lysandro odiaba aquel olor, pero como solía hacer, había decidido ignorar el vicio de su amigo. A fin de cuentas ambos aún tenían los nervios a flor de piel y necesitaban tranquilizarse, aunque en su caso era el té lo que lo calmaba.

—¿Siguen ahí? —inquirió mientras removía con parsimonia el líquido, observando por el rabillo del ojo al hombre pelirrojo que parecía estar viendo algo que no le resultaba demasiado agradable.

—Me temo que sí —respondió dejando la ventana. Si bien Castiel no compartía del todo el gusto de su amigo por lo victoriano debía admitir que la decoración inspirada en el siglo XIX con el que él había adornado su casa era bastante útil para mirar por la ventana sin ser visto; no había separado el fino visillo que cubría la ventana, temiendo que si la pequeña multitud que se había congregado al pie del edificio, sus ojos fijos en el mismo, se volviera loca al darse cuenta de que estaban siendo observada por ellos.

En un principio había tenido su gracia el hecho de que hubiera una multitud de chicas desesperadas por sus huesos. Cuando el grupo que ambos montaron en el instituto finalmente fue catapultado a la fama se encontraron con que, de un día para otro pasaron de ser unos simples desconocidos a convertirse en celebridades. Castiel, fiel a su personalidad, no había encontrado problema alguno en irse ocasionalmente con una chica u otra, pero Lysandro siempre fue diferente en ese aspecto. Él siempre prefería quedarse solo y, en los cerca de diez años que llevaban estando "en la brecha" como se decía, se había negado a estar con nadie.

La cosa se había ido complicando con el paso de los años, eso era algo que ambos habían podido comprobar. Las fans parecían más locas cada vez y en más de una ocasión se habían visto en situaciones comprometedoras, como una vez en la que Lysandro se encontró con una chica que había conseguido colarse en el edificio donde vivía y se había situado justo en la puerta de su casa, esperando a que apareciera.

La peor de todas era Nina, una chica a la que conocía desde que ambos estaban en el instituto. Ella siempre decía ser su mayor fan, incluso se enteró de que cuando estaban en secundaria llegó incluso a montarle un club de fans, club que hoy en día seguía existiendo, con miles de chicas inscritas en él y con Nina como su presidenta. El acoso de la joven seguía siendo el mismo que años atrás, o incluso peor, pues con el tiempo sus ideas se habían vuelto incluso más retorcidas.

Lysandro tomó la taza entre sus manos, intentando calmarse mientras que Castiel tomaba asiento a su lado, soltando un suspiro en el proceso. Curiosamente el acoso hacia él no era tan agresivo por llamarlo de algún modo, quizás debido a que él si se mostraba más "accesible" con las chicas. Había tomado la costumbre de dejarse ver ocasionalmente con alguna mujer durante un tiempo seguido, con el objetivo de que las fans creyeran que estaba saliendo con ellas y le dejaran en paz. Por muy estúpido que sonara, lo cierto era que funcionaba mejor de lo esperado. Sin embargo, la negativa de Lysandro de salir aunque fuera de mentira con alguna chica parecía ir en su contra.

—Deberías inventarte que tienes novia o similar, así te dejarían en paz una temporada —dijo finalmente —Sé que aún te duele lo de... —no se atrevió a decir el nombre, por lo que decidió proseguir como si nada; era consciente de que aquel tema aún le dolía a su amigo a pesar de los años que habían pasado —Todo este acoso te está haciendo mal y lo sabes.

Lysandro optó por ignorarle, bebiendo un poco de la infusión, pero Castiel no parecía dispuesto a aceptar el silencio como respuesta. Puede que muchos pensaran de él que era un pasota y un mujeriego, pero lo cierto era que quería ayudar a su amigo aunque fuera de una forma que se pudiera considerar peculiar.

—¿Y si te dijera que puedes hacerle un favor a alguien al mismo tiempo que ella te ayuda a alejar a las locas? —inquirió, tendiéndole su móvil —Tienes mucho dinero y hay chicas que se encuentran al límite de la banca rota... chicas normales, universitarias que lo que quieren es acabar la carrera.

—¿Cuándo te has convertido en un filántropo? —inquirió el aludido, apartándose un mechón de cabello blanco de la cara.

—Aunque lo parezca nunca he sido un completo capullo —rebatió Castiel —No me gusta verte tan agobiado cada vez que te propongo salir a tomar algo o simplemente a dar una vuelta, y ya he visto que te niegas a salir con alguna de nuestras amigas. Vale, respeto eso, pero hazte un favor y, de paso, se lo haces a cualquier universitaria sin ingresos.

—¿Se puede saber cómo sabes que hay universitarias por ahí buscando entrar en...? —no consiguió acabar la pregunta.

Castiel se frotó el puente de la nariz, paladeando las palabras antes de pronunciarlas.

—¿Recuerdas a Madeleine? ¿Y a Jeanne? ¿Y a...?

—Sí, perfectamente —lo cortó Lysandro sin muchos ánimos.

—Todas ellas eran universitarias —confesó —Acordamos una serie de encuentros y lo que yo pagaría por su compañía; yo me libré de las fans acosadoras por una temporada y ellas consiguieron el dinero que necesitaban para seguir estudiando.

Lysandro negó con la cabeza, dando la conversación por finalizada, pero Castiel no pensaba rendirse. Su amigo necesitaba un respiro y él pensaba ayudarle de todas las formas posibles.


Orfeo estaba en clase de textos griegos cuando su móvil vibró discretamente. Siempre dejaba su teléfono sobre la mesa por si acaso alguien se ponía en contacto con ella por algún motivo urgente, además de porque tenía descargada una aplicación de un diccionario de latín y griego que usaba para sus traducciones.

Desbloqueó la pantalla, observando con cierta sorpresa el icono que notificaba que había recibido un mensaje en la página de citas. Picada por la curiosidad, siendo incapaz de contenerse las ganas de esperar para ver quién era el que la había contactado, se encontró con un pequeño mensaje firmado por un tal Dake.

"Tengo lo que quieres y tú lo que busco. ¿Por qué esperar más?"

Orfeo tomó aliento antes de teclear rápidamente la respuesta. Sus problemas económicos estaban a punto de pasar a mejor vida.


Pues ya tenemos a dos chicas más metidas en este mundillo, han aparecido otros dos chicos y Orfeo va a empezar a "trabajar". Me pregunto si alguien acertará lo que tengo pensado para los demás chicos...

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