Un demonio con cara de ángel

Por

The Ladycat69

Capitulo 4

Después de que las hermanas White se fueron corriendo. George se quedo observando con pena en donde debían estar los hermosos girasoles. Nunca se hubiera imaginado que tanta belleza pudiera quedar destruida de la noche a la mañana. En muchas ocasiones se había preguntado si Albert había tenido algo que ver con tal destrucción. Pero en ese momento solo le preocupaba lo que pudiera estar pasando en el interior de esa casa.

Tal vez era el tiempo de romper aquel juramento que una vez le hizo a Andrew padre. Pero sabía que antes de tomar cualquier decisión final, necesitaba conocer los verdaderos motivos que estaba llevando al rubio a cometer esas acciones. Cuando el sonido de la puerta lo volvió a la realidad George no podía creer lo que veía. Ahí estaba; todo mojado, con el labio partido y en la mejilla lo que parecía ser una buena bofetada. De todas las formas que pensó que Albert pudiera salir de esa casa. En definitiva esa fue la más inesperada.

-¿Que le paso señor?—pregunto asombrado al verlo con semejante aspecto.

-Nada…vámonos-Albert miro una vez más a la casa, encontrándose con la rubia parada en la puerta. Con una sonrisa burlona se subió al auto.

George lo observo con sus ojos bien abiertos. En verdad esa chica parecía que le había dado una lección. Pero lo más que lo asombro es que no parecía molesto y eso si era muy extraño. Lo que haya pasado allá adentro era obvio que lo había puesto de buen humor. Dirigió la mirada a la rubia que estaba parada con lo que parecía ser un cubo. George le sonrió, despidiéndose con un gesto cortes de cabeza. A lo que la joven respondió de igual forma.

Candy se quedo parada unos minutos más hasta que vio alejarse el auto. En cuanto entro se recostó contra la puerta. No supo como logro mantenerse en pie todo ese tiempo. Sentía como su corazón latía rápido. Tan rápido que pensó que se le saldría por la boca. Todo su cuerpo temblaba por los nervios. Ese beso que el desgraciado de Andrew le había robado, la había dejado confundida y con tantas preguntas que no tenían respuesta.

-¿Por qué?—se preguntaba llevándose los dedos a sus labios. La habían besado antes, pero solo fueron besos inofensivos. Nunca nadie la había besado de esa forma. Nunca pensó que un beso la pudiera hacer sentir tan vulnerable. Aun podía sentir en sus labios los suyos. Sintió sus mejillas arder al volver recordar ese beso. Candy de pura frustración sacudió la cabeza en negación.

-Pero que estas pensando Candy es un demonio. El maldito ha arruinado a tu familia. De ese demonio no se puede esperar nada bueno. Pero entonces por qué me beso—se decía a sí misma.

-¿Candy estas bien? —se llevo un buen susto al escuchar la voz de Patty.

-Si estoy bien…porque lo preguntas—dijo tratando de recuperar la compostura.

-Lo pregunto porque tienes las mejillas sonrojadas. ¿Te hizo algo?—

-¡Que!...¡no me hizo nada!—dijo llevándose las manos a las mejillas.

Ahora entendía la rubia porque el demonio arrogante se estaba riendo. Claro si estaba más colorada que un tomate. La vergüenza que sentía en ese momento era tan enorme, que sus mejillas la delataban. Que por supuesto eso no paso desapercibida por su hermana.

-Candy segura que estas bien—la chica sentía que tenía que sacarse eso del sistema o explotaría.

-Ven conmigo tengo que contarte algo—la chica arrastro a su hermana a la cocina. Respirando profundamente la rubia le conto a la pelinegra lo ocurrido. Le conto desde la bofetada, hasta la mojada. La cara que puso Patty no había forma se describirla. La chica tenía los ojos tan abiertos que parecía un pescado frisado.

-¿Patty estas bien?-

-¡QUE TE BESO!—grito la joven asombrada.

-Patty por Dios santo baja la voz—

-¿Que te beso quien?—pregunto Annie desde la puerta sobresaltando a las otras dos.

-Annie que haces aquí y la abuela—

-Ella está descansando…dime que escuche bien… ¿Te beso?—

Candy sabía que de nada servía negarlo todo. Así que le conto a su hermana menor lo ocurrido. La reacción de esa chica sí que fue toda una sorpresa para ambas.

-Tú le gustas Candy—dijo en un tono inocente.

-Annie que dices…por favor—

-Bueno Candy puede ser muy malo o hasta parecer un demonio. Pero de que le gustas les gustas—

-Como puedes estar tan segura—dijo Patty cruzando los brazos. Aquello era verdadera locura llego a pensar la chica.

-Hay Patty no viste como la miraba—

-¿Como se supone que me miraba?—pregunto la rubia.

-Pues muy fijo—dijo inocentemente haciendo sonreír a la chica.

-Annie si que eres una chica soñadora—dijo Patty abrazándola.

-Hay Annie ya no quiero hablar de ese malnacido. Mejor vamos con al abuela—la jovencita solo encogió de hombros. Patty se acerco a su hermana susurrándole.

-Candy ten cuidado—

-Patty no va a pasar nada—

-El te miro de una forma muy extraña. Tengo un mal presentimiento…ese hombre no se ira de nuestras vidas…algo lo unirá a nosotras—dijo muy afligida.

-No pasara nada y tendré cuidado. No te preocupes. Ahora vamos con la abuela okis—ambas salieron de la cocina encontrándose con su hermana que tenia la mano en la barbilla pensativa.

-Candy puedo preguntarte algo—dijo Annie desde las escaleras.

-Si que cosa-

-¿Que tal besa?—

-¡ANNIE!—gritaron a coro las otras dos.

-Bueno no se enfaden…solo quería saber—dijo riéndose corriendo escalera arriba. Candy y Patty se miraron corriendo detrás de su hermana menor.

Mientras tanto en el auto hacia el hotel Albert iba muy callado y pensativo. No podía quitarse de la cabeza el dulce sabor de esa mocosa. La belleza de esa mujer no se podía comparar con ninguna otra mujer. Era la primera vez que veía una mujer reaccionar de la forma que ella lo hizo. A pesar de su carácter indomable había cierta inocencia en ella. Pero si algo le gusto fue verla sonrojarse con un beso. Le gusto tanto lo que sintió que perdería el control.

~Si supieras como tuve que controlarme para no poseerte…maldición me gusta~ pensaba el rubio. Estaba tan metido en sus propios pensamientos que George tuvo que carraspear varias veces para llamar su atención.

-Tiene que admitir que esa chica es de armas tomar. La señorita White es una chica indomable…no lo cree señor—George lo miro de reojo esperando la respuesta.

-Hasta la fiera más indomable. Pueden ser domadas—dijo mientras se pasaba la lengua por la herida.

A George le preocupo ese comentario. En los años que llevaba con el trabajando había aprendido a conocer sus expresiones faciales. Tenía esa expresión de que cuando quería algo lo conseguiría. Sin duda algo se estaba trayendo entre manos. Lo que haya pasado en esa casa entre ellos podría llegar a ser constructivo o destructivo.

La brisa de la noche era agradable. Las siguientes horas de camino fueron silenciosas. Una vez que llegaron al hotel en donde se hospedaban con unas buenas noches cada uno se fue a su cuarto. En cuanto entro a su cuarto se llevo una sorpresa desagradable. Si algo fastidiaba al rubio eran los invitados inesperados.

-¿Que haces aquí Elisa? ¿Cómo supiste donde estaba? ¿Cómo diablos entraste?—pregunto algo irritado por la visita de la chica.

-Albert mi amor son muchas preguntas. Solo quería verte. ¿Pero qué te paso en el labio amor mío?—trato de tocarlo, pero el rubio solo se alejo.

-Lo que me paso no es de tu incumbencia—

-No te enojes—dijo la muy descarada abrazándolo.

-No has contestado mis preguntas—dijo tajante alejando a la chica.

-En tu oficina me informaron dónde estabas y entre porque le dije a una mucama que era tu prometida. Acaso estas molesto amor—dijo acariciando su pecho con sus dedos. El rubio soltó un respiro de puro enojo.

-El que hayamos tenido sexo un par de veces no te hace mi prometida. Solo eres una amiga de tantas—dijo molesto por el atrevimiento de esa mujer.

-Pero amor yo creí que nosotros éramos más que eso—dijo tratando de besarlo. Pero solo se llevo el peor de los rechazos de parte del rubio que parecía esta cada vez mas molesto.

-Nosotros que Elisa. No hay un nosotros. En verdad pensaste que era serio. Que me casaría contigo. Entonces eres una ilusa, aunque no creo que ese sea tu caso—dijo con una sonrisa sínica.

-Yo me entregue a ti por amor…te amo— decía tratando de sonar como si estuviera a punto de llorar.

-Hay por favor no fui el primero ni seré el ultimo. Además ese drama no funciona conmigo. Te conozco bien como para saber que tú te amas a ti misma o en este caso amas mi dinero—dijo sonando burlón.

-Por qué me tratas así mi amor. Si no te amara no habría venido a este pueblucho olvidado para estar a tu lado—aquella situación ya lo estaba hartando.

-Tus motivos ficticios me tienen sin cuidado—

-No cuenta el que este aquí ahora-

-Primero no me gustan las visitas sin invitación…segundo no te pedí que vinieras…tercero te has tomado una atribución que yo no te he dado y por ultimo no quiero sonar grosero pero estoy cansado y quiero que te vayas-

-Pero amorcito en verdad deseas que me vayas…ya no me deseas—dijo tratando de acercarse de nuevo.

-Eres buena en la cama, pero hasta ahí—sonando frio e insensible.

-Entonces déjame quedarme a tu lado…te hare sentir bien—decía acariciándole su entrepierna.

-Acaso no escuchaste bien… ¡MARCHATE DE UNA BUENA VEZ!—grito tomándola del brazo llevándola hacia la salida.

-Pero en donde me quedare…vine para estar contigo—

-Ese no es mi problema, nunca te pedí que vinieras…ahora vete que quiero dormir-

-Esto no se quedara así—

-Si claro… Arrivederci—dijo haciendo un gesto de despedida con los dedos. La chica en forma teatral quiso abofetearlo. Pero el rubio agarro sus mano tan fuerte que ella gimió de dolor.

-Si de verdad no deseas conocer lo peor de mi, nunca vuelvas a intentarlo…ahora largo—aquellas palabras sonaron tan filosas que ella sintió miedo de la forma tan fija que la miraba.

Si algo sabía Elisa Leegan que él no estaba hablando por hablar. La rabia de la chica era evidente. Ningún hombre se había atrevido nunca ha rechazarla como lo estaba haciendo. La estaba despreciando como su fuera una vulgar prostituta. Así con una mirada llena de rencor tomo su abrigo y con un fuerte portazo salió de la habitación.

-¡Al fin!…demonios Albert en que estabas pensado al enredarte con semejante mujer—dijo tirándose en una butaca.

El mal humor que sentía se esfumo en cuanto recordó a cierta rubia. Con una sonrisa cerro sus ojos visualizando el bello rostro de la chica. La verdad que nunca pensó que llegaría el día en que besaría a una mujer a la fuerza. Pero esa mocosa hizo que el deseo mas inmenso creciera en el. Un deseo que llego a pensar que no podía controlar en ese momento. Porque solo Dios sabe como deseo hacerla suya sin importarle nada, sin importarle quien estuviera presente. Solo deseaba dominarla, someterla, poseer cada rincón de aquel hermoso cuerpo. Hacerla gemir y que gritara su nombre hasta el cansancio. El solo pensarlo lo estaba volviendo loco. Ninguna mujer había despertado en él eso instintos más oscuros e incontrolables. Tenía que poseerla a cualquier precio. Aunque eso significara poseerla en contra de sus deseos.

-Diablos necesito una ducha bien fría—Apoyando sus manos en las losetas, dejaba caer el agua fría en su cuerpo. Necesitaba enfriar ese fuego que lo estaba quemando.

-Serás mía Candy…quieras o no, esa maldita granja y tu serán mías—con una sonrisa maliciosa cerro sus ojos.

La obsesión, el deseo, la locura, la pasión pueden llevarte a cometer actos peligrosos. Más cuando esos actos ya no se pueden controlar y Albert estaban a punto de cruzar la línea de su propia perdición. Una perdición que sería su propio cielo o infierno.

Hasta aquí el capitulo 4

Espero que les haya gustado. Quiero darles las gracias por todos esos comentarios fabulosos que me animan a continuar escribiendo. Muchas Gracias.

Espero seguir contando con esos comentarios.

Un beso

Ladycat