Wow, cuarto capítulo, se siente un poco raro, pero bueno. Bienvenidos sean, adelante, a leer n.n
Disc. One piece es propiedad de Oda sama *-* cualquier cosa que reconozcan de aquí no me pertenece, solo la trama de este fic.
Advertencias…nop, ninguna. Creo.
Resumen: No sé quién eres. No sé de dónde vienes, ni a dónde vas. Pero al mismo tiempo te conozco. Y por algún motivo, solo quiero… deseo que sepas quien soy.
Iris
Capítulo 4: I don't wanna go home right now
Zoro se trepó al árbol con relativa facilidad. Se puso de pie sobre la rama más resistente que encontró y miró con cierto recelo a su alrededor.
Las voces abajo le decían que se apurara y él, diciéndose a sí mismo que ojala hubiera otra opción, sacó una de sus espadas y dio tres estocadas rápidas y precisas.
Abajo se escucharon los gritos de alegría y los golpes de caída producidos por los frutos al ser atrapados dentro de las canastas, y posteriormente, un golpe más, por una rama que cayó pesadamente al suelo al ser alcanzada por su espada.
-¡Oye, ten más cuidado!- le gritaron- ¡casi nos golpeas! ¡Y te dijeron que no dañaras los árboles!
Zoro frunció el ceño al escuchar las vocecillas agudas y molestas gritándole. Escaló con facilidad una rama más arriba y guardó su espada. Prefirió tirar los frutos con sus manos, después de todo era bastante veloz. Entonces comenzó a lanzarlos hacia abajo mientras seguía escalando de una manera casi animal, cualquiera lo diría debido a la facilidad con que lo hacía.
De pronto los gritos de las agudas voces dejaron de escucharse. No le pareció extraño hasta el momento en que una de las frutas que estaba a punto de tomar cayó por si misma antes de que pudiera poner su mano sobre ella. La vio caer y en seguida se escucharon nuevas exclamaciones, pero estas eran de admiración y emoción. Zoro subió un par de ramas más, pero el resultado fue el mismo, las frutas desaparecían de su vista antes de que pudiera tocarlas, y caían al suelo para ser recibidas por esos gritos y esas expresiones de admiración que no tardó en procesar. Vio la mano salir de la nada, tomando la misma manzana que él quería tomar en ese momento y dejándola caer, ganándole con suma facilidad.
Una vez que no quedaron ya frutos en ese árbol, Zoro bajó de un salto.
Con su aterrizaje causó revuelo entre los presentes. Los niños, sorprendidos con su fuerza y su aparente ferocidad lo miraban con los ojos muy abiertos. Robin por su parte, se limitaba a sonreír, parada entre ellos.
-Buenos días, Zoro.
Los gritos de admiración que había escuchado antes eran evidentemente producto de la presencia de la mujer en ese lugar. Los niños se olvidaron de él completamente cuando la escucharon hablar; evidentemente los tenía embelesados. Ella sólo sonreía, como si la situación fuera de lo más normal. Zoro rodó los ojos tratando de no demostrar lo mucho que ella le confundía.
-Niños, ¿por qué no se llevan esa fruta y nos dejan a Zoro san y a mí un rato?
Los pequeños se organizaron rápidamente para cargar las canastas.
Antes de irse alegremente, una de las niñas se acercó a Robin y le jaló los pantalones para que ese agachara. Ella lo hizo, y la niña le dijo algo al oído que le provocó gracia, al parecer, ya que rió de buena manera hasta que la pequeña se fue.
La expresión en el rostro de Zoro, como era de esperarse, no cambió en lo absoluto.
-¿También hay que desconfiar de los niños, Zoro?
-Nunca dije eso.
-Pero lo estás pensando.
-¿Tienes algo qué decir?- preguntó él entonces, cambiando abruptamente el tema. Se sentó en el suelo al pie de un árbol y se secó el poco sudor que tenía con una toalla que los niños le habían llevado.
Durante esos días, la gente de la aldea les dio ropa a ambos. Para Robin consiguieron mucha ropa cómoda y perfecta para su estilizada figura, y para Zoro, ropa amplia y resistente. Tal como el estilo de ese lugar, eran ropas además frescas para el calor tropical.
Zoro no lo diría nunca, pero Robin se veía muy linda con los pantalones blancos y ligeramente sueltos, y la blusa ajustada de estampado de flores que la hacían ver más como una alegre turista que como una náufraga. Por su parte tampoco admitiría que la ropa que le habían dado era tan buena que había resistido muy bien el largo entrenamiento al que se sometió desde la madrugada hasta la hora en que lo mandaron con los niños a recoger frutas al bosque.
-Sólo venía a decirte que hablé con el alcalde de la villa. Dice que con gusto nos llevarán a la isla del correo la próxima vez que salga un barco, con la única condición de que nos portemos bien y seamos lo más productivos que se pueda mientas estemos aquí.
-Eso ya nos lo habían dicho.
-Él dice que confía en nosotros, pero no dejamos de ser piratas. Estaría en todo su derecho en tomar medidas y advertirnos de forma clara, ¿No crees? Justo como tú lo haces.
-¿Qué quieres decir con eso, mujer?
-Sólo digo que estas personas se han portado muy bien con nosotros, Zoro. Estás siendo muy injusto en tu trato.
-Si yo fuera más confiado, nos habrían asesinado a todos desde Whisky Peaks ¿No crees?
-Ahora es distinto. Estas personas…no parecen tener motivos para dañarnos. Este lugar es de los más amables en que hemos estado desde hace mucho tiempo y tenemos que corresponder a su hospitalidad.
-Si tanto te gusta este puto lugar mejor quédate para siempre.
Esto último, Zoro lo dijo casi gritando. Se sintió estúpidamente avergonzado un segundo después pero no hubo forma de echarse para atrás, por orgullo más que nada. Sentía sus labios temblar pero los apretó para que no se notara.
Robin no dijo nada más. Respiró profundo, se dio la vuelta y se fue de allí con pasos largos y firmes que Zoro no se atrevió a seguir. Se quedó allí sentado.
Era que…ya había cedido suficiente. ¿Qué demonios le pasaba a Robin? ¿Dónde estaba la temible asesina que no confiaba ni en su sombra?
Robin nunca mostraba la desconfianza en la personas con hostilidad, como él lo hacía, sino que mostraba amabilidad, aunque en el fondo estuviera maquinando alguna estrategia para mover la balanza a su favor, cosa que siempre conseguía. Pero esta vez se estaba comportando como una principiante, con tanta confianza en ellos que a Zoro le daba una rabia desmedida. Estaba seguro, el primer día, que ella sentiría algo parecido a lo que sentía él. Ese algo en el aire que le decía que algo marchaba mal, pero ella no daba indicios siquiera de sospechar. Y el escucharla hablar con tanta tranquilidad…
Había sido demasiado para él. No solía ser explosivo hacia ella, pero ahora vaya que le había dado motivos.
¿Tendría que disculparse? No era bueno para esas cosas. Pero en el fondo, muy muy en el fondo, deseaba hacerlo. Después de todo, necesitaban estar bien, y juntos, para salir de la situación en la que estaban.
Pero no podía…no era tan sencillo. No era simplemente ir y hacerlo, era pararse frente a ella… y ser sincero.
Solo el hecho de pensarlo ya era difícil.
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Robin se despertó de golpe, enderezándose con un movimiento tan repentino y brusco que casi en seguida se mareó. Su respiración estaba muy agitada, y estaba sudando con exageración.
Bajó de la cama. Aún no había amanecido, eran las seis y media aproximadamente.
Se dio un baño rápido para quitarse el sudor y para ordenar su pensamiento. Esta vez, una porción mucho más importante de su sueño había permanecido en su memoria.
Ella corría. No había nada a su alrededor más que oscuridad. Y a pesar de encontrarse sola, tenía la terrible sensación de que alguien la perseguía o de que algo malo iba a suceder, algo terrible.
Seguía corriendo y alrededor comenzaban a verse destellos rojos y brillantes. Ella supo en seguida que era fuego, y corrió aún con más fuerza.
Con terror veía el fuego ceñirse cada vez más sobre ella, y justo en ese momento recordaba porqué estaba corriendo. Estiraba su brazo hacia adelante y profería un grito que parecía totalmente ajeno a ella y que la estremecía de pies a cabeza, despertándola.
Robin miró a su alrededor. Su departamento tranquilo, las luces de la ciudad a lo lejos aún encendidas en la efímera oscuridad de la noche, sus libros regados por el suelo, y todo le dio una sensación de inquietud demasiado grande para creer que fuera algo normal.
Miró la línea extraña de su mano derecha, recordando que en el sueño era lo último que había visto, pero no en su mano, sino en otra.
Zoro, pensó en seguida. Sus sueños, ¿tenían algo que ver con él?
No estaba segura…no quería ni pensarlo.
Necesitaba distraerse, y extrañamente, lo que le podía servir en ese momento era concentrarse en su trabajo, y entonces fue eso lo que hizo.
El día hubiera transcurrido en una calma bastante perfecta de no ser porque otra vez estaba teniendo esos problemas para concentrarse. Fue entonces que relacionó esas dificultades directamente con los sueños que la asaltaban por la noche que ahora podía decir no eran sueños, sino terribles pesadillas.
Pensó en llamarle y preguntarle si estaba bien, pero esa opción era estúpida por dos muy buenas razones: primero, porque ni siquiera tenía su número de teléfono, y segundo, porque un sueño no significaba nada. Él estaba bien, que ella soñara lo contrario era una cosa totalmente distinta.
Necesitaba, lo dicho, concentrarse en lo que estaba haciendo y olvidarse del tema, pero mientras más trataba de olvidar la escena más veces se repetía en su mente.
Él iría. En la tarde o en la noche, había dicho que iría. Y entonces se aseguraría de que estaba bien.
El día era nublado pero el calor no se fue, más bien se hizo más pesado debido a la humedad.
La lluvia amenazaba y pensó que cuando menos si caía y no se limitaba a amenazar, regalaría a la ciudad al menos unos minutos de frescura en medio de semejante bochorno.
Y tal como ella esperaba, comenzó a llover de una manera suave y agradable. Al fin, pudo dejar su trabajo y sentarse junto a la ventana viendo caer el agua de manera calma.
Pensó en unos cuantos días antes, cuando había visto a Zoro caminando por la calle, herido.
Tal vez pudiera preguntarle porqué estaba así aquella vez. Quizás ahora, luego del afortunado incidente de la playa el día anterior, tuviera la confianza de decírselo, después de todo ella le había ayudado y por eso precisamente se habían conocido.
Nunca había sido de las personas que construyen castillos en el aire, pero se dio permiso a si misma de hacerlo solo por esta vez. Después de todo, conocer a Zoro había añadido algo emocionante a la vida monótona que se respiraba siempre a su alrededor.
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Nami leyó de nuevo la noticia del periódico, junto con la nota que había caído con él. Se dejó caer en una hamaca y tomó un abanico para darse un poco de aire. El periódico daba una noticia importante y la nota lo confirmaba; había una contingencia ecológica en los arrecifes que se encontraban en esa zona, muy cercana a las islas en donde ella sospechaba que podían haber caído sus amigos. No podían salir ni entrar barcos, a ninguna de ellas, por lo menos hasta nuevo aviso. Se les advertía incluso que si necesitaban cargar provisiones no perdieran el tiempo y se fueran a las siguientes islas; por lo menos podían acercarse lo suficiente para que sus log pose cargaran.
De nada servía lo del log pose si no podían llegar a esas islas por lo menos a asegurarse de que sus amigos estuvieran o no allí. Según decía el periódico, lo máximo que podía acercarse eran dos kilómetros, y eso en su opinión era demasiado. Pero no podían hacer nada por cambiarlo.
Las islas de esa zona por lo menos, eran neutrales. Si el mandato de no acercarse fuera cosa de los marines, lo hubiera desobedecido en seguida, eso era un hecho. Pero sentía cierta responsabilidad, como una empatía debido a que era un asunto de la naturaleza, así que decidió que harían caso de la indicación. Víveres tenían suficientes para un par de semanas, eso no le preocupaba demasiado.
Les comentó el asunto a los demás cuando los hubo reunido en la cocina. Todos mostraron ese mismo gesto de tristeza que imaginó que tendrían.
-Nos dará un poco más de tiempo para…no sé, quizás organizar alguna estrategia de búsqueda. Como esta es una zona neutral no tendremos que preocuparnos demasiado de que se quieran meter con nosotros así que también podremos movilizarnos con facilidad mientras los buscamos. ¿qué opinan ustedes?
-Lo que a mí me preocupa es que estén heridos o algo así- comentó Chopper rápidamente.
-O que se hayan separado y sea mucho más difícil encontrarlos a los dos- completó Ussop a punto de dejar salir un suspiro.
-Ya les dije que Zoro y Robin estarán bien- dijo Luffy con total seguridad- se van a cuidar lo suficiente hasta que lleguemos a encontrarlos.
-No podemos estar tan seguros de eso, Luffy- protestó Sanji sacándose el cigarrillo de la boca- en estos momentos podría estar sucediendo cualquier cosa y no está en nuestras manos controlarlo. Lo más que podemos hacer es simplemente esperar a que todo esté bien.
Luffy miró a Sanji fijamente y sonrió.
-Yo entiendo eso Sanji. Pero créeme. Estoy seguro de que ellos no se han separado, y estarán bien.
Los Mugiwaras miraron a su capitán, preguntándose porqué estaría tan convencido de eso. Nadie le preguntó, Luffy siempre había tenido una curiosa intuición para esas cosas y no era momento de estar dudando de él, mucho menos de discutirle algo.
Cada quien volvió a sus asuntos.
Sanji fue a la bodega a verificar los víveres que les quedaban, y entre otras cosas, reforzar los sistemas de seguridad que Franky había implementado para evitar que Luffy los matara de hambre gracias a sus irresponsables ataques al refrigerador.
El cocinero se dio un rato para levantar un pequeño inventario, y sintió un extraño hueco al comprobar que quedaban varias raciones de cerveza y de café, intactas.
Lanzó un suspiro luego de rascarse la nuca y anotar esto en su lista. Era de esperarse que fuera así, pero por algún motivo se negaba a comprobar que realmente ellos no estuvieran allí.
Que por parte de Zoro le venía importando un cacahuate, pero, ¿Y su hermosa Robin? Quién sabe qué horrible cosa podría pasarle mientras no estaba allí en el barco con él. Ese cabeza de alga descerebrado era capaz de cualquier barbaridad, y la hermosa morena era una delicada flor…en ese mismo momento ella debía de estar sufriendo, comiendo cualquier cosa sin que él, su cocinero, pudiera ir con ella y servirle la comida que se merecía.
Sanji se sentó en una caja y dejó caer la libreta. Mientras fumaba, las cenizas del cigarrillo que estaba fumando caían sobre esta, pero no le importaba, de hecho era su intención. Para quitárselo de la cabeza, tal vez.
En eso estaba pensando, cuando entre las cajas distinguió algo. Un libro.
Era de Robin, eso era seguro. Lo supo porque entre sus páginas tenía puesto un separador que ella había comprado en una de las islas que habían visitado recientemente.
Un poco movido por el anhelo de recordar a su amiga, el rubio abrió el libro y lo hojeó.
La historia parecía interesante, pero no comprendía qué estaba haciendo el libro allí. Probablemente… ¿era acaso una prueba de amor de su hermosa Robin?
Por una vez en la vida, quiso sacarse de la cabeza esas ideas. Al menos hasta que estuvieran de regreso. Sí, con el cabeza de marimo también. Se merecía unas buenas patadas, por imprudente. Decidió ir a dejar el libro de Robin a su habitación. Y también las pesas de Zoro, que estaban tiradas por allí, en el camino. Nadie se había atrevido a moverlas.
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Zoro se dejó caer de espaldas sobre el pasto luego de hacer otra de sus inhumanas rutinas de ejercicio. Estaba completamente sudado, y había que decirlo, un poco cansado luego de haber pasado todo el día en semejantes condiciones.
No había nada en lo que pudiera ayudar en ese momento en la aldea. Le habían dicho que si se presentaba algo irían a buscarlo pero no fue así, y para distraerse se dedicó a hacer ejercicio.
Seguía algo inquieto por lo de la mañana. No sabía cómo debía de comportarse, ¿Esperaría Robin una disculpa de su parte? Lo más probable era que no. Como ella lo conocía a él, y cuanto él la conocía a ella, ambos sabían que esperar algo parecido a una disculpa (de parte de cualquiera de los dos) era difícil, por no decir imposible.
En eso estaba pensado, cuando sintió claramente que alguien se acercaba a sus espaldas.
-Deténgase- ordenó con voz alta y clara. Quien fuera, detuvo su caminar.
-Buenas noches- la voz era de un niño, de un jovencito- me mandaron a decirle que puede ir a los baños de aguas termales de la posada si quiere pasar un rato. A su amiga la invitaron también. No tendría que pagar nada, es cortesía de mi abuelo.
-¿Tu abuelo?
-El alcalde de la villa, señor. Dice que usted y su amiga son invitados muy especiales y que debemos de tratarles con cortesía-. Por toda contestación, se puso de pie y volteó a ver al jovencito. Entre otras cosas, era muy parecido a la media de ese lugar; menudito y con apariencia gentil.
-Llévame a esas aguas termales, ¿quieres?
Siguió al joven a través del corto tramo de bosque que lo separaba de la villa. Una vez allí, comprobó que ese día había especial movimiento nocturno, como si hubiera una fiesta o algo por el estilo, pero al preguntarle al muchacho al respecto, este le dijo que no sucedía nada en específico.
Entraron a un establecimiento que según le dijeron era el más lujoso que había en la villa. Pero normalmente subían los precios para los turistas, el resto del año, cuando no tenían visitas, los pobladores podían hacer uso de los baños pagando un precio mucho más razonable o, según el caso, con algo de trabajo.
El niño entregó a Zoro su pase y lo acompañó al interior.
Zoro vio de reojo que del otro lado del establecimiento, en el área de damas, estaba Robin, con el cabello recogido y una bata, evidentemente ya lista para entrar.
-Por aquí, señor- le llamó un encargado jalándole de un brazo, y en ese momento, Zoro se puso ligeramente rojo al notar que se había quedado parado en medio de ese lugar mirando a Robin y que ella, notándolo por supuesto, había volteado la cara en un gesto de desprecio incluso mejor que el de Boa Hancock.
Siguió al encargado, que le proveyó de una bata, de toallas y de lo necesario para entrar en las aguas, y le pidió que antes se enjuagara un poco, ya que estaba cubierto de sudor. Zoro obedeció de mala gana, pero la perspectiva de las aguas termales no era mala luego de un día tan cansado tanto para su cuerpo como para su mente.
Luego de un rato se dirigió a los estanques. Como era de esperarse, había una barrera que separaba a los de hombres de los de mujeres, pero al parecer los hombres presentes eran respetuosos, ninguno mostraba estar especialmente interesado en espiar a las mujeres del otro lado de la pared. En su mayoría eran hombres maduros que seguro venían de un pesado día de trabajo.
Zoro se sumergió en el agua en el lugar más apartado y solitario que encontró. Se sentó en una roca y dejó caer su cabeza sobre la orilla para descansar. La sensación era deliciosa, y le brindó una tranquilidad que le permitió pensar sin pensar, hilar ideas sin considerarlas ni preocuparse en realidad.
Quizás se hubiera quedado dormido, de no ser porque fue interrumpido por un pequeño escándalo un poco más allá. Un hombre se quejaba de que se había resbalado o algo por el estilo; casi se ahoga y habían tardado bastante en darse cuenta y sacarlo, principalmente porque ese tipo de cosas no solían suceder ahí.
No le prestó atención y recargó la cabeza hacia atrás. Pero a los cinco minutos, el incidente se repitió, y ahora fueron dos los que pasaron por aquello. Diez minutos después pasó de nuevo, y los hombres que quedaban ahí dentro, decidieron irse. No parecía ser un buen día para tomar allí un baño relajante.
Zoro prefirió quedarse. Por él, mejor, estar ahí sólo.
Una vez más, cerró los ojos y dejó caer hacia atrás la cabeza. No pasó mucho antes de que sintiera que alguien se metía al agua. Lo cual no hubiera sido problema de no ser porque, quien fuera, se estaba acercando demasiado a él. Entreabrió un ojo, dispuesto a asustar a ese tipo, tanto, que saldría corriendo de allí sin atreverse a acercarse un centímetro más. Pero se quedó de piedra cuando lo que vio fue que Robin, metida en el agua, se sacaba la toalla que cubría su cuerpo y la lanzaba a la orilla junto con su bata, que estaba un poco más allá. Ella estaba muy, muy, muy cerca de él. Sus pieles casi se tocaban y dada la situación eso era algo demasiado inquietante.
-¿Qué….qué rayos haces, mujer? Este es el baño de hombres…
Robin hizo lo mismo que él. Localizó una piedra en la cual sentarse y se puso cómoda. Sin cambiar su expresión ni la siempre perfecta modulación de su voz, dejó caer la cabeza hacia atrás mientras cerraba los ojos y hablaba.
-Hay muchas mujeres allá. Y hablan, y hablan y no dejan de hablar. Y aquí…bueno, al parecer algo asustó a los hombres. Si solo estás tú aquí, entonces no veo cuál es el problema.
-¿Tú?...- claro, para qué preguntaba, por supuesto que había sido ella. Sobre todo por la manera en que ella sonrió a continuación- esto no es apropiado.
Hizo amago de salir del agua, pero dudó.
-No veo que tenga de malo. Me has visto así antes, además no estoy desnuda, traigo puesto un bikini. ¿Estás más tranquilo ya?
Zoro dudó en lo que debía de contestarle, pero ella abrió sus ojos y enderezó la cabeza para mirarle.
-Me refiero a lo que pasó en la mañana. ¿Estás más tranquilo?
-Sí…lo estoy.
-¿Preferirías que me quedara aquí? Dime…si este lugar me gustara, ¿me dejarías quedarme?
Zoro no supo cuál era el punto de esa pregunta, que casi sonaba a exigencia. Se preguntó si debía ser cauteloso o si podía fiarse de su compañera. Al principio pensó en decir cualquier cosa que desviara el tema y zafarse de esa pregunta tan molesta, pero decidió que lo mejor en esa situación era ser sincero, consigo mismo y con ella.
-Sabes que no, mujer. Nunca.
-Bien…entonces no veo cuál es el problema. Me quiera quedar o no, tú me llevarás de regreso al Sunny, ¿No es así?
-Sí.
-Entonces no hay que pelear. No hay motivos para tener problemas entre nosotros. Tú mismo me dijiste ayer que no me alejara, y es lo que trato de hacer, ¿Comprendes?
Zoro se sintió fascinado de la facilidad que tenía Robin para sonar tan razonable y ecuánime, la misma exacta facilidad que tenía de hacerlo sentir a él como un perfecto idiota.
-Sí…comprendo.
-Bien.
Se quedaron dentro del agua por un buen rato más y no dijeron nada en todo ese tiempo. Quizás se estaba quedando dormida…pero poco a poco, la cabeza de Robin se fue recargando contra él. Y él no pudo o no quiso moverse. Poco a poco, también, el resto de su cuerpo se fue acercando, se fue juntando con el suyo por debajo del agua caliente que circulaba entre ellos.
Zoro sintió una sacudida. Y era que cada vez le era más difícil negar lo que sentía.
Pero, ¿cuándo podría decírselo a ella? ¿Cuándo dejaría de ser incómodo?
¿Cuándo le parecería algo simplemente natural? Por alguna razón, no había podido procesarlo así. Y cada vez que esas palabras querían salir de sus labios, se detenían y se regresaban y se encerraban en él con barreras cada vez más poderosas.
Robin se separó de él de repente, y sin voltearle a ver, se puso de pie, quizás tan contrariada como él por la situación y sin hacer ninguna referencia a lo juntos que habían estado un momento antes.
-Creo que debería irme ya a dormir. Estoy cansada.
-Yo también debería…
-Bien. Entonces vámonos.
Cuando Robin salió del agua, Zoro no pudo evitar observarla. Era realmente hermosa, y ver las gotas de agua resbalando por su piel suave y perfecta era como ver una obra de arte. Ella caminó y se puso la bata.
Él salió inmediatamente después y también se puso una bata, y salió tras ella. Se vistieron con ropa limpia y fueron a la posada, mientras Zoro caminaba detrás de ella, preguntándoselo una y otra vez, ¿cómo lo hacía? ¿Cómo mantenía esa pose tan extraña, como si nada estuviera pasando y además se daba el tiempo para hacerlo sentir como un necio y como un imbécil?
Llegaron a la entrada de las habitaciones.
-Buenas noches, Zoro.
Ella esperó la respuesta, pero Zoro se quedó parado frente a la puerta mirando fijamente el pomo, sin contestar. Reaccionó cuando la vio abrir la puerta.
-Lo siento.
-¿Qué cosa?
-Lo de la mañana. No me medí. Lo siento.
Robin sonrió.
-No te preocupes. Ya te dije lo que pienso de todo eso.
Zoro asintió. Ella le sonrió por última vez y se metió a su habitación. Zoro también entró a la suya y se recostó. Miró por la ventana y se preguntó, exactamente en qué momento había pasado todo aquello dentro de él.
¿Desde cuándo estaba tan terriblemente enamorado de Robin?
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No habían dicho ninguna hora específica para verse ese día ni qué iban a hacer. Lo único que tenían acordado era que él iba a ir allí. Robin no sabía entonces si debía preparar la cena, conseguir una película o vestirse de algún modo especial. Así que aproximadamente desde la seis estuvo dando vueltas por el departamento, preguntándose a qué hora llegaría, qué le diría cuando se vieran, si se iban a sumir de nuevo en algún silencio de aquellos o si al fin iban a tener algún tipo de convivencia civilizada sin accidentes de por medio.
Los minutos pasaron lentos, y luego las horas.
Robin se cansó y le dio hambre, así que preparó una pasta y se sentó en el sillón a ver una película. Incluso se quitó el pantalón y la blusa que había elegido de manera especial y se puso un pantalón corto y una blusa de tirantes para estar cómoda en casa.
Por un momento, se sintió tonta de haber pensado que Zoro iría, que de verdad cumpliría con su palabra. Después de todo, desde un principio él se había mostrado tan reacio a aceptar su compañía…quizás le había dicho que volvería al día siguiente sólo para quitársela de encima la noche anterior. Quizás le dijo aquello para dejarla más tranquila después…después de haberse besado.
No podía ser cierto. Fue entonces, quizás hasta ese momento, en que cayó en cuenta de lo absurdo de su situación.
Estaba ilusionada con un tipo al que apenas había visto tres veces en toda su vida. Se habían besado y ahora ella estaba en su casa, sentada esperándolo cuando ni siquiera habían pactado una hora específica para verse, sin saber a dónde llamarle o si en realidad él le había mentido.
Siguió viendo la televisión un rato más. El maratón de películas de terror que pasaban en ese momento no estaba mal y le sirvió al menos para distraerse de todos esos pensamientos que no la dejaban en paz. Que si Zoro esto, que si Zoro aquello…francamente ya no tenía deseos de pensar en él si de todas formas él no iba a molestarse en pensar en ella.
Ya habían dado las 8, las 9, las 10, y él no había aparecido. Estaba bien. Sus razones tendría.
Terminó una película más. Con la poca luz que daba el televisor, Robin vio un reloj que tenía colgado en la pared. Pasaba de la media noche y él, por supuesto, no había aparecido. Apagó el televisor. Se puso de pie, y se estiró. Justo en el momento en que su cuerpo se relajaba luego de la profunda respiración, tres golpes débiles y pausados sonaron en la puerta.
Robin volteó hacia ella y se la quedó mirando. Pasaron dos o tres minutos pero todo fue un profundo silencio.
Tenía que ser un error. Quizás sólo había sido su imaginación.
Sacudió la cabeza para quitarse la idea, y comenzó a dirigir sus pasos a la cocina. Pero los golpes en la puerta se volvieron a escuchar, un poco más fuertes pero igual de pausados. Ella caminó hacia allí, temerosa. Luego de la llamada de hacía dos noches, no sabía qué esperar, entre otras cosas porque a esas alturas dudaba mucho que quien estaba puerta fuera Zoro. Tomó el pomo de la puerta no sin cierto recelo.
Antes de abrir se asomó por la mirilla y supo que se había equivocado. Era él, Zoro.
Robin abrió la puerta, pero en seguida dio un paso hacia atrás, impresionada.
Él estaba allí frente a ella, pero apenas en pie. Estaba peor que el día en que lo había visto en la calle. Su ropa, como la vez anterior, estaba hecha tirones, y todo su cuerpo mostraba heridas y cortes. Estaba sudado de arriba abajo y respiraba con mucha dificultad.
-Zoro…estás… ¿qué sucedió?
Zoro negó con la cabeza y se tambaleó hacia delante. Robin lo sujetó como pudo y así se lo llevó al sillón. Como la vez anterior, lo ayudó a acomodarse allí, pero esta vez pudo ver en su rostro diferentes expresiones de dolor. No cayó inconsciente como en aquella ocasión, pero igualmente en esos momentos no podía hablar.
Robin corrió a buscar su botiquín.
Encendió rápidamente la luz de la sala y se acuclilló junto al sillón. Le sacó la inservible camisa y le limpió el sudor y la sangre de las heridas. Posteriormente, las desinfectó y se calmó al comprobar que como la vez anterior, no eran cortes profundos ni graves; el estado en que él se encontraba se debía principalmente al agotamiento y quizás a algún golpe, independientemente de los cortes. Tenía algunos moretones en el torso, por ejemplo.
Con el paso de los minutos, él se había calmado un poco. Ya respiraba con más fluidez y miraba al techo mientras ella seguía con su labor.
Cuando terminó de desinfectar las heridas y de poner un par de sencillos vendajes por aquí y por allá, Robin lo miró.
Esa debía ser la razón por la que no había llegado, o más bien, por la que había llegado a esa hora.
-¿Quién te hizo esto?
Zoro volteó la cara hacia el lado contrario de ella.
-¿Peleaste con alguien? ¿O te asaltaron en la calle?
Zoro no volteó ni contestó. Robin le sujetó la cara con firmeza y lo hizo voltear y mirarle a los ojos.
-¡Zoro!
Se miraron a los ojos por un segundo. Robin se dio cuenta de que hacía mucho tiempo, o quizás nunca antes había visto unos ojos como los de Zoro. No le decían nada, pero no porque fueran vacíos o fríos, sino al contrario. Parecían demasiado cálidos y llenos de todo como para poderlos descifrar, y ese solo pensamiento dentro de su cabeza le provocó un terrible estremecimiento. Quizás Zoro pudo percibir algo en los suyos, porque contestó, pero la respuesta no fue lo que ella esperaba.
-No lo sé-.
-¿Cómo que no lo sabes?
-No…no lo recuerdo.
Robin se sentó completamente en el piso y se dio la vuelta, recargando la espalda contra el sillón, posiblemente con el fin de no verle. Respiró profundo varias veces. De pronto se sintió terriblemente mal pero no supo si por Zoro o por ella misma.
-Te llevaré a tu casa- decidió. Y después de eso…no quería volverle a ver. No quería hacerse ilusiones de estar con un hombre que no era capaz de confiarle algo tan serio y además tener la cara de ir a su casa y aceptar sus cuidados. De pronto algo en su interior se sentía pesado y roto. Pero la respuesta de Zoro cambió y movió todo dentro de ella, comprobándole que esa convicción momentánea de olvidarse de él era débil y absurda.
-No.
-¿te irás sólo como la última vez?- preguntó volteándole a ver. Él ya no huía de ella, ni miraba al techo. Es más, se había acostado de lado para poderla mirar, de modo que cuando Robin volteó, sus rostros quedaron enfrentados y muy cerca. Ahora él simplemente negó con la cabeza.
-¿Prefieres quedarte aquí?- preguntó en un susurro.
Zoro asintió, contra todo pronóstico. Robin se puso de pie y él se incorporó, aun mostrando estar algo adolorido.
Robin cerró los ojos, impresionada consigo misma, preguntándose qué estaba a punto de hacer. Levantó lentamente su mano hacia él, y Zoro accedió a sujetarla. Comenzaron a caminar en silencio, lentamente, él detrás de ella.
Robin apagó la luz de la sala y siguió caminando por el pequeño pasillo en penumbras hasta llegar a su habitación. A cada paso que daba, su corazón latía más rápido y más fuerte, hasta llegar a un punto en que podía escucharlo sonar en sus oídos.
Abrió la puerta de su habitación y se detuvo un momento. Dudó de que fuera buena idea. Respiró profundamente, nuevamente encontrándose a si misma sorprendida por la decisión que había tomado de manera tan intempestiva, que le provocaba ahora exagerada exaltación y un ritmo cardiaco inestable pero poderoso. ¿No estaba decepcionada de él? ¿No estaba molesta? ¿No estaba dispuesta a dejarlo ir y continuar con su vida como fuera?
Pero no lo había podido evitar. Él la había mirado a los ojos y le había dicho que no quería irse, ¿y qué hizo ella en respuesta? Lo llevaba a su habitación.
-Yo…no quiero que pienses algo que no es…- le dijo, aunque sonara absurdo dadas las circunstancias.
Solo sintió la mano de Zoro apretando firmemente la de ella.
-Sólo…vamos a dormir, ¿te parece? Ne…necesitas descansar.
Ella siguió caminando sin esperar respuesta, pero sus manos no se soltaron ni un instante. Robin llegó hasta la cama, retiró las sábanas con una mano y se sentó. Luego se recostó lentamente sin dejar de mirar a Zoro en la penumbra. Una vez que ella estuvo recostada le dejó espacio. Zoro se sentó a su lado y la miró un momento. Ella hizo una pequeña sonrisa.
Zoro comenzó a recostarse también. Se metió entre las sábanas y buscó quedar recargado contra ella, contra su pecho. La abrazó y se quedó en esa posición mientras Robin no sabía qué hacer. Le rodeó la cabeza con sus brazos y en seguida sintió una terrible presión al tratar de respirar. No podía hacerlo con facilidad pero no deseaba que Zoro se retirara de allí, al contrario.
Aparentaba ser un hombre tan fuerte…su cuerpo era tan perfecto y poderoso…podía imaginar la manera en que había nadado el día anterior para sacarla del agua, y recordaba también la potencia y la facilidad con que la había levantado para cargarla hasta su auto…pero en esos momentos mostraba una fragilidad increíble, parecía extremadamente tierno, dulce, y terriblemente fácil de romper.
Robin se encontró a si misma acariciándole el pelo. Cuando no pudo resistirlo más, se inclinó y le dio un beso en la sien. Creyó que él ya se había dormido, pero Zoro se movió y levantó la cabeza hacia ella. Robin le dio otro beso, esta vez en la frente, y luego otro, en la mejilla.
Después le dio otro beso en la punta de la nariz. Fue Zoro quien finalmente le atrapó los labios con un beso suave. A Robin se le escapó un suspiro por la expectación liberada y el repentino deseo que sintió surgir en su interior. Debajo de sus manos comenzó a sentir la piel herida. Al acariciarlo, quizás por el dolor, quizás por el placer, él se enchinaba y poco a poco profundizaba el beso.
Se detuvieron cuando ella lo cortó de golpe. El solo sentir los labios de Zoro abrirse contra los suyos provocó en ella una sensación indescriptible. Pero no quería precipitar las cosas, no de ese modo. Estaba un poco confundida aún.
-Lo siento- susurró él.
-Está bien- le contestó- no creas…que no quiero. Claro que quiero…te quiero. Pero antes desearía sólo… estar juntos.
-Comprendo.
-No yo…es decir…no importa. Si hay cosas que no quieres contarme de ti…si hay cosas que simplemente no tengo que saber entonces…no importa… mientras pueda ayudarte y estar contigo.
Zoro guardó silencio. Ella lo apretó contra su pecho con más fuerza… tenía un miedo tan grande de perderlo que era difícil comprender. ¿Cómo podía amarle tanto, si apenas lo conocía? Decidió…que no le iba a importar más. Mientras estuviera con ella. Mientras le permitiera amarle, lo iba a hacer.
-¿Estás segura de que no te importa?- le preguntó él, ahora con voz extrañamente dudosa, débil- en ese sentido, créeme que no puedo ofrecer demasiado. Mi vida no es sencilla en este momento. No quiero involucrarte en algo que pueda traerte problemas.
La abrazó con más fuerza, correspondiendo a que ella había hecho lo mismo un momento antes.
-Estoy segura- contestó Robin, ahora sonriendo, haciendo acopio de sus mejores habilidades de fingir y actuar como si todo estuviera bien cuando en realidad estaba confundida, con el estómago encogido y los nervios hechos polvo, pero con el corazón latiéndole con fuerza, como si con eso el hecho de que estaba viva de pronto se hiciera más real.
Volvieron a besarse lentamente, aumentando un poco la profundidad. Separaron sus labios y sintió los de Zoro deslizarse hacia abajo por su barbilla, su cuello y su pecho, cuando volvió a recargarse sobre ella.
No dijeron nada más. Pasaron los minutos y Robin se movió un poco, solo para comprobar que Zoro se había quedado dormido.
Ella se relajó, y poco a poco se quedó dormida también, con una sonrisa, llena de dudas, de preguntas y de incertidumbre, pero sonrisa al fin y al cabo.
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Zoro se levantó de golpe y tomó sus espadas. Salió corriendo de la habitación, casi tirando la puerta. La que sí tiró fue la de la habitación de Robin, pues estaba cerrada con llave. Se precipitó al interior y corrió hasta la cama. Al verlo, Robin se lanzó a sus brazos, reacción que era totalmente impropia de ella. Lloraba a lágrima viva y apenas y podía controlarse.
Zoro apenas atinó a tirar las espadas en el piso y abrazarla de vuelta. Ella no se detenía, sus lágrimas alcanzaron a mojar la piel de su hombro al estar recargada allí, contra él. Zoro no sabía cómo reaccionar, ni qué decirle. Había llegado allí de esa manera tan intempestiva porque apenas se estaba quedando dormido, cuando escuchó a su nakama gritar con desesperación su nombre. Temió lo peor, pero al llegar a su lado, supo que la mujer sólo había tenido una pesadilla, una realmente terrible pesadilla.
Pero… ¿porqué con él?
La estrechó con mayor fuerza y la sintió temblar en sus brazos mientras un gemido más salía de sus labios.
-Tranquila…tran…tranquila…aquí…aquí estoy…- apenas y podía hablar, no sabía qué decirle- Aquí estoy, no me iré…
Ella no contestó nada. Seguía llorando y no podía hablar, no era capaz de decir nada. La voz se le ahogaba en la garganta y su pecho subía y bajaba tratando de reunir aire dentro de sus pulmones, de manera bastante infructuosa.
Zoro no sabía qué más hacer para tranquilizarla, además de abrazarla y acariciarla suavemente de los brazos y la espalda. Tenía tantas ganas de besarla y llevársela…a cualquier lugar lejos de allí, no le importaba a donde. ¿Qué clase de mal sueño había tenido? No tuvo tiempo de preguntarle, ya que otra pregunta se formó en el aire, no precisamente de alguno de ellos dos.
-¿Qué sucede aquí?- el posadero se asomó y se asustó de ver la puerta tirada en el piso, pero lo peor fue ver a Robin llorando en brazos de Zoro- ¡Roronoa san! Lo de los baños fue de por sí escandaloso, pero esto es el colmo, ¿se puede saber qué ha ocurrido?
Claro que estaba malinterpretándolo todo. El rostro de Zoro fue un poema cuando se le enfrentó.
-No hacíamos nada. Ella…Robin…
-Tuve una pesadilla- explicó la mujer más tranquila. Poco a poco se limpiaba las lágrimas, y recuperaba el tono normal de su voz al tiempo que se soltaba de brazos de Zoro- una muy terrible y real. Zoro me escuchó gritar y vino a ver qué me pasaba. No fue nuestra intención hacer escándalo.
-Hmmm…pues vamos a tener que cambiarla de habitación por esta noche- decidió el buen hombre- pero por la mañana Roronoa san tendrá que ayudarme a arreglar esta puerta, y de paso contribuir con el resto del mantenimiento de la posada, como multa.
-Está bien- aceptó el espadachín entre dientes. Por el momento, lo único que le importaba era que Robin estuviera bien. Ella después de soltarlo, había volteado la cara hacia otro lado para no verle.
La instalaron a dos habitaciones de la de Zoro. Éste se aseguró primero de que ella estuviera bien y estuviera tranquila.
-No te preocupes, no pasará nada- le dijo ella- lamento lo de hace rato, no era mi intención preocuparte.
Zoro se contuvo de preguntarle qué había soñado. Ella se acostó y fue entonces que se acercó a ella. Se inclinó y le dio un beso en la frente.
Robin se lo quedó viendo sin decir nada, pero evidentemente estaba sorprendida de su actitud. En su rostro, algunas marcas de lágrimas secas eran perfectamente visibles bajo la luz de la vela y Zoro pasó su mano sobre ellas con toda la delicadeza que pudo, pero aun así no pudo evitar cierta dureza. Ella no se quejó, solo se le quedó viendo hasta que él retiró su mano de su rostro. Mientras la bajaba, la mano de Robin sujetó la suya. Él la elevó hasta su rostro y la besó. Robin soltó un respingo y se volteó, evidentemente perturbada.
-Buenas noches, Zoro.
Zoro se dio la vuelta y salió de la habitación.
-Buenas noches.
Cerró la puerta tras él. Estuvo un buen rato caminando, tratando de figurarse dónde demonios estaba su habitación.
Continuará…
Bueno, espero que les haya gustado.
Muchas gracias por sus reviews, y como dije antes, sigan haciendo sus apuestas, jeje, no van tan mal.
En cuanto a la pregunta que hice la vez pasada... solo para que sepan un poquito más de mí, the ONOFRE tiene razón, estoy estudiando psicología n.n ¿se nota? Bueno pues como mencioné antes este era un pequeño ejercicio de análisis que quería hacerme a mí misma, pero necesitaba sus opiniones.
Muchas gracias por pasar a leer y por dejar sus comentarios. Ya saben, cualquier duda, pregunta, comentario que quieran hacer… sin spoilers, claro.
Saludos! Nos leemos pronto.
Atte. Aoshika October
