ÚLTIMA ESTROFA
Tú pudes dar
Tú puedes quitar
déjalo ser
déjalo vivir.
Y si yo muero
déjame morir
déjalo vivir.
Llévalo a casa
traélo a casa...
traélo a casa.
El barco atracó por fin, el viaje había sido agotador, tanto anímica como físicamente. Recargado en el barandal observó la estatua de la libertad.
Una gran opresión le cortaba la respiración llenándolo de una serie de sentimientos encontrados, se sentía feliz por haber regresado a su patria, satisfecho por haber cumplido por su deber. Suspiros de tristeza salían dolorosamente de su pecho, regresaba a casa con él, en un ataúd cubierto con la bandera de su nación y cumpliría con la promesa que se habían hecho: Si uno de ellos moría el otro lo llevaría a casa.
Él y Stear se habían conocido en el barco que los llevaría a Europa como voluntarios. En los camarotes él ocupaba la cama superior de la misma litera, habían intercambiado nombres e información básica.
-John Smith –dijo él en cuanto Stear le ofrecía la mano a manera de saludo.
-Alistear Cornwell Andrew – Respondió con naturalidad el chico Cornwell
-Wow, eso suena medio "principesco" –agregó con una sonrisa aún estrechando la mano de Stear.
Stear se rió de buena gana ante el comentario inocente de su compañero de litera.
-¿Te parece? Soy Stear –Rectificó el chico-
-Puedes llamarme Jack
Desde entonces ambos se hicieron buenos amigos, a pesar de ser completamente diferentes.
Jack era un huérfano que había rodado de un lado a otro en su natal Idaho, durmiendo unas veces aquí y otras tantas ahí. Las autoridades lo pillaron una vez y lo metieron a un orfanato. Ahí se encontró con su gran amor: la escuela.
Aprendió a leer rápidamente, las matemáticas eran su materia favorita, la física. Por su edad nunca fue adoptado pero eso no lo entristeció, después de haber pasado tantas penurias, tener una cama tibia y un plato de comida eran un verdadero lujo para él.
Al cumplir la mayoría de edad debió dejar el refugio que le había cobijado, ¿cómo retribuir a los cuidados y la educación que había recibido en el orfanatorio del estado? Sirviendo a otros, Jack como muchos jóvenes sintió la necesidad de defender a los suyos, a su país.
Enrolarse como voluntario era lo más lógico pues no contaba con el dinero necesario para asistir a la universidad.
Había trabajado por un tiempo en los hangares de Idaho como aprendiz, como era muy listo había aprendido todo lo que a mecánica se refería además de aprender a pilotar aviones.
Volando se sentía libre, tan igual a otros, en el aire no había huérfanos, ni penurias ni hambre o maltrato. Era simplemente él y el cielo azul ante sus ojos, él y las nubes, él y el sol, él y la mano de Dios.
Por eso el ejército le llamó tanto la atención, pues no había distinción de orígenes o educación, simplemente eran hombres con el corazón henchido de patriotismo y valor. Así como él y Stear.
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Al bajar del barco, esperó a que le entregaran el boleto del tren que iría a Illinois, donde los soldados caídos serían entregados a su familia.
La estación del tren estaba repleta, algunas escenas eran del reencuentro de madres, padres, hijos, esposos… hermanos. Algunos llegaban con heridas de guerra visibles a simple vista, otros con heridas en el alma, invisibles al ojo humano pero igual o más dolorosas que llevarían tiempo en sanar.
Abordó el tren, con sorpresa, su boleto era de primera clase y no viajaría con el resto de la tropa, su primer impulso fue cambiarlo, pero al entrar al vagón privado, simplemente no pudo resistirse a la tentación de descansar sin tener que charlar con nadie. No se sentía bien anímicamente, lo mejor era cerrar los ojos y tratar de dormir.
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Él y Stear se hicieron grandes amigos, ambos compartían el gusto por los experimentos, la ciencia y Julio Verne.
Con historias de vida diametralmente distintas; uno con todas las oportunidades abiertas, con los mejores maestros, una familia amorosa.
El otro sin familia, una pecaría educación y sin oportunidades más que para trabajar en el campo en los sembradíos de papa.
Ambos inteligentes, con un gran talento para plasmar sus ideas y hacerlas realidad. Uno armando un automóvil completo, el otro ideando una máquina cosechadora de papa para hacer el trabajo más sencillo de los jornaleros.
En sus ratos libres hablaban de sus sueños y motivos para estar ahí: El patriotismo que llenaba sus corazones, esa necesidad de proteger: uno a sus seres amados, el otro a su país.
Uno renunciando a una vida de privilegios, el otro buscando una vida mejor lejos de la estrechez de la pobreza. Pero la valentía que llenaba su pecho era la misma y brillaba con la misma intensidad la luz de la inteligencia, la habilidad y la responsabilidad. Ambos de modales discretos, uno más refinado que el otro pero iguales en cuanto a amabilidad, buen humor y camaradería. Uno enamorado, el otro soñando con ser merecedor de que alguna chica linda lo viera con el corazón.
En la soledad de las barracas Stear le habló de su hogar, del hermoso lago, del jardín de las rosas, de su habitación y de su covacha - laboratorio. Le habló de la enorme biblioteca de la Mansión, de su colección de primeras ediciones, de su copia del "Fantasma de Canterville" firmada por el autor.
Jack abría los ojos sorprendido ante cada relato de Stear, rió de buena gana ante los intentos infructuosos de sus geniales inventos. Jack también le compartió los planos de su "Máquina cosechadora de papas" de la lanzadora de papas, su receta de pastel de papas ¡de todo lo referente a las papas! A Stear le sorprendía la erudición del sencillo chico en cuanto al tema, además de sus conocimientos en mecánica y vuelo.
Los meses pasaron, los lazos que los unían eran cada vez más fuertes, el afecto fraternal de ellos fluyó naturalmente, era como si se conocieran desde siempre sin haberse visto nunca antes. Si hubieran sido hermanos de sangre no habrían sido más compatibles, llegaron a la conclusión de que eran hermanos de corazón. La familia no podemos escogerla, simplemente es la suerte que nos tocó, pero los amigos… los escogemos por que nos complementan y nos sentimos plenos en su compañía.
-¿A dónde irás cuando hayas cumplido tu servicio? –Preguntó Jack a Stear una tarde mientras esperaban que el otro escuadrón regresara de la misión.
Sin pensarlo mucho Stear respondió
-A casa… a Illinois con mi familia, con ella… -respondió sonriendo ante el recuerdo de la chica que ocupaba su corazón- ¿Y tú?
-Yo… no lo sé, no tengo familia, no puedo regresar al orfanato, ya soy mayor de edad, no lo sé, creo que me quedaré un poco más –le respondió Jack con una mirada triste y añadió- Tú eres lo más cercano a una familia que he tenido.
Stear miró fijamente los ojos profundamente azules del joven frente a él, por un momento le pareció ver destellos similares a los que brillaban en su primo Anthony. Sintió que su garganta se cerraba ante la abrumadora visión de un joven que si tan sólo hubiera tenido la oportunidad, sería uno de los mejores estudiantes de cualquier universidad.
Una idea cruzó por la mente del chico Cornwell y sin meditarlo mucho dijo:
-Me gustaría que vinieras a Lakewood, podrías quedarte en mi casa y buscaríamos la manera de conseguir una de las becas de estudio que la familia Andrew dan a los jóvenes brillantes.
Creo que tú y mi hermano se llevarían de maravilla, conocerías a mi linda prima –le dijo guiñándole un ojo- y nos pasaríamos los fines de semana en mi covacha.
-¿Me lo dices en serio?
-¡Claro que lo digo en serio! Yo soy un hombre de pocas pero muy firmes palabras –replicó Stear- Así que no aceptaré un no por respuesta
-¡Los aviones han vuelto!
Escucharon gritar a los hombres en tierra, ellos se levantaron clavando la vista en el horizonte buscando al tercero de su grupo.
Uno a uno fueron llegando, algunos con enormes agujeros de bala en los costados, pero con su piloto.
-¿Ves el avión de Dominic?
-No… pero no debe tardar en llegar
El avión esperado llegó envuelto en una negra fumarola, ellos corrieron a su encuentro. El piloto saltó del avión con dificultad y cayó al suelo,
Dominic murió en los brazos de Stear.
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El tren avanzaba lentamente, podía ver el paisaje verde, sólo faltaba la mitad del camino para llegar a Chicago, la tarde empezaba a morir, el sol teñía de colores hermosos las nubes que reflejaban rayos de luz cálidos, igual que en aquella tarde.
El vaivén del tren comenzó a adormilarlo y cerró los ojos por un momento, pensando en el chico que llevaba a casa…
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Habían echado un poco de agua en los aviones para enjuagar la sangre, se habían hecho las reparaciones que le permitirían volar.
Los dos chicos con el corazón angustiado por la pérdida de su amigo se elevaban en el aire en formación de combate. A lo lejos los vieron, los aviones alemanes rompiendo formación listos para atacarlos. Ellos se saludaron a manera de despedida. Vio alejarse a Stear e inmediatamente hacer maniobras evasivas, Stear era el mejor piloto que Jack había visto, parecía que tenía un instinto especial, volaba de manera temeraria, era como si por momentos fuera uno con su máquina haciéndola funcionar de manera casi orgánica.
Combatieron ferozmente derribando a cuantos enemigos pudieron, Jack se libró de su enemigo, que era el verdadero demonio con alas. En el horizonte vio el avión de Stear que derribaba a un alemán.
Vio un avión pasar sobre su cabeza semi oculto en las nubes teñidas por el sol del atardecer, se lanzó en su persecución. Frente a él, Stear y otro avión estaban cerca, pero por alguna razón Stear no lo atacó, con angustia vio al otro avión salir de las nubes dirigiéndose directamente a ellos, él forzó su avión al máximo y con horror escuchó el terrible sonido de las balas percutidas…
Confusión, dolor, humo negro a su alrededor, un avión que caía al mar…
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George había recibido noticias de la llegada de los hombres caídos a Chicago. Lo que le tranquilizaba era que no había recibido la visita de ningún oficial con un fatídico telegrama. El no tener noticias eran sin dudas buenas noticias. Sintió pena por las familias que recibirían a sus hijos sin la oportunidad de abrazarlos nuevamente. Regresarían dormidos, arropados por el lábaro de su nación, con dolor en los corazones de las familias que los amaban.
-Sr. Johnson –le interrumpió su secretaria mientras revisaba los últimos papeles antes de irse a casa.
-Dígame Ruth –contestó sin levantar la vista de lo que lo mantenía ocupado.
-Un oficial del ejército le espera en la recepción
George detuvo el movimiento de la pluma en su mano, levantó la vista con lentitud y agregó
-Gracias, voy a recibirle.
Cuando vio que un hombre uniformado le esperaba en el recibidor de la oficina, sintió un mareo, la boca se le secó, cerró los ojos con la esperanza de que se tratara de una mala jugada de su mente producto del cansancio.
Con rapidez elevó una oración silenciosa, suplicando que no fuera a él a quién buscaba, que no fuera a él a quién se le entregara el telegrama, que no fuera él… quién había perdido a su amigo.
Con el corazón latiendo desenfrenado dentro de su pecho abrió lentamente los ojos. No… el militar permanecía parado en el lobby con un telegrama en la mano, no era un fantasma, ni una alucinación. Cuando la recepcionista advirtió su presencia, lo miró y dirigió la vista al militar. George se irguió acomodándose el nudo de la corbata, respiró profundo y se dirigió a la recepción y saludó al militar haciéndolo entrar en su despacho.
Cuando el joven uniformado dejó el despacho, George se recargó en el respaldo del sillón con los ojos cerrados, estaba pálido. Recargó los codos en el escritorio sosteniendo la cabeza entre sus manos, respiro hondo nuevamente, pasando las manos por su cabello recomponiéndose. Tomó el telegrama que estaba abierto frente a él y salió de la oficina.
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Él abrió los ojos y vio por el gran ventanal del vagón el paisaje donde a lo lejos se distinguía la silueta de la ciudad recortada por el sol del amanecer.
Alcanzó su maleta y sacó el uniforme de gala de la fuerza aérea e inició el ritual para cambiarse de ropa, traer a su amigo a casa era el acto más importante al cual haya asistido jamás, por esa razón debía presentarse así para demostrar sus respetos.
Abrochó uno a uno los botones de la inmaculada camisa, ajustó los tirantes y el cinturón. Se ajustó la corbata con manos temblorosas y se puso el saco cerrando uno a uno los brillantes botones. El cinturón fue ajustado a su cintura con parsimonia al igual que acomodó las insignias.
Un par de alas doradas brillaron en un estuche de terciopelo abierto en la cómoda frente a él. Las tomó entre sus manos observándolas detenidamente, después dio un vistazo a su imagen en el espejo, miró detenidamente su rostro, parecía que habían pasado décadas y estas se habían instalado en su rostro que ostentaba una cicatriz en la mejilla derecha que llegaba hasta su oreja.
Se enfrentaría a un mundo desconocido para él, un mundo que le había cambiado con las tremendas experiencias vividas en Europa. Una lágrima furtiva escapó de su fuente, corriendo por su rostro, él trató de controlarse a sí mismo y con pulso firme se prendió las alas en el saco de su uniforme. Se puso la gorra, los guantes y tomando sus cosas salió del vagón.
Esperó pacientemente en el andén hasta que un grupo de soldados le indicaron que podía ayudarles. Parados a ambos lados del ataúd, lo levantaron y colocaron en su hombro para caminar con reverencia hasta llegar al carruaje donde depositaron su preciosa carga. Saludaron con respeto y rompieron filas. Él subió al carruaje y en silencio le indicó al cochero que podían iniciar el trayecto hasta Lakewood.
Las campanas de la pequeña capilla de la propiedad tocaron cuando el carruaje se acercaba. Varias figuras vestidas de negro esperaban a la puerta. Cuando el carruaje se detuvo, varios hombres se dieron a la tarea de llevar adentro el féretro. La capilla estaba repleta de flores frescas, homenaje silencioso al valor del chico que entraba dormido.
El joven soldado se sentó en la primera fila con una mano sobre el ataúd.
George se santiguo al entrar al recinto y caminó silencioso por el pasillo, elevó los ojos deteniéndolos en la cruz del altar, de formas limpias y austeras.
¿Cuántas veces había entrado a este mismo lugar para elevar sus plegarias pidiendo por la integridad de su amigo?
¿Cuántas veces se había arrodillado para agradecer que Stear estuviera con vida después de recibir carta suya?
Estaba vestido con un traje negro que le quedaba dibujado al cuerpo, con mesurada elegancia y porte. Tenía los ojos enrojecidos pero el semblante tranquilo. Él, como siempre, había llegado primero para que todos los detalles estuvieran listos, para que no faltara nada, para permitirse un momento a solas antes de la llegada de la familia.
Llegó al final del pasillo y se detuvo frente al féretro, colocó una discreta corona de rosas blancas, las rosas de Anthony. Se había tomado el atrevimiento de cortarlas por la mañana y armar con sus propias manos una ofrenda para homenajear al valiente joven. Tomó el tartán que colgaba de su brazo y extendió la suave tela de lana sobre el ataúd. Este símbolo familiar cobijaría al hombre que descansaría pronto entre los ancestros de los Andrew.
George acaricio la suave tela de lana, alisando cuidadosamente cada pliegue como silencioso homenaje final.
Caminó silencioso rodeando por la parte posterior al soldado que se encontraba con la vista perdida al frente.
Se detuvo por unos instantes cerca del militar y lo observó detenidamente como queriéndose grabar cada detalle de su expresión. Caminó unos cuantos pasos más y se sentó junto a él en silencio.
-Era un hombre muy valiente –afirmó George-
-Si… lo era… el más valiente que he conocido. Era también el más inteligente y gentil amigo -agregó el joven-
-¿Dónde lo conoció? –Preguntó con voz suave-
-En el barco de voluntarios que zarpó de Nueva York. Nos hicimos amigos de inmediato, era tan gracioso y ocurrente. Después en Francia servimos juntos en la base de la fuerza aérea.
George le observaba con detenimiento, pudo notar el sufrimiento vivido en el rostro del soldado, advirtió la pulcritud de su uniforme y la gallardía con la que lo portaba. Pudo advertir una cicatriz que aún no perdía el tono rojizo en el cuello y el rostro del muchacho, parecía que había sido una lesión dolorosa, pues cuando hablaba podía advertir un pequeño reflejo de dolor en el ceño. La cicatriz no demeritaba en nada al hombre que la ostentaba, es más George sintió un repentino orgullo por conocerle, por saber que a pesar de ser un niño también había defendido a su país.
El silencio reinó entre ellos por unos minutos y George se animó a preguntar por fin.
-Y… ¿Cómo murió?
-Como todo un hombre, en su avión, defendiendo la libertad. –Respondió con voz afectada el soldado.
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El avión de Stear había sido alcanzado por una primera ráfaga de municiones del segundo avión alemán, Jack había forzado su aeronave para llegar lo más pronto posible para auxiliar a su amigo.
Stear respondió al fuego enemigo con una ráfaga de metralla, Jack pudo ver el que su compatriota estaba herido y su avión despedía una columna de humo negro, se dirigió a la retaguardia y acabó con el primer avión, haciéndole señas a Stear para que se retirara en el espacio que se había abierto frente a él. Pudo ver el rostro de desconcierto del chico Cornwell cuando los instrumentos parecían haber fallado y el avión comenzaba a ir sin control.
El segundo avión alemán contestó el fuego nuevamente, Jack trató de alejarlo del maltrecho avión de Cornwell, por un momento pudo ver a Stear a los ojos quién con un asentimiento de cabeza parecía despedirse de él.
Jack trató desesperadamente de alejar el avión alemán y luchó con valentía entre ráfagas de metralla que rozaban peligrosamente su cabeza, por fin pudo hacer blanco en el enemigo que explotó en el aire al encenderse el combustible.
El avión de Jack también caía en picada muy cerca de donde podía divisar el humo del avión de su amigo.
Jack pudo sentir el frío del agua que parecían miles de agujas clavándose en su cuerpo paralizándolo, desabrochó su cinturón de seguridad y nadó hasta el avión que se hundía frente a él.
Llegó hasta él y soltó el cinturón de seguridad, el agua a su alrededor estaba teñida en carmesí, un dolor agudo en su pecho casi le paralizó pero tomando el brazo de su amigo trató de nadar hacia la luz que aún podía distinguirse en las aguas del mar.
"¿A dónde irás cuando hayas cumplido tu servicio?"
"A casa…"
"A casa…"
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Gruesas lágrimas corrieron por el rostro del soldado y acarició el ataúd a su lado, mirando detenidamente el colorido tartán que le cobijaba.
-Yo, desperté flotando en un ala de avión, estaba sujeto con un cinturón para que no cayera al mar mientras estaba desmayado.
Sentí un fuerte dolor en el cuello cuando traté de incorporarme, un trozo de tela cubría mi herida. Yo sé que fue él. Me desaté y lo busqué entre los restos del avión, lo vi flotando a poca distancia y fui a alcanzarlo, lo atraje al ala del avión y esperé a que nos rescataran.
El soldado guardó silencio.
-Pero ya era demasiado tarde ¿Verdad? –Preguntó George conmovido-
-Si, él ya se había ido, estaba muy mal herido, pero aún así había hecho todo por salvarme.
Por eso lo he traído a casa, para que pudiera ser despedido como lo que era, un héroe, un hijo, un amigo… un hermano para mí.
Yo le dije que vendríamos a Illinois y estudiaríamos juntos, que construiríamos todas nuestras ideas, que tendríamos una familia…
¡Oh George! Por eso lo he traído aquí, no podía permitir que fuera sepultado en un lugar donde no fuera recordado. Yo se lo prometí…
-Y has cumplido Stear –Respondió George mientras abrazaba a Stear que se había lanzado a sus brazos para llorar desconsoladamente.
George, miró sobre el hombro de Stear el ataúd de Jack Smith con agradecimiento, no le conoció, pero… le debía tanto…
Cuando recibió en días pasados el telegrama de Stear anunciándole que volvería a casa y llevaría consigo el cuerpo de su amigo, un sin número de sentimientos se agolparon en su mente y en su corazón.
Se sintió desfallecer al saber que no había sido Stear el que llegaría a casa en un ataúd. Lloró como nunca antes al detenerse a un lado del camino a Lakewood. Lloró liberando la tensión que le había llenado de horripilante miedo mientras el militar estaba sentado frente a él en su despacho.
Lloró por todas las familias que no tendrían la bendición de tomar entre sus brazos a sus hijos. Lloró por Jack…
Stear pedía un funeral digno para su amigo, que fuera recibido como miembro de la familia, que fuera sepultado junto a su primo en el cementerio familiar. Que fuera cubierto por el tartán de su clan.
George organizó todo con el mismo esmero y diligencia que se merecía este valiente joven. Jack tendría al final una familia que le cobijaría y descansaría entre los ancestros de Stear. George sabía que sería recibido en el paraíso por los Andrew que se habían marchado ya, que sería reconocido y amado tal y cómo Stear lo estimaba. Tal y como él mismo lo estimaba pues…
Gracias a él Stear había vuelto a casa.
-Ya Stear, ambos están en casa… -susurró George agradecido por tener a su amigo por fin a salvo las lágrimas de ambos se confundían mientras George sostenía a su amigo entre sus brazos para infundirle valor.
-Ya están en casa…
Dryades del Lago GF 2013-04-30 Mimicat Stear's Girl.
