Capítulo 4

Watson se encontró en la misma habitación que había ocupado anteriormente y, una vez desvanecida la cálida familiaridad inicial, regresaron a su mente los terribles recuerdos de su anterior visita. Inconscientemente, se llevó la mano al hombro izquierdo, donde Stapleton le había disparado con el revólver de Lestrade, y se frotó la cicatriz, distinta a la de la bala jezail que había estado a punto de matarlo. Su revólver de servicio se hallaba bajo su chaqueta, cómodamente instalado en una cartuchera bajo el brazo izquierdo, fácil de alcanzar.

La habitación era cálida, el carbón ardía en la chimenea y su equipaje ya había sido eficientemente dispuesto. Colocó la mayor parte en el armario, deteniéndose sólo para ponerse la bata, y se dirigió a la ventana para abrir las cortinas. Al mirar fuera, sintió el frío del exterior emanando a través del cristal y el marco de la ventana. Nevaba copiosamente y las únicas luces procedían de las ventanas de la casa. Watson oyó a los sirvientes moviéndose en la planta baja, cerrando puertas y ventanas, y, en la habitación contigua, a Holmes, paseando incansablemente, como solía hacer cuando se sumía en sus pensamientos, sin duda fumando sin parar.

Watson miró a su alrededor. Sir Henry era un anfitrión generoso; había un decantador sobre el escritorio, y Watson lo cogió, lo destapó y aspiró profundamente su aroma. Brandy. Excelente. Se sirvió una buena cantidad y, a continuación, cogió una silla por los brazos y la arrastró hasta la ventana. Apagó las velas de la habitación, y dejó que el fuego se consumiera. Cogió una manta de la cama, recuperó el brandy y se acomodó en la silla, desde donde tenía una excelente vista del páramo y los terrenos de la mansión Baskerville. Cogió el revólver, lo puso en la mesa junto a él, tomó un sorbo de brandy y se sentó a vigilar.

Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba cabeceando cuando súbitamente lo despertó un entrecortado grito de alarma. Sin ser consciente de lo que hacía, agarró el revólver, se lanzó hacia la puerta y corrió hacia la habitación de sir Henry. Holmes le pisaba los talones, también completamente vestido (al parecer, él tampoco se había acostado).

Sir Henry estaba rígidamente sentado en su cama, con el rostro tan blanco como las sábanas que sus delgados dedos aferraban.

—¡La ventana! —exclamó con voz ahogada.

Watson se lanzó irreflexivamente hacia la ventana; la cortina no estaba corrida, pero la ventana estaba firmemente cerrada. La abrió de par en par y se inclinó hacia fuera tanto como se atrevió, echando un buen vistazo.

—¿Qué ve? —preguntó Holmes detrás de él, escudriñando igualmente la oscuridad—. ¡Watson! ¿Qué ve?

—Nada —respondió Watson—. ¡Inspeccionaré la zona!

Watson salió disparado de la habitación y prácticamente chocó con el doctor Mortimer, que aún se frotaba los ojos. Watson señaló a sir Henry.

—¡Ocúpese de él! —gritó sin dejar de correr.

Él y Holmes se lanzaron por el pasillo hacia la puerta principal.

Estaba atrancada.

Consiguieron, no obstante, abrirla, y se zambulleron en la gélida tormenta de nieve. Rodearon la casa hasta la parte de atrás, donde se encontraba el dormitorio de sir Henry, y allí se detuvieron. Holmes echó un rápido vistazo a su alrededor. No había huellas en la nieve, que tenía al menos seis pulgadas de espesor y estaba intacta, salvo por el rastro que Watson y él mismo habían dejado. En la pared no había evidencias de que se hubiera empleado un equipo de escalada, ni nada cerca que pudiera servirle a alguien que deseara trepar. Holmes miró hacia arriba; no logró ver nada entre la oscuridad y la nieve; tomó nota mental de comprobarlo de nuevo a la luz del día.

Detrás de Holmes, Watson realizaba un examen visual del terreno; no había el más mínimo rastro de vida, ni huellas en la nieve, ni una senda clara que una persona a la fuga pudiera utilizar para disimular su marcha. Holmes lo miró y sus ojos se encontraron a la luz de la ventana. Meneó la cabeza e indicó que volvieran dentro.

De regreso en la mansión, se encontraron con el doctor Mortimer bajando las escaleras.

—¿Y bien? —dijo, expectante.

—Nada; al menos a nivel del suelo —respondió Holmes con calma—. ¿Cómo está sir Henry?

—Muy afectado —contestó el doctor Mortimer con voz grave—. Le he administrado un sedante suave para ayudarlo a dormir.

—Y nosotros deberíamos hacer lo mismo —repuso Holmes con una media sonrisa—. Vamos, debemos retirarnos. Declaro que este tiempo tan horrible me ha dejado helado hasta los huesos.

Regresaron a la planta alta, despojándose de sus batas empapadas con la intención de ponerlas a secar junto a sus respectivas chimeneas. Watson fue el primero en llegar a su habitación, dio las buenas noches a los demás y entró.

El frío que hacía dentro le hizo fruncir el ceño; la ventana estaba abierta. No recordaba haberla abierto. ¿Habría sido el doctor Mortimer, para ver a dónde habían ido? La cerró de inmediato, con cansancio, impidiendo el paso del gélido aire.

Cambió su bata empapada por otra que colgaba detrás de la puerta, y se la puso, agradecido. Se pasó los dedos por el pelo humedecido por la nieve, y notó que aún temblaba un poco; o la cara de sir Henry, blanca de miedo, lo había impresionado más de lo que pensaba, o se le había metido el frío en el cuerpo, a pesar del tiempo relativamente breve que había estado expuesto a él. Observó el decantador de brandy y decidió, en su opinión médica, que una buena dosis sería tan efectiva como un sedante suave para ayudarlo a dormir.

El decantador estaba sobre la mesa, junto a la silla que había acercado a la ventana. Dejó el revólver al lado y se sirvió una generosa cantidad. Luego se situó frente a la ventana y contempló la persistente avalancha de hielo.

Frunció el ceño; no podía sacar ninguna conclusión de aquellos misteriosos y casi sobrenaturales incidentes. No había visto al supuesto fantasma, eso era cierto; pero algo había aterrorizado a sir Henry hasta llevarlo casi al borde de la locura; algo a lo que temía incluso más que al terrible perro-bestia que le había marcado la cara y el cuello hacía unos años.

Watson sabía que Holmes ya había visto, o al menos deducido, de qué forma se infligían tales terrores a un hombre a quien consideraba su amigo. Tendría que hablar con Holmes por la mañana, aunque sospechaba que su amigo, como siempre, esperaría hasta el último minuto para mostrar sus cartas.

Watson levantó el brandy y notó que su mano temblaba ligeramente al recordar el abyecto terror en el pálido y desolado rostro de sir Henry. Tomó un sorbo y se lo tragó. Ah… Era un buen brandy, sin duda, aunque extrañamente dulce. El ardiente sabor le proporcionó calor y sosiego. Se acabó el resto de un trago, percibiendo otra vez esa dulzura, y tomó nota mental de preguntarle a sir Henry (o al menos a Barrymore) el nombre del destilador.

De pronto, una ola de vértigo cayó sobre él y lanzó un jadeo mientras aferraba el brazo de la silla para sujetarse. Sintió un gran peso en los párpados y una opresión en el pecho. Ciegamente, estiró un brazo y se agarró al alfeizar de la ventana. Intentó gritar, pero la habitación giraba y sentía como si el suelo se inclinara bajo sus pies. Cayó despatarrado, pero la oscuridad ya se había llevado su consciencia antes de llegar al suelo.