Capitulo IV. Ilusión

-Se acabo, iré a buscarlo.

-Espera Haruka.

-No podemos esperar más él ha estado actuando muy raro últimamente

-Cuando le hablo me mira de una manera que da miedo, Haruka, estoy muy preocupada es como si se estuviera perdiendo –su rostro mostraba tristeza, la cual intentaba esconder con la mano de su kimono rojo.

-Tomaremos distintos caminos para buscarlo.

Ambos se preparaban para salir en busca de su maestro pero la repentina aparición de Dios de la montaña les sorprendió.

-¡Muu!

-Muu-chan, que alegría que nos ayudes a buscar a Kan-chan.

-Muu muu.

-Bien Sugino, nos serás de mucha ayuda.

-Estás equivocado, yo no vine a eso.

Youko pensaba que era otra de las rabietas del Dios por su empeño en rivalizar con Kantarou en cuanto a la atención de Muu-chan pero Haruka, que le conocía desde hace bastante tiempo, sabía que por la expresión sería de su amigo le escondía algo; Sin embargo quiso insistir, estaba preocupado por su maestro y quería toda la ayuda posible.

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Observaba su blanca piel contrarrestando con el color de la nieve. Le veía duramente con la satisfacción de la erección entre sus piernas dolorosamente rozando con la ropa sus pezones endurecidos. Sonriendo con lascivia se acerco para poseer otra vez a aquel cuerpo semidesnudo. El cuerpo blanco temblaba por las manos sobre él, por el frió de los cristales de agua congelados.

-¿No te gusta? Siente como entro lentamente abriéndote el cuerpo, rompiéndote.

-No me someteré a ti Raiko, no importa que destruyas mi cuerpo o mi mente no lograras tu cometido conmigo.

-¡OH! El demonio empieza a mostrar su carácter, eso me gusta porque te pondrás más débil cada vez.

Las arremetidas ardientes le hacían sangrar como las marcas de los látigos que antes había recibido bañando el frió suelo blanco que le quemaba la piel, las mordidas en sus pezones le dolían pero ardía más la parte baja de su espalda.

-Ten por seguro que caerás, te tendré en donde quiero Ichinomiya Kantarou.

-No… ¡No!

Su cuerpo frío le demandaba calor, uno que no estaba sintiendo con aquel que estaba sobre si vestido apenas con parte del uniforme que solía usar siempre, golpeándole el interior le tocó el lugar que le hizo gemir fuerte y arquearse hasta que su miembro recién despierto toco el abdomen del otro.

-Eres corrompible, solo hay que saber en donde tocarte.

-Ah… no…

Le abrió más las piernas inclinándose para morder su cuello, asegurándose de hacerle llegar, hacerle explotar, porque ese era el momento que necesitaba, cuando su mente se perdiera por unos segundos olvidándose de todo. Él fue el primero en llegar soltando su esencia sin dejar de embestir hizo que en unos momentos el otro se derramara manchando ambos cuerpos.

Ambas manos se colocaron a los costados de la cabeza albina creando otra ilusión, otro recuerdo que le aseguraría el triunfo.

Kantarou gritó, el dolor transmitido a su cabeza le provocaba punzadas tan fuertes que le hizo perder el conocimiento, causando la creciente sonrisa del soldado.

Y así el cuerpo inerte del albino quedo abandonado sobre la nieve que mandaba copos, llorando frío sobre aquel niño ultrajado.

Otra vez la oscuridad le envolvía, sin saber muy bien que hacer decidió quedarse sin moverse, no tenía mucho caso avanzar en donde no podía ver mas allá se si mismo. Una figura apareció no muy lejos de donde estaba, brillaba con una intensidad que le cegaba cuando pudo distinguir se encontró siendo besado y al parecer el otro no sabía que hacia puesto que le alejo empujándole fuerte haciéndole caer.

-No… ¡Aléjate! Tú no perteneces más aquí, tampoco allá… nunca debí salvarlo… Muu-chan…

Kantarou se quedo quieto nunca se puso a pensar que el dios de la montaña que lo había salvado alguna vez de que un demonio lo atacara fuese Sugino-sama, no espero que aquellos cuidados, aquel agradable sentimiento, aquel calor proviniese de quien ahora lo odiaba por llamar la atención de Muu-chan.

Pero aquellas palabras bien sabía a que se refería, por eso en ese tiempo los niños no se acercaban a él, ni siquiera le dirigían la palabra, lo odiaban tanto como le temían por eso le ofrecieron a aquel dragón antiguo Dios de la montaña.

Aquellos recuerdos perforaban su mente, le hacían que perdiera el control hasta arrodillarse sosteniendo fuertemente la herida sobre su pecho, soltando lágrimas con sollozos no muy audibles.

-Haruka…

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Alas blancas mezcladas con negras caían formando una alfombra bicolor que desaparecía segundos después para crear la nueva. Una discusión entre ambos Tengu se llevaban a cabo. Un triángulo amoroso que sin saberlo se adhería otro lado.

-Nunca te he pedido nada Sugino, solo te estoy pidiendo que nos ayudes a encontrar a Kantarou, tus alas nos serían de mucha ayuda.

-No voy a hacerlo, no puedo.

-¿Por qué no?

-Simplemente no puedo.

-Sugino-sama hasta Muu-chan te lo esta pidiendo ¿Cuál es la razón por la que no ayudes a tus amigos?

-No son mis amigos, una fuerte línea nos separa.

La sangre corría por sus labios antes besados por el Tengu negro, antes besados por el niño que alguna vez salvo, le hicieron doler. Intentando mitigar algo del dolor se llevo la mano izquierda al mentón.

Al devorador le dolía el puño pero suponía que era menos de lo que le dolía a su compañero –Por lo que compartimos, por lo que tuvimos ayuda a encontrar a Kantarou.

El Dios de la montaña se levanto hablando sin más rodeos, su expresión dirigida directamente al otro –Si encuentro a ese humano he de matarlo con mis propias manos, así que te estoy dando una oportunidad Onikui. Encuéntralo antes del anochecer que es cuando yo iré por él.

Aquella dura mirada les hizo desistir y salir en la búsqueda, el moreno se quedo enfrente del Dios –Se que tuviste algo que ver con Kantarou antes de que yo despertara, así como ambos tuvimos algo que ver antes de que fuera sellado.

-…

-Si te atreves a hacerle algo te matare.

-Para preservar la calma, tu vida y su deseo le destruiré aunque tenga que perecer en tus manos.

Sus miradas desafiantes solo se perdieron cuando estuvieron solos, una asustada por el caos que se avecinaba y la otra furiosa por no tener enfrente lo que amaba.

Las horas iban pasando con el frió hiriendo cada vez peor la piel, seis pares de ojos buscaban por separado sobre la tierra, llegando a lugares muy alejados de su hogar. El otro par de ojos preocupados por aquellas palabras antedichas por su antiguo amante le afectaban más de lo que pensó porque eran de las raras ocasiones que le veía tan serio.

El Tengu oscuro observaba la piedra en la que estuvo sellado por bastante tiempo, los recuerdos de lo que había vivido desde su despertar le atacaban como los insectos que no le dejaban dormir por la noche.

Quería a Kantarou de regreso, le necesitaba a su lado porque no sabía ahora que hacer con su existencia sin el albino a su lado. Sintió una molestia al ser interrumpido tan abruptamente en sus pensamientos.

-¿Sugino qué haces aquí?

-Kiyo esta muerta, cuando fui a buscarla su sangre manchaba la entrada del templo.

Un poco aturdido por la noticia, no sabía si porque era la querida persona de su maestro o por la muerte repentina -No creo que Raiko se haya atrevido a tal cosa.

-Pero yo sí sé quien pudo hacerlo, encontré cabellos plateados por su cuerpo.

-¿Estas insinuando que…?

-Justamente eso.

-Debe ser un error, debemos encontrarlo –Sus alas aparecieron dispuesto para emprender el vuelo imaginando el lugar en donde podría estar el exorcista, pensando el Raiko dio con un posible lugar.

-¿Entiendes que sucederá con él sabiendo esto? –Sin interponerse en su camino su voz sí lo hacía.

-Él no lo hizo.

-No conoces su historia.

-Pero lo conozco a él.

-No lo que hay dentro de él, nunca conociste esa inocencia que poseía y que jamás volverá a rodearle, ese ser tan maligno que debió haber muerto

Se callo al sentir sobre su cuello el bastón del Tengu negro, con un movimiento brusco lo aparto mandándolo lejos por la sorpresa del brusco cambio en cual el moreno nunca se espero.

Sin querer comenzar una pelea emprendió el vuelo hacia el destino que se había marcado asegurándose que el otro no le siguiera, realmente no quería volver a pelear con él pero de ser necesario no se negaría a ello.

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Su cuerpo desnudo y lastimado más aún ya dejaba de sentir el calor recorrerle por todo el cuerpo, lo único que le daba algo de calidez era la sustancia que resbalaba de su interior.

Gritos le envolvieron junto con una cubierta rasposa, unos fuertes brazos se ciñeron a su cuerpo aferrándole, tan diferente la sensación de cuando Raiko le tocaba, cubriéndole del quemante frió.

El viento sobre su rojo rostro le molestaba para observar quien le llevaba en brazos –Haru… ka… -le abrazaban con fuerza llevándole a algún lado.

Dirigiéndose a la que era su casa en donde había empezado a vivir unos meses atrás se desviaba hacía el "rival" de su maestro, era una mejor opción.

Su piel helada y a punto de ser quemada, sus piernas y brazos fríos y lastimados con heridas junto con el resto del cuerpo dejo sorprendido a Haruomi quien no pronosticaba nada bueno en su evaluación, su rostro se puso extremadamente rojo de enfado, alguien le había enseñado (según él) explícitamente el sexo entre hombres a su compañero.

Continuara...