Quetzalcóatl llegó con el principito al Olimpo y desde el mismo principio causó todo un alboroto entre los dioses. Mientras algunos lo reciben con los brazos abiertos, otros no… Artemisa logra verlo unos instantes y Touma tiene la suerte de abrazarlo… pero Janus se les escapa y decide ir directo con su tío Apolo.


¡HOLA A TODOS! Uuuuuh, está por comenzar un alboroto en el Olimpo como no lo tienen desde hace un buen par de milenios. Para referencias a mi estilo y a ciertos aspectos del fic, lean 'Littera Minima' y sus secuelas. En esta ocasión, sumen 5 años a las edades del canon (sí, hubo cambio de año, recuerden). O si les resulta más fácil y menos complejo, dense una vuelta por el perfil de Ekléctica, donde encontrarán la línea de tiempo oficial: al principio de cada año aparecen las edades.

Un especial agradecimiento a Seika Lerki, Tsuyu Ryu y Ekléctica (El Concilio del Fic), madrinas y lectoras de prueba de este fic, que además de incentivarme y animarme a escribir, aplacaron mis instintos asesinos y varios personajes vivieron para contarlo.

Una recomendación especial, si quieren ver este universo expandido, lean "Madness of Love", de Lady Seika Lerki y el omake "Lo que Sueño de ti" y las adorables miniserie "Familia" y "Futuro" de Ekléctica. Finalmente, "Luz Amatista", de Tsuyu Ryu, es una joya. Las conversaciones que las inspiraron a ellas, de paso me inspiraron a mí para retomar este hábito mío de escribir fanfictions. ¡VAYAN A LEER! =D

Saint Seiya, la trama y sus personajes pertenecen al genialísimo Masami Kurumada y a quienes han pagado por el derecho respectivo. No estoy ganando dinero con esto, nada más entretengo a mi imaginación y le doy más trabajo a mi Musa. D8 ¡NO TENGO FINES DE LUCRO!


ADVERTENCIA.

Cualquier coincidencia con la realidad, con situaciones reales y semejanzas con personas vivas o muertas, es una mera coincidencia. Se pide criterio y discreción por parte de los lectores. Debido a la naturaleza de algunas escenas gráficas, se pide extra cuidado. No me hago responsable de castigos, lesiones, o penas capitales derivados de la lectura de este capítulo. ¡No intenten nada de esto en casa!


Capítulo 3: Comienza un Día de Locos

Monte Olimpo. Estancias de Hestia.

10 de noviembre. 8:00 horas.

"¡Señor Quetzalcóatl!" Exclamó Hestia al verlo, sintiendo como el estómago se le revolvía de emoción, más al ver a quién llevaba en brazos.

"¡Mi Bella Señora!" La saludó la serpiente emplumada, acomodando su carga. "¿Ves Juanito? Te dije que es muy linda."

Hestia se les acercó en un instante, dándoles un abrazo a los dos antes que Quetzalcóatl tuviera la oportunidad de dejar al niño en el suelo. Janus (o Juanito como le decía la serpiente emplumada) seguía rondando los cinco años y miraba a Hestia con ojos grandes y expresivos, llenos de asombro, como evaluando si era o no segura.

"¡Qué ojos tienes, mi vida!" Le dijo Hestia al niño, acariciándole los cabellos. "¡La misma expresión despierta de Artemisa!" La diosa del fuego sonrió enternecida. "Pero de alguna manera tienes el brillo de asombro de Touma…"

Si aún era posible, al escuchar el nombre del ángel, Janus abrió los ojos todavía más, y se puso a buscar con la mirada, como esperando ver a Touma aparecer por algún rincón, pero cuando eso no ocurrió, suspiró abatido y bajó los hombros.

"Oh, mi vida." Hestia le arregló las ropas al pequeño, e inevitablemente terminó arreglando la camisa de Quetzalcóatl. Se empinó un poco y le besó a manera de saludo. "¿En qué andabas, señor?" Le preguntó sonriendo con modestia.

"Tuve que tomar un desvío, mi señora." Respondió con una propia, mientras dejaba al niño en el suelo, quien prontamente se refugió detrás de las piernas de Quetzalcóatl. "Encontré un cachorro perdido y decidí traerlo con su madre."

"¿Por qué no lo llevaste directo a las Estancias de Artemisa?" Hestia se agachó hasta quedar a la altura del niño, estirándole los brazos. "Ven aquí para que te vea, pequeñín."

Janus negó con la cabeza y más se escondió tras Quetzalcóatl. El dios le despeinó los cabellos y sonrió de costado, aunque dejó de hacerlo cuando vio que Hestia, consternada, se ponía en pie.

"Es tímido, mi señora. Desde que lo encontré hasta ahora no he percibido sino angustias en su cosmo. Tampoco ha comido otra cosa que no sean duraznos." Le dijo guiñándole un ojo. "Claro, vomita la mitad de lo que come, pero bueno. Al menos algo retiene."

"Pero no tengo duraznos. ¡Tendríamos que ir con Deméter a ver si nos regala algunos!" Hestia volvió a inclinarse sobre el pequeño. "Tengo chocolate con avellanas…" Lo tentó con travesura.

"¡¿Para mí también?!" Preguntó Quetzalcóatl entusiasmado. Janus lo miró curioso por momentos antes de volverse a Hestia, abriendo la boca y señalando su interior, dando a entender que quería probar.

La diosa del fuego sonrió complacida y le dio una barra de chocolate a la serpiente emplumada, antes de sentarse en el suelo y, sacando otra, cortó un trocito que le ofreció a Janus. El pequeño estiró la mano y tomó el pedazo ofrecido, que se llevó en seguida a la boca. Sobra decir que el niño explotó en colores felices en cuanto probó la golosina y en seguida demandó el resto de la barra, para lo cual no solo salió de su refugio, sino que además se sentó en el regazo de su tía abuela para comer chocolate tranquilo y a gusto, conforme le trozaban la barra para que no se ahogara.

"Ni bien salimos del Xibalbá, me contactó Odiseo. Le hice saber que el niño estaba seguro. Me dijo que lo trajera aquí, porque las estancias de Artemisa están muy cerca de las de Apolo y el chamaco podría estar en peligro. Ya viene en camino: le llevábamos como unas doce horas de ventaja."

"¿Con quién estabas?" Preguntó Hestia, quien no dejaba de apapachar al pequeño.

"Con Huitzilopochtli y Mictlantecuhtli." Quetzalcóatl se sentó en el suelo, cruzado de piernas. "Es difícil salir del Xibalbá, toma al menos un día. Una vez fuera uno ya se puede mover uno a velocidad normal, pero hay que tener paciencia. Odiseo debería estar por llegar."

"Ya veo. Este niño necesita ir con su madre, si Zeus o Apolo lo descubren y Artemisa no está con él…" Hestia se mordió el labio y decidió llamar a una de sus sirvientas. "¡Danae!"

"El niño cuenta con mi protección, igual su madre. Si Zeus decide atacarlo, se las verá con alguien de su tamaño." Le dijo Quetzalcóatl muy serio. En eso, entró la sirvienta a la que Hestia había llamado.

"¿Llamó señora?" Preguntó la ninfa con respeto.

"Ve con pies veloces a las Estancias de Artemisa y úrgele a que venga con la mayor de las premuras. No acepto excusas. Insta a sus ángeles a que la traigan a rastras incluso." Le ordenó con tierna severidad. La ninfa le echó una rápida ojeada al niño en el regazo de su señora y tras una mueca de disgusto, asintió.

"Lo que la señora ordene." Dijo antes de salir corriendo a cumplir su misión, aunque no contenta.

Ambas deidades se quedaron unos momentos en silencio, como esperando que la ninfa se alejara a mayor distancia. Solo entonces Hestia suspiró apesadumbrada, pensando desde ya apartar a Danae de su servicio, mientras seguía cortándole pedacitos de chocolate al niño.

"Eres un encanto."

"¿Yo? ¡Gracias!" Bromeó Quetzalcóatl. "Me esfuerzo."

"¡Le decía al pequeño, señor Quetzalcóatl!" Reclamó Hestia con los ojos muy abiertos, antes de volverse al niño. "¿Cierto que te lo decía…? Oh oh…"

Janus había dejado de masticar y tenía el ceño fruncido. Las mejillas las tenía algo azuladas y se llevó las manos a la boca como quien reprime una arcada. Se levantó del regazo de Hestia y dio unos pasos, sin dejar de taparse la boca y temblando para resistir el impulso de vomitar sin mucho éxito, pues instantes después… no pudo contenerse. Los dos adultos lo observaron con atención, aunque Hestia corrió a socorrerlo en el acto, junto con una ninfa del servicio que se encontraba presta para atender a las visitas de su señora.

"Le pasa lo mismo con todo lo que come. Vomita: creo que le cuesta comer… eso sí, dale duraznos y vieras como se los traga. Los tolera mejor, pero de a poco: también los devuelve." Avisó Quetzalcóatl. "A Huitzilopochtli le pasaba algo parecido cuando nació."

"¡Pobrecito! ¡Qué tonta soy!: olvidé que está recién nacido y yo dándole chocolate." Se lamentó Hestia, mientras limpiaba la cara del niño, y revisándole la cara, dejando que la ninfa se encargara de lo demás. Tras peinarlo con los dedos comenzó a sobarle la espaldita, encendiendo su cosmo lo suficiente como para aliviar sus molestias. Fue entonces que la diosa notó que el cosmo divino del pequeño estaba como descargado. "Has usado mucho tu cosmo estos días, pequeñito."

Janus, algo menos azul, la miró con un puchero, asintiendo con la cabeza. Por lo visto se sentía mejor, así que comenzó a sacudirse las ropas. Hizo otra arcada, pero no vomitó, aunque faltó poco.

"¡Quiero al Engendro!"

En ese momento, las estancias de Hestia se llenaron de un repentino y feroz cosmo. Apolo se dejó caer con todo dentro de la sala de estar de la diosa del fuego, y su llegada fue tan violenta que consiguió que no pocas de las ninfas al servicio de Hestia chillaran y salieran corriendo. Apolo no dudó ni un instante en avanzar peligrosamente hacia su tía, quien sujetó al niño de un brazo y lo empujó detrás de ella para protegerlo. Estaba lista para alejar físicamente a su sobrino fuera de su espacio personal, cuando Quetzalcóatl le hizo una llave y lo apartó lejos, botándolo al suelo. Apolo se levantó en el acto, dispuesto a atacar, pero no se movió ni medio milímetro: justo por delante de su nariz, casi rozando la piel, la espada de Quetzalcóatl se mantenía firme y la serpiente emplumada le dedicaba una mirada fiera. Las plumas de su tocado, como respondiendo a su ánimo, estaban de punta y parecían haber tomado colores aún más brillantes y amenazadores.

"No saco mis armas sin razón, ni las guardo sin honor. ¡Atrás criatura! No me hagas deshonrar la casa de mi amada anfitriona."

"Quetzalcóatl." Siseó Apolo, sin apagar del todo su cosmo.

"¡Apolo! ¿Qué Significa Esto? ¡¿Cómo Osas Entrar a mi Casa de Esta Manera?! Leto Se Va A Enterar." Se apuró en decir Hestia, quien estaba bien segura en los brazos de la serpiente emplumada.

"Vengo a sacar la basura, tía." Le dijo sin quitar la mirada de encima a Quetzalcóatl, señalando a Janus. "Veo que tu amiguito trajo bastante." Apolo entonces retrocedió fuera del alcance de la espada, aunque esta no fue envainada. El dios mexica no lo perdió de vista ni dejó su pose defensiva. Apolo lo ignoró a medias, para poder enfrentar a su tía con calma. "Quítate del medio tía, y déjame acabar con esa cosa."

"¡Más respeto con mis invitados, dios del sol!" Hestia elevó cosmo con severidad. "Estás en mi casa y me respetas. ¡Aquí nadie mata a nadie, MENOS a Juanito!"

"¡Aaargh! No te pongas cargante, Hestia, será rápido. Ni lo va a sentir el muy mugre. ¡Y no le pongas nombre o te vas a encariñar!"

"¡Yo sabré lo que hago en mi casa! Nadie va a matar a nadie aquí. ¿Es que no tienes corazón? Es solo un recién nacido."

"Es una mancha en la honra de la familia. Debe ser purificada: ¡Así que adelantemos trabajo!" Apolo intentó dar unos pasos hacia Hestia, pero Quetzalcóatl le dio un empujón. "¿Cómo te atreves?"

"Juanito está bajo mi protección, no dejaré que te le acerques." Afirmó Quetzalcóatl decidido. Ambos dioses mantuvieron una guerra de voluntades y no parecían querer ceder. "¿Señora Hestia? Llévese a Juanito…"

"¡Se llama Janus!" Reclamó Apolo. De bien poco le importaba su sobrino y bastante enojo tenía contra su hermana, pero si la conocía y recordaba bien, sabía que ese debía ser el que Artemisa había escogido para la cosa. Le encantaba ese nombre a su hermana desde que lo había escuchado una vez que estuvieron de paseo por la Roma Imperial, visitando a las deidades locales.

"Aaah… sabes cómo se llama. ¡Tienes un corazón después de todo!"

"Corazón tengo para saber cómo se llama la criatura que debo aniquilar." Apolo embistió a Quetzalcóatl de improviso y lo hizo a un lado.

En el forcejeo que siguió, Hestia quiso agarrar al niño y salir corriendo, pero lo que pasó le arrancó un grito de la garganta, pues al darse la vuelta a donde se suponía que estaba el pequeño… no vio a nadie.

"¡JANUS! ¡NO ESTÁ!"

Los tres dioses se miraron perplejos, aunque por distintas razones, y al mismo tiempo que el trío se giró hacia la puerta que daba a un jardincito interior… alcanzaron a ver al niño terminando de treparse al techo y desaparecer por el otro lado.

"¡SE ESCAPA!" Exclamó Apolo.

Y los tres salieron en pos del niño.

… Fuera de las Estancias de la diosa del fuego y el hogar, momentos antes de que los tres dioses salieran corriendo, Odiseo venía a toda carrera. Llevaba días sin descansar en lo que buscaba al principito, por lo que el aviso de Quetzalcóatl lo había llenado de alivio y en serio esperaba llegar lo antes posible para tomarlo y llevarlo con su señora a salvo, pero… ahí, lo vio atravesar el techo de la casa y desaparecer por un borde. Casi le dio un ataque de hipo al verlo hacer eso, pero tiempo no tuvo, pues en ese momento Apolo, Quetzalcóatl y Hestia salían en tropel dando diversas voces de aviso sobre la presencia del pequeño.

Su trabajo recién comenzaba, por lo visto.

"¡Teseo, Touma!" Llamó por la cosmonet. "El principito está en el Olimpo. ¡El señor Apolo lo persigue!"


Estancias de Artemisa. Habitaciones personales de la diosa.

Poco después…

Escuchar la cosmonet esos días le provocaba bastante estrés, por lo que la diosa de la luna la evitaba como a la plaga. Por este motivo, ni se había enterado de lo que ocurría.

Artemisa se miró al espejo sin verse realmente. Llevaba puesto un atuendo muy parecido al que llevaba el día que Quicxic y Patán la habían raptado: pantalones de montaña y una camiseta delgada. Se mordió el labio, notando los cambios en sus tallas, que su cabello no estaba tan largo, y en como se le enchinaba la piel, pues a diferencia de aquél día, ahora hacía mucho frío. No sabía porqué se había puesto prendas tan similares, más cuando dejaban tanta piel expuesta…

… desde que la habían rescatado que trataba de ver su piel lo menos posible. Seguía viendo los moretones, aunque ya no los tenía. A veces le pasaba que cuando se veía reflejada en algún espejo o superficie, volvía a ver los rastros de las heridas que recibiera en aquella ocasión, o a veces en las noches, cuando estaba a punto de dormirse, la invadía ese terror que sintió cuando le desencajaron las articulaciones…

Por todo el Olimpo… ¡Necesitaba a su hijo!

Ris… ris, ras…

Artemisa giró su cabeza hacia el ventanal que daba a su terraza privada. Un sonido llamó su atención y rápidamente se volvió hacia el origen del mismo. ¿Habría sido Touma? A paso tranquilo, y cubriéndose con el chal que Athena había tejido para Janus, la diosa salió a investigar de qué se trataba.

Se congeló en el acto. Ahí en su terraza, a unos metros de ella y dándole la espalda, vio a un niño afanado en alguna suerte de manualidad. Aguantó la respiración y avanzó de a pasitos. ¡Era su niño! Era Janus y lo tenía ahí justo…

"¡Janus!" Artemisa dio dos zancadas y se dejó caer a un metro del niño. Janus dejó de hacer lo que estaba haciendo y la miró con los ojos tan enormes que bien podrían haber ocupado toda su cara. Hizo un puchero y tuvo el instinto de arrojarse a los brazos de su mamá, pero para la enorme decepción de Artemisa… "No, ¡VEN AQUÍ!"

Con una agilidad de gato, Janus se levantó y salió corriendo en la dirección contraria. Saltó la baranda que separaba la terraza del jardín y se perdió entre el follaje. La diosa trastabilló para ponerse de pie y salir tras su hijo, con un nudo en la garganta y el corazón apretado. Fue cuando se fijó en lo que Janus había abandonado… volvió a arrodillarse en el suelo.

Era un platito. Lo reconoció en seguida, pues estaba quebrado en un extremo y lo usaba para poner una maceta encima. Estaba limpio, sin tierra, y tenía dos azucenas blancas que seguramente había cortado a la rápida del jardín de Démeter, algunas cerezas y unos pedacitos de chocolate. Era una ofrenda para ella… la tomó con cuidado: pudo sentir el esmero con el que habían preparado esto. Hizo un puchero, ¡Era el regalo más lindo que había recibido en toda su existencia! No se le escapó el significado de las azucenas, ni la ternura con la que habían dispuesto los alimentos. Sin duda que le llegó al corazón.

Percibió una leve agitación del follaje por la dirección en la que había desaparecido su pequeñito, como si se hubiera tropezado. Giró la cabeza en esa dirección a toda velocidad. Se puso de pie, dejó su regalo sobre una mesita y sin pensar ni un solo segundo, corrió hacia la fuente del ruido, saltando la baranda que separaba la terraza de su jardincito privado, que colindaba con los bosques del Olimpo. No tuvo que correr mucho, llegó hasta un arbusto en el cuál era evidente que su niño se escondía… se sacudía como temblando de miedo. Eso le rompió el corazón, ¿por qué temblaba así?

"¿Hijito mío?" Preguntó en voz alta, agachándose para quedar a nivel del arbusto. Pudo distinguir entre el follaje una silueta infantil. "¡Janus! Ven con mamá." Le pidió con la voz llena de llanto. "Ven con mami, por favor."

El niño no se movió, pero su presencia (con la cual Artemisa estaba muy sintonizada) se desgarró de dolor. Janus más que nunca quería correr hacia su mamá y abrazarla hasta desaparecer, pero no se sentía con el derecho de hacerlo. Todavía no le compensaba todo el mal rato que le había hecho pasar, no podía… Sintió como la diosa daba otro paso hacia él.

"Ven conmigo, hace frío, por favor. ¡Deja que te vea!"

Janus se abrazó a sí mismo. Esta parte del plan no le estaba resultando bien. Había querido dejarle las flores, las cerezas y los trozos de chocolate como regalo y desaparecer, la idea no era que ella lo viera. Si se dejaba ver, nunca tendría valor para seguir con el resto de su plan y justamente le estaba costando una enormidad continuar. Se abrazó a sí mismo. ¡Quería a su mamá! Quería un abrazo, quedarse con ella por siempre, que le dijera que todo iba a estar bien, que lo cuidara… ¡Pero no podía!

"¿Acaso no me quieres?" Artemisa estaba llorando. "Eres muy especial para mi, no importa lo que diga el resto. Ven aquí, hijito, por…"

Artemisa se interrumpió de golpe cuando notó que su hijo salió corriendo como una flecha lejos del arbusto y de ella. Se le rompió un poco el corazón al verlo hacer eso y se tapó la boca, estupefacta. ¿Acaso le tenía miedo? ¿Acaso se acordaba que lo había rechazado? A trastabillones se puso de pie, sin perder de vista por donde se alejaba su hijo. Se le heló la sangre y el cosmo al percibir que iba derecho a las estancias de Apolo. ¡Por todos los dioses! Si su hermano lo veía lo mataba.

"¡ARTEMISA!" La llamó Touma por la cosmonet. "¡Ya voy por él, acaba de pasarme por el lado!"

"¡También voy, Touma! Por favor retenlo: ¡No pude verlo bien!"

Artemisa salió corriendo tras el rastro de su hijo, sorprendiéndose con la agilidad y velocidad del pequeñajo, sin mencionar que apenas dejaba rastros tras de sí, como si sus pies no tocaran el suelo cuando corría. ¡Con razón Odiseo había tenido problemas rastreándolo! La diosa se limpió las lágrimas y decidida siguió corriendo. ¡Tenía que atrapar a su cachorro!

Momentos antes Touma había salido a toda velocidad de las Estancias de Artemisa junto con Teseo ni bien recibieron la alerta de Odiseo. No podían percibir el cosmo del principito, pero sí como iban fluctuando los cambios de energía por todo el lugar. Al parecer el niño tenía la capacidad de correr tan o más rápido que Niké, si eso era posible. Pronto todos los divinos residentes del Olimpo estuvieron alborotados. Touma apretó los dientes al notar como pronto se formaban bandos. ¡Bola de hipócritas! Seguro para la enorme mayoría de los dioses esto era un juego más, algo que interrumpía sus abúlicas rutinas, sin llegar a tomarle el peso a la tragedia que en verdad era. ¡Estaban acosando a un pequeño que no tenía ni diez días de nacido!

¡Mataría A Todos Los Que Le Hicieran Daño!

ZUUUUUUUUMMMMM…

Estaba pensando en esas líneas cuando un bólido le pasó por el lado, descarrilando su tren de pensamiento con estrépito. Por momentos casi perdió el equilibrio, pero se recuperó de inmediato, más al ver como Janus se tropezaba no muy lejos de él y se daba tremendo porrazo. Claro que el enano se levantó en seguida, pero a Touma se le heló la sangre y, tras avisarle a Artemisa que ya lo había encontrado, corrió hacia el niño como si se le arrancara el alma entre los dedos.

Claro… Janus al verlo, salió corriendo, por fortuna no en dirección de las estancias de Apolo, pero sí hacia el interior del bosque olímpico.

Touma tuvo que esquivar a algunas ninfas que intentaron detenerlo, sortear varios obstáculos, notando la impresionante agilidad del pequeño para deslizarse por terreno complicado y desconocido, así como también el hecho que estaba usando demasiado cosmo para su gusto. ¡Eso era peligroso en un niño tan pequeño! Finalmente pudo llegar a una de las lagunas del bosquecillo en donde, hincado en la orilla, vio cómo se sujetaba la frente. Touma mandó por un tubo todo protocolo y consideración. Se deslizó hasta llegar al niño, le bloqueó cualquier escape y le tomó las manos con las suyas, pero lejos de ser agresivo, fue gentil y apartó las manos de la herida con delicadeza. Janus lo miró lleno de asombro, perplejo, pero haciendo pucheros. Tenía un raspón en la frente y sangraba por la nariz. No era grave, pero Touma tenía la impresión que se trataba de una herida a tajo abierto con pérdida de masa encefálica.

NUNCA MÁS volvería a burlarse de las aprensiones de Aioria de Leo. O las de Milo y Alisa, que eran peores y le constaba.

"Deja que te vea… No pasa nada." Touma le dijo con calma, mientras le revisaba el rostro. Le curó el raspón y cortó la hemorragia aplicando un poco de su propio cosmo. "Listo: guapo de nuevo. ¿Tienes algún otro raspón?"

El niño, bastante sorprendido y curioso (como que reconocía la voz), hizo un puchero y miró sus rodillas, donde había otros raspones. Touma repitió el proceso y optó por revisarlo todo cuanto podía. Sin darse cuenta lo estaba aferrando en un abrazo muy sentido, aliviado como no tienen idea de verlo entero. Cuando lo soltó, lo despeinó un poco y le pellizcó la nariz.

"Tienes la nariz de tu mami. Y te tengo malas noticias: heredaste las mejillas familiares."

Janus parpadeó sin entenderle. El niño le puso las manos a Touma en las mejillas, siempre mirándolo a los ojos, pasando sus deditos por encima del antifaz de su armadura. Como que conocía a este sujeto, le daba mucha tranquilidad y se sentía casi como…

"¿Qué haces huyendo, pequeño señor? No es propio de un dios estar escondido como los ladrones."

El pequeño bajó los hombros y apartó el rostro, mirando al suelo. Se limpió la nariz con el revés de su manga y suspiró apenado. Al ver esto, Touma le puso la mano sobre la cabeza y comenzó a hacerle caricias. Janus se tensó por completo, pero en seguida reconoció el roce por instinto. Lleno de felicidad miró a Touma con una sonrisa tan enorme que bien podría haberle partido la cabeza en dos. ¡Conocía a este hombre! Era quien acariciaba la panza, quien jugaba y cobijaba su presencia cuando aún estaba dentro de su mami. ¡Era su papá! Se le abalanzó encima y lo abrazó con fuerza, lo que por cierto hizo extrañamente muy feliz a Touma, quien se dio el lujo de contenerlo todo lo que podía. Los dioses eran extraños y ciertamente muy egoístas, pero por este que tenía en los brazos y por su querida Artemisa, se dejaba la piel y la vida.

El cosmo del pequeño… estaba muy disminuido. Cierto, se regeneraba y bastante rápido, tenía una evidente firma divina, era hijo de dos dioses, pero se sentía debilitado. Entonces percibió al enano sollozando y buscando refugio en sus brazos, incluso dándose el lujo de gemir quedito. Era como si no se sintiera digno de recibir cariño.

A propósito…

"No dejaste que tu mamá te viera bien. ¿Por qué?" Le dijo en un murmullo. Janus solo se encogió de hombros. "Desde que naciste que te escondes de Artemisa… eso la tiene muy triste, anhela conocerte…" Touma notó como los dedos del niño se aferraron a su armadura. "¿No quieres ir con ella?"

Janus levantó la cabeza y lo miró con ojos grandes y llorosos. Una imagen golpeó de súbito la mente de Touma, y se sintió como lanzado dentro de una licuadora que giraba a pasmosa velocidad y de pronto una luz que le enceguecía todo. Todo se calmó de súbito y por unos instantes hubo una delicada paz, pero pronto se tornó negro y muy frío. En medio de esa oscuridad pudo percibir a lo lejos los gritos de terror de Artemisa y una confusión que no sentía propia… Parpadeó un par de veces, para encontrarse con Janus, que lo miraba mortificado.

"… origen en odio… no deseado… lastimé a mi mamá." Nuevamente Janus se valió del cosmo para expresar sus ideas. Touma se sintió desolado: el pequeño que tenía en brazos le había mostrado el momento de su horrible concepción. Tuvo náuseas. "… soy malo. Mi culpa."

"El pequeño señor no tiene la culpa de su origen. No lo pediste de ese modo." Le dijo Touma con calma. "Tu mami no te odia. ¡Todo lo contrario!"

Gruesos lagrimones se deslizaron por las mejillas de Janus, quien volvió a refugiarse en los brazos del ángel. Touma apenas alcanzó a cobijarlo cuando el pequeño le compartió otro recuerdo, relacionado con todo lo que había hecho desde su nacimiento, porqué lo había hecho y sobre sus andanzas en el Xibalbá. Le mostró como se había cortado los brazos para derramar sangre sobre los cuerpos de Hun–Camé y Vucub–Camé, como queriendo explicarle que había hecho eso para proteger a su madre y compensarla por los daños que su existencia le había provocado. Y que estaba consciente que su vida corría peligro.

"Deberías decirle esto mismo a tu mamá… Y no uses tanto cosmo, eres muy pequeño y eso no te hace bien."

De pronto Janus se soltó y separó de Touma. Se puso de pie y se talló los ojos. Mientras hacía esto, el ángel se levantó y le extendió la mano, dispuesto a llevarlo con su señora. Por cierto, ¿Dónde estaba su luna? Rastreó con el cosmo el área cercana y la encontró discutiendo con Hebe y Eos, quienes no solo no la dejaban avanzar, sino que intentaban razonar con ella para que no conociera al niño: Zeus o Apolo lo matarían, ¿para qué encariñarse?

Entre dientes, Touma les siseó un insulto. Entonces tensó los músculos al percibir en el último momento posible un ataque cósmico.

¡WAAAAAAAAM!

Touma tomó al niño en brazos y se quitó del medio, pero sin tener descanso alguno tuvo que repeler el ataque de uno de los apolíneos, mientras trataba de mantener a Janus a salvo.

"¡TRÍO DE PORFIADOS! ¡Déjennos hacer nuestro trabajo!"

"¡Los Mataré si Lastiman a Mi Hijo!" Afirmó Touma enfurecido sin percatarse de su desliz. En todo caso, los apolíneos tampoco se dieron cuenta.

"¡El señor Apolo lo quiere muerto, ángel mortal y roñoso!"

"¡Pues vengan a ver como les va!"

Touma soltó al niño y encendió cosmo, embistiendo y atacando a los apolíneos con todo lo que tenía sin mayores retrasos. Janus rápidamente se alejó, pero se detuvo a varios metros, para observar como Touma se enfrentaba a los apolíneos mientras les mentaba a sus madres. Se llevó las manos al pecho y desvió su mirada a lo profundo del bosque, notando que allí Odiseo se enfrentaba a otro apolíneo y Teseo discutía acaloradamente con dos de las sibilas (guerreras y profetisas al servicio de su tío), y por lo visto pronto se trenzarían a golpes. Llevó los ojos hacia todos lados hasta que por fin recordó a donde iba. Un rastro como de migajas brillantes se reveló ante él, que lo guiaban hacia las estancias de Apolo. Tomó aire e hinchó el pecho.

Cierto… para terminar de compensar a su mamá, tenía que morir. Las cosas en el Olimpo tenían que volver a su equilibrio, por lo que Zeus o Apolo debían acabar con él, aniquilar su alma y su cuerpo tal como él lo había hecho con los cadáveres de Hun–Camé y Vucub–Camé para que todo volviera a la normalidad. Eso lo llenó de terror y decisión a partes iguales. Y, debido al temor que le causaba perder la decisión, Janus se echó a correr siguiendo el camino de migajas brillantes, que lo llevaban directo a las estancias de su tío. Ya había llegado hasta aquí, no podía retroceder ahora.

Sin que nadie se diera cuenta, dejó el lugar a toda velocidad.


Estancias de Apolo. Jardín frontal.

Quince minutos después.

La espada de Quetzalcóatl cayó sobre el arco de Apolo y arruinó su disparo, pero el dios del sol rápidamente se recuperó de la sorpresa y contraatacó con él, utilizándolo como si fuera una lanza, cosa que la serpiente emplumada pudo manejar con total facilidad.

"¡Estás Loco! ¿Cómo Se Te Ocurre Atacar Así A Un Niño? ¡Se Supone Que Ustedes Lo Consideran Uno de los Pecados Más Horribles de Todos!"

Debe Morir! Esa cosa no debería estar viva. ¡Arruinó la vida de mi hermana!"

"¡No se la arruinó! ¡Tú se la arruinarás si lo matas!"

Los golpes entre Quetzalcóatl y Apolo continuaron con especial ferocidad. Janus, quien en su loca carrera por encontrar a su tío, podía considerarse con suerte. En menos de un segundo la serpiente emplumada y Hermes le habían salvado la vida, evitando que sus tripas comenzaran a decorar el suelo. Ares, sin entender mucho de lo que pasaba (aunque sí el hecho que había pelea), desenvainó su espada y atacó a Janus con su tradicional grito de guerra, pero Hermes le saltó encima junto con Dionisos y ahora lo detenían a duras penas.

"¡Quítense De Encima!"

"¡¿No Que Estabas En Medio Oriente?!" Ladró Dionisos. "¡Ni Siquiera Sabes Lo Que Está Pasando!"

"¡Quieto, Ares, Quieto!" Reclamó Hermes, intentando desarmar a su hermano. El dios mensajero miró a Janus un instante. "¡Corre, Sal de aquí!"

La orden fue tan imperativa, que Janus no pudo evitar obedecerla. Entró corriendo al interior de las estancias de Apolo, tratando de interponer todos los obstáculos que podía, mientras dejaba atrás toda la pelea, sorprendiendo a los sirvientes de su tío y a uno que otro primo. Sin fijarse a donde entraba, cerró la puerta de golpe y se apoyó contra la madera, hiperventilando y muy asustado, pero dejando de momento la pelea atrás, donde ya no le afectaba.

Estaba en el despacho de su tío. ¿Sería un buen lugar para esconderse hasta que lo encontrara?

¡WAAAAAAM!

"¡¿Por Dónde Huyó?! ¡No Lo Quiero En Mi Casa!"

La voz de Apolo resonó por toda la residencia con tanta ferocidad que Janus se alejó a saltos de la puerta y corrió hasta el escritorio. Iba a esconderse debajo, cuando notó algo encima del mismo. Ahí, cuidadosamente doblada, y finamente trenzada, se encontraba la cabellera que le habían cortado a su madre durante su cautiverio en Xibalbá. Janus la observó sin reaccionar en un primer momento, pero luego se llenó de emoción, y ese asombro tan inocente que tenía en la mirada brilló como lucero en el fondo de sus ojos. Tomó la trenza con reverencia y la olió con profundidad, antes de rodearse el cuello con ella. ¡Era de su mami!

¿No había problema si la abrazaba, verdad? Moría de ganas de poder acurrucarse en sus brazos, pero no tenía ese derecho, él era una cosa que solo causaba problemas, pero… esto era su cabello, ¿no debería haber problema, cierto?

¡PAAAAAAAAAAAAF!

"¡Ahí estás, pequeño demonio!"

La puerta se abrió con un estruendo y Apolo irrumpió a pisotones e intenciones homicidas fijas en él. Por instantes Janus se congeló como un cervatillo ante una luz muy fuerte, pero salió de su súbito trance cuando Quetzalcóatl le saltó encima, sujetándolo por la cintura y botándolo al suelo. Al tiempo que ambos dioses volvían a trenzarse a golpes, Ares siguió de cerca, pero Hermes y Teseo lo interceptaron. En la trifulca que siguió, Janus con trenza y todo, huyó.

Touma y Odiseo fueron los únicos que salieron corriendo en pos del principito.

Apolo se puso de pie y le dio un buen empujón a Quetzalcóatl, quien por lo visto seguía con más ganas de pelearse. Ares fue arrojado contra una pared gracias al esfuerzo conjunto de Hermes con Teseo, y detenido allí por Dionisos

"¡¿Ya ven lo que consiguen?!" Ladró Apolo dando algunas zancadas hacia la ventana por la cual Janus había huido. "¡Huyó de nuevo!"

"¡Era la idea, Desgraciado!" Apuntó Quetzalcóatl, tronándose el cuello. "¡Ya déjalo en paz!"

"¿Alguien me puede explicar por qué hay que matarlo?" Preguntó Ares, sacudiéndose de encima a Dionisos y a Hermes. El dios de la guerra dio algunos pasos mientras se ajustaba las ropas.

"Es el hijo de Artemisa." Le explicó Hermes. "Unos quieren matarlo, otros queremos salvarle." El dios mercader agitó los brazos muy molesto. "En serio, ¿no han pensado que el enano no tiene culpa de nada?"

"¡Claro que no! Como tampoco han pensado en Artemisa. ¿Cómo que no les cuadra que ella sí quiere a su hijo?"

"¡LA VIOLARON! ¿Cómo va a querer el producto de eso?" Reclamó Apolo agitando los brazos.

"Oooouh, era por eso." Dijo Ares, encogiéndose de hombros. "Me hubieran dicho y pongo más entusiasmo. No todos los días se puede aplastar a un dios." Añadió muy pensativo. "Ustedes quédense peleando: yo iré a cazAAAAAArgh."

Ares se llevó las manos a la entrepierna y juntó las rodillas, cayendo de hinojos al suelo y resoplando de dolor. Detrás de él, estaba una enfurecida Artemisa, seguida de Hestia, quien se tapaba la boca de la sorpresa. La diosa de la caza le dio una segunda patada a Ares en el estómago y avanzó hacia Apolo, con el cosmo encendido y los puños apretados. Lucía peligrosísima.

"¿Hermanita?" Alcanzó a decir Febo, pero la aludida le dio una inesperada y fuerte patada. "¡OOOOOOMPH!"

Justo en las joyas de la familia.

Apolo debió haber visto venir la patada, considerando que momentos antes le había propinado una igual a Ares, pero bueno… al igual que su hermano, cayó al suelo tratando se sujetarse su adolorida dignidad, llorando y resoplando de dolor. Apenas sintió un segundo y tercer puntapié. Quetzalcóatl retrocedió por precaución, al tiempo que Hermes levantaba las manos en señal de paz. Dionisos miraba a sus hermanos caídos con algo de piedad en el rostro.

"Estoy de tu parte, hermanita." Le dijo Hermes, pensando en proteger su orgullo masculino. Por si acaso. "Sabes que sí."

Artemisa asintió en silencio, pero no se detuvo a responderle. Le dio otra patada a Apolo y a Ares mientras aún estaban en el suelo, mientras Teseo intentaba contenerla.

"¡Los Voy A Partir EN CANAL Como Vuelva A Verlos Amenazando A Mi Hijo!" Ladró la enfurecida diosa.

"AAAAAAAAAAuchie…." Carraspeó Ares sin aire ni ganas de ponerse de pie, aunque sí se revolcaba.

"…Misi… le diré a mamá…" Lloriqueó Apolo entre resoplidos.

"¡VAS A VER QUÉ TE DICE cuando le cuente que intentaste matar a mi niño! ¡¿QUÉ PASA CONTIGO, APOLO?!" Lloró Artemisa al borde de los nervios. "Es mi hijo y tú eres mi mellizo. ¡Deberías Entenderlo y Apoyarme! Nunca creí que podrías traicionarme así."

"… pero si lo hago por ti…" Resopló Apolo con sinceridad, tratando de levantarse. "… Te hicieron daño… ¡trato de resarcirlo!"

"¡¿Matando A Mi Niño?!"

"Basta todos. ¡Dejen eso para después!" Avisó Hestia muy pálida. "Pongan atención."

En algún momento tanto ella como Quetzalcóatl habían cruzado el despacho a zancadas para ver por donde huía el niño, y lo que vieron no les gustó. La diosa del fuego y el hogar señaló a una dirección no lejos de allí. Al fijarse, Artemisa tuvo una bajada de presión muy brusca y casi se desmayó, pero por fortuna Teseo alcanzó a sujetarla. Hermes se tapó la boca bastante asustado, pero fue Dionisos que le puso voz a lo que les había causado tanto impacto.

"El niño va corriendo a las estancias de Zeus."

No había terminado de hablar cuando Artemisa salió corriendo a todo lo que le daban los pies tras el rastro de su hijo. Los demás dioses salieron tras ella sin perder tiempo. Apolo se levantó a duras penas, al igual que Ares quien a trastabillones hizo abandono de las estancias en pos del grupo. Apretando los dientes, Febo se dispuso a ir tras…

"Apolo."

Una autoritaria y dulce voz le llamó desde la puerta. El dios se giró sorprendido, solo para ver a aquella mujer, de piel tostada y ojos ámbar, que lo miraba con el ceño fruncido y ojos llenos de reproche. Apolo irguió la espalda y tragó saliva… No esperaba verla, hacía días que le había perdido el rastro.

"Err… ¿Cuándo llegaste?"

La mujer no dijo nada. Miró en la dirección en la que se había alejado el tropel de divinidades antes de volverse a él. Suspiró con tristeza.

"Eres un imbécil. ¿Lo sabías?" Le dijo mientras le daba la espalda y se alejaba. Molesto, Apolo gruñó y dio un paso para intentar alcanzarla, pero no alcanzó a emitir sonido… Desde las estancias de Zeus, el cosmo del padre de los dioses se agitaba molesto.

Nadie en el Olimpo quedó indiferente.

Continuará.

Por
Misao–CG


Próximo Capítulo: El Keraunos.

… ¡Justo cuando se preguntaba donde estaba el muy maldito!

"¡Bastardo asqueroso!"

Zeus no dudó en dar las zancadas necesarias para llegar hasta el muchacho, quien temblaba de terror tan solo de verlo embistiéndolo. Se abrazó de una suerte de bufanda y cerró los ojos en el último momento, sin moverse de su lugar, excepto para temblar. El padre de los dioses sujetó al chiquillo...


Nota Mental: Oooooh, fíjense que en la última parte aparece un cameo especial. Recuerden a esa mujer, solo les digo eso. Ahora… Juanito se fue a meter a las patas de los caballos. Zeus tiene una oportunidad única de seguir siendo imbécil o retractarse, si es que su orgullo lo deja… úOu Se viene fuerte para el nene. Por favor, si detectan algún error tipográfico, de ortografía y redacción, me avisan para que lo pueda reparar. ¡GRACIAS POR LEER!


Touma es un irreverente Yamid, y adora a Artemisa, de buena gana actuaría sobre sus sentimientos, pero justo en el momento en que tiene que actuar, se acuerda que es una diosa… y de lo mal que le va a los mortales cuando se involucran con deidades. Artemisa nunca le va a jugar torcido, pero la inseguridad se hace presente. Es cosa que agarre valor y le salta encima, sé que no lo van a fulminar por eso. Sobre Janus, mientras esté con Quetzalcóatl está seguro, pero un paseo al Olimpo para él no es cosa sencilla. ¡Todo va a quedar patas arriba en tanto Juanito no se reúna con sus papás! ¡GRACIAS POR LEER Y CUÍDATE MUCHO!


BRÚJULA CULTURAL

Traída a ustedes gracias a Wikipedia o alguna otra página, según corresponda. En el caso de las azucenas, se extrajo información además de la web Florespedia.

Azucena: (Lilium candidum), lirio o azucena, del árabe assusana, es una planta vivaz de porte herbáceo, que pertenece a la familia de las Liliáceas. Posee un tallo subterráneo bulboso y otro aéreo herbáceo, provisto de numerosas hojas.

Flores aparentes, hermafroditas, actinomorfas, y trímeras; situadas en la terminación del escapo o tallo herbáceo, presentan un periantio de seis tépalos blancos, libres entre sí, provistos de nectarios. Androceo formado por seis estambres y gineceo de ovario súpero (los demás verticilos se insertan en el receptáculo por debajo de aquél: flores hipoginas), tricarpelar y pluriovulado. El fruto es una cápsula de dehiscencia loculicida. Las semillas maduras tienen color pálido.

En lenguaje floral, el significado de la azucena se relaciona directamente con el corazón, la inocencia del espíritu y la pureza. Además de esto también es ideal para expresar un amor puro y delicado ya que el pudor y la elegancia acompañan el significado de esta flor.

Monte Olimpo: (en griego Όλυμπος, el luminoso) es la montaña más alta de Grecia y segunda de los Balcanes (tras el Musala de Bulgaria, 2925 m), con 2919 m de altitud. Situado entre las regiones griegas de Tesalia y Macedonia, es reserva natural griega desde 1938 y patrimonio natural de la Unión Europea desde 1981, en su categoría de reserva de la biosfera.

El pico más alto es el Mitikas (2919 m), el más alto de Grecia, y el segundo, el pico Eskolio (2912 m). El monte Olimpo es rico en vegetación, especialmente endémica.