Antes de que leáis este capítulo, una aclaración frívola pero a mi juicio necesaria: en mi cabeza, Gilderoy Lockhart no tiene nada que ver con el retrato que compuso de él Kenneth Branagh en la película, sino que viene a ser así como un Brad Pitt con bucles de efebo ateniense y las pestañas rizadas. Dicho queda XD.

Quiero agradecer también a alexSS su amable y entusiasta comentario. No puedo contestar a tu crítica con la extensión y detenimiento que querría, ya que tengo que hacerlo por aquí y no por privado (no sé si es que no tienes cuenta en ffnet), pero quiero que sepas que, al igual que todos los comentarios que recibo, me ha animado mucho a seguir adelante.


Capítulo IV: ¿Curiosidad por saber cómo se llevan Severus y Maeve cuando se llevan bien? ¿Inquietud por comprobar si Dumbledore los deja a su aire o ya está maquinando como un poseso? ¿Ganas de que aparezca YA el nunca bien ponderado Gilderoy Lockhart? Si habéis contestado SÍ a alguna de las tres preguntas anteriores, éste es vuestro capítulo.

CAPÍTULO IV: OTRO COMIENZO DE CURSO.

Si había algo que Maeve odiaba de su trabajo como profesora en Hogwarts era tener que revisar los presupuestos y redactarlos sobre pergamino y con buena letra para presentárselos a Albus y Minerva. Era una zoóloga, maldita sea, no una jodida contable. Y además, ninguna persona normal podía de veras ser capaz de escribir con esa dichosa pluma que lo dejaba todo lleno de borrones. En medio de un ataque de frustración incrustó el ofensivo objeto dentro de su tintero, salpicando de tinta el pergamino y terminando de arruinarlo.

A la mierda, pensó, subiendo el volumen de su aparato de música hasta que las notas de "Highway Star" sonaron satisfactoriamente atronadoras. Desde su percha Saighead -que no era especialmente partidario del hard rock de los setenta- chirrió con desaprobación pero Maeve le dirigió una mirada desafiante. Sólo faltaba que, después de cómo la mangoneaba su elfina doméstica, también su mascota fuera a darle órdenes. Subió el volúmen del estéreo todavía un poco más para dejarle claro a su halcón quién mandaba allí y sacó del segundo cajón del escritorio cuaderno y bolígrafo, resuelta a escribir a su manera por mucho que a Minerva le disgustara y cantando con entusiasmo por encima de la voz de Ian Gillan.

Nobody gonna take my girl, I'm gonna keep her to the end

Nobody gonna have my girl, she stays close on every bend

Oooh, she's a killer machine, she's got everything

Like a moving mouth body control, and everything...

Había empezado a llevar el ritmo de la batería con el bolígrafo sobre la mesa y se preparaba para soltar el vociferante y liberador agudo del estribillo cuando la puerta se abrió tan violentamente que golpeó la pared. Severus acababa de entrar como una furia en su despacho y ahora estaba delante de su escritorio con cara de muy pocos amigos, respirando agitadamente. La puerta se cerró sola tras él -quizá gracias a un hechizo, quizá por la simple fuerza del brutal retroceso- haciendo que la lámpara del techo temblara.

Maeve tardó varios segundos en reaccionar. No por la impresión. Tardó varios e interminables segundos en reaccionar porque volver a ver a Severus después de todo el verano y verlo además así -de improviso, intenso, arrebatado y arrebatador- la había dejado absolutamente pasmada.

-¿Te has vuelto completamente loca? -rugió él, devolviéndola de golpe a la realidad.

Ella lo miró entre la perplejidad y la sorna.

-Sí, pasa, Severus, la puerta está abierta, buenas tardes igualmente para ti, qué bien que ya has vuelto, yo también me alegro mucho de verte -dijo del tirón, irónica- ¿A qué debo el honor de esta impetuosa visita?

Severus cogió aire como si se dispusiera a soltar una vehemente y prolongada diatriba de las que hacían vibrar y resquebrajarse las paredes. Pero no llegó a decir nada, volviéndose en cambio a mirar con desagrado el aparato del que salía la canción.

I love her, and i need her

and I seed her

Yeah, she turns me on,

All right, hold tight

I'm a highway star

-¿SE PUEDE SABER QUÉ PUTA MIERDA ES ESO? -preguntó exasperado.

Maeve dio un respingo, sorprendida de la violencia de aquel grito.

-Eso es Deep Purple y no puedo creerme que hayas hecho una entrada tan espectacular sólo para criticar mis gustos music... ¡SEVERUS!

El mago había silenciado el aparato gracias a un escueto y mudo golpe de varita -ganándose un rotundo iiiiik de aprobación por parte de Saighead- y ahora estaba apoyado con ambas manos sobre el escritorio, mirando a Maeve de cerca. Sus oscuros ojos despedían fuego. La mujer sintió un escalofrío recorriendo su espalda, y no precisamente de miedo. No esperaba que la vuelta a términos amistosos fuera a suponer un regreso tan rápido de aquel Severus expresivo e intenso que había adorado. Desde luego estos no eran los fríos ojos de estatua que le habían dolido tanto a lo largo del curso pasado. Eran...

Odiaba repetirse pero arrebatadores era la forma perfecta de describirlos.

Y odiaba que la situación no le permitiera golpearse la frente como tal pensamiento merecía.

-¿No tienes nada que contarme, Maeve? -susurró él asperamente.

El Severus que Maeve conocía sólo susurraba así bajo dos circunstancias. Eliminando la posibilidad de que estuviera sexualmente excitado sólo cabía deducir que estaba furioso. Y mucho. Y Maeve sabía por qué. Sabía que esta discusión tendría lugar desde el mismo momento en que abandonó la tienda de Madame Malkin después de su encuentro con Lucius Malfoy.

-Bueno -replicó, encogiéndose de hombros con un aire casual bastante mal fingido- Acabo de echar a perder un par de pergaminos a base de emborronarlos, pero no creo que mis dificultades con los métodos medievales de escritura que se usan en Hogwarts sean un tema como para sulfurarse así.

Las manos de Severus se crisparon sobre el escritorio. Podía distinguir el suave rubor en las mejillas de ella y su mandíbula apretada y su respiración acelerándose sutilmente; las primeras señales de su beligerancia. No podía creer que fuera a batallar con él en lugar de reconocer de entrada que se había portado como una estúpida. No podía creer que fuera a defender su indefendible comportamiento suicida frente a Lucius Malfoy. Se negaba a creer que fuera a ser tan... ella misma.

Tan insoportable, odiosa, deliciosamente ella misma.

- ¿No te ha ocurrido nada relevante en los últimos días? -insistió con muy bien domada pero aún así terrorífica furia.

Maeve sostuvo su mirada con firmeza aunque notaba el estómago encogido de vértigo. Por un lado no soportaba la idea de volver a pelearse con Severus. Por otro, la cercanía de su mirada incendiada y su cuerpo tenso le había provocado un inoportuno temblor en regiones bastante inadecuadas de su propia anatomía y la hacía arder de vergüenza y desear consumirse hasta ser cómodas cenizas incapaces de sentir.

-Nada por lo que yo debiera molestarte de cara a esa... visita de cortesía que ibas a tener que hacer de todos modos -puntualizó.

El fuego pareció redoblarse en los ojos de él. Pero al contestar bajó la voz en lugar de subirla. Y eso era algo que sólo hacía cuando estaba realmente fuera de sí.

-Claro. Es mucho mejor que tenga que enterarme por el propio Lucius Malfoy de que eres una estúpida, arrogante e insensata...

Maeve se irguió en su silla, tensa.

-No pensé que fuera algo que tú necesitaras saber, y sinceramente, Severus, me parece que estás sacando las co...

-Maeve: mírame a la cara y dime si parezco idiota, porque no era así la última vez que me miré al espejo -siseó el hombre con rabia- ¿Te encuentras con Lucius Malfoy y te dedicas a hacer algo tan estúpido como provocarle y no pensaste que yo debería saberlo? ¿Yo, tu presunto amigo? ¿Yo, el que iba a pasar unos días en casa de ese...?

-¿PERDONA? -le cortó Maeve, entre furiosa e incrédula por lo que él acababa de decir- ¿Provocarle? ¿YO A ÉL? Estás de coña, ¿verdad? Fue ese asqueroso hijo de puta el que...

-¡PROVOCARLE, SÍ! ¿No sabes que la única actitud segura que alguien como tú puede adoptar frente a Lucius Malfoy es llamar su atención lo menos posible? ¿No sabes que el simple hecho de que le contestes ya es suficiente provocación para él?

Ahora fue Maeve la que apoyó ambas manos sobre el escritorio, dando un fuerte y sonoro golpe que hizo temblar peligrosamente el tintero pero no retroceder a Severus.

-¿Y qué se supone que debía hacer? ¿Ser una squib buenecita y obediente, demostrar que sé reconocer a un ser superior? -rugió- Se atrevió a nombrar a mi madre, Severus. ¡A MI MADRE! ¡ÉSE! ¡EN MI PUTA CARA!

Severus cerró los ojos y suspiró, con el aire del que está recurriendo a toda su voluntad para serenarse.

-Supongo que la opción de callarte no se te pasó por la puñetera cabeza, claro: habría sido demasiado sensato para salir de ti.

-Estupendo -Maeve bufó, sarcástica- Lucius Malfoy se mete conmigo pero me riñes a mí. Muy lógico, Severus.

-¿Sabes, jodida mula descerebrada...? -el hombre apretó los dientes, frustrado por no encontrar improperios a la altura de la situación- ¿Eres consciente de lo peligroso que es provocar a Lucius Malfoy? No llegó tan alto en las filas del Señor Oscuro sólo por lo bien que se peina, taruga. Otros con el mismo dinero y alcurnia que él no ascendieron tanto. ¿Sabes por qué? Porque pocos tenían su entusiasmo a la hora de honrar las ideas del movimiento. Y a juzgar por cómo comentaba ese intercambio vuestro de galanterías, es obvio que conserva el entusiasmo de siempre. Pero la señorita no podía callarse, no -resopló- Era demasiado pedir.

Maeve resopló también y apoyó la frente en las palmas de las manos, exasperada. No le gustaba que él le hablara así. Y aún le gustaba menos que tuviera razón. Había sabido que no era sensato enfrentarse a Malfoy en el mismo momento en que lo hacía, y lo había reconocido sin problemas ante Dumbledore cuando hablaron de ello. Pero admitirlo delante de Severus... Eso era otra cosa totalmente distinta. Eso implicaba arrancarse el orgullo y era peor que entregar la mitad de su sangre.

-No todos tenemos tu temple, ¿sabes? Algunos no estamos hechos de granito -le contestó. Guardó silencio unos segundos, mirándose las manos- Vale, supongo que no debí...

-Supones -la interrumpió Severus, mordaz.

-¡Eh! -gritó Maeve, golpeando otra vez la mesa- Estoy intentando reconocer un error y no me lo estás poniendo fácil con ese rollo de... profesor Snape. No soy un alumno que ha arruinado una poción, así que no me hables en ese tono -le advirtió- ¿Qué quieres oír? ¿Que tendría que haberme mordido la lengua? Es eso lo que esperas que admita ¿no? Pues lo admito: estaba más guapa callada pero me fue totalmente imposible. Sabes que la contención nunca ha sido mi punto fuerte.

Se quedaron callados, mirándose como dos fieras que intentaran calcular los riesgos de seguir con la pelea. Severus se sorprendió preguntándose, en medio de su justa y fundada indignación, si aquella vaga sombra de pecas en la nariz de Maeve -ausente en sus recuerdos y en la que no había reparado hasta ahora- sería efecto de sus años bajo el sol africano. Si sus pupilas dilatadas seguirían siendo capaces de albergar su reflejo al mirarlas de cerca. Si era justo que Maeve siguiera pareciendo tan joven y tan bonita mientras que él...

Repentinamente incómodo con aquella proximidad Severus se irguió y se cruzó de brazos, ganando con ello unos centímetros de seguridad y unas décimas de aplomo. Maeve lo miró contrita.

-Siento no habértelo dicho, Severus. Lo siento de veras. Pero lo hablé con Albus y ambos estuvimos de acuerdo en que no sería bueno que fueras con más predisposición negativa a casa de los Malfoy.

-Ambos. Albus y tú -repitió Severus con expresión de profundo desagrado- Estupendo -bufó- Ahora no tengo a uno sino a dos metomentodos conspirando a mis espaldas.

-¡No estábamos conspirando! -protestó Maeve, indignada- ¡ Sólo le pedí consejo y...! ¡Mierda, no tengo por qué darte más explicaciones! Creí que era lo mejor y punto. ¿Qué bien te había hecho saberlo antes?

-¡No se me habría quedado cara de idiota cuando me lo contó Lucius, por ejemplo!

Maeve le miró con incredulidad y dejó escapar una risilla irónica.

-¡Oh, vamos! ¿Cara de idiota? ¿Tú? ¿Por esto? -protestó- Venga ya. Estoy segura de que habrás escuchado cosas mil veces peores de gente que te importaba mucho más que yo sin que se te moviera una pestaña...

Durante unos segundos el silencio se hizo de plomo y Maeve notó un nudo en el estómago, no sabiendo cómo interpretar la expresión dolida que asomó sin permiso a los rasgos de Severus antes de que tuviera tiempo de componerlos en la viva imagen de la impasibilidad. Tragó saliva, con la inquietante sensación de haber cometido un error y no saber exactamente cual.

-No volverá a ocurrir, ¿vale? -concedió, un poco desconcertada todavía pero resuelta a no seguir discutiendo. Llevaba demasiado tiempo con ganas de volver a verle. Se negaba a joder el reencuentro peleando por algo que ya no tenía remedio- Lo intentaré, al menos... Y en el improbable caso de que Lucius Malfoy volviera a conseguir sacarme de mis casillas, tú serías el primero en saberlo -añadió con sorna- Antes que Albus incluso, si te hace ilusión. Y ahora... ¿crees que podríamos empezar la conversación civilizadamente desde el principio? Ya sabes. Como si no hubieras irrumpido en mi despacho hecho una hidra.

Severus la miró sin alterar ni un ápice su postura, entre distante y burlón.

-¿Y de qué quieres que te hable? ¿De la hospitalidad de tus idolatrados Malfoys? ¿De la elevada opinión que tienen de ti?

Pese a mantener la rigidez externa, Maeve podía percibir que sus disculpas lo habían relajado un poco. Eso, a su vez, la relajó a ella lo bastante para sonreír.

-De lo que te de la gana, pero siéntate. Me molesta hablar teniendo que mirar hacia arriba.

-Pensaba que ya estarías acostumbrada, midiendo lo que mides.

Maeve lo fusiló con la mirada mientras tomaba asiento frente a ella, al otro lado del escritorio.

-Tan dulce como siempre -observó con sarcasmo.

-"Encanto" es mi segundo nombre -replicó él en el mismo tono, definitivamente relajado ya.

-Pensaba que era Tobías.

-Gracias por recordármelo.

La curiosidad de Severus se vio atraída de inmediato por el viejo libro encuadernado en cuero y oro que descansaba sobre el escritorio. Lo tomó sin molestarse en pedirle permiso a Maeve.

-"En tierras de Quetzalcoatl" -leyó, pronunciando el complicado nombre con una facilidad envidiable. Luego levantó una ceja con aire sorprendido al reparar en el nombre del autor- ¿Lo escribió tu abuelo?

-Sí. Narra una expedición que él y sus colaboradores hicieron por México entre 1919 y 1920 -explicó Maeve- No es demasiado conocido, lo cual me parece una lástima. Mi abuelo escribía muy bien. Es realmente instructivo y ameno.

-No sabía que esto estuviera en nuestra biblioteca.

La sonrisa de Maeve se borró tan deprisa como había aparecido. Sentía que se avecinaba otra de las conversaciones que tenía que tener pero no quería tener con Severus y que la tranquilidad les iba a durar bien poco. Bueno, tal vez sea mejor así. Mejor ahora que más tarde, cuando quizá se sienta más "traicionado" y le duela más...

Mejor quemar de golpe todas las tracas y que fuera lo que Dios quisiera.

-No es de la biblioteca -dijo con firmeza. Con excesiva firmeza, de hecho. Como si estuviera nerviosa. Tal vez porque lo estaba- Es mío. Me lo regalaron por mi cumpleaños.

-¿Albus?

-Remus.

Nada cambió en el rostro de Severus. Absolutamente nada. Ni siquiera apareció un desdeñoso arquear de ceja, ni siquiera una pequeña mueca de repugnancia. Lo cual era bastante sospechoso teniendo en cuenta que acababa de oír el nombre de uno de los viejos conocidos que más aborrecía en este mundo.

-¿Lupin? -inquirió con la más gélida de sus voces neutras.

-No conozco más Remus que ése.

Severus dejó el libro de nuevo sobre el escritorio y miró a Maeve totalmente impasible, como si aquello no le afectara a ningún nivel. Lo que -si le conocía un poco bien y él no había cambiado demasiado con los años- significaba que en realidad estaba bastante afectado a varios y muy profundos niveles. La expresividad de Severus solía funcionar en proporción inversa a las dimensiones de la afrenta recibida. Esto iba a ser complicado, se dijo Maeve. Era el momento de demostrar que tenía mano izquierda para tratar con criaturas difíciles.

-Sé lo que estás pensando y...

-¿Resulta que ahora eres Legeremante?

Autocorrección: esto va a ser jodidamente complicado, matizó Maeve para sus adentros.

-Será mi intuición femenina -dijo, molesta por la interrupción- Entiendo que no te haga gracia que...

-En qué o en quién decidas emplear tu complejo de misionera me importa exactamente una mierda así de pequeña -aseguró Severus, insinuando con los dedos pulgar e índice de su mano izquierda el tamaño de una pulga con raquitismo- Cada uno es libre de perder su tiempo con lo que mejor le parece. A algunos les da por coleccionar sellos, a otros por la coprofagia, a ti por los licántropos ...

-Para importarte una mierda así de pequeña -le citó Maeve con ironía, imitando su gesto- detecto cierto tono de hostilidad.

-Me ofendes: hablas con el fundador del club de admiradores de San Pobrecito Lupin -la voz de Severus destiló veneno puro mientras las palabras se deslizaban lenta y elegantemente de sus labios curvados en una cínica sonrisa- Me parece... enternecedor que estés en un estadío de intercambiar correspondencia y amistad con él después de cómo te dejó tirada hace once años.

-También estoy en un estadío de intercambiar correspondencia y amistad contigo, y puedo jurar que hiciste bastante más que dejarme tirada... ¿Estoy violando alguna clase de exclusiva que no recuerdo haber firmado al darle otra oportunidad a Remus?

El silencio podría haberse cortado con un cuchillo. La mirada de Severus era como el pinchazo de un punzón calentado al rojo vivo. A Maeve sus propias palabras todavía le dolían en la lengua, pero sentía que tenían que decirse y estaba satisfecha de haberlas dicho. Su relación con Severus había pasado todo el curso anterior haciendo equilibrismos sobre el fino alambre de la mentira. No quería volver a pasar por eso. Tendría con él una amistad honesta o no tendría nada.

-Maeve: haz lo que te de la real gana salvo volver a compararme en cualquier aspecto con ese lamentable amago de ser humano, porque te aseguro que serán las últimas palabras que te permita dirigirme.

La rabia arrugaba y rompía el denso terciopelo que era la voz de Severus, y Maeve pensó que el sonido resultante, sin dejar de ser bello, era devastador para sus oídos. Aun así, prefería esta rabia expresa a la falsa indiferencia de antes: siempre se sentía más segura transitando por espacios abiertos que por oscuros laberintos donde uno no podía orientarse.

-Ya hemos pasado por esto hace años, Severus -le recordó con suavidad- Te repito lo que te dije entonces. Eras y, a menos que demuestres lo contrario, sigues siendo mi mejor amigo, pero eso no te da derecho de veto sobre mis otras amistades ni a mí sobre las tuyas... Entiendo tus razones para odiar a Remus Lupin y acepto que le sigas odiando. No pretendo que te agrade la idea de que también sea amiga de él. Sin embargo tienes que entender que la experiencia que yo tengo de él no es la misma que tú tienes, que a pesar de sus fallos para mí ha sido una buena persona, que no puedo darle de lado sólo porque tú no soportas...

-¿Yo no soporto el qué? -la interrumpió Severus, seco y duro, casi ronco- Insisto, Maeve, en que me da completamente lo mismo.

Maeve se cruzó de brazos y se recostó contra el respaldo de su silla tratando de parecer conforme. Su naturaleza dialogante le pedía insistir e insistir hasta que todos y cada uno de los sentimientos afectados por aquel tema estuvieran claros. En cambio su instinto, fundándose en lo mucho que conocía a Severus, le decía que no había mejor forma que ésa de hacer que él se cerrara en banda. Tenía que asumir que no podría zanjar, ni ahora ni nunca, ese tema. Que los malestares de Severus al respecto se filtrarían de vez en cuando y de manera poco sana entre ellos y que esa sería toda la "expresión profunda de sentimientos" que sacaría de él.

Querer a Severus Snape consistía en aceptar bastantes cosas que le harían mandar con gusto al carajo a cualquier otro habitante del Universo.

-Bien -dijo con indiferencia.

Severus estrechó los ojos y apretó los dientes.

-Bien -replicó.

-¿Asunto zanjado, entonces?-insistió ella, con poca convicción- ¿Cambiamos de tema?

Lo cierto era que Severus sentía una desesperada urgencia por alejarse de aquella línea de conversación. Por más que se repetía, altivo y digno, que no tenía celos de aquel patético montón de sobras de persona, a su voz interior no había forma de engañarla. Tenía celos. Unos celos horribles y desesperados que a ratos rozaban lo enfermizo. Tenía celos de Lupin, sí, por muy hiriente y bochornoso que le resultara reconocerlo. Tenía celos de Lupin como los tendría de todo el que pudiera permitirse manifestar abiertamente su aprecio por Maeve cuando él tenía que esconderlo como si fuera una enfermedad. Solo que en este caso la humillación de las viejas afrentas lo empeoraba todo. Odiaba reconocer que volvía a sentirse amenazado por uno de aquellos cuatro sarnosos respecto al afecto de una mujer. Odiaba estas ironías cíclicas con que la vida se complacía en torturarle.

-Excelente idea -aseguró. Y rápidamente compuso el gesto en una sonrisa de malicia absoluta, feliz de tener munición para una maniobra de despiste infalible- ¿Sabes lo que se dice de tí entre el pijerío mágico?

-Sorprendeme.

-Por lo visto estás aquí de profesora porque se la chupas a Dumbledore.

Había logrado su objetivo: ya era del todo improbable que el nombre de Lupin volviera a pronunciarse en esa conversación. La cara de Maeve era exactamente la que Severus había visualizado en su imaginación cuando Narcissa Malfoy le dejó caer la calumnia. Los ojos desorbitados de sorpresa inundándose de furia con rapidez, la boca abierta, la respiración suspendida hasta el punto de empezar a ponerse azul...

El grito, por fin.

-¿QUÉEEEEEEEEEEE? ¿Que yo...? ¿Que se la...? Dios, pero cómo se puede ser tan... Tan... Oh... ¡AAAAAAAAH!... Qué... Qué... ¡HIJOS DE LA GRANDÍSIMA PUTA!

Severus no pudo contener una pequeña risa maligna al verla apretarse los ojos con los talones de las manos y frotar, como si intentara borrar la terrorífica imagen mental que él le había inoculado con sus palabras. Sabía que se avecinaba un buen rato de Maeve fuera de sus casillas soltando barbaridades y majestuosa en su furia de diosa primitiva y eso siempre era un espectáculo en el que recrearse, algo que alimentar con más puyas maliciosas provocando más réplicas contundentes. Lo más seguro era que acabaran riendose los dos entre golpe y golpe de observaciones corrosivas.

Como en los viejos días de su amistad.

Tan como en los viejos días de su amistad, de hecho, que si ignoraban las heridas a medio cicatrizar en sus almas casi podrían creer que no había pasado el tiempo.


-¿No deberíamos ir...? Ya sabes. Sólo por ver que todo esté bien -insistió Minerva, visiblemente inquieta.

Dumbledore apartó la vista de la ruidosa colección de objetos de plata que decoraba la repisa de su chimenea y la clavó en su colega. Para disgusto de la bruja se lo veía notablemente divertido.

-¿Es que ahora damos crédito a las insensateces que dice el sinvergüenza de Peeves, querida? -preguntó.

Minerva se revolvió incómoda en su asiento y durante un rato volvió a centrarse en la labor de resumir las notas con el orden de la reunión que se celebraría por la tarde. Pero Dumbledore pudo ver que apretaba tanto los labios que estos no eran más que una linea horizontal en su rostro.

-Ya sabes que a Peeves le encanta dramatizar cuando se aburre. Y que en época de vacaciones, sin niños a los que atormentar, se aburre constantemente -añadió el director para tranquilizarla, un rato después- Que diga que Severus estaba matando a Maeve en su despacho no quiere decir que sea verdad. Conoces a Severus casi tan bien como yo. Estarás conmigo en puede ser extremadamente desagradable pero siempre desde la legalidad y de forma civilizada.

-Severus odia a la pobre Maeve -replicó Minerva, disgustada porque Dumbledore no le concediera a este hecho la importancia debida y pareciera en cambio estar bromeando.

-Y Maeve odiaría saber que te refieres a ella como la pobre Maeve -terció Dumbledore con malicia.

Minerva optó por ignorarle.

-Ya la odiaba entonces, cuando era una chiquilla. Y nunca se ha molestado en disimular que la quiere fuera del colegio. Ya sabes la clase de ideas que... -la bruja resopló, encontrando el tema de las ideas de Severus demasiado perturbador como para detenerse en él. Se ajustó las gafas mientras pasaba a limpio las notas con un golpe de su varita- Y ya me dirás de qué pueden estar discutiendo, si aún no ha comenzado el curso, como no sea de lo muy inapropiada que él la encuentra para dar clase aquí en Hogwarts.

Dumbledore sonrió con una inocencia tan absoluta que resultaba de todo menos inocente. Sospechaba cual era la razón de que Maeve y Severus estuvieran discutiendo. Sospechaba que tenía que ver con Lucius Malfoy y con el hecho de que Maeve se hubiera pintado ella sola una diana en la cara al provocar la ira del ex-mortífago. Y sospechaba también que conocer esa razón no contribuiría precisamente a tranquilizar a Minerva y además requeriría demasiadas explicaciones que no podía darle.

-Estoy seguro de que con ese carácter horrible que gastan los dos, si algo les sobra son motivos para discutir -afirmó, subrayando algo en uno de sus pergaminos- Quizá sea por eso de las serpientes arbóreas africanas. Su piel es ingrediente de varias pociones que enseña Severus y ya sabes que a Maeve le parece una salvajada obtenerla si no es esperando a que el animal la mude. Ha dejado muy claro que no se matará a ninguna de las serpientes de la colección por su piel. Deduzco que eso ha debido de contrariar violentamente a Severus y...

Minerva se levantó como movida por un resorte.

-¡Razón de más para ir a ver si...!

-Minerva: siéntate -le ordenó Dumbledore- Tiendes a sobreactuar con Maeve, a olvidarte de que ya no es una niña. No le va a volver a ocurrir lo de Junio por que la pierdas de vista cinco minutos. Si está teniendo una bronca con Severus, estupendo: que la tenga. Nosotros nos quedaremos aquí, a lo nuestro. No vamos a mediar en los conflictos del cuadro docente como si dirigiéramos un jardín de infancia. ¿De acuerdo?

Los ojos verdes de Minerva se clavaron en los azules de Albus con toda la fuerza de su indignación. Era evidente que no estaba de acuerdo en absoluto.

-Bien, sigamos a lo nuestro, entonces, ya que al parecer la posibilidad de perder un profesor a manos de otro no lo es -dijo con rencor, antes de sentarse y cambiar de tema- Sólo nos falta terminar de cuadrar los horarios y luego ya podremos recibir al nuevo profesor de DCAO y llevarle a la reunión. Me imagino que todos estarán deseando que se lo presentemos.

Si no lo conociera tan bien, Minerva pensaría que Albus había sonreído un poco perversamente al oír la última frase, como si encerrara alguna gracia que sólo él alcanzaba a comprender.


-Murphy.

-Snape.

Severus y Maeve habían escogido, inoportunamente, el mismo momento para ir a servirse un té a la mesa del cátering. Varios de los profesores reunidos en la Sala de Personal arrugaron el ceño ante lo que parecía, a todas luces, uno más de los despreciables intentos de Severus de hostigar y humillar a su colega. Rolanda Hooch carraspeó y le dio un discreto codazo a Pomona Sprout, quien se puso en guardia de inmediato, dispuesta a levantarse y mediar en favor de la chica si era preciso.

-Veo que has vuelto entera de Berlín -observó Severus con aire de encontrar el hecho muy lamentable.

-Veo que no te has quedado mudo en verano -repuso Maeve en idéntico tono- Tendré que cambiarme de religión y pedir que san Judas Tadeo me devuelva el dinero de las velas que le puse.

Ni siquiera se habían mirado a la cara para decirse eso. Séptima Vector estaba sirviéndose también una infusión y se encontraba lo bastante cerca de ellos como para haber advertido el extraño brillo que había en los ojos de ambos y que producía un llamativo contraste con tan fría animosidad. Pero la muy anciana profesora de Aritmancia no se dignó despegar los ojos del libro que estaba leyendo con avidez, "Dos mil ecuaciones que cambiaron el mundo". No sentía el menor interés por las hostilidades entre sus dos colegas, dado que no eran de carácter algebraico.

-Tus insultos va mejorando, Murphy. Cualquier día de éstos llegarán a merecer que me ofenda un poco.

-Cuánto honor. ¿Podrías ponerme eso por escrito, para enmarcarlo y colgarlo en mi despacho?

Maeve espió el perfil de Severus por el rabillo del ojo, comprobando con cierta envidia el dominio absoluto que él mostraba sobre su expresión. A ella le costaba no sonreír. Era extraño lo feliz que se sentía de haber recuperado estas discusiones que sólo lo eran en apariencia, tan distintas de las del curso anterior cuando cada frase dolía como una puñalada. Tal y como pretendían, nadie que no fuera uno de ellos dos notaría la menor diferencia. Pero ellos la sentían. Y se la hacían sentir el uno al otro, que era lo importante. Con eso bastaba.

Si tan siquiera pudiese ignorar el resto de cosas que él le hacía sentir, pensó Maeve, todo sería perfecto.

Estaba esperando la réplica que con toda certeza Severus ya tenía preparada y dispuesta para golpear. Pero ésta nunca llegó, abortada por la aparición de una Minerva que parecía aún más tiesa y seria que de costumbre y que entraba acompañada de...

-¿Ese no es...? -oyó susurrar a alguien, probablemente Charity Burbage, mientras trataba de convencer a su cerebro de que estaba interpretando bien lo que veían sus ojos.

El mago era como el Príncipe Azul de un cuento de hadas. En el sentido literal del término. Alto y guapo de una forma estándar, estaba envuelto en tal despliegue de adornos y brocados azules que saturaba por completo la retina. Su rostro estaba enmarcado por un aura de pluscuamperfectos bucles rubios rematados por un sombrero -azul, por supuesto- estudiadamente ladeado con gracia. Y esgrimía una sonrisa que, por lo brillante y por lo poco natural, parecía digna de una estrella de cine de tercera.

Es todavía peor que en las fotos, se dijo Maeve al reconocerle.

-¿Lockhart? -escupió más que preguntó Severus.

-Es ese chico de las revistas, ¿no? -murmuró Vector con su tono de "si no es ecuacionable no me interesa", sin despegar apenas su nariz del libro.

Severus y Maeve se miraron entre ellos con perplejidad y luego, imitando al resto de presentes en la Sala, clavaron sus ojos no en Gilderoy Lockhart, la estrella, sino en Albus Dumbledore, que entraba tras él con su habitual aspecto de estar disfrutando como un niño.

-Qué bien que ya estáis todos. Quiero que conozcáis a...

Un ampuloso y teatral gesto de la mano de Gilderoy Lockhart detuvo a Dumbledore a media frase.

-Disculpame, Albus, pero prefería presentarme yo mismo. Es más… cálido -interrumpió el mago rubio con tono grandilocuente, llevándose una mano al pecho- Ya sabes, me gusta ser cercano con la gente corriente: a veces siento mi fama como una barrera invisible entre los demás y yo...

Hubo que reconocer a Lockhart la virtud de hacer que por un segundo Albus Dumbledore pareciera desconcertado. Cuando el Director indicó a su acompañante, con un gesto, que el público era todo suyo, Maeve advirtió que sonreía con más malicia de la que podía ser saludable.

-Damas. Caballeros -saludó Lockhart, recorriendo al auditorio con sus deslumbrantes, chispeantes y discretamente maquillados ojos azules- Mi nombre es Gilderoy Lockhart... aunque eso ustedes ya lo saben, claro. Probablemente me conozcan por mis aportaciones a la lucha contra la magia oscura que he plasmado en mi extensa y, aunque me esté mal decirlo, bastante exitosa obra literaria. Por eso o por ser el mago que más veces seguidas ha ganado el título de "Sonrisa más encantadora del Año" concedido por la revista Corazón de Bruja... -la mentada sonrisa quiso parecer tímida mientras él componía su cara en lo que debía considerar un gesto convincente de modestia- pero ese es un honor anecdótico y frívolo del que no me siento especialmente orgulloso...

Maeve no pudo evitar mirar al resto de sus compañeros, buscando una señal de que esto fuera una especie de chiste. Todos, sin embargo, parecían igual de atónitos que ella. Pomona Sprout no daba crédito a sus oídos y Filius Flitwick había carraspeado, incómodo ante aquel arrollador despliegue de autoestima. Por la cara de Aurora Sinistra se diría que estaba asistiendo a la implosión del Sol o alguna catástrofe cósmica de similar envergadura. El profesor Binns parecía un poco ruborizado, algo muy meritorio tratándose de un fantasma, y las normalmente locuaces Charity Burbage y Bathsheba Babbling habían enmudecido. Sólo Séptima Vector seguía en su universo personal. Y también Sybill Trelawney; pero en su caso era normal, después de tres tés aderezados con ginebra.

En cuanto a Severus, Maeve prefería no volverse a ver lo que debía de estar pasando por su mente y asomando a sus ojos, porque estaba segura de que era aterrador.

-No, por favor, no se sientan abrumados -rogó Lockhart ante el silencio generalizado, con una sonrisa condescendiente- Soy yo el que viene aquí lleno de humildad. Al fin y al cabo, muchos de ustedes fueron mis profesores hace años, cuando todavía era un mago joven e inexperto necesitado de guía... Seguro que todavía me recuerdan...

Séptima Vector fue la única de los docentes veteranos que no miró al techo y se hizo la sueca al escuchar ésta última frase. Estudió a Lockhart como si reparase en su presencia por primera vez, inquisitivamente.

-Claro que te recuerdo. Eras malísimo en Aritmancia -afirmó, y luego volvió a su libro y a su mundo de números y complejas fórmulas.

La sonrisa de Lockhart se congeló unos segundos, antes de que el hombre estallase en una risa sonora e histriónica.

-Siempre con ese delicioso sentido del humor, Séptima... porque ahora puedo tutearlos a todos, ¿verdad? Es un placer para mí considerarme a la altura de quienes fueron mis maestros... Veo caras que no recuerdo de mis tiempos de estudiante, pero algunas ya me son conocidas. Al profesor Snape, por ejemplo, me lo presentaron hace cinco años en el IX Congreso Europeo de Pociones de Glasgow; seguro que todavía recuerda la honda impresión que le causó mi conferencia sobre defensas anti-veneno basadas en hechizos.

-Como para olvidarla -oyó Maeve murmurar irónica y venenosamente a su espalda.

Desplegando encanto y jovialidad, Lockhart se acercó al lugar que ocupaba un Severus rígido y silencioso como una estatua, inmóvil salvo por la forma inquietante en que seguía revolviendo el azúcar de su té. Y le tendió una mano.

-Me alegra volver a verte, Sevvie.

Toda la Sala, incluyendo a Dumbledore, contuvo la risa y la respiración a la espera de ver cómo el titular de Pociones asesinaba a su interlocutor. Nada sucedió, sin embargo. Nada excepto que Severus casi se partió la mandíbula de tanto apretarla y, por supuesto, no aceptó la mano que se le tendía.

-Lo mismo digo -afirmó, con un tono de voz que sugería exactamente lo contrario.

Lockhart soltó otra de sus risas seductoras, inconsciente al parecer de que Severus no era una de sus fans de mediana edad y sexo femenino. Y rápidamente volvió su atención hacia Maeve, que había presenciado toda la escena en silencio y con los ojos desorbitados, indecisa entre reírse o preguntar dónde estaba la cámara oculta.

-Y también hay caras totalmente nuevas para mí. A ti no tengo el placer de conocerte, encanto -dijo, tomándola de una mano con tanta rapidez que ella no tuvo tiempo de apartarla- Gilderoy Lockhart: modesto escritor, esforzado guerrero contra las Artes Oscuras y humilde caballero a tus pies -recitó, con tanta soltura que ella no pudo menos que preguntarse cuántas veces habría soltado aquella payasada. Y luego le besó la mano, al estilo del protagonista de una mala película de espadachines.

Maeve levantó una ceja e intentó determinar de cuales de sus compañeras venían las risillas contenidas que pudo oír, pensando que las muy perras se las pagarían más tarde.

-Maeve Murphy -replicó escuetamente- Zoóloga

-¿Murphy? Oh, y ese acento encantador... Hija de la verde Erín, ¿verdad? Qué sumamente pintoresco. Conozco Irlanda como la palma de mi mano, querida. De hecho, en mis estancias por el condado de Limmerick, donde tuve que exterminar a una maligna y destructiva banshee, conocí muchos de esos peculiares indígenas tan rústicos y agrestes que...

Dumbledore le interrumpió con un suave carraspeo. Había advertido el rictus de desagrado en el rostro de Minerva al ver a su niña siendo víctima de semejante simulacro galante. Y también los dedos de Severus a punto de hacer trizas el asa de su taza de té. Y, por encima de todo, las peligrosas señales de que dijese lo que dijese Lockhart acerca de su amplio conocimiento de Irlanda y de las banshees, Maeve no iba a recibirlo precisamente bien.

-Oh, disculpa, Albus -se excusó Lockhart, guiñándole luego un ojo a Maeve- Tengo un anuncio que hacer, querida. Ya tendré tiempo de explicarte durante el curso los aspectos más fascinantes de la magia irlandesa...

Maeve se había quedado demasiado atónita por un detalle concreto de la frase como para indignarse ante tamaña osadía.

-¿Durante el curso? -repitió, mirando como todo el mundo a Albus, quien a su vez miró al techo y sólo le faltó ponerse a silbar.

-El caso – dijo Lockhart, sonriente- es que me complace anunciaros que, habiéndome decidido a compartir con las nuevas generaciones mi dilatada experiencia en la lucha contra el mal, a partir de este año asumiré la plaza de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.

El silencio que siguió a este anuncio fue absolutamente sepulcral. E interminable.

-Pensaba que ya lo habríais leído en El Profeta -dijo Albus con naturalidad, como si no hicieran falta más explicaciones que ésa.

Los profesores seguían mirándose unos a otros, tratando de encajar la noticia de que compartirían curso y espacio vital con la mayor estrella mediática de la magia inglesa y el ego más hipertrofiado que jamás hubiera pisado Hogwarts.

-Suelo saltarme la sección de chistes -fue la réplica de Severus, su voz más acariciante y sedosa y a la vez más terrorífica que nunca.

Dumbledore había vuelto a rechazarle como profesor de DCAO. Y lo había rechazado para contratar a eso. Todos sus colegas esperaban verlo entrar en combustión espontánea en cualquier momento.

Todos menos Lockhart, la viva imagen de la inconsciencia.

Maeve sintió que se avecinaba un curso muy, muy largo.

Ya empezaron las salvas de artillería del nuevo curso. ¿Se presienten grandes emociones o no? Me encantará saber vuestra opinión sobre esta chispeante pareja de amigos, sobre nuestro querido Dumbly, sobre si Lockhart da el suficiente asquete... así que dadle al botoncito de abajo, venga, que no muerde XD.

NOTAS:

-"Highway Star" es un contundente tema que pertenece al grupo Deep Purple; si la escucháis en versión del disco directo "Made in Japan" entenderéis por qué a Maeve le resulta tan liberadora y a Severus tan insoportable, jejeje.

-Ignoro si es cánon que Severus lleve Tobías por segundo nombre, pero me pareció, aparte de una gran putada para el pobre muchacho, factible y apropiado.

-Séptima Vector es mi homenaje personal a la mejor y más chalada profesora de Física y Mates que tuve en el colegio.