Ahora Theodore tenía cinco años y ya era plenamente consciente de absolutamente todo lo que pasaba a su alrededor.

Sabía que su querida madre estaba ya en las últimas.

Y al igual que la primera noche de fiebres, en la que se levantó y corrió a la habitación, su abuela estaba allí haciéndole compañía a madre.

-Madre, ¿estás bien?-susurró desde el pie de su cama.

Su abuela le alborotó el pelo con ternura y lo subió a sus faldas.

-Escúchame bien, criatura. Tu madre necesita descansar.

Él asintió, y obediente caminó despacio hasta la puerta.

-Va a morir, ¿verdad?

-Dios así lo quiere, y en su eterna sabiduría están sus motivos. No hay nada que puedas hacer por ella-le respondió su abuela apesadumbrada,

En ese momento, Theodore perdió toda su fe en Dios.

Mientras se alejaba por el pasillo, oía a su madre gemir de dolor en sueños. Unas cuantas lágrimas brotaron de sus ojos. Las limpió con la manga del pijama y susurró para sí mismo.

-Este es el final de madre.