Los días de los demonios son ocupados: Pasamos el tiempo cumpliendo los caprichos absurdos de otros y nos engañamos esperando el regreso de un príncipe heroico que nos rescate de la cruel miseria en la que el ángel estúpido nos ha metido.
Y sin embargo el curso de esta historia es predecible, porque al final son siempre nuestros deseos y acciones los que dictaminan el final de nuestra vida, y esta regla aplica para demonios, ángeles y humanos por igual... Ash no creo que lo entienda pero al hacer los preparativos funerarios de los seres que tanto desprecia (es decir, nosotros) ha cavado también su propia tumba, y como consecuencia nuestra caída será también su final y su miseria...
Hasta que eso suceda la situación simple y sencillamente empeora.
Y sin embargo, aún ahora hay algunas cosas por las que vale la pena hacer un esfuerzo.
Al hacer algo no me gusta trabajar a medias y por eso cuando recibí la orden de ese Ángel de destruir el campamento de este grupo de despreciables humanos me he dedicado especialmente a asegurar que ni una sola tienda escapara del fuego… sólo que mientras cumplía con mi deber algo ha llamado mi atención.
Esa pieza que capturó mis sentidos era cualquier baratija: una moneda no más grande de diámetro que un huevo de pichón, forjada enteramente de cobre y con marcas astilladas en toda la circunferencia… la moneda en sí era una pieza de basura, pero el escudo en ella me resultaba valioso por el simple hecho de que lo había visto antes por primera vez; tres años antes, para ser precisos.
Esa había sido una fría madrugada de finales de invierno, y mientras en las copas de los árboles los animales cantaban anunciando a las crías y la sexualidad que la próxima primavera traería consigo, yo simplemente deambulaba por los alrededores preguntándose si alguna presa decente se cruzaría en su camino.
El cielo estaba limpio y las estrellas brillaban con una luz pálida y fantasmal que a muchos habría proporcionado más miedo que consuelo, sin embargo, en medio de tanta quietud una ola repentina de poder atravesó el bosque llamando la atención de todas las criaturas a mi alrededor y por supuesto la mía también. Por mi parte conocía bien ese tipo de poder… el poder de uno de esos humanos que se denominan "hechiceros" y que tantos problemas suelen causarnos.
En general lo prudente sería dar media vuelta e ignorar ese estallido, pero algo en la presencia que irradiaba ese poder llamó mi atención y sin dudarlo me trasladé hasta el sitio en que esa persona se encontraba… y si bien esperaba encontrar en ese sitio a un hombre entrado en años y con evidentes señales de entrenamiento, descubrí en cambio que la presencia asombrosa irradiaba de un pequeño niño de piel pálida, cabello azulado y respiración dificultosa que se encontraba tumbado en la orilla de un riachuelo con varios cadáveres apilados a su alrededor y una gran mancha de agua salpicando todo lo que estaba cerca.
Yo observaba oculto entre los árboles y por el aspecto que tenía pensé que ese niño estaba inconsciente pero, de la nada el pequeño levantó su rostro y dificultosamente trató de arrastrarse en la dirección en que estaba el cadáver de un muchachito rubio y esbelto con características muy parecidas a las suyas que evidentemente había sido torturado antes de morir.
-Micha… Michael - escuché escapar de entre los labios del niño – Mi…
No obstante, antes de que su penoso desplazar lograra acercarlo al cuerpo del otro niño cuatro hombres fornidos y con facha de matones llegaron corriendo al lugar, llevando consigo un arma diferente cada uno.
-¿Han visto lo que hizo? ¿Lo han visto, Pietro? – preguntó uno de ellos en evidente pánico.
-No debes asustarte tanto Mike – replicó otro.
-Pero… pero…
-El padre de este niñato es un hechicero poderoso – continuó hablando el matón acercándose lentamente al chico – así que supongo que no es de extrañar que el mocoso heredara algo de sus dones, aún a pesar de que su edad le haya impedido manifestarlos plenamente antes; sin embargo – incluso a mí me tomó de sorpresa que aquel humano hiciera gala de su cobardía asestando una patada al estómago del impotente chiquillo haciéndolo soltar un grito ahogado producto no sé si del dolor o del sobresalto – es más que evidente que la poca energía que tenía la utilizó para salir del agua en compañía de estos cuerpos inservibles – añadió apuntando a los cadáveres que estaban alrededor.
-Pietro… mejor dejemos de jugar. Mata al chiquillo y vámonos.
-Es curioso que te tiemble la voz, Owen ¿por qué? ¿Acaso estás asustado?
-Asustado no, pero a diferencia tuya no me gusta alargar innecesariamente los trabajos.
-Sí bueno… - el tipo se agachó y enredó sus manos en el cabello del chiquillo de modo que al ponerse de pie también obligó al muchacho en una posición erguida – en lo personal disfrutaría un rato más jugando con este tierno niño pero temo que el clima no es especialmente benévolo el día de hoy – toda su atención se centró ahora en el de pelo azul –. Y ya que te tomaste tanto esfuerzo en tratar de conservar tu vida voy a darte un beneficio pequeñito ¿tienes algún deseo que quieras que te conceda antes de morir?
Evidentemente las palabras de ese despreciable humano eran una burla a la condición física del muchacho, pero, contra todo pronóstico, el niño habló.
-Vete al infierno.
Sí, con esas palabras aquel muchachito joven y débil debió firmar su sentencia de muerte, y atento a lo que tenía que suceder, el hombre que respondía al nombre de Pietro lo arrojó pesadamente en contra del suelo del bosque mientras levantaba un hacha con la que evidentemente planeaba asesinarlo de un único y doloroso golpe…
Sólo que, en el último momento antes de que el filo del hacha lo alcanzara, el niño levantó la cabeza y así sus ojos conectaron directamente con los míos.
Él: la indefensa víctima de un cruel trato y una tortura que por su aspecto llevaba prolongándose ya algún tiempo; yo: la mirada indiscreta que casualmente se topó con su desgracia.
Nada, absolutamente nada me obligaba a intervenir en su favor, pero vi en sus ojos azules una combinación tal de fuerza y vulnerabilidad, de dolor y desesperación, de demanda y súplica, y sobre todo, de reconocimiento y confusión, que no pude resistirme y, sin entender yo mismo mis actos o la motivación tras ellos, interrumpí el golpe del destino para socorrer la vida del chiquillo…
Ese día asesiné a esos cinco hombres de almas obscuras y amargas sin reparos ni piedad, y después de eso envolví al pequeño niño en mi propio manto encendiendo en el bosque un fuego que le permitiera a su diminuto cuerpo entrar en calor.
Así lo intentara no puedo explicar mis acciones, pero después de algún rato decidí que quería presentar a ese pequeño una apariencia distinta a la de mi verdadera forma… una vista más agradable a ojos humanos, y por eso mi atuendo y mi figura se transformaron hasta adoptar la forma de la de un humano joven y mis uñas y colmillos, y el resplandor sobrenatural de mis ojos se ocultaron a la vista de manera que quienes hubiese pasado por ahí simplemente me habrían tomado por un simple viajero.
En cuanto al niño… él lo observó todo como si nada fuera de lo común hubiese pasado ante sus ojos, y aunque notaba por su expresión que había muchas cosas que me quería preguntar, no abrió la boca ni siquiera para protestar cuando utilicé un lienzo de tela para limpiar los cortes y moretones que aparecían en su piel nívea después de que el tipo lo arrojó cruelmente contra el suelo lodoso.
La ropa que el pequeño vestía era un conjunto de harapos que al ser retirados de su cuerpo revelaron cardenales, arañazos y raspones repartidos por toda la superficie pero, lo que más que nada llamó mi atención fue esa quemadura en la parte baja de la espalda… una quemadura hecha con un hierro al rojo vivo que, como si de una pieza de ganado se tratase, había marcado al chiquillo con un emblema basado en una especie de corona rodeada por un conjunto de símbolos cuyo significado me resultaba indescifrable.
Sin entender yo mismo por qué calenté agua del río y lavé cada rincón de su cuerpo diminuto – que al haber yo adoptado forma humana ya no me parecía tan diminuto como en un principio – cuidando especialmente el aseo de los cortes de la piel y después hice aparecer un conjunto de ropas similares a las que había estado usando sólo que en mucho mejor estado; después de eso arropé al pequeño sobre una cama improvisada de hojas secas y lo dejé dormir en un sueño intranquilo y tenebroso en que seguramente su mente le jugaba terribles pasadas.
Ese niño… ese niño era diferente a cualquier otro humano que hubiese conocido antes, pues me bastaba con poner atención al olor de su alma para entender que la pureza y bondad se mezclaban en su interior con el dolor y el odio que sólo llegan a conocer aquellos que verdaderamente han tenido la desgracia de beber del lago de la desesperación y la desesperanza. Así, mientras que nunca me interesaron las excesivamente suaves y luminosas almas de los niños humanos, el alma de este niño en particular me cautivó por su fuerza fuera de lo común y por esa energía que despedía que no era nada parecido a lo que yo hubiese conocido antes.
En el transcurso del día pensé más de una vez en asesinar al pequeño y darme con su alma un festín que sería mil veces más satisfactorio y abundante que la pobre comida ofrecida por las almas de los hombres que le perseguían, pero tantas veces como la idea cruzó por mi mente también mi mente la rechazó, pues algo en ese chiquillo me orillaba a querer conocerlo un poco mejor… tal vez me había vuelto loco, o tal vez era sólo que en los últimos años la imposibilidad para establecer contratos que sirvieran de burla a la humanidad me había privado de diversión y este pequeño tenía todo lo necesario para ser un juguete entretenido.
En fin. Por lo que sea el niño sobrevivió el día y también la noche siguiente, y, cuando la luz del sol naciente volvió a iluminar sus parpados obligándolos a retirarse, lo primero que ese chiquillo vio fue mi forma humana de pie frente a él, esperando ya el fin de su sueño con un desayuno recién preparado colocado sobre su mesa. ¿Pero qué se puede decir al respecto? Al ingrato de ese niño no le agradó el sabor de lo que hice aparecer y prefirió alimentarse de la fruta fresca de los árboles… Tal vez eso debió de hacerme sentir ofendido o molesto, pero en lugar de eso lo inesperado de su reacción me pareció de lo más divertido y pensé que sería interesante continuar viéndolo actuar y no sé, tal vez podría jugar con él hasta hacerlo quebrar.
-¡Ya deja de mirarme así! – Recuerdo que me gritó él de la nada – Si vas a matarme hazlo de una buena vez, porque no estoy dispuesto a ser el juguete de nadie más ¿entendido?
-Esas parecen palabras muy duras viniendo de alguien que ni siquiera ha podido salvarse por sus propios medios – me burlé sin perder la paciencia.
Pero él me dio una respuesta ingeniosa e inesperada y a partir de eso yo, secretamente, decidí que ese pequeño se había ganado algo de respeto.
No sé lo que llevó al niño a confiar en mí… no después de que vio mi apariencia demoniaca y no después de la forma en que asesiné a los hombres delante de él esparciendo las vísceras y los miembros por todas partes, pero, por alguna razón, ese pequeño me confió su historia y después me pidió ayuda… ayuda para vengarse de las demás personas que lo lastimaron y que ahora estaban en libertad.
-¿Y por qué tendría yo que ayudarte?
-En primer lugar porque no puedo hacerlo solo – fue su respuesta "ingeniosa" – y en segundo lugar porque si intentas atacar el pueblo o las ciudades para conseguir almas lo más probable es que los soldados y hechiceros te atacarían con todo lo que tienen; estos tipos en cambio son criminales, y nadie se preocupará en lo más mínimo de intentar protegerlos si decides atacarles.
-Pero sólo manipulas los hechos en tu propio beneficio – me burlé – después de todo, si lo que quiero son almas ¿qué es lo que me impide tomar la tuya justo en este momento?
-Yo… - titubeó un momento – está bien. Puedes tomar mi alma – no creí lo que escuché – pero no ahora. Ayúdame a conseguir mi venganza y a cambio te entregaré mi alma.
Estuve a punto de decir que no, que no podíamos hacer algo así debido a la prohibición de ese estúpido ángel pero… en realidad, ahora que lo analizaba la orden de Ash tenía un importante hueco.
-¿Cómo sé que no me utilizarás para conseguir tu estúpida venganza y después saldrás huyendo? – lo reté.
-Porque soy Ciel Phantomhive y como tal se me ha enseñado a honrar el valor de mi palabra – respondió altivo – y además… tengo la sensación de que no podría escapar de ti sin importar que lo intentara.
Sí… Ash nos había prohibido establecer contratos, pero un simple acuerdo de palabra no iba contra sus reglas, y si en este caso particular el chiquillo realmente se dejaba llevar por esa tontería banal que los humanos denominaban "honor" entonces el resultado sería un alma deliciosa que tarde o temprano caería en mis manos.
-Muy bien, Ciel Phantomhive, me convenciste, ahora, si lo que quieres a cambio de tu alma es una estúpida venganza dime ¿por dónde quieres comenzar?
Pero en lugar de responder él me miró fijamente y después sólo se acercó a mí con un paso fuerte y elegante que difícilmente correspondería a alguien de su edad.
-¿Con quién se supone que estoy pactando? Dímelo.
-No respondo a un nombre humano – le respondí – puedes llamarme como quieras.
-Bien, en ese caso tu nombre será: Sebastián.
Y sí, después de más de tres años desde que me fue dado el nombre de Sebastián Michaelis aún respondo ante él…
¡Pero vaya que me he distraído! Por ahora tengo que continuar con la monótona tarea que ese maldito ángel me asignó, pero, una vez que termine deberé analizar esta pieza de información que encontré hoy… quien sabe, tal vez esta minúscula e inservible moneda sea la clave para encontrar de una vez por todas a aquellos que me harán ganar el alma de Ciel Phantomhive.
