Había pasado alrededor de tres semanas desde la primera visita de Ochako a su hogar.
Aunque no pasaran mucho tiempo con ella en esas tres semanas, ambos padres habían notado sí la presencia de ella en Katsuki, sobre todo Mitsuki: su hijo había dejado de levantar casi al medio día en fines de semana, porque debía estar preparado para salir con su novia; había dejado de ser desorganizado con su ropa, teniéndola limpia y arreglada porque de esa manera no era necesario mucho el tiempo para elegir un atuendo con el cual verse con la chica.
En pocas palabras, Katsuki se había hecho pulcro consigo mismo y pendiente de los quehaceres de la casa porque, según le dijo a su madre un día en que se propuso él mismo para lavar los enseres de cocina de la cena de ese día, "a Ochako le gusta los hombres que pueden hacer de todo", entonces Katsuki se estaba tomando la iniciativa de hacer todo, incluido los quehaceres.
Sin embargo, le seguía un hábito persistente: se encerraba en su habitación por largas horas cuando no tenía que salir con su novia o ir a la escuela.
Mitsuki le enfurecía aquello, mas con lo bien portado que era últimamente, poco podía decir de eso.
¿Qué tanto hacía allí dentro? Si bien doblar la ropa de vez en cuando tomara bastante, no era como para tantas horas.
Aquel día, Mitsuki paseaba por las habitaciones. En antaño, era común encontrar ropa por doquier, y aunque ahora era una situación ajena, lo seguía haciendo por costumbre.
Sin embargo, al querer entrar a la habitación de su hijo, encontró la puerta cerrada.
Dejó a un lado el cesto de ropa e intentó abrir la cerradura con cuidado, tratando de no llamar la atención de su primogénito. Al no lograrlo, decidió cotillear lo que pasaba allí.
—Sí, yo también creo que reprobaré la prueba…—, le escuchó—. ¿De qué hablas? Estudiamos demasiado: conseguiremos la nota que conseguiremos, pero será con nuestro esfuerzo…—. Bakugou escuchó la respuesta a eso, soltando un quejido de incomodo—. Tampoco digas eso: no es para tanto—, guardó silencio de nuevo, pero cambio su tono de voz a uno más bajo, como si quisiera que fuera íntimo—. Eso sí es para mucho: te amo demasiado.
Así que hablaba con Ochako por teléfono todas esas horas. Ese chico: no dejaba a su novia un instante.
Sin duda alguna esa chica estaba cambiando a su hijo y para bien. El cariño que ambos se demostraban no le dejaba duda: Katsuki había encontrado un lugar al que siempre quería volver y estar allí cuanto pudiera.
Su hijo se notaba no ilusionado, sino enamorado pero en ese enamoramiento no que ahoga y enloquece, sino de aquel que siendo profundo, pone en juicio la cabeza en pos de la otra persona. Ese amor que busca para ambas partes lo mejor bajo la estela de cuidado mutuo.
Nunca creyó que su hijo encontraría algo así, y sobre todo tan joven.
Se enorgullecía de él.
—¿Sabes algo? Hoy te mirabas hermosa con el uniforme…—, volvió hablar. Mitsuki, que se había alejado de la puerta, juntó de nuevo el oído—. ¿Eso diría? Entonces descríbete para poder imaginarlo…— abrió los ojos en sorpresa. ¿Qué significaba aquello?—, ¿yo? Yo me estoy bajando el cierre, para poder imaginarme mejor.
Fue suficiente.
Mistuki tomó la cesta de ropa y decidió que la ropa interior la lavaría su hijo por sí mismo a partir de ese momento.
