Gracias por sus mensajes y por tomarse el tiempo de leer la historia y tenerla entre sus favoritos, espero seguir contando con todas.

Los personajes de Twilight pertenecen a Stephenie Meyer la historia a MaraGaunt o sea yo.

Isabella

Cuando estuve en casa mi padre aún no había llegado de la comisaria así que le cociné algo rápidamente para que no viera mi cara ensombrecida, se lo dejé con un plato encima y subí corriendo a mi habitación.

Cuando estuve sobre mi cama mi mente, a pesar de que le gritaba que no lo hiciera, me volvió a la imagen que ahora tenía Edward.

Se veía más… hombre, si es que eso podía ser así, seguramente los años pasados y la "depresión" habían hecho mella en él de esa manera. A mí me habían dejado cicatrices físicas y mentales pero no quería entrar por ese camino tampoco. No merecía siquiera un mero pensamiento mío, todos ellos debían ser para mi bebé.

Mis sueños estuvieron plagados de pesadillas y cuando desperté sabía que por más que intentara evitarlo, por más que me escondiera y nuestros turnos no coincidieran, tarde o temprano me tenía que encontrar de delantera con Edward. Tendría que hacerle frente y él tendría que soportar mi presencia. No, no tendríamos que soportar mutuamente hasta que mi año terminara y pudiera oficialmente ser una enfermera profesional.

No poniendo en realidad atención a mí aspecto decidí no intentar esmerarme más de la cuenta. Pulcritud y limpieza. No cepillé mi cabello más de la cuenta solo lo ajusté al recogido de caballo. Me puse mi uniforme y usando una chaqueta encima de este bajé corriendo las escaleras.

Mi padre estaba tomándose su habitual café y me miró rápidamente ofreciéndome prepararme algo pero sabía que no podría comer nada hasta asegurarme de que mi encuentro con el maldito no sería hoy.

Le di un beso en la frente y corrí hasta la parada en donde Ángela me estaba esperando. Y ambas subimos agitadas a nuestro bus.

Nos llevó menos de diez minutos llegar ya que el tráfico no era pesado. Nos reunimos el grupo de enfermeras para recibir la entrega de las de la noche y procuré poner atención intentando no enfocarme en los médicos que también estaban haciendo lo mismo.

Intenté esconderme un poco detrás de Ángela lo cual resultaba un poco improcedente dado que ella era más delgada que yo.

- Enfermera Swan – la voz de Rosalie Hale sacándome de mis preocupaciones me devolvió con la fuerza de un látigo a la realidad. – ¿Sucede algo malo? –

- N… No – dije en tono de disculpa. No quería estar en el ojo avizor de ella por si se le ocurría de alguna manera decirle a alguien, especialmente a su hermano que era una de sus enfermeras más descuidadas.

La entrega de los pacientes continuó sin interrupciones, cada uno fue comentado, con su diagnostico y sus medicamentos por horarios. Cuando estábamos a punto de darnos la vuelta para ir cada una a la asignación capté la mirada de Ángela en donde había puro y fino terror mirando tras de mí.

Me temí lo peor y mis peores sospechas se confirmaron al darme la vuelta lentamente y ver quien estaba parado detrás de mí todo ese tiempo y a demasiada poca distancia como para permanecer tranquila. Era increíble que de lo cerca que estaba no me hubiese dado cuenta de que estaba ahí.

La sorpresa de verlo tan cerca que casi podía contar sus pestañas y más cuando parecía estar casi que inclinado sobre mi fue demasiado. Di un paso hacia atrás y casi me enredo en mis propios pies pero al final no lo hice y me empezó a doler el pecho de lo fuerte que me estaba palpitando el corazón. El brillo de su mirada podía significar odio o algo parecido pero no quería ponerme a pensar en eso en ese momento. Como una estúpida desee haber bajado mucho de peso y haberme arreglado mejor pero recordé mis resoluciones de esa mañana y de días anteriores y no me amilané. En cambio a eso cubrí todas mis emociones con fría indiferencia y lo miré a los ojos esperando que eso fuera signo de resistencia e intentaba no evocar imágenes en mi cerebro de lo que había pasado años atrás en un olvidado paraje del bosque que nadie sino él y yo conocíamos.

- - Dr. Cullen, buenos días – dije moviendo levemente la cabeza y tragando saliva nuevamente esperando que el cuello vuelto de mi uniforme de enfermera limitara la visibilidad de ese movimiento nervioso. Había usado su apellido porque de nada me valía hacer que no lo conocía, algunas de las enfermeras y del personal administrativo eran los mismos de hace tres años y seguramente me reconocieron de venir a saltar alrededor del médico Cullen, sonriendo y pensando en comérmelo.

Él no me devolvió el saludo el silencio era su respuesta y no quería imaginarme qué demonios era lo que estaba pensando de mi, prestos a esto no debería siquiera importarme pero eso no tenia relevancia en este crucial momento. Al ver que no contestaba me di la vuelta dispuesta para empezar a evaluar mi cuota de asignación cuando su mano se cerró con fuerza sobre mi muñeca, no con la suficiente para lastimarme pero si la necesaria para que detuviera mi…. Sí, no podía llamarlo de otra manera, mi huida.

Sentí que en vez de su mano era una tenaza ardiente y dolorosa la que me retenía en su presencia y el pecho me dolió aun mas fuerte como si tuviera una banda envuelta alrededor de él que me impidiera respirar con normalidad.

Volví mi cabeza y en un arranque de lo que yo consideraba valor intenté mirarlo con la misma crueldad e indiferencia que él había usado tres años antes en el velorio de su mujer. Quise poder tener esa habilidad suya de reducir a polvo el autoestima de alguien con solo fijar sus ojos en ese punto pero no tenía toda su vasta experiencia así que tal como creí sospechar no me soltó simplemente me miraba de arriba abajo y todo el camino de regreso como si yo fuera algún tipo de…. ¿Aparición?

Retrocedí el tiempo al día del velorio de Tanya, esos mismos ojos me habían mirado de la misma manera solo que ahora no tenia en ellos rastro de ese ingrediente que me había roto en mil pedazos. Algo en su mirada me hacía sentirme extraña. Tenía el mismo componente que había visto unos días atrás en Jacob Black.

Supe en el momento en que ese pensamiento cruzó mi cabeza que definitivamente estaba empezando a enloquecerme y que mis sueños de adolescente no habían muerto del todo al desear fervientemente que él me quisiera y deseara verdaderamente, seguía siendo, al menos en gran parte de mi interior, la misma idiota de hace tres años.

Halé fuertemente mi muñeca de su mano sintiendo casi dolor en ella, como si parte de mi piel se hubiera quedado en los dedos de él. Tiré aun mas fuerte hasta que di el contacto por terminado y salí corriendo al cubículo del primer paciente antes de cometer una locura y emprenderla a golpes con él y con cualquier persona que se me atravesara. Corrí la cortina aséptica y saludé brevemente a quien estaba en la camilla.

Respiré por la nariz intentando no caer en esas crisis de ansiedad y desesperación que me atenazaron tiempo después que me fui y por las que tuve que ir a un psiquiatra para intentar controlar. Sentí que se me dormían las puntas de los dedos de las manos y pies y que mis mejillas querían seguir el mismo camino. Todos los signos de la hiperventilación y el inicio de una crisis conversiva.

No quería desmayarme, no era tan débil pero empecé a ver puntos negros en mi visión y parpadeé con fuerza para alejarlos mientras me sostenía con fuerza de la camilla del paciente y rogaba a Dios porque él no hubiera caminado tras de mí y presenciara este acto de rebelión de mi cuerpo contra los recuerdos más dolorosos de mi vida.

Finalmente me calmé un poco y enfoqué mi visión ahora libre de puntitos ya que estaba respirando más pausadamente. Me pase las manos por la frente sintiendo el corazón palpitándome más sosegadamente pero aun contra mi garganta. Seguramente habían pasado horas, o quizá solo un minuto, no podía saberlo. Siempre que entraba en crisis la medida del tiempo era algo que perdía en mi cerebro. Solo esperaba no haberme convertido en algún pedazo de estatua y que tuvieran que sacarme de ahí con alguna tractomula. Sacudí mi cabeza ante mis ocurrentes pensamientos y fije mi mirada hacia el estar de las enfermeras esperando que Rosalie no hubiera presenciado esto. Sentí que me ponía blanca y lívida al ver quien me devolvía la mirada. Ahí estaba él y mis intentos habían sido infructuosos, me miraba apoyado contra el mostrador y a pesar de haberme soltado hace tiempo tenia la sospecha de que no había quitado sus ojos de mí ni de mi penoso acto de autoflagelación mental.

Volví a intentar mirarlo con indiferencia y me concentre en checar el historial del primer paciente para comprobar las horas de sus medicamentos. Cuando mi cabeza hueca volvió a mirar al estar él ya no se encontraba ahí.

Saber que se había ido me dio un margen de bienestar y desde ahí mi trabajo fue implacable. Ayudé a la jefa Hale en todo lo que pude pero me sentí incomoda cuando ella seguía escrutándome como si yo fuera algo increíblemente entretenido.

Me encontré con Ángela para almorzar ya que ambas teníamos el turno de la mañana y tarde. Como era habitual le conté lo que había pasado. Ella no sabía cómo interpretar la manera en la que describí que Edward me miraba, ni que se hubiera acercado a mí tan sigilosamente. Decía que tal vez quería hablarme pero yo decía que me quería preguntar qué demonios hacia allí para después patearme afuera con ayuda de alguna directiva de la institución que yo asumía que serían aliados de él. Es más, casi creía que a mi regreso hubiera alguna carta de despido esperándome pero al regresar nada de eso me esperaba. Si no más pacientes para mantener en observación lo que ayudo a que mi propia mente se mantuviera ocupada.

Antes de las siete de la noche fui llamada a la oficina de personal para notificarme algo referente a mi contrato.

Después de todo, mis sospechas debían tener algún fundamento. Esas eran las únicas veces que mi sentido arácnido funcionaba a la perfección.

Casi pensé que me esperaría la carta sobre el escritorio pero solamente estaba la persona que había visto dos días antes y ante quien había firmado mi contrato.

Me comunicó sin tener idea de lo que sus palabras me decían que a partir de la semana que entraba seria trasladada al turno nocturno.

Quizá no tuviera nada que ver con Edward, pero no podía evitar sentir que algo parecido a una treta estaba comenzando a acorralarme.

- ¿Puedo preguntar la razón?, ¿Le di algún motivo a la jefe Rosalie para…?-

- Oh no, fue decisión de la admisión, en el día ya tienen a su otra compañera de año que es la señorita Webber en cambio en la noche no, así que será puesta en ese turno –

No me quedaba más remedio que tragarme ese cuento porque no se me ocurría que otra razón había para el proceder de la oficina de personal.

Asintiendo lentamente salí a buscar a Ángela para informarle mi nuevo turno. Estaría en las noches, una sí y otra no. Ella se puso triste al pensar que esta separación influiría en nuestra amistad y me costó trabajo convencerla de que no sería así.

Los días que faltaban trascurrieron sin más novedades que esa. Seguí con mi táctica de huida y él no se me volvió a acercar más pero tenía sospechas de que nuestros encuentros se multiplicarían en la noche.

La noche del Lunes llegó más rápido de lo que yo creía y ya no tenía uñas en mis dedos para morder del nerviosismo. El fin de semana había sido infernal y aunque había intentado contentarme viendo partidos de futbol con Charlie el resultado había sido desastroso, aunque de eso mi padre no se enteró. El domingo volvimos a recibir visita de los Black y charlar y reírme con Jacob a la larga tampoco funcionó.

Llegué al hospital con diez minutos de anticipación esa noche, miré hacia todos lados con premura un hábito por demás horrible que había cogido en los últimos días. Cuando la zona fue completamente escaneada y libre de minas anti personas con nombre de Cullen pude entrar con tranquilidad intentando refrenar mis pasos. Me dirigí al vestier de enfermeras, ahora ya tenía locker y ahí estaba colgado mi uniforme. Retiré mi chaqueta y comencé a quitarme la ropa de calle y estaba cambiándome cuando sentí que el vello de mi nuca se erizaba como cuando percibía que alguien estaba mirándome pero era el vestier de las mujeres así que podía tratarse de otra enfermera. Intenté no preocuparme por ello ni imaginarme cosas idiotas, pasé de ello y me terminé de cambiar.

Llegué a tiempo para recibir el turno y la sensación de estar siendo vigilada se incrementó a medida que los minutos siguieron pasando.

Y como no, al buscar a los médicos ahí estaba él entre ellos y volvía a mirarme como si yo fuera una especie de entretención aunque su expresión seria indicara otra cosa.

Cuando, en algún momento, pudiera hablar con él le escupiría en la cara que dejara de mirarme de esa manera. Para. Un. Momento. "No estás pensando en hablar con él, bajo ninguna circunstancia".

No, no lo estaba haciendo, había sido un maldito pensamiento espontaneo.

Repartí medicamentos una vez terminado todo lo de la entrega, y me asignaron tres pacientes y una de las auxiliares de enfermería para ello.

Si había algo que no soportaba era ser tratada como si fuera alguien superior. Jefe Isabella parecía un mote y le dije a Jennifer, mi auxiliar a cargo, que me dijera Bella solamente y que me avisara cualquier cosa mientras preparaba medicamentos, soluciones y organizaba horarios.

Hacia las doce de la noche tenía otra tanda que repartir ya que la otra jefe se había ido a descansar un rato y me ofrecí a sustituirla. Organicé el carrito de medicamentos y repartí tal como me habían enseñado. Revisé líquidos y la auxiliar me ayudó con sondajes y con tendidos y cuando terminamos me dediqué a limpiar el carrito mientras llegaba mi hora de descansar.

Tenía una solución en mis manos cuando la sensación volvió a mí.
Era él, estaba completamente segura y quería gritar de frustración, solo que el ambiente estaba demasiado tranquilo como para ponerme histérica. Quería llorar, sentía tal desesperación y angustia que volvía a mi casi crisis, respiré intentando tranquilizarme, pensando en que estaba exagerando las cosas, solo eso me daba un poco de tranquilidad aunque dentro siguiera sintiendo esa sensación de inminencia.

Durante esa noche él desaparecía y aparecía como si de un fantasma se tratara. No entendía su comportamiento y fui eficaz al intentar concentrarme en administrar los medicamentos en los horarios correctos.

Casi a las tres de la mañana pude sentarme en el estar con un vaso de café de maquina devolviéndome la mirada. Sentía tensionados lo músculos del cuello y comencé a mover la cabeza lentamente para apaciguarlos.

- ¿Alguna novedad, enfermera Swan? – seguramente lo que sonó casi a contractura fue mi cuello. Lo devolví a su posición habitual lentamente y me volví cual cabeza de chica del exorcista a la voz que me hablaba. Se trataba de él y ya lo sabía antes de mirarlo solo que quería cerciorarme de que fuera mi imaginación y no que de verdad él estuviera hablándome.

Negué con la cabeza incapaz de hablar. Mi valor me había abandonado una vez más dejándome a merced de este bandido.

-¿Le pasa algo? – en su voz había genuina preocupación… ¿indiferencia?

- No – dije aclarándome la voz una vez más. Aun tenía el recuerdo de sus dedos en mi muñeca no solo física sino psicológicamente.

El silencio volvió a ser nuestro acompañante y sabía que él seguía parado allí mirándome porque lo podía mirar por el rabillo de mi ojo.

- ¿Le puedo ayudar en algo? – dije después de permanecer un minuto más en esta baza.

- El historial del señor Abernathy. – dijo como si estuviera dudando.

Se me olvido totalmente el decirle que dejara de mirarme una pero no podía importarme menos, le di la carpeta que solicitó intentando con éxito no rozar su piel en el proceso oz susurrante me habló en el oído derecho.

- No tenía idea de que habías vuelto – No había un solo matiz de reproche en esa voz pero aun así me puse a la defensiva inmediatamente. Sabía que bajar mis barreras ante Edward Cullen era algo que no podía permitirme.

- Para nadie es un secreto que volvía, de todas maneras se habría enterado tarde o temprano – dije como si fuera lo más obvio.

- Supongo…- dio dos pasos hasta que estuvo apoyado en el carro de los medicamentos y yo inyectaba medicamento para la solución intravenosa concentrada solo en preparar la dosis correcta. Su postura era pausada y parecía no querer moverse. Mi instinto era huir pero debía detener eso antes de parecer afectada por tenerlo tan cerca. – No has cambiado… nada –

¿Desdén? ¿Odio? No identificaba la tonalidad y no debía importarme no hacerlo, lo único que quería era que dejara de verme, no se me acercara y de ser posible que desapareciera de mi vista con solo desear que así fuera.

- Si, naci con la misma cara – dije en tono grosero empujando el carrito unos centímetros para que dejara de apoyarse en él.

- Tenemos que hablar – dijo sin moverse un poco, su peso no era nada comparado con mi fuerza así que deje el carrito esperando que las ruedas hicieran su trabajo y lo hicieran caer, pero no, ellas tampoco estaban de mi lado.

Solté una risita que procuré por todos los medios que no sonara nerviosa.

- ¿Hablar? No gracias, ya he hablado lo suficiente – Y con ello hacía referencia a que en medio de nuestra única sesión sexual se me hubiera escapado por la boca, por los poros y por los ojos que lo amaba, me sorprendía no estar escupiendo lo poco que quedaba de mi corazón ante la fuerza con la que lo sentía palpitar en el cuello.

- Pero yo no – dijo imprimiendo un tono apremiante en la voz.

Volví mi mirada hacia él y sin importarme que me temblara la voz le dije esperando ser lo suficientemente gracias.

- No podría importarme menos lo que tenga que decirme – empujé el carrito con más fuerza y parecía que mi afán de no seguir hablándome me había dado la fuerza necesaria para apartarlo de un empujón y seguir rodando hasta el rincón donde se dejaba en el momento en que no estaba en funcionamiento.

Me senté en el escritorio a registrar todo lo que había administrado y sentí que volvía a la carga, dejando en la esquina del escritorio el café que nunca llegué a tomarme.

- ¿Que quieres?- dije pasando a tutearlo de la rabia que sentía.

- Hablar – dijo sencillamente.

En ese momento tuve el loco impulso de pararme y decirme al ponerme de rodillas que me dejara tranquila. Iba arruinar mis sueños desconcentrándome y no sabía si eso era lo que quería.

- Hablemos – dije comenzando a digitar. Me sorprendía que aun pudiera poner los datos sin equivocarme en las cantidades, bien podía estar escribiendo en un dialecto aun no descubierto.

- No aquí – dijo poniendo una mano en la pantalla para que no tuviera más remedio que mirarlo.

- No voy a hablar contigo en ningún otro sitio así que más vale que me digas que demonios es lo que quieres – dije apretando los dientes y mirándolo con odio.

- Nunca pudimos despedirnos en forma - dijo después de unos momentos de meditarlo. ¿Eso era lo que estaba esperando decirme?

Ahogué un grito de incredulidad que de haber sonado habría despertado a todos los pacientes, mi sorpresa era ante lo que significaba para Edward Cullen despedirse en forma.

- Todo me quedo muy claro y la despedida fue lo mas de reveladora – dije escupiendo resentimiento y todo el odio que sentía desde la última vez que habíamos hablado. Una sombra cruzó por la expresión de su rostro pero no me iba a quedar meditando sobre eso – Esclarecedora me atrevería a decir, y tan clara y concisa como todo lo que pasó, así que si eso era todo lo que querías decir más vale que te pongas a trabajar y me dejes a mi hacer lo mismo –

- Hay muchas cosas que debo decirte – volvió al ataque.

- ¿Sabes? – dije parándome de la silla dispuesta a irme a la oficina de la jefe y registrar mis medicamentos desde allá. Jennifer me avisaría cualquier cosa y podría tener una puerta separándome de la realidad. – Hace tiempo habría dado mi oreja derecha por escucharte pero la verdad tengo cosas más importantes que hacer. Y puedo ver que no tendré tranquilidad trabajando contigo así que te pido por el bien de lo que hacemos que no vuelvas a dirigirme la palabra - si, estaba siendo borde, pero tenía motivos de sobra para hacerlo y no dejaría de buscar cualquier método o palabra para defender lo poco que tenia de honor.

- No eres nadie para decirme con quien puedo o no hablar – dijo con ira ante mi negativa, ¡ja! Ese era el verdadero Edward Cullen y su maldito sentido de la prepotencia.

- Con quien hablar, ni siquiera me atrevería a pensarlo pero en lo que respecta a mi estarás hablando con una pared –

Casi corrí hasta la oficina y me encerré ahí esperando atronadores golpes en la puerta y similares pero no paso nada así que seguramente había captado el mensaje. No sabía que quería hablarme y no me podía interesar.

Utilizando una fuerza mental que no sabía que poseía me dediqué de lleno a ingresar las dosis de medicamentos en la casilla de cada paciente, digite su formulación y di pendientes a las que faltaban por firma de medico.

Después me dediqué a recordar una y otra vez el fogueo de palabras que había tenido horas antes con mi némesis personal. Resultaba irónico que todavía sintiera el corazón en el pecho, que aun estuviera completa después de sentir que me partía en mil pedazos del esfuerzo que hice en hacerle frente. No era una leona, pero aun así podía pelear, tenía que hacerlo, mi integridad mental y física me lo exigía.

Jennifer entró una hora después por lo que pude consultar del reloj. Tenía cara seria y me dijo que el paciente del cubículo de aislamiento del dos estaba convulsionando. Corrí al carrito sacando la dosis de medicamento que evitaba las crisis, la tenia lista para administrársela a las cinco de la mañana, Jennifer corrió con su monitor de constantes vitales. Le administré su medicamento esperando que ningún médico, en especial ese medico se hiciera presente. Si no podía controlar la situación era la única manera en que podría llegar a llamarlo.

Finalmente las convulsiones de Ben se detuvieron y tuve que anotar en la bitácora todo lo que había utilizado para calmar su crisis. Solamente cuando pude volver a mirar su historial me di cuenta de la razón por la que su familiar y Jennifer habían entrado completamente protegidas al cubículo aislado en donde estaba. Tenía una alta sospecha de meningitis* pero su muestra de canal de columna no había llegado para descartarlo o confirmarlo.

Rogué para mis adentros por no tener consecuencias graves. Y rogué para que ningún orgulloso doctor hubiera sido testigo de mi total falta de cuidado al no mirar con más detenimiento el historial antes. De todas maneras él iba a enterarse de que Ben había convulsionado, no se le podía ocultar eso a un médico y dejé la anotación en el historial esperando que no me dirigiera la palabra ni siquiera para preguntarme qué había pasado.

Cuando la madrugada avanzó y posteriormente llegó la mañana no se presentaron otras novedades y Ben durmió tranquilo, tuve todo listo y me lavé excesivamente sin recordar alguna vez s mi madre o mi padre me habían vacunado contra la meningitis. No podía dejar de pensar en el agente que la producía y en lo fácilmente contagiosa que era.

En la entrega del turno estuve pendiente de la mención de la novedad pero todos me dijeron que había hecho lo correcto y ninguno hizo mención a mi accidente. Nadie lo sabía y había pedido a Jennifer que no dijera nada. No esperaba que nadie le preguntara a la esposa si la enfermera había entrado con todas las medidas de seguridad y por descontado yo ya estaría fuera de turno antes de que se dieran cuenta. Al menos tendría un plan de respuesta que sería la verdad, me preocupaba que Ben se atorara con su saliva y sangre al morderse la lengua en la convulsión y por eso había actuado rápidamente.

Tomé mis cosas sin mirar a nadie, sintiéndome un poco mal por no haber seguido el protocolo. Me cambie el uniforme y salí de ahí a esperar a Ángela en la banca a la entrada del hospital.

Ella llegaba a su turno de la mañana y quizá tuviera tiempo de saludarla. Me cambie rápidamente y Salí de la sala despidiéndome de todos los de la noche que aun quedaban dando vueltas. Caminé hacia la salida del hospital y pasando las puertas vi que él estaba de pie como si hubiera estado esperando a alguien. ¿A mí? No lo creía, seguramente a uno de sus colegas o alguna enfermera con la que se acostaba, que sabía yo.

Por la manera en que me miró y sus perfectos rasgos se suavizaron un ápice supe que a quien estaba esperando era a mí. Durante un momento quise que dejara de mirarme el tiempo suficiente para salir corriendo pero me daba cuenta en ese momento que esta iba a ser una rutina de ahora en adelante y de que iba a tener que hacerle frente tarde o temprano "Preferiría tarde" pero nunca había tenido muchas opciones y menos a ese respecto.

Mientras mis lentos pasos me llevaban hacia él pensaba en sí debería ser lo bastante estúpida para escuchar lo que tenía que decirme aun a riesgo de que fuera algo más duro y más terrible de lo que me había dicho hace años.

Pensé en mi bebé y pensar en él no me traía recuerdos sanos. Pero no por ese puro ser sino por lo que sentía por su padre.

Me detuve a varios pasos de él esperando tener entereza suficiente para seguir sosteniéndole la mirada. Puede que me dignara a escucharlo pero en ese momento me hallaba muy cansada.

- ¡Bella! - Escuché la voz de Ángela detrás de mí y agradecí al cielo por esa pequeña oportunidad, el ceño del Dr. Cullen se avivó y casi hizo ademan de detenernos pero no me importó dándome la vuelta e ignorándolo olímpicamente me volví hacia ella saludándola y dejándolo a él con la palabra en la boca. - Dr. Cullen- dijo Ángela cuando la tomé de la mano.

- Hola, me alegro de poder verte al menos durante unos minutos, ven, tenemos que hablar – dije rápidamente halando de la pobre Ángela para irnos por pies. Ella dio una mirada de lo que parecía ser disculpa a Edward y se volvió conmigo. Durante nuestro trayecto a la cafetería despotricó contra mi falta de educación al dejar al Dr. Cullen ahí pero cuando le dije que si le mostraba algún respeto a ese bastardo bien podía dejar de ser mi amiga se cayó.

Tuvimos tiempo de tomar un café, momento en el que le conté a Angie la manera en que me abordó en la noche y el accidente que tuve con el paciente. Ella mi miraba preocupada pero su concejo fue lo mismo que yo tenía en mente.

- Quizá deberías escucharlo – comentó mordiendo una magdalena de arándanos y masticándola pensativamente.

- ¿Es decir que debería olvidarme de Edmund, de todo mi dolor y simplemente esperar que me clave otro puñal verbal? - dije rencorosamente mientras le daba un sorbo a mi café y lo dejaba en el platito porque me supo a rancio.

- No, pero vivir en el odio no es bueno para nadie y menos para ti. Puede que se trate de una disculpa, puede que quiera... -

- ¡Si es una disculpa llega con muchos años de retraso! - exclamé y varias personas de la cafetería se dieron la vuelta para mirarme.

- Y si solo... no sé… quiere hablar contigo, ser amigos – dijo quitando el papel de otra magdalena.

- No me interesa – escupí sintiendo un sabor amargo en mi boca.

- No sé qué consejo darte, tu vida es tuya pero sigues pensando en las cosas como hace tres años, nada ha cambiado, la muerte de Edmund sigue ahí, y nada va a cambiar eso, así que basándote en todo y no en lo que te digo, debes pensar muy bien si tu, tu como Bella Swan quieres escucharlo -

Cuando dijo todo eso caí en cuenta de que si, si tenía curiosidad por saber que se traía entre manos pero al mismo tiempo el miedo volvía a hacerse el rey de mis emociones. Y no quería vivir con miedo, ya había tenido de ese suficiente en el momento en que me dijeron que mi hijo iba a morir. Intentando no pensar en ello dejé por el momento de lado el tema del doctor Cullen y le pedí que me relatara brevemente como le había ido. Casi se le hace tarde ya que nos distrajimos charlando.

Dejé a Angie en la cafetería terminándose el café caminando hacia dentro del hospital.

Cuando llegué a la casa preparé el desayuno de Charlie, me había mandado un mensaje al móvil diciendo que desayunaría y se iría otra vez por que tenia turno en la comisaria de veinticuatro horas. Le preparé las tostadas con huevo, tomates y queso que tanto le gustaban y dejándoselas en el microondas para que solo tuviera que calentarlas subí a mi habitación y una vez me puse el pijama del silvestre caí en mi cama cual foca dejándome llevar por unas ganas de dormir que me atacaron fulminantemente.

Cuando volví a abrir los ojos sentía la cabeza pesada y con un dolor sordo al fondo de mis globos oculares. Miré el reloj intentando enfocar pero tenía la vista borrosa. Por lo que veía de claridad en mi habitación debían ser las once o doce de la noche. No podía creer que había dormido tanto especialmente en un ambiente tan caldeado como en el que me encontraba.

Mientras tenia este pensamiento me di cuenta de lo incongruente que era ya que en Forks nunca, nunca hacía calor. Me quité las cobijas de encima sintiendo el frio penetrar en mi camisón sudado. Me llevé las manos a la frente y allí encontré la fuente de mi calor.

Fiebre. Tenía fiebre.

Me levanté tambaleándome hacia el baño de mi habitación en donde había un pequeño y muy domestico botiquín pero que contenía lo que yo había estado buscando. El termómetro. 39.8° fue el cálculo del termómetro casero.

La cabeza me iba a explotar. Saque analgésicos y antipiréticos del botiquín y me los tomé sin comer nada completamente segura de que si me metía algo más que esas pepas seguramente todo acabaría vomitado encima de mí. La gastritis seria un infierno, pero al menos el dolor de cabeza y la fiebre se irían.

Tenía muy mala suerte, era increíble que me fuera a enfermar apenas a días de haber entrado a hacer mi rural pero nadie tenía cuerpo glorioso y el mío ciertamente no lo era.

A medida que el tiempo pasaba la fiebre no me bajaba y estaba segura de haber consumido todos los medicamentaos, mis pobres riñones no lo soportarían. Me dolía la panza y repentinamente había comenzado a sentir una rigidez en mi nuca que nunca antes había sentido, la sintomatología era fuerte y ahí fue cuando comencé a alarmarme por todo que estaba presentando. Dolor de cabeza, fiebre, rigidez en la nuca, intolerancia a la luz.

Corrí hacia mi cama para tomar el móvil dándome cuenta cuando lo cogí que las manos me temblaban incontrolablemente, algo muy malo se estaba gestando dentro de mí.

Escribí un texto a mi padre diciendo que estaba enferma y que si seguía así no me encontraría en la mañana, no me respondió con lo que concluí que se encontraba en la cama descansando unas horas, miré lo que había escrito dándome cuenta en el mensaje cuantas veces había presionado números en vez de letras.

Digité rápidamente el numero de Ángela esperando que contestara y casi me desmayo cuando su voz sonó ronca seguramente por el sueño pero yo no podía mover mi lengua.

Balbuceé que me sentía demasiado indispuesta y que necesitaría su ayuda o que me mandara a alguien, las piernas me temblaban terriblemente y sabía que no me sostendrían por mucho tiempo. Relaté a Ángela brevemente las sospechas que tenia y cuando colgué ella prometió que vendría con un medico o una ambulancia.

Caí en mi cama con deseos de quitarme la piel de la fiebre que tenía miraba hacia el techo sintiendo cada vez más la dolorosa sensación de que algo me estaba arrancando el cerebro. Comencé a ver borroso y pensé que la hora de mi muerte había llegado.

Los estudios realizados solo me permitían llegar a una conclusión y era la que menos tenía ganas de que fuera verdadera.

Ben Abernathy me había contagiado meningitis.

No supe calcular cuánto tiempo paso solamente que sentía los pasos subir rápidamente por las escaleras y entrar a mi habitación, la tenía un poco desordenada y me sorprendió la capacidad de poder tener aun ese tipo de pensamientos. Alguien se acercó a mi cama, no podía percibir su olor por que repentinamente mis sentidos estaban completamente colapsados ni tampoco podía ver de quien se trataba porque si encendía la luz mis ojos se iban a quemar como dos fusibles. Llamé entre balbuceos a Ángela y alguien me tomó la mano así que asumí que era ella porque las manos de la otra persona estaban tocándome la frente, el cuello y la muñeca.

- - Angie…- esperaba haber hablado claro pero por la rigidez de la persona que me sostenía la mano quizá solo había dicho un "gua – gua" o algo peor.

Escuché una sirena a lo lejos, de esas que las ambulancias ponían a toda. Esperaba que no fuera para mí pero al intentar protestar me di cuenta que no podía ordenarle a mi cuerpo nada.

Grité porque alguien me ayudara y una voz profunda y calmante casi lo lograba pero el miedo seguía creciendo en mí.

Perdí la conciencia cuando sentí que era levantada del refugio de mi cama y ponían mi espalda en una superficie dura.