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Tras la partida de Bryson, Holmes se quedó plantado en medio de la habitación, completamente aturdido por lo que acababa de ocurrir. Se sentía como si su mente se hubiera fragmentado en mil pedazos y no pudiera volver a ordenarlos.

Cerró los ojos y respiró hondo. Sabía que tenía que controlar sus emociones, que la vida de Watson dependía de ello. Cuando los volvió a abrir, su mirada cayó sobre la levita y el reloj de Watson. Ambos se habían caído al suelo cuando Holmes se había lanzado sobre Bryson. Se arrodilló y los recogió despacio. Contempló la mancha de sangre en el hombro de la chaqueta. Nunca había sido propenso a dejar volar la imaginación, pero en ese preciso momento fue capaz de ver cómo descendía el cuchillo, de oír a Watson gritar de dolor. Holmes empezó a temblar de nuevo.

"¡Contrólate, hombre! —se reconvino—. Esto no le hará ningún bien a Watson."

Se obligó a calmarse. Podía hacerlo, podía. Holmes necesitaba pensar. El primer sitio que debía visitar era el club para comprobar si Watson realmente había estado allí, y si era así, a qué hora se había ido. Si no se había alejado mucho… Pero la mente de Holmes no pudo ir más allá.

"Cada cosa a su tiempo", se dijo.

Rezó para encontrar alguna pista en el club. Sabía que primero debería intentar descubrir quién era realmente Bryson, y cuáles eran sus auténticos motivos, pero en ese momento lo único que a Holmes le preocupaba era liberar a Watson de ese lunático.

Un golpe en la puerta lo arrancó de sus pensamientos. Se levantó rápidamente.

—¿Sí? —preguntó, sorprendido por lo firme que sonó su voz.

La señora Hudson asomó la cabeza por el umbral.

—Me preguntaba cuándo piensa desayunar, señor Holmes.

La mera idea de comer le hizo sentirse físicamente enfermo.

—No comeré nada esta mañana, señora Hudson. Se me ha presentado un caso de suma importancia y debo irme.

Su voz sonaba fría e indiferente, desprovista de toda emoción. No estaba seguro de si Bryson habría catalogado a la señora Hudson como ayuda externa, pero, aunque no lo hubiera hecho, Holmes no tenía la más mínima intención de involucrarla en esto. Puede que lo hubiera ayudado a capturar al coronel Sebastian Moran, pero esto era algo completamente distinto. Holmes no veía de qué modo podría serle de ayuda esta vez. Por no hablar de que ella adoraba a Watson y a Holmes como si fueran de su propia sangre. No quería preocuparla más de lo necesario.

La señora Hudson pareció notar que ocurría algo, y abrió la boca para hablar, pero cambió de idea. Se encogió ligeramente de hombros y dijo:

—Muy bien. Buena suerte.

—Gracias, señora Hudson.

Holmes entró en su habitación, doblando con cuidado la levita de Watson. Se sentó en la silla que estaba junto a la cama. Dio vueltas al reloj entre sus manos un par de veces, recorriendo con los dedos las iniciales H. W. grabadas en el dorso antes de metérselo en el bolsillo de la camisa, justo encima del corazón.

—Lo encontraré, Watson —susurró—. Se lo prometo.

X X X

La ola de frío de la noche anterior no había disminuido en lo más mínimo. Al contrario, el frío era aún más intenso, a pesar del radiante sol de la mañana. Aquel trayecto en coche le pareció a Holmes el más largo de toda su vida. Pasó la mayor parte moviéndose inquieto, tamborileando impacientemente con los dedos sobre sus rodillas.

"¿Es que esta cosa no puede ir más rápido?", pensó. Le estaba haciendo perder un tiempo valioso.

Justo cuando pensaba que ya no podía soportarlo más, el carruaje se detuvo al fin ante el club. Holmes prácticamente le arrojó el dinero al cochero al saltar fuera.

Holmes sólo había acompañado a Watson al club unas cuatro veces, y cada una de ellas la había motivado cierta carencia de casos que hizo que Watson quisiera darle algo que hacer para que no recurriera a la cocaína. Holmes dejó el abrigo y el sombrero en una percha de la entrada y echó a andar por el vestíbulo hacia la sala de lectura.

—¡Vaya, señor Holmes! ¡Qué grata sorpresa! —dijo una voz a su espalda.

Holmes miró por encima del hombro para ver quién era. Un hombre bajito con el pelo rojo y revuelto corría hacia él.

—Ah, el señor Alexander, ¿verdad?

El talento teatral de Holmes aún no le había fallado. Su tono era cálido y amistoso.

—Así es, señor. ¿Qué le trae por aquí a estas horas de la mañana? Si está buscando al doctor Watson, me temo que no está.

—Lo sé —dijo Holmes, sintiendo una opresión en el pecho—. Usted estuvo aquí anoche, ¿correcto? ¿Por casualidad vio a Watson entonces?

—Vaya, pues sí, ahora que lo menciona. Él y Thurston estuvieron jugando juntos al billar. Aunque debo decir que Thurston actuaba de un modo extraño. El doctor también se dio cuenta. Debió de ofrecerse a llevar a Thurston a su casa, porque los dos se fueron juntos.

—Un momento, ¿Thurston y Watson se fueron juntos? ¿Está absolutamente seguro de ello?

Alexander asintió.

—No sabrá por casualidad a qué hora fue eso, ¿verdad? —preguntó Holmes.

—No estoy muy seguro. Pero fue en algún momento entre las diez y media y las once. Alrededor de esas horas, en todo caso.

—Gracias, señor Alexander, me ha sido de mucha ayuda —dijo Holmes, sinceramente agradecido.

Así que Thurston era la última persona que había visto a Watson antes de que fuera secuestrado. Eso indicó a Holmes su próximo destino.