Historia basada (adaptada) de la novela de la autora Sarah Morgan.
Disclaimer: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling y la Warner Bros.
Título: Seducción en el Caribe
Summary: Ella cree tenerlo todo bajo control y el va a disfrutar demostrándole lo contrario.
Nota de la autora: Bueno quiero agradecer a:nalnya, sailor mercuri o neptune, diable dreams, lightness dark y cuky as, por su apoyo a esta historia, espero que les guste este capi y que me sigan dando animos para subir la historia.
Capítulo 3
Draco Maolfoy ignoró el insistente timbre de su teléfono móvil mientras bajaba por el ascensor hacia la planta baja. Debería haber estado contento en ese momento. En una corta reunión había conseguido otro cliente influyente, y lo que era más importante, se lo había arrebatado a la competencia. Un hombre como él siempre disfrutaba la sensación de triunfo que venía después, pero esa vez no sentía nada.
Su mente estaba dominada por unos ojos mieles desesperados, y por una melena castaña perfectamente asegurada en un moño imperturbable.
«Control», pensó con desprecio. A Hermione Granger se le daba bien controlarlo todo. Controlaba su pelo, sus emociones, y sobre todo a su hermana pequeña.
Sin embargo, para ser una mujer que se ganaba la vida intentando modificar el comportamiento de la gente, era increíblemente ingenua cuando se trataba de entender las acciones de su hermana pequeña.
El nunca había conocido a nadie tan serio. Ella se comportaba como si tuviera noventa años, pero sólo tenía unos veintitantos.
Draco atravesó el vestíbulo y salió al exterior. Su coche lo esperaba junto a la acera. Como si sus pensamientos la hubieran atraído hasta allí, Hermione lo esperaba junto al coche. Llevaba la misma camisa blanca y la falda negra de antes y agarraba el bolso como si le fuera la vida en ello.
Su mirada de esperanza se desvaneció en cuanto lo vio aparecer sin su hermana.
El conductor del vehículo miró a Draco con incertidumbre y nerviosismo y éste suspiró. Levantó una ceja en un gesto sarcástico y la miró fijamente.
—Sí quieres seguir hablando, voy a tener que cobrarte.
Ella fue hacia él.
—¿Ha llegado Jean?
—Estás obsesionada con las cosas que hace tu hermana —le entregó el maletín al conductor.
Ella se puso pálida.
— !Quiero a mi hermana! Y no tengo que disculparme por ello. Ni tampoco tengo por qué darte explicaciones.
—Una decisión que me llena de alivio —confesó Draco en un tono de aburrimiento—. Nada como tu historia familiar para poner a prueba mi capacidad de atención. Así que, si no has venido a aburrirme, ¿por qué estás aquí?
—Quería comprobar si te habías enterado de algo. Pensaba que podría haber vuelto al trabajo.
—Tristemente para Jean, no es así.
—¿Podrías darle algunos minutos más, por si acaso?
—No. No puedo.
Ella cerró los ojos brevemente.
—!Por favor! —le dijo con la voz quebradiza—. Sé que casi nunca estamos de acuerdo, pero esto es realmente importante para mí. ¿Hay algo que pueda hacer para que no la despidas?
En ese momento la parte maliciosa de Draco tomó el control.
—Puedes venir en su lugar —le dijo, convencido de que no aceptaría.
—No puedo hacer eso.
El se encogió de hombros, consciente de que no se había equivocado.
—Claro que no puedes —le dijo en un tono sarcástico—. Estar atrapada en un romántico rincón del Caribe a mi lado sería una prueba totalmente injusta para tu fuerza de voluntad. Lo entiendo.
—Te crees demasiado, signor Malfoy —le dijo ella—. Podría tumbarme en una cama contigo completamente desnuda y no me costaría nada rechazarte porque sé que no eres hombre para mí.
El se echó a reír. Estaba disfrutando mucho con aquella escena.
—Bueno, eso sí que es un desafío que ningún siciliano de sangre roja puede rechazar.
—Yo no he lanzado ningún desafío. Sólo quería decir que el cerebro juega un papel fundamental en mis decisiones, aunque sí entiendo que a ti, como buen siciliano de sangre roja, te resulte difícil de comprender. Es evidente que piensas con una parte distinta de tu anatomía.
Draco no tuvo más remedio que admitir la realidad: en ese preciso instante una parte muy particular de su anatomía se hacía notar de la forma más predecible. Pero la única solución para el problema era una ducha fría.
Hermione Granger desconocía los placeres del sexo sin emociones.
—Si tienes tanta confianza en tu disciplina mental, ¿por qué tienes miedo de venir conmigo?
—No tengo miedo — ella levantó la barbilla y de pronto la tensión que había entre ellos llegó a su punto álgido.
—Tienes miedo, Hermione —dijo Draco con suavidad—. Y yo te diré por qué. Hasta ahora la única cosa que me ha impedido acostarme contigo ha sido la falta de ocasión.
«Es tan fácil escandalizarla», pensó Draco para sí mientras la veía ponerse roja como un tomate.
—Eso es una tontería. Podríamos tener todas las ocasiones del mundo y no tendría… No tendríamos… —tragó con dificultad—. La capacidad de pensar y de usar nuestros cerebros es lo que nos distingue de los animales. Yo siempre tengo el control de mis acciones.
—Entonces si tienes tanta confianza en ti misma, ven en lugar de Jean.
Draco podía ver una diminuta vena inflamada que latía en el inmaculado cuello de Hermione.
—No puedo irme así como así.
—Quieres decir que no confías en ti lo bastante como para irte a una isla del Caribe conmigo y no practicar el sexo —esbozó una sonrisa rebosante de confianza—. Sé honesta. Sabes que tu enfoque lógico de las relaciones no valdrá de nada cuando estemos desnudos. Y tienes miedo de perder.
—!Maldito seas! —susurró ella, y sus ojos relampaguearon—. Maldito seas por convertir esto en un asunto entre los dos, cuando en realidad se trata de mi hermana.
—Si se tratara de tu hermana, entonces vendrías.
El abogado que había en él interpretaba cada expresión que cruzaba el rostro de Hermione. Nervios, preocupación, estrés, miedo y algo más que no podía identificar; algo mucho más complejo que todas las otras emociones juntas.
—No puedo abandonar mi vida y mi trabajo de buenas a primeras.
—¿Te preocupa que uno de tus clientes se divorcie mientras estás fuera? Eso sería muy mala publicidad.
—No me importa la publicidad. Me trae sin cuidado ganar o perder. A mí me importa la gente. Me importa Jean. Y no voy a ir contigo.
Draco se sorprendió ante sus propios sentimientos. ¿Era decepción lo que sentía en ese momento? ¿Y por qué le importaba tanto si no iba con él? Su cama nunca estaría vacía.
Había miles de mujeres hermosas y sofisticadas que se morían por recibir sus atenciones; mujeres que no malgastarían el tiempo oponiendo resistencia. ¿Por qué molestarse por el rechazo de alguien como Hermione?
Un destello de intuición iluminó sus pensamientos y entonces esbozó una sonrisa seca. El odiaba perder. No había nada que odiara más, pero hacía tanto tiempo desde la última vez que ya no era capaz de reconocer la sensación. Y si había algo que disparaba su voracidad competitiva, era la idea de perder.
Hermione Granger era un desafío. ¿Y cuándo le había supuesto un desafío seducir a una mujer? Consciente de que el conductor empezaba a impacientarse, aplicó sus dotes analíticas al problema.
—Muy bien. Si la veo antes que tú, la diré que te preocupas por ella, pero no lo suficiente como para sustituirla puntualmente. Que tengas un feliz viaje de regreso —dio media vuelta y se dirigió hacia el coche, preguntándose cuánto tiempo le llevaría.
¿Tres pasos? ¿Quizá cuatro?
—Muy bien —la voz de Hermione lo hizo detenerse a los dos pasos.
Draco sonrió para sí al tiempo que se daba la vuelta. Al final había sido demasiado fácil. Las mujeres seguían siendo tan predecibles como siempre.
—¿Disculpa? —fingió no haber oído bien. Ella fue hacia él como alguien que se dirige hacia la horca.
—¿Y por qué te sorprende? Has ganado, Draco. ¿No es eso lo que haces siempre? Buscas la debilidad de tu oponente y la utilizas a tu favor —sin darle tiempo a contestar pasó por su lado y subió al coche por la puerta de atrás.
Era evidente que no estaba acostumbrada a subir a limusinas. Cuando se sentó en el coche, la falda se le subió hasta el muslo y Draco tuvo un breve momento de distracción.
«Unas piernas fabulosas», pensó. Su instinto sexual ya empezaba a hacer de las suyas. ¿Quién hubiera pensado que Granger podía esconder un cuerpo tan exquisito debajo de esa apariencia mustia? Aquellas piernas largas y bien torneadas estaban cubiertas por unas medias de espuma en un tono ligeramente brillante. Si la falda hubiera sido un poco más corta…
Ella se colocó la falda enseguida y Draco soltó el aliento. —A ver si lo he entendido bien —apartó la vista de sus espléndidos tobillos y apoyó un brazo en el techo del coche—. ¿Te estás ofreciendo para calentarme la cama en el Caribe?
—No —ella se volvió y sus azules Marrones conectaron con los de él—. Puede que creas que has ganado, pero a mí no me importa ganar. Lo único que me importa es ayudar a mi hermana. Y si ponerme en su lugar sirve para algo, trabajaré para ti —le dijo en un tono de voz frío y ecuánime.
Sin embargo Draco se fijó en sus pupilas dilatadas y en su respiración agitada e irregular. ¿Cuánto tiempo le llevaría convertir a aquella dulce damisela decorosa en una joven desenfadada y apasionada? Decidió aumentar un poco la presión que ejercía sobre ella.
—Mi cliente se está recuperando de un matrimonio desastroso. Necesita relajarse y algo de asesoramiento legal. Un consejero matrimonial es lo último que necesita en este momento.
—No voy a acompañarte en calidad de consejera —le dijo sin mirarle—. Trabajé un año en un despacho de abogados de Londres cuando terminé la universidad. Puedes ponerme al día. Estoy segura de que podré cumplir con las funciones de Jean, fueran las que fueran. Y sí puedo alejarme de mi trabajo, Draco, si eso es lo que te preocupa.
Draco se mostró escéptico. Cada músculo de su cuerpo parecía decir lo contrario. Parecía estar a punto de partirse en dos. —¿Y haces esto para salvar a tu hermana, o para probarte a ti misma que tu cerebro es más fuerte que tu cuerpo?
Ella se quedó petrificada. —No tengo que probarme nada a mí misma.
—Entonces es por tu hermana —dijo Draco sin creérselo ni por un momento. Había mucho más detrás de sus palabras. Aquel desafío casual había tocado una fibra sensible en su misterioso interior.
—¿Crees que podrás pasar toda una semana sin sermonearnos, ni a mí ni a mi cliente, acerca del amor y del matrimonio?
Ella se mordió los labios.
—Claro.
—¿Y sin dormir en mi cama?
—Eso será fácil.
Draco la observó con atención. De repente un monótono viaje de negocios se había convertido en una aventura llena de posibilidades. —¿Y qué pasa cuando las emociones se apoderan de tu lado más racional, Hermione?
—Tomar decisiones basadas en las emociones es siempre un error. No dejo que eso me ocurra.
Draco reparó en aquellos labios perfectos y siguió la línea de su cuello con la vista. —¿Me estás diciendo que nunca has tomado una decisión impulsiva basada en tus emociones?
—No —le dijo ella en un tono circunspecto—. Y estoy segura de que tú tampoco. Apuesto a que incluso cuando estás en la cama con una mujer, esa parte de ti permanece ajena, a todo lo demás. Controlas tus emociones en todo momento y eres demasiado cínico como para dejar que te tomen el pelo.
Sorprendido ante un análisis tan agudo, Draco se echó a reír.
—Puede que tengas razón en eso. De acuerdo —estiró el brazo y agarró el pasaporte que ella le ofrecía—. Veamos cómo se llevan un cínico incurable y una consejera matrimonial cuando están confinados en un espacio pequeño. Tengo la sensación de que la próxima semana va a ser muy interesante.
Un jet privado. ¿Por qué tenía que tener un jet privado? Había albergado la esperanza de viajar en un vuelo comercial distinto del de el, pero la ilusión le había durado poco. Estaban solos en aquel lujoso avión y la tripulación, tan discreta como fantasmas, sólo aparecía cuando necesitaban algo.
Ella trató de no dejarse impresionar por aquella ostentación y se dedicó a llamar a sus clientes. Era un alivio poder hacer algo que no implicara hablar con Draco Malfoy.
—Lo sé, Parvati —le dijo a una de sus clientas mientras la escuchaba relatar la última hora de su tempestuosa vida matrimonial—. Pero ¿recuerdas lo que hablamos la última vez? ¿Lo de la escucha selectiva?
Al ver la mirada burlona de Draco, ella apretó los dientes. —Volveré la semana próxima y entonces podremos hablar de ello —colgó el teléfono y marcó el siguiente número, decidida a no dejarse amedrentar.
—Déjala que sufra un poco, Theo —dijo Drco, con el teléfono entre la mejilla y el hombro mientras miraba la pantalla del portátil—. Tendrá suerte si se lleva al personal del piso cuando hayamos terminado con ella.
Hermione se puso tensa al oírle hablar así. Acortó las llamadas tanto como pudo e intentó ignorar el latente dolor que palpitaba en sus sienes. Cuando por fin colgó, lo fulminó con la mirada.
—¿Nunca te sientes culpable? Seguramente esa pobre mujer se ha pasado toda la vida criando hijos y cuidando del hogar, mientras su marido se revolcaba con una de la edad de su hija.
Draco estiró las piernas y se relajó. —Esa «pobre mujer» abandonó a sus dos niños pequeños para tener una aventura con su monitor de esquí.
Sorprendida, Hermione frunció el ceño. —Oh, eso es terrible. Pobre hombre, entonces. ¿Está bien?
—Lo estará cuando haya terminado —Draco esbozó una sonrisa mortífera al tiempo que sacaba una carpeta de su maletín—. La venganza es dulce. Le daremos donde más le duele.
Hermione ignoró aquel comentario. —¿Y cómo están los niños?
—Mucho mejor sin ella —Draco abrió la carpeta y anotó algo en el margen de la primera página mientras ella lo observaba, profundamente turbada.
—Por mucho que le duela, no creo que quiera hacerle daño a la madre de sus hijos.
—¿Eso crees? —Draco agarró una carpeta que estaba sobre la mesa—. Es por eso que no eres abogada especializada en divorcios.
Hermione dejó a un lado su agenda de citas. —No puedes analizar las relaciones de la gente de una forma tan fría. No funciona. Es importante llegar al fondo. Lo primero que yo me pregunto es por qué haría una cosa así. ¿Por qué dejaría una madre a sus hijos? ¿Estaba deprimida o algo?
Draco la miró con ojos escépticos. —Supongo que es justo decir que estaba extremadamente deprimida una vez se dio cuenta de que había arruinado sus expectativas de llevarse una tajada suculenta.
Hermione se llevó la mano a la frente. En realidad ese humor retorcido y esa falta de sentimientos eran algo bueno. Si él continuaba hablando así, no le sería difícil ignorar la química que bullía entre ellos y que le impedía relajarse. ¿Cómo iba a sobrevivir a una semana a su lado?
No tenía dudas sobre su propia fuerza de voluntad, pero la conexión sexual entre ellos despertaba algo oscuro en un sombrío rincón de su mente. Algo a lo que ella no quería enfrentarse. Presa de un pánico momentáneo, Hermione se concentró en el trabajo.
—La gente suele tener motivos para su comportamiento, Draco. Si dejo a sus hijos, entonces… —dejó caer la mano a un lado mientras lo meditaba un poco—. A lo mejor ella nunca quiso tener hijos. ¿El la presionó? ¿Era mucho mayor que ella? ¿Hablaron de la paternidad antes de casarse?
Unos ojos grises frios e incrédulos la miraron fijamente. —¿Y yo qué sé? Soy abogado, no psiquiatra —con gesto impaciente empezó a pasar las páginas de un documento.
—Pero deberían recibir algún tipo de asesoramiento profesional antes de tirar la toalla. El debería dejarla volver. Podrían intentarlo de nuevo.
—¿Y qué te hace pensar que ella quiere volver?
—¿No quiere? —le preguntó ella, que no se lo podía creer.
—Hermione… —le dijo en un tono de advertencia—. Ya lo estás haciendo. Ignorando los hechos y analizando las emociones.
—Las emociones son importantes.
—Pero son «tus» emociones, no las de mi cliente.
—Pero los niños…
—Parece que te afecta mucho esta situación. ¿Te implicas tanto en todos los casos que tratas? No me extraña que estés tan tensa.
—No estoy tensa. ES que Tú odias a las mujeres. ¿No es así?
Él levantó una ceja.
—Lo creas o no, algunos de mis mejores amigos son mujeres.
—Eso no es amistad.
Él esbozó una sonrisa irresistible. —La amistad significa cosas distintas para cada persona.
Y Hermione no tenía la menor duda de lo que significaba para él.
—Pero parece que has emprendido una cruzada personal para que las mujeres no salgan beneficiadas de un matrimonio.
—Sólo cuando el propósito del matrimonio es el beneficio material. El matrimonio no debe ser una fuente de ingresos —le dijo, jugando con el bolígrafo.
Hermione volvió a frotarse las sienes. La cabeza le daba vueltas. Aquella mezcla peligrosa de frialdad y carisma era difícil de ignorar.
—Ésa es la fuente de tus ingresos, cinico —señaló.
—¡Vaya! Me has pillado —Draco levantó la vista al tiempo que una joven azafata se aproximaba hacia ellos con una bandeja de refrescos—. Ah, la cena. ¿Tienes hambre,Hermione?
El dolor de cabeza de ella empeoraba por momentos, y para colmo de males, ya empezaba a tener náuseas. —En realidad, no. Pero gracias. Ojalá no se hubiera olvidado las pastillas en casa. Aquella situación sería aún más difícil de soportar con una violenta jaqueca.
—Quizá sea un buen momento para decirme cuál es el propósito de este viaje. Si voy a ayudarte, debo saber algo del caso.
—Mi posible cliente no tiene asesoramiento legal todavía —le dijo Draco—. Sólo quiere hablar de su situación. Y yo me he ofrecido a escuchar.
—¿Entonces ni siquiera sabe si quiere el divorcio?
—Sabe que quiere el divorcio, pero todavía no ha decidido cómo hacerlo. O quién quiere que le represente.
—Entonces podría elegirte a ti.
—Si puede permitírselo, me elegirá — el reprimió un bostezo.
Hermione le lanzó una mirada curiosa.—¿Por qué haces esto? Es evidente que no necesitas el dinero.
—Me gustan los estímulos mentales. Soy instintivo por naturaleza y me gusta ganar.
—¿De verdad crees que ganar es destruir el matrimonio de alguien.
—Los matrimonios me llegan deshechos —le lanzó una advertencia con la mirada—. Y darme un sermón no está en tu perfil profesional.
—¿Pero tu cliente ha intentando averiguar qué falla? A lo mejor si habla con una desconocida, alguien que no esté implicado —Hermione se detuvo e hizo una mueca de dolor al sentir otro latigazo en las sienes. El estómago le daba vueltas y apenas podía pensar con claridad.
Se quedó quieta y esperó a que se le pasara.
«Ahora no. Ahora no», pensó para sí.
Draco frunció el ceño.
—¿Ocurre algo?
—Nada.
No era difícil adivinar cómo reaccionaría un hombre como él ante una mujer con migraña. Hermione decidió que lo mejor era escapar cuanto antes. Se puso en pie. —Si me disculpas… Tengo que ir al lavabo.
El la miró con gesto pensativo. —La última puerta a la izquierda.
Hermione fue hacia donde le había dicho y empujó la puerta. Si las circunstancias hubieran sido distintas, se habría quedado boquiabierta al contemplar aquel impresionante cuarto de baño, pero en ese momento se sentía demasiado mal como para reparar en él.
Tras cerrarse por dentro, se llevó la mano al vientre y respiró hondo. ¿Cuánto duraría el vuelo al Caribe? No se lo había preguntado, pero sabía que sin la medicación acabaría vomitando. Iba a ser de lo más embarazoso.
La cabeza le palpitaba y sólo deseaba tumbarse un rato, pero la idea de hacerlo delante de Draco le impedía volver a la cabina. En cambio se sentó en una silla y se apoyó contra la fresca pared de mármol, cerrando los ojos. «Ojalá cesara el dolor».
No sabía cuánto tiempo llevaba allí cuando la puerta se abrió de repente, pero Hermione estaba demasiado dolorida como para moverse.
—Maledizione —dijo una voz masculina—. ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Estás enferma?
—Migraña. Estaré bien. Sólo déjame sola un rato —le dijo Hermione, con los ojos totalmente cerrados por la fotofobia. Ella sintió una mano firme sobre su frente y entonces le oyó mascullar algo en italiano para sí.
—Pensaba que sólo estabas un poco pálida. ¿Por qué no dijiste nada antes?
—Draco, por favor, vete. Ya eres lo bastante difícil cuando me encuentro bien. Créeme cuando te digo que no quieres estar aquí. Creo que voy a vomitar.
Ignorando su consejo, la tomó en brazos y la condujo a un dormitorio. La acostó sobre la enorme cama de matrimonio con suavidad y Hermione sintió el frescor de la suave almohada contra la mejilla. Era tan agradable tumbarse que no pudo reprimir un suspiro de agradecimiento.
—A lo mejor no eres tan malo después de todo —murmuró—. En este momento casi me agradas. A él le brillaron los ojos.
—Deja de hablar, Hermione. Podrías decir algo de lo que puedas arrepentirte.
—Lo siento. Olvidaba que no quieres agradarle a las mujeres —hizo una mueca al sentir otra cuchillada de dolor—. Bueno, esto debe de ser toda una novedad para ti. Arropar a una mujer enferma en tu cama.
—¿No tienes pastillas en el bolso? —le preguntó en un tono frío y enciente.
—Las olvidé —le dijo, apretando los dientes y los párpados para soportar el dolor—. Hice las maletas a toda prisa —se acurrucó sobre la almohada—. Ni siquiera sabía que los aviones tuvieran camas. Supongo que es una comodidad esencial para alguien como tú.
—Lo creas o no, no la uso para seducir. Poder dormir cuando lo necesito me hace más eficiente —le dijo con sequedad mientras la tapaba con las mantas de seda—. Bueno, ¿qué voy a hacer contigo?
El dolor se hacía cada ver más inaguantable y ella hizo una mueca al ser deslumbrada por un rayo de sol.
—Dame el teléfono móvil. Voy a llamar de nuevo a Jean.
—Deja de pensar en tu hermana y piensa en ti por un momento —le dijo Draco, frunciendo el ceño. Cerró las cortinas—. ¿Mejor así?
Hermione se sorprendió mucho. Jamás le habría creído capaz de tantas atenciones, pero el estomago seguía dándole vueltas y tenía miedo de vomitar encima de sus impecables zapatos hechos a mano.
—Creo que deberías irte ahora, por tu propio bien.
El pareció seguir su consejo, porque se levantó y abandonó la habitación. Sin embargo, volvió un momento después con un cuenco. Lo puso junto a la cama.
—Voy a buscar al médico.
Sí hubiera tenido fuerzas, Hermione se habría echado a reír. Estaban sobrevolando el océano. ¿Dónde iba a encontrar un médico? Los latigazos de dolor eran insoportables, pero de pronto ella oyó voces a su lado y abrió los ojos. Había un hombre junto a Draco.
Con gesto preocupado, se sentó sobre la cama, le hizo algunas preguntas y abrió su maletín.
En un remoto rincón de su mente Hermione se preguntó cómo había encontrado a un médico en mitad de la nada, pero la cabeza le dolía tanto que casi lloró de gratitud cuando el doctor le dio la medicación y salió de la habitación. Unos momentos más tarde, sintió algo deliciosamente frío sobre la cabeza. Entreabrió los ojos y entonces vio a Draco, sentado a su lado. Se había quitado la corbata y remangado la camisa, dejando ver fuertes antebrazos. Como siempre, parecía poderoso y capaz. Sin embargo, aunque resultara increíble, no parecía molesto.
—El médico dijo que esto podría ayudar.
—Gracias. Me siento mucho mejor. ¿Por qué sigues aquí? —le preguntó, aunque en el rondo se sintiera inmensamente vulnerable y agradecida por tenerle allí—. Supongo que nunca dejas que una mujer ponga la excusa del dolor de cabeza cuando está en tu cama.
El sonrió.
—Quédate tranquila y duérmete, Hermione.
—Eres increíblemente guapo —murmuró entre sueños a medida que hacía efecto la medicación y se le cerraban los ojos—. Es una pena que seas un bastardo egoísta sin corazon…
Que les parecio, fuerte verdad!
Ahora es que viene lo bueno, ya que en el caribe comenzara la seduccion, apuestas para ver quien gana, si Draco o Hermione?
asi que voten y sigan apoyandome para seguir con la historia.
!Nos leemos luego!
XOXO!
